NADA MÁS QUE LIBROS

NADA MÁS QUE LIBROS

By MANUEL ALCAINEArts
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NADA MÁS QUE LIBROS episodes

  • Nada más que libros - El Amor en los libros
    “ Nadie comprendía el perfume
    de la oscura magnolia de tu vientre.
    Nadie sabía que martirizabas
    un colibrí de amor entre los dientes.
    Mil caballitos persas se dormían
    en la plaza con luna de tu frente,
    mientras que yo enlazaba cuatro noches
    tu cintura, enemiga de la nieve.
    Entre yeso y jazmines, tu mirada
    era un pálido ramo de simientes .
    Yo busqué, para darte, por mi pecho
    las letras de marfil que dicen siempre.
    Siempre, siempre: jardín de mi agonía,
    tu cuerpo fugitivo para siempre,
    la sangre de tus venas en mi boca,
    tu boca ya sin luz para mi muerte.”
    Federico García Lorca.
    La inspiración de la literatura, la fuente de la que bebe, su única razón de ser, es la propia vida. Y en la vida de cada uno, un momento trascendental es aquel en el que surge el amor. Nuestra existencia, tan llena de injusticias, de dolor, del color gris de la mediocridad y de la cruel herida del sinsentido, se ve iluminada, a veces, por un paréntesis resplandeciente que, súbitamente, le confiere sentido. Este paréntesis, esa tregua, la del amor, constituye, seguramente, el tema más tratado de la literatura, porque condensa todo lo que realmente preocupa al ser humano: lleva en sí el deseo y la felicidad de estar vivos, la angustia del tiempo y el sueño de escapar a la muerte, el anhelo de la libertad y la necesidad de compartir emociones, experiencias y pensamientos, la necesidad de no estar solos y comunicarnos con el otro. En este programa, hablaremos únicamente de novelas y de obras de teatro, y dejaremos a un lado la poesía, pues esta, no se detiene en explicar los procesos amorosos y su evolución, sino que lanza llamaradas que iluminan instantes, momentos… y que podrían dar lugar a uno o mil programas. Pienso que, conociendo todas las novelas y obras de teatro inolvidables, de las que vamos a hablar, quizá la más decisiva consecuencia que podamos sacar es que el sabor de la vida es para los que aman, como muy bien supieron todos esos personajes que jamás morirán.
    Comenzaremos por obras que tratan sobre el amor ideal. Se trata de obras de diferente condición. “Tristán e Isolda” y “Amadís de Gaula” son historias que pertenecen al mundo cortés y caballeresco, y en ese contexto hay que entender que su amor sea ideal. El amor de Don Quijote por Dulcinea, platónico, pertenece al mundo de las ideas: ni siquiera es segura la existencia de la amada. Cyrano de Bergerac, el drama de Rostand, idealiza a Roxana y sus sentimientos nunca se trasladan a un plano físico. En cuanto a Pigmalión, asistimos a la construcción de una mujer ideal, aunque su autor, George Bernard Shaw rechace el que Higgins se enamore de Eliza. De estos amores ideales pasaremos a las obras que inmortalizan el primer amor. La historia de la literatura está llena de estos primeros amores. Posiblemente el más famoso de la nuestra es el de Calisto y Melibea de “La Celestina”, la obra escrita por Fernando de Rojas a finales del siglo XV, cuya primera versión conocida es de 1.499. Termina trágicamente, como tantas historias de amores: Calisto muere por accidente y su amada Melibea, destrozada, se suicida. “La Celestina” combina el lenguaje culto y el ideal platónico amoroso de los protagonistas con el popular y las bajas pasiones de los criados y las prostitutas. En esta tragedia realista surge uno de los personajes con más fuerza, el más novedoso y original de la literatura española: Celestina, la bruja alcahueta, por lo que no es de extrañar que, con el tiempo, la obra, en principio titulada “Comedia de Calisto y Melibea”, acabara conociéndose con su nombre. Un siglo después, otra obra de teatro, “Romeo y Julieta”, de 1.595, escrita por William Shakespeare, presenta evidentes paralelismos con “La Celestina”. Es también una trágica historia de dos jóvenes amantes, que ponen el amor por encima de Dios. Pero hay una diferencia: en este caso ambos se suicidan por amor; narcotizada Julieta, Romeo cree que está muerta, y se suicida ante su supuesto cadáver. Julieta despierta y, al ver a Romeo muerto, se mata; es la pasión del amor llevada a su máximo extremo: sin el amante, la vida no tiene ningún sentido, y la muerte es lo único que puede volver a reunirlos. También una historia de un primer amor entre adolescentes es “El diablo en el cuerpo”, que Raimond Radiguet, en un ejemplo inusual de precocidad, publicó a los veinte años, con gran escándalo por considerarse inmoral su argumento: aún reciente la I Guerra Mundial, es la historia de un amor adúltero, entre un cínico muchacho de dieciséis años para quién el conflicto bélico supone simplemente unas largas vacaciones, y una muchacha de diecinueve (la mayor edad de ella es también fuera de lo convencional), cuyo marido, Jacques, está en el frente. Radiguet apenas pudo disfrutar de su éxito: publicada en marzo de 1.923, moriría de tifus en diciembre del mismo año. Según parece, aunque su autor siempre lo negara, la historia es en gran medida autobiográfica. Una de las obras más hermosas, en mi opinión, es “El sueño de los Héroes”, escrita por el argentino Adolfo Bioy Casares en 1.954. Es la historia de un primer amor entre los jóvenes Emilio Gauna y Clara y está llena de matices y sensibilidad, aunque susceptible de una lectura realista, pero también de una interpretación mágica y una reflexión sobre el destino, el azar y la tragedia. Todos estos primeros amores han encontrado un final trágico. Suele ser el desenlace de las historias sobre el amor en general donde la muerte también será protagonista.
    Pasemos ahora al amor romántico. “Las desventuras del joven Werther” de 1.774, novela epistolar de Goethe, es uno de los puntos de arranque del romanticismo alemán. “Cumbres borrascosas” de 1.847 y la única novela de Emily Brontë, es la recreación, cruel y romántica a la vez, de unas pasiones desaforadas. En este caso, las oscuras fuerzas de la naturaleza humana, más que la presión social, desencadenan el drama. La francesa “La dama de las camelias” de 1.848, está a caballo entre el romanticismo, con el sacrificio de Margarita, el deseo de redimirla de Armand, la exhumación de sus restos, y el realismo, que pretendía describir objetivamente la realidad, según la conocida fórmula de Stendhal: un espejo que se pasa a lo largo de un camino. No deja de ser revelador el que gran número de obras literarias, y entre ellas las novelas románticas, por hablar con libertad del alma humana y de sus pasiones, escandalizaran a los bienpensantes. El choque entre la sociedad y el individuo determina a menudo el desenlace trágico de las historias de amor. Con “Werther” nos reencontramos con el tema del suicidio, en este caso no por la muerte del ser amado, sino por la imposibilidad de lograr su amor; y no porque Carlota no sienta nada por él, sino por la fuerza de las convenciones. Werther es un espíritu vehemente, con la sensibilidad a flor de piel. Se emociona, se exalta, llora, pasa de la más desbordante felicidad al más negro pesar. En su época la novela tuvo una enorme resonancia e influencia. “Cumbres borrascosas”, una novela valiente, única en la tradición inglesa, es la historia de un amor turbulento, malsano, devastador, que tiene su expresión geográfica en el paisaje: los desolados páramos de Yorkshire y en el cementerio de la colina. La desmesura, la amoralidad, la fuerza del enloquecido amor de Heathcliff y Catherine, lo sugestivo de las metáforas, hacen de “Cumbres borrascosas” una novela que todavía hoy se lee con pasión, y que diríase inspirada en la frase del marqués de Sade: . Alejandro Dumas, hijo (1.824 – 1.895), hijo natural de una costurera y Alejandro Dumas, padre (hablamos de él en un programa y de su factoría literaria de donde salieron, entre otras novelas, “Los tres mosqueteros” y “El conde de Montecristo), conoció el éxito con “La dama de las camelias”, escrita a los 23 años e inspirada en una tormentosa relación vivida por el autor con Marie Duplessis, una entretenida que siempre llevaba una camelia en el corpiño. Fue, en palabras de Dumas . “La Traviata”, la opera de Verdi inspirada en la versión teatral que hizo el propio autor, y que alcanzó aún mayor éxito, contribuyó a su celebridad. Margarita Gautier es una cortesana de la alta sociedad de vida ardiente pero expresión virginal. Armand Duval considera un triunfo el que ella se enamore, mucho más meritorio que ser amado por una joven casta y pura, algo muy facil para él. Y se imagina que él la curará de su enfermedad moral (la prostitución) y de la física (la tuberculosis). Pero Armand la abandonará finalmente, después de las dudas, los celos, las separaciones y reconciliaciones, las humillaciones, las infidelidades y los problemas de dinero, y Margarita morirá sola y desgraciada, símbolo de la mujer que ha amado de verdad y que se ha sacrificado por el supuesto bien de su amante. El amor romántico ha sido superado por la hipocresía y el interés mercantil. Arrepentido, Duval se ocupará de que siempre haya camelias blancas en la tumba de su amada. En la ópera y en el cine (uno de los papeles más famosos de Greta Garbo), como en la obra teatral, Armand acudirá a verla moribunda en el lecho. El amor y la muerte se darán así un abrazo, y Margarita Gautier se despedirá del mundo con ese consuelo sublime. En la novela, más dura, no se produce este último encuentro. El amor y la muerte se confrontan al principio, de una manera macabra: Duval presencia la exhumación de su amada: sus ojos son agujeros, los labios han desaparecido. Werther, Heathcliff, Margarita Gautier son enamorados que en realidad, como en la gran mayoría de los romances, les ocurre que el que haya un obstáculo casi insalvable los hace más grandes.
    Ya hemos visto que, casi siempre, el amor ha de enfrentarse a las convenciones sociales, incluyendo en estas algo tan aceptado como la monogamia. El adulterio será protagonista ahora con novelas tan justamente aplaudidas como “Madame Bovary”, de Gustave Flaubert, publicada en 1.857 o “Anna Karénina” (León Tolstoi, 1.875). Sexo y dinero, como en “La dama de las camelias”, son fundamentales para el desarrollo de la historia de “Madame Bovary”. Emma, casada con el aburrido Charles, no se resigna a una vida gris; ella no quiera sofocar sus sentidos, sino disfrutarlos, y para ello no duda en enfrentarse a la moral imperante, enemiga del goce sensual. Es una rebelión egoísta, en realidad busca su propio placer, no luchar contra una injusticia individual o la opresión de una clase. Pero sus mezquinos amantes, León y Rodolphe, no se enamoran de ella, se cansan, se aprovechan. Endeudada, humillada, derrotada, sin ánimos ya para vivir junto a su indulgente y enamorado marido, Emma se envenena, y Charles se dejará morir lentamente. Esta obra es considerada por muchos como el arranque de la novela contemporánea y rompe con el romanticismo mediante un estilo literario que buscaba la objetividad y el realismo. En “Anna Karénina” nos encontramos con dos historias: la de Anna, que renunciará a todo por el oficial Vronski, incluso a su amado hijo, y la de Kiti y el terrateniente Lievin, quién encontrará la salvación interior gracias a las sencillas palabras de un campesino. De las dos historias, la que hace inmortal la novela de Tolstoi es, no hace falta decirlo, la primera. Anna Karénina es una mujer inteligente, libre y enérgica, que, al contrario de Emma Bovary, no se imagina la pasión según las novelas leídas, sino que, sin buscarla, es más, luchando contra ella, se la encuentra, se enamora, y afronta las consecuencias de su pasión adúltera: abandona a su marido, Karenin, hombre frio, ambicioso y falso, renuncia a todo, y se va a vivir con el conde Vronski, en un gesto valiente y honesto, actitud bien diferente de las otras damas de su entorno, que tienen aventuras y las ocultan. Pero, devorada por unos celos injustificados y por su propia pasión, que desborda la capacidad de amar de Vronski, vencida por las presiones de una sociedad demasiado rígida e intolerante, enloquecida, se suicida. Y, para que el círculo se cierre, lo hace arrojándose a las vías del tren en la estación donde vio por primera vez a su amado. Por supuesto, no sólo el amor extraconyugal se enfrenta a las convenciones sociales. Hay también historias de amor que exploran terrenos que fueron - o siguen siendo – tabúes como el de la homosexualidad, el incesto, el alcoholismo, el sadismo o la atracción por las nínfulas. “La muerte en Venecia” de Thomas Mann (1.914), cuenta la fascinación de un escritor llamado Aschenbach, por un bello adolescente polaco, Tasio. Venecia, símbolo de la decadencia física y creativa de Aschenbach, es el escenario de ese amor homosexual y platónico. De 1.957 es “Homo faber”, en la que Max Frisch, con gran maestría, escribe la tragedia con resonancias clásicas del amor entre un hombre maduro y una joven, ignorantes ambos de que son padre e hija. Sobre el tema del incesto tampoco podemos olvidar la impresionante “Sobre héroes y tumbas” de Ernesto Sábato. En el “Reposo del guerrero” de 1.958, Christiane Rochefort profundizó con lucidez en la desgraciada relación entre una joven y un escritor alcohólico. Todos conocemos las narraciones del marqués de Sade, los más célebres relatos sobre aberraciones sexuales, y del que procede el termino “sadismo”. Vladimir Nabokov escribió, en 1.955, “Lolita”, la historia de la fatal pasión de Humboldt, un maduro profesor por una adolescente de doce años. Groucho Marx, comentó al respecto: >.
    Libertinos, descreídos, se toman el amor como un juego, como una cacería, las conquistas como un reto para su vanidad: cobrada una pieza, ya piensan en la siguiente; desconocen que pueden ser víctimas de su propia trampa, que la apuesta por la que emprenden la conquista puede volverse en su contra. En “Las amistades peligrosas” novela epistolar de Choderlos de Laclos, Valmont y la marquesa de Merteuil, dos aristócratas que en un tiempo fueron amantes, viven exclusivamente para el placer y el engaño. Sus conquistas son pasatiempos de los que pronto se aburren y tienen a gala no enamorarse jamás. Cuando la marquesa apuesta con Valmont a que no podrá conquistar a la casta Madame de Tourvel, todos los los personajes comenzarán a enredarse en la telaraña de la tragedia. Valmont y Merteuil creen que el mundo es racional y se puede controlar mediante leyes, aunque estas sean suyas. Pero, al final, la arquitectura de mentiras se desmorona por que surge el amor, el gran intruso que se lleva todo por delante. Don Juan Tenorio es, probablemente junto con La Celestina y Don Quijote, la muestra capital de la creación literaria española que, como todos los grandes mitos, está sujeto a mil interpretaciones diferentes. Don Juan es un verdugo, sí, pero lo que le hace grande es que también es, a la vez, una víctima: es verdugo de las mujeres y víctima de sí mismo. Y su nombre – como el de la Celestina y Don Quijote – se ha incorporado al lenguaje coloquial como sinónimo de galán y conquistador, más allá de nuestras fronteras. Si Vronski tardó un año en seducir a Anna Karénina, Alvaro Mesía, , como le llama Clarín, tardará tres en conquistar a Ana Ozores. Comparable sólo a las más grandes novelas naturalistas de siglo XIX rusas o francesas, “La Regenta” es magnífica tanto por la descripción de una ciudad y un ambiente, como por el estudio de unos personajes y por el desarrollo de la acción. La Regenta se debate entre el donjuán provinciano Alvaro Mesía, su anciano marido, Víctor Quintanar, y su confesor, el Magistral de obispado, Fermín de Pas; o, dicho de otra manera, entre el amor, el deber matrimonial y la religión. El escenario es Vetusta, nombre que le da el autor a Oviedo, una ciudad provinciana, sofocada por la presión de la Iglesia y la hipocresía de las fuerzas conservadoras, guardianas de las buenas costumbres. Ana Ozores, La Regenta, modelo de belleza y comportamiento, es elegida como campo de batalla por los diferentes bandos, y toda Vetusta asiste al espectáculo, dispuesta a sacrificar a su más digna hija en cuanto cometa algún desliz. Don Alvaro deseará conquistarla por una banal apuesta y por premiar su vanidad desmesurada. Fermín de Pas, como prueba de su ambición y poder, querrá ganarla para la religión, aunque la ambivalencia de sus sentimientos (él también es de carne y se enamora atormentadamente) horrorizará a Ana, y la echará en brazos de Don Alvaro. Uno y otro le ofrecen una manera de evadirse de su vida tediosa, monótona, de un matrimonio en el que el marido no puede satisfacerla. Ambas vías, la religiosa y la sensual, se le cerrarán. El Magistral mostrará toda su mezquindad, al igual que don Alvaro, que huirá de la ciudad tras matar en duelo a Víctor Quintanar. Este tampoco es inocente, se ha casado con Ana por prestigio: ella es para él un florero más que una mujer. A Ana Ozores no le queda ni siquiera el consuelo de haber amado aun hombre de lo mereciera.
    En cuanto a obras cuyo argumento está relacionado con el amor no correspondido, podemos citar “El gran Gatsby” de Scott Fitzgerald, publicada en 1.925. En ella Jay Gatsby, romántico personaje, un triunfador solitario y sentimental, desea obtener el amor de Daisy, esposa de Tom Buchanan. No lo consigue, pero la historia es hermosa y en la novela evoca un mundo perdido con una poderosa melancolía, con una tristeza irreversible y delicada, que pocos autores han logrado transmitir con tanta hondura. Otelo, el moro de Venecia, protagonista del drama en verso y prosa de Shakespeare, se ha convertido en el símbolo del enamorado cegado por los celos. Otelo ama a Desdémona, pero esta historia de un gran amor, sucumbirá al poder de la mentira, la cizaña y la calumnia. En esta obra inmortal, la muerte se convierte, de nuevo, en protagonista. Otelo mata a su amada, y cuando, demasiado tarde, comprenda que sus celos y su ofuscación son fruto de malignas insidias, se suicida. . Así comienza “El túnel” del argentino Ernesto Sábato, publicada en 1.948, novela que desde sus primeras líneas evidencia un hondo pesimismo existencial. Juan Pablo Castel es un famoso pintor extraordinariamente tímido, de treinta y ocho años, que jamás ha tenido relación con una mujer, se enamora de una muchacha de unos veintiséis; se obsesiona con ella al verla mirando un detalle de un cuadro suyo en una exposición, una ventanita en la una solitaria mujer mira al mar, esperando algo. El que esa mujer – María Iribarne – preste atención al detalle en el que nadie más repara, convence a Castel de que es la única persona en el mundo que podría entenderle. Castel conseguirá conocerla. Surge el amor, pero un amor atormentado y extraño, que lleva al protagonista a la locura, a un túnel del que es incapaz de salir. Al matar a su amada, Castel se ha condenado a la soledad más absoluta. Desdémona y, en menor medida, María Iribarne son mujeres inocentes. Ellas no han hecho que cambien de vida Otelo ni Castel. No les han convertido en prófugos, bandoleros o asesinos… hasta que ellas mismas se convierten en sus víctimas. También Cora, protagonista de “El cartero siempre llama dos veces” escrita por James M. Cain en 1.934, y sobre todo Carmen, de la obra homónima (Merimée, 1.845), pueden considerarse víctimas de los hombres, pero sin olvidar que, a su vez, representan para ellos el peligro de la libertad, la rebeldía y la transgresión, eso si, de lo femenino. Diferentes entre sí, ellas y sus historias – porque, al contrario que Desdémona o que María Iribarne, si que son verdaderas protagonistas, y no meros receptáculos de las obsesiones o paranoias masculinas – resumen y ejemplifican un cierto tipo de amor: el amor fatal. Aunque en la literatura, el amor, como hemos visto, casi siempre lo es.
    41 min
  • Nada más que libros - La Generación del 27 (Miguel Hernández)
    “ Aquí estoy para vivir
    mientras el alma me suene,
    y aquí estoy para morir
    en los veneros del pueblo
    desde ahora y desde siempre”.
    De “Viento del pueblo”. Miguel Hernández.
    Si los escritores noventayochistas conforman uno de los periodos más gloriosos de la historia literaria española, no menos puede afirmarse, sobre todo en la lírica, de la denominada Generación o Grupo del 27. La fecha, 1.927, es significativa y no hay razón alguna para minimizar el acontecimiento que caracteriza su denominación: la celebración del centenario de Luis de Góngora, muerto trescientos años antes. El centenario equivale al definitivo descubrimiento del Barroco con una total ampliación del Siglo de Oro, hecho con intuición de poetas. Pero, sobre todo, la vuelta al Barroco es el reencuentro con una literatura que encierra unas profundas razones estéticas, nada anecdóticas, que se concentran en tres caracteres: la libertad de la imaginación y del ingenio, la supremacía de la metáfora y la autosuficiencia del hecho literario hacia un claro elitismo y una cierta deshumanización. Efectivamente, es el centenario gongorino la razón esencial y característica del 27, pero no es tampoco el único, pues en ese año se publica un buen número de libros de estos escritores, algunos definitivos en la producción total de cada uno de ellos, y en 1.927 las revistas poéticas alcanzan su mayor vitalidad: “Litoral”, “Carmen”, “Verso y prosa”, “La gaceta literaria”, etc. Grupo, pues, el del 27 perfectamente armónico al que sin dificultad siguiendo los conceptos tradicionales, podemos calificar como , ya que tanto la fecha de nacimiento como las experiencias existenciales y literarias, la formación e incluso las relaciones personales son comunes e intensas.
    Los nombres que componen el 27 son numerosos, aunque citaremos aquí quizá los mas reconocidos: Pedro Salinas, Vicente Aleixandre, Jorge Guillén, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda y Manuel Altolaguirre. A estos habría que añadir otros muchos y, sobre todo los de algunas mujeres que se incorporan activamente a la vida literaria, algunas de ellas casándose con poetas o profesando una profunda amistad con ellos: María Teresa de León, Ernestina de Champurcín, Concha Méndez o Carmen Conde. Escritores nacidos para la literatura en plena época de vanguardia, como vanguardistas deben ser considerados y con la lectura de sus obras puede fácilmente comprobarse tal afirmación. No olvidan a Unamuno o Machado, pero su fuente principal es Juan Ramón Jiménez, como admiración sentirán por Gómez de la Serna o José Ortega y Gasset. De Juan Ramón heredarán el gusto por el libro impreso y Altolaguirre dedicará su vida a la confección de magnificas ediciones, como también, como hemos dicho, muchas de las numerosas revistas surgidas en diferentes puntos de España son hoy joyas artísticas y no sólo rarezas bibliográficas. Más aún, poesía y pintura se unen en estas publicaciones y los poemas irán acompañados de ilustraciones de Benjamín Palencia, Picasso, Dalí, o Gregorio Prieto, de la misma manera que pintores serán Alberti o Lorca, y Dalí será escritor. Todo eso nos muestra a unos jóvenes entonces, que provienen de familias acomodadas, formados en ambientes cultos, todos, excepto Alberti, habiendo pasado por la universidad y llegando algunos de ellos a ser catedráticos universitarios, como Pedro Salinas o Dámaso Alonso, después de pasar la mayoría por ese lugar de encuentro, de saber y de amistad, que fue la Residencia de Estudiantes y también por el Centro de Estudios Históricos, dos instituciones verdaderamente envidiables y privilegiadas.
    Un aspecto muy importante y que es necesario destacar entre los rasgos que caracterizan al Grupo del 27 es su actitud comprometida ante el mundo y, más concretamente, ante los problemas sociales y políticos de España. De talante liberal y progresista, sus convicciones estéticas e incluso su concepto de la vida pueden parecer que estaban lejos de ese compromiso, lo cual, como se puede comprobar ya antes de 1.936, no fue así. Más aún: Lorca muere como consecuencia de la guerra civil, Guillén, Altolaguirre, Alberti, Salinas y otros muchos, deben exiliarse y Gerardo Diego, Aleixandre y Dámaso Alonso mantienen en la España franquista una postura testimonial que les siguió uniendo a los transterrados.
    Una figura aparte, y por diferentes motivos, es Miguel Hernández. Por su origen humilde, pero fundamentalmente por su posición en la evolución poética de este siglo, difícil de centrar adecuadamente, como dificultades hay para caracterizar, en el contexto de su tiempo, tanto su obra poética como la dramática. Nacido en Orihuela en 1.910, Miguel Hernández fue en su niñez un cabrero carente de cultura, educación que irá adquiriendo con lecturas diversas y que dejarán huella en su primera poesía y en la cual late también la ferviente religiosidad del escritor junto a poesías estilizadas y de un refinamiento, nacido del ejercicio de estilo que es la poesía en esos primeros años para el joven Miguel y que refleja en “Perito en Lunas” de 1.933.
    Expresado en moldes métricos clásicos, el universo del libro más popular de Miguel Hernández, “El rayo que no cesa” de 1.936, tiene como motivo fundamental el amor, expuesto bajo diferentes motivos y estados del alma, pero siempre arrebatadamente, con una emoción desgarrada y en una confesión de sentimientos que tiene angustiadamente a la muerte como coprotagonista de ese amor. Si Miguel Hernández había sido ferviente católico, su actitud ideológica sufrirá un cambio radical en los años treinta y, sobre todo, durante la guerra civil. Efectivamente, el poeta se convertirá en militante comunista, sirviendo como soldado y asimismo como poeta – también así lo hará Alberti – junto a aquellos que, al final de la misma, deben buscar el exilio o permanecer en la cárcel. En prisión permanecerá Miguel Hernández hasta 1.942 en que muere en ella como consecuencia de la tuberculosis, a los treinta y un años; la desgraciada experiencia carcelaria dará origen a poemas de una fuerza conmovedora, recogidos después en el libro póstumo “Romancero y cancionero de ausencias”. Atrás quedan, como testimonio de la etapa comprometida de Hernández, dos libros: “Viento de pueblo” de 1.937 y “El hombre acecha” de 1.938, libres de los artificios retóricos de su primer volumen de versos. La tristeza, la amargura de la injusticia y de la guerra, caracterizan estas dos colecciones de poemas que, por estar prohibidos, se convirtieron durante la posguerra en verdaderos mitos.
    > de la Generación del 27, según Dámaso Alonso, Miguel Hernández es, efectivamente, una voz aparte y muy particular: por su desgarrado compromiso, por su humana verdad, por su emocionada expresión, por la brillantez de unos símbolos y de unas imágenes tras los cuales late la más estremecida de las solidaridades con el hombre y con el mundo.
    39 min
  • Nada más que libros - El extranjero (Albert Camus)
    “ Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.”
    Albert Camus, novelista, dramaturgo y ensayista francés, nació en Mondovi (Argelia) en 1.913 en el seno de una familia modesta de emigrantes franceses, su infancia y gran parte de su juventud transcurrieron en Argelia. Inteligente y disciplinado, empezó estudios de filosofía en la Universidad de Argel, que no pudo concluir debido a que enfermó de tuberculosis. Formó entonces una compañía de teatro de aficionados que representaba obras clásicas ante un auditorio integrado, en su mayoría, por trabajadores. Posteriormente ejerció como periodista durante un corto periodo de tiempo en un diario de la capital argelina, mientras viajaba intensamente por Europa. En 1.939 publicó “Bodas”, conjunto de artículos que incluyen numerosas reflexiones inspiradas en sus lecturas y sus viajes. En 1.940 marchó a París, donde pronto encontró trabajo como redactor en Paris-Soir. Albert Camus comenzó a ser conocido en 1.942, cuando se publicaron su novela “El extranjero”, ambientada en Argelia, y el ensayo “El mito de Sísifo”, obras que se complementan y que reflejan la influencia que sobre él tuvo el existencialismo. Tal influjo se materializa en una visión del destino humano como absurdo, y su mejor exponente quizá sea el protagonista del extranjero de su novela, incapaz de participar en las pasiones de los hombres y que vive incuso su propia desgracia desde una indiferencia absoluta, la misma, según Camus, que marca la naturaleza y el mundo. Sin embargo, durante la II Guerra Mundial, Albert Camus se implicó en los acontecimientos del momento: militó en la Resistencia y fue uno de los fundadores del periódico clandestino “Combat”, y de 1.945 a 1.947, su director y editorialista. Sus primeras obras de teatro, “El malentendido” y “Calígula”, prolongan esta linea de pensamiento que tanto debe al existencialismo, mientras los problemas que había planteado la guerra el inspiraron “Cartas a un amigo alemán”. Su novela “La peste” de 1.947, supone un cierto cambio en su pensamiento: la idea de la solidaridad y la capacidad de resistencia humana frente a la tragedia de vivir se impone a la noción del absurdo. “La peste” es a la vez una obra realista y alegórica, una reconstrucción mítica de los sentimientos del hombre europeo de la posguerra, de sus terrores más agobiantes. El autor precisó su nueva perspectiva en otros escritos, como el ensayo “El hombre en rebeldía” de 1.951 y en relatos breves como “La caída” y “El exilio y el reino”, obras en que orientó su moral de la rebeldía hacia un ideal que salvara los más altos valores morales y espirituales, cuya necesidad le parece tanto más evidente cuanto mayor es su convicción de lo absurdo del mundo. Si la concepción del mundo lo emparenta con el existencialismo de Jean - Paul Sartre y su definición del hombre como , las relaciones entre ambos estuvieron marcadas por una agria polémica. Mientras Sartre lo acusaba de independencia de criterio, de esterilidad y de ineficacia, Camus tachaba de inmoral la vinculación política de aquel con el comunismo. De gran interés es también su serie de crónicas periodísticas “Actuelles”. Asimismo tradujo al francés “La devoción de la cruz” de Calderón de la Barca, y “El caballero de Olmedo” de Lope de Vega. En 1.963 se publicaron, con el título de “Cuadernos”, sus notas de diario escritas entra 1.935 y 1.942. Galardonado en 1.957 con el Premio Nobel de Literatura, Albert Camus falleció en Villeblerin, Francia, en un accidente de automóvil el 4 de Enero de 1.960, a los 46 años.
    A pocos años de distancia, Jean-Paul Sartre y Albert Camus, los dos pensadores que, en la inmediata posguerra, iban a encarnar el existencialismo, publican primero una novela y luego un ensayo filosófico, en los que concentran lo esencial de sus respectivas filosofías. Sartre publica “La nausea” en 1.938 y “El ser y la nada” en 1.943. Camus escribe “El extranjero” y “El mito de Sísifo” en 1.942. En ambos casos la novela plantea unos problemas que el ensayo trata de resolver. Por haber ofendido a los dioses, Sísifo había sido condenado a empujar una pesada piedra hasta la cumbre de una montaña; una vez arriba, la piedra volvía a bajar y Sísifo debía volver a empujarla hasta el fin de los tiempos. El viejo mito simboliza, pues, el trabajo absurdo y, más aún, la monotonía de los días que el hombre debe asumir hasta que la muerte lo remedie. Por ello el ensayo de Camus empieza proclamando que el único problema filosófico serio es el del suicidio, entendido como el único acto que el hombre puede realizar para cambiar el curso de su existencia.
    “El extranjero” fue publicado pocos meses antes de que lo fuera “El mito de Sísifo”, y constituye la ilustración de la filosofía del absurdo. La vida de Meursault, el protagonista, se nos presenta como mediocre y tediosa; ni la muerte de su madre, ni el amor de su amante, María, ni sus amistades son capaces de romper el cerco de la monotonía cotidiana. La frase , que se repite constantemente, ilustra la idea de que la conciencia de Meursault no es más que una concatenación de gestos elementales desprovistos de sentido; parece que en la vida del protagonista no hay amor ni ilusión por nadie ni por nada. Camina sin meta, a ciegas, en un universo opaco que aboca a la pasividad. Pero en el transcurso de un día de playa, Meursault dispara y mata a un árabe desconocido, sin motivo aparente. A partir de ese momento la novela cambia de tono: mientras al principio Camus había ido amontonando desapasionadamente las causas y los efectos de la extrañeza de Meursault, ahora, al tener que someter su comportamiento al juicio de los hombres, sus planteamientos se vuelven más polémicos.
    Meursault comparece ante unos jueces que son hombres de principios; y, como no se interrogan jamás sobre el valor de los mismos, no pueden sino tramar la muerte del extraño que ignora los valores convencionales, que desconoce el amor filial y que, por lo tanto, es anormal de necesidad. El abogado del acusado, el juez instructor y, naturalmente, el fiscal, se rigen por los mismos principios y hablan el mismo idioma. Y de ahí que sus relaciones con el acusado sean un diálogo de sordos: si llegaran a comprenderlo, su propia vida carecería de sentido. Camus sigue aquí las huellas de Kafka en “El proceso”: enfrenta los principios con la realidad, el fariseo con el publicano, el hombre alienado (y seguro de sí mismo) con el hombre al desnudo, con toda su miseria. La razón es de quién tiene razones para vivir: Meursault es condenado a muerte. Después de enfrentarse con sus semejantes, ahora tiene que enfrentarse con el fin último de la existencia. Por su cabeza pasa primero la insensata esperanza de poder escapar de la dinámica implacable que lo va a guillotinar. Luego, al capellán de la prisión que le ha traído la esperanza del más allá, opone una sarta de injurias que debe entenderse como el principio de una necesaria rebelión pues . Es el momento culminante de su trayectoria: rechaza radicalmente el destino en el momento preciso en que se impone a él. A partir de entonces, Meursault será lúcido, podrá revivir toda su existencia y saborear el momento presente.
    Así el personaje de la novela recorre las tres etapas que estructuran “el mito de Sísifo”; es presa de la rutina cotidiana, luego conquista su libertad rechazando el principio de autoridad de los dioses tutelares y, frente a la muerte, elige no el suicidio sino la rebelión: su única recompensa consiste en poder disfrutar el presente. Aunque sea una paradoja, Camus concluye: hay que imaginar a Sísifo feliz; y a Meursault, mientras sube al cadalso.
    El impacto de “El extranjero” en un público que había vivido en carne propia la violencia y el absurdo de la guerra, se explica precisamente por su condición especular; cada cual vio en el sino de Meursault una parcela de su propia experiencia cuando la bota nazi se enseñoreaba por las tierras de Francia y, sobre todo, por las calles y monumentos de París, orgullo y talón de Aquiles de los franceses. Pero no sólo conmovió dentro de su país. El ánimo de un mundo había sido pisoteado y con él se solidarizó la humanidad entera. La teoría del absurdo, que no es una teoría sino una de las líneas centrales de la condición humana, volvía al primer plano de la sensibilidad y dejaba testimonio de su horror a través de una pequeña obra maestra que le valió a su autor el reconocimiento y el homenaje de todos los seres decididos a apostar por la dignidad.
    34 min
  • Nada más que libros - Robinson Crusoe (Daniel Defoe)
    “Besó el suelo y apoyó en él su cabeza, y tomando mi pie lo puso sobre ella, lo que sin duda representaba su voluntad de hacerse mi esclavo por toda la vida”.
    Daniel Foe, que más tarde añadiría el prefijo “De” a su apellido, nació al parecer en Londres en 1.660. En 1.684 se casó con Mary Tuffley, y luego pasó unos años como empresario y mercader, pero en 1.692 cayó en bancarrota. En 1.697 se convirtió en confidente del rey Guillermo III y viajó por Gran Bretaña como agente secreto. En 1.702, su panfleto “El camino más corto con los disidentes” lo llevó a la cárcel, debido a su contenido político, y a una segunda bancarrota. Fue liberado gracias al influyente político Robert Harley, para el que trabajó como espía, viajando de nuevo por todo el país con el fin de informarle sobre la opinión pública. Defoe no se dedicó a la novela hasta casi cumplir los sesenta años. “Moll Flanders” de 1.722, “Diario del año de la peste” del mismo año y “Roxana”de 1.724 las escribió después de “Robinson Crusoe” escrita en 1.719, que obtuvo un enorme éxito, convirtiendo a su autor en una figura fundamental del género. Murió en el año 1.731.
    Construir una narración como una autobiografía ficticia es un recurso que permite al escritor no solo presentar el relato de la vida de un individuo como si este fuera el autor, sino también crear la impresión de que las palabras escritas son la transcripción directa de sucesos reales. El “Robinson Crusoe” de Daniel Defoe (originalmente titulado “Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe”) fue el padre de esa voz autobiográfica de ficción. Muchos otros personajes literarios notables de los siglos XVIII y XIX siguieron a Crusoe; entre ellos el Gulliver de Jonathan Swift, el Tom Jones de Henry Fielding o el David Copperfield de Charles Dickens.
    La portada de la primera edición de “Robinson Crusoe” no citaba a Defoe como autor: bajo el título decía simplemente . Así, los lectores muy bien podían suponer que la historia que contaba era cierta, verídica. La primera frase del libro: sugiere que se trata de una narración real relatada por la misma persona que vivió esas aventuras. Los detalles sobre el nacimiento del autor aportan autenticidad a la obra como texto autobiográfico, y por tanto como narración real. El hecho de que parte de la novela esté escrita en forma de diario refuerza esa verosimilitud.
    “Robinson Crusoe” es ampliamente reconocido como un texto fundacional del realismo y, para muchos, es además la primera novela inglesa. Se cree que Defoe se inspiró en el relato de un náufrago que existió realmente, Alexander Selkirk, quién a principios del siglo XVIII quedó aislado en una isla del Pacífico. La historia de Defoe, que tuvo un éxito inmediato, menciona expediciones a regiones exóticas de África y Brasil, y una misión esclavista que acaba en naufragio en una isla del Caribe. Crusoe explica sus intentos de rescatar provisiones del barco y su solitaria existencia en la isla. Construye un refugio y fabrica herramientas para cazar, labrar y recolectar; lleva la cuenta de los días haciendo muescas en una cruz de madera; lee la Biblia y reza a Dios. Domestica a un loro. Durante años, esta es su vida. Entonces, en un famoso episodio de la literatura universal, Crusoe descubre una huella en la arena, lo que le provoca un miedo obsesivo a ser atacado por . Después de dos años dedicado a fortificar su refugio, encuentra a un nativo que huye de unos caníbales. El protagonista entonces lo rescata, lo pone a su servicio y lo llama Viernes, por el día en que lo encontró.
    La relación entre ambos hombres ha sido criticada como propia del amo y esclavo o explorador/explotador – europeo/indígena; Crusoe, como portador de civilización, entre comillas, constituye un símbolo del emergente imperialismo británico. Igual que las naciones europeas tomaban el mando de sus colonias, así Crusoe asume el dominio sobre la isla, y se considera a sí mismo dueño y señor de estas tierras. Ciertamente, la forma en que Daniel Defoe se abre paso en el nuevo escenario social y literario, da expresión narrativa a la naciente ética mercantilista e individualista de la época y no deja lugar a dudas que que la novela encontró terreno abonado en la realidad social del siglo XVIII. Cuando a la edad de sesenta años, Defoe decidió publicar la primera parte de “Robinson Crusoe”, en pocos meses se multiplicaros las ediciones, aparecieron ediciones piratas y el libro fue devorado por toda clase de público, incluida gentes de clase humilde. Esta, y las otras obras posteriores del autor, celebran el mundo de la industria, la adquisición de una propiedad, y a través de ellas configura Defoe unos ideales de clase haciendo contar a los personajes sus propias vidas en función de los cambios sociales, condiciones económicas y estados de conciencia. ¿Relato de aventuras y de viajes?, ¿Autobiografía espiritual?, ¿Alegoría religiosa?. Defoe recurrió a diversas fuentes para incorporar ingredientes de memoria personal e historia espiritual y justificar la verosimilitud del relato en función de un propósito moral.
    Por su fondo ideológico, “Robinson Crusoe” transluce un credo individualista, mercantilista y liberal que suponía un reto frente a la concepción aristocrática de la estabilidad social. Y efectivamente así ha sido. El mundo occidental – Rousseau, Coleridge y Marx, entre otros – ha visto en Robinson encarnado en uno de los grandes mitos modernos: la épica de supervivencia individual frente a la opresión de la naturaleza. Jamás la experiencia individual había sido presentada con tanta precisión, ni el curso de los episodios marcado tan convincentemente un proceso espiritual. La historia hipnotiza por su realismo, mientras el espíritu mercantilista de su héroe, la personificación del nuevo >, acepta los caminos de la providencia. La insular de Crusoe inspiró numerosas refiguraciones y dio origen a todo un subgénero. Texto fundamental en la literatura inglesa, ha tenido una enorme influencia – tal vez como ninguna otra obra -, y la figura de Robinson Crusoe se ha convertido en parte de la cultura general en todo el mundo.
    30 min
  • Nada más que libros - El realismo mágico
    “Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.”
    Fragmento final de “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez.
    El término fue acuñado en 1.925 por el crítico de arte alemán Franz Roh para caracterizar la pintura post-expresionista alemana de 1.918-1.925, aunque el término fue pronto sustituido por el de . El Realismo Mágico surgió tras la I Guerra Mundial, en el periodo álgido de las vanguardias de entreguerras, como reacción al cansancio que un grupo de artistas sentía del exceso de experimentación, de formalismo, de abstracción y, en definitiva, de deshumanización de las primeras vanguardias: Futurismo, Cubismo, Dadaismo, etc. Parece ser que fue el italiano Massimo Bontempelli el que poco después empezó a difundir el término de Realismo Mágico, aplicándolo a la literatura. Se trata por tanto, de un término surgido primero en las artes plásticas y luego en la literatura en el primer tercio del siglo XX para referirse a creaciones que mezclan realidad y fantasía de modo natural. Es decir: el realismo mágico se caracteriza por la invasión en la realidad de una acción fantástica descrita de un modo realista, ya que se muestra lo irreal y extraño como algo cotidiano y común, y, por contra, a veces se presenta lo común como algo maravilloso. En literatura este término se ha aplicado a una serie de obras y autores hispanoamericanos fundamentalmente de los años 50, 60 y 70 del pasado siglo.
    Se ha discutido sobre si existe diferencia entre los términos “realismo mágico”, “realismo maravilloso”, “realismo fantástico” y “lo real maravilloso”, aunque podemos considerar estos como sinónimos es conveniente hacer algunas matizaciones. El realismo mágico muestra lo irreal o extraño como algo cotidiano y común. Para ello se vale de los elementos culturales, folclóricos y míticos de las culturas nativas o indígenas de América Latina para alterar la realidad a través del mito. Dos de los principales exponentes del realismo mágico son el colombiano García Márquez y el mexicano Juan Rulfo. En el “realismo fantástico”, en cambio, el peso de lo sobrenatural es mayor y la influencia mítico-indígena, menor. Esta tendencia es característica, sobre todo, de escritores del Cono Sur, especialmente los argentinos Borges, Cortázar y Sábato. El escritor cubano Alejo Carpentier, utilizaba para referirse a su estilo el término “lo real maravilloso”, que podríamos describir como la búsqueda de propiedades mágicas dentro de la realidad misma. En sus propias palabras: ”Lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad”. Carpentier se refiere al ambiente mágico, ancestral, supersticioso y colorista atestiguado por cualquier visitante que haya asistido a determinadas ceremonias o lugares emblemáticos del folclore de algunos países del centro y del sur del subcontinente. Lo “real maravilloso”, por tanto es la transcripción literaria de ese ambiente mágico arraigado en las culturas indígenas de origen africano. Este término pronto se confundió con el de “realismo mágico”. No obstante, los autores asociados a “lo real maravilloso”, como el mismo Carpentier y el guatemalteco Miguel Angel Asturias, se caracterizan por un estilo neo-barroco, es decir, ampuloso, complejo y muy adornado.
    Se conoce como al fenómeno editorial que puso de moda en la época de los sesenta a los narradores hispanoamericanos. A comienzos de esa década, un grupo de jóvenes escritores latinoamericanos, algunos de ellos instalados en ciudades europeas, obtuvieron una inesperada difusión internacional y un súbito éxito comercial, sobre todo por la labor de editoriales españolas y francesas. De repente los autores de esa zona se pusieron de moda, saltaron el charco y conquistaron a una nueva generación de lectores, muchos de ellos jóvenes universitarios contraculturales que leían a Sartre y estaban fascinados por la revolución cubana y el Che Guevara. No existe acuerdo de cual fue el comienzo de este fenómeno, pero sin duda una de las obras pioneras es la opera prima del mejicano Carlos Fuentes “La región más transparente” de 1.958. Algunos afirman que la obra fundacional fue “Rayuela” del argentino Julio Cortázar de 1.963; otros proponen a “La ciudad y los perros” del peruano Mario Vargas Llosa de 1.962; incluso hay quién retrotrae el origen del fenómeno a novelas de los años cuarenta. No todos los críticos aceptan esta etiqueta para designar un movimiento literario dotado de unidad, pues la variedad de los autores y de obras lo dificulta. Además, conviene tener en cuenta que el Boom no es un concepto generacional, pues bajo esta etiqueta conviven escritores de diferentes generaciones y procedencias. Algunos esgrimen, y no les falta razón para ello, que no es un fenómeno puramente literario, sino editorial, es decir, comercial, caracterizado por el éxito rápido e inesperado de un grupo de escritores, que contaron con el decisivo apoyo y difusión de algunas editoriales. Tampoco hay acuerdo en establecer la nómina de integrantes del Boom. A pesar de tomar con cautela el término y advertir que el panorama literario de Hispanoamérica, formado por muchos países de todo un subcontinente, unidos por una lengua común, es mucho más rico y diverso, creo que el concepto del Boom sigue siendo válido, ya que tiene varias décadas de recorrido y fue respaldado por uno de sus integrantes, el chileno José Donoso, en su “Historia personal del Boom” de 1.972.
    Una de las consecuencias del Boom es que actuó como un foco de atracción que sirvió para dar a conocer a otros escritores latinoamericanos que ya habían iniciado la renovación años antes, sobre todo los vinculados con el Realismo Mágico, o que son coetáneos pero no suelen entrar en las listas de los célebres autores del Boom. Nos referimos al guatemalteco Miguel Ángel Asturias, a los cubanos Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante y José Lezama Lima, los mejicanos Juan José Arreola, Juan Rulfo, Sergio Pitol y Fernando del Paso, el paraguayo Augusto Roa Bastos, los argentinos Manuel Mujica Laínez, Ernesto Sábato, Jorge Luis Borges, el venezolano Arturo Uslar Pietri, el colombiano Álvaro Mutis y el uruguayo Mario Benedetti entre otros.
    Carlos Fuentes abrió el camino con la compleja “La región más transparente” de 1.958, a la que siguieron otras obras audaces como “La muerte de Artemio Cruz” de 1.962, que empieza con un caótico monólogo interior o “Cambio de piel” de 1.967. Cortázar es autor de una de las obras más originales de la década, “Rayuela”, y uno de los mejores cuentistas en lengua española del siglo XX, heredero de Poe y Kafka, autor de relatos fantásticos e inquietantes. Gabriel García Márquez firmó la obra maestra indiscutible del Realismo Mágico, “Cien años de soledad”, y José Donoso será recordado, además de por haber popularizado la etiqueta en su ensayo antes citado, por una de las mejores novelas en español del siglo XX en palabras del influyente crítico Harold Bloom: “El obsceno pájaro de la noche” de 1.970. Mario Vargas Llosa también aplicó técnicas novedosas, como escenarios y narradores múltiples, saltos en el tiempo, monólogo interior, etc. en “La ciudad y los perros” de 1.962, y escribió su mejor obra, “Conversaciones en la catedral” de 1.969, en la que aunó de manera perfecta construcción formal con una trama centrada en la corrupción política.
    Como hemos dicho Miguel Ángel Asturias fue uno de los precursores de este grupo de narradores y uno de los primeros en utilizar el término . Está presente en “El señor presidente” de 1.948, una obra que inaugura (con permiso del “Tirano Banderas” de Ramón del Valle-Inclán de 1.926) el subgénero típicamente sudamericano de la “novela del dictador”, que tiene otras interesantes manifestaciones en “Yo el supremo” de 1.974 de Augusto Roa Bastos, “El recurso del método” de 1.974 de Alejo Carpentier, “El otoño del patriarca” de 1.975 y “El general en su laberinto” de 1.989 de García Márquez y “La fiesta del chivo” del 2000 de Vargas Llosa. Junto a Carpentier y Asturias, otro de los pioneros de movimiento fue el mexicano Juan Rulfo, que con sólo dos obras, el libro de relatos “El llano en llamas” de 1.953 y la novela “Pedro Páramo” de 1.955, es considerado como uno de los mejores escritores latinoamericanos del siglo XX. El cubano José Lezama Lima representa junto al citado Carpentier, lo que se ha denominado , una estética caracterizada por la exuberancia verbal y la complejidad, cuya obra cumbre es “Paradiso” de 1.966. Ernesto Sábato fue también uno de los primeros renovadores de la narrativa hispanoamericana con su primera obra, “El túnel” de 1.948, una novela negra existencialista que mereció los elogios de Thomas Mann o Albert Camus. Ya en los sesenta escribió la que para muchos es su obra maestra “Sobre héroes y tumbas” de 1.961. Acabaremos este pequeño repaso con el argentino Jorge Luis Borges, un intelectual clave en la difusión de las tendencias innovadoras de la literatura hispana de ese siglo desde su revista “Proa”; poeta ultraísta, lector incansable y, posiblemente, el mejor autor de relatos cortos del siglo, creador de piezas clave como “Ficciones” de 1.944 o “El Aleph” de 1.949; cuentos inteligentes e inquietantes, paradójicos e imaginativos. No cabe ninguna duda que todos estos autores fueron los creadores de una literatura nueva, original y mágica y colocaron en el mundo una realidad antes casi ignorada: la maravilla del universo vital de todo un continente.
    36 min
  • Nada más que libros - 'Todo se desmorona' (Chinua Achebe)
    “ El hombre blanco es muy listo. Ha metido un cuchillo en las cosas que nos mantenían unidos y nos hemos derrumbado.”
    Chinua Achebe nació en 1.930 en el pueblo de Ogidi, en el sureste de Nigeria, hijo de padres protestantes. De niño hablaba igbo en casa e inglés en la escuela. Se graduó en el Colegio Universitario de Ibadán en 1.952, y en los doce años siguientes escribió las tres novelas que serían el fundamento de su obra: “Todo se desmorona” de 1.958, “Me alegraría de otra muerte” de 1.960 y “La flecha del dios” de 1.964. En 1.961 se casó con Christie Chinwe Okoli, con quién tuvo cuatro hijos. Empezó una carrera en la radio, que acabó con el estallido de la guerra de Biafra. Impartió clases en Estados Unidos y en Nigeria, y escribió relatos, poesía, ensayo y literatura infantil. En 1.990, un accidente de coche lo redujo a una silla de ruedas para el resto de su vida. En 1.992 obtuvo una plaza de profesor en el Bard College de Nueva York, y en 2009 se trasladó a la Brown University, en Rhode Island. En el año 2007 recibió el premio Man Booker Internacional de ficción. Murió en 2013, a los 82 años.
    “Todo se desmorona”, de Chinua Achebe, fue una de las primeras novelas en ofrecer un modo de expresión a los autores indígenas de Nigeria, y fue el catalizador de una de la formación de un deslumbrante canon literario. Esta narración multidimensional sobre una tribu ficticia y su catastrófico contacto con los colonizadores británicos a finales del siglo XIX se ha convertido desde entonces en la novela africana más leída en el mundo, con más de doce millones de ejemplares vendidos en cincuenta idiomas. La historia contada en esta resuena en todas las culturas tradicionales del mundo desgarradas por una invasión. El título de la novela está tomado de un poema de Yeats, “El segundo advenimiento”, escrito a raíz de la I Guerra. Las apocalípticas imágenes de Yeats sobre un mundo sumido en la anarquía y la llegada de un ambiguo mesías presagian en la novela el de los colonizadores cristianos blancos que invaden y destrozan las culturas tribales.
    Al principio de la obra aprendemos ; tal vez por ello no resulte sorprendente que algunos lugareños de Umuofia sean seducidos por los himnos y los relatos bíblicos de los colonizadores. Achebe seduce al lector de un modo similar, atrayéndolo hacia una novela clásica con una trama fascinante y un héroe trágico, todo ello enriquecido con los mitos y la tradición oral de la cultura nigeriana. Cuando Achebe publicó “Todo de desmorona”, Nigeria se hallaba en un estado de inestabilidad política que condujo a su independencia en 1.960. Escribió esta novela en parte como una respuesta a la representación de África en los libros que estudió en la universidad. Achebe apuntaba que la novela ambientada en Nigeria “Míster Johnson” de 1.939, del autor anglo irlandés Joyce Cary, era celebrada como un fino ejemplo de escritura sobre África, pero los nigerianos veían en ella una corriente subterránea de desagrado y burla. Asimismo mantenía que la horripilante descripción de los nativos en “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad de 1.899, tipificaba el racismo endémico mostrado por los escritores europeos en la literatura sobre África. La respuesta fue escribir una elaborada historia, llena de matices, sobre el derrumbamiento de una sociedad tradicional: una rica comunidad del pueblo igbo. En lugar de las indistinguibles hordas salvajes de Conrad, Achebe puebla su aldea de Umuofia con vibrantes personajes que saltan de la página. Situada en el sur de la Nigeria precolonial en la década de 1.890, la obra retrata una sociedad civilizada con una rica tradición cultural, comercial, religiosa y legal. Las atenciones y ceremonias sociales del pueblo (como la de repartir y compartir la nuez de cola), el regateo del precio de la novia y la importancia de la castidad y la obediencia de la mujer en esta sociedad patriarcal no estarían fuera de lugar en una novela europea de la época. En Umuofia la vida gira en torno a las estaciones: los aldeanos plantan, cuidan y recolectan los cultivos del ñame, observan la y disfrutan de festejos en los que no faltan el vino de palma, las competiciones de lucha, el relato de cuentos y las canciones.
    El protagonista, Okonkwo, es un famoso guerrero, esposo irascible de tres mujeres y orgulloso propietario de una gran finca. No habiendo recibido herencia de su frívolo, cobarde y endeudado padre, a quién se esfuerza por parecerse lo menos posible, Okonkwo trabaja los campos como aparcero para hacerse rico, y acumula ñame y cauri, que significa prosperidad. Su segunda esposa, Ekwefi, es una belleza que dejó a su primer marido llevada por su pasión por Okonkwo; su única hija, Ezinma, es una fogosa chica con tal entendimiento de su padre y de las sutilezas de la vida de poblado que Okonkwo concluye más de una vez que debería haber nacido varón. En la cultura igbo, los deseos de los dioses son transmitidos por los egwugwu, ancianos de la tribu enmascarados que representan a los espíritus ancestrales del clan, e implican brutales actos sacrificiales: esta será la grieta por la que se quebrará su cultura. Aunque >, se dice en la obra, eran pocos los que acataban tan sumisamente como Okonkwo la sanguinaria voluntad de los dioses. Su ideología guerrera había empezado a apartarlo de aquellos que ya se hacían preguntas aún antes de la llegada del hombre blanco. Ekwefi decide proteger a su hija de los dioses y Obierika, amigo de Okomkwo, duda sobre la práctica de abandonar a los gemelos al nacer, pero
    27 min
  • Nada más que libros - Lolita - (Vladimir Nabokov)
    “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.”
    -Fragmento de 'Lolita'-
    Vladimir Nabokov nació en 1.899 en el seno de una familia aristocrática de San Petersburgo. Pasó su niñez en Rusia y recibió educación trilingüe en francés, inglés y ruso. Tras la Revolución rusa de 1.917, su familia se exilió en Gran Bretaña, y estudió en el Trinity College de Cambridge. Tras un nuevo traslado a Berlín, su padre, periodista y político, fue asesinado durante un mitin. Mientras vivía en Berlín y París, Nabokov escribió novelas, relatos y poemas en ruso, a la vez que trabajaba como instructor de tenis y tutor. En 1.925 se casó con Vera Slonim con la que tuvo un hijo, Dimitri. Después de huir a los Estados Unidos durante la II Guerra Mundial, continuó escribiendo en inglés. Enseñó en la Universidad de Cornell y, como autoridad en entomología, ocupó un cargo en el Museo de Zoología Comparada de Harvard. Falleció en Montreux, Suiza, en 1.977. Entre las novelas más destacadas del autor están “La dádiva” de 1.937, “Lolita” de 1.955, “Pálido fuego” de 1.962 y “Ada o el ardor” de 1.967.
    La historia de la literatura está salpicada de obras que fueron prohibidas o censuradas considerando que corrompían la moral pública o que atentaban contra la política o la religión. En la primera mitad del siglo XX, la experimentación literaria forzó los límites del gusto y escandalizó al público conservador. En respuesta, los censores rastrearon obras como “Ulises” de Joice para detectar obscenidades, o eliminaron referencias sexuales de novelas como “El amante de Lady Chatterley” de D.H. Lawrence. Ya en 1.960, la versión íntegra de esta obra fue juzgada por obscenidad, aunque fue absuelta. Desde entonces, la censura literaria se ha relajado en todo el mundo, si bien no ha desaparecido por completo. Ejemplos de libros prohibidos no faltan en todas las épocas: en 1.532 “Gargantúa y Pantagruel” de Rabelais, fue condenado por obscenidad por la Sorbona; en 1.759, aunque fue prohibido por el gobierno y las autoridades religiosas, el “Candido” de Voltaire se convirtió en un “best seller”; “Trópico de Cáncer”, el relato de Henry Miller de su vida como escritor en París, publicado en 1.934, fue prohibido en los Estados Unidos por su contenido sexual; “El desayuno desnudo” de William Burroughs, de 1.959, novela narrada por un yonqui, fue prohibida en Boston en 1.962 y la decisión fue revocada en 1.966; “Los versos satánicos” de Salman Rushdie, publicado en 1.988, continúa estando prohibido en más de diez países al ser considerado blasfemo contra el islam. Podríamos seguir “ad infinitum”
    Hoy pocos se ofenderían por libros que en el pasado fueron censurados; y aún así, la controvertida “Lolita” de Vladimir Nabokov conserva tanto su magnetismo como su poder perturbador. Prohibida tras ser publicada en 1.955 en Francia, y vuelta a publicar en Londres en 1.959, a novela gira en torno a la obsesión del narrador, Humbert Humbert, con cierto tipo de menores de edad: las , esbeltas niñas pubescentes de piel sedosa, entre los nueve y catorce años de edad. El título de la novela ha adquirido el significado de adolescente seductora y provocativa. La lectura de “Lolita” produce un estado de confusión mental a medida que nos familiarizamos con un narrador que subvierte todas las reacciones normales a su atroz relato. En la claustrofóbica fantasía de Humbert, el lector pierde la perspectiva, seducido por un cosmopolita profesor europeo provisto de una bien preparada defensa sazonada con apologías, alusiones literarias, juegos de palabras y un insidioso ingenio.
    En su adolescencia, Humbert se enamoró en la Riviera francesa de la joven Annabel: el modelo para su obsesión. Años después, en Estados Unidos, rompió el hechizo encarnándola en otra: Dolores Haze, Lolita, la hija de doce años de su casera. Las devastadoras consecuencias de la obsesión se materializarán cuando Humbert se case con la madre para tener acceso a la niña objeto de su fantasía. Un vago plan para asesinar a su reciente esposa se vuelve innecesario cuando esta es atropellada mortalmente por un coche; el falsamente afligido padrastro recoge a Dolores del campamento de verano donde se encuentra e inicia su intento de realizar su sueño.
    Podríamos decir que se trata de una novela erótica que no ofrece casi nada obsceno; la segunda parte es una continuación de la auténtica aventura amorosa del autor, pero con el lenguaje. Con una prosa sumamente elaborada, ornamentada y lírica, Humbert reconstruye su viaje de un año a través del continente con Dolores como dice >. Detalles de su despótico enamoramiento tales como riñas, situaciones comprometidas y sobornos, afloran de forma intermitente en un relato surrealista y cinematográfico que recorre sardónicamente la cultura estadounidense. Al cabo del año, de regreso a la Costa Este, Humbert inscribe a Dolores en la escuela y el tejido de su fantasía empieza a deshacerse
    En los libros pornográficos no hay estilo, estructura ni imágenes, como nos recuerda Nabokov en el defensivo epílogo a una novela que sobresale en los tres aspectos. Humbert Humbert es un narrador poco fiable, que necesita ser protegido por el autor ficticio de un prólogo que ata los cabos sueltos antes incluso de empezar la historia. No hay relatos alternativos: solo la voz póstuma de Humbert, defendiendo lo indefendible ante sus lectores.
    35 min
  • Nada más que libros - Alberto Méndez - 'Los girasoles ciegos'
    “El silencio se impuso sobre el silencio y todas las conversaciones se diluyeron en una oscuridad llena de resonancias distantes. Hasta el alba no volvería a haber vida y la vida iniciaba siendo heraldo de la muerte. Sabían que a las cinco de la mañana comenzarían a oírse nombres y apellidos en el patio y que los nombrados subirían a los camiones para ir al cementerio de la Almudena de donde nunca volverían.
    ” Fragmento de “Los girasoles ciegos”.
    Alberto Méndez. Autor genial de una sola obra-.
    Alberto Méndez nació en 1.941 en Madrid, donde transcurrió su infancia. Estudió el bachillerato en Roma y se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid. Alberto Méndez había sufrido represalias por su militancia en el Partido Comunista de España y fue expulsado de la universidad por su participación en la manifestación de 1.964 que encabezaron Aranguren, Tierno Galván y García Calvo. Por ser uno de los líderes estudiantiles se le arrebató el título de licenciado en Filosofía y Letras; se exilió a Roma. Durante toda su vida estuvo vinculado a la edición, primero como fundador de la editorial Ciencia Nueva y colaborador de Montena y de la distribuidora Les Punxes, entre otras actividades. Con su única obra, “Los girasoles ciegos”, publicado en 2004 por la editorial Anagrama, cosechó excelentes críticas y se convirtió en el fenómeno editorial del año de su publicación, con una tirada de casi 400.000 ejemplares; pero Alberto Méndez apenas tuvo tiempo de disfrutar de este merecido éxito. Once meses después de salir a la luz su único libro, fallecía víctima de un cáncer, en Diciembre de 2004, a los 63 años.
    “Los girasoles ciegos” ganó el Premio Setenil de 2004 al mejor libro de cuentos del año, y póstumamente, en 2005, el Premio de la Crítica y el Nacional de Narrativa (siendo la primera obra que ganó este premio a título póstumo), lo que demuestra la extraordinaria repercusión de la obra. El libro recoge cuatro relatos ambientados en la inmediata posguerra española y que presentan como denominador común la derrota. >, se lee en la obra. Y la certeza de la derrota, de ese vacío que atenaza tanto a los vencidos como a los vencedores de la guerra, es lo que anuda las cuatro historias de los relatos, que se sitúan en la inmediata posguerra española: un capitán del ejército franquista se rebela contra la avaricia de muerte y se rinde al enemigo el último día de la contienda; un bisoño aprendiz de poeta, huido a la montaña con su novia embarazada, afronta allí el sufrimiento atroz que lo hará madurar demasiado tarde; un preso renuncia a la argucia de Sherezade que le ha permitido demorar su condena de muerte; y un diácono obsesionado con la mujer de un republicano oculto desencadena con su lascivia la desgracia de aquella a quién pretendía amar.
    Pocas veces un éxito tan inesperado ha sido tan justo como en este emocionante libro de Alberto Méndez. Más allá de su tupida pero nítida prosa, del virtuosismo de su estructura o de su fuerza metafórica y poética, sobrecoge la impecable precisión con que sus cuatro historias capturan un dolor inasible y lo exponen sin una palabra de más. Y es que “Los girasoles ciegos” es uno de los libros sobre la Guerra Civil española y sus consecuencias más impactantes que se han escrito. No solo por el dolor y la desolación que emana de las cuatro historias que recoge, sino por la calidad y la rotundidad de su prosa. Es una obra magnífica, que atrapa al lector desde la primera página y que se lee de un tirón.
    Este libro es el regreso a las historias reales de la guerra y la posguerra que contaron en voz baja narradores que no querían contar cuentos sino hablar de sus amigos, de sus familiares desaparecidos, de ausencias irreparables. Son historias de los tiempos del silencio, cuando daba miedo que alguien supiera que sabias. Cuatro historias, sutilmente engarzadas entre sí, contadas desde el mismo lenguaje pero con los estilos propios de narradores distintos que van perfilando la verdadera protagonista de esta narración: la derrota. Todo lo que narra esta obra es verdad, pero nada de lo que se cuenta es cierto, porque la certidumbre necesita aquiescencia y esta necesita la estadística. Fueron tantos los horrores que, al final, todos los miedos, todos los sufrimientos, todos los dramas, sólo tienen en común una cosa: los muertos. Pero los muertos de esa fatídica época de nuestra historia reciente, ya están resueltos en cifras oficiales, aunque ya es hora de que empecemos a recordar que sabemos. Este es el primer ajuste de cuentas de Alberto Méndez con la memoria y lo hace emboscado en un flagrante intento de hacerlo desde la literatura.
    Siempre estuvo Alberto Méndez muy ligado a la literatura. Escribió guiones, hizo adaptaciones dramáticas, pero no tuvo tiempo de dedicarse a la literatura hasta los sesenta años. Entonces escribió un cuento, lo presentó a un concurso, el Setenil, y lo ganó. Eso lo animó a escribir otros que, agrupados en un libro, forman “Los girasoles ciegos”. Antes, junto a otros trece amantes de la literatura, creó la editorial Ciencia Nueva, muy próxima al PCE, hasta que D. Manuel Fraga Iribarne acabó con ella. En una carta que envió a un amigo, Alberto Méndez escribe: “Mi vida ha sido, y así pretendo que sea, una vida oscura y oscurecida por mi dedicación al trabajo y a la familia. El resto ha sido mi militancia política, la clandestinidad, y una obcecación tan fracasada como enfermiza por contribuir a la caída de la dictadura. Lo malo es que, además de no caer, me arrojó encima toda la excrecencia que dimanaba”.
    Alberto Méndez fue un escritor secreto que trabajaba de día y por la noche iba macerando, durante años, historias sobre la Guerra Civil sutilmente conectadas. La segunda es, probablemente, la que más impresiona, la más impactante: dos jovenzuelos y su hijo recién nacido viven sus últimas horas en una braña de una montaña fronteriza entre Asturias y León. Cerca, unas vacas pacen con la misma tristeza que les acompaña. Los detalles los conoceremos por las notas que el muchacho ha ido escribiendo en un cuaderno. “Se encontraron un esqueleto adulto y el cuerpo desnudo de un niño de pecho sorprendentemente conservado, sobre unos sacos de arpillera tendidos en un jergón”, puede leerse en el relato “Segunda derrota: 1.940 o manuscrito encontrado en el olvido”. Como hemos comentado antes Alberto Méndez apenas pudo disfrutar un año de la publicación de su libro. Y, pese a que fue acogido con unas críticas excelentes, no llegó a saber que “Los girasoles ciegos” ha alcanzado, nada menos que cuarenta y dos ediciones (más de 300.000 ejemplares vendidos. Todo se fue enredando por un boca oreja apabullante, un constante goteo de ¿has leído los girasoles?. Jorge Herralde, el editor de Anagrama, que se aventuró con la obra, leyó, entre otra estas frases en la presentación del libro en el Circulo de Bellas Artes: “Es un ajuste de cuentas con la memoria, un libro contra el silencio de la posguerra, contra el olvido, a favor de la verdad histórica restituida y, a la vez, muy importante y decisivo, un encuentro con la verdad literaria”.
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  • Nada más que libros - Literatura y ciencia
    “Este pequeño objeto – comentó el Viajero del Tiempo, descansando los codos sobre la mesa y juntando sus manos sobre el aparato -es sólo un modelo. Es mi plan de una máquina para viajar a través del tiempo”.
    Fragmento de “La máquina del tiempo” de H.G. Wells.
    La presencia de la ciencia y la tecnología a través de sus ideas innovadoras y avances prácticos se ha visto reflejada en numerosas obras bien conocidas y representativas de la literatura universal. Este hecho se da, sobre todo, a partir del siglo XIX, cuando empieza el impacto social más notorio de la actividad científica en la sociedad. El que la ciencia esté presente en la literatura con temas, personajes y autores, permite utilizar esta literatura para la divulgación de la ciencia y de su contexto social. En el Renacimiento y el Barroco empiezan a aparecer en la literatura personajes científicos, sobre todo médicos, cirujanos y boticarios, por su papel en asuntos humanos como la enfermedad y la muerte. El hecho de que las matemáticas y las ciencias fueran las glorias de la Ilustración se puede ver en la literatura de la época. Así Jonathan Swift, en su obra “Los viajes de Gulliver” de 1.726, nos muestra en el tercer viaje a una isla, Laputa, que se sostiene magnéticamente en el aire, habitada por hombres dedicados totalmente a las matemáticas y a la música. Presagiaba así una ciencia, aliada natural del poder, para dominar a los seres humanos y la naturaleza. También Voltaire y Goethe trataron temas científicos en algunas de sus obras, lo que aprovechan para hacer una sátira de los humanos y un elogio a la ciencia. Ya en el siglo XIX surgen autores que presentan a químicos, inventores e ingenieros, como en el caso de Balzac o Pérez Galdós y otros.
    Julio Verne va más allá e intentará hacer la >, es decir una novela que incluya los logros científicos y técnicos, los viajes y las exploraciones y el dominio de los elementos. Por eso sus obras incluyen, con gran anticipación con respecto a su época, obras de viajes como “De la Tierra a la Luna” de 1.865, viajes bajo el mar como “Veinte mil leguas de viaje submarino” de 1.870 o el dominio de la naturaleza por el hombre gracias a la ciencia y la técnica como en “La isla misteriosa” de 1.874. A partir de su obra “Los quinientos millones de la Begun” de 1.879, se percibe un cambio en su versión optimista de la ciencia, que pasa de ser una de las causas del progreso de la humanidad a convertirse en una actividad amenazante que puede emplearse para finalidades perversas, como la construcción de armamentos y de ciudades-fábrica, que son una premonición del nazismo; por ello esta obra fue prohibida por las autoridades alemanas. También el científico, héroe de sus obras anteriores, se transforma en el antihéroe perverso o loco, instrumento ciego del poder, que tanta influencia tendrá en la literatura y el cine posterior. H.G. Wells, de educación científica, se considera junto a Verne un iniciador de la literatura de ciencia ficción, con sus novelas “La máquina del tiempo” de 1.895, “La isla del Doctor Moreau” de 1.896, “El hombre invisible” de 1.897 y “La guerra de los mundos” de 1.898, todas ellas adaptadas al cine. En los últimos tiempos algunos han considerado “Frankenstein”, escrito en 1.818 por Mary Shelley, como un precursor de la ciencia ficción. En esta obra el progreso científico relacionado con la generación de vida es un monstruo que se rebela contra su creador.
    Ya en el siglo XX, en una etapa histórica donde la civilización mecánica y las conquistas de la técnica, la máquina, el avión, la electricidad o los productos manufacturados, las teorías sobre el tiempo y el espacio de Einstein, el evolucionismo de Darwin, etcétera, se generó un gran impacto tanto en artistas, literatos y filósofos. Tanto es así que algunos científicos han realizado importantes contribuciones a la literatura como el físico Aleksandr Solzhenitsyn, premio Nobel de Literatura, que mostró en su libro “El primer circulo” de 1.968, cómo científicos e ingenieros, prisioneros en campos de concentración, eran obligados a investigar para el KGB de la URSS. Y no podemos olvidar al físico nuclear Ernesto Sábato, que en su primer libro “El uno y el Universo” de 1.945, critica la aparente neutralidad moral de la ciencia y los procesos de deshumanización en las sociedades tecnológicas.
    La ciencia no solo ha contribuido con autores, sino también con temas, como el de la responsabilidad moral de los científicos, con obras como “La vida de Galileo” escrita en 1.939 por Bertolt Brecht, o “Los físicos” de 1.962 de Friedrich Dürrenmatt, o la utilización de las ciencias y tecnologías en la sociedad del futuro, como las contrautópicas, o distopías, “Un mundo feliz” de Aldous Huxley (1.932), “1984” de George Orwell (1.949) o “Farenheit 451” escrita en 1.943 por Ray Bradbury. Asimismo la ciencia contribuyó al establecimiento de un género literario, las novelas de ciencia ficción. Muchos de sus mejores autores han sido y son científicos en ejercicio, como Fred Hoyle, Gregory Benford, Carl Sagan, o de formación como Isaac Asimov, Arthur C. Clarke o Michael Crichton. En concreto Hoyle, director del Instituto de Astronomía de Cambridge, predijo la existencia de unos niveles de energía de los átomos de carbono que permiten explicar la nucleosíntesis estelar; Carl Sagan fue catedrático de Astronomía de la Universidad de Cornell y Clarke fue matemático y participó e en el desarrollo de un sistema de defensa por radar. Asimov, Heinlein y Crichton, siguieron estudios respectivamente de bioquímico, ingeniero mecánico y médico. A su vez estos han enriquecido el género con nuevas ideas, que no estaban presentes en los precursores Verne y Wells, como los robots o la colonización de la Luna, en “La Luna es una amante cruel” de 1.966 de Heinlein; del “Marte rojo” de 1.992 de Robinson; del sistema solar en la serie “Odisea en el espacio” (1.968-1.996) de Clarke; y de la galaxia en “La trilogía de las fundaciones” (1.951-1.953) de Asimov; la ecología planetaria en “Dune” de 1.966 de Frank Herbert; o los peligros de las biotecnologías y la ingeniería genética en “La amenaza de Andrómeda” (1.969) o “Parque jurásico” (1.990) de Crichton. Hay autores de ciencia ficción que describen la vida de científicos de una forma muy real, como Ursula K. Leguin en “Los desposeídos” de 1.974 donde se muestran los problemas de un físico que plantea una teoría revolucionaria; Benford en “Cronopaisaje” de 1.980, donde hay científicos concentrados en las subvenciones y en la resonancia periodística, en vez de hacerlo en la experimentación, y otros enfrentados a la burocracia; Asimov, en “Los propios dioses” de 1.972, presenta los obstáculos que encuentran jóvenes científicos enfrentados con científicos poderosos y Sagan, en “Contacto” de 1.985, muestra las dificultades de las mujeres científicas.
    En general, y particularmente en nuestro país, es frecuente hablar de ciencia y de cultura como si de dos cosas diferentes se tratara y se suele presumir de culto sin poseer un conocimiento suficiente de los avances científicos y tecnológicos de los que depende nuestra vida cotidiana. Es interesante ver la gran diferencia de criterios con que se juzga la incultura científica con respecto a otros ámbitos en las noticias de prensa; por ejemplo, las merecidas reacciones airadas que suele haber cuando errores en noticias en general no se muestran con la misma intensidad cuando se trata de errores científicos. Quizá habría que preguntarse si los conocimientos científicos no se tienen por más inaccesible y, por tanto, susceptibles de ser en gran parte ignorados por la población de una cultura, digamos de nivel medio, sin que ello se considere grave. La mejor manera de abandonar esta disparidad de criterios a la hora de considerar los conocimientos generales que debería tener toda persona culta procedentes de los diferentes campos del pensamiento humano, es unir la producción literaria y el pensamiento científico. Por otra parte, la lectura de libros de, digamos, este género, puede contribuir a acercar ideas y conceptos de las ciencias al público en general. “En busca de Klingsor” de Volpi, incluso pueden divulgar ideas de cuántica o de teorías de juegos. Pero no solo los conceptos de la ciencia, algunas de estas obras también muestran la forma en la que trabajan los científicos, el llamado método científico; y la mayor parte de la literatura que hemos mencionado puede contribuir a transmitir el aspecto humano de la ciencia, el contexto histórico y social en el que se desarrollan las ciencias y la situación del científico en una sociedad determinada.
    Por eso no es extraño que muchos científicos y profesores de ciencia señalen que ha contribuido más a desarrollar su elección profesional la lectura de autores como Verne, Asimov y otros que la enseñanza escolar de las ciencias. También recientemente se ha mostrado que la literatura permite meterse en la piel de los personajes, abrir su mente a otras experiencias y puntos de vista, lo cual es positivo para su teoría de su mente, es decir, para la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Y el efecto es mayor en aquellos que leen literatura que en los que leen ficción, no ficción o nada en absoluto. Pero cualquier literatura de calidad, como la mayoría de los libros de los que hemos hablado, con personajes con densidad humana, lo permite; la mala literatura, con personajes superficiales, no. Además la ciencia ficción puede aportar una visión de futuro de la humanidad y del papel que la ciencia y los científicos, tendrán en él; una visión que no aporta ningún otro tipo de ficción literaria. En consecuencia, la conexión entre estos mundos del saber tendría que hacer posible la integración de las ciencias en la cultura global, que aparece así como un elemento fundamental de cultura. Y, por otra parte, la literatura que introduce la ciencia y los científicos puede contribuir a difundir las principales aportaciones de la ciencia y sus relaciones con la vida cotidiana entre todos aquellos que quieran disfrutar de su lectura.
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  • Nada más que libros - Fausto (Goethe)
    “Apenas has dado un paso en mi camino, y como a todo hombre, se te trastorna ya el juicio. ¿Por qué formáis, pues, causa común con nosotros, si no podéis soportar después las consecuencias de nuestra unión?. ¡Quieres volar y no te ves aún libre del vértigo! ¿No eres tú el que me invocaste?”.
    Mefistófeles a Fausto.
    Nacido el 28 de Agosto de 1.749 en Fráncfort, en el seno de una acomodada familia de clase media, Johann Wolfgang Goethe no fue solo una gran figura literaria; también fue un experto en varios campos, desde el derecho y la filosofía hasta la botánica, la zoología, la física y la medicina. Fue educado en casa hasta 1.765, cuando fue enviado a Leipzig para estudiar leyes. Allí empezó a escribir sus primeros dramas extensos y poesía lírica. Tras graduarse, continuó escribiendo, ganándose la reputación de autor excepcional e innovador. En 1.775 fue invitado a ocupar un puesto en la corte de Weimar, donde tuvo diversos cargos durante diez años. En 1.786 partió para realizar un viaje de dos años por Italia. En torno a 1.794 inició una colaboración con Friedrich Schiller que resultaría en una obra literaria y cultural tan sublime como influyente. Goethe murió el 22 de Marzo de 1.832, a los 57 años.
    Goethe no completó “Fausto” la obra por la que es más recordado, hasta poco antes de su muerte en 1.832. La obra, una tragedia en dos partes, la primera de ellas terminada en 1.808, es también el logro más notable del movimiento conocido como “clasicismo de Weimar”, un periodo de prolífica actividad cultural y literaria centrada en la ciudad alemana de Weimar que comenzó en la década de 1.780 y duró casi treinta años. Los dos escritores más estrechamente asociados con el clasicismo de Weimar son Goethe y su amigo y colaborador Schiller nacido en 1.759 y fallecido en 1.805. En su juventud, ambos habían estado implicados en el movimiento (Tormenta e Impulso), el cual produjo novelas y obras teatrales que rompían con la tradición literaria de la Ilustración y promovían una apasionada expresión de las emociones. Sin embargo, en la década de 1.780, amainado el fuego de su juventud, Goethe y Schiller volvieron la mirada hacia los valores ilustrados que previamente habían rechazado y los reconciliaron con la energía del Sturm und Drang, además de revisitar a los clásicos griegos con vistas a la creación de unos estándares nuevos y más refinados.
    Al formular sus ideas sobre la literatura, Goehe y Schiller afirmaron que la perfección estética era un objetivo imposible. En cambio destacaron la importancia del equilibrio y la armonía, argumentando que una obra literaria podía considerarse grande si se daba un equilibrio perfecto entre sus elementos imperfectos; de ese modo una obra podía alcanzar la unidad y la totalidad buscadas por los autores clásicos griegos. Ese equilibrio, según ellos, se obtenía por medio de una combinación de los tres elementos esenciales en toda obra de arte. El primero, , la inspiración o visión primaria del autor, se combina con el segundo, , la forma estética de la obra, que puede estar basada en un estudio detallado de los modelos clásicos. El tercer elemento,, es la parte principal de la invención del autor: el contenido, las palabras de un trabajo literario; este debe ser el elemento que debe ser cuidadosamente manejado, pues puede crear un desequilibrio que distraiga de los dos anteriores. Goethe y Schiller colaboraron y se alentaron en sus producciones respectivas: fue Schiller quién insistió en que Goethe debía retomar el “Fausto”, una obra que este había comenzado en su juventud y que luego había dejado a un lado. Ambos mantuvieron correspondencia diaria hasta la muerte de Schiller en 1.805, fecha en que muchos estudiosos consideran el fin del “clasicismo de Weimar”.
    La historia de Fausto se basa en las leyendas populares sobre pactos con el diablo que circularon por Europa desde principios del siglo XVI, y que habían inspirado, entre otros, el drama “Doctor Faustus” de Christopher Marlowe en 1.604. Mientras que las versiones previas presentaron la leyenda de Fausto como una contienda relativamente sencilla entre Dios y el diablo, o entre el bien y el mal, el “Fausto” de Goethe es un relato más profundo que trasciende la cuestión de la simple moralidad. El autor argumentaba que al vivir, al actuar, el ser humano puede cometer errores; pero que el aprendizaje de esos errores le lleva a la rectitud. “Fausto” comienza – después de una dedicatoria en verso – con un prólogo en que un director teatral, un poeta y un cómico discuten sobre qué es lo que caracteriza a una buena obra de teatro. Cada uno tiene su propio objetivo: el director desea hacer una obra que llegue a la multitud y sea bien recibida por el público; el poeta es un idealista que pretende representar valores eternos y crear una obra inspiradora, una obra maestra que perdure; y el cómico quiere entretener al público a través de la comedia y la acción. Al final, los tres llegan a un acuerdo: el poeta puede crear una obra de significado profundo, siempre que incluya acción, comedia y tragedia. La discusión termina con una promesa a la audiencia: que toda la Creación (el mundo, el cielo y el infierno), se representará en escena. La parte primera de “Fausto” comienza en el cielo, donde Mefistófeles, o sea el diablo, medita sobre la humanidad y apuesta con Dios a que él puede arrastrar a uno de sus siervos, Fausto, al camino del pecado y ganarse su alma. Dios acepta el reto, pero afirma su convencimiento de que Fausto se mantendrá fiel, precisando que, aunque un hombre pueda cometer errores en la vida, es básicamente bueno.
    Trasladando la acción al mundo en un marco contemporáneo alemán, Goethe presenta a Fausto, un docto profesor, médico y teólogo. Sentado en su estudio, Fausto está desesperado, sintiendo que ha alcanzado el límite de su aprendizaje y que es “un pobre loco, tan sabio como antes de empezar”. Entonces aparece el diablo y ambos establecen un acuerdo: Mefistófeles colmará los deseos de Fausto en el mundo y este, a cambio, servirá al diablo en el infierno. Como parte del trato, Fausto declara que si el diablo logra proporcionarle un momento tan gratificante que desee prolongarlo para siempre, él morirá en ese preciso momento. El pacto es firmado con sangre. Fausto conoce a una joven por la que se siente atraído, Gretchen. Con la ayuda del diablo, la seduce; pero lo que Fausto esperaba que le trajera la felicidad se convierte rápidamente en muerte y tragedia. Así pues, en esta primera parte, a Fausto se le niega la plenitud. La Parte II es la parte más compleja de la tragedia. Se compone de cinco actos que se desarrollan en diferentes escenarios: real, mágico, histórico y mítico. Después de haber explorado el pequeño mundo personal de Fausto en primera parte, ahora Goethe sitúa los acontecimientos en un marco más amplio, e introduce numerosos hilos argumentales fantásticos y a menudo confusos, como el matrimonio de Fausto con Helena de Troya, que pasa por ser, en la mitología griega, la mujer más bella del mundo.
    Fausto ejemplifica el clasicismo de Weimar en su riqueza de alusiones clásicas: entre sus personajes hay dioses, diosas y héroes de la mitología griega, y presenta escenarios de la Antigüedad. Su texto incluye una asombrosa variedad de estilos literarios, que remiten a las tragedias griegas y a los autores sacramentales de tema bíblico populares en la Edad Media. Se inspira en las mascaradas renacentistas y en la “commedia dell´arte”, un formato teatral de la Italia del siglo XVII en que los actores improvisaban a partir de arquetipos, y hace uso de diversas formas poéticas. Fausto es sin discusión, el mayor logro del Clasicismo de Weimar, si bien Goethe tardó tanto en terminarla que, para cuando se publicó la segunda parte en 1.832, unos meses antes de su muerte, hacía ya bastante tiempo que el movimiento había desaparecido. “Fausto” no tuvo una gran influencia entre los escritores de la época, entre otros motivos porque muchos ya habían publicado una obra abundante cuando apareció. Fue el romanticismo alemán, que ignoraba el “equilibrio” clásico, el que dominó en buena parte de la Europa de entonces. Pero, a pesar de su falta de influencia contemporánea, “Fausto” se convertiría en una de las obras más famosas y estudiadas de la literatura alemana, y actualmente se considera una de las obras teatrales más grandes jamás escritas.
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