NADA MÁS QUE LIBROS

NADA MÁS QUE LIBROS

By MANUEL ALCAINEArts
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NADA MÁS QUE LIBROS episodes

  • Nada más que libros - Émile Zola - 'Germinal' y 'Yo acuso'
    “Sólo un sentimiento me mueve, sólo deseo que la luz se haga, y lo imploro en nombre de la humanidad, que ha sufrido tanto y que tiene derecho a ser feliz. Mi ardiente protesta no es más que un grito de mi alma. Que se atrevan a llevarme a los Tribunales y que me juzguen públicamente. Así lo espero.”
    Párrafo final del alegato en favor del capitán Alfred Dreyfus, dirigido por Émile Zola mediante una carta abierta al presidente de Francia, Félix Faure, y publicado por el diario L´Aurore el 13 de enero de 1.898 en su primera plana.
    Émile Zola nació en París el 2 de Abril de 1.840. Considerado el líder del naturalismo que era un estilo literario, ligado al realismo, basado en reproducir la realidad con la mayor crudeza en todos sus aspectos, sobre todo con los relacionados con las clases más desfavorecidas. Nacido en el seno de una familia de pocos recursos, abandonó los estudios para ponerse a trabajar como administrativo, pero no tardó en empezar a colaborar con artículos en diversos medios. Conectado en un principio con el romanticismo, sus primeras obras fueron relatos que se publicaron bajo el título de “Cuentos a Ninon” de 1.864, y una novela autobiográfica de tintes románticos llamada “La confesión de Claude” de 1.865. También trabajó la crítica pictórica, interesándose en la pintura impresionista, contrayendo amistad con los nuevos artistas de la época. Interesado en la obra de Balzac, desarrolló un concepto de novela diferente, donde reflejaba con gran detalle la vida de una familia a lo largo de varias generaciones. Llevó este concepto a la práctica con la serie de “Los Rougon-Macquart, que se extendió a lo largo de veinte novelas como “Naná”, “La obra”, “Thérèse Raquin”, “La taberna” o “Germinal”. Comenzó a implicarse en política con el famoso artículo “Yo acuso” en el que se involucra en el famoso “Caso Dreyfus”, lo que le costó un proceso por difamación y su retiro a Londres. Tras regresar a París, siguió publicando artículos sobre el caso, falleciendo el 29 de Septiembre de 1.902, asfixiado en su casa, debido a la inhalación del humo provocado por una estufa atascada. Su muerte, según muchos, no fue accidental sino obra de ciertos antisemitas opuestos a la rehabilitación de Dreyfus, a la que contribuyó Zola de manera fundamental.
    El Naturalismo fue un movimiento literario surgido en Francia en el último cuarto del siglo XIX como reacción a la imaginación sentimental del Romanticismo. En lugar de representar un mundo idealizado, el Naturalismo se concentró en las duras vidas de las personas de los estratos sociales más bajos. Tenía mucho en común con el Realismo, que aspiraba a presentar una evocación fiel de la vida ordinaria, como hizo Flaubert en “Madame Bovary”. El Naturalismo tenía ambiciones literarias similares y recurrió a un detallado realismo, pero se inspiraba en la teoría de que los seres humanos son incapaces de escapar a la influencia de su entorno. Así los autores naturalistas aplicaron principios cuasicientíficos de objetividad y observación para examinar cómo reaccionaban los personajes cuando se los colocaba en condiciones adversas. Por tanto, se puede decir que toda la narrativa naturalista es también realista, pero no necesariamente al revés.
    La figura principal del movimiento naturalista fue Émile Zola. “Germinal” es la treceava novela de la serie de veinte de los Rougon-Macquart, subtitulada “Historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio”, en la que Zola estudió los efectos de la herencia y el entorno sobre distintos personajes dentro de una misma familia muy extensa. En el nuevo calendario revolucionario francés, era el nombre del primer mes de primavera, en el que empiezan a brotar las plantas: el título, pues, constituye una referencia optimista a la posibilidad de un futuro mejor. “Germinal” describe la vida de una comunidad minera del norte de Francia, plasmando la tensión entre capital y mano de obra, así como el inexorable efecto del entorno y la herencia sobre sus a menudo desafortunados personajes. Zola investigó minuciosamente el escenario de su relato, inspirado en parte por las huelgas mineras de 1.869 y 1.884, y desplegó un realismo forense para evocar la mina, que se convierte casi en un personaje más de la trama. El uso de imágenes y metáforas enfatiza su realidad; es un ogro, un monstruo voraz, que absorbe y devora a los trabajadores como insectos.
    El protagonista de la novela es el educado pero voluble Étienne Lantier, hijo de un alcohólico que pierde su trabajo por agredir a su jefe. Étienne llega a Montsou, donde encuentra trabajo en la mina. Cauteloso por su propensión heredada a la violencia intenta evitar el alcohol. Su posición de forastero le permite valorar el sufrimiento y la injusticia que ve y compadecerse de la penosa situación de la gente. A medida que avanza la novela, la pobreza y las condiciones de trabajo empeoran hasta tal punto que los trabajadores van a la huelga, con el idealista Étienne a la cabeza; y cuando llegan los disturbios y la represión violenta, los mineros le culpan a él. Pero a pesar de la brutalidad y la desolación, Étienne conserva su esperanza en la posibilidad de la germinación de una sociedad mejor.
    En 1.894, el honor nacional francés fue puesto en juego en una investigación de espionaje alemán. Alfred Dreyfus, un capitán de ascendencia judía es condenado a prisión y degradado en un proceso absolutamente irregular. La condena del consejo de guerra basada en pruebas falsas, se originó en una serie de encubrimientos en los altos mandos del ejército. El verdadero responsable fue absuelto y gran parte de la opinión pública alimentada por el fanatismo antisemita, ratifica el veredicto. En 1.898 Émile Zola toma partido desde el diario Le Figaro, convencido de la inocencia de Dreyfus, lo que le enfrenta a la Francia antisemita, y el diario le cierra sus puertas. Zola asume los riesgos y afirma “la verdad está en marcha y nada ni nadie podrá detenerla”. Zola dirige una carta abierta al presidente de Francia, que se publica en el diario “L´aurore”, bajo el título “Yo acuso” cuyos fulminantes efectos dividirán a Francia durante décadas. Para dar una idea del impacto de la carta, el diario tuvo una tirada de 300.000 ejemplares, agotando su edición en pocas horas.
    Zola fue procesado por difamación y condenado a un año de prisión en medio de un clima amenazador y descontrolado, enturbiado por la acción de la prensa amarilla. El escritor, amenazado, perseguido y difamado, se fuga a Londres. El escándalo trasciende las fronteras y su causa movilizará durante su destierro forzoso crecientes adhesiones en Francia y en todo el mundo. La verdad, finalmente, no se detendrá; Dreyfus será nuevamente juzgado y condenado a una pena menor en medio de nuevos desórdenes. Las evidencias de la conspiración comienzan a salir a la luz y uno de los conjurados de suicida. En 1.902 muere Émile Zola, en sospechosas circunstancias, y en sus exequias resuena el reconocimiento de Francia. En su entierro y en representación de sus amigos, Anatole France, quién recibirá el Nobel de Literatura en 1.921, pronuncia un emotivo discurso. La indoblegable lucha tras la verdad y la justicia de Zola en defensa de Alfred Dreyfus, le han valido los mayores ultrajes que hayan producido jamás la estupidez, la ignorancia y la maldad, por lo cual será recordado por muchos como un monumento de la conciencia humana. Zola, sin embargo, no pudo ver consumada la justicia en el caso: en 1.906, el proceso será anulado reintegrando al capitán Dreyfus al ejército, con restitución de grado y con honores militares.
    28 min
  • Nada más que libros – Ensayo sobre la ceguera (José Saramago)
    “Había llegado incluso a pensar que la oscuridad en que los ciegos vivían no era en definitiva más que la simple ausencia de luz, que lo que llamamos ceguera es algo que se limita a cubrir la apariencia de los seres y de las cosas, dejándolos intactos tras un velo negro. Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.
    Ensayo sobre la ceguera (fragmento)
    -José Saramago-
    José de Sousa Saramago , nació en Azinhaga, Portugal, en 1.922, en el seno de una familia de campesinos pobres. Sus padres no podían permitirse enviarlo a la escuela, por lo que se formó como mecánico; solo más tarde su talento para la escritura lo llevaría a trabajar como traductor, periodista y editor. Hombre comprometido políticamente, se encontró con que su primera novela “Tierra de pecado”, de 1.947 fue mal recibida por el régimen conservador del Estado Novo, que impidió su publicación. Reapareció en 1.966 con “Los poemas posibles”. José Saramago, con varias novelas, libros de poesía y ensayos antes de la Revolución de Abril, alcanzó una resonancia nacional a partir de 1.980 con “Levantado del suelo”. En 1.982 “Memorial del convento” fue su revelación a nivel europeo. “El año de la muerte de Ricardo Reis” de 1984, “La balsa de piedra” de 1.986, “Historia del cerco de Lisboa” de 1.989, “Ensayo sobre la ceguera” de 1.995, “Todos los nombres” de 1.997 y otras obras asentaron definitivamente la magnitud de una labor literaria por la que le fue concedido el Premio Nobel en 1.998. Militante comunista, en el fondo de sus novelas se transparenta siempre la angustia y la rebeldía de los marginados por la pobreza o su situación social, de manera especial las mujeres. Esta solidaridad con los que sufren es una constante en toda su producción. Se une a esto la brillantez del estilo, con ramificaciones de subordinadas que, sin signos de pausa o final de período, crean un ámbito de misterio y una deslumbrante sugestión a la que contribuye el léxico , riquísimo. Traducido a todas las lenguas de cultura, la obra de Saramago es una de las más brillantes muestras de la narrativa de nuestro tiempo. Tras la censura de uno de sus libros, “El evangelio según Jesucristo” de 1.991, por el gobierno portugués, se trasladó el año siguiente a Lanzarote donde vivió hasta su muerte en el año 2010. Otras obras del autor son “La caverna” de 2000, “El hombre duplicado” de 2002, “Caín”de 2009 además de un libro de memorias, “Las pequeñas memorias” de 2006 y poesía, relatos, ensayos, teatro y viajes.
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    “Ensayo sobre la ceguera” es una angustiosa novela y todo un ejemplo de sátira alegórica: una narración con un subtexto paralelo, por lo general de naturaleza moral o política. En este tipo de obra los acontecimientos se utilizan, explicita o implícitamente, como metáforas para ridiculizar aspectos de la sociedad, la política o la vida. En esta obra la sátira está inspirada en el Estado Novo portugués, el régimen autoritario que gobernó Portugal de 1.933 a 1.974, si bien el tiempo, el lugar y los personajes son deliberadamente ambiguos en la novela. Y lo que se expone es la falta de razón, moralidad y benignidad propia de cualquier régimen dictatorial. La novela describe lo que ocurre cuando los habitantes de una ciudad de un país sin nombre comienzan a quedarse ciegos, aunque no es la típica ceguera, sino de una lechosa tiniebla blanca. Esa se extiende a través del contacto o la presencia de humanos, y es incurable. El gobierno recluye a los afectados y los abandona a su suerte sin más recursos que comida y material de limpieza.
    A medida que empieza a surgir entre los ciegos una forma de sociedad basada en la solidaridad, alimentada por la necesidad, la supervivencia y la recuperación de la condición humana, vemos crecer a los personajes principales como miembros de una comunidad. Saramago describe la pugna física y psicológica de los recién cegados como una analogía de las personas que han perdido de vista la razón, la humanidad y la idea misma de sociedad: dice uno de los personajes de la novela. La llegada de un grupo organizado de matones ciegos se convierte en un elemento añadido de opresión, con obvias connotaciones políticas sobre la violencia y el terror de un régimen totalitario. El autor dota a su prosa de una fuerza imparable reduciendo al mínimo los signos de puntuación y alternando tiempos verbales y perspectivas, lo que produce en el lector la sensación de ser empujado a través de la historia que está leyendo.
    Asimismo el lector obtiene una perspectiva adicional sobre la sombría situación a través de los ojos de la esposa de un médico que fue uno de los primeros internados. Esta mujer fingió la ceguera para no separarse de su marido y este artificio le permite una comprensión mayor de los lazos que se crean, los hábitos que se abandonan y las ideologías que se forman y reforman a lo largo del relato. Es a través de ella como los personajes se descubren unos a otros y encuentran la esperanza y la fuerza para sobrevivir a la ceguera blanca, a la crueldad de los matones y a la dureza del internamiento. Es gracias a su humanidad y su compasión, que son a su vez símbolos del tipo de sociedad hacia la que la gente debería esforzarse por llegar, lo que hace que, finalmente, empiezan a reconstruir una vida fuera del campo de reclusión.
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    La premisa de “Ensayo sobre la ceguera” resultará bastante familiar a todos los que estamos pasando por la crisis de la pandemia del coronavirus. De repente, una pandemia afecta a toda una población. En este caso se trata de una ceguera colectiva, y la ciudad y todo el país donde sucede la acción se quedan paralizados, bloqueados. José Saramago utiliza metáforas con una gran carga de profundidad. ¿Qué es esa ceguera realmente? Los que la padecen ¿son ciegos o están ciegos?. Con ese comienzo tan impactante, el autor nos describe como una epidemia, metáfora de cualquier tipo de crisis, puede afectar a una población que cae en el desánimo, en la indiferencia, en la mezquindad, en el egoísmo y en definitiva en el automatismo de hacer las cosas sin un porqué. En esta obra Saramago nos retrata con total impiedad a una sociedad enferma, podrida, sin moral.
    “Ensayo sobre la ceguera” tiene diversas similitudes con “La caverna” de Platón, que el propio Saramago retomaría en la novela del mismo título que siguió a esta, en la que los hombres solo pueden ver su propia sombra. El autor logró adelantarse más de dos décadas a la situación que estamos viviendo convirtiendo su obra en una predicción sorprendente. Sin embargo, me parece importante no afrontar la lectura de esta gran novela desde un punto de vista pesimista, sino todo lo contrario. La ceguera que produce el perenne deseo de ganar más dinero, de no pensar en los demás y de no dejar nunca de escalar hacia la cima de nuestras vidas, acaba por curarse en cuanto los enfermos se dan cuenta de lo que verdaderamente es importante para tener una vida más plena, más llena de luz. Con esta obra, José Saramago dejó casi como testamento literario, un híbrido entre novela y ensayo cuya lectura no deja de ser una invitación directa a reflexionar, a repasar nuestras propias ideas y a tener más presente que somos seres sociables, y que solo luchando en común por el mismo objetivo podemos seguir evolucionando, dejando atrás el caos y ese mundo personal en el que parecemos vivir enclaustrados.
    33 min
  • Nada más que libros – Ramón del Valle-Inclán
    “Zacarías El Cruzado, luego de atracar el esquife en una maraña de bejucos, se alzó sobre la barca, avizorando el chozo. La llanura de esteros y médanos, cruzada de acequias y aleteos de aves acuáticas, dilatábase con encendidas manchas de toros y caballadas entre prados y cañerías. La cúpula del cielo recogía los ecos de la vida campañera en su vasto y sonoro silencio…
    Fragmento de “Tirano Banderas”.
    Ramón José Simón Valle Peña, nombre que cambió por el de Ramón María del Valle-Inclán, nació en Villanueva de Arosa en 1.869. Narrador y dramaturgo, su obra dramática fue incomprendida en su época y apenas representada, aunque posteriormente se había de valorar, por lo que se le considera, junto con Federico García Lorca, el mejor dramaturgo de la llamada Edad de Plata de la literatura española, que comprende los años desde 1.900 a 1.936. La muerte de su padre le permitió interrumpir sus estudios de Derecho y marcharse a México, donde pasó casi un año ejerciendo de periodista. De vuelta a España, publicó diversos cuentos y editó su primer libro “Femeninas” en 1.895, que pasó inadvertido para crítica y público. En Madrid, donde entabló amistad con jóvenes escritores como Azorín, Pío Baroja y Jacinto Benavente y se aficionó a las tertulias de café, costumbre que no abandonaría a lo largo de toda su vida. Decidió dedicarse exclusivamente a la literatura y se negó a escribir para la prensa porque quería salvaguardar su independencia, a pesar de que esta decisión lo llevó a una vida bohemia y de penurias. Valle-Inclán tuvo que costearse la edición de su segundo libro “Epitalamio” en 1.897; por esa época se inició su interés por el teatro. Una folletinesca pelea con el escritor Manuel Bueno le ocasionó la amputación de su brazo izquierdo y, con el propósito de recaudar dinero para un brazo ortopédico que el escritor nunca usó, sus amigos representaron su primera obra teatral, “Cenizas”, que fue su primer fracaso de público, una constante en su futura carrera dramática. En 1.907, el autor se casó con la actriz Josefina Blanco y, entre 1.909 y 1.911, se adhirió al carlismo, ideología tradicionalista que le atrajo por su oposición a la sociedad surgida de la revolución industrial, al sistema parlamentario y al centralismo político. En 1.910, su esposa inició una gira por Latinoamérica en la que él la acompañó como director artístico. Durante el viaje, la compañía teatral de María Guerrero contrató a Josefina Blanco y, de vuelta a España, estrenó dos obras de Valle-Inclán, “Voces de gesta” en Barcelona en 1.911 y “La marquesa Rosalinda” en Madrid en 1.912. A pesar de sus fracasos teatrales, hacia 1.916 ya se le consideraba un escritor de prestigio y una autoridad en pintura y estética, por lo que el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes lo nombró titular de una nueva cátedra de estética en la Academia de San Fernando en Madrid. Esto supuso un alivio para su crónica escasez de dinero, pero, por problemas burocráticos y la propia incompatibilidad del escritor con la vida académica, abandonó pronto el cargo. Invitado a París por un amigo francés un año después del estallido de la I Guerra Mundial, cuando se había declarado partidario de los aliados, lo que lo llevó a la ruptura con los carlistas, pasó un par de meses visitando las trincheras francesas, experiencia que describió en “La medianoche. Visión estelar de un momento de guerra” en 1.917. La década de los veinte significó su consagración definitiva como escritor y un replanteamiento ideológico que lo acercó al anarquismo. Cuando, en abril de 1.931, se proclamó la Segunda República, Valle-Inclán la apoyó con entusiasmo y al año siguiente fue nombrado Conservador General del Patrimonio Artístico por Manuel Azaña, cargo del que dimitió en 1.932 para dirigir el Ateneo de Madrid. En 1.933 fue nombrado Director de la Academia de Bellas Artes en Roma, ciudad en la que vivió un año. Enfermo, regresó a España y fue ingresado en una clínica de Santiago de Compostela, donde murió después de manifestar su hostilidad a un gobierno de derechas, en 1.935.
    RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN-2
    Ramón del Valle-Inclán nació para la literatura de un modo bastante convencional: sus primeros cuentos, ”Femeninas”, fueron dedicados a Manuel Murguía, patriarca del galleguismo y viudo de Rosalía de Castro, y reflejan el ascendente de la literatura romántico-decadentista francesa. De ese clima deriva una obra ya más personal como fueron las “Sonatas” (de Otoño, de Estío, de Primavera y de Invierno, por orden de publicación entre 1.902 y 1.905), construidas al modo internacional de la novela corta: un melancólico pazo gallego y el reencuentro con una amante moribunda; la pasión por una criolla incestuosa en tierras de México; los discreteos galantes en la Corte del Papa-Rey y, por último, la guerra carlista, fueron los ámbitos de cada una de esta aventuras. En ellas se consolidó la firma de un creador y nació la concepción de un personaje decisivo cuNestor barretoya relación con su autor no es tanto la de una transfusión autobiográfica como la de una transferencia de máscaras: Xavier Bradomín, Marqués de Bradomín, era un “Don Juan feo, católico y sentimental”, carlista por estética y testigo entre irónico y doliente del final de un mundo, el de los mayorazgos altivos, los campesinos devotos y humildes y los placeres refinados y pecaminosos.
    Dos ciclos paralelos fueron la vía de salida del mundo decadente de las “Sonatas”. Las dos primeras “Comedias bárbaras” (“Aguila de blasón” de 1.907, y “Romance de lobos” de 1.908) inventaron una suerte de Rey Lear gallego, Don Juan Manuel de Montenegro, contra el que se alzan sus hijos. Y “La guerra carlista” de 1.908 a 1.910, compuesta por varias novelas y que, además de dar acomodo narrativo a Bradomín, usó del modelo tolstoyano de “Guerra y paz”, para presentar la secreta dinámica de la historia en contraste con el sufrimiento de los hombres e impulsada por los deseos de expiación de los protagonistas. Los años que van de 1.908 a 1.920 fueron de evolución muy activa: un relato breve de 1.908 “Una tertulia de antaño” anticipó la línea narrativa – caricaturización de personajes, diálogos exentos – que desarrolló años después, a la vez que una pieza teatral, “Voces de gesta” de 1.911 enterró el ciclo carlista. De 1.916 es su libro “La lámpara maravillosa. Ejercicios espirituales”, tratado poético de fuerte sentido esotérico y cierto aire de camelo (Juan Ramón Jiménez dijo de él que esa lámpara da más humo que luz) pero sus reflexiones sobre el maniqueísmo espiritual , el poder evocador de la palabra y la suspensión del tiempo forman parte inexcusable de la nueva estética del autor.
    Luces de Bohemia Ruedo Ibérico Tirano Banderas
    Que el ocultismo de Valle-Inclán iba en serio lo demuestran dos libros poéticos de entonces, “La pipa de kif” de 1.919 y El pasajero” de 1.920, donde se mezclan el humor destructivo, el trascendentalismo gnóstico y la alianza de la inspiración con los “paraísos artificiales”. Y la fecunda explosión de todo llegó en 1.920 cuando publicó “Divinas palabras”, , que cierra sarcásticamente el ciclo referido al campesinado devoto y feudal y, sobre todo, “Luces de bohemia”, primera obra que tituló y que refleja con crueldad y piedad el mundo de los escritores, a través de la peripecia entre la vida y la muerte de Max Estrella, ciego y visionario. Es allí donde se define lo esperpéntico, entre la tragedia y la irrisión, de modo inolvidable: , popular lugar madrileño donde se había colocado una galería de espejos deformantes.
    Un teatro de casi imposible plasmación escénica fue el gran hallazgo de Valle-Inclán: escenarios múltiples, juegos de luces y sombras, animales en escena, muñecos humanizados en vez de personajes, efectos de naturaleza casi cinematográficas como primeros planos…., es lo que las importantes acotaciones del autor demandaban a sus posibles directores en obras como “Cara de plata” de 1.922, remate de “Comedias bárbaras”, y “Los cuernos de Doña Friolera” de 1.921, “Las galas del difunto” de 1.926 y “La hija del capitán” de 1.927, tres piezas que también llamó y que, por su tema común de sátira de la vida militar, se agruparon en 1.930 bajo el título de “Martes de carnaval”. La creación novelesca de estos años no tuvo menor importancia: “Tirano Banderas” de 1.926 fue la visión novelesca del final de una imaginaria dictadura latinoamericana y, tanto como eso, la invención de un lenguaje elaborado con retazos de dialectos de todo el continente; “El ruedo ibérico” se iba a componer de nueve novelas de las que solamente tenemos tres – “La corte de los milagros” de 1.927, “Viva mi dueño” de 1.928 y buena parte de “Baza de espadas”, publicada postumamente -, suficientes en todo caso para apreciar en ese retablo del final de la España de Isabel II y los inicios de la revolución de Septiembre una de las obras mayores de su autor.
    29 min
  • Nada más que libros - El hombre que quiso ser Rey (Rudyard Kipling)
    “Y cortan las cuerdas, y el viejo Dan cayó dando vueltas y más vueltas, más de diez mil kilómetros, porque tardó media hora en llegar al agua, y yo pude ver su cuerpo encima de una piedra y la corona de oro por allí cerca. ¿Sabe usted lo que le hicieron a Peachey? Lo crucificaron entre dos pinos, señor, como demuestran las manos de Peachey”.
    El hombre que quiso ser Rey – (Rudyard Kipling)
    Rudyard Kipling nació en Bombay, India, el 30 de Diciembre de 1.865. Hijo de un oficial del ejército británico, pasaba la mayor parte del día con niñeras y sirvientas indias, escuchando historias que le contaban en su lengua materna. A los seis años fue enviado a estudiar a Inglaterra. En el año 1.882 regresó a la India y comenzó a trabajar para la “Civil and Military Gazette” de Lahore, en calidad de editor y escritor de relatos. Entre sus obras más populares figuran “La luz que se apaga”, “El libro de la selva”, “Capitanes intrépidos” y “Kim de la India”. En 1.907 le concedieron el Premio Nobel de Literatura, siendo el primer escritor inglés en recibirlo y rechazó otros importantes premios y el título de sir Caballero de la Orden del Imperio Británico en tres ocasiones, posiblemente por su implicación con la masonería. Kipling murió el 18 de Enero de 1.936 en Londres y sus restos enterrados en la Abadía de Westminster.
    Nos encontramos en la India colonizada por los ingleses, escenario habitual de la obra de Rudyard Kipling, en 1.880, Un periodista, el propio Kipling, en una noche de agobiante calor, recibe en la redacción de su periódico una extraña visita: dos ingleses, que cualquiera calificaría de pícaros, porque han servido a muchos amos y han sobrevivido gracias a su ingenio y sus pocos escrúpulos. Se llaman Danny Dravot y Peachey Carnehan. Estamos fuera del tiempo histórico, en un mundo en que las épocas se mezclan, tienen un pie en la era del telégrafo y el ferrocarril, y el otro en las antiguas leyendas de los tiempos más remotos. Es el tiempo no reglamentado de la aventura, del sueño, de las posibilidades abiertas. Danny y Peachey han sido soldados, chantajistas, predicadores, marineros, falsos corresponsales de prensa, maquinistas y otras cosas. Pero los reyes y los emperadores de verdad no son mejores, mandan a la guerra a los pueblos por sus caprichos o su interés. Danny y Peachey llevan a rajatabla su individualismo anárquico, su desprecio por las jerarquías establecidas. Estos pícaros llevan dentro de sí la chispa mágica de la ambición, de las aventuras desmesuradas; han decidido que la India no es demasiado grande para ellos. Tiene un sueño y, cueste lo que cueste, van a realizarlo. Le dicen al periodista, o sea al mismo Kipling, que lo que quieren es ser reyes. Quieren ir siempre más allá, no tienen miedo a lo que todos juzgan imposible. Tienen que atravesar todo Afganistán, una tierra repleta de montañas y glaciares inhóspitos que jamás ha pisado ningún inglés. Sin embargo, los protagonistas son locos pero no tontos, pues ponen los medios para hacer realidad su sueño. Ante todo, firman, con Kipling como testigo, un contrato en el que, entre otras obligaciones, prescindirán temporalmente de lo que más alegra sus vidas, hasta lograr su objetivo: renunciaran a la bebida, así como a cualquier mujer, ya sea esta negra, blanca o mulata, para no tener ningún problema. Al fondo de todas estas aventuras está, siempre, un dogma fundamental: el compañerismo, la amistad desinteresada, ya que si uno de nosotros tiene dificultades, el otro estará siempre a su lado. Sentadas así las bases, ya sólo queda realizar su sueño. En la cochambrosa redacción del periódico, mientras tanto, Kipling se pregunta si los reyes de verdad merecen ser más que ellos.
    Pasan los meses y, una noche, el periodista recibe la visita de un mendigo, atrozmente desfigurado: es Peachey Carnehan, que vuelve solo a contar su historia. Antes de nada, le confirma que cumplieron su objetivo: “he vuelto, dijo, y he sido rey de Kafiristán , junto con Dravot. ¡A los dos nos coronaron reyes! Aquí, en esta oficina, lo preparamos todo”. Así, sin más, con el laconismo del héroe que no da demasiada importancia a lo que ha hecho, Peachey le cuenta a Kipling, y a nosotros, sus hazañas. Como ya son historia inmutable, habla de sí mismo en tercera persona. Sus aventuras tienen la dosis de humor y locura que las hacen realmente heroicas. Danny y Peachey van cumpliendo sus planes: se disfrazan, viajan, pelean, ayudan a una tribu contra otra, se convierten en reyezuelos, organizan ejércitos, enseñan a arar, dictan justicia, se convierten en Reyes y, luego, en Emperadores de Kafiristán. Una feliz coincidencia ha hecho que los tomen por dioses, herederos de Alejandro Magno. La aventura ha tomado ya un nivel simbólico. Los dos amigos inventan el mundo, rehacen la historia, descubren otra vez la escritura, encuentran tesoros… Todo lo han conseguido, su sueño se ha hecho realidad. Pero no son dioses sino hombres: una vez cumplida su tarea Danny quiere una esposa, que le dé compañía y calor en el invierno y descendencia para trascender su linaje, que él ya cree legitimo. Lo malo es que los indígenas saben bien que las hijas de los hombres no deben casarse con dioses ni con demonios. La escogida, una joven bellísima, se acerca para besarle y, en vez de eso le muerde. Al ver su sangre, todos comprenden el engaño y quieren venganza. Danny es un hombre pero reacciona como un héroe, diciendo “quizá a vosotros no os maten. Me enfrentaré yo solo a ellos. Yo soy el responsable. ¡Yo el Rey!”. Poco antes de morir, rodeado de cientos de enemigos, todavía fanfarronea: “Hasta ahora no ha estado mal. ¿Qué viene ahora?. A Danny lo llevan a un puente de cuerdas, uno de los que él les enseñó a construir, sobre un inmenso barranco. Afronta su destino con grandeza heroica: avanza sobre el puente, que se bambolea sobre el precipicio, cantando una vieja canción. Y, cuando llega al centro del puente, los increpa: “cortad ya, desgraciados”. Todo el desenlace tiene la grandeza permanente de los mitos.
    Entonces el mendigo le cuenta a Kipling lo que le pasó a él: “¿sabe usted lo que le hicieron a Peachey? Lo crucificaron entre dos pinos, señor, como demuestran las manos de Peachey”. le enseña sus manos a Kipling para que compruebe que es verdad, que lo crucificaron, igual que a Jesucristo, el dios hecho hombre. Queda sólo un mendigo torturado y una calavera con una corona de oro. Como en “El Quijote” la grandeza está en el empeño, no en el resultado. Queda también una canción alegre, con la alegría que sólo se respira cuando la vida se pone, libremente al servicio de un sueño: “ El Hijo del Hombre se marcha a la guerra, para ganar una corona de oro. Su roja bandera a lo lejos ondea: ¿Quiénes irán con él?.
    Peachey y Danny, esos dos simpáticos sinvergüenzas, nos enseñan que un hombre, cualquier hombre, puede ser rey, emperador, casi dios… Basta con que quiera de verdad serlo. Pero sólo es hombre auténtico si sabe aceptar el éxito o el fracaso con igual despego. En la maravillosa película que hizo John Huston sobre este relato, añadió, entre otras, una preciosa escena. En su viaje hacia Kafiristán, Danny y Peachey pasan una de las montañas del Himalaya y sufren una terrible ventisca. Sólo un pequeño reborde les salva de ser arrastrados al abismo por el alud de nieve. Con la seguridad de que van a morir, repasan toda su vida y concluyen: “No estuvo mal, después de todo…” No, no estuvo mal, de ningún modo, como no debe estarlo la vida de ningún hombre. Han vivido algo que valía la pena: se han reído, han conocido mujeres, han tenido buenos amigos, han luchado por realizar su sueño y han hecho lo que han querido y podido, ¿Qué más se puede pedir?. Quizá Danny no murió, al caer, sino que estuvo escondido, entre los matorrales, junto al rio; por la noche se escurrió entre sus enemigos y ahora está buscando a su amigo Peachey, que vagabundea por los mercados de cualquier pueblucho. Cuando lo encuentre, seguro que beberán juntos, cantarán una alegre canción y emprenderán una nueva aventura. Y nosotros, a su lado, seguiremos soñando, siempre, con el imperio de Kafiristán.
    Como hemos comentado, en 1.975, uno de los más grandes directores de cine, John Huston, llevó a la pantalla el relato de Kipling. Una vez más, nos emocionamos, nos conmovimos, sonreímos y reímos varias veces y quizá lloramos; al fin: ¿qué más se le puede pedir a una historia?.
    38 min
  • Nada más que libros . Crimen y castigo (Fiódor Dostoievski)
    “Raskólnikov permaneció de pie frente a la vieja. ¡Tiene miedo!, pensó; sacó el hacha del lazo, sin hacer ruido, y golpeó a la vieja en las sienes, una y otra vez. Pero cosa rara; a pesar de los golpes, ni siquiera se movió, como si fuese de madera.”
    'Crimen y castigo' - Fiódor Dostoievski
    Fiódor Dostoievski nació en Moscú en 1.821, de padres de ascendencia lituana. Se formó y trabajó como ingeniero antes de escribir su primera novela, “Pobre gente” en 1.846, en la que describía las condiciones materiales y mentales de la pobreza. En el año 1.849 fue arrestado como miembro del Círculo Petrashesvski, grupo de intelectuales socialistas. Después de sufrir el tormento de un fusilamiento fingido, fue condenado a cinco años de trabajos forzados en Siberia, donde comenzó a padecer ataque epilépticos. Tras su liberación y por problemas económicos, acuciado por sus acreedores, empezó un exilio voluntario en Europa. Después de morir su primera esposa, en 1.867 contrajo matrimonio con Anna Grigórievna Snítkina, con la que tuvo cuatro hijos; ella le ayudó como secretaría y gestionó la economía familiar. Acosado por la enfermedad, murió en 1.881 en su ciudad natal.
    “Crimen y castigo”, publicada en 1.866, tiene claros antecedentes en la novela folletinesca francesa, con situaciones dramáticas llamadas a mantener vivo el interés del lector. En la obra de Dostoievski la acción se desarrolla en torno al asesinato de una vieja usurera, que da lugar a un tenso duelo psicológico entre la policía y el autor del hecho. Pero el autor coloca el desenlace final al comienzo, revela desde el pricipio que el autor del crimen fue Rodión Raskólnikov; de esta forma queda neutralizado todo lo que pueda abstraer de las motivaciones interiores del asesino y de las consecuencias psicológicas y morales del asesinato. Rodión es un estudiante que se ve obligado a abandonar la Universidad, asediado por la pobreza, que se hace más desesperanzada en la atmósfera gris, húmeda e insana de San Petersburgo. Su hermana Dunia, una hermosa muchacha, queriendo ayudar a Rodión, accede a casarse con Luzhin, hombre rico pero canallesco. Rodión no acepta ese sacrificio de su hermana. Pero con la renuncia a la boda la situación sigue sin resolverse: la vida está hecha de tal manera que para poder vivir hay que transgedir las leyes de la sociedad; porque el canalla no es el hombre, sino todo el género humano. Llevado a estas conclusiones Raskólnikov deduce que las violaciones de esas normas morales establecidas por la humanidad no es un delito. Extrae esa conclusión no sólo de unos hechos concretos, sino de sus profundas reflexiones en torno a los límites de la condición humana. Ese es el problema moral y filosófico que Dostoievski intenta resolver en su novela y que adquirió una actualidad especial en los años en que se derrumbaban los viejos pilares patriarcales. Raskólnikov estima que el progreso histórico es imposible sin padecimientos y sin víctimas. Por lo tanto, en la historia siempre hubo dos categorías de hombres: los “animales temblorosos” que sufren y aceptan cualquier orden de cosas, y los que violan las normas morales que acata la mayoría para imponer sus propias normas. Paradigma de los últimos es Napoleón. ¿En qué categoría se inscribe Raskólnikov? ¿Es un animal tembloroso o pertenece al grupo selecto de los superhombres llamados a imponerse al hormiguero humano?. Los motivos que le inducen al crimen son no sólo sociales, sino también , y en mayor medida, psicológicos; se basan en una constante biológica, en la que el fuerte se impone al débil.
    Raskólnikov conoce la existencia de una vieja usurera, que amasó una fortuna con el dolor del prójimo. La muerte de la usurera daría respuesta a las muchas interrogantes de Rodión sobre su propia personalidad y su derecho a violar unas leyes morales que otros aceptan con resignación. Por ejemplo, ¿es lícito asesinar a una persona mala si con ello se puede salvar a muchos? ¿Puede un crimen quedar moralmente contrarrestado por mil acciones buenas?. Además de estos motivos, existe otra razón que Raskólnikov, una vez cometido el crimen, formula así: “La maté sin más; la maté para mí, para mí solo: en ese instante probablemente me daba igual tenerme por bienhechor de alguien o pasarme la vida como una araña, atrapando a todos en la tela y chupándoles la sangre”. Así, Dostoiesvski ensancha el sentido de Raskólnikov y de otros personajes de su obra para mostrarnos que en su tragedia, además de las circunstancias opresivas, evidentes sobre todo en la época de la acumulación capitalista inicial y en una gran urbe, influyen en gran medida las profundas contradicciones sin solución que el hombre lleva dentro de sí; son, pues, tragedias de la conciencia. Por eso trascienden los marcos geográficos e históricos concretos y adquieren rango universal. La consumación del crimen, lejos de despejar las incógnitas perturbadoras, hizo más difícil la existencia del protagonista, que quedó aislado de aquellos a quienes pretendía ser útil. Paradójicamente, su vocación social es uno de los factores que con más fuerza le arrastran a perpetrar el asesinato. Escrita en una época de profunda crisis social, con una creciente radicalización del movimiento de oposición, la novela advierte de la peligrosidad de algunos propósitos supuestamente piadosos, en los que subyace una razón contraria al humanismo y que al arraigar en la mente se apoderan de la voluntad y la conciencia. Al final de la obra el juez investigador deshace el equívoco de Raskólnikov con estas palabras: “Menos mal que sólo se le ha ocurrido matar a una vieja. Con otra teoría habría cometido una fechoría cien millones de veces peor que esta”. En su necesidad desesperada de hallar justificación a lo hecho, Rodión Raskólnikov se encuentra frente a frente con aquellos a los que más detesta. La teoría sobre el hombre excepcional, al que le está permitido todo, una vez llevada a la práctica lo sitúa a la altura de un personaje detestable, el suficiente Luzhin, con su teoría de “te amarás a ti mismo antes que al prójimo”. El asesinato, pues, significaba aceptar la ética canallesca de Luzhin.
    El problema de la culpa y de la redención en “Crimen y castigo” puede también interpretarse, con una mirada profana, no religiosa, eso explicaría que la tendencia de Rodión es la de un hombre desesperado por lo temporal, por la ausencia de estabilidad ideológica. No se puede olvidar que él es un estudiante, imbuido por todo el pensamiento filosófico de la época, y que este pensamiento era una mezcla de escepticismo y su contrapartida, el positivismo, la feroz doctrina que puso en marcha, precisamente en la época de la novela, todos los recursos del hombre en pos del progreso. Así nuestro hombre se encuentra sometido por estas dos fuerzas antagónicas. Es un nihilista pero debe ser positivo, creer en el progreso; en pocas palabras, debe incorporarse a la actitud que su tiempo le impone. La negación a aceptar este dictamen está representado por el crimen mismo. Matando no tendrá la responsabilidad de pagar el tributo que la sociedad espera de él. El acto de matar no tiene la significación de un simple acto de rapiña. A través de él, Raskólnikov espera realizar un gesto supremo de originalidad, desafiando las fuerzas, incluidas las divinas, que lo mantienen en la condición de paria social, de pensador fracasado y, por último, de hombre que ha retado la unidad del cosmos. Antes del crimen aparece como la anticipación del superhombre nietzscheano; cometido aquel, surge la vigencia del bien y del mal, la derrota del arrepentimiento.
    Otro de los personajes, Svidrigáilov, hombre rico como Luzhin, tiene unas aspiraciones muy próximas a las de Raskólnikov. El también pretende ser superior a los demás. Pero este es el super-hombre en su aspecto más vulgar e impúdico. El derecho a situarse por encima del prójimo, proclamado por Svidrigáilov, tahur y cínico, deviene cruda y miserable parodia de las aspiraciones sublimes de Raskólnikov. El joven estudiante aparece así tragicamente escindido entre dos conceptos morales antagónicos. Raskólnikov, que sentía la vocación de ser útil a los demás, se encuentra aislado. Con la sangre vertida, él mismo trazó la raya que le separa de los suyos. El protagonista inicia una contradictoria resurrección moral. En este sentido es de gran importancia el contacto con la realidad de los Marmeládov, una familia que vive en la más completa miseria y en la cual la humillación moral y social del ser humano llega hasta el fondo. Aquí conoce a Sonia, que comercia con su cuerpo para mantener a la familia. Sonia también está marginada de la sociedad, pues ha transgredido la moral establecida. Pero ella es el contrapunto de Raskólnikov y representa a la humanidad buena. Su fe en Cristo hace de esta humilde y tímida joven un ser superior al homicida. Por lo tanto ella, no puede servir de justificación a Raskólniov, que atentó contra uno de los principios cristianos básicos: el de “no matarás”. El hombre no está autorizado para decidir sobre la vida de los demás. El no puede guardar el secreto del asesinato, que le aísla del resto, y confiesa a Sonia su crimen. Ella no le condena, pero estima justo que expíe su delito con el castigo y se gane el perdón de Dios y de los hombres. Sonia, que representa la fuerza vivificante de la mujer, está dispuesta a compartir con Rodión sus padecimientos y le acompaña a Siberia, el terrible lugar al que fue sentenciado por su crimen.
    Desde un punto de vista lógico, “Crimen y castigo” podría ser una novela completamente incomprensible, pues su claridad es más bien la de una novela policíaca. Pero la confesión nos arrastra con su empuje y con el deseo de fraternizar con Raskólnikov a toda costa, sentir la fraternidad solidaria y al mismo tiempo huérfana, pero que lleva en sí por lo menos la huella de un Padre. El lector se halla en plena presencia del principal poder literario de Dostoievski: su capacidad hipnótica para hacer que nos consubstanciemos con la pasión del personaje y vivamos su drama, o mejor, que ese drama se haga nuestro como un nuevo calvario personal y secreto, una ceremonia humana y descarnada. Lentamente repetimos cada uno de los gestos, con una mímica infernal, sabiendo que detrás de esas palabras debe existir una redención, tal como el autor quiere para su personaje. Tal vez sea el arte, en este caso, el acto de escribir de Dostoievski, la catarsis atroz a través de la cual nos sentimos solidarios del mal y del bien del alma humana. Si miramos estas criaturas sometidas por el deseo podemos caer en la tentación de echar una mirada fría y encontrarlo todo absurdo. Pero cuando se interioriza el horror, todo se hace nuestro. Y en el momento de dejar el libro nos parece haber salido de un sueño calenturiento y profético.
    29 min
  • Nada más que libros - El guardián entre el centeno - J.D. Salinger
    “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es donde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, que hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada.”
    'El guardián entre el centeno'
    J.D. Salinger.
    En contra de los deseos del propio Jerome David Salinger, su nombre continúa generando ruido hoy. Celosamente obsesionado con su vida privada, su fuerte rechazo a la exposición pública marcó la vida de este escritor que, a base de interponer querellas y levantar muros, vivió apartado sus últimos cuarenta años en una granja de Cornish (New Hampshire). “Les aseguro que si fuera pianista o actor de cine o algo así, me reventaría que esos imbéciles me considerarán maravilloso”, escribió en “El guardián entre el centeno”, casi como una profecía. “Hasta me molestaría que me aplaudiesen. La gente siempre aplaude lo que no debe. Si yo fuera pianista, creo que tocaría dentro de un armario”, Salinger dixit. J. D. Salinger nació el 1 de Enero de 1.919 en Nueva York, concretamente en Manhattan, en el seno de una familia acomodada que se dedicaba a la importación de carnes y quesos europeos, y publicó su primer relato en una revista literaria en 1.940. En aquellos años en que aún peleaba por publicar sus textos en esas revistas, conoció a la que sería para muchos, el gran amor de su vida, Oona O´Neill, hija del dramaturgo Eugene O´Neill. Pero el estallido de la II Guerra Mundial lo cambió todo y, tras el bombardeo de Pearl Harbour, el escritor se alistó en el ejército para combatir en el frente, donde participó, entre otras acciones, en el desembarco de Normandía. Salinger era un chaval de 25 años de Park Avenue, un privilegiado criado entre algodones que se creía que la guerra iba a ser una aventura, algo romántico, lleno de glamour. Se preguntaba si tal vez le faltaba el dolor necesario para convertirse en escritor. Quería que la guerra le curtiera, que lo hiciera más profundo como persona y como escritor. Aquello le cambió para siempre. Mientras permanecía en el frente, Oona, que había iniciado un romance con Charles Chaplin, contrajo matrimonio con el mítico actor en 1.943.
    Por su parte él regresó a su vida en Nueva York, profundamente marcado por las secuelas de la guerra y casado con una médica alemana llamada Silvia Louise Welter, de la que poco después se divorciaría. Fue precisamente a su vuelta, en 1.951, cuando pubicó “El guardián entre el centeno”, un relato iniciático sobre la pérdida de la inocencia y el paso a la vida adulta, que aún hoy sigue generando ventas de 250.000 ejemplares al año. De ese texto, que le llevó diez años escribir, el autor confesó que seis de los capítulos de la novela estuvieron con él en el frente porque necesitaba llevar aquellas páginas no solamente como amuleto para ayudarlo a sobrevivir, sino como razón misma para sobrevivir. Salinger no solo sobrevivió sino que su obra, que una vez publicada pasó a convertirse en un clásico, es considerada hoy como una de las cumbre de la literatura de iniciación. Su narración sobre un adolescente que cuenta sus aventuras en Nueva York un fin de semana antes de navidad revelaba a un prosista excepcional, con grandes dotes para la narración y la creación de personajes, capaz de combinar la introspección con el humor y el absurdo.
    Tenía 32 años y acababa de convertirse en una leyenda gracias a aquel título, que en la década de los ochenta, estuvo inexplicablemente ligado a varios episodios violentos: John Hinckley Jr., que en 1.981 intentó asesinar a Ronald Reagan, estaba obsesionado con él y se dice que Mark David Chapman, el día que mató a John Lennon, llevaba un ejemplar consigo que acababa de comprar. Tras los disparos, se sentó tranquilamente a leerlos hasta que llegó la policía. “Esta es mi declaración”, había escrito en él. Pero después del éxito de “El guardián entre el centeno”, las secuelas de la guerra y la celebridad exagerada propiciaron que el autor huyera del ruido mediático y de cualquier otra distracción. Nada de fotografías, admiradores y periodistas. Tampoco le interesaba la autopromoción de su obra. Tan pronto como pudo, quiso que las editoriales retiraran su imagen de la portada del libro y toda aquella información adicional al texto en bruto. Fue en 1.965, cuando desapareció por completo. Como Emily Dickinson, Harper Lee, Cornac McHarthy o Thomas Pynchon, de quién se ha llegado a afirmar incluso que era en realidad el propio Sallinger que publicaba bajo seudónimo, Jerome David Salinger se refugió en su particular armario del tamaño de una granja en Cornish. “Me gusta escribir. Amo escribir, pero escribo solo para mí mismo y para mi placer”, declaró en una de las pocas entrevistas que en 1.974 concedió al New York Times. Todas aquellas decisiones, no obstante, lejos de apartarle de la vida pública moldearon el mito de un escritor enigmático, cuya imagen fue durante años buscada y perseguida por propios y extraños. Abrazado al budismo, su vida privada tampoco atravesaba su mejor momento cuando en 1.967, se divorció de su segunda mujer, Claire Douglas, con la que llevaba casado desde 1.955 y con quién tuvo sus dos únicos hijos, Margaret y Matt Salinger, algo más conocido por su trabajo como actor en películas como “Capitán América” del año 1.990. En lo puramente creativo, aunque según el propio escritor no dejó de escribir nunca, lo cierto es que a partir de 1.965 no volvió a publicar nada más y su producción literaria se limitó, además de la novela que lo consagró como escritor de culto, a varios libros de relatos como “Nueve cuentos”, “Fanny y Zooey” y “Levantad, carpinteros, la viga del tejado”. Salinger falleció un 27 de Enero de 2010, a los 91 años, y pasó los últimos años rehuyendo la atención mediática que había vuelto a generar la publicación de varios libros de memorias escritos por su ex amante, Joyce Maynard, a la que conoció cuando ella tenía 18 años y el alcanzaba los 52, y de su propia hija Margaret que en “El guardián de los sueños” describió a su padre como un hombre egoísta, mujeriego y machista. Con todo, extremadamente sensible para unos, obsesivo y excéntrico para otros, la oscuridad en torno a su enigmática figura sigue provocando el mismo o mayor interés hoy, más de cien años después de su nacimiento.
    Muchos autores, desde Goethe y Keats hasta Joice y Fitzgerald, exploraron ya el precario estado de la adolescencia antes de la década de 1.950. Pero en esta época, los adolescentes, con su nueva música y su búsqueda de emociones, representaron un reto para la sociedad y la cultura conservadoras, y se toparon con un aprensivo rechazo social: los adultos consideraban a esta generación moralmente laxa y falta de orientación. Los adolescentes respondieron con acusaciones de hipocresía, considerándose marginados en un mundo indiferente; y este es el territorio de la novela de Salinger. “El guardián entre el centeno” es narrada por Holden Caulfield, un chico de 17 años. Holden es liberal con el dinero de sus padres e implacable en sus comentarios sobre la sexualidad, la moralidad y la condición humana. Tiene poco respeto por la autoridad y parece indiferente a su trayectoria autodestructiva.
    Pero Holden es mucho más que un adolescente rebelde. La admisión de sus mentiras, imperfecciones y contradicciones revela a un individuo perplejo, que añora la inocencia de la niñez, sufre y que cada vez es más consciente de las contradicciones de la vida adulta. Es un antihéroe, una figura ambivalente y vulnerable, que puede mostrarse tan sensible e ingenioso como inmaduro y vulgar. Su indiferencia por la honradez y su desdén por las normas sociales establecidas se ven mitigados por un genuino impulso confesional y por una sorprendente tolerancia hacia alguno de los personajes que se encuentra en el transcurso de la novela.
    Holden es asimismo una víctima fácil. Es acosado en su dormitorio de la escuela y timado por un chulo que trabaja como ascensorista en el hotel en que se aloja. En su confusión respecto a las mujeres y el sexo, busca inconscientemente ternura y confianza. Tras pagar a una prostituta, le pregunta si pueden hablar un rato. Pese a su ateísmo, inicia una conversación con dos monjas, que le dicen que es un chico muy amable. Inevitablemente el realismo sucio de Salinger causó polémica. Algunos críticos despacharon la novela como pueril y sensiblera; pero los años siguientes a su publicación en 1.951, J.D. Salinger adquirió el estatus de figura de culto. La muerte y la aflicción son otros temas presentes en la novela. Tras la muerte de su hermano, Holden se destroza las manos de rabia; su compañero de clase es acosado y encuentra un final trágico. El propio título de la obra se refiere a una reflexión del protagonista, Holden, en que se ve como un guardián que evita que los niños que corren por un campo de centeno se caigan por un precipicio. Puede que la pérdida de tantos soldados jóvenes en la guerra influyera en Salinger para escribir esta fascinante narración en primera persona, que perdura como un retrato memorable del adolescente en crisis.
    36 min
  • Nada más que libros - El guardián entre el centeno - J.D. Salinger
    “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es donde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, que hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada.”
    'El guardián entre el centeno'
    J.D. Salinger.
    En contra de los deseos del propio Jerome David Salinger, su nombre continúa generando ruido hoy. Celosamente obsesionado con su vida privada, su fuerte rechazo a la exposición pública marcó la vida de este escritor que, a base de interponer querellas y levantar muros, vivió apartado sus últimos cuarenta años en una granja de Cornish (New Hampshire). “Les aseguro que si fuera pianista o actor de cine o algo así, me reventaría que esos imbéciles me considerarán maravilloso”, escribió en “El guardián entre el centeno”, casi como una profecía. “Hasta me molestaría que me aplaudiesen. La gente siempre aplaude lo que no debe. Si yo fuera pianista, creo que tocaría dentro de un armario”, Salinger dixit. J. D. Salinger nació el 1 de Enero de 1.919 en Nueva York, concretamente en Manhattan, en el seno de una familia acomodada que se dedicaba a la importación de carnes y quesos europeos, y publicó su primer relato en una revista literaria en 1.940. En aquellos años en que aún peleaba por publicar sus textos en esas revistas, conoció a la que sería para muchos, el gran amor de su vida, Oona O´Neill, hija del dramaturgo Eugene O´Neill. Pero el estallido de la II Guerra Mundial lo cambió todo y, tras el bombardeo de Pearl Harbour, el escritor se alistó en el ejército para combatir en el frente, donde participó, entre otras acciones, en el desembarco de Normandía. Salinger era un chaval de 25 años de Park Avenue, un privilegiado criado entre algodones que se creía que la guerra iba a ser una aventura, algo romántico, lleno de glamour. Se preguntaba si tal vez le faltaba el dolor necesario para convertirse en escritor. Quería que la guerra le curtiera, que lo hiciera más profundo como persona y como escritor. Aquello le cambió para siempre. Mientras permanecía en el frente, Oona, que había iniciado un romance con Charles Chaplin, contrajo matrimonio con el mítico actor en 1.943.
    Por su parte él regresó a su vida en Nueva York, profundamente marcado por las secuelas de la guerra y casado con una médica alemana llamada Silvia Louise Welter, de la que poco después se divorciaría. Fue precisamente a su vuelta, en 1.951, cuando pubicó “El guardián entre el centeno”, un relato iniciático sobre la pérdida de la inocencia y el paso a la vida adulta, que aún hoy sigue generando ventas de 250.000 ejemplares al año. De ese texto, que le llevó diez años escribir, el autor confesó que seis de los capítulos de la novela estuvieron con él en el frente porque necesitaba llevar aquellas páginas no solamente como amuleto para ayudarlo a sobrevivir, sino como razón misma para sobrevivir. Salinger no solo sobrevivió sino que su obra, que una vez publicada pasó a convertirse en un clásico, es considerada hoy como una de las cumbre de la literatura de iniciación. Su narración sobre un adolescente que cuenta sus aventuras en Nueva York un fin de semana antes de navidad revelaba a un prosista excepcional, con grandes dotes para la narración y la creación de personajes, capaz de combinar la introspección con el humor y el absurdo.
    Tenía 32 años y acababa de convertirse en una leyenda gracias a aquel título, que en la década de los ochenta, estuvo inexplicablemente ligado a varios episodios violentos: John Hinckley Jr., que en 1.981 intentó asesinar a Ronald Reagan, estaba obsesionado con él y se dice que Mark David Chapman, el día que mató a John Lennon, llevaba un ejemplar consigo que acababa de comprar. Tras los disparos, se sentó tranquilamente a leerlos hasta que llegó la policía. “Esta es mi declaración”, había escrito en él. Pero después del éxito de “El guardián entre el centeno”, las secuelas de la guerra y la celebridad exagerada propiciaron que el autor huyera del ruido mediático y de cualquier otra distracción. Nada de fotografías, admiradores y periodistas. Tampoco le interesaba la autopromoción de su obra. Tan pronto como pudo, quiso que las editoriales retiraran su imagen de la portada del libro y toda aquella información adicional al texto en bruto. Fue en 1.965, cuando desapareció por completo. Como Emily Dickinson, Harper Lee, Cornac McHarthy o Thomas Pynchon, de quién se ha llegado a afirmar incluso que era en realidad el propio Sallinger que publicaba bajo seudónimo, Jerome David Salinger se refugió en su particular armario del tamaño de una granja en Cornish. “Me gusta escribir. Amo escribir, pero escribo solo para mí mismo y para mi placer”, declaró en una de las pocas entrevistas que en 1.974 concedió al New York Times. Todas aquellas decisiones, no obstante, lejos de apartarle de la vida pública moldearon el mito de un escritor enigmático, cuya imagen fue durante años buscada y perseguida por propios y extraños. Abrazado al budismo, su vida privada tampoco atravesaba su mejor momento cuando en 1.967, se divorció de su segunda mujer, Claire Douglas, con la que llevaba casado desde 1.955 y con quién tuvo sus dos únicos hijos, Margaret y Matt Salinger, algo más conocido por su trabajo como actor en películas como “Capitán América” del año 1.990. En lo puramente creativo, aunque según el propio escritor no dejó de escribir nunca, lo cierto es que a partir de 1.965 no volvió a publicar nada más y su producción literaria se limitó, además de la novela que lo consagró como escritor de culto, a varios libros de relatos como “Nueve cuentos”, “Fanny y Zooey” y “Levantad, carpinteros, la viga del tejado”. Salinger falleció un 27 de Enero de 2010, a los 91 años, y pasó los últimos años rehuyendo la atención mediática que había vuelto a generar la publicación de varios libros de memorias escritos por su ex amante, Joyce Maynard, a la que conoció cuando ella tenía 18 años y el alcanzaba los 52, y de su propia hija Margaret que en “El guardián de los sueños” describió a su padre como un hombre egoísta, mujeriego y machista. Con todo, extremadamente sensible para unos, obsesivo y excéntrico para otros, la oscuridad en torno a su enigmática figura sigue provocando el mismo o mayor interés hoy, más de cien años después de su nacimiento.
    Muchos autores, desde Goethe y Keats hasta Joice y Fitzgerald, exploraron ya el precario estado de la adolescencia antes de la década de 1.950. Pero en esta época, los adolescentes, con su nueva música y su búsqueda de emociones, representaron un reto para la sociedad y la cultura conservadoras, y se toparon con un aprensivo rechazo social: los adultos consideraban a esta generación moralmente laxa y falta de orientación. Los adolescentes respondieron con acusaciones de hipocresía, considerándose marginados en un mundo indiferente; y este es el territorio de la novela de Salinger. “El guardián entre el centeno” es narrada por Holden Caulfield, un chico de 17 años. Holden es liberal con el dinero de sus padres e implacable en sus comentarios sobre la sexualidad, la moralidad y la condición humana. Tiene poco respeto por la autoridad y parece indiferente a su trayectoria autodestructiva.
    Pero Holden es mucho más que un adolescente rebelde. La admisión de sus mentiras, imperfecciones y contradicciones revela a un individuo perplejo, que añora la inocencia de la niñez, sufre y que cada vez es más consciente de las contradicciones de la vida adulta. Es un antihéroe, una figura ambivalente y vulnerable, que puede mostrarse tan sensible e ingenioso como inmaduro y vulgar. Su indiferencia por la honradez y su desdén por las normas sociales establecidas se ven mitigados por un genuino impulso confesional y por una sorprendente tolerancia hacia alguno de los personajes que se encuentra en el transcurso de la novela.
    Holden es asimismo una víctima fácil. Es acosado en su dormitorio de la escuela y timado por un chulo que trabaja como ascensorista en el hotel en que se aloja. En su confusión respecto a las mujeres y el sexo, busca inconscientemente ternura y confianza. Tras pagar a una prostituta, le pregunta si pueden hablar un rato. Pese a su ateísmo, inicia una conversación con dos monjas, que le dicen que es un chico muy amable. Inevitablemente el realismo sucio de Salinger causó polémica. Algunos críticos despacharon la novela como pueril y sensiblera; pero los años siguientes a su publicación en 1.951, J.D. Salinger adquirió el estatus de figura de culto. La muerte y la aflicción son otros temas presentes en la novela. Tras la muerte de su hermano, Holden se destroza las manos de rabia; su compañero de clase es acosado y encuentra un final trágico. El propio título de la obra se refiere a una reflexión del protagonista, Holden, en que se ve como un guardián que evita que los niños que corren por un campo de centeno se caigan por un precipicio. Puede que la pérdida de tantos soldados jóvenes en la guerra influyera en Salinger para escribir esta fascinante narración en primera persona, que perdura como un retrato memorable del adolescente en crisis.
    36 min
  • Nada más que libros - Edipo Rey (Sófocles)
    “¿Qué podría temer un hombre para quién los imperativos de la fortuna son los que le pueden dominar, y no existe previsión clara de nada?”.
    Fragmento de 'Edipo Rey' - Sófocles
    Sófocles nació en al año 496 a.C. en Colono, cerca de Atenas. Pronto demostró aptitud para la música, y a través de ella se interesó por el arte dramático, alentado y tal vez formado por el gran Esquilo. En 468 a.C., con su primera aportación al concurso teatral de las Dionisias, ganó el primer premio, y no tardó en convertirse en el dramaturgo más célebre de su generación. Escribió más de ciento veinte obras, de las cuales solo un puñado nos han llegado intactas. Además fue un respetado miembro de la sociedad ateniense; fue tesorero en el gobierno de Pericles y, más adelante, comandante militar. Se casó dos veces, y tanto su hijo Iofonte como su nieto Sófocles el Joven siguieron sus pasos como dramaturgos. Poco antes de su muerte, en el año 406 a.C., Sófocles terminó su ultima obra, “Edipo en Colono”, producida póstumamente por su nieto.
    Con la revuelta que derrocó al último tirano en 510 a.C y el establecimiento de una forma de democracia, la ciudad-estado de Atenas inauguró la era de la Grecia clásica. Durante dos siglos, Atenas no solo fue un centro de poder político en la región, sino también un hervidero de actividad intelectual que auspició un extraordinario florecimiento de la filosofía, la literatura y el arte que iba a tener una profunda influencia en el desarrollo de la civilización occidental. La cultura clásica griega estuvo marcada por los logros de los pensadores, artistas y autores atenienses, que desarrollaron los valores estéticos de la claridad y el equilibrio, bien ejemplificados en la arquitectura clásica. Asimismo, la visión antropocéntrica influyó en el auge de una forma literaria relativamente nueva, el teatro, que evolucionó a partir de las representaciones corales en honor del dios Dioniso.
    Para el inicio de la era clásica, las representaciones religiosas habían pasado de ser ceremonias esencialmente musicales a algo mucho más parecido a lo que hoy entendemos por teatro, con la adición de actores que interpretaban a los personajes en vez de limitarse a narrar la historia. Esta nueva forma de entretenimiento se hizo enormemente popular, y constituía en principal evento del festival anual de las Dionisias, que se celebraban durante varios días en un teatro al aire libre construido a propósito y que atraían a un público de hasta 15.000 personas. Cada autor presentaba una trilogía de tragedias y una comedia para ser representadas en el festival, y competían por prestigiosos trofeos. Durante gran parte del siglo V a.C., la lista de premiados estuvo dominada por tres dramaturgos: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Su contribución, que suma varios cientos de obras, estableció la norma para el arte de la tragedia. Esquilo, como el primero de los tres grandes dramaturgos, suele considerarse el pionero e introdujo muchas de las convenciones asociadas al género. Se le atribuye la ampliación del número de actores y el planteamiento de su interacción en el diálogo, lo que creo la idea del conflicto dramático. Si antes era el coro el que presentaba la acción dramática, ahora eran los actores los que tomaban el centro del escenario, y el coro asumía el papel de presentar la escena y comentar las acciones de los personajes. Con Eurípides, la tragedia evolucionó hacia un mayor realismo, al reducir aún más el papel del coro y presentar unos personajes más redondos y con interacciones de mayor complejidad.
    La tragedia clásica griega tuvo su cumbre en la obra de Sófocles. Por desgracia, solo han sobrevivido completas siete de las 123 tragedias que escribió. Entre ellas, la más lograda es, tal vez, “Edipo rey”, una de las tres obras que Sófocles dedicó al mítico rey de Tebas (las otras son “Edipo en Colona” y “Antígona”), conocidas en conjunto como obras tebanas. Rompiendo con la tradición establecida por Esquilo de presentar las tragedias en trilogías, Sófocles concibió cada una de estas obras como una pieza independiente; de hecho, las compuso con años de diferencia, y no presentan un orden cronológico. En “Edipo Rey”, el autor creó lo que hoy se considera el epítome de la tragedia clásica griega. La obra presenta la estructura formal establecida: un prólogo seguido por la presentación de los personajes; el desarrollo de la trama a través de episodios intercalados con comentarios del coro; y el éxodo o conclusión coral. En esta estructura, Sófocles introdujo la novedad de un tercer actor para ampliar las posibilidades de interacción de los personajes y permitir una trama más compleja, creando así las tensiones psicológicas que son sinónimo de la palabra “drama” en la actualidad. Típicamente, una tragedia de este tipo presentaba la historia de un héroe que sufría un infortunio que conducía a su destrucción, tradicionalmente a manos de los dioses o el destino. Sin embargo, a medida que desarrolló la tragedia, los reveses de la fortuna del héroe se mostraron cada vez más como resultado de la fragilidad o los defectos del carácter del protagonista. En “Edipo rey” tanto el destino como el personaje tienen su parte en los trágicos sucesos. El personaje de Edipo, además, está lejos de presentarse en blanco y negro. Al principio de la obra aparece como el respetado rey de Tebas a quién el pueblo recurre para librarse de una maldición, pero a medida que la trama avanza se revela su implicación involuntaria en esa misma maldición. Esta revelación contribuye a la atmósfera de premonición que era característica de las mejores tragedias griegas. El sentido de predestinación procedía del hecho de que muchas de esas historias ya eran bien conocidas, como debía de serlo la de Edipo. Tal situación creaba una ironía trágica, ya que la audiencia, conocedora del destino del personaje, presenciaba cómo este, ignorante de su propio sino, avanzaba hacia su inevitable perdición. En esta obra, el autor incrementa esta atmósfera de inevitabilidad introduciendo varias referencias a profecías hechas muchos años antes, y que tanto Edipo como su esposa, Yocasta, habían ignorado. La historia no trata tanto sobre los sucesos que conducen a la caída de Edipo, cómo sobre los que provocan la revelación de la importancia de sus actos pasados.
    La cadena de acontecimientos comienza con la peste que asola Tebas. Al ser consultado, el oráculo de Delfos dice que la peste acabará cuando se halle al asesino de Layo, anterior rey de Tebas y marido de Yocasta. Edipo busca el consejo del profeta ciego Tiresias para encontrar al asesino. Esto pone a Tiresias en una difícil tesitura porque, aunque ciego, puede ver lo que Edipo no ve; que el propio Edipo es el asesino, y le aconseja que olvide el asunto. Pero Edipo exige la verdad. Y entonces Tiresias le revela aún más: que el asesino resultará ser el hijo de su propia esposa. Edipo, turbado, se niega a creerlo, pero entonces recuerda una visita de juventud a Delfos, adonde acudió para conocer su verdadera ascendencia tras haber oído por casualidad que era adoptado. En lugar de responderle a eso, el oráculo le contó que mataría a su padre y se casaría con su madre. Edipo huyó rumbo a Tebas, y en el camino se encontró con un anciano , que le impedía el paso y lo mató. La importancia de este dato no pasaba inadvertida para la audiencia, especialmente cuando Sófocles presenta a Yocasta, la esposa de Edipo y viuda de Layo, consolando a Edipo argumentando que las profecías no son ciertas; una de ellas predijo que Layo sería asesinado por su hijo, y en realidad murió a manos de bandidos. Esta información deja claro al espectador que la profecía que recibió Edipo se ha cumplido; esta le impuso a dejar su hogar y puso en marcha los sucesos que lo llevaron a asesinar a su propio padre, Layo, y a convertirse en rey de Tebas en su lugar, tomando a su propia madre, Yocasta, como esposa. El clímax llega cuando Edipo toma conciencia de todo eso, y reacciona cegándose a sí mismo. El coro, que a lo largo de la obra ha expresado los pensamientos y sentimientos que no podían ser expresados por los propios personajes, cierra el drama repitiendo ante un escenario vacío que nadie puede considerarse afortunado “hasta que llegue al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso”.
    “Edipo rey” se ganó el favor del público ateniense de inmediato, y fue alabada por Aristóteles como la mejor de las tragedias clásicas griegas. La habilidad de Sófocles en el manejo de una trama compleja y en el tratamiento de temas como el libre albedrío y el determinismo o el error fatal de un personaje noble, no solo estableció un punto de referencia para el drama clásico, sino que además sentó las bases de la posterior tradición dramática occidental. Tras su muerte, no hubo trágicos griegos de la talla de Esquilo, Eurípides y Sófocles. El teatro siguió siendo un elemento central de la vida de los atenienses, pero los elogios se vertían más a menudo sobre productores o actores que sobre los autores. Las comedias de Aristófanes, ya en el siglo IV a.C. , contribuyeron a llenar el vacío dejado por las grandes tragedias, y el gusto del público derivó gradualmente hacia un teatro menos serio. Con todo, aún en la actualidad la tragedia clásica griega conserva su relevancia, en parte por su exploración psicológica del ser humano, que Freud y Jung usaron en sus teorías sobre el inconsciente, los impulsos y las emociones. Las obras conservadas de los trágicos griegos, y en particular “Edipo rey”, se repusieron durante la Ilustración, y desde entonces han sido representadas regularmente, con sus temas e historias reinterpretados por numerosos autores.
    30 min
  • Nada más que libros - Literatura y Tercer Reich
    “Señores, no estén tan contentos con la derrota de Hitler. Porque aunque el mundo se haya puesto de pie y haya detenido al bastardo, la Puta que lo parió está caliente de nuevo”.
    Bertolt Brech.
    La toma del poder por los nacionalsocialistas en 1.933 en Alemania supuso la casi inmediata desintegración del panorama literario alemán, que no tardó en verse seriamente mermado por la emigración. Entre las primeras medidas tendentes a asegurar la llamada “Gleichschaltung” o sea la adecuación de los criterios individuales a las tesis del partido nazi, se encuentran la presión ejercidas sobre los miembros de la Academia Prusiana de las Artes, algunos de los cuales tuvieron que dimitir, las quemas públicas de libros del 10 de Mayo de 1.933, a las que sucumbieron obras de más de cuarenta autores entre ellos Heine, Heinrich Mann, Bertolt Brecht o Kurt Tucholsky, y, en Noviembre del mismo año, la fundación de la Cámara de escritores del Reich, que pasó a controlar la producción y difusión literarias y cuyos integrantes sólo podían ser de sangre alemana. Las asociaciones independientes fueron disueltas y de las bibliotecas y librerías se retiraron las obras de autores judíos, pacifistas o comunistas.
    Sin embargo, y en contraste con el tajante radicalismo adoptado en el campo de las artes plásticas, estas medidas fueron haciéndose efectivas sólo en forma paulatina, ya que el interés principal de Joseph Goebbels, el todopoderoso ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich, se centraba en la industria cinematográfica, la célebre UFA, y tras el éxodo inmediato de los “indeseables” artistas judíos, el Ministerio de Propaganda intento incluso frenar la salida de aquellos autores, actores y directores teatrales que, si bien no gozaban de las simpatías oficiales, tenían un público lector ya establecido. La relación escritor-régimen se torna particularmente compleja en casos como los de Gottfried Benn y Ernst Jünger, dos escritores de gran relevancia, que tras una ferviente adhesión inicial se vieron pronto decepcionados y buscaron refugio en la denominada “emigración interna”, concepto que designa el repliegue al propio espacio interior, teñido de un inconformismo velado y a una no-participación más o menos protestataria. Interesantes testimonios de este conflicto son precisamente títulos como “Doble vida” publicado en 1.950, de Benn, y los diarios de Jünger “Irradiaciones” editados entre 1.942 y 1.958, quién participó en la campaña de Francia y pasó la mayor parte de la guerra en París. Entre estos emigrante internos se cuentan asimismo autores como Gertrud von Le Fort y Werner Bergengruen, de orientación católica, la novelista y ensayista Ricarda Huch, Rudolf Alexander Schröder, Ernst Wiechert y Frank Thiess, este último protagonista,ya finalizada la guerra, de una absurda polémica con Thomas Mann, en la que atribuía a la emigración interna el mérito de haber salvaguardado la cultura y literatura alemanas durante el Tercer Reich, permaneciendo “junto al lecho de Alemania, la madre enferma”, en vez de “dirigir manifiestos desde afuera”.
    Muy diversa fue, por otra parte, la suerte de quienes por obligación o espontáneamente emprendieron el camino del exilio. Francia se convirtió al comienzo en el refugio principal de estos exiliados al no poner demasiadas trabas para la obtención del permiso de residencia, y París fue el centro de la “Liga protectora de escritores alemanes” durante algunos años. Otros países elegidos fueron Austria, Checoslovaquia, Bélgica, Holanda y Dinamarca, aunque, claro está, tuvieron que ser nuevamente abandonados al producirse, entre 1938 y 1.940, las sucesivas anexiones e invasiones por parte de la Alemana nazi. En los años que precedieron a la guerra se crearon asimismo varias revistas y publicaciones de exiliados, en su mayoría de vida muy breve: “Deutsche Blätter” en Praga, 1.933-1.935; “Die Sammlung” en Amsterdam, 1.933-1.935 y “Mass und Wert” en Zurich, 1.937-1.940, esta última cofundada por Thomas Mann.
    Tras la caída de Francia, en Mayo de 1.940, se produjo por último una oleada final de emigración hacia Méjico, la Unión Soviética y los Estados Unidos, entre los que están Alfred Döblin, Franz Werfel, Fritz von Unruch, Heinrich Mann y Bertolt Brecht. Las adversas condiciones de vida, el aislamiento o la imposibilidad de caer en manos de la omnipresente Gestapo llevaron a muchos intelectuales emigrados al suicidio: Kurt Tucholsky en Suecia en 1.935, Ernst Toller en Nueva York en 1.939, Walter Benjamin y Carl Einstein en el sur de Francia, al serles denegado el permiso de entrada en España, en 1.940, y Stefan Zweig en Brasil en 1.942. La producción de los autores exiliados cuenta con no pocos grandes títulos, publicados en su mayor parte por editoriales de Amsterdam, Estocolmo, Viena y Zurich. Entre los principales, novelas de tema histórico, utópico o religioso, conviene citar “Henri Quatre” de Heinrich Mann , “Novenber 1.918” de Döblin, “La cripta de los capuchinos” de Joseph Roth, publicadas en 1.938, y “La canción de Bernadette” de Franz Werfel de 1.941.
    Existieron, desde luego, autores de quién podemos decir que crearon una literatura militante en el nacionalsocialismo, aunque hoy sus nombres no son dignos de mención. Sin embargo, sí debemos recordar dos formas de producción literaria que enorgullecieron al nazismo: el “Thing” y la llamada “novela nacional-popular”. El primero es un espectáculo teatral de masas a caballo entre misterio medieval, auto barroco y teatro reaccionario; había nacido con el autoritarismo sobre los años veinte y durante el Tercer Reich movió a multitudes. El “thing”, pese a su escaso valor artístico, resume como ningún otro tipo de producción las aspiraciones artístico-literarias del nacionalsocialismo alemán y su ideal de “obra total”: era una forma monumental de arte propagandístico que glorificaba ritualmente la voluntad, la raza, el imperialismo, etc., que llegó a movilizar a cientos de actores y que electrizó a decenas de miles de espectadores. También había aparecido hacía la segunda década del siglo la llamada “novela nacional-popular”, que encuentra sus correspondencias en otros puntos de Europa. El fascismo alemán la potenció para utilizarla con fines propagandísticos; en realidad, era una derivación de la novela realista y regionalista decimonónica, en la que se habían ido subrayando muchos de los valores ideológicos impuestos en la sociedad germana de la época, tales como el populismo, nacionalismo e imperialismo, e institucionalizados por el Tercer Reich.
    Es discutible si el nazismo creó o no un arte y, en nuestro caso, una literatura propiamente fascista y germana y no pocos pensadores consideran que el único arte creado por el nacionalsocialismo alemán fue el de su política, de cuya perversión hicieron una auténtica forma de cultura. Lo más frecuente es que el nazismo echara mano de artistas precedentes en cuya vida, obra y pensamiento creían ver encarnados los valores de la raza aria y del pueblo teutón como, por ejemplo, la deformación histórica a la que se sometió a Hölderlin en el terreno de la poesía, o a Wagner en el de la música. Este asunto todavía da que hablar.
    32 min
  • Nada más que libros - Ulises - (James Joyce)
    “Toda vida consiste en muchos días, día tras día, caminamos a través de nosotros mismos encontrando ladrones, fantasmas, gigantes, viejos, jóvenes, esposas, viudas….”.
    Fragmento de 'Ulises', de James Joyce.
    Nacido en 1.882 en un suburbio de Dublín, James Joyce creció en la pobreza desde que su padre perdió su trabajo como recaudador de impuestos. En la Universidad de esta ciudad estudió inglés, francés e italiano; luego se trasladó a París con la intención de estudiar medicina. Regresó a Dublín al morir su madre, y malvivió como reseñista y maestro. En 1.904 se fugó a Zurich con Nora Barnacle. Más tarde obtendría un puesto de maestro en Triestre. Su libro de relatos “Dublineses”, se publicó en 1.914, y en 1.916 la novela “Retrato del artista adolescente”.”Ulises” salió a la luz en 1.922. Cuando la revista estadounidense “The little Review”publicó fragmentos de la novela, fue demandada por obscenidad. En 1.920 Joyce se trasladó a París, donde vivió veinte años. Allí escribió su obra maestra final, “Finnegans Wake”. En 1.940, huyendo de la invasión nazi, regresó a Zurich, donde falleció en 1.941.
    La acción de “Ulises” tiene lugar en Dublín y sus alrededores el 16 de Junio de 1.904, y son tres los principales personajes: Stephen Dedalus, de 22 años, maestro y aspirante a escritor; Leopold Bloom, agente de publicidad, medio judío húngaro y medio irlandés, de 38 años; y su esposa Molly, una cantante de 34 años de la que Leopold sospecha, acertadamente, que le es infiel con un vividor conocido como Blazes Boylan. La novela presenta otros muchos personajes, y de la vida interior de Stephen, Bloom y Molly surge un Dublín caleidoscópico, condensado en un cuarto de millón de palabras de inventiva microscópicamente detallada. Al desnudar la multiplicidad de pensamientos, emociones y acciones, incluidas las fisiológicas, de los tres personajes a lo largo de un día y su noche, “Ulises” hace público lo privado a una escala nunca vista antes en la narrativa. Además de las calles de Dublín los escenarios principales de la obra son una torre defensiva habitable, un colegio, una playa, una casa, una carnicería, un cementerio, la redacción de un periódico, una biblioteca, una funeraria, una sala de conciertos, una taberna, un hospital, un burdel y el llamado Refugio del Cochero. Los primeros capítulos tienden un puente con la novela previa, autobiográfica, “Retrato del artista adolescente”, que narra como Stephen Dedalus adquiere la confianza necesaria para liberar su talento de las presiones conformistas de la Iglesia católica, de su formación y de su país. En “Ulises”, Stephen reaparece por la mañana enfrascado en un duelo verbal con su cínico amigo Buck Mulligan en la torre donde viven, en Sandycove. Recuerda a su madre en su lecho de muerte y, sintiéndose culpable, reflexiona sobre su rechazo a rezar por ella, basado en sus principios ateos. Luego imparte una lección de historia y camina por la playa. La narración retrocede a las ocho de la mañana y adopta por completo el estilo del flujo de conciencia mientras el lector sigue a Leopold Bloom planeando el desayuno en casa, comprándolo en la carnicería, preparándolo y subiéndolo en una bandeja a Molly. Joice utiliza el monologo interior en grados diversos para relatar las experiencias de Stephen, Boom y Molly; pero para hacer avanzar la acción, entrelaza hábilmente el monólogo interior y la narración en tercera persona.
    Leopold Bloom es uno de los personajes más conseguidos de la literatura. Es un hombre corriente con los apetitos normales, inteligente pero lejos de ser un intelectual. Tiene un carácter afable, muestra gusto por la comodidad y procura evitar la confrontación. En su presentación, la sencilla relación que mantiene con sus funciones corporales y con algunas personas de su entorno lo distinguen claramente del cerebral y susceptible Stephen. El último episodio de “Ulises” es una obra maestra del monólogo interior. Revela los pensamientos más íntimos de Molly por la noche, tumbada en la cama al borde del sueño. Hasta ese momento, hemos visto a Molly a través de los ojos de su celoso marido, Leopold Bloom. El cambio de punto de vista, o sea de masculino a femenino, que aquí se produce es uno de las más brillantes de la literatura moderna. Tras haber descrito la cultura patriarcal de la ciudad, en la que las mujeres tienen un papel clave como esposas, madres y prostitutas, fuentes de sustento emocional y de satisfacción física, sin que su voz sea escuchada, Joyce restaura el equilibrio dando a Molly una voz propia. Permitir que su protagonista femenina tenga la última palabra es un testimonio de la imaginación omnímoda de Joyce. Con todo algunas críticas feministas ven a Molly, en su pasividad, como una criatura hecha de malas interpretaciones masculinas. Mientras Molly yace en la cama, el monólogo interior puede alcanzar su forma más pura, sin interrupciones narrativas. La puntuación desaparece. Los recuerdos se empujan entre sí. El lenguaje franco, con vulgares coloquialismos, cede el paso a un recuerdo de juventud en Gibraltar y del cortejo posterior por parte de Bloom, expresado en el estilo de la narración romántica. Este estilo no es un mero recurso literario: forma parte del lenguaje interior de la sensibilidad romántica, si bien carnal, de Molly.
    La experimentación lingüística no es el único recurso literario que apuntala esta obra multidimensional. El título, “Ulises”, es la pista de una elaborada subestructura simbólica. Ulises es el nombre latino de Odiseo, el rey griego de Ítaca protagonista de la “Odisea” de Homero, que pasó los diez años posteriores a la guerra de Troya como aventurero errante antes de regresar a su hogar. Joyce identifica a Leopold Bloom con Odiseo y a Stephen con su hijo, Telémaco, que en los cuatro primeros libros de la Odisea busca en vano a su padre perdido; y asocia a Molly con Penélope, esposa de Odiseo, quién cree que su marido aún vive y que regresará. Cada uno de los dieciocho episodios o capítulos de la novela se corresponde con una aventura de la epopeya homérica. Los tres primeros se centran en Stephen y siguen una estructura que recuerda a la de la “Odisea”. En el tercer episodio, Stephen cuestiona la institución de la paternidad mientras piensa en una discusión en una biblioteca. El pasaje traduce los aprietos de Telémaco como hijo sin padre en un debate abstracto sobre la noción moderna de la relación padre-hijo. En el episodio doce, el Cíclope de la “Odisea” toma la forma de un patriota agresivamente xenófobo que discute a gritos con Bloom. El estrecho chovinismo de este ciudadano es un reflejo de la limitada vista del Cíclope. Más tarde, el narrador sin nombre hace referencia a un deshollinador que casi le metió la herramienta en un ojo, lo que trae a la memoria el ataque de Odiseo al Cíclope. El valor temático del paralelismo homérico es más fuerte en los roles míticos adjudicados a Stephen y a Bloom. Stephen busca de forma inconsciente el apoyo de una figura paterna para poder convertirse él mismo en padre, tanto literal como artísticamente. Los pasajes sobre la Santísima Trinidad, que contiene la más compleja de todas las relaciones paterno-filiales, y sobre el Hamlet de Shakespeare, desgarrado por los pensamientos de venganza contra el asesino de su padre, que ahora es su propio padrastro, suman capas de significado a la búsqueda de Stephen. Recíprocamente, Bloom (cuyo hijo Rudy murió once años atrás) tiene la profunda necesidad psicológica de un hijo. Esto añade patetismo a la dinámica Odiseo-Telémaco.
    Bloom y Stephen se encuentran por casualidad en el hospital de maternidad de la calle Holles; la asociación del lugar con el nacimiento y la paternidad no es accidental. A su debido tiempo, Bloom salva a Stephen de ser arrestado tras una reyerta en el barrio rojo. Cuando, más tarde esa misma noche, se sientan a beber cacao en la cocina de Bloom, Stephen vislumbra el pasado en Bloom, mientras que este ve el futuro en Stephen. De acuerdo con la sutileza narrativa propia de Joyce, este reconocimiento mutuo es una insinuación fugaz, más que un clímax evidente. Además de proporcionar un juego de correspondencias simbólicas, el marco homérico permitió a Joyce insinuar que Bloom, el hombre corriente, podía tener una dimensión heroica. Se trata de un heroísmo, o antiheroísmo, de lo cotidiano, que se demuestra principalmente en el interior de la mente, palestra de los miedos y anhelos del individuo. Es aquí donde uno combate los celos, la ira, la vergüenza y la culpa, y donde abriga la esperanza y el amor que dan a la vida su significado.
    Tras el punto final de la novela, James Joyce dejó un recordatorio de su propio viaje odiseico como autor: “Triestre-Zúrich-París, 1.914-1.921”. Pese a su talante cosmopolita, el autor sentía el tirón del exilio. Pero vivir en el extranjero le permitió recrear Dublín, en toda su vulgaridad y vitalidad, como el hogar de su imaginación. En 1.904, año en que se sitúa la obra, los sentimientos políticos estaban exaltados tras el fracaso de la Home Rule, un intento de dotar de autogobierno a Irlanda. En 1.922, el año en que se publicó “Ulises”, y tras una sangrienta guerra civil, se formó el Estado Libre Irlandés. Como reflejo de esta realidad política, los personajes del Dublín ficticio de Joyce están llenos de inquietud en su relación con las instituciones y movimientos: el Imperio británico, la Iglesia católica, el nacionalismo irlandés y el renacimiento céltico. Así, a la vez que “Ulises” presenta los detalles de la experiencia individual con una franqueza sin precedentes, también traza un resuelto retrato del agitado microcosmos de la sociedad irlandesa. Sin embargo, todos los temas de la novela están subordinados a la viva riqueza de su mundo ficticio. La verdadera fuerza de la obra procede de la vida vertida en ella, más aún que de sus elaborados artificios literarios. En el corazón de “Ulises” están las vidas y los amores de los dublineses, plasmados con una verosimilitud asombrosa. Los muchos recursos que Joyce se atrevió a poner en juego en esta obra constituyeron un revulsivo para la novela burguesa convencional. Sus atrevimientos fueron tantos que la censura existentes en los países anglosajones la emprendió con “Ulises”; el sentido puritano de la moral protestante consideró obscenas muchas de las referencias sensuales que llenan la novela. A la moral imperante le molestaron no ya sólo las escenas sexuales, que no son pocas, sino todo aquello que sonase a sensorial. Y, en “Ulises”, todo suena; toda palabra tiene en ella una sensorialidad muy acusada: tanto, que su lectura puede llegar a saturar los sentidos y, en determinadas escenas, a enardecerlos o desagradarlos. Pero, desde luego, como no puede quedar el lector es indiferente: había nacido una nueva forma de novelar.
    34 min

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