NADA MÁS QUE LIBROS

NADA MÁS QUE LIBROS

By MANUEL ALCAINEArts
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NADA MÁS QUE LIBROS episodes

  • Nada más que libros - La Iliada
    “¡ Miserable Paris, raptor de mujeres !, le gritó. Mira como ríen de ti los aqueos que te creyeron un campeón por tu gallarda figura, cuando no hay fuerza ni valor en ti. ¿Y siendo así un cobarde te has atrevido a robar a la esposa y cuñada de hombres belicosos, trayendo mil desgracias a tu padre y a tu pueblo?. ¿Por qué no esperas a Menelao? Si lo hicieras no te valdrían tu cítara y tu hermosura cuando rodaras por el polvo”.
    Del Canto III. La “Ilíada”.
    Homero era jonio, casi con seguridad, nacido en alguna de las islas del Egeo oriental o en el litoral de Asia Menor. Las historias que canta las llevaron allí los griegos que huyeron del Peloponeso cuando las invasiones dorias, a partir del año 1.000 a.C. El dialecto de los poemas es predominantemente jonio y las descripciones de los lugares de Troya indican que el poeta conocía muy bien aquellos territorios, que había estado allí. También es muy posible que hubiera viajado bastante por toda Grecia, y la prueba está en la exactitud de su narración cuando habla de los paisajes de la isla de Ítaca. Sobre el hecho de que fuera ciego hay más que sobradas dudas, en especial si se tiene en cuenta expresiones de sus poemas tan exactas y visuales como “la aurora de rosados dedos”, “el alba de azafranados velos” o “el vinoso ponto”. Ciego o vidente, jonio o tracio, viene a darnos lo mismo. Platón señaló que era opinión extendida en su tiempo que Homero había educado a toda Grecia. Y si educó a Grecia, educó al hoy llamado mundo occidental, ya que a los griegos les debemos, entre otras muchas cosas, el inicio del pensamiento especulativo, la filosofía, la poesía en sus formas laicas, la comedia, la tragedia, la historia crítica, las narraciones de viajes, la biografía y los diálogos.
    Por lo general, los estudiosos de Homero están de acuerdo en que la maestría de la “Ilíada” reside en el hecho de que el poeta, al relatar un acontecimiento particular de la guerra de Troya, la cólera de Aquiles tras la muerte de su amigo Patroclo, resume diez años de combates. Leemos el poema y estamos viendo la guerra en su totalidad. Y es tal la fuerza del libro que todo se nos hace grandioso, como si delante de nuestros ojos cruzaran los ejércitos camino del campo de batalla, alzando un clamor inmenso con sus gritos de combate. Podemos ver a Aquiles y a Héctor corriendo a luchar el uno contra el otro, nos estremece la dureza de la pelea y casi podríamos respirar el polvo que levante el carro de Aquiles dando vueltas alrededor de los muros de la ciudad arrastrando el cadáver de su enemigo. La “Ilíada” comienza diez años después de que los aqueos llegasen a las playas de Troya y asediaran la ciudad para rescatar a Helena, esposa de Menelao. Su cuñado Agamenón, el jefe de la expedición guerrera y Aquiles, el más valeroso y fuerte de los héroes aqueos, se enfrentan a causa de un reparto de botín. Los dos se insultan con violencia, y la irritación de Aquiles es tal que jura no combatir más en la guerra y se retira a su tienda con la única compañía de su amigo íntimo Patroclo. La situación desespera a los aqueos, porque están seguros de que, sin Aquiles, la victoria no es posible. Muchos de ellos se dirigen a las naves para regresar a sus patria, lo que significaría el fin del asedio. Pero el astuto Ulises, les convence de que vuelvan al combate, y de nuevo los sitiadores se lanzan enfurecidos contra la ciudad. Los troyanos, al verlos atacar, salen a campo abierto para rechazarlos, y al frente marcha el príncipe Paris, el raptor de Helena. Cuando lo reconoce Menelao, al marido burlado, se lanza contra el troyano y Paris huye. Héctor, su hermano y principal héroe de Troya, le reprocha su cobardía y Paris, avergonzado decide regresar al campo de batalla y reta a Menelao en duelo, ofreciendo a Helena como trofeo al vencedor, a condición de que, gane quién gane, los aqueos retornen luego a su país, dando por concluida la guerra. Todo está preparado para el duelo. Menelao era mucho más fuerte que Paris y le habría vencido con toda seguridad, pero Afrodita acude en su auxilio, le envuelve en una nube y se lo lleva al palacio de Troya.
    Los dos ejércitos luchan de nuevo: los aqueos creen que la victoria es suya, y los troyanos lo niegan. Se acuerda un nuevo duelo, esta vez entre Héctor, el más valeroso de los troyanos, y Áyax de Salamina, el más fuerte de los caudillos aqueos después de Aquiles. Pelean con enorme violencia, pero la noche cae y el duelo concluye en tablas. Al siguiente día Héctor, conduciendo su carro de guerra al frente de sus hombres, ataca a los griegos a campo abierto. La batalla llena la llanura de muertos, algunos de los héroes principales de los aqueos son heridos y la victoria parece inclinarse del lado troyano. Patroclo suplica a su amigo Aquiles que salga de la tienda y combata junto a los suyos, pensando que, al verle, el ejército enemigo perderá su coraje. Aquiles no cede, pero permite que su compañero vista su armadura y acuda a la batalla como si fuera él mismo. El truco resulta. Troyanos y aqueos creen que Aquiles ha vuelto a la lucha. Y los primeros huyen en desbandada hacia la ciudad, pero al llegar a las puertas de la ciudad, Héctor de vuelve, se enfrenta a Patroclo y lo atraviesa con su lanza, llevándose a la ciudad, como trofeo, la armadura del temible campeón aqueo.
    La cólera de Aquiles estalla al tener noticia de la muerte de su amigo. Llorando, jura no enterrar a Patroclo hasta lograr matar a Héctor. Su madre, la ninfa Tetis, acude a consolarle y le promete que Hefaistos, el dios herrero, le forjará una nueva armadura aún más bella que la que ha perdido. A la mañana siguiente Aquiles se reconcilia con Agamenón y, juntos, encabezan el asalto contra sus enemigos. Homero describe al colérico héroe como “un león que deseara aplastar a una multitud de hombres, a un país entero”. Los troyanos buscan refugio en su ciudad y sólo Héctor permanece fuera de los muros, dispuesto a combatir. No obstante, cuando ya se acerca el temible Aquiles, emprende la huida. El aqueo le persigue y, por tres veces, rodean los muros de Troya. Al fin, Héctor se detiene y hace frente a su adversario. Combaten con ferocidad y el el último instante, Héctor se echa blandiendo la espada sobre Aquiles; este repele el ataque y, con un lanzazo preciso y vigoroso, atraviesa de parte a parte el pecho de su enemigo. Aquiles recupera su antigua armadura y arrastra el cuerpo de Héctor, atado a su carro, alrededor de la ciudad. Luego, regresa al campamento aqueo y lo abandona para que lo devoren los perros y las aves carroñeras. Esa noche celebra las exequias de su amigo Patroclo, con numerosos sacrificios de toros, carneros, cabras y cerdos. El cuerpo de su amigo es incinerado en una pira, y sobre sus restos se erige un túmulo. Los dioses sienten piedad de los padres de Héctor y envían a Tetis, madre de Aquiles, para que convenza a su hijo de que devuelva el cadáver del troyano a su familia. Príamo, padre del héroe muerto, se dirige a la tienda del aqueo llevando un tesoro para pagar el rescate del cadáver. El anciano llora ante Aquiles y el héroe, conmovido e incluso sollozando a su vez, accede a devolverle los restos de su hijo, eximiéndole incluso del pago del rescate. Ese mismo día Héctor es incinerado dentro de la ciudad, entre los lamentos de todos sus compatriotas. La “Ilíada” termina en ese punto. Otras narraciones posteriores, griegas y romanas, cuentan la muerte de Aquiles, a quién Paris alcanzó de un flechazo en el talón, el único punto vulnerable del cuerpo del héroe. Poco después, Paris moriría también, herido a su vez por una flecha envenenada.
    El fin de la guerra de Troya, según esas narraciones posteriores y según se cuenta también en la “Odisea”, se produjo gracias a Ulises, que ideó un ingenioso ardid. Hizo creer a los troyanos que los aqueos abandonaban el combate y regresaban a sus barcos. Y dejó ante los muros de Troya un gran caballo de madera, en cuyo interior se escondieron él mismo y un grupo de guerreros fuertemente armados. A la noche, pensando los troyanos, merced también a un engaño de Ulises, que el caballo era un regalo de los dioses, lo metieron dentro de la ciudad. Cuando Troya dormía, después de celebrar con grandes festejos y vino a raudales el final del cerco, Ulises y sus hombres salieron del caballo, abrieron las puertas de la ciudad y el ejército aqueo penetró en su recinto. Troya fue incendiada, sus hombres muertos, sus riquezas robadas y sus mujeres repartidas entre los vencedores.
    Habían transcurrido diez años de guerra. Menelao recuperó a Helena; a Ulises, entre otras mujeres, le tocó en el lote Hécuba, la madre de Héctor, y Agamenón se llevó a la princesa Casandra como concubina. Príamo pereció entre las llamas y tan sólo un príncipe troyano, Eneas, pudo escapar, ayudado por la diosa Afrodita, llevándose con él a su familia. Este héroe atravesaría luego el mar hasta alcanzar las costas del Tirreno, donde la leyenda dice que fundó la ciudad de Roma. Quizá por esta razón, los romanos se sintieron siempre descendientes de los legendarios troyanos. En cuanto a los aqueos, regresaron a sus ciudades con un espléndido botín de guerra. Sólo uno de ellos, Ulises, se perdió en la navegación de vuelta a su patria, la isla de Ítaca, y durante diez años navegó sin rumbo por el Mediterráneo. El relato de las aventuras de este héroe vagabundo formaría el cuerpo de la segunda gran epopeya homérica: la “Odisea”.
    34 min
  • Nada más que libros - Charles Dickens (Tiempos difíciles)
    “El fundamento principal del sistema filosófico de Gradgrind era que todo se pagaba. Nadie debía entregar jamás nada a nadie, ni realizar un servicio, sin el correspondiente pago. La gratitud tenía que desaparecer, y con la gratitud todas las virtudes que se derivan de la misma. Desde el nacimiento hasta la muerte, todos los momentos de la vida eran como un toma y daca con un mostrador de por medio. Y si no entrábamos de esta manera en el cielo era porque no se trataba de un lugar político-económico, ni menos se realizaban transacciones en él.”
    Charles Dickens - Tiempos difíciles.
    Charles Dickens nació el 7 de Febrero de 1.812, en Portmouth, Inglaterra, en el seno de una familia humilde. Hijo de John Dickens, manirroto funcionario de la Armada, y de Elizabeth Barrow. Pasó la mayor parte de su infancia en Londres y Kent, lugares que aparecen con mucha frecuencia en sus obras. Comenzó a asistir a la escuela a los nueve años, pero sus estudios quedaron interrumpidos cuando su padre fue encarcelado,en 1.824, por no pagas sus deudas. Así, con once años de edad, el joven Charles tuvo que ponerse a trabajar en una fábrica de betún para calzado ubicada cerca de la estación ferroviaria de Charing Cross. Esta experiencia, que más tarde describiría en su novela “David Copperfield” de 1.850, le produjo una sensación de humillación y abandono que le acompañará el resto de su vida. Entre 1.824 y 1.826 asistió de nuevo a la escuela, aunque la mayor parte de su educación fue autodidacta. Aprendió taquigrafía y pudo trabajar en los tribunales, lo que le llevó a ser cronista judicial y, poco a poco, autor de pequeñas estampas de costumbres.
    En 1.833 publicó, bajo el seudónimo de Boz, la primera de una serie de originales descripciones de la vida cotidiana de Londres en “The Monthly Magazine” y en 1.836 publica “Los apuntes de Boz” que obtuvo un gran éxito. Con “Papeles póstumos del club Pickwick, de 1.837, se consolida la fama de Dickens además de influir notablemente en la industria editorial de Inglaterra, ya que su innovador formato, el de una publicación mensual poco costosa, marcó una linea que siguieron muchas editoriales. Convertido ya en un autor de fama mundial, Charles Dickens escribió entre 1.837 hasta el día de su muerte novelas tan importantes como “Oliver Twist”, “Tiempos difíciles”, “Historia de dos ciudades”, “Grandes Esperanzas” o el ya clásico cuento “Canción de Navidad”. En 1842 impartió seminarios en los Estados Unidos en favor de un acuerdo internacional sobre propiedad intelectual y en contra de la esclavitud. Charles Dickens murió en Kent el nueve de Junio de 1.890, tras sufrir una apoplejía, y su cuerpo fue enterrado en la abadía de Westminster.
    La pobreza urbana fue el reverso de la medalla del progreso victoriano. En esa época los agricultores se desplazan a las ciudades ofreciéndose como mano de obra a la naciente industria textil y entonces se conocen los sufrimientos de la nueva clase obrera, con aspectos tan especialmente lamentables como el trabajo infantil en largas jornadas, sobre todo en los túneles de las minas, donde el menor tamaño de los niños les hacía especialmente útiles, como analiza Engels en su estudio de 1.845 “La situación de la clase obrera en Inglaterra”, que fue material apropiado para las reflexiones de su amigo Karl Marx, por entonces ya asentado en Londres. Y la burguesía no ignoraba su existencia. Sólo eludía toda responsabilidad por ella, al atribuirla, consecuente con su individualismo, al proceso de degeneración urbana que, a la vez que debilitaba físicamente a los inmigrantes venidos del campo, les degradaba moralmente, corrompiéndolos con los vicios de la ciudad y volviéndolos borrachos y vagos, hasta llegar a un punto en que preferían vivir de la caridad pública o privada antes que trabajar por un pequeño sueldo. Y si la pobreza no se debía a causas personales como el despilfarro, la vagancia o el vicio, habría que pensar que existían unas causas sociales que la engendraban. Las causas de las miserias de los trabajadores londinenses radicaban en la desaparición de los viejos oficios y en la sustitución gradual del trabajador especializado por peonaje sin cualificar, y se acentuaron con los empleos eventuales, con la disminución de los salarios y el paro. Todo ello quiere decir que en la próspera Inglaterra había un cuarto de la población urbana que vivía en la miseria.
    Tal es el panorama que Dickens observa en el momento de escribir “Tiempos difíciles”, una novela centrada en la industria y en sus primeras huelgas, aún cuando su óptica no reconoce de lleno el sentido de la lucha de clases. “Tiempos difíciles” es, al mismo tiempo, una novela absolutamente dickensiana y un caso aparte dentro de la obra del autor. Ante todo por su estructura y modo de escribirse ya que fue publicada en veinte entregas semanales, en vez de las veinte entregas mensuales acostumbradas en Dickens, y, consiguientemente, con la cuarta parte de extensión, tiene una apretada construcción en que se puede ver que el argumento estaba totalmente pensado al empezar, en vez de ir derivando lentamente – y según las reacciones del público-, como solía ocurrir con las obras de Dickens. Pero esto es sólo el aspecto formal: más importa la originalidad de la ambientación, en una ciudad industrial, incluso con conflictos laborales, y con un personaje eje que es un obrero, asomándonos así a un mundo insólito en Dickens, que, aunque sólo entrevisto, le había golpeado hondamente, moviéndole a sacarlo a la luz. En realidad el autor no da más que una visión lejana y suave, dejando en la sombra lo peor, no sólo la dureza del trabajo infantil, sino toda la dureza del trabajo en larguísimas jornadas, con pagas miserables y sin ningún recurso asistencial. Dickens no llega a hacer aquí literatura de protesta: su público no la habría aceptado, y, por otro lado, el comprende que la industrialización es inevitable. A la hora de la verdad, de la huelga, el obrero Esteban Blackpool no toma partido, de hecho prendido por sus problemas privados, y al final desaparece, cómodamente para la resolución argumental, muerto al caer en un agujero. A última hora, la reivindicación de Dickens de las clases populares no va mucho más allá de mostrar que, “la gente del pueblo también tiene su corazoncito”. Blackpool, cuya mujer está destruida por la bebida, encuentra una amiga, Raquel, que lo consuela con una relación de pureza platónica que no se sabe si hay que ver como una concesión a los códigos puritanos del victorianismo o realmente como un símbolo de la bondad de Esteban. Pero el nivel obrero es sólo uno de los dos planos de la novela, y el menos dramático; el mayor juego argumental está en el nivel de los magnates, reales o ficticios, con el contraste del circo del señor Jupe, símbolo de la fantasía frente a la pedagogía utilitaria de la escuela al servicio del sistema. Ahí Dickens despliega su gran talento en el manejo de las acciones y situaciones: el verdadero rico industrial, el señor Gradgrind, hace que su hija se case de mala gana con un jactancioso industrial , que a la larga se verá que es un impostor, mucho más viejo que ella. También tiene un hijo que, mal ajustado a la pedagogía de su padre, incurrirá en delitos de los que echará la culpa al obrero Esteban Blackpool, hasta que se escapa al extranjero para rehuir las consecuencias. La hija, Luisa, parece que desciende hasta el borde de la tentación con un joven político sin escrúpulos ( y una vez más, no sabemos si hemos de suponer que realmente cae o si la sostiene algo más que la convención editorial), mientras el ama de llaves la observa malignamente, deseando conquistar por su parte al viejo señor Gradgrind.
    Al final, de una forma nada dickensiana, hay poca felicidad y nada de matrimonios, todo lo más queda abierta su posibilidad para la enviudada Luisa y para la hija del amo del circo. La posición de Dickens, en este nivel filosófico y pedagógico, es tan moderada como en el nivel de la producción y los conflictos laborales, es decir: hay que dar también su parte al corazón y a la fantasía, así como a la generosidad, porque el concentrarse exclusivamente en la riqueza y el poder lleva a la catástrofe. Pero, a pesar de esa moderación, sigue siendo cierto lo que escribió George Bernard Shaw sobre esta obra, que Freud había comparado al restriegue de un cepillo duro: “le deja a uno incómodo, aunque quizá aún más interesado que incómodo, con una cicatriz más profunda que ninguna de las obras anteriores”.
    31 min
  • Nada más que libros - Federico García Lorca - II
    “ A las cinco de la tarde.
    Eran las cinco en punto de la tarde.
    Un niño trajo la blanca sábana
    a las cinco de la tarde.
    Una espuerta de cal ya prevenida
    a las cinco de la tarde.
    Lo demás era muerte y sólo muerte
    a las cinco de la tarde.”
    De “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”.
    En 1.927, y entre las manifestaciones que conmemoran el centenario de Góngora, se publica una edición de las “Soledades” del poeta cordobés. Nace entonces la llamada Generación del 27. La personalidad de Federico García Lorca representa el testimonio más elocuente de esa generación. García Lorca, que nació en 1.898 en Fuentevaqueros, Granada y murió en Víznar, cerca de Granada, en 1.936, tenía el ingenio y el duende de su tierra andaluza, estaba dotado de una especial sensibilidad para cualquier manifestación artística y su simpatía y su bondad lo convirtieron en el eje fundamental del grupo. A todo este derroche de humanidad debe añadirse la trágica muerte de Federico, víctima directa de esa guerra que a él le llevó fuera de este mundo que amaba intensamente y que a otros forzó a un exilio real o al silencio obligado en la misma España. García Lorca nació en Granada, cerca de Granada será asesinado, y Granada estará presente en toda su obra desde la poesía al teatro y desde sus conferencias hasta las apasionadas charlas en la Residencia de Estudiantes.
    En 1.936, muy poco antes de morir, Lorca afirmaba su doble propósito: no trasladar más la casa a las estrellas y dejar el ramo de azucenas para meterse en el fango hasta la cintura, aunque siempre su voz quedó fuera de ese fango, y ayudar así a los que buscaban las flores. Este camino, que comienza con “El maleficio de la mariposa”, tiene sus hitos fundamentales en ese canto al amor y a la libertad que es “Mariana Pineda”, en esa obra apasionada y con el destino convirtiendo en noche de sangre una noche de amor como es “Bodas de sangre”, en esa tragedia de la esperanza frustrada que es “Yerma” y en “La casa de Bernarda Alba”, una de las obras más importantes del teatro español, con la libertad como grito y como anhelo de unos seres condenados al encierro. Y Federico también es poeta. “Poeta por la gracia de Dios- o del demonio- y también por la gracia de la técnica y del esfuerzo”, decía él. Romances los suyos leídos por todos, pero que están lejos del popularismo que puede dar a entender la repetición mecánica de muchas de las composiciones de su “Romancero gitano”. El mundo poético de Lorca, de brillantes metáforas o de gusto surrealista, como en “Poeta en Nueva York”, es producto de una estilización y de una técnica, que completan ese duende existente en la personalidad de Lorca, pero del que tanto se ha abusado para explicar sus cualidades líricas
    El “duende” tiene difícil definición, aunque a ello dedicara Lorca una magnífica conferencia que tituló “Teoría y juego del duende”. Y es que, como uno de los estudiosos del poeta granadino ha escrito, se necesitarían muchos términos para explicar lo que en ese sólo se expresa, como Federico sabía perfectamente lo que había detrás de esa palabra y que él poseía como ningún poeta ha disfrutado a lo largo de la historia de la lírica española. “Duende” hay en toda la obra de Lorca, desde su primer gran libro “Canciones”, como algo místico, telúrico y misterioso encontramos en el teatro, en la prosa y, especialmente, en la obra poética del artista. Desde 1.918, en que Lorca publica “Impresiones y paisajes”, hasta el libro originalísimo que es “Diván del Tamarit”, la evolución poética de Federico es constante y la calidad irá acentuándose en un proceso que es alarde de perfección y de bondades líricas. La lectura de sus obras así lo prueba de una forma patente, aunque ya en los primeros poemas se encuentre esa visión trágica, profunda y trascendental de su Andalucía y el dolor, la sangre, la sensualidad, la luna, el amor y la muerte, que marcan las coordenadas fundamentales de un escritor, que sin nunca separarse de la tierra se eleva a unas alturas que sólo la capacidad creadora de la palabra lorquiana puede lograr.
    El lector disfruta de las composiciones juveniles del “Libro de poemas”, a pesar de que algunos de ellos sean frutos tempranos, como puede también gozar del colorido, la brillantez, y la gracia de las cortas composiciones de su libro ”Canciones”; pero es en el “Romancero gitano” y luego en el “Poema del cante jondo” cuando Lorca se convierte en el poeta admirado por todos y también cuando Federico consigue eso tan difícil de ser respetado por los cultos y recitado de memoria por el pueblo. El “Romancero gitano” surge de las raíces más profundas de la Andalucía lorquiana y con él logra el escritor la universalización de unos tipos, de una raza y de un pueblo. El “Romancero” es el gitano convertido en mito y lo que en manos de otros poetas fue retrato o donaire, gravedad o pintoresquismo, en Lorca pierde contorno real para entrar en el mundo atemporal de los sueños. Y todo ello logrado por el poeta a través de la pena de Soledad Montoya, de los jinetes y de las fraguas donde lloran, dando gritos, los gitanos, de Preciosa y de Antoñito el Camborio o de esa monja gitana que en el silencio de la cal y del mirto borda alhelíes sobre una tela pajiza. Brillantez radiante y patetismo, fuerza trágica y admirables imágenes, todo esto y mucho más respira este libro de Federico, como la canción popular andaluza – la seguiriya, la soleá, la petenera y otras – y la mítica Andalucía habían sido el centro del “Poema del cante jondo”.
    Pero Lorca no es sólo, que ya es bastante, el más profundo recreador de esa Andalucía y el poeta de la imagen y de la brillante metáfora que alcanza en el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” calidades admirables. Lorca es el autor de un libro super-realista de difícil lectura y de agradable sorpresa para quién únicamente sea asiduo lector de la obra anterior. “Poeta en Nueva York” es la antítesis del microcosmos precedente, como la ciudad americana a orillas del Hudson será la cruz de esa limpia y brillante faz que es para Lorca la Granada de la Huerta de San Vicente, del Darro y del Genil, del Albaicín o de las aguas rumorosas de la Alhambra. García Lorca vive en la ensoñación de la naturaleza, del campo, de los árboles y de las flores, de los insectos y del sol mediterráneo y se encuentra en su estancia neoyorquina el cemento y los rascacielos, Wall Street y el maquinismo. Es un mundo de sombras frente a la vivificadora luz que añora; es el presente que constata y sufre y es también, no lo olvidemos, el futuro que Lorca adivina para el mundo como una profecía que describe un sueño dantesco. El poeta recrea, desde la emoción y el poder de su capacidad lírica, la ciudad de Nueva York, pero también testimonia y denuncia. Y Federico, después de ver a la moderna sociedad, representación del nuevo imperio levantado por el capital, desde la Torre del Chrysler Building, anhela un mundo nuevo, radicalmente nuevo, que sea “flor de aliso y perenne ternura desgarrada”.
    La angustia del hombre acorralado, devorado por la civilización de la máquina (que recuerda a Chaplin en su magnífica película “Tiempos modernos”) exigía esa poesía amarga y la renuncia al verso tradicional. En vez de éste, Lorca usa ahora el verso libre, inquieto, desasosegado, que va mejor a la expresión surrealista y a las imágenes oníricas, tan frecuentes en el libro. Para terminar, unos versos que dedicó Antonio Machado al poeta asesinado:
    “ Se le vio, caminando entre fusiles,
    por una calle larga,
    salir al campo frío,
    aún con estrellas en la madrugada.
    Mataron a Federico
    cuando la luz asomaba.
    El pelotón de verdugos
    No osó mirarle la cara.
    Todos cerraron los ojos;
    rezaron: ¡ni Dios te salva!
    Muerto cayó Federico
    - sangre en la frente y plomo en las entrañas -
    Que fue en Granada el crimen
    sabed ¡pobre Granada!, en su Granada.
    24 min
  • Nada más que libros - La Romana (Alberto Moravia)
    “ A los dieciséis años, yo era una verdadera belleza. Mi rostro tenía un óvalo perfecto, estrecho en las sienes y un poco ancho abajo, los ojos rasgados, grandes y dulces, la nariz recta, en una sola línea con la frente, la boca grande con los labios bellos, rojos y carnosos y, si me reía, mostraba unos dientes regulares y muy blancos. Mi madre solía decirme que parecía una virgen. Yo me di cuenta que me parecía a una actriz de cine, muy de moda entonces, y empecé a peinarme igual que ella”.
    Alberto Moravia nació en Roma el 28 de Noviembre de 1.907 ( donde falleció el 26 de Septiembre de 1.990 ) hijo de una familia burguesa y acomodada que se sorprendía de su imaginación y sus inquietudes. A los nueve años una tuberculosis ósea le obliga a una casi completa inmovilidad que le permite dedicarse de forma obsesiva a la lectura. Así se acumulan lecturas de Dostoievski, Joyce, Rimbaud, Leopardi o Manzoni, ayudándole a perfilar su vocación de escritor. En 1.925 empieza a redactar “Los indiferentes”, reflejo, según palabras del propio autor, de sus muchos años de lectura y de su sensibilidad aguzada por su dolorosa enfermedad. Su intención era escribir una novela que reuniese la calidad de una obra narrativa y la tensión de un drama. Es decir, un relato con pocos personajes, con poca diversidad de espacios, con una acción desarrollada en poco tiempo, donde sólo hubiera diálogos y escenarios, mientras el autor desaparecía tras una perfecta objetividad. La publicación de la novela determina por un lado el conflicto con la crítica oficial, es decir, con el régimen fascista, y por otro la incorporación de Moravia a sectores intelectuales que le apoyan y donde empieza una intensa colaboración. Comienza también su labor periodística acudiendo como corresponsal a distintos países, y enfrentándose, a través de sus crónicas, con el régimen que gobernaba Italia.
    Los años 1.936 a 1.943 son difíciles para el novelista ya que el régimen, cada vez más totalitario, promulga leyes antirraciales y Moravia, hebreo por parte paterna, sufre su persecución. Literariamente se siente obligado a adoptar una expresión indirecta, utilizando la alegoría o el apólogo, la sátira o la analogía para eludir la censura establecida. En 1.938 publica “Mascarada” y en 1.940 , “Los sueños del vago”. “Mascarada” , secuestrada en su segunda edición, documenta, con gran precisión, la condición de la sociedad italiana en los años treinta. Años en los que el autor participa activamente en política, iniciando una etapa de huidas, de arrestos y de inestabilidad, que concluye al finalizar la II guerra mundial, y la caída del fascismo. Un breve relato, “Agostino”, obtiene un enorme éxito y en 1.945 recibe el primer premio de la postguerra, el premio del “Corriere Lombardo”. El relato se desarrolla durante un verano en Versilia y aborda la iniciación a la vida de un adolescente. Sumergido en una atmósfera de frustación y melancolía, Agostino descubre cómo se diluye la pureza, así como la eterna ambigüedad de la existencia. El escritor, sin renunciar a la utilización de un realismo a menudo brutal, logra expresar los matices líricos e intimistas de un proceso vital que abarca desde la adolescencia optimista y confiada hasta el principio de una juventud ya presentida como fraude. También es un éxito “La Romana”, publicada en 1.947, y a partir de entonces, Moravia se dedica con intensidad a su labor narrativa. Se suceden los títulos: en 1.948 aparece “La desobediencia” y un año más tarde “El amor conyugal”.
    Mientras el neorrealismo despliega sus postulados de vitalismo, compromiso y fe en una posible recuperación social e histórica, Moravia participa de su clima ilusionado; sin embargo conserva su sentimiento de pena existencial, de pesimismo frente a la humanidad, y de ello aporta una interesante perspectiva que los neorrealistas sabrán valorar. Son años en los que escribe los “Cuentos romanos”, que elige a Roma como eje de un mundo en ebullición, como un escenario donde se mueve una gente sometida a mil privaciones, con un sentido elemental de la vida, delineado con gran precisión por el autor. En este tiempo publica también “La ciociara” como conclusión de la etapa que había iniciado con “La Romana”. Se incorpora además a la polémica que por entonces se debate en torno al realismo y va reflejando sus opiniones en distintas revistas y periódicos. Esta preocupación por problemas teóricos culminará en una novela “La atención”, donde documenta la crisis del intelectual de los años sesenta y su propia inestabilidad, una situación que le impulsa a buscar otras formas artísticas: escribe teatro, le preocupa el fenómeno cinematográfico y reanuda su trabajo como corresponsal en diferentes periódicos. Aún así no interrumpe su quehacer de novelista, aunque este acusó, en sus últimos años, las diferentes presiones de un distinto contexto cultural al que Alberto Moravia pretendió, de nuevo, aproximarse.
    La protagonista de “La Romana”, Adriana, desde el principio anhela una vida honesta y sencilla. Pero el ambiente, una sociedad corrompida hasta el límite, con una madre víctima de una vida de privaciones y miseria y la amiga Gisela, ambigua y asimismo corrompida, la empuja a explotar económicamente su belleza. Así, un privilegio de la naturaleza acaba por determinar la elección vital de la protagonista que, incapaz de cualquier rebeldía, cede a las insinuaciones de la madre o a las presiones de los individuos que giran en torno a ella. Auténticamente enamorada de Gino, resiste las tentaciones y cree que con él realizará su modesto ideal de vida. Pero Gino, legalmente casado no puede cumplir con su promesa; Adriana descubre su engaño y sus esperanzas se derrumban, el instinto que la impulsa al sexo se libera, conduciéndola definitivamente a su destino de prostituta. Pasa de un amante a otro, noche tras noche, indiferente a todo. Sin embargo sus amantes se sienten atrapados por la vehemencia vital de la romana y a través de ella definen su carácter: Astarita, funcionario ambicioso e insatisfecho, ama desesperadamente a Adriana, que no le corresponde, y en su actitud turbia posiblemente sugiera el significado real de la novela: la burguesía ha degradado el sexo convirtiéndolo en un fetiche al que se niega su legitimidad social.
    También los demás personajes se caracterizan a través de Adriana; así Giacomo, el estudiante antifascista amado por la joven, no puede corresponderla, encerrado en su desesperación, ni ella logrará salvarlo del suicidio después de la traición de sus correligionarios. Giacomo es un personaje usual en la narrativa moraviana, uno de sus “indiferentes”, dominado por el tedio y la náusea que enfrenta al hombre con la realidad. Se trata de una postura psicológica que no admite ninguna posibilidad de trascendencia, que acepta la vida, en sus límites finitos e inevitables, con una resignación viril. La indiferencia de Giacomo se puede definir, por tanto, como una actitud espiritual que se caracteriza por una profunda contradicción : por un lado existe la aspiración, siempre frustrada, de realizarse y definirse; por otro, está la tendencia a dejarse llevar por un orden externo de hechos cotidianos. Por último está Sonzogno, un delincuente dominado por la violencia, que asesina a Astarita y muere en un enfrentamiento con la policía. La novela concluye con la imagen de Adriana, que espera un hijo y ha recobrado su fe en un mundo menos infeliz, más limpio y posiblemente sin tanta violencia. Estos son los acontecimientos que se desarrollan en la Roma de la posguerra, entre profundas contradicciones vitales y como reflejo de una sociedad tan corrompida que incluso la total falta de sentido moral de la romana se convierte en una necesaria reacción.
    Narrada en primera persona la novela es una suerte de memorias en boca de una mujer sincera, apasionada y libre de ataduras de tipo moral y nos presenta una figura femenina memorable, digna de aparecer en la historia de la literatura junto a Ana Ozores, Emma Bovary o Ana Karenina. Por muy distinto que sea el carácter de cada una de estas heroínas, todas ellas tienen algo en común: la soberbia creación literaria que las ha hecho y las seguirá haciendo vivir en la mente de quienes han leído sus avatares existenciales. Es decir tienen en común el estar hechas de un material más imperecedero que la carne: el material literario, el talento de sus respectivos creadores. Aparte de que, a diferencia de las vidas narradas que hemos citado, la de Adriana se nos presenta narrada en primera persona, tiene otra característica que la distingue de las demás: su carácter positivo, su naturaleza de sobreviviente, la plena conciencia de su situación en el mundo y la determinación, en un momento de su existencia, de tomar las riendas de su destino, de asumir el papel de protagonista de su propia vida, sin depender de los demás, y de cargar con las consecuencias.
    31 min
  • Nada más que libros - Rubén Darío
    “ Margarita, está linda la mar,
    y el viento
    lleva esencia sutil de azahar;
    yo siento
    en el alma una alondra cantar:
    tu acento.
    Margarita, te voy a contar
    un cuento”.
    Principio del poema “A Margarita Bebayle”. Del libro “Poemas de Otoño y otros poemas”.(1.908).
    Con el movimiento llamado Modernismo, la literatura hispanoamericana sale por primera vez de sus confines continentales y empieza a proyectarse en Europa. Los románticos habían intentado crear, con mucho esfuerzo y devoción, una literatura que correspondiese realmente a las nuevas naciones independientes. Muchos lo lograron y gracias a su esfuerzo la lengua y la literatura del Nuevo Mundo comenzaron a moverse hacia un área de expresión original. Pero el esfuerzo de los románticos fue en gran parte anulado por la incomunicación entre los distintos países y áreas que componen la América hispánica. Los pocos nombres de significación verdaderamente continental, como Bello, Sarmiento o Palma, tenían circulación confinada a lectores de auténtica conciencia americana. Sólo con el estallido del Modernismo, una literatura general hispanoamericana empezó a parecer posible. De los distintos grupos que se fueron formando a lo largo y lo ancho del continente, algunos escritores comenzaron a emerger y a circular fuera de las fronteras nacionales. Por primera vez, sus obras no sólo fueron leídas sino también publicadas en otros países del continente. Algunos llegaron a alcanzar fama en España y hasta en Francia. El creador a quien se debió esta proyección internacional de la literatura hispanoamericana fue Rubén Darío.
    Rubén Darío, nacido en Metapa, Nicaragua, el 18 de Enero de 1.867 y fallecido en León, del mismo país, el 6 de Febrero de 1.916, se convirtió en el indiscutido maestro de la nueva literatura. Fue reconocido en todo el orbe hispánico como el mayor poeta de la lengua desde la muerte de Quevedo. Aunque ya a la hora de su muerte en 1.916 se podía notar una reacción hacia su poesía y los postulados poéticos que la fundamentaban, así como una reacción más general contra el Modernismo, la obra de Darío no ha cesado realmente de continuar ejerciendo una profunda influencia, como modelo hasta de lo que es imposible repetir, en las letras hispanoamericanas. A pesar de sus tempranas burlas, Borges, que llegó a decir que toda la erudición clásica de Rubén Darío venía del Petit Larousse y que era tan ignorante que confundía aburrimiento con Nirvana, tuvo que cantar la palinodia, y en su poesía crepuscular, de ciego que compone oralmente sus borradores, demostraría que el verso de Darío no está muerto. Ni siquiera el furor apocalíptico con que Luis Cernuda se ha dedicado a negarlo puede borrar el hecho de que su poesía, como la de todos, es inconcebible sin la revolución promovida a fines del siglo XIX por Rubén Darío. Como ha dicho uno de sus mejores críticos, cualquier poema escrito en español puede ser datado antes o después él.
    Lo primero que hizo Darío como poeta fue inventarse un nombre más eufónico. De Félix Rubén Sarmiento pasó a ser Rubén Darío, lo que le permitía alejarse en el exotismo apócrifo de una Persia imaginada. Fue lector temprano y ávido, y muy pronto empezó a escribir poemas románticos. Una breve estancia en París cuando tenia doce años sirvió para documentar su admiración por Víctor Hugo. De regreso a su patria, los fondos de la Biblioteca Nacional le suministraron cierta familiaridad con la poesía española tradicional y clásica. En El Salvador conoció a Francisco Gavidia que lo orientó hacia los parnasianos franceses. También leyó a los poetas hispanoamericanos que habrían de ser injustamente calificados de sus “precursores”. Pero el momento decisivo de su vida poética fue un viaje al sur. Durante dos años vivió en Chile (Santiago, Valparaíso) y allí descubrió a un grupo de jóvenes poetas que estaban íntimamente familiarizados con la última escuela parisina, el Simbolismo. También leyó entonces a dos autores norteamericanos que los franceses habían adoptado y exaltado: Poe y Walt Whitman. Estimulado por el ambiente y las lecturas deslumbrantes, Darío se puso al día y produjo su primera obra revolucionaria, “Azul...” en 1.888. Era un pequeño volumen de prosa y poesía en el que el joven escritor mezclaba en una curiosa y única armonía todas las voces que había absorbido. Era romántico y parnasiano, clásico y simbolista. Pero ya su extraordinario dominio de los metros y su oído privilegiado eran evidentes. También era evidente un refinado toque de ironía que no solía darse en la poesía hispánica antes de él. El libro captó la imaginación no sólo de los jóvenes poetas hispanoamericanos sino también de los más agudos críticos españoles. Aunque deploraron éstos la excesiva influencia francesa, y lo que uno de ellos, Juan Valera autor de “Pepita Jiménez”, calificó de su galicismo mental, saludaron en Rubén Darío a un nuevo gran poeta.
    De Chile el autor saltó a Buenos Aires, que era ya entonces la mayor ciudad de habla española. Allí completó su campaña poética y produjo dos libros que habrían de consolidar su fama. Ambos aparecieron en 1.896: uno es una colección de ensayos críticos, reunida bajo el título de “Los raros”, en el que Darío presentaba al público hispánico la obra de criaturas tan exóticas entonces como Martí y Lautréamont, Edgar Allan Poe y Verlaine, Walt Whitman y Villiers de l,Isle Adam, Ibsen y Max Nordau, el inventor de una frase que Hitler haría luego suya: “el arte degenerado”. Esos eran sus autores o, por lo menos, el tipo de autores sobre los que Darío gustaba entonces escribir, aunque no compartiera en algunos casos sus peregrinas teorías. La lista incluye la necesaria cuota de genios desconocidos en la época, poetas polémicos y ultradecadentes para satisfacer las exigencias del refinamiento. Se podría decir que el Modernismo que hoy conocemos, es decir el movimiento internacional, cosmopolita, de vasta irradiación de lectura, fue creado por Darío en Buenos Aires, indiscutible metrópoli hispánica de su tiempo (Madrid y Barcelona eran más provincianas entonces que la capital argentina) y que los influyentes periódicos porteños realizaron el milagro de imponer el nombre de Rubén Darío y del Modernismo, como no lo habían conseguido periódicos de menor difusión en el resto de la América hispánica.
    El otro libro era más personal. Titulado paradójicamente “Prosas profanas”, se trataba de un libro de versos, ya que Darío jugaba con el sentido medieval de la palabra prosa: un himno religioso. El prefacio era rabiosamente modernista. Darío defendía allí una poesía inútil, refinada, exótica, preciosista, una poesía de evasión de la cruda realidad latinoamericana, una poesía suya, de él, donde la redundancia era voluntaria, para desanimar a imitadores que no se desanimaron. Con su segundo volumen importante de versos revolucionarios, “Cantos de vida y esperanza”, publicado en 1.905, Rubén Darío consolida su preeminencia en el mundo literario hispánico. Fue publicado en Madrid, marcando así la culminación de su trayectoria internacional. Poco antes, una edición parisina de “Prosas profanas” de 1.901, habría de marcar la transición hacia la fama europea. Pero fue con “Cantos de vida y esperanza” cuando Rubén Darío alcanza el punto culminante de su carrera poética.
    27 min
  • Nada más que libros - El relato policial - V
    “Tengo treinta y tres años, fui a la universidad una temporada y todavía se hablar inglés si alguien me lo pide, cosa que no sucede con mucha frecuencia en mi oficio. Trabajé en una ocasión como investigador para el señor Wilde, el fiscal del distrito. Su investigador jefe, un individuo llamado Bernie Ohls, me llamó y me dijo que quería usted verme. Sigo soltero porque no me gustan las mujeres de los policías….Me despidieron. Por insubordinación. Consigo notas muy altas en materia de insubordinación, mi general”.
    “El sueño eterno”. Raymomd Chandler.
    Los años de la Depresión y la segunda guerra mundial van a suponer la presencia obsesiva del miedo tanto individual como colectivo. Los cinco años de guerra dejan terribles secuelas: los millones de muertos y heridos en combate y el terror a la bomba atómica. Sin embargo, para los intelectuales lo peor aún no había llegado: en 1.947, el presidente Truman instauraba la “guerra fría” con la intención de aislar la creciente influencia internacional del comunismo. Esto trajo consigo la creación del Comité de Actividades Antinorteamericanas que, impulsado por el senador Mcarthy, llevó a cabo desde 1.950 a 1.954, con su tristemente famosa “caza de brujas”, la más implacable persecución de izquierdistas y progresistas que recuerda la reciente historia de los Estados Unidos. De entre los muchos escritores represaliados hay que citar a Dashiell Hammett y Howard Fast.
    Así pues, aunque sobreviven las tendencias “hard boiled”, llegando a alcanzar incluso una de sus cimas señeras con la obra de Raymond Chandler, la tendencia predominante va a ser la psicología criminal, que, aunque surgida en el decenio anterior, estaba más en consonancia con una sociedad traumatizada. Este subgénero se centra en la exploración psicológica del crimen y del criminal. La novela negra, no obstante, va a ir fragmentándose en otros subgéneros, como la “crook story”, basada en la vida de los delincuentes profesionales; la “police procedural”, relativa a la policía y a sus métodos de investigación, no siempre lícitos, y a la “penintentiary story”, que, narrada por los propios presos, describe la vida en las prisiones. La guerra fría y la represión mcCarthiysta son el caldo de cultivo en que germinan la violencia y la obsesión sexual del Mike Hammer de Mickey Spillane, la crítica acerada de David Goodis, cronista de una sociedad regida por el miedo y en la que cualquier ciudadano pude convertirse en víctima, y la solidaridad y la denuncia de la corrupción que caracteriza la obra de William P. McGivern.
    Sólo por el personaje de Philip Marlowe, una de las creaciones más extraordinarias del género, Raymond Chandler (1.888-1.959), el renovador y maestro indiscutible del “hard boiled”, junto a Hammett, ocupa ya un lugar en primera fila en la novelística contemporánea. Marlowe, que entró inmediatamente en la leyenda, en gran parte gracias a las interpretaciones cinematográficas de Humphrey Bogart, se caracteriza por ser un hombre sensible y solitario, apasionado por la verdad, moralista y algo cínico. La corrupción de la sociedad, donde la obtención del dinero y el poder lo es todo, es uno de los temas prioritarios en el conjunto de la obra de Chandler, y puede afectar tanto a las fuerzas policiales como a los políticos. Enfrentados a esa corrupción y al paso del tiempo que todo lo destruye, lo único a lo que pueden aferrarse los protagonistas de Chandler, hombres duros e independientes, acostumbrados a codearse con criminales y policías, es su código individual del honor.
    Partiendo de Chandler, Ross MacDonald (1.915-1.983) crea una serie de novelas protagonizadas por Lew Archer (ex-delincuente, ex-policía, antiguo miembro del contraespionaje americano y divorciado), narrada en primera persona por el propio detectiva, especializado en los dramas familiares de la decadente clase alta californiana. La obra de esta autor, pesimista y desencantada, experimenta una evolución que va desde una primera época caracterizada por la acción y la violencia hasta una segunda etapa de mayor distanciamiento y objetividad que lleva a actuar a Archer en un segundo plano, como una especie de hilo conductor de la trama, en la que el detective desempeña el papel de psicólogo.
    Patricia Highsmith, escritora americana residente en Europa, es la figura femenina más destacada de la novela negra. El grueso de su producción se inscribe en la psicología criminal y en la crook story; el delincuente como protagonista. Su obra destaca especialmente por centrarse en la génesis del crimen, que suele partir de una gran idea, y por la singular importancia que le concede al comportamiento del delincuente, generalmente masculino, mezcla de instinto y razón. Todo ello está enmarcado en ambientes de la vida cotidiana y contado a un ritmo lento que contribuye a crear una peculiar atmósfera de violencia verbal y psicológica. Frente a la versión maniquea que frecuentemente se ofrece de la realidad en la novela de detección, el conjunto de la obra de Patricia Highsmith nos presenta un aguafuerte complejo, frío y corrosivo de las relaciones humanas, en especial las de pareja. El inquietante y peculiar delincuente Tom Ripley, protagonista de varias de sus obras, ilustra lo dicho.
    Cabría destacar, por último, la obra policíaca de Fredric Brown (1.906-1.972), adscribible plenamente a la psicología criminal, aunque su lirismo fantástico y su sentido del humor algo surrealista lo alejan un tanto de los cánones de esta corriente. En sus argumentos pueden rastrearse elementos autobiográficos y una despiadada crítica de la sociedad. Brown explora la moral oculta de dicha sociedad, valiéndose de un sutil análisis del comportamiento de sus personajes, a los que a menudo coloca en situaciones al borde de la pesadilla. A partir de los años sesenta la novela negra deja de ser un coto cerrado para escritores norteamericanos y su influjo se expande por todos los países del mundo occidental, arraigando especialmente en Francia, Italia y España con novelistas de la talla de J.P. Manchette, de G. Scerbanenco y de Manuel Vázquez Montalbán, respectivamente. Y es tal la cantidad de escritores que surgen, con sus peculiares interpretaciones del personaje del detective privado, que resulta imposible enumerarlos en este breve recorrido por la novela policial. Ello es muestra inequívoca de que este género es el paradigma por excelencia de la cultura urbana y postindustrial, al margen de sistemas políticos, sociales y económicos. Que el género policial permanece abierto a cualquier realidad lo prueba su capacidad para adaptarse temáticamente a las consecuencias de los sucesos históricos más relevantes, ya sean los asesinatos de los Kennedy y Martin Luther King, las guerras de Vietnam , Afganistán, los Balcanes, el terrorismo, los movimientos hippy o punk, las revueltas raciales de la población negra en los Estados Unidos en la década de los sesenta,etc...Asimismo ha sabido amoldarse a las transformaciones sociales con sus nuevas pautas morales y formas delictivas que van desde el terrorismo internacional a los complejos delitos financieros. Novelistas de ganado prestigio como Truman Capote con “A sangre fría” de 1.965 o Norman Mailer con “Un sueño americano” del mismo año se decantan hacia el tema criminal y obtienen un gran éxito de ventas, lo que lleva a otros escritores a la busca de un resonante best-seller como el logrado por Mario Puzo con “El padrino” en 1.969. Las crecientes reivindicaciones raciales tienen como consecuencia la aparición a mediados de los sesenta en la literatura, y en el cine, de una pléyade de detectives negros, rompiendo así con la tradición del género de que estos, tanto privados como oficiales, sean de raza blanca. De entre ellos habría que destacar a Sepulturero Jones y Ataúd Ed Johnson, protagonistas de varias novelas de uno de los mejores narradores de este periódo: Chester Himes (1.909-1984). Los métodos de los policías de Himes se basan en la brutalidad, producto de la dura realidad en que se mueven, la jungla del superpoblado barrio de Harlem, en Nueva York, verdadero epicentro de todas estas obras. El protagonismo concedido a los negros es también una de las variadas facetas del prolífico Donald Westlake, uno de los valores más sólidos de la novela negra. En su compleja y amplia producción destacan la humanidad, el lirismo, y, sobre todo, el humor. Este último, junto con la ironía y el sarcarmo, está basado en el planteamiento de situaciones absurdas en un contexto realista, lo que lo convierte en un renovador del género. El éxito de las colecciones policíacas, la creciente celebración de premios y congresos, las continuas adaptaciones cinematográficas y televisivas y la utilización del estilo narrativo policíaco por parte de un gran número de escritores contemporáneos, como Umberto Eco o Eduardo Mendoza, parece confirmar que el género policíaco goza todavía de mejor salud que nunca, a pesar de los agoreros que no dejan de vaticinar su próximo fin. El género policíaco ha atraído a tantos y a tan diversos lectores, que ha llegado a decirse que es una auténtica máquina de crear lectores. Espero que, si aún no es así, muchos descubran también la fascinación que ejerce el misterio y el placer que proporciona resolverlo tras una lectura atenta y creativa.
    28 min
  • Nada más que libros - El relato policial - IV
    “A eso del mediodía me arrojaron del camión de heno. Me había montado en él la noche anterior en la frontera, y apenas tendido bajo la lona me quedé profundamente dormido. Estaba muy necesitado de ese sueño, después de las tres semanas que acababa de pasar en Tijuana, y dormía aún cuando el camión se detuvo a un lado del camino para que se enfriase el motor. Entonces vieron un pie que salía debajo del la lona y me arrojaron al camino”.
    “El cartero siempre llama dos veces”. James M. Cain.
    Al mismo tiempo que la novela enigma alcanzaba su apogeo con personajes como Poirot, se producía un fenómeno que iba a revolucionar las claves del género: el nacimiento en EEUU de la novela negra, principalmente de la mano de Dashiell Hammett y su investigador Continental Op, paradigma de un nuevo tipo de detective privado, el “hard-boiled” que sería algo así como “duro de pelar” o “duro de roer”, casi tan violento, cínico y marginado como pueda serlo un delincuente. Su ascensión va a ir ligada a la miseria y a la creciente violencia de la sociedad norteamericana de los años veinte y treinta. Esta reconversión del género policíaco en una literatura de alcance social que desdeña el universo burgués, el divertimento mental, coincide con la promulgación de la ley Volstead, más conocida popularmente como la “ley seca”. Su entrada en vigor supone, de inmediato, la aparición de los distribuidores que suministran alcohol de contrabando tanto a los bares y restaurantes como a las salas de espectáculos y prostíbulos. El fabuloso negocio que se origina gracias a este comercio clandestino trae consigo la aparición de los gángsters, cuyas fechorías y asesinatos van a ocupar las portadas de todos los periódicos. Envalentonados por el terror que imponen en la vía pública, inician una imparable ascensión hacia el control del poder, ayudados por políticos y funcionarios corruptos.
    En este contexto, unos valerosos escritores de relatos policíacos deciden abordar con honestidad y rigor esta cotidiana realidad criminal con temas como el gangsterismo, el crimen político, el canibalismo económico y la piratería financiera. El tratamiento realista de la temática criminal, coetáneo del realismo de Hemingway, Dos Passos, Steinbeck y Faulkner les lleva a incorporar a la novela policíaca técnicas de origen periodístico, un estilo oral antirretórico, un pretendido objetivismo absoluto, un ritmo rápido con diálogos concisos, plagados de expresiones de argot, y unos ambientes y personajes propios de la cultura urbana, especialmente esos detectives brutales y desenvueltos, aficionados al whisky y a las mujeres, que surgen como respuesta a toda esa violencia. En el nacimiento de la novela negra tiene también una importancia decisiva el espectacular auge de la cultura de masas (cine, radio, prensa, jazz, cómic etc.) fruto del bienestar económico de los años veinte, los espectaculares avances tecnológicos y la liberación de la mujer. Uno de los medios de difusión más efectivos lo constituyen las revistas populares, las “pulp magazines”, editadas en papel de pulpa de madera muy barato. Entre ellas destaca “Black Mask”, por la narración directa y realista, el lenguaje coloquial y la acción violenta y trepidante.
    La corrupción de los cargos públicos, en connivencia con el gangsterismo, se refleja en la novela negra en el retrato de la delincuencia profesional desde su propio interior, ya sea el gángster de la Prohibición o el pistolero de la Depresión. Se abre con ello una línea temática que a partir de entonces intentará dar cuenta de la relación del delito y la violencia con la sociedad. El otro tema importante de esta época es el del desigual enfrentamiento entre el defensor de la voluntad popular y los representantes del poder envilecido. De ahí que los protagonistas de las novelas sean tanto delincuentes, gangster sobre todo, como defensores de la ley. Entre los primeros cabría recordar a César Enrico Bandello, de William Riley Burnett y a “Scarface” Tony Lamonte (inspirado en Al Capone), de Maurice Coon. Entre los segundos destacan especialmente Continental Op, Sam Spade y Nick Charles de Dashiell Hammett (1.894-1.961).
    A Hammett le corresponde el mérito de aglutinar los factores que hicieron posible el nacimiento de la novela criminal realista. El insólito vigor y la autenticidad casi documental de su obra se deben sin duda al hecho de haber trabajado como detective privado. El secreto de sus éxito reside más en sus personajes y su lenguaje que en la historia misma. Su originalidad estriba en el tratamiento objetivo de la narración, en los componentes emocionales del relato, descubiertos por el lector a través del diálogo y del propio comportamiento de los personajes, sin apenas descripciones. Su primer gran detective, Continental Op, uno de los pilares de “Black Mask”, está inspirado en el que fuera jefe de Hammett en la agencia de detectives Pinkerton, de Baltimore. Pese a haber publicado en 1.927 “El gran golpe”, una buena novela centrada en un análisis de una víctima de la sociedad, a el autor no le llegó la celebridad como escritor hasta 1.929, año decisivo en su carrera por la publicación de novelas como “Cosecha Roja” y “La maldición de los Dain”; es, sin embargo, “El halcón maltés” de 1.930 el libro que le consagrará definitivamente y en donde aparece Sam Spade, el detective que, junto a Nick Charles, de “El hombre delgado”, lo va a inmortalizar.
    La depresión económica que sigue al crack de la Bolsa de Nueva York en 1.929 afecta a todas las clases sociales, con lo que el paro experimenta una vertiginosa escalada. Estos años suponen el desmoronamiento de los valores puritanos, burgueses y conservadores, y traen consigo la miseria y la injusticia para los sectores más oprimidos, lo que facilita la aparición del delito como forma de supervivencia; y todo ello, pese a la buena voluntad de las propuestas del propio presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, quién, al ganar las elecciones en 1.932, propugnó con su “New Deal” un plan de reconstrucción del país para equilibrar el reparto de riqueza. La novela negra se adentra durante este periodo en el campo de la literatura social al tratar, primordialmente, el tema del individuo marginado por el sistema. No es de extrañar, pues, que los protagonistas de la narrativa policíaca sean, a menudo, delincuentes a la fuerza que han sido víctimas irremediables de la injusta organización de la sociedad. Los autores más destacados son James M. Cain, Horace McCoy, Don Tracy, Jim Thompson y William Irish.
    Entre todos ellos, quizá sea James M. Cain (1.892-1.977) quién mejor refleje esta nueva manera de entender el género, basada en la violencia y en la autenticidad del lenguaje. Sus protagonistas son personas corrientes que por motivos pasionales se convierten en asesinos. A esto añadirá en sus obras posteriores un mayor interés por las circunstancias psicológicas que conducen al hecho delictivo, lo que convertirá a Cain en el máximo exponente de la “psicología criminal”, en una linea similar a la que seguirán más tarde tanto William Irish como Patricia Highsmith. Sobre los protagonistas de Cain gravita un fatalismo que los impulsa al asesinato y que determina que, en el momento de matar, los acontecimientos se vuelvan contra ellos. Así cuanto más inteligentes parecen, más se esfuerza el destino o la propia conciencia en condenarlos. Esta época de la Depresión es también el universo en el que quedan apresados los protagonistas de las historias de Willian Irish (1.903-1.968), seudónimo de Cornell Woolrich, considerado como el creador de la novela de suspense, caracterizada por el procedimiento de hacer surgir obstáculos que parecen infranqueables. Estas trabas provocan, tanto en el personaje como en el lector, una espera angustiada y es precisamente esa espera lo que constituye el suspense. Toda su producción está ambientada en el Nueva York de esos terribles años, y en ella se respira el clima de pesadilla en el que viven envueltos sus personajes. Sus grandes temas son la muerte (sobre todo, el proceso de la muerte del amor) y el mal que acecha al inocente. En esta carrera contra el tiempo y la muerte, la víctima será fatalmente perseguida por un conjunto de fuerzas destructoras, que harán inútil su obsesión por salvarse o por vengar al ser amado. La febril emotividad del argumento genera una atmósfera casi insoportable para el lector, una tensión emocional que no desaparece ni con el final del relato.
    Ambientación musical: Jazz Negro
    1-Harlem Nocturne
    2-Why Don't You Do Right?
    3-Angel Eyes
    4-My Funny Valentine
    5-Moonlight Serenade
    6-Night and Day
    8-Waitin' For A Train To Come In
    9-In A Sentimental Mood
    10-Moonlight in Vermont
    11-Round Midnight
    26 min
  • Nada más que libros - El relato policial - III
    “Edgar Allan Poe sostenía que todo cuento debe escribirse para el último párrafo o acaso para la última línea; esta exigencia puede ser una exageración, pero es la exageración o simplificación de un hecho indudable. Quiere decir que un prefijado desenlace debe ordenar las vicisitudes de la fábula. Ya que el lector de nuestro tiempo es también un crítico, un hombre que conoce y prevé los artificios literarios, el cuento deberá constar de dos argumentos: uno falso, que vagamente se indica, y otro, el auténtico, que se mantendrá secreto hasta el fin”.
    -Jorge Luis Borges-
    Como hemos visto en el anterior programa, el relato de aventuras policíacas, ligado todavía a la novela popular, es la forma predominante del género policial hasta los años veinte, salvo en los casos ya reseñados de Freeman y Chesterton. Pero en esos años se produce un cambio radical en este tipo de relatos con la aparición de la “novela problema” o “novela enigma”, que cultivarán talentos literarios tan destacados como Agatha Christie y Ellery Queen. En esa época la novela policíaca se aburguesa: autores, personajes y lectores pertenecen cada vez más a esa clase social, y los delitos y sus móviles se amoldan a este nuevo público. Las literaturas anglosajonas, por otro lado, se apropian del género, destacando especialmente los autores norteamericanos.
    En general, los escritores de este periodo, además de criticar las obras del pasado por sus imperfecciones formales, imponen reglas destinadas a potenciar el juego limpio (fair play) entre autor y lector, para que este último y el investigador cuenten con la misma información. El detective deducirá conclusiones lógicas e inevitables de las pistas que van apareciendo a lo largo del relato. El crimen será forzosamente un asesinato, y el criminal, una persona de clase social elevada, al igual que el resto de los sospechosos. Los móviles del asesino, siempre personales y racionales, excluirán a los profesionales del crimen, a los criados y a los propios detectives. La investigación policíaca se convierte, en virtud de estas normas, en el centro de gravedad de la historia. Se recomienda la unidad de la trama y la limitación del marco espacial. Temáticamente, los autores inciden en el problema del recinto cerrado o se decantan por el concepto del crimen perfecto. Junto a los detectives privados y a los simples aficionados, aparecen los policías profesionales, que actúan guiados por el principio de que “el criminal nunca gana”. Lo que más cambia en la tipología del detective es su aspecto físico. A finales de los años veinte, en conclusión, quedaron establecidos los límites dentro de los cuales deberían operar los escritores de historias detectivescas.
    Las tiradas de literatura policíaca, en esta época, superaron ampliamente las de cualquier tipo de literatura popular. Y de esta popularidad gozó durante toda su vida la prolífica Agatha Christie (1.891-1,976), que sintetiza los rasgos paradigmáticos de la novela problema. La idea de escribir una novela policíaca se le ocurrió durante la 1ª Guerra Mundial cuando ejercía de enfermera voluntaria en un dispensario, en cuyo laboratorio había toda clase de venenos. Tal vez por ello, en su primera novela, “El misterioso caso de Styles” de 1.920, el propietario de un viejo caserón en Essex es envenenado con estricnina. Pese a que esta obra pasó prácticamente desapercibida, Agatha Christie alcanzaría pronto el éxito con “El asesinato de Rogelio Ackroyd” de 1.926, uno de los clásicos del género, gracias al original planteamiento de estar narrado por el asesino. El misterio es, naturalmente, desentrañado por Hércules Poirot, un orondo y minucioso detective belga que habla con marcado acento extranjero y que está dotado, según la autora, de miles de pequeñas células grises, verdaderos engranajes de su prodigiosa e infalible inteligencia. Poirot descubre en el lugar del crimen los indicios que pueden conducirle al culpable. El interrogatorio de los testigos y sospechosos completa su método para resolver el misterio.
    A mediados de los años veinte, gran número de escritores norteamericanos se sentirían atraídos por la novela enigma, si bien alcanzarán resultados diferentes de los conseguidos por los ingleses, ya que el marco en el que se desarrollan sus historias es muy distinto: mientras que los novelistas británicos sientes predilección por las mansiones aristocráticas de su campiña y los personajes de clase social elevada, los norteamericanos van a preferir las bulliciosas ciudades, la diversidad racial y la dispar educación de las gentes. Frente al estatismo de la novela inglesa, la acción y el movimiento van a ser los ingredientes habituales de la americana. Curiosamente, el primero en romper el fuego no es un detective americano sino chino, el sargento de policía de Homolulú Charlie Chan, con “La casa sin llaves” de 1.925, debido a la pluma de Earl Derr Biggers, (1.884-1.933). El impacto popular de Charlie Chan se debió a un conjunto de circunstancias: sus originales métodos deductivos, su peculiar lenguaje y su agitada vida como padre de doce hijos. Un año más tarde aparece Philo Vance. Su autor, S.S. Van Dine, seudónimo del crítico de arte Willard Huntington Wright (1.888-1.939), lo ideó como a un verdadero superhombre: casi metro ochenta de estatura, extraordinario deportista, aristócrata, inmensamente rico, elegante y una verdadera enciclopedia de conocimientos. Este pedante esteta, que vive en las dos últimas plantas de un edificio de Nueva York, elabora sus teorías con manifiesto desprecio de las pruebas materiales, que sólo sirven para confirmar sus conclusiones. Al disociar el problema de la realidad, el relato entendido como un rompecabezas llega a su máxima expresión.
    El éxito obtenido por estos maestros y la enorme demanda de este género provoca la aparición de colecciones y editores consagrados a la literatura criminal y, en consecuencia, la floración de una pléyade de novelistas policíacos procedentes, fundamentalmente, del periodismo. Este es el caso del humorista Anthony Berkeley Cox (1.893-1.970), que hacia 1.925 comenzó a escribir novelas policíacas. A esta inesperada afición debemos el infalible detective Roger Sheringham, que alcanza su mayor resonancia popular en 1.929 con “El caso de los bombones envenenados”. Berkeley Cox, que urde enigmas muy originales, parte del supuesto de Freeman según el cual, para planear un crimen, el asesino debe ser de una inteligencia superior, diestro en falsear las apariencias, y sus motivos simples y poco numerosos.
    Francis Iles, seudónimo que empleó este autor, es considerado un renovador del género porque, aunque en su primera novela el detective acapara todo el protagonismo, este es desplazado en obras posteriores al asesino, y, finalmente, a la propia víctima, que lo es sólo porque “sospecha” que lo es. A Anthony Berkeley Cox debemos también la fundación en Londres del “Detection Club” en 1.928, asociación que promovió unas reglas generales sobre la novela policíaca….que sus miembros incumplían. Su primer presidente fue nada menos que Chesterton, y una de sus figuras más significativas fue su secretario, Dickson Carr. El escritor norteamericano John Dickson Carr (1.906-1.977), uno de los pocos que durante la revolución del “hard-boiled” permaneció fiel al enigma clásico de estirpe inglesa, se especializó, después de trasladarse a Inglaterra, en novelas problema centradas en crímenes cuyo escenario es una habitación cerrada (uno de los máximos desafíos de la novela de enigma), resueltos con lógica impecable. El propio autor ha teorizado sobre las posibles soluciones de este problema.
    La novela criminal clásica alcanza su plenitud con la aparición en 1.929 de Ellery Queen, seudónimo de los primos hermanos Manfred B. Lee y Frederic Dannay, americanos como Dickson Carr. El seudónimo empleado por los autores es, al mismo tiempo, el nombre del investigador aficionado protagonista de la aventura. Con este artificio se eliminan las fronteras entre realidad y ficción, entre escritor y detective. Su personaje Ellery Queen, joven autor de novelas policíacas de cierta notoriedad, atlético e intelectual, vive con su padre, el inspector Richard Queen, al que ayuda en la resolución de los casos. Así, Ellery y Richard representan los dos aspectos básicos de la investigación: mientras el padre recoge indicios, el hijo los interpreta. En sus primeras novelas el autor introdujo el llamado “desafío al lector” al preguntarle, en un momento dado, si ya sabe quién es el asesino. Este desafío es el resultado de llevar el juego limpio a sus últimas consecuencias, ya que los autores alardean de haber proporcionado al lector todos los indicios y pistas que posee el detective para solucionar el enigma. La larga duración del personaje, más de cuarenta años, permite observar una evolución tanto en su carácter y personalidad como en el estilo de sus aventuras, que en los últimos años se decantará hacia el realismo crítico algo costumbrista.
    Otros héroes populares que siguieron la estela de Ellery Queen fueron el abogado Perry Mason, creado por Erle Stanley Gardner (1.889-1.970), y el voluminoso Nero Wolfe de Rex Stout (1.886-1.975, el detective más gordo de la historia, con unos 140 kilos de peso, un verdadero gourmet que no sale apenas de casa, donde cultiva rarísimas orquídeas. La moda de la novela policíaca, que no había dejado de acrecentarse en Francia desde los tiempos de la 1ª Guerra Mundial, llegó en ese país a su máximo grado de expresión en los años treinta con Georges Simenon (1.903-1.986), fecundo autor que escribió más de cuatrocientas novelas, cerca de mil relatos y una quincena de libros autobiográficos y que permaneció al margen de tendencias y modas. Debe su enorme popularidad (se calcula que ha tenido más de cuatrocientos millones de lectores) a la creación del comisario Maigret. Este miembro de la policía judicial, seguro de si mismo, imperturbable y educado, con cierto aire de campesino, es un hombre de más de cuarenta años, extraordinariamente humano, que conserva la curiosidad por las personas y las cosas. La pipa, el abrigo o la gabardina y el sombrero forman parte de la indumentaria que lo ha hecho célebre. Maigret trata de empaparse de la atmósfera, del ambiente que rodea el crimen. Resolver el enigma consiste, de este modo, más que en la acumulación de indicios, en comprender la crisis psicológica que trastorna al asesino en el momento del crimen. Esta perspectiva permite a Simenon trazar una pintura de escenarios grises y mediocres (calles, tiendas, hoteles, cafés… por los que Maigret deambula) y personajes patéticos cuyo drama conmueve profundamente al lector.
    34 min
  • Nada más que libros - El relato policial - II
    “ Al repasar mis notas sobre los setenta y pico de casos en los que, durante los últimos ocho años, he estudiado los métodos de mi amigo Sherlock Holmes, descubro que se puede calificar a muchos de trágicos a algunos de cómicos, a bastantes simplemente de extraños, pero a ninguno de vulgar; y es que Holmes no trabajaba para enriquecerse, sino por amor a su arte, se negaba a intervenir en cualquier investigación que no tendiera a lo infrecuente o incluso a lo fantástico”.
    El Dr. Watson al principio del relato “La banda moteada”.
    Gran número de escritores compitieron con Conan Doyle en la creación de superdetectives durante el periodo que media entre la publicación de “Las aventuras de Sherlock Holmes” en 1.891, y el estallido de la Iª Guerra Mundial, en 1.914. Así Hal Meredith creó una de las réplicas más populares de Sherlock Holmes, Sexton Blake, antiguo médico criminólogo y detective privado, con una mente superdotada y una extraordinaria habilidad para el maquillaje. Edward Wallace, autor extremadamente prolífico, creó “los cuatro hombres justos”, implacables vengadores de la sociedad que se rigen por un código de justicia, sintetizado en el lema: “la muerte es nuestra pena favorita para todos los delitos”. De la baronesa Emmuska Orczy, famosa por la creación de Pimpinela Escarlata, es “El viejo del rincón”, que solucionaba intrincados casos mientras permanece sentado en un salón de té ingiriendo vasos de leche y porciones de tarta de queso, o atando y desatando nudos en un cordel. Rouletabille, de Gaston Leroux, otra de esas sesudas imitaciones de Holmes, se recuerda hoy por su hábil solución al enigma de la habitación cerrada planteado en “El misterio del cuarto amarillo” de 1.908. El detecive volvería a aparecer en otros libros, entre los que destaca “El perfume de la dama de negro”.
    Personajes igualmente populares fueron algunos antihéroes, los llamados genios del mal, que utilizaban su excepcional inteligencia con fines criminales. Uno de ellos, rival de Sherlock Holmes, fue Raffles, de Ernest William Hornung, cuñado de Conan Doyle. En efecto, Raffles, cínico príncipe de los ladrones, es la antítesis de Holmes. Ofrece la imagen de un modélico caballero inglés, pero lleva la vida de un elegante ladrón de guante blanco. En la misma línea tenemos que situar al personaje creado por Maurice Leblanc (1.864-1.941), Arséne Lupin, nacido cinco años después que Raffles y, como él, postrer vestigio de la tradición del delincuente-héroe. Es otro perfecto caballero aficionado al vino, los duelos y las mujeres. Concibe el robo como un arte y está dotado de un genio comparable al de Holmes, su rival literario; pero más bohemio y fantástico, desprecia el método y le gusta tanto el riesgo que tiene la osadía de hacer declaraciones a la prensa para confundir a sus adversarios sobre sus auténticas intenciones, y así poderlas llevar a cabo sin problemas. La serie de “Fantomas” fue publicada en forma de folletín y se debe a las plumas de P. Souvestre (1.874-1.914) y de M. Allan (1.885-1.969). Este siniestro bandido fue creado con la misión de asustar, por ello sus aventuras se alejan del enigma en beneficio del relato de persecuciones y suspense. Sus cualidades como deportista y adivino, su belleza, su capacidad de transformación y el uso de los inventos más recientes (coches, aviones, submarinos) contribuyeron a popularizarlo. Fantomas nos muestra el poder de la ciencia y la técnica en manos de un criminal. Fu-Manchú, sabio chino creado por el erudito Sax Rohmer (1.833-1.959), una al sadismo la ambición política: su sueño es restablecer el poderío de la antigua China. Igual que en la serie de Fantomas, el miedo, más que el enigma, constituye el plato fuerte de sus historias.
    La novela criminal científica, que acabará por imponerse, representa la otra vertiente que parte de la obra de Conan Doyle. La contribución de Jacques Futrelle (1.875-1.912), resultó esencial para su desarrollo, ya que su personaje Augustus S.F.X. Van Dusen, apodado, no sin razón, “la máquina pensante, es un investigador pionero en la utilización de métodos científicos para la investigación del crimen, como el análisis de sangre o los procedimientos balísticos y las autopsias. Pero el paso decisivo hacia esta vertiente de la novela policial se produce en 1.907 con la aparición de más brillante investigador científico, el Doctor John Thorndyke, héroe creado por Richard Austin Freeman (1.862-1.943). Este autor fue uno de los grandes innovadores de la novela policial; utilizó de manera sistemática la criminología y desplazó el centro de interés del relato desde el delincuente al proceso investigador. Freeman utiliza la técnica de contar la historia a la inversa, comenzando la narración por el final. Esta técnica siempre sigue los mismos pasos:
    1. El enunciado del problema. 2. La presentación de los datos esenciales para resolverlo. 3. El desarrollo de la investigación y la solución del caso, y 4. La discusión de los indicios y la demostración final. En los relatos de Freeman, dominados por el entramado lógico, lo importante es el enigma, y todo lo demás (personajes, ambientación, estilo etc..) es accesorio.
    En abierta oposición a la concepción del relato de Freeman, surge la obra policíaca del polígrafo inglés Gilbert K. Chesterton (1.874-1.936), iniciada con la novela “El hombre que fue jueves” publicada en 1.908. La defensa del género policíaco y, por encima de todo, las cinco colecciones de cuentos del padre Brown, sacerdote católico, detective aficionado, bonachón y aparentemente descuidado, lo han consagrado como uno de los grandes maestros del género. Interesa destacar los ingredientes de humor con que sazona sus relatos, y el especial cuidado que pone en lo literario. Enemigo del cientifismo a ultranza de Conan Doyle o Freeman, Chesterton, más que la lógica, utiliza la intuición, la psicología y la ironía. El método del padre Brown se basa en el conocimiento que de la naturaleza humana le da el confesionario. Su estrategia consiste en adivinar las intenciones del delincuente, situándose psicológicamente en su lugar, pues el objetivo no consiste tanto en resolver un enigma para castigar al culpable como en conseguir su arrepentimiento, su redención, ya que lo considera un enfermo espiritual. De ahí que todos los relatos de este personaje tengan un fondo trascendente. Con la obra de Chesterton el género policial no sólo queda consolidado sino que adquiere, incluso, la carta de honorabilidad que lo catapultará hacia el prestigio del que hoy goza.
    Para terminar el programa de hoy voy a leerles una reflexión de Salvador Vázquez de Parga, escritor y estudioso del género: “Desde sus orígenes, la novela criminal, como género narrativo, comprensivo de múltiples variedades, ha practicado la repetición constante de una serie de esquemas argumentales, pues ciertamente lo que constituye y consolida un género es la repetición. La problemática literaria del crimen, con sus secuelas de suspense, enigma o misterio, ha seguido desde el principio una trayectoria uniforme y repetitiva en su estructura, renovada continuamente por la diversidad de los materiales agrupados alrededor de ella. La novela criminal ha planteado sucesivamente, con relación al crimen, tres incógnitas: La primera ¿Quién lo hizo?, fue la base de la novela policíaca clásica; es el enigma mantenido a lo largo de toda la narración que desemboca en una solución mejor cuanto más inesperada. Posteriormente, una segunda pregunta vino a añadirse a la primera y junto a ¿quién lo hizo? Se trató de averiguar ¿cómo lo hizo?. Esta segunda incógnita se convirtió pronto en la clave del enigma: sólo sabiendo el cómo se podía llagar a descubrir el quién. Finalmente, en un tercer estadio histórico, apareció una nueva incógnita: ¿por qué lo hizo?, que es la que aún hoy día mantiene la vigencia de la novela criminal sin olvidar la atenuada persistencia de las otras dos. Despejar esta incógnita supone descubrir las motivaciones del crimen y abre al escritor un amplio haz de posibilidades que inciden en la psicología, en la crítica social y en el retrato costumbrista”.
    28 min
  • Nada más que libros - El relato policial - I
    “Mientras las primeras narraciones en las novelas policíacas se apoyaban en la ideología de la seguridad y eran la glorificación de la omnisciencia de los personajes encargados de velar por la seguridad de la vida burguesa, en las novelas policíacas actuales priva la angustia, la inseguridad de la existencia, la posibilidad de que el espanto irrumpa en cualquier momento en esta vida que transcurre aparentemente fuera de todo peligro, y que sólo por una feliz casualidad puede estar protegida”.
    Georg Lukács.
    La literatura policíaca se ha ido convirtiendo, con el correr de los años, en un acontecimiento cultural, como lo prueba su creciente difusión y la estimable calidad literaria de algunos autores que la han cultivado. La popularidad de que goza este género debe mucho a los ingredientes que a menudo lo constituyen: una mezcla de juego adivinatorio, acción, intriga, suspense, violencia, sexo, humor….; todos ellos, en dosis variables, conforman una literatura que, en definitiva, recurre con frecuencia al sensacionalismo de que sus detractores la acusan. Pero sin duda hay algo más que todo eso en un género en el que deben inscribirse, en más de siglo y medio de existencia, miles y miles de títulos de muy variado valor y significación. En este y en próximos programas conoceremos algunos hitos fundamentales de este género literario, al que también podríamos denominar de varias maneras: novela negra, novela criminal, novela de suspende, de intriga, detectivesca, etc.
    En principio, y aunque hay quién ve rasgos del género policial en obras tan heterogéneas y remotas como “Las mil y una noches”, “Edipo rey” de Sófocles o “Zadig” de Voltaire, la crítica especializada sólo coincide en señalar como antecedentes inmediatos a la novela inglesa de terror o gótica del siglo XVIII, “Caleb Williams”, novela escrita por W. Godwin en 1.794, las “Memorias” de 1.828, de E.F. Vidocq, legendario ladrón convertido más tarde en el jefe de la “Sûreté” (policía francesa), y finalmente, algunos escritores del siglo XIX que, utilizando la técnica del folletín, describieron los bajos fondos de las grandes ciudades, como es el caso de Balzac, Dumas, Sue o Dostoievski. Esta primera etapa se caracteriza porque en ella el crimen es una forma de protesta social y el criminal un héroe o una víctima de las injusticias de la sociedad. Pero es bien sabido que el género cristalizó, sobre todo, gracias a los cuentos de Edgar Allan Poe, que tienen como protagonista al primer detective literario de la historia, el caballero Auguste Dupin. En ellos se encuentran todos aquellos elementos constitutivos del género que habían permanecido dispersos en obras y épocas anteriores.
    Que el resurgimiento del género policial se produzca justamente en el siglo XIX debe atribuirse a varios factores, entre los que cabría destacar el aumento de la criminalidad a causa de las aglomeraciones urbanas; la creación y organización sistemática de la policía; el espectacular avance de la ciencia, que comportó el consiguiente desarrollo de nuevas técnicas en el análisis de huellas y fisonomías; y, por último, el auge del folletín y la prensa sensacionalista, gracias a su gran número de lectores. En este contexto, es probable que Poe, inspirándose en la tradición popular de las “causas judiciales célebres” de su época, viera en el crimen una forma de misterio que podía resolverse mediante un método basado en el positivismo científico, en el que los fenómenos se relacionan mediante nexos lógicos, y en el determinismo filosófico, según el cual los actos humanos obedecen a leyes previsibles. Este método, aplicado a la narrativa, dará pie a obras, como “Los crímenes de la calle Morgue” entre otras, con las que se origina el relato policial. En sus cuentos, además, Poe creará la mayoría de las convenciones del género.
    El camino iniciado por Poe, sin embargo, no tuvo continuidad hasta que E. Gaboriau, con “El caso Lerouge” de 1.863, y W. Wilkie Collins, con “La piedra lunar” de 1.868, mostraron de manera casi simultánea las pautas por las que iba a discurrir el género en Francia y Gran Bretaña, respectivamente. El mérito de ambos autores consiste en sustituir la figura del detective aficionado por la de un eficaz detective profesional. Tanto Gaboriau como Collins se valen de la aventura para plantear y resolver el misterio. Al primero se le considera el iniciador de la novela policíaca francesa, el llamado “polar”. Su novela antes citada “El caso Lerouge” es la primera novela verdaderamente larga del género, a diferencia de lo anteriormente publicado que no dejaban de ser relatos cortos. De Wilkie Collins habría que destacar, además de su innegable talento para la creación de personajes prototípicos de la sociedad victoriana y del carácter ejemplar o moralizador de la mayoría de sus obras, su extraordinaria capacidad para construir una trama ingeniosa, inspirada tanto en delitos como en hechos misteriosos, y su rigor en la captación de aspectos médicos y legales. Su sargento Cuff, por otro lado, será un claro antecesor de Sherlock Holmes.
    Con ser decisiva la aportación de estos dos grandes precursores para el desarrollo del género, es muy probable que éste no hubiera triunfado de no contar con un público lector más amplio, gracias a las mejoras introducidas en educación, y con unos medios apropiados para difundirlo, fruto de las nuevas técnicas de impresión. Surgen así, a mediados del siglo XIX, las publicaciones periódicas sensacionalistas de bajo precio, que abordan las preocupaciones de la vida en las grandes ciudades. Su nombre y formato variarán según el país donde se editen. Y en una de ellas, una “dime-novel”, o novela de diez céntimos, aparecerá en 1.884 el detective Nick Carter, concebido y desarrollado por un equipo de autores. Este justiciero guardián del orden consagra su vida a la lucha contra el crimen tras el asesinato de sus padres por unos gángsters. Sus hazañas están repletas de acción, por lo que es considerado hoy como un precursor de la novela negra. Los “pulp” eran el soporte donde aparece este nuevo género policial; eran novelas baratas, debido a la escasa calidad de la pasta de papel hecho con pulpa, de donde sacan su nombre, y eran un típico producto de narrativa de evasión para consumo de masas. Solían editar varios relatos por número y se caracterizaban por sus portadas llamativas y sugerentes llenas de color, y por especializarse en cada uno de los diferentes géneros de literatura popular: misterio, terror, aventuras, ciencia ficción, etc. con un lenguaje sencillo y directo, algunas veces obsceno, con la única intención de entretener y provocar sensacionalismo.
    La consolidación del género policial comienza de la mano de Arthur Conan Doyle, nacido en 1.839 y fallecido en 1.930, y, en otra de esas publicaciones populares (The Strand Magazine) donde se dará a conocer el más famoso detective de todos los tiempos: Sherlock Holmes, en los años ochenta del siglo XIX. El triunfo de Holmes fue de tal magnitud que eclipsó a su autor. Innumerables lectores llegaron a considerarlo un personaje de carne y hueso. Al propio creador, Conan Doyle, oscurecido y esclavizado por su criatura, llegó a molestarle tanto este encumbramiento que intentó eliminarle en el relato “El problema final”, cuando Holmes y su acérrimo enemigo, Moriarty, caen en mortal abrazo por las cataratas de Reichenbach. Afortunadamente, las presiones de la madre del autor, el unánime enfado de sus lectores y las compensaciones económicas que el personaje le proporcionaba impidieron que ese “asesinato” fuera definitivo, y se produjo, por tanto, la deseada resurrección del héroe. Acaso contribuyó no poco a esta multitudinaria acogida el hecho de que Holmes, según comenta el propio autor, estuviera inspirado en un ser real: el cirujano Joseph Bell, antiguo profesor suyo, de quién toma sus rasgos físicos (figura delgada, rostro aguileño, mirada irónica) así como las observaciones y deducciones que distinguen el método del genial detective. Del mismo modo, el no menos popular Dr. Watson parece ser un retrato caricaturesco del propio Conan Doyle. Gran parte del atractivo de Holmes, reside a su inmunidad frente a las debilidades y pasiones del hombre corriente. Está, además, su compleja y controvertida personalidad (egocéntrico, vanidoso, adicto a la cocaína, misógino etc.), su característico atuendo (abrigo, gorra, lupa y cachimba) y sus dotes excepcionales, como su virtuosismo con el violín, la maestría en el disfraz, en el boxeo, en la esgrima y una extensa cultura en áreas relacionadas con el crimen. Lo auténticamente innovador de Conan Doyle estriba en dotar a su personaje de un implacable rigor en su método de trabajo, a pesar de que entonces apenas existían libros de criminología. El método de investigación de Holmes llega a ser tan esencial que condiciona la estructura del relato. Así, la narración, llevada a cabo por Watson, suele comenzar con una entrevista al posible cliente y con una serie de deducciones que Holmes realiza a partir de la simple observación del visitante. Esta entrevista sirve para presentar el enigma. Acto seguido, se pone en marcha la investigación (búsqueda de indicios y formulación de hipótesis), que obliga a salir a nuestros héroes de sus habitaciones en busca de la aventura. Una vez verificadas sus teorías y resuelto el caso, tras rocambolescas peripecias, Holmes explica brillantemente el misterio ante un Watson atónito, que es el reflejo del deslumbramiento del propio lector. Holmes inaugura una tradición de brillantes detectives privados, todos con curiosas excentricidades, que se creen superiores a la policía y que tendrán su propio código de justicia. Con él culmina cierta manera de entender el género, caracterizada por un equilibrio entre aventura y enigma. La semilla sembrada por Arthur Conan Doyle, verdadero impulsor del género, iba a resultar extremadamente fructífera, pues dará lugar a dos tendencias: la de aventuras criminales, protagonizada por superdetectives o genios del mal, y la que considera el crimen como algo que hay que estudiar con técnicas de laboratorio, la novela criminal científica.
    En fin amigos, así terminamos con la 1ª parte, de la novela policial; en el próximo programa continuaremos con la historia, y sus protagonistas, de este género literario tan apasionante.
    AMBIENTACIÓN MUSICAL
    1. They Already Knew – Artista - Eoin Mantell
    2. Isotopes 1 – Artista - August Wilhelmsson
    3. Make No Mistakes – Artista - Hector Posser
    4. The Miner – Artista - Both Are Infinite
    5. Impasse – Artista - Silver Maple
    6. Salvation Is Coming – Artista - Eoin Mantell
    7. Superior – Artista - Silver Maple
    8. Homestead – Artista - Robert Ruth
    9. Nemesis – Artista - Alec Slayne
    10. Confidential Reports – Artista - Alec Slayne
    29 min

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