La foto que me ha llamado la atención la he visto en el diario El País. Es una foto de Alfons Rodríguez, una imagen casi partida por la mitad. A la derecha un pasaje nevado, de abetos azules salpicados por la nieve y de un blanco silencioso. Hemos aprendido cómo de inhospito y de árido puede ser el blanco silencioso de la nieve. A la derecha, ya digo, un pasaje nevado, y a la izquierda el pasillo de un tren iluminado discretamente. Con la luz intima de los vagones que atraviesan la noche. Un hombre con bigote está apoyado en la ventanilla y observa pasar raudos los arboles que se marchan corriendo hacia el pasado. Todo se queda atrás, el instante se evapora a través de la ventanilla del transiberiano. El viajero deja rápidamente a sus espaldas paisajes, alcocores, montañas, pueblos pobres. Pero, sobre todo, se deja atrás a sí mismo. Todo lo que ven sus ojos, todo lo que quisieran tocar sus manos, se convierten en memoria. Y la memoria parece querer desvanecerse. El viajero ya no es el mismo que salió de una cierta ciudad, ¿dónde va todo lo que deja atrás el tren, lo que deja atrás...