Un niño de seis años y su tigre de peluche discutían sobre arte, la muerte, la existencia de Dios y la hipocresía de los adultos. La tira no fue solo un éxito comercial. Fue el espacio donde una generación aprendió a desconfiar de las certezas, a valorar la imaginación como resistencia y a reírse de sus propias contradicciones. La contradicción central no está en la tira, sino fuera de ella: el hombre que creó ese universo de libertad absoluta fue, al mismo tiempo, uno de los artistas más controladores y reservados de su generación.