NADA MÁS QUE LIBROS

NADA MÁS QUE LIBROS

By MANUEL ALCAINEArts
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NADA MÁS QUE LIBROS episodes

  • Nada más que libros - El Quijote
    “ Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha habían visto; vieron las galeras que estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se descubrieron llenas de flámulas y gallardetes, que tremolaban al viento y besaban y barrían el agua; dentro sonaban clarines, trompetas y chirimías, que cerca y lejos llevaban el aire de suaves y belicosos acentos…….”
    El Quijote. Capítulo 56. 1ª parte. (llegada a Barcelona).
    En la obra cumbre de Cervantes el audaz y delicado manejo de la realidad y la fantasía, esa tensión tozuda, produce en el lector una percepción única. Y al fino contraste entre el mundo material y el del espíritu añade el autor un delicado toque de humor, entre serio y melancólico. Don Quijote es ingenioso y espiritual, Sancho materialista y práctico, y ambos están forzadamente resucitados en el antiguo y conocido esquema (al menos para el lector de entonces) de los libros de caballerías. De todo ello brota un efecto que va más allá de la caricatura porque un lector puede empezar admirando la comicidad, pero después descubre propósitos más enraizados en la esencia del hombre, expuestos con un tono entre imperativo y humilde que es lo que produce incredulidad, pero al mismo tiempo grandeza porque su postura, la del autor, no queda clara: ¿se burla Cervantes? nos preguntamos ¿de qué se burla?. Señala el novelista francés Flaubert que estamos ante “la perpetua fusión de la ilusión y la realidad, que hace de el Quijote un libro tan cómico como poético”.
    Coinciden los comentarios de los entendidos en sospechar que el propio autor se vio desbordado por el héroe. Don Quijote no fue sino un sujeto de buen talento, extraviado ridículamente por la locura; lo más espiritual del personaje, las delicadas excelencias del alma, estaban en el libro, sí; pero su propio padre no acertó a verlas, y son sus lectores, a través de los siglos, los que han descubierto lo mejor del tesoro de esta gran novela. Don Quijote y Sancho encarnan dos modos de ser que resumen la actitud humana. Nos agradan porque son personajes muy concretos que viven los grandes problemas de la existencia, porque no pretenden presentar ni demostrar tesis alguna, y porque cada lector puede darle la interpretación que más se acomode a su espíritu y pensamiento. Sancho tiene naturalidad en el lenguaje; Don Quijote, refinamiento. Pero Cervantes no da la razón a ninguno. Después de enfrentamientos, dudas y una larga convivencia terminan Sancho y don Quijote adaptándose el uno al otro en una ejemplar amistad. El interior de Sancho desea el poder y encierra, en su mundo de aparente insignificancia, una disposición tan complicada y sugestiva como la de su amo que lucha por ser recompensado por la gloria.
    Para el poeta Luis Rosales “ don Quijote padeció humillaciones porque tenía que padecerlas. La humillación es el supuesto previo a su heroísmo. Lo que define a Don Quijote no son sus aventuras, sino el espíritu con que las afronta. La serie interminable de fracasos y humillaciones aumenta su talla heroica y humana”. Y para el historiador Américo Castro “Cervantes personalizó y universalizó genialmente el tema del vacío angustioso del vivir español”. La naturalidad y estilo llano de la novela junto a la enorme magnitud de su contenido y forma pueden transmitir la impresión de que el autor acertó por casualidad, que no tuvo conciencia de la importancia de lo que había escrito. Cuando con sesenta y ocho años redactó la segunda parte de la obra vivía Cervantes casi en la miseria. Había padecido desdichas de toda suerte en la guerra y en el cautiverio y su hogar no era un ejemplo de honorabilidad. Pone entonces un velo a su entorno y utiliza la burla de otras vidas, la de los lectores de los libros de caballerías cuyos textos ridiculiza, y plasma todo su ingenio de viejo, de buen humor y de ironía ante la vida.
    Dio Cervantes forma a sus ideas con un estilo sencillo, directo y natural, tan envuelto en lo popular como en lo culto y al alcance de cualquier lector: “A la llana – como indica en el prólogo fingiendo que son consejos de un amigo - , con palabras significantes, honestas, y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pintando, en todo lo que alcanzareis y fuera posible, vuestra intención; dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos ni oscurecerlos”. Pero al mismo tiempo tenía que sugerir la ambigüedad de la vida misma. Por eso se propone como única aparente finalidad el entretenimiento:”procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se vuelva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla”. Y ahí dejó los problemas y las ideas universales como quién bromea aparentando que se trata sólo de una historia entretenida. Una serie de trabas procedentes de los manuales de retórica y poética, condicionaron al Cervantes autor de la primera parte. A la estética de los libros de caballerías, añadió, a modo de estandarte, la de otros géneros narrativos (novela sentimental, novela pastoril, etc.). Ese precepto literario que se impone condiciona al escritor y lo obliga a interrumpir su relato, a introducir varios planos narrativos, a dejar en suspense un desenlace para ocuparse de otro, a zigzaguear, en definitiva, en busca de ir encajando unas historias en otras que sirven de marco, organizándolas en cadena en un doble o triple plano narrativo para que las piezas encajen.
    Plurales son los puntos de vista y multiforme y laberíntica la realidad de personajes prototípicos que desempeñan multitud de funciones. Luego va atando cabos sueltos para dar forma y conclusión a sus respectivas historias. Las ventas sirven de milagroso y recurrente lugar de encuentro, cruce de vidas distintas, reducido espacio para limar historias y hacer que convivan personajes de distintos orígenes y condiciones. Cuando Cervantes se desprende en la segunda parte de sus condicionantes y se deja llevar libremente por su impulso creador, su saber y dominio de la técnica narrativa se despliega y avanza con ritmo firme y sostenido, aunque no prescinda del todo, a pesar de lo que indica en el prólogo, de las historias extrañas a la principal. Tiene además el acierto de asentarse en su edición anterior, que saca del mundo de la ficción para convertirla en real, para dar por evidente la existencia de sus héroes. Algo parecido hace con la apócrifa versión de Avellaneda, hace así de la primera parte de su libro un elemento novelesco de la segunda parte, otra vez una novela dentro de la novela.
    Cervantes, mientras resalta en la primera parte una gran riqueza imaginativa, en la segunda investiga más, a través de los extensos diálogos, el valor humano de sus protagonistas; en la 1ª parte don Quijote acopla la realidad a su imaginación, en la 2ª la ve como es (las ventas ya no son castillos). Serán ahora los otros personajes quienes falseen la realidad para amoldarla a la caballeresca imaginación del hidalgo. Goza también don Quijote en esta segunda mitad del libro de una consideración y estima desconocidas en la primera. Por todos estos rasgos y algunos más nadie termina el Quijote y sigue siendo el mismo hombre; nadie termina la última página sin comprender que su lectura ha servido de penitencia. El libro gustó desde su aparición. Tuvo un éxito inmediato, unánime, y ha sido objeto de admiración en todas las épocas. La evolución de las modas y los gustos literarios no le ha perjudicado. Supo Cervantes elevar a don Quijote a pedestal tan elevado que le concede el privilegio de anteceder el “don” a su nombre, que el propio Miguel de Cervantes no tenía, y dar al héroe una existencia independiente que le hace hoy ser más popular que su autor. “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” no ha dejado de publicarse nunca y se ha traducido a decenas de lenguas entre ellas el hebreo, el mongol y el esperanto. Maneja la extensa obra 607 personajes masculinos y 62 femeninos, de las más diversas procedencias y orígenes sociales, descritos y analizados con 9.350 palabras distintas utilizadas en sus diversas formas. Se puede decir que “el Quijote” inaugura la novela moderna por su poder de representación de la realidad, por su capacidad para registrar la amargura humana y la tristeza de las desilusiones, y por su empeño en hacer ínfima la vanidad y la falsa trascendencia mediante la parodia.
    27 min
  • Nada más que libros - Bertolt Brecht
    “ Me gustaría ser sabio también. Los viejos libros explican la sabiduría: apartarse de las luchas del mundo y transcurrir sin inquietudes nuestro breve tiempo. Librarse de la violencia. Dar bien por mal, no satisfacer los deseos y hasta olvidarlos: Tal es la sabiduría. Pero yo no puedo hacer nada de esto; verdaderamente, vivo en tiempos sombríos”.
    ( A los tiempos futuros, 1.938)
    El futuro rebelde Bertolt Brecht nace el 10 de Febrero de 1.898 en Augsburgo, una ciudad provinciana de Baviera, en el seno de una familia acomodada. Aunque el sur de Alemania es predominantemente católico, cursa la educación primaria en una escuela protestante. En 1.917 tiene que acabar el bachillerato de forma provisional, ya que la primera guerra mundial, en su penúltimo año, marcaba drásticamente el orden del día. En Múnich se matrícula para estudiar Medicina, no muy convencido, pero al año siguiente lo llaman a filas como auxiliar sanitario en un hospital militar. Si bien Brecht participaba del entusiasmo patriótico por la guerra con poemas de alabanza al emperador, ahora, con la experiencia de los mutilados de guerra, compone en 1.919 una balada que enseguida llamaría la atención de jueces y fiscales por un acto considerado de alta traición, la provocadora y satírica “Leyenda del soldado muerto”, donde una comisión médica militar desentierra con una pala bendecida a un soldado, medio podrido ya, para declararle de nuevo apto para el servicio y reenviarlo al frente como carne de cañón. Tal fue el impacto de estos versos que, en 1.923, el emergente partido nacionalsocialista colocaría este texto y a su joven autor entre los más odiados de su “Lista negra” y posteriormente serviría al gobierno de Hitler, en 1.933, como justificación para retirarle la ciudadanía alemana.
    Con los años veinte Bertolt Brecht empieza su andadura por las ciudades de Alemania. Primero vive en Munich, donde en 1.922, estrena “Tambores en la noche”, que se convierte en una de las obras más representadas en la República de Weimar, y por la cual le sería concedido el prestigioso premio Kleist. También le atrae la efervescente ciudad de Berlín donde reside en 1.924; esta era, junto a Moscú y Nueva York, la capital de las vanguardias artísticas y el escenario del empobrecimiento de las masas debido al paro y a la galopante inflación producto de un capitalismo descontrolado. En la capital despliega su talento creador en todos los géneros literarios. Trabaja tanto en la radio como en el cine, publica revistas literarias, y compone canciones propagandísticas para el Frente Unitario de los Trabajadores. Culmina esa etapa berlinesa con el éxito avasallador de su “Ópera de cuatro cuartos", estrenada en 1.928, con música del genial Kurt Weill. Dicha etapa finaliza bruscamente poco después con el hundimiento de todo el país en el Tercer Reich.
    El 28 de Febrero de 1.933, el día después del incendio del Reichstag, Bertolt Brecht y los suyos emprenden el camino del exilio a través de Praga, Viena, Zúrich, París, Dinamarca, Suecia, Finlandia y Moscú para llegar en 1.941, finalmente, a Estados Unidos. Dejando a un lado su colaboración con Fritz Lang, como guionista, no consigue vender su talento a las productoras de Hollywood, mientras que en la neutral Suiza se estrenan sus grandes obras teatrales como “Madre coraje” o “La vida de Galilei”. En 1.947 recibe una invitación para declarar ante en Comité de Actividades Antiamericanas. A la pregunta sobre si había escrito obras revolucionarias responde, astutamente, que sí porque su intención revolucionaria era derrocar al gobierno de Adolf Hitler exactamente igual que habían hecho los soldados norteamericanos. Ese mismo año regresa Brecht a Europa, y después de haber conseguido la nacionalidad austríaca en 1.950, acaba instalándose en Berlín Este, la capital de la República Democrática Alemana.
    Sus últimos años los dedicó casi por completo a la puesta en práctica de su concepción del teatro épico realizando las funciones de director del Berliner Ensemble fundado por él y su esposa, Helene Weigel, y llevando a escena sus propias obras y las adaptaciones de otros autores dramáticos. En 1.955, un año antes de su muerte, no duda en aceptar el Premio Stalin de la Paz, en Moscú, pese a que su convivencia con el régimen comunista no había estado exenta de conflictos, como se ve con toda claridad en su reacción a la revuelta de los obreros berlineses del 17 de Junio de 1.953, con el poema, evidentemente impublicable “La solución”: “Tras el alzamiento del 17 de Junio – el secretario de la Unión de escritores – mandó repartir panfletos en la Avenida Stalin – en los que se leía que el pueblo – había perdido la confianza del gobierno – y que sólo redoblando el trabajo – podría reconquistarla. - ¿Pero no sería más simple – que el gobierno disolviera al pueblo – y eligiera otro?”.
    Resulta difícil encajar a Brecht en las corrientes literarias de su época. El creó su propio estilo transformando la fisonomía poética y teatral de Europa: un tono nuevo, una nueva melodía, una nueva manera de ver. Su gran oponente, Thomas Mann, reconoció inmediatamente la valía del autor bávaro señalando que la diferencia entre su generación y la suya era mínima. Pero Brecht, el rebelde antiburgués, no estaba de acuerdo en absoluto con esa afirmación y respondió con un ataque frontal a la comparación de Mann: “ En una disputa eventual entre un carruaje y un automóvil, sería el carruaje, evidentemente, quién consideraría mínima esa diferencia”.
    Toda la fuerza innovadora de Bertolt Brecht se pone de manifiesto en “La ópera de cuatro cuartos”. Brecht y Weill consiguen un montaje de estilos que combina en una comedia picaresca tanto formas triviales como cultas, música jazz y tango, cabaret y música de baile, ópera y habaneras, entretenimiento puro y crítica social. Esta obra no ha perdido ni un ápice de su viveza y ha sido interpretada desde sus comienzos por cantantes tan dispares como Louis Armstrong, Ella Fitzgerald, Frank Sinatra o Sting. La paradoja de esta ópera antiburguesa consiste precisamente en el éxito que obtuvo entre el propio público burgués al que Brecht pretendía censurar. A pesar de su ideología Brecht no siente ningún rubor por su éxito y aplica todos los trucos de la mercadotecnia para vender su obra y sacar provecho de su interpretación en todos los formatos artísticos. Declara: “mi nombre es una marca. Y quién use esa marca, que pague”. Ya en su madurez, entre los años 1.938 y 1.948 - es decir, hasta su regreso del exilio - realiza sus últimas grandes producciones dramáticas, que inaugura con la obra en la que mejor se refleja su condición de exiliado y de oponente al poder: “La vida de Galilei” escrita en 1.938 y estrenada en 1.943 en Zúrich. Otras obras destacables y relacionadas con la guerra y la corrupción moral que conlleva son “Madre Coraje” (1.939); “La buena persona de Sezuan” (1.940); “La irresistible ascensión de Arturo Ui” (1.941); “Schwejk en la segunda guerra mundial” (1.944) y, finalmente, “El círculo de tiza caucasiano” de 1.945. En los últimos años de su vida Bertolt Brecht se dedica casi por completo a poner en práctica su concepción teatral sin dejar de trabajar en ningún momento en la lírica. Compone el último ciclo de poemas cuyo título alude al lugar de su retiro en el campo prusiano: “Las elegías de Buckow” que, con formas sucintas recuerdan al haiku japonés y que, ciertamente vuelven a poner de manifiesto el desacuerdo del ya agotado rebelde con el régimen del socialismo real, pero que también expresan de manera certera su condición humana como por ejemplo el poema titulado “El humo”: “La casita entre árboles junto el lago / del tejado un hilo de humo. / si faltase / qué desolación / casa, árboles y lago”. Al bajar el telón de su teatro del Berliner Ensemble, los espectadores podían ver el dibujo de la famosa paloma de Pablo Picasso que Bertolt Brecht denominaba “ la combativa paloma de la paz de mi hermano Picasso”. Incansables renovadores del arte, los dos nunca dejaron de producir. Su gran capacidad para la autoironía se expresa bien en este diálogo del relato “ El esfuerzo de los mejores”: “ ¿ En qué trabaja usted ? - le preguntaron al señor Keuner, y él respondió: hago grandes esfuerzos preparando mi próximo error”
    28 min
  • Nada más que libros - FAKE: Desinformación
    “ Los fakes nacieron en talleres obreros, bajo la guisa de bromas pesadas; en tabernas literarias en la que los escritores se mofaban los unos de los otros; entre berrinches de artistas cuya obra no fue seleccionada para una exposición; en oficinas de historiadores o científicos que no encontraban las evidencias históricas de sus anhelos. Surgieron también en las frecuencias de radio y televisión, y en las páginas de los diarios; engaños embozados en un lenguaje técnico y sorpresivo y destinados a camelar audiencias con algún hecho de lo más increíble. La historia del “fake” revela una intensa pulsión creativa para diluirse en la vida social y política, para insertarse en el orden natural de las cosas y, como bomba de relojería, explotar con temporizador. La historia del “fake” es la otra historia del arte.
    Tras su traumático paso por la Barcelona revolucionaria de los primeros compases de la Guerra Civil, George Orwell nos legó su visión de los hechos en numerosos textos. El sentido común más elemental hacía incomprensible que en vez de concentrar los esfuerzos en combatir el alzamiento fascista, los republicanos, socialistas y comunistas-estalinistas se desangrasen en luchas intestinas contra los anarquistas y los comunistas-trostkistas. Con el espanto todavía fresco Orwell publicó, en 1.943, “Mirando atrás en la guerra española”, unas memorias que, décadas más tarde, nos permiten leer un párrafo todavía oportuno: “Hacía tiempo que ya había notado que ningún suceso es correctamente relatado en la prensa, pero en España, por primera vez, vi periódicos cuyos reportajes no guardaban la menor relación con los hechos, ni siquiera la mínima relación que se espera de una mentira normal y corriente. Vi narradas grandes batallas donde no había existido combate alguno, vi completo silencio allí donde cientos de hombres habían muerto. Vi soldados que habían luchado valientemente ser denunciados por cobardes y traidores, y a otros que nunca habían pegado un tiro ser ensalzados como héroes de victorias imaginarias….Vi, de hecho, la historia escrita no en términos de lo que sucedió sino de lo que debería haber sucedido de acuerdo con diversas “directrices de partido”. Por esa época el gran Orwell dejó escrito: “En un tiempo de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario”.
    Esas palabras podrían haber sido escritas hoy, instalados como estamos en una cultura generalizada del engaño. Y es que la contribución de Orwell en el diagnóstico de las patologías de nuestro atribulado tiempo ha resultado impagable. Expresiones popularizadas en su obra como Gran Hermano, Policía del Pensamiento o Ministerio de la Verdad han traspasado los reductos especulativos de la ciencia ficción para acomodarse a situaciones de la vida real que hoy nos resultan infamemente familiares. Sus premoniciones apocalípticas sobre el futuro de la sociedad – un futuro caracterizado por la incapacidad de gestionar democráticamente los conflictos y la mendacidad implícita en toda forma de gobierno – se han cumplido con aterradora exactitud. Pero en paralelo a esa clarividencia, sorprende el punto de ingenuidad que rezuma la estupefacción de Orwell. ¿Falsedades?¿Propaganda?¿Posverdad?(añadiríamos ahora)¡Pues claro, qué otra cosa cabría esperar!. Ya lo había consignado sin embudos el senador estadounidense Hiram Johnson en 1.918 “La primera víctima cuando estalla una guerra es la verdad”
    La radio, en sus tiempos heroicos, como medio casi exclusivo de comunicación de masas no visual, también hizo suyos una buena parte de los formatos de competencia objetiva, que serían explotados en uno de los más notorios “fakes” mediáticos de la historia, el protagonizado por Orson Welles en 1.938. Ese año Orson Welles, Paul Stewart, y John Houseman adaptaron radiofónicamente la novela de H. G. Wells “La guerra de los mundos”, de 1.898, a través de The Mercury Theater, una productora de radio que revolucionaría la radio estadounidense durante los años treinta con sus dramatizaciones literarias. Mediante técnicas de camuflaje y el uso preciso de recursos de construcción de autoridad, una gran parte de los oyentes, especialmente aquellos que se habían conectado cuando ya estaba empezada la emisión, se creyeron a pies juntillas que los marcianos atacaban la Tierra, empezando por Nueva Jersey. Como se aprecia en las primeras líneas del guion de la emisión, Welles no escondió el sustrato literario del drama, aunque sutilmente emplazó al oyente a un tiempo dislocado, hablando desde el futuro sobre el tiempo presente, en una época en la que se cernía el temor a una guerra mundial que pronto llegaría. Inmediatamente, aparecen las noticias del tiempo, convenientemente certificadas por una agencia gubernamental, y en las que se desliza un lenguaje análogo a lo que acontecerá como ficción: “Se informa de una ligera perturbación atmosférica de origen indeterminado sobre Nueva Escocia, que está causando una zona de bajas presiones que se moverá con cierta velocidad sobre los estados del noroeste”. Vuelve la música, la normalidad, para que a continuación surja con toda su potencia el núcleo de la autoridad: el corte informativo de urgencia, en el que algunos científicos presentan los hechos mediante términos procedentes de la física y la química. Durante casi una hora, las conexiones con testigos oculares, corresponsales “in situ”, agentes de la autoridad y académicos fueron generando un espacio en espiral en el que los oyentes, reconociendo el formato propio de lo veraz (en directo, con sus habituales fallos técnicos) difícilmente podían reconocer la ficción. La emisión de “La guerra de los mundos” generó lo que buscaba, un gran escándalo: la gente bloqueó con sus llamadas aterrorizadas las centralitas telefónicas de la policía; esta irrumpió en los estudios de la CBS con la pretensión de suspender el programa en directo; una gran parte de la prensa y numerosos políticos pidieron la cabeza de los directores y productores responsables. Orson Welles les respondió pidiendo perdón por hacer la broma precisamente el día de Halloween. Pero el efecto fue mucho más duradero. Welles interpretó de forma radicalmente nueva el formato de la radio y los medios de comunicación en general
    El camuflaje perpetrado por The Mercury Theatre, la superposición de las técnicas de narración sobre el territorio de lo real, fue en parte predicho pocos meses antes por en influyente escritor E. B. White en Harper´s Magazine: “Claramente la carrera hoy está entre las cosas que son y las cosas que parecen ser”. Welles reconocía que en la nueva medialidad hay una redefinición del arte. Al final de “F for fake”, su notable película de 1.974 – falsa en sí misma – sobre la falsificación artística, Welles declara: “Nosotros, los mentirosos profesionales, esperamos ofrecer la verdad; me temo que el nombre pomposo que tiene es ARTE”.
    Vale la pena reseñar el caso ocurrido en Ecuador en 1.949 en relación con la obra de Welles. El sábado 12 de Febrero de ese año Leonardo Páez llevó a cabo en Radio Quito una adaptación similar a la de Welles. Un locutor interrumpió la programación para informar sobre un supuesto objeto volador sobre las Galápagos y, posteriormente, que un platillo volante había descendido en las afueras de la ciudad. La transmisión no duró más de veinte minutos, hasta que la gente descubrió la verdad. Se produjo una verdadera agitación popular; primero tiraron piedras contra el edificio donde se ubicaba la emisora; el incendio provocado por la multitud tomó fuerza con rapidez; cinco personas murieron entre las llamas y varias personas se suicidaron debido al susto causado. Radio Quito estuvo fuera de antena durante dos años.
    En la era de la posverdad, de la verdad privada, del algoritmo infalible, de la sofisticada manipulación técnica, la esfera pública se ha convertido en un complicado teatro de apariencias iconográficas, de enunciados y formatos de los que apenas somos capaces de establecer su verosimilitud. El fenómeno del “fake” desborda ya las noticias, la política, el arte, el consumo, la guerra…: se ha hecho competente. Se ha convertido en el adjetivo universal que confirma lo que tantos siempre han sospechado: que el lenguaje tiende, sobre todo, a engañar.
    25 min
  • Nada más que libros - Federico García Lorca
    "En la mitad del barranco
    las navajas de Albacete,
    bellas de sangre contraria,
    relucen como los peces.
    Una dura luz de naipe
    recorta en el agrio verde
    caballos enfurecidos
    y perfiles de jinetes.”
    (Fragmento de “Reyerta”. Del “Romancero gitano”).
    Federico García Lorca nació el 5 de Junio de 1.898 en Fuente Vaqueros, Granada, en el seno de una familia de buen nivel económico. Sus padres eran Federico García Rodríguez, hacendado y Vicenta Lorca Romero, maestra; ella fue determinante en la pasión literaria del poeta. Los primeros pasos de formación de García Lorca transcurrieron en su ciudad natal. En 1.908, a los diez años, se trasladó con su familia a Almería, donde inició sus estudios de bachillerato y, un año después marchó a Granada donde los culminó.
    Tras obtener el grado de bachiller, en 1.914, se inscribió en la Universidad de Granada para estudiar Derecho y Filosofía y Letras. En esa etapa de su vida comenzó a tomar contacto con el mundo literario y comenzó a las tertulias que se daban en los cafés. El tiempo en la universidad fue para Lorca un tiempo de aprendizaje y exploración. Con uno de sus profesores y algunos compañeros de clase se dedicó a a recorrer varias localidades de España. Esos viajes activaron su vena de escritor. En 1.918 publicó su primera obra: “Impresiones y paisajes”, escrita en prosa.
    Durante la primavera de 1.919, algunos amigos de Federico se fueron a Madrid, a la Residencia de Estudiantes. García Lorca quiso seguirlos y, tras convencer a sus padres, él también marchó a hacer su vida en aquella novedosa y magnifica institución. La estancia que el joven poeta pasó en la Residencia influyó de manera notable en su desarrollo como escritor. Ello se debió a la forma con la que se relacionó con artistas e intelectuales como Luis Buñuel, Salvador Dalí o Rafael Alberti. Además logró librarse del ambiente de provincias. Federico García Lorca comenzó, entonces, a labrar su camino hacia el éxito. Entre 1.919 y 1.921 estrenó la obra de teatro “El maleficio de la mariposa”. También publicó “Libro de poemas”. Por esa época comenzó su amistad con el escritor Juan Ramón Jiménez, poeta determinante en su obra posterior.
    A mediados de 1.921 el autor regresó a Granada, donde tuvo la oportunidad de conocer al notable músico y compositor Manuel de Falla. Juntos desarrollaron varios proyectos musicales, algunos sobre el cante jondo, así como representaciones con títeres. Fue en Granada donde se inspiró para escribir “Poema del cante jondo”, obra que se publicó diez años más tarde, en 1.931. En el año 1.925 García Lorca viaja a Cadaqués para pasar una temporada con su amigo el pintor Salvador Dalí. Allí alentó al poeta a pintar, mientras este escribió “Oda a Salvador Dalí”, publicada en 1.926 en la “Revista de Occidente”.
    Federico García Lorca había alcanzado la consagración y la madurez como poeta en el periodo de 1.924 a 1.927. Sin embargo no se sintió del todo pleno con el éxito de “Canciones” y “Primer romancero gitano”, señalados por algunos como costumbristas y favorecedores de los gitanos. El miedo a ser encasillado por desarrollar temas sobre estos y las críticas de sus amigos Buñuel y Dalí, amén de padecer la ruptura de su relación amorosa con el escultor Emilio Aladrén, sumieron al autor en una honda crisis, como el mismo describió. A pesar de ello no paró de escribir, siguió adelante. En 1.928 fundó la revista cultural “Gallo”, de la que solo se publicaros dos ejemplares. En el teatro, la dictadura de Primo de Rivera, le prohibió estrenar “El amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín”.
    En 1.929, Federico aceptó la invitación que su buen amigo Fernando de los Ríos le hizo para ir a Nueva York. El poeta consideró que ese viaje le permitiría encontrarse consigo mismo, renovarse, conocer mundo, aprender inglés y olvidar su ruptura sentimental. Fue una de las experiencias más enriquecedora de su vida. La cultura neoyorquina le impresionó, así como su economía y, como contraste el trato humillante que se tenía con la gente de raza negra. La experiencia vivida y todo lo que observó le dieron el material suficiente para escribir “Poeta en Nueva York”, obra que no fue dada a conocer al público hasta cuatro años después de su muerte. Tras un año en los Estados Unidos, en Marzo de 1.930, Lorca viajó a la Habana, interesado en conocer su cultura, música y folclore. En ese tiempo escribió dos obras de teatro: “El público” y “Así que pasen cinco años”. Después de tres meses en Cuba regresó a Madrid.
    García Lorca fue un hombre de pensamiento e ideas liberales. Esto le animó a llevar entretenimiento y conocimiento al pueblo. La fórmula que desarrolló para eso fue la creación de un grupo de teatro universitario ambulante que llevó por nombre “La barraca”. El proyecto se llevó a cabo en 1.931 cuando se promulgó la Segunda República, y se presentó en varias ciudades del país. Se dramatizaron las obras más importantes de autores destacados como Cervantes o Lope de Vega. Sin embargo todo esto se vio empañado tras el estallido del golpe militar que provocó la Guerra Civil Española.
    Gracias a su talento, ya reconocido mundialmente, Lorca recibió, en 1.933, una invitación de la gran actriz argentina Lola Membrives para ir a Buenos Aires. En ese tiempo se estrenó allí con enorme éxito la obra “Bodas de sangre”, de la que fue además su director. Los seis meses que pasó en Argentina fueron de crecimiento y éxito profesional, así como de solidez económica. Federico García Lorca regresó a España en 1.934. Aquí se dio a la tarea de culminar varias obras vitales en su producción literaria: “Yerma, “Doña Rosita la soltera” y “La casa de Bernarda Alba”. En Barcelona dirigió algunas de sus obras, dio conferencias por toda España y recitó sus poemas. Su teatro “La barraca” aún se presentaba.
    Corría el año 1.936. Lorca estaba en Madrid y los últimos días allí, antes de partir definitivamente a Granada, donde sería asesinado, debieron ser muy tristes. La situación en Madrid los días previos al 18 de Julio era preocupante. Lorca dudaba entre permanecer en la capital o trasladarse a la Huerta de San Vicente, finca perteneciente a su familia, como hacía todos los veranos. Finalmente, ya en Granada se vio clara la necesidad de sacar a Federico de allí cuando fue insultado gravemente y amenazado si salía de la ciudad. Llamaron al poeta Luis Rosales, gran amigo de Lorca, para consultarle que decisión tomar. El propio Rosales se lo contó a Cipriano Rivas Cherif, amigo y colaborador de Lorca en su actividad teatral; así lo cuenta: “Su hermana, Isabel
    fue quién me planteó claramente la situación. Había que sacar a Federico de Granada. Me ofrecí a ello en el acto. Delimitados los campos y tomada la ciudad al primer asalto desde dentro, había una tierra de nadie, sin soldados todavía de una y otra parte. Yo podía llevarlo a donde pudiera fácilmente ponerse del otro lado”. Pero Federico se negó porque le daba miedo verse sólo en medio de la nada. Tampoco quería ir a casa de Manuel de Falla, otro gran amigo, porque por entonces el músico estaba molesto con él por cuestiones religiosas. Finalmente su hermana le insinuó a Rosales que donde mejor estaría sería en su casa. Cuenta Rosales: “Y a mi casa se vino conmigo. En ella llevaba unos días cuando se presentaron nuevamente a buscarlo en la Huerta de San Vicente los mismos que lo habían amenazado”. Su propia hermana les indicó que estaba en casa de Rosales, adonde había ido para leerle unos versos, creyendo que así no cumplirían su amenaza puesto que seguía en Granada. Cuando llegaron allí, solo estaban en la casa Federico y la criada. Se lo llevaron y, aunque el padre de Federico y el de Luis Rosales salieron a buscarlo, no lo encontraron en toda la noche. Al día siguiente supieron que estaba en el Gobierno Militar. Cuando Rosales fue a preguntar por él, lo amenazaron y se volvió a su casa. Al día siguiente el hermano de Rosales, miembro de la Falange, le dijo que ya no había nada que hacer. Era mentira. Todavía estaba vivo. Lo asesinaron esa misma noche. Era el día 18 de Agosto de 1.936. Sus restos permanecen sepultados entre Viznar y Afalcar.
    27 min
  • Nada más que libros - Libros malditos
    “El amor al saber de algunos ha estado ligado desde tiempos inmemoriales al afán de otros por destruir todo aquello que suponía un avance del pensamiento. No sólo el libro de forma aislada fue destruido; el hogar de este por excelencia, la biblioteca, a pesar de ser uno de los lugares más apasionantes y misteriosos que ha edificado el hombre, no ha corrido mejor suerte que los escritos que se ocupó de cobijar entre sus paredes, propensas a ser reducidas a escombros por las tristes acciones de la intolerancia del ser humano. Uno de los episodios más apasionantes y a la vez oscuros de la insigne obra de Miguel de Cervantes, “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, trata de la purga de libros de la biblioteca de Alonso Quijano por sus allegados – el cura, el barbero, el ama y la sobrina -. Cervantes vivió una época en la que la noche solía iluminarse con la quema de libros y la Inquisición estaba al acecho en cada esquina, aunque el afán por quemar no sólo los libros sino bibliotecas enteras, data de los tiempos en que aparecieron las primeras de ellas. Así, la historia de la construcción de estos templos del saber aparece irremediablemente ligada a la historia de su destrucción”.
    La existencia de la biblioteca de Alejandría está irremediablemente ligada a los intentos por destruirla. La primera destrucción del edificio data del año 48 a.C. por las fuerzas del emperador romano Julio César. En el año 391 d.C. , los cristianos, comandados por Teófilo, arrasaron de nuevo la biblioteca. A la acción de los cristianos se debe también uno de los más tristemente célebres de ataque al conocimiento, relacionado con la biblioteca alejandrina: el asesinato de Hipatia, calificado por algunos historiadores como “la muerte del mundo clásico”. En el año 425 d.C., una muchedumbre de monjes cristianos enfurecidos, seguidores del obispo Cirilo de Alejandría, secuestraron a la hija del entonces bibliotecario, Teón, llamada Hipatia de gran belleza, según las crónicas, poseía una impresionante erudición. Dominó las matemáticas, la geometría y la astrología de su tiempo y escribió diferentes textos sobre estas materias. La turba de cristianos la secuestró y acabó con su vida de forma brutal, quemando finalmente sus restos. Con la muerte de Hipatia no sólo se asesinó a una mujer sino a todo lo que esta representaba: la sabiduría, la independencia respecto al hombre y la libertad que ofrece el conocimiento. Siglos después, la persecución, la tortura y el asesinato se convirtieron en hábitos bajo bajo la oscura sombra proyectada por la Inquisición, que encontró en aquella muchedumbre enviada por Cirilo el antecedente de su política destructiva.
    Cuando los nazis, en 1.933, movilizados por Josef Goebbels, el implacable jefe de propaganda del Partido de Hitler, encendieron gigantescas hogueras por toda Alemania para quemar miles de libros – principalmente los textos sagrados del pueblo judío -, marcaron el preludio de una destrucción moderna que poco tenía que envidiar a las antiguas persecuciones y quemas de bibliotecas.
    No fueron muchas, después de las alemanas, las piras que se levantaron para reducir a cenizas exclusivamente libros, pero las innumerables guerras que asolaron (y siguen asolando) el mundo dejaron no solo un número de muertos que daría vergüenza reseñar aquí, sino también millones de textos desaparecidos, a una escala mucho mayor que en siglos anteriores. Las dos guerras mundiales, la árabe-israelí, los conflictos que asolaron África o los más recientes de Yugoslavia, Irak o Afganistán, entre otros, acabaron con millones de textos y enormes bibliotecas que contenían siglos de la sabiduría del hombre.
    Las dictaduras que se instalaron en Sudamérica con financiación estadounidense para alejar de aquellas tierras el espectro del comunismo no fueron más benévolas con los escritos de sus enemigos políticos. España, el país que persiguió con brazo de hierro la disidencia en tiempos de Felipe II, sufrió durante cuarenta años, con el general Francisco Franco, una persecución similar, en ocasiones incluso más cruenta, contra aquellos que se oponían al régimen que decía ostentar “la verdad más absoluta”. Las guerras y las dictaduras, no obstante, no son las únicas causantes de la destrucción y maldición de determinados escritos en nuestros aciagos tiempos. En plena era de la igualdad, la libertad y la justicia, se continúa prohibiendo y censurando libros, intentando condenarlos al olvido – lo que a veces, paradójicamente, los catapulta al éxito – y convirtiendo a sus autores en proscritos que deben esconderse para no ser asesinados. En el país que afirma velar constantemente por la democracia y los derechos humanos, los Estados Unidos de América, se llegó a prohibir en algunas escuelas estatales que la obra infantil “Harry Potter” fuera leído, acusado de “incitar a la brujería y a los malos pensamientos” a los pequeños.
    Por suerte, ya no se encienden hogueras para quemar a los autores disidentes, aunque en nuestro civilizado Occidente siguen existiendo libros prohibidos y autores malditos. En ocasiones, la censura por parte de alguna institución no provoca sino el efecto contrario del deseado: el libro, maldito e incómodo, se convierte en un auténtico éxito de ventas; vean el caso de “El código Da Vinci”, best seller sobre el que arremeten constantemente la Santa Sede y el Opus Dei, no consiguiendo otra cosa que acrecentar su fama. Todavía hoy se condenan textos de forma abierta y se persigue a algunos autores al que no les queda más remedio que convertirse en prófugos, no ya solo de la justicia, sino, también, de la intolerancia. El integrismo islámico todavía tiene puesto precio a la cabeza de Salman Rushdie, quién desafiara – según los radicales – con su obra “Los Versos Satánicos” el status quo promulgado por “El Corán”, todo esto en pleno siglo XXI.
    Hace unos años vimos cómo el chino Liu Xiaobo no pudo recibir el premio Nobel de la Paz correspondiente al año 2010 por la censura del estado supuestamente comunista de su país. Y también el caso, mundialmente conocido, del escritor italiano Roberto Saviano, que por narrar en su magnífico libro “Gomorra” los trapos sucios de la Camorra napolitana, fue amenazado de muerte por sus esbirros y sus capos, lo que le obligaría a cambiar constantemente de domicilio y a ser escoltado por miembros de las fuerzas de seguridad. El libro volvía a ser vehículo de protesta, y objeto de ira de aquellos que no comulgaban con su contenido, por lo general escrupulosamente real.
    Parece que hoy resulta mucho más fácil que ayer acercarse a un texto prohibido, al menos en los países de nuestro entorno social y cultural, aunque no deja de conllevar cierto riesgo. El fantasma de la censura está presente en cada esquina y cualquiera puede ser señalado con el dedo.
    Cuentan que cuando el psicoanalista Sigmund Freud conoció la noticia de que sus obras estaban siendo quemadas por los nazis – él mismo tuvo que huir in extremis de Alemania y varias de sus hermanas fallecieron en los campos de concentración de horroroso recuerdo – le comentó a un periodista que dicha quema suponía un avance en la historia de la humanidad ya que “En la Edad Media ellos me habrían quemado, ahora se contentan con quemar mis libros”. Sin duda era uno de los últimos sarcasmos del padre del Psicoanálisis, que moría en 1.939, cuando la máquina del terror nacionalsocialista avanzaba por los campos y las ciudades de media Europa dejando tal rastro de sangre y fuego en su demencial camino que ni el más oscuro de los grimorios, ni el más eficiente libro revelado, podría haber previsto jamás.
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  • Nada más que libros - La tertulia
    “La generación del 98 es una generación de contertulios. No se concibe escribir nada, ni siquiera hacer política, sin acudir a la tertulia. De un intelectual que criticaba la costumbre de tertuliar se pudo decir que “le falta café”. Se da por sentado el principio de que el hombre debía hacer en la vida tres elecciones: “Estado, profesión y café”. La tertulia es un ámbito de creación y de anécdotas donde se suele hablar mal del ausente. Un poeta mediocre se levanta un día de la mesa del café para ir a lo que entonces se llamaba “el indispensable” y como tarda en volver, los contertulios se preocupan de que le haya pasado algo. Don Jacinto Benavente les tranquiliza diciéndoles: se habrá dormido sobre sus laureles”.
    Se ha intentado definir la tertulia, inmemorial institución española, que siempre tuvo en Madrid su más importante sede, como “una reunión de hombres sin propósito ni objetivo alguno”. Cuando un grupo de personas se reúne para hacer algo concreto, el resultado puede ser un partido político, un negocio o una asociación de carácter deportivo o recreativo.Cuando se juntan para no hacer absolutamente nada, eso es una tertulia. No persigue otro fin que el de cultivar el puro placer de la conversación; pero, para ser una verdadera tertulia y no sólo esporádica reunión, debe cumplir ciertas reglas impuestas por una venerable aunque no escrita tradición. Debe existir una decisión al menos tácita de constituirse en tertulia. El tiempo y el lugar de reunión deben ser fijos. Los contertulios o tertulianos deben sentarse preferentemente en el mismo sitio, alrededor de la mesa del café. La conversación debe ser general y no están bien vistos los apartes.
    Algunos teóricos añaden algunas reglas más, entre ellas la de que se tenga licencia para hablar mal de los contertulios ausentes. Esa es la manera, dicen, de que nadie falte a la cita ni se levante antes de que la tertulia termine. Una breve historia de la tertulia literaria debería recordar a don Nicolás Fernández de Moratín, que fundó la primera de ellas en La Fonda de San Sebastián. Por el café de Príncipe, más comúnmente llamado “El Parnasillo”, pasaron escritores, poetas y artistas románticos como Larra, Espronceda, Zorrilla, los Madrazo o Ramón de Campoamor.
    Desde entonces no ha podido concebirse la vida artística y literaria de Madrid sin la existencia de las tertulias. Han pasado a la historia cultural lugares como el Café del Sólito, el Café de Venecia o La Fontana de Oro y, más tarde, El Gato Negro, El universal, El Levante, Fornos o el Café de Madrid, donde Azorín dio nombre a la Generación del 98. Ramón Gómez de la Serna, por su parte, hizo famosa la tertulia de la “sagrada cripta” de Pombo.
    En nuestros días, después de una relativa decadencia, la tertulia ha vuelto a resurgir en Madrid. Muchos de los viejos cafés desaparecieron, pero quedan aún algunos de los que tuvieron y tienen tertulias ilustres, como El Comercial y el Gijón, que ha cumplido ya con creces un siglo de existencia. Se observa la tendencia de trasladar las tertulias a la hora de la cena, debido a las ocupaciones que los contertulios suelen tener a la hora del café. Dará una idea de la importancia que la tertulia ha tenido en la vida cultural de Madrid el hecho de que fue precisamente en una tertulia, la de la Granja El Henar, donde el filósofo Ortega y Gasset fundó la Revista de Occidente. También el Ateneo, institución fundada en la primera mitad del siglo XIX y de gran influencia en la vida literaria y política del país, contó siempre con importantes tertulias en su famosa Cacharrería. Y de las tertulias de Madrid surgió en buena medida la floración literaria del primer tercio del siglo XX que se llamó “La Edad de Plata” de la literatura española.
    La institución de la tertulia tuvo grandes detractores, que señalaban la inutilidad de la charla de café. Sus defensores decían que esa inutilidad era precisamente lo que permitía el más fructífero intercambio. De un intelectual que se negaba a acudir a las tertulias a perder el tiempo, decían sus contemporáneos: “le falta café”. Contaba Ramón Gómez de la Serna en uno de sus libros que, en una ocasión, mientras el contemplaba la estatua de Calderón de la Barca en la plaza de Santa Ana, se le acercó un hombre y le preguntó ¿quiere usted que le recite unos versos de este señor?. El pueblo de Madrid supo siempre acoger y comprender a sus escritores y a sus artistas. Quizá no sea Madrid una ciudad muy leída, pero es una ciudad muy escrita. El lenguaje popular influyó en la obra de los literatos de todas las épocas y, al mismo tiempo, se vio influido por ella. No se entendería el estilo barroco de Francisco de Quevedo, con sus atrevidos circunloquios, sin tener en cuenta que el lenguaje del Madrid de su tiempo le dio la materia prima de su prosa. Tampoco se explicarían sin la referencia al lenguaje vivo de la calle las comedias de Lope, de Calderón o de Tirso de Molina, las obras de los Moratines, los artículos de Larra, las novelas de Galdós o la extraordinaria trilogía que don Pío Baroja dedicó a los barrios bajos madrileños. Lo mismo podría decirse de algunas de las mejores obras teatrales de don Ramón María del Valle Inclán o, para venir a épocas más recientes, de las novelas de Camilo José Cela, Juan García Hortelano y otros muchos escritores.
    La cultura de Madrid no fue nunca cultura de torre de marfil. Tuvo siempre mucho de cultura oral, la cultura de ágora de los puebles del sur. Hasta a los filósofos inspiró la vida urbana de Madrid. El pensador Ortega y Gasset contaba la inquietud filosófica que le proporcionaba oír en el tranvía la voz del cobrador gritando “¡Cuatro Caminos!”, al llegar a la plaza de ese nombre, porque esto le hacía darse cuenta de la variedad de soluciones que se ofrecían al problema filosófico que por entonces le preocupaba. “¡Y todo por los diez céntimos que costaba el trayecto!”, comentaba don José. Tal era la fidelidad a la tertulia de algunos de los miembros que, en una expresiva anécdota, Ramón Gómez de la Serna se encontró con su tocayo Valle Inclán, ya muy viejo y poco antes de que abandonara Madrid para trasladarse a Compostela, donde murió, y le preguntó qué tal estaba. Valle le dijo: “pues ya ve usted. Del sanatorio al café y del café al sanatorio”.
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  • Nada más que libros - Benito Pérez Galdós
    “Al pasar junto a la puerta de una de las habitaciones del entresuelo, Juanito la vio abierta y, lo que es natural, miró hacia dentro, pues todos los accidentes de aquel recinto despertaban en sumo grado su curiosidad. Pensó no ver nada y vio algo que de pronto le impresionó: una mujer bonita, joven, alta….Parecía estar en acecho, movida de una curiosidad semejante a la de Santa Cruz, deseando saber quién demonios subía a tales horas por aquella endiablada escalera. La moza tenía pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en el momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las madrileñas del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca para volver luego a su volumen natural”.
    Con Benito Pérez Galdós, la novela española alcanza sus más altas cotas. Nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1.843, llega a Madrid en 1.862, con apenas 19 años, para estudiar Derecho, carrera que nunca acabará, y los escarceos literarios hasta entonces realizados pronto se convierten en práctica definitiva. Su primera vocación no fue, sin embargo, la novela, ya que el joven Galdós deseaba triunfar como dramaturgo y al teatro dedicó sus primeros esfuerzos, pero pronto esta labor – y también la periodística – dio paso a la de la narrativa. La fecundidad galdosiana será una constante a partir de su primera obra – “La sombra”, novela corta de género fantástico – y su triunfo como novelista correrá paralelo, a partir de entonces, con una vida dedicada al trabajo, con sus paseos por “su” Madrid, las estancias en el santanderino Sardinero, los viajes a distintos países europeos y una serie de amores y amoríos de muy dispar carácter.
    Benito Pérez Galdós, que también ejerció de crítico literario, nos ofrece sus opiniones sobre el género narrativo, aunque bien es verdad que sus ideas están muy lejos de conformar una teoría de la novela. Defensor del realismo Galdós ni pregona ni practica la mera reproducción inmediata del mundo observado, y su universo está siempre elevado a una muy alta categoría estética en la riqueza de caracteres y el poder imaginativo quedan muy distantes del puro y escueto descriptivismo. Balzac y Dickens son los admirados ejemplos de Galdós, pero como Dickens o Balzac, don Benito hace de la observación no un fin en si mismo sino el medio para crear la obra de arte. Dos constantes, que responden a dos preocupaciones personales: la cuestión social y la religiosa. Galdós fue un hombre comprometido y progresista, abierto y liberal, y muy crítico con la intolerancia y el oscurantismo de un amplio sector de los españoles de su tiempo. Pero no confundamos las cosas, como con frecuencia se han hecho al comentar las ideas galdosianas, y convengamos en que su espiritualismo es algo evidente en su producción como patente está en toda ella su conocimiento de las Sagradas Escrituras y su admiración por la figura de Cristo. La primera obra importante de Galdós es “La fontana de oro” de 1.870, interpretación, ya que no sólo reconstrucción, de un pasado que tendrá en las cinco series de los “Episodios nacionales” su mejor y más coherente testimonio. Los Episodios, herederos de la novela histórica romántica y de la práctica costumbrista del primer tercio del siglo XIX, pretenden, como algunos críticos han señalado, analizar e interpretar el inmediato pasado con el fin de explicar la situación presente y evitar la repetición de los mismos errores en el inmediato futuro, propósito quizá ingenuo pero en todo caso lastrado de muy noble trasfondo patriótico. La novela y la historia van unidas en los Episodios nacionales formando un mural impresionante nacido de la exploración sistemática del siglo XIX español desde Trafalgar hasta Cánovas.
    En la década de 1.870 a 1.880, publica Galdós las novelas de su primera época, con unas características comunes y todas ellas centradas en la religión: la intolerancia y el fanatismo frente a la tolerancia y la libertad religiosa; el oscurantismo de una sociedad cerrada y beligerante frente al progreso de otra que aspira a ser más abierta y liberal; las pequeñas ciudades de eufónicos nombres como escenarios novelescos y la sordidez e intransigencia flotando en sus ambientes, y en fin el desenlace trágico en el que los mejores sucumben ante los prejuicios y la puesta en práctica de una estrecha concepción religiosa. “Gloria”, “La familia de León Roch” y “Doña Perfecta” componen este grupo de novelas que tal vez se resientan todas ellas de los mismos defectos: tesis excesivamente explícita, partidismo evidente, largo discurso, morosas descripciones, etcétera. Esto no debe hacernos olvidar, claro es, la calidad de unas obras escritas por un hombre sinceramente preocupado por la religión y con un concepto espiritualista de la vida, aunque alejado de los ortodoxos puntos de vista católicos de su tiempo.
    Con “La desheredada” publicada en 1.881 (atrás quedó ya la novela preferida por el autor: “Marianela”), comienza la segunda manera de hacer galdosiana, considerada como la más naturalista de su producción, aunque la puesta en práctica de sus principios estéticos aparezca ampliamente compensada por otros elementos que serán consubstanciales en su obra: el humor, la ternura y, sobre todo, una concepción de la novela que difiere no poco de la estricta reproducción de la vulgaridad de la vida. El anhelo reformista sigue en pie, pero el subjetivo alegato de las novelas anteriores da paso a la presentación de unos cuadros más equilibrados, de mayor calidad artística y de más amplia efectividad política y social. El espiritualismo mencionado se hace patente en la mayor parte de estas novelas, en las que el autor se olvida de las pequeñas y asfixiantes ciudades del ciclo anterior para mover a sus personajes por un Madrid que acaba convirtiéndose en el protagonista colectivo de su obra: “Miau”, “Misericordia”, “Fortunata y Jacinta”, “La de Bringas”, “Tormento”, la serie de “Torquemada”, “El amigo Manso” y otros muchos titulos que hicieron buena la frase tópica “Y después de Cervantes, Galdós”.
    Y es que don Benito Pérez Galdós transformó el panorama novelesco español de la época apartándose de la corriente romanticista en pos del naturalismo y aportando a la narrativa una gran expresividad y hondura psicológica. Max Aub dejó dicho que Galdós asumió el espectáculo del pueblo llano y con su intuición serena, profunda y total de la realidad, se lo devolvió, como Cervantes, rehecho, artísticamente transformado. De ahí que desde Lope ningún escritor fue tan popular, ninguno tan universal desde Cervantes.
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  • Nada más que libros - Ernesto Sabato (Informe sobre ciegos)
    "¿Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con mi asesinato?.Esta feroz lucidez que ahora tengo es como un faro y puedo aprovechar un intensísimo haz hacia vastas regiones de mi memoria: veo caras, ratas en un granero, calles de Buenos Aires o Argel, prostitutas y marineros; muevo el haz y veo cosas más lejanas: una fuente en la estancia, una bochornosa siesta, pájaros y ojos que pincho con un clavo. Tal vez ahí, pero quién sabe: puede ser mucho más atrás, en épocas que ahora no recuerdo, en periodos remotisimos de mi primera infancia. No sé. ¿Qué importa, además?"
    Ernesto Sabato nació en Rojas en 1.911 y falleció en Santos Lugares, en 2011. Cursó estudios superiores de física en la Universidad de La Plata, en Buenos Aires. Trabajó en el prestigioso Laboratorio Curie, en París, sobre todo sobre radiaciones atómicas. Asimismo toma toma contacto con los surrealistas y existencialistas franceses. De vuelta a la Argentina, imparte clases de física en la Universidad. En 1.948 publica su primera novela, “El túnel” y , trece años después la novela que le dio fama internacional “Sobre héroes y tumbas”, 1.961; quedando consagrado con su última novela “Abaddón el exterminador” de 1.974. Como escritor que ha alentado la defensa de los valores y derechos de la persona, además de su postura contraria a la política dictatorial y autoritaria de algunos políticos argentinos, presidió, en 1.984, la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP), que redactó el “Informe Sabato”, sobre los desaparecidos argentinos entre 1.976 y 1.982. Debido a su ceguera, en los últimos años el autor abandonó casi por completo la lectura y la escritura.
    “Informe sobre ciegos” tercera parte de la novela “Sobre héroes y tumbas”, constituye por sí misma una obra independiente. Se trata de un manuscrito que Fernando Vidal, dejó escondido antes de morir, y en él narra sus pesquisas para descubrir la trama del mal extendida por el mundo y organizada en la forma de una secta, de la cual los ciegos no son más que una de las manifestaciones: Un recinto donde se agita una multitud de seres, de los cuales los ciegos comunes son apenas su representación menos impresionante; regiones prohibidas donde se agita la oscuridad metafísica, vislumbrando aquí y allá, al comienzo indistintamente, como fugitivos y equívocos fantasmas, luego con mayor y aterradora precisión, todo un mundo de seres abominables. Aunque Fernando se considera en la actualidad un canalla, el canalla en que ha tenido de convertirse para entrar en contacto con el mal, la historia empezó casualmente mucho antes, un día de 1.947 en que Fernando vio cerca de la Plaza de Mayo a una ciega que parecía observarle. Sintió terror y entonces comenzó su investigación sobre los ciegos, cuyo siguiente episodio fue seguir a un ciego que ejercía de vendedor ambulante, aunque con la mala suerte de ser descubierto por él , hecho que le sumió en el pánico e hizo que interrumpiera sus pesquisas por un tiempo. Un personaje clave en la investigación fue un español llamado Celestino Iglesias, al que Vidal conoció hacia 1.929, cuando militaba en un grupo de anarquistas. Iglesias era un tipo taciturno, enjuto, anarquista utópico y bondadoso, que sin embargo estuvo vinculado a una banda de pistoleros dirigida por un personaje sanguinario llamado Osvaldo Podestá, que acabó siendo ametrallado por sus propios correligionarios cuando intentaba abandonar España con dinero robado, durante la guerra civil, en la que también participó Iglesias. De vuelta a la Argentina tras la guerra, Fernando volvió a entrar en contacto con Iglesias para pedirle que colaborara con él en la falsificación de billetes, actividad en la que era un experto. Pero un día Iglesias sufrió un accidente manipulando los ácidos que usaba para sus trabajos y se quedó ciego, hecho premonitorio que llevó a Vidal a interesarse de nuevo por el asunto, y a vigilar durante un largo periodo de tiempo al ciego para observar su transformación en un ser maligno, con la sospecha de que más pronto o más tarde, la Secta entraría en contacto con él para que se pusiera a su servicio. Para ello visita y acompaña a Iglesias, pide información a la dueña de la pensión donde vive, vigila de cerca su casa, usando de tapadera, para no levantar sospechas, a Norma Gladys Pugliese, una maestra a la que pretende corromper, ya la que acaba abandonando al sospechar que es una espía del enemigo. Finalmente, tras mucho tiempo de espera, un día Vidal vio a un ciego alto y rubio que merodeaba en torno a la pensión de Iglesias, y sospechó que podría ser la avanzadilla de la Secta. En los días que siguieron siguió visitando a Iglesias, halagando a la dueña de la pensión y procurando sacarle información, hasta que finalmente apareció en la casa un empleado de la compañía eléctrica, primero solo y después con un miembro de una sociedad de ayuda a los ciegos, y ambos ofrecieron un trabajo a Iglesias; el contacto con la Secta quedaba así concluido, aunque Iglesias no tuviera ninguna misión concreta en ella. Tras vigilar durante unos días, Vidal vio salir a Iglesias con el hombre de la sociedad de ayuda y decidió seguirlos, hasta que, después de dar algunas vueltas para despistar, llegaron a una plaza y entraron en una casa. Fernando fue detrás, subió unas escaleras y se encontró ante una puerta con candado tras la cual no parecía vivir nadie, por lo que supuso que el departamento era más bien la entrada hacia otro lugar. Entonces fue a buscar a un antiguo compañero que le ayudó a abrir el candado.
    Entró en el piso, descendió por una trampilla y unas escaleras a un piso inferior, encontró a una mujer ciega que lo observaba, tras lo que perdió el conocimiento y sufrió una serie de alucinaciones: el viaje hacia un mundo misterioso de tinieblas. Al recobrarse, la ciega continuaba frente a él, en actitud impasible, y Fernando intentó disculparse alegando que entró a robar, aunque lo que verdaderamente temió es que lo enterraran vivo entre aquellas paredes, como les ocurrió a una pareja de criados en la casa de un tal Echagüe en 1.937: estos, por una supuesta distracción quedaron encerrados en el ascensor de la casa, que se quedó sin corriente eléctrica al marcharse todos de veraneo, y allí fueron encontrados muertos al cabo de tres meses. A continuación viene una larga reflexión y una narración retrospectiva de Vidal, que recuerda la historia de María Iribarne, su marido ciego, Allende y el pintor Castel, que mata a María por celos y es encerrado en un manicomio (personajes de “El túnel”, primera novela de Sabato). A raíz de estos hechos, y de haber sido descubierto por el ciego a que seguía, Fernando Vidal huyó de Argentina con pasaporte falso, llegó a Montevideo, y de allí a París, donde se instaló. En París entró en contacto con un pintor llamado Domínguez, que ejecutaba un retrato de una modelo ciega llamada Louise, que al parecer martirizaba a su marido, ciego y paralítico, manteniendo en su presencia encuentros sexuales con otros hombres, Domínguez entre ellos. Fernando también tiene relaciones con la ciega para seguir con sus investigaciones, pero acabó huyendo despavorido cuando descubre que la parálisis del marido es falsa, y que todo es una trampa de la Secta para sorprenderle. De París, Fernando se traslada a Roma, a El Cairo, a Bombay, Shangay, San Francisco, y de nuevo a la Argentina, cuando cree estar seguro de que no ocurre nada sospechoso. Fue entonces cuando Vidal entró en contacto otra vez con Iglesias, con lo que la narración vuelve a enlazar con el presente: la estancia en la casa misteriosa, la ciega que lo observa, y a la que aparta bruscamente de un empujón para trasladarse a otra habitación, y a través de un laberinto de pasadizos, túneles y cloacas, iniciar un alucinante viaje a los infiernos, hasta el mundo del mal y del horror situado en las profundidades subterráneas: habitáculo de “la gran Deidad, terrible y nocturna, con poder sobre la vida y la muerte”. Finalmente Fernando Vidal pierde el conocimiento, y amanece en su cuarto. Ha sido un viaje hacia el mundo del horror y, también, hacia el propio mundo interior.
    “Sí: poco a poco yo había ido adquiriendo muchos de los defectos de la raza maldita. Y como casi siempre sucede, la exploración de su universo, había sido también la exploración de mi propio y tenebroso mundo”.
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  • Nada más que libros - William Shakespeare
    “ Pero el hombre, el hombre orgulloso,
    vestido de un poquito de autoridad,
    ignora lo que tiene más seguro (su alma de espejo), y como un mono enfurecido,
    hace unas muecas tan locas ante el alto cielo,
    que los ángeles lloran, cuando nuestras penas les harían morirse de risa”.
    “Medida por medida”
    Inglaterra fue el país que tuvo el privilegio de dar a la humanidad el mayor poeta y el mayor dramaturgo que ha conocido el mundo: William Shakespeare, nacido en Stratford-upon-Avon el día de San Jorge, patrón de Inglaterra, el 23 de Abril de 1.564. Casado con Anne Hathaway, ocho años menor que él, abandonó a su familia y se instaló en Londres, donde sus colegas se burlaban de él por querer serlo todo a la vez: actor, socio, autor de las piezas representadas en el teatro de Lord Chamberlain´s Men, autor de comedias, dramas históricos y tragedias. Shakespeare fue un hombre de imaginación inagotable, favorito de los reyes y del público, autor de obras taquilleras y el genio por excelencia del teatro, admirado por los poetas del romanticismo alemán y convertido en su punto de referencia. Hermano menor de Dios, multiplica la obra divina el octavo día de la Creación con su propia creación poética. Murió el día de su cumpleaños, el 23 de Abril de 1.616, fue enterrado en la iglesia parroquial de Stratford, pero sigue eternamente vivo en sus obras inmortales.
    Los personajes de Shakespeare siguen vivos y se pasean por todos los escenarios del mundo. Hamlet, a quién se le aparece el espíritu de su difunto padre y lo incita a la venganza, sigue luchando con la cuestión de la que Don Quijote fue víctima: ¿Era un fantasma o era real? ¿Qué criterio tenemos para probar nuestras propias observaciones?. Sólo nuestras propias observaciones. Y en ese mismo momento se abre el abismo de la reflexión: el mundo interior, la subjetividad. Y así Hamlet, ese melancólico histérico y comediante suicida, se convierte en el primer intelectual, rico en ideas y pobre en acciones, y en el arquetipo del hombre romántico que se debate con el delirio febril de sus pensamientos y las alucinaciones en las que lo sume la duda de sí mismo. Hamlet mira hacia atrás, prisionero de un pasado irredento y anclado en los crímenes y sus víctimas.
    Muchos de los personajes de Shakespeare han pasado a formar parte de la memoria colectiva: “Otelo, el moro de Venecia”, esposo de la bella Desdémona, presa de los violentos celos que provoca en él Yago, el maquiavélico intrigante cuya gratuita maldad nos produce pavor. O Shilock, el usurero judío, la personificación de un pueblo marginado, la encarnación del gueto, avaro y sediento de venganza, pero en cuya boca pone el autor un conmovedor llamamiento al juego limpio, a la humanidad y a la fraternidad. O Falstaff, la personificación de la fiesta y de la buena vida, inmensa montaña de carne e inmenso burlón; la unión del espíritu y el cuerpo, el transgresor y destructor del orden establecido; el bufón del príncipe, siempre capaz de inventar nuevas excusas, mentiras, ficciones y escenas, y también la encarnación del espíritu de la fiesta, en la que imperan la disipación y la embriaguez y en la que, como en el mismo drama, se decreta el estado de excepción. O Macbeth y su Lady, dominada únicamente por su ambición; un hombre enmascarado y una bruja que incita a su marido a cometer un crimen detrás de otro, hasta que como Herodes, acaba convirtiéndose en un infanticida al que hay que dar muerte como a un perro sarnoso. O el rey “Lear”, el anciano que somete a sus tres hijas a una prueba amorosa y después, como en los cuentos, expulsa a la buena y entrega su reino a las malas, que acaban echando a su propio padre, de modo que asistimos a su lento y atormentado desfallecimiento. Entre voces y protestas, el anciano pierde su poder, su papel en la sociedad, sus criados, su casa, sus hijos y hasta su cabeza, pues ya no puede soportar por más tiempo la tensión entre su impotencia y tamaños tormentos.
    O “Romeo y Julieta”, el arquetipo de la pareja que en una sola noche de poesía vive todo el éxtasis del amor, antes de que éste, de forma sumamente paradójica, se convierta en su contrario y sólo vuelva a encenderse en su última unión, en la muerte. Así, en un suspiro, tal y como Julieta ha previsto, la pareja de amantes estalla en miles de pedazos resplandecientes que se instalan en el cielo de la cultura europea como la constelación de los amantes, de modo que en el futuro, cada noche, las parejas puedan guiarse por ellos, mientras Romeo y Julieta susurran eternamente el soneto que Shakespeare les escribió para su primer encuentro.
    Y que mundos mágicos se conjuran en “El sueño de una noche de verano”, con la ruptura matrimonial de Titania, la reina de las hadas, y su Oberón, que se venga enviando al duende Puck para que siembre la confusión y haga que Titania acabe amando a un asno. En este mundo mágico en el que Shakespeare inventa su propio folclore y purifica, sometiéndolos al proceso artístico, los elementos del clásico aquelarre; un mundo en permanente transformación y de límites muy vagos; en definitiva, un mundo de máscaras y de teatro. Que abismos separan ese mundo mágico del mundo de la política en “Julio César” o “Ricardo III”; aquí solo hay cálculo, manipulación del adversario, jugadas políticas y estrategias; aquí reina el espíritu desilusionado de Maquiavelo, ya que no entiende la política desde el punto de vista moral, sino desde el punto de vista técnico. Y que diferencia tan grande entre el tenebroso infierno de “Macbeth” y “El rey Lear” y el universo idílico de “Como gustéis”, con la ingeniosa Rosalinda, o el despreocupado ambiente festivo de “Lo que queráis”, con toda esa gente embriagada, esos amantes y esos locos poetas. Resulta increíble que todo esto haya salido de la pluma del mismo poeta, pero es así.
    Shakespeare es un maestro de lo que podríamos llamar fusión nuclear en el ámbito del lenguaje, liberando energías que irradian sentido puro. El mundo se convierte en un escenario y el alma también se parece al teatro, porque pone al hombre frente a un espejo ya que los actores se tornan invisibles para hacer visibles a los personajes. Y es que la obra de William Shakespeare se caracteriza por su dominio de la estructura escénica y del lenguaje literario, sea en prosa o poesía, por la penetración psicológica de sus personajes y por su entendimiento de las emociones del ser humano. William Shakespeare es, sin duda, uno de los más grandes autores de la literatura universal, y clave en el desarrollo de las letras en lengua inglesa. Sus obras de teatro son consideradas auténticos clásicos atemporales y su influencia a lo largo de la historia de la literatura en indiscutible.
    25 min
  • Nada más que libros - Stefan Zweig - El mosquito y el elefante
    “Tolerancia frente a intolerancia, libertad frente a tutela, humanismo frente a fanatismo, individualismo frente a mecanización, conciencia frente a violencia. Todos estos nombres expresan una opción que en última instancia es la más personal y la más íntima, la que para todo individuo resulta ser de mayor importancia: lo humano o lo político, la ética o la razón, el individuo o la comunidad”.
    Stefan Zweig.
    Con estas palabras sella Stefan Zweig uno de sus libros más sugestivos e inquietantes, “Castellio contra Calvino”, que es una revisión histórica de una controversia que trasciende las circunstancias de una época – las de un siglo XVI dominado por tensiones teológicas y abusos de poder que cristalizan en el asesinato de Miguel Servet – para convertirse en el planteamiento de una cuestión genérica y constitutivamente humana: la defensa de la libertad espiritual frente a la violencia ejercida desde el poder.
    El gran autor austriaco Stefan Zweig (1.881 – 1.942) publicó “Castellio contra Calvino o conciencia contra violencia” en el año 1.936. Llevaba ya dos años exiliado del continente europeo, de donde tuvo que huir a causa de los nazis; estos habían condenado sus obras a la hoguera, tachadas de “literatura judía y degenerada”. Vivía ocasionalmente en Londres y, desde allí, se afanaba por difundir sus ideas al resto del mundo. En 1.934, vió la luz su magnífica obra de divulgación histórica “Triunfo y tragedia de Erasmo de Rotterdam”, una declaración de principios por parte de Zweig. Al culto y pacífico Erasmo, cosmopolita y aristocrático, se opone la basta figura de un intransigente Lutero, quién, aunque vociferante y autoritario, estaba llamado a dominar media Europa con sus ideas de reforma.
    El autor de “Amok” o “Ardiente secreto”, ensayos tan magistrales como los dedicados a Dostoieswski o Nietzsche, parecía retratarse en aquel manso Erasmo que, desde su cuarto de estudio, proclamaba el humanismo en obras inmortales. También Zweig lanzaba un mensaje para cuantos creían en la concordia de la razón y en la fuerza de los buenos libros: ¡Perseverad en vuestros ideales, seguid escribiendo, pues la tiranía ideológica uniformadora no podrá amordazaros!. Pero desde el exilio, los acontecimientos adquieren un cariz más oscuro: el triunfo de Hitler en Alemania es absoluto; de nada han servido las ideas humanistas contra el terror sembrado por los más fuertes, contra esas multitudes que prefirieron elegir a un predicador de falsedades que les prometió el cielo y la tierra a cambio de su ciega sumisión. Zweig, que intuyó la barbarie futura desde que Hitler apareció en escena, quiere ser ahora aún más contundente en la denuncia del mal. Para ello, y animado por el gran éxito de su “Erasmo”, recurre de nuevo a la Historia para tomar esta vez dos figuras de los primeros tiempos de la Reforma; se trata de los franceses Juan Calvino (1.509-1-564) y Sebastian Castellio (1.515 – 1.563). Ambos eran de carácter tan opuesto y se conportaron de forma tan distinta que Zweig los transformó en arquetipos de sendas maneras irreconciliables de ser, pensar y obrar.
    Los dos hombres entablaron una lucha que el pobre Castellio comparó con aquella que librase un mosquito contra un elefante, pero que no es otra que el trasunto de la eterna batalla entre la razón y la sinrazón, la honestidad y la hipocresía; de la sempiterna confrontación entre el individuo singular y el poder de un fanatizado. Su descripción constituye un argumento de una obra magnífica escrita con agilidad y una pasión asombrosas y tan actual que sorprende al lector, pues Zweig penetra en la personalidad de un extremista religioso (Calvino) que se proclamó “siervo de Dios” y que, en nombre del Altísimo, instaura una dictadura teocrática en la que no cabe en más mínimo atisbo de libertad personal, aterrorizando con su poder a la ciudad de Ginebra, cuyos habitantes se ufanaban de contarse entre los más libres y tolerantes de Europa.
    La terrible figura de aquel gran inquisidor- frío, calculador, incapaz de goce alguno-, dibujada con sobrecogedora precisión por Stefan Zweig, se torna más repugnante a medida que la narración avanza. Su pragmático celo de moralista demoniaco, las absurdas prohibiciones que impuso a los ginebrinos –vetó toda manifestación de alegría, el canto, las tabernas, el teatro, las efusiones amorosas...en su lugar, el sano trabajo y la asistencia a los oficios divinos ¡hasta tres veces al día!, parecian ya entonces monstruosidades inconcebibles, apenas soportables para personas civilizadas; sin embargo, los apacibles burgueses se las tragaron y se sometieron a ellas durante casi veinte años. Y ¡ay! del que atreviera a discutir las tesis expuestas por el dictador en su especie de “Mein Kampf” piadoso, la “Institutio Religionis Christianae” ¡eran infalibles!. El lo sabía todo acerca de la santísima trinidad o la predestinación, por ejemplo. Calvino, perfecto antecesor y sosias espiritual de un feroz líder yihadista de nuestros días, fundamentalista en nombre de Cristo, encaja en el molde de cualquier tirano. Acosado por complejos inconfesables, odia lo diferente, teme lo diverso y también lo individual; a su alrededor, solo desea corderos y aborrece tanto el talento como la controversia.
    Entre las múltiples atrocidades perpetradas por Calvino, quién acabó por ejercer una influencia absoluta sobre el poder civil, figura acaso la más infame: el asesinato público del “hereje” Miguel Servet, quemado vivo, junto con algunos ejemplares de sus libros, a las puertas de Ginebra el 27 de Octubre de 1.553. ¿ La razón de semejante crimen?, el delito de haberse atrevido a pensar de manera distinta a como ordenaba Calvino. El pobre Servet tuvo la osadía de enviar al tétrico tirano una obra suya en la que osaba discutir algunas tesis de la “Institutio”. Calvino jamás se lo perdonó; lo persiguió con saña hasta que logro ajusticiarlo. A muchos molestó el proceder arbitrario de Calvino, pero mientras los más callaban, sólo un intachable erudito, Sebastian Castellio, elevó la voz. Este honesto profesor, traductor de la Biblia al latín y al francés, hombre pacífico pero de inquebrantable conciencia moral y dotado de un agudo sentido de la justicia, se rebeló abiertamente contra la arbitrariedad del dictador. Con su retrato de Castellio, ya no pinta Zweig a otro Erasmo, alejado del mundo, al abrigo de su cálida habitación y de sus libros, sino al inteletual comprometido que está dispuesto a sacrificar su vida al airear en publico la injusticia. “Castellio no me refleja a mí”, manifestaría Zweig, “sino al hombre que me gustaría ser”. Castellio escribió y denunció, pero sus libros fueron requisados por la policía religiosa. El más célebre lo publicó bajo el seudónimo de Martín Bellius: “Sobre los herejes, si estos deben ser perseguidos” en 1.553. En esta obra argumentaba que la intolerancia religiosa es anticristiana y que son injustificables las persecuciones y, aún más, los asesinatos de seres humanos tan sólo porque piensen de manera distinta a la establecida según la autoridad eclesiástica. En suma, Castellio calificaba la quema de Servet como acto inhumano y acusaba a Calvino de asesinato; pero, con ello, aquel hombre honesto daba el primer paso hacia el camino de su propio calvario. La persecución desatada contra Castellio, el mosquito que osó picar al elefante, fue despiadada; lo mismo que a Servet, también a él querían condenarlo a morir entre terribles tormentos. Y así habría ocurrido de no haber fallecido inesperadamente, si bien después de haber sufrido numerosas humillaciones. La radiografía psicológica que Stefan Zweig elabora del carácter totalitario es demoledora, perfecta, como también el vigoroso estilo de una obra que arrebata.
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