NADA MÁS QUE LIBROS

NADA MÁS QUE LIBROS

By MANUEL ALCAINEArts
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NADA MÁS QUE LIBROS episodes

  • Nada más que libros - Simone de Beauvoir
    “No se nace mujer, sino que se hace, se deviene mujer. Así pues, la pasividad que caracteriza esencialmente a la mujer “femenina” es un rasgo que se desarrolla en ella desde los primeros años. Pero es falso pretender que se trata de una circunstancia biológica; en realidad, se trata de un destino que le ha sido impuesto por sus educadores y por la sociedad”.
    “El Segundo Sexo”. Simone de Beauvoir.
    Una de sus jóvenes amantes, Nathalie, dijo de ella que era como un reloj dentro de una nevera. Nathalie se sentía despechada porque Simone de Beauvoir no le daba todo el amor que ella pedía, pero aún así se diría que atinó con el símil. Simone, el Castor, que gravitó sobre generaciones de mujeres con su rotundo ejemplo de fuerza e independencia, era al parecer así en su vida privada: laboriosa, precisa, congelada. Implacable en la construcción de su vida y en su relación con los demás.
    Simone de Beauvoir nació en 1.908 en París en una familia de la alta burguesía con ínfulas de rancia aristocracia. También ella, como tantos otros escritores, probó en su infancia el sabor de la decadencia. En su caso fue espectacular y muy literaria, con un abuelo banquero que declaró una bancarrota fraudulenta y que pasó quince meses en la cárcel, con el medio burgués dándole la espalda a la familia, con Simone y sus padres mudándose a un piso miserable que ni tan siquiera tenía agua corriente y en el cual hubieron de prescindir de la servidumbre. El padre era un tipo derechista y frustrado que inculcó a sus dos hijas un ridículo sentimiento de superioridad, el patético desdén por la humanidad del aristócrata más pobre que una rata. Con el tiempo Simone se rebeló contra los valores burgueses de su entorno, pero siempre conservó ese sentido elitista de la existencia. Porque Simone era altiva y se creía superior a casi todo el mundo. No a Sartre, por supuesto, a quién veneraba probablemente muy por encima de sus merecimientos. Cuando se presentaron los dos , ella con 21años, él con 24, al examen final de filosofía, Sartre sacó el primer puesto y Simone el segundo, pero los miembros del tribunal estaban convencidos de que la verdadera filosofa era ella. Sartre fue siempre mucho más creativo, Simone más rigurosa. Probablemente ella debía debido dedicarse más al ensayo que a la narrativa, pues sus novelas son muy flojas, pero en una de sus pocas debilidades tradicionalmente femeninas, siempre consideró que la grandeza del pensamiento le correspondía a Sartre y que ella ocupaba un lugar subsidiario. Una vez, estando en pleno y ardiente romance con Nelson Algren, el escritor norteamericano que fue su gran amor de la madurez, Simone le dejó plantado para volverse a Francia: Sartre quería que le ayudara a corregir el manuscrito de uno de sus libros filosóficos; nada, ni tú, ni mi vida, ni mi propia obra está por encima de la obra de Sartre, le dijo entonces Simone al estupefacto Algren. Y regresó a París, para encontrarse allí con que Sartre se había ido de vacaciones con su amante de turno. En su entrega, en su aceptación del papel sustancial del hombre elegido, Simone cumplió su herencia cultural, las antiguas normas de su sexo. Pero lo formidable en su caso, lo que hizo que se convirtiera en un nuevo símbolo para la mujer, fue su capacidad para construirse como persona; Simone de Beauvoir enseñó que la mujer podía “ser” por sí misma, además de “estar con”.
    Sin duda Simone dio este salto gracias a su ingente voluntad, a su disciplina y a su esfuerzo, pero también gracias a las condiciones de su época, porque vivió su adolescencia en los años veinte, después de una guerra, la Iª Guerra Mundial, que había acabado con la sociedad del siglo XIX. En Rusia los bolcheviques parecían estar inventándose el futuro, el mundo era un lugar vertiginoso, la revolución tecnológica cambiaba la faz de la Tierra como un viento de fuego. En medio de esa mudanza había aparecido un nuevo tipo de mujer, la chica emancipada y liberada, dos palabras de moda. Se acabaron los corsés, las enaguas hasta los tobillos, los refajos; las muchachas se cortaban el pelo a lo garçon, llevaban las piernas al aire, eran fuertes y atléticas, jugaban al tenis, conducían coches descapotables, pilotaban peligrosas avionetas. Eran los febriles años veinte, los crispados e intensos años treinta, tiempos de renovación en los que la sociedad se pensaba a sí misma, buscando nuevas formas de ser. Había que acabar con la tradicional moral burguesa y en el ardor de aquellos años se pusieron en práctica todos los excesos que luego volverían a ensayarse, como si fueran nuevos, en los años sesenta: el amor libre, las drogas, la contracultura.
    El pulso de la época se manifestaba con toda su intensidad en Montparnasse, el barrio parisino donde Simone residió toda su vida. Por allí habían pasado Trotski, Lenin, Modigliani; por allí anduvieron los cubistas, con Picasso a la cabeza, y los surrealistas , Bretón y Aragón, una tropa bárbara y risueña que se dedicaba a reventar funciones teatrales y a darse de mamporros contra los bien pensantes en cenas y actos públicos: practicaban una suerte de terrorismo urbano. La cocaína corría por los bares, se experimentaba con la psicodelia, se tomaban anfetaminas, se bebía mucho. Tanto Simone como Jean Paul se excedieron con los estimulantes y sobre todo con el alcohol, lo que provocó el abrupto y prematuro envejecimiento de él; cuando Simone murió, a los 78 años tenía cirrosis. Sartre y Simone fueron almas gemelas: narcisistas, egocéntricos, elitistas, insufriblemente megalómanos; ella escribió que “ambos estaban juntos en el centro del mundo que debían explorar y revelar como misión prioritaria de sus vidas”. Esa misión se desarrollaba a través de las palabras. Palabras escritas en una infinidad de libros, ensayos, artículos, y en una correspondencia maniática e interminable. Grandes palabras con las que construyeron mundos y también palabras mezquinas, banales, mentirosas; indecentes y crueles palabras que han salido a la luz, tras la muerte de ambos, con la publicación de sus cartas diarios íntimos. Y es que hay dos Simones, dos Sartres; una la de que fueron esos grandes intelectuales iconoclastas y comprometidos; otra, la Simone y el Jean Paul privados que han ido emergiendo con la publicación de póstuma de los papeles íntimos.
    Se supo así que Sartre era un donjuán compulsivo y patético que necesitaba conquistar absolutamente a todas las mujeres, a las cuales inundaba de cartas amorosas con repetitivas frases, de torpe énfasis, escritas el mismo día en misivas distintas para las diversas amantes que simultaneaba de forma clandestina. También Simone mantenía relaciones bisexuales con diversos amantes que, a menudo, compartía con el propio Sartre y que eran generalmente alumnos y alumnas jóvenes, rendidos admiradores de la pareja. Ambos, después de jurar pasiones arrebatadas, las despellejaban con total frialdad, como indica la lectura de las cartas y los diarios íntimos de ambos dibujando un retrato que, en el peor de los casos les hacen parecer colegas de cuartel compartiendo la sucia gloria de las conquistas; en el mejor, entomólogos fríos y feroces capaces de diseccionar todas las vidas como mera materia literaria.
    Con el tiempo Simone y Sartre se fueron alejando el uno del otro. Ambos acabaron sus vidas con mujeres a quienes llevaban más de treinta años: Arlette en el caso de él, Sylvie en el de ella, y a quienes adoptaron legalmente. Los siete últimos años de Sartre fueron malos para él: estaba ciego y mentalmente afectado. Simone contó a sus biógrafos los últimos instantes de Sartre: “estaba en la cama del hospital y, sin abrir los ojos, dijo: “la amo mucho, mi querida Castor”, y le ofreció los labios, que ella besó; y luego se durmió y murió”. Pero la cosa no fue así: fue Arlette quien estaba con Sartre cuando este murió. Simone llegó después e intento meterse en la cama con el cadáver. Simone de Beauvoir sólo sobrevivió seis años a su mítica pareja; murió en 1.986. En 1.990, Sylvie, su hija adoptiva, sacó la edición integra de esas cartas personales de Simone tan turbias y tan míseras. ¿Por qué decidiría publicarlas? ¿Por amor al recuerdo de Simone?¿Por dinero?¿Por venganza?. Nada se sabe de la relación de Sylvie con Simone, que se extendió durante los últimos veintitrés años de la vida de la escritora y que Beauvoir comparó a veces con su relación con Sartre; pero lo cierto es que la publicación de sus papeles privados ensuciaron el mito de la autora. Ella que tanto aireó impúdicamente las intimidades de los demás, se convirtió de pronto en objeto de impúdico cotilleo: tal vez fuera un caso de justicia poética. Sea como fuere, ahora su imagen es más compleja y más humana: porque todos tenemos vergüenzas e incoherencias que ocultar en nuestra vida privada. Y al final, entre tanta gloria y tanta miseria, lo que queda es la magnífica proeza de haber sido libre y responsable de su propio destino. Para bien y para mal, Simone de Beauvoir se hizo a sí misma.
    27 min
  • Nada más que libros - León Tolstoi. Guerra y Paz
    “Probablemente la mayor hazaña de Tolstoi en “Guerra y paz” es que pese a sumergirnos en las cloacas de lo humano, nos inyecta la convicción de que, con todo, la aventura humana es infinitamente más rica y exaltante que las miserias y pequeñeces que también se dan en ella; que vista en su conjunto, desde una perspectiva serena, ella vale la pena de ser vivida, aunque solo fuera porque en este mundo podemos no sólo vivir de verdad, también de mentiras, gracias a las grandes novelas”.
    -Mario Vargas Llosa-
    León Tolstoi - Una gran epopeya
    Al componer “Guerra y Paz”, Tolstoi intentó introducir personajes que representaran a todos los estamentos sociales de la vida rusa. Cada una de las 559 figuras que aparecen se mueve estimulada por sus objetivos personales, pero, como todas actúan dentro de circunstancias históricas excepcionales, sus aspiraciones adquieren una dimensión social. De entre ellas, dos, Andréi Bolkonski y Pierre Bezújov, ocupan los planos maestros en que se desarrolla la novela, en la paz y en la guerra; además, el eje ideológico estará constituido por la maduración espiritual de ambos. De claros rasgos autobiográficos, Andréi y Pierre se hallan en el vórtice de los acontecimientos históricos, por lo que adquieren una estatura épica. Incorporados al proceso de la guerra, se someten a él y hallan en su lugar los destinos de la humanidad. Con un protagonismo equivalente, ambos acceden al centro de la trama por vías distintas, lo que le permite al autor ampliar el campo social del relato
    Al comenzar la novela, Andréi aspira a situarse entre los que rigen los destinos de la historia y considera ídolo a Napoleón. Pero la guerra que llega y el contacto con los hombres, ahora transformados en soldados, le hacen ver que la fama, a la que había supeditado sus ideales, no es más que pura vanidad. Así se convierte en el primer crítico de la idea napoleónica. Herido en la batalla de Austerlitz, mientras yace en el campo y se enfrenta con la muerte, comprende la falsedad de sus aspiraciones. También Pierre Bezújov busca una razón de ser, aunque por caminos distintos. Hijo bastardo de un aristócrata, despreciado por los de su clase, se convierte de pronto en favorito de los que le detestaron debido a que hereda una gran fortuna. La decepción que esto le causa lo hace acudir a la masonería, atraído por el precepto de que sus miembros deben llevar una vida moral sin tacha. Pero también en esto sufre un desengaño. Entonces halla la verdad en la guerra, de cara a la muerte. Prisionero de los franceses, comparte el cautiverio con el campesino Platón Karatáev, que cubre sus necesidades materiales con su propio esfuerzo, mínimamente, por lo que es un hombre feliz y moralmente rico. La lección moral de este encuentro es que la desdicha está originada por todo lo que excede las necesidades elementales del hombre. Karatáev expresa el ideal cristiano que Tolstoi buscó y encontró en la vida campesina. No se trata de retornar a una condición primitiva, sino de renunciar a lo superfluo, a la civilización impuesta desde arriba por los especuladores.
    En la novela aparecen también figuras históricas como Napoleón, Alejandro I y Kutúzov, el jefe del ejercito ruso. Tolstoi mantiene un difícil equilibrio entre la fidelidad que le debe a los hechos históricos y la subordinación de estos personajes a la idea general de la obra. Porque son ellos los que dictan la gran política europea y los que determinan la marcha de la guerra. Y también porque a través de ellos el autor expone sus reflexiones históricas y filosóficas más profundas. En este sentido es particularmente importante la visión que tiene Tolstoi de Napoleón Bonaparte. Lo muestra como un hombre cegado por la soberbia, estúpido, canallesco, de gestos teatrales y pronunciando siempre frases para la historia. Napoleón es tanto más ridículo cuanto que está en manos de la providencia y es ella la que marca el rumbo de la historia. Este fatalismo determina también la actitud de Kutúzov, que se somete resignadamente al destino. En lo que su situación se parece bastante a la de Napoleón. Sin embargo, en el aspecto humano, Kutúzov es totalmente opuesto al emperador francés. Su sinceridad, la benevolencia con que trata a sus soldados y su odio por las intrigas palaciegas encarna los mejores rasgos del carácter ruso.
    Pero en la vida de Andréi y de Pierre no todo son situaciones heroicas. Ellos también viven con intensidad la vida cotidiana. Esto le permite a Tolstoi incorporar a la novela, de una manera natural y lógica, los acontecimientos más variados; es decir, a través de ellos logra diseñar un cuadro completo de la época. Con igual fuerza describe la batalla de Austerlitz, una cacería o un baile de sociedad. De forma que la aparición de Natasha Rostova se realiza de manera muy natural. Natasha protagoniza las páginas más líricas y bellas de la novela. Rechaza el amor de Andréi pero al final se casa con Pierre. Su figura es un catalizador, pues los personajes descubren a través de ella su riqueza espiritual. Riqueza que luego confirmarán las circunstancias bélicas.
    Todos los personajes de “Guerra y paz” tienen una viveza y una fuerza extraordinaria porque el autor es un maestro del retrato físico. Lo que más le interesa a Tolstoi de sus personajes, que nunca son estáticos, apáticos o inertes, es mostrar cómo en la vida siempre existe la posibilidad de cambio en respuesta a nuevos estímulos externos o internos, y a pesar de su capacidad de presentar escrupulosamente las más nimias fluctuaciones de los estados de ánimo y de los impulsos, y de analizar con detalle la proliferación de pensamientos y sentimientos, los actos y acontecimientos que más le importan son los que significan crecer, madurar, casarse, envejecer y morir. Debido a esta capacidad de identificarse con los sentimientos de los personajes más diversos y, al mismo tiempo, de observarlos con distanciamiento, así como de transmitir una organización sumamente compleja de la realización humana y una asignación de destinos en la tierra. Tolstoi ha sido comparado más de una vez con un dios, pero, según Gorky: “un dios ruso que se sienta en un trono de arce bajo un tilo dorado, no muy majestuoso, pero tal vez más astuto que otros dioses”.
    Novela larga y compleja, “Guerra y paz” logra captar con sus ricos elementos la atención apasionada del lector. Sus diversos niveles y la maestría con que están tratados la convierten en una de las mejores aportaciones de Rusia a la novelística universal. Con justicia figura a la cabeza de la épica moderna.
    18 min
  • Nada más que libros - Edgar Allan Poe. El genio maldito.
    “¡Y oí un discordante clamoreo de voces humanas! ¡Resonó poderoso un toque de trompetas! ¡escuche un áspero chirriar semejante a mil truenos! ¡Las terribles paredes retrocedieron!. Una mano tendida sujetó mi brazo en el instante en que, desmayado, me precipitaba al abismo. Era la mano del general Lasalle. El ejército francés acababa de entrar en Toledo. La Inquisición estaba en poder de sus enemigos”.
    Fragmento final de “El pozo y el péndulo”.
    El credo literario de Edgar Allan Poe puede resumirse diciendo que toda obra debe redactarse en función de la última línea. Nació en Boston, en 1.809, y murió en Baltimore en 1.849. Hijo de actores pobres, fue adoptado por un comerciante, John Allan, de cuyo apellido hizo su segundo nombre. Vivió entre el riesgo del “delirium tremens” y la neurosis y en 1.836 contrajo matrimonio con su prima Virginia Clemm, de trece años de edad, que murió de tuberculosis en 1.847, dos años antes que el escritor. Así y todo legó una obra presidida por la lucidez y la sensibilidad, por una inteligencia que supera las relaciones de cálculo y una capacidad poética que le permitió explorar los abismos menos sospechados del hombre. Por eso su herencia es también una herencia de dolor. Su poema “El cuervo”, de 1.845, puede servir para abordar el espacio de toda su obra. De él encontramos una explicación escrita por su autor en el ensayo “La filosofía de la composición”, en el que nos dice que para escribir esta obra quiso partir de la belleza y que el tono que debía tener era el de la melancolía. Antes se había planteado el problema de la longitud más idónea , decidiendo que el centenar de versos era ideal para un buen efecto psicológico. Después, cono punto de apoyo temporal, Poe decidió introducir un estribillo breve, de sonido rotundo y lúgubre al mismo tiempo: la palabra “nevermore”, “nunca más”, repetida por un cuervo. El resultado fue “El cuervo”, cuyos detalles, dice el autor, fueron minuciosamente pensados, no dejando nada al azar. Sea como sea, el poema contiene una carga emotiva auténtica al margen de su pretendida construcción geométrica.
    Sin embargo , la celebridad de Poe reside fundamentalmente en sus cuentos, en los que combinan las elucubraciones mentales y el horror necrofílico. Ejemplos de estos son “El pozo y el péndulo” y “Los hechos sobre el caso de Mr. Valdemar”; esta último nos presenta a un hombre que murió hipnotizado y mientras no le sacaron de la hipnosis no se corrompió y siguió hablando desde más allá de la muerte. Está también “El hundimiento de la Casa Usher”, cuya diferencia con los anteriores radica en su clara intención poética. Una mención aparte merecen los relatos que han pasado a la historia literaria como precursores de la novela policíaca: “La carta robada”, “El escarabajo de oro” y “Los crímenes de la Rue Morgue”. El personaje Auguste Dupin es el modelo de todos los investigadores, detectives y sabuesos que han poblado la novela policíaca, de terror, la novela negra, la novela criminal, la novela de espionaje, en una palabra, toda la novela de misterio de los siglos XIX y XX. El método y la cautela de Dupin son repetidos tanto por Rocambole como por Monsieur Llecocq, por Arsenie Lupin como por Sherlock Holmes. Y en ellos encontramos la misma hermenéutica que preside la composición de “El cuervo”. Pablo Neruda dijo: “Poe, en su matemática tiniebla” para transmitirnos el horror mental, de teorema, de vacío místico, que baña todas las obras del escritor. La imaginación debía estar gobernada por un rigor parecido al que rige a un mecanismo de relojería.
    Otros relatos mencionables de Poe son “El barril del amontillado”, “Manuscrito encontrado en una botella” y “La caja alargada”. Asimismo escribió una novela, “Las aventuras de Arthur Gordon Pym, mezcla de un viaje de aventuras y de fantasía macabra. Los personajes de Poe extreman hasta lo grotesco la tendencia nocturna y melancólica de las novelas románticas y góticas. Sin embargo, la diferencia estriba en que mientras los autores románticos hacían actuar a sus criaturas mediante el empuje de la pasión o el arrebato, los héroes de Poe se distancian de sus acciones, viven por sí mismos una suerte de fatalidad que los arrastra al abismo. Aunque es innegable que toda esta escenografía – memorable es la aparición del barco fantasma en “Las aventuras de Arthur Gordon Pym” con el vigía sonriendo: sonrisa que no es más que las picaduras que los pájaros han hecho en el rostro de un espectro – fue hallada en las narraciones románticas y góticas del siglo XVIII. Bueno es retener esa palabra, “espectro”, para definir a los personajes del autor: seres descarnados, unidos a una acción más que a una personalidad, recordados más por lo que hacen que por lo que son.
    Insistamos no obstante en que la parte verdaderamente importante de la obra de Poe es su poesía. La revolución antirromántica que él llevó a cabo tuvo características de cataclismo. No creía en la inspiración. Todo poema debía nacer de una programación, de una elaboración más cercana de la ciencia que del corazón. Sin embargo, Julio Cortázar tercia en esta postura cuando dice: “Es lícito sospechar, a la luz de un análisis global de impulsos y propósitos, que la relojería de “El cuervo” nace de la pasión más que de la razón, y que, como en todo poeta, la inteligencia es allí auxiliar de lo otro, de eso innombrable que se agita en las profundidades”.
    Los críticos están de acuerdo en señalar el gran valor de los ensayos de Poe, que constituyen la labor de crítica literaria de mayor enjundia lograda en los Estados Unidos. Cabe mencionar la obra más representativa del género, “Eureka”, entre los innumerables textos que escribió para los periódicos. “Eureka” fue escrito poco tiempo antes de morir el poeta, con la pretensión de abarcar y desentrañar todos los misterios y designios de universo. Pero la validez científica que Poe quiso imprimirle no se ve corroborada por la demostración. El autor afirmó: “Lo que he propuesto revolucionará a un tiempo el mundo de la física y el de la metafísica. Lo digo con calma, pero lo digo”. Pese a esto, la obra tiene más valor como poema cosmogónico que intenta desentrañar los arcanos de la unidad primigenia que como aportación al mundo de las ciencias especulativas. “Eureka” funda una realidad, produce una escatología divina cuyo fundamento no es otro que el asombro producido por la razón poética. Lucidez y pasión, pues, parecen coincidir en la obra de Edgar Allan Poe; en síntesis, capacidad para sondear los recovecos de la locura y para reflexionar fríamente sobre la obra literaria.
    Edgar Allan Poe murió en circunstancias desdichadas. La muerte de su esposa, en 1.847, lo había hundido más en la alucinación en la que ya vivía a fuerza de alcohol y drogas. Al final era puro dolor y torpeza para enfrentar un mundo que tenía coordenadas distintas. Las fuerzas inefables, esas que habían recorrido su obra y su fantasía, lo asediaron cruelmente en sus últimos momentos. Luchó contra las apariciones del “delirium tremens”, contra las pesadillas que poblaban sus sueños, contra todo lo que en el fondo de su espíritu encarnaba el mal del universo. La muerte, la enfermedad- que lo había separado cruelmente de su mujer- , el fin del amor, la mediocridad de una vida menos vasta que sus propios sueños, el horror, en fin, de transitar y nunca de permanecer, Todo lo que intentó reflejar en sus obras y que en su vida se vio multiplicado, condenándolo a un infierno más real que el que le pronosticaba su destino. Antes de morir era uno más de sus personajes: un espectro asombrado frente al infinito.
    22 min
  • Nada más que libros - La Regenta
    “El más digno de consideración, entre los abonados al gabinete de lectura, era un caballero que había llevado granos a Inglaterra y se creía en la obligación de leer la prensa extranjera. Llegaba a las nueve de la noche indefectiblemente, tomaba “Le Figaro”, después “The Times”, que colocaba encima, se ponía las gafas con montura de oro y arrullado por cierto silbido tenue de los mecheros del gas, se quedaba dulcemente dormido sobre el primer periódico del mundo. Era un derecho que nadie le disputaba. Poco después de morir este señor de aplopejía, sobre “The Times”, se averiguó que no sabía inglés”.
    “Don Leopoldo era muy pequeñito y delgado, casi óseo y todo nervios; una especie de avecilla, con apenas peso de matria. El cráneo, un tanto voluminoso, en relación con la parquedad del cuerpo. El pelo de cabeza y barba, maiceño...”Así describe Ramón Pérez de Ayala a su maestro y de hecho paisano Leopoldo Alas, “Clarín. Nacido en Zamora en 1.852, allí permanecerá muy poco tiempo, pues su padre, Gobernador Civil, es nombrado para el mismo cargo en varias provincias más, hasta que siete años después la familia se instala definitivamente en Oviedo. Clarín estudió la carrera de Derecho, obteniendo una cátedra primero en Zaragoza y luego en la capital asturiana, donde muere en 1.901. Clarín, en su tiempo, fue conocido no sólo como creador sino también como crítico, y tanto en una como en otra actividad mostró un espíritu hondamente religioso y una preocupación social y política aunque teñida de una progresista, buena e inteligente dosis de escepticismo. Si Leopoldo Alas “Clarín” es, fundamentalmente, el autor de la novela “La Regenta”, también, merece ocupar un puesto de privilegio entres los cuentistas españoles de todos los tiempos. Narraciones breves como “Cambio de luz”, de carácter religioso; “¡Adiós, Cordera!”, de ambiente campesino; “El torso”, de índole social y “Pipá”, con muy bien dibujados protagonistas infantiles, pueden ser testimonio de la larga nómina de sus títulos, todos ellos de calidad indiscutible y de una belleza y un valor testimonial reconocidos unánimemente por la crítica. También son magníficas sus novelas, de mayor o menor extensión como “Su único hijo”, en la que abundan los paralelos con “La Regenta”; “Avecilla”, desarrollada en un Madrid que recuerda al de Galdós; “Doña Berta”, su obra más querida y alguna otra.
    Comentar el relato de los demás le llevó a escribirlos. “La Regenta” (1.884-1.885) es quizá la más grande novela española después del “Quijote” y, con diferencia, la mejor escrita y pensada de las muchas espléndidas que se publicaron en el decenio de los ochenta del siglo XIX. Se la relacionado con “Madame Bovary” de Flaubert (de la que hereda su amarga reflexión sobre el talante romántico y la idea de situar una escena capital en un teatro: allí en la representación de la “Luzia de Lammermoor” de Donizetti, aquí en la del “Tenorio” de Zorrilla); con “Pecado del abate Mouret” o “La conquista de Plassans” de Zola que seguramente algo le inspiraron a Clarín acerca de la sexualidad de los sacerdotes, y hasta con “El primo Basilio” de Eça de Queiroz, “Anna Karenina” de Tolstoi o “Fortunata y Jacinta” de Galdós.
    Sin embargo fue la experiencia personal de Leopoldo Alas lo que transfiguró todo y dio sentido a la compleja novela de un crítico avezado que con ella quería, según le confesó a Galdós en una carta, satisfacer su gana de escribir y hacer disfrutar a cinco o seis amigos, entre los que destacaba a Pereda y al mismo Galdós. Esta escritura personal y a la vez dilatada, pues Clarín fue entregando la novela por capítulos sueltos a su editor, dan claves muy útiles para abordar el relato más calculado, consciente e intelectualmente refinado de su tiempo. En él, el escritor desmintió todo lo esperable en los personajes de un sólido drama de adulterio provinciano: Ana Ozores es la insatisfacción que no sabe su causa, pero también la ensoñación, la inteligencia natural y la rebeldía que siempre alguien ha reprimido en la huérfana de un descarriado liberal; Fermín de Pas no solamente es la ambición sin freno y el deseo sino aquel chiquillo al que su madre, Doña Paula, la antigua tabernera de mineros, ha convertido en la herramienta de sus resentimientos; Don Víctor Quintanar no sólo es el patético y trivial engañado, o el ridículo pretendiente de la criada, o el estúpido que es sorprendido por su mujer cuando ensaya versos de Calderón frente al espejo, sino el humanísimo anciano que ante su amigo Frígilis acepta su muerte y su error; la muerte y entierro del comerciante Santos Barinaga, arruinado por el Magistral Don Fermín y su madre, proporcionan a su figura una dimensión que sobrepasa el humorismo anticlerical; Visita es más que una amiga desleal de Ana, pues goza del adulterio como por delegación, y Petra es mucho más que una criada con iniciativas. Solamente Don Álvaro Mesía, el cacique liberal ya entrado en carnes, se limita a su vanidad de conquistador muy corrido y de jefe natural del casino vetustense. La Regenta no será vencida por su marido, ni por un destino romántico y fatal, sino por una sociedad que la envidia. Ana Ozores, como Emma Bovary, como su homónima rusa Anna Karenina, será castigada aunque sea el personaje positivo de la novela, la única heroína. Mujer religiosa, considera que su infidelidad solo puede justificarse si el amor de Mesía es tan verdadero como el suyo; él había jurado una eternidad de amores. Pero don Álvaro Mesía resulta ser un don Juan vil y grosero, necio y frío y a Ana Ozores no le queda ni siquiera el consuelo de haber amado a un hombre que lo mereciera.
    “La Regenta” retrata un ambiente moral pretencioso y espeso, seudorromántico todavía, donde el tiempo atmosférico, los objetos y la topografía casi parecen palparse, pero ese realismo descriptivo es solamente el contraste con un mundo todavía más denso donde se libra la batalla de lo espiritual contra lo carnal: la imposible hermandad que Ana Ozores, la regenta, sueña mantener con el Magistral y la feria de intrigas que invita a la alcoba, presididas ambas por una catedral desde cuya torre vigilante empieza la novela y en cuyas sombrías naves acaba con el desmayo de la protagonista y el beso a traición del monaguillo.
    “La Regenta”, es considerada es considerada por muchos como la mejor novela española – y una de las mejores europeas – del siglo XIX. En esta obra se funden, de mano maestra, dos temas ya habituales en la novela europea, el adulterio y los conflictos planteados por un cura en amoríos; aunque en “La Regenta” el personaje fundamental sea Ana Ozores, la mujer del exregente de Vetusta (nombre literario que da el autor a la ciudad de Oviedo), con sus prejuicios, su tedio y su asfixiante atmósfera social. Novela psicológica, en el más estricto sentido del término, pero también de carácter social, “La Regenta” es causa de noble orgullo para la literatura, y una pieza maestra entre las novelas de todos los tiempos y latitudes. Así lo vio Galdós, cuando escribió el prologo a esta obra: “Los que leyeron “La Regenta” cuando se publicó, léanla de nuevo ahora; los que la desconocen, hagan con ella conocimiento….”. “La Regenta” fue publicada en dos tomos entre 1.884 y 1.885 y fue acogida con tal escándalo en Oviedo que la publicación se hizo en Barcelona; a pesar de eso, el obispo de Oviedo publicó una pastoral contra Clarín. Hay en esta novela una galería de más de cien personajes secundarios, todos fascinantes y muy bien definidos y profundizados. También se caracteriza por el uso novedoso para el siglo XIX de la técnica del “flashback”, del estilo indirecto libre en el que los personajes narran su historia, lo que permite adentrarse en sus pensamientos, y del monólogo interiorizado.
    24 min
  • Nada más que libros - Don Juan y los donjuanes.
    “Por doquiera que fui
    la razón atropellé,
    la virtud escarnecí
    y a la justicia burlé.
    Y emponzoñé cuanto vi,
    y a las cabañas bajé,
    y a los palacios subí,
    y los claustros escalé;
    y pues tal mi vida fue,
    no, no hay perdón para mi”.”
    Don Juan Tenorio”. José Zorrilla.
    A lo largo de su historia algunos de los personajes emblemáticos de la literatura universal han creado sustantivos o adjetivos derivados de su propio nombre; así, oímos hablar de un tartufo, de un quijote, de una bovary como héroes ya sustantivados en los que generalmente se da una connotación más bien negativa. Incluso al hablar de un quijote, del quijotismo, hacemos referencia a un loco visionario, con toda la grandeza que puede tener don Quijote pero con cierto tinte conmiserativo; por supuesto se tacha a una persona de otelo por su naturaleza celosa o se habla del carácter fáustico para marcar al ambicioso dispuesto a vender su alma al demonio o a cualquier demonio contemporáneo a cambio de la inmortalidad, el poder social o el triunfo económico.
    Don Juan es uno de los personajes con más vida literaria de la historia. Tenemos únicamente un don Quijote, tenemos un Hamlet, tenemos una Emma Bovary y alguna secuela también, y muy notable, en la Ana Ozores de la “Regenta”, de Clarín. Estos son personajes únicos de un solo libro. Don Juan, por el contrario, se configura como un mito y además un mito surgido a partir de obras literarias (la de Tirso de Molina en particular y la de José Zorrilla) valiosas pero no comparables a “Don Quijote” de Cervantes, a “Madame Bovary” de Flaubert, a “Hamlet” y “Otelo” de Shakespeare o al “Fausto” de Goethe. Quizá por esa misma razón y por el propio carácter del personaje, Don Juan ha tenido muchas encarnaciones y las sigue teniendo. Es un personaje que seduce aún, no únicamente a las mujeres de su leyenda ni a los autores que escriben sobre él, sino que también sigue seduciendo al lector, quién parece tener una predisposición natural para saludar a un nuevo Don Juan con curiosidad y con aprecio; y aunque en la mayoría de esas reencarnaciones el personaje sigue conservando un carácter un tanto desabrido o cínico, el hombre de la calle no recibe con disgusto la apelación de donjuán que alguien le pueda dar, sino todo lo contrario. El donjuanismo como calificativo (frente a lo que podría ser el otelismo o el tartufismo) implícitamente es un secreto motivo de placer para el hombre al que se tilda de ello. Los rasgos esenciales del personaje se esbozan ya en “El burlador de Sevilla” de Tirso de Molina, aunque con un siglo de diferencia, comienzan a aparecer nuevas recreaciones algunas muy célebres como la de Moliere, o naturalmente la más tardía de Zorrilla (que en España es la que consolida y relanza al personaje), y otras que ya en el siglo XX alcanzarían notoriedad, como las de Von Hörvath o Max Frisch. Lo cierto es que es un personaje ilimitado que ha trascendido el género estrictamente dramático y se han ocupado de él poetas como Byron y Pushkin, novelistas como Pérez de Ayala y Torrente Ballester o libretistas como Bertati (para el compositor Gazzaniga) y Da Ponte (para la suprema ópera “Don Giovanni”).
    Cuando hacemos la reconstrucción del personaje a través de sus versiones sucesivas nos damos cuenta de que estamos ante alguien cuya esencia es la falta de carácter, desprovisto de voluntad, cuya vida se va construyendo como una línea sin trazo definido, discurriendo a golpes, con altibajos, y que en un momento dado suele concluir trágicamente. La única fuerza motriz que da impulso a esa trayectoria de un personaje que deja recuerdos pero no huellas sería la fuerza del disfrute, del deseo del placer sensual. Hay dos visiones negativas de Don Juan: una, teñida de ideología o de moralismo trata de la que a partir de un concepto religioso de la vida, rechaza al personaje como representante por antonomasia del cuerpo frente al espíritu. En la obra de Zorrilla Don Juan es básicamente un cuerpo emisor de signos verbales, gran exhibidor de su propia fuerza física, y alguien que también desafía otra de las normas centrales de la religión: la monogamia, la fidelidad matrimonial. Todo precepto queda desafiado por ese burlador de las mujeres casadas, las noches de boda y las doncellas casaderas que es, por excelencia, Don Juan. Por extensión es el enemigo de la paternidad, por que es el hombre que nunca se consume, nunca se delimita, nunca ha sido visto como un procreador; es el que va picoteando entre las mujeres, el seductor, el amante de una noche o de una aventura, el que realiza una difícil conquista, pero nunca el generador de una estirpe. De hecho, nunca es visto como un posible padre, y por tanto, también por ese lado chocaría con otra esencia de un entendimiento cristiano de la vida. Hay otras visiones que calan negativamente al personaje de modo mucho más considerable, y son las que le pintan como un desalmado, un personaje sin capacidad de expresión sentimental alguna, un coleccionista de mujeres, un manipulador, un arruinador de las personas, que las sitúa como trofeos en una vitrina y un mentiroso que utiliza constantemente el disfraz. Todo ello puede resumirse en un concepto central: el de la infidelidad. No ya la infidelidad matrimonial, que es un pecado en general disculpable por todos los hombres y las mujeres, sino una infidelidad más profunda, más alarmante: la personal.
    Don Juan es el hombre que no se casa con nadie, y no solo en el sentido nupcial de la palabra; es el hombre que no se compromete con nadie, que no es fiel a nadie, que no cumple ninguna promesa, que no respeta ninguna amistad, que no atiende a ningún vínculo, y cuya propia esencia es ese deslizamiento huidizo entre los principios más sólidos mediante los cuales los seres humanos nos entendemos y nos soportamos los unos a los otros. En algunas versiones, como la de Da Ponte – Mozart, este aspecto se refleja en las relaciones que mantiene con su criado, que se supone que es su gran asistente y su cómplice; esas relaciones son a menudo, por el contrario, antagónicas, típicas de dos bribones puestos en conexión: la bribonería del señor frente a la bribonería un poco más a ras de suelo del criado, Leporello, vistas como el conflicto entre dos infieles naturales.
    Esta es, a grandes rasgos, la doble visión negativa del personaje. Pese a la cual, insisto, casi ningún hombre se sentirá insultado al ser catalogado como un donjuán. Si leemos el drama de Tirso, teniendo en mente las obras posteriores, se advierte un deseo fundacional de mito, un intento que va más allá de la creación de una obra de ficción, una comedia de intriga moral. En ese Don Juan no hay solo la plasmación afortunada y llena de futuro de un personaje, la creación de un prototipo que ha dado pie a un mito posterior de gran envergadura, y al cual Tirso alude en distintos episodios. Tal vez el más llamativo aparece al comienzo de la obra de un modo casi cinematográfico: al levantarse el telón toda la acción está ya en desarrollo, en torno a la seducción de Isabela, quien, aún un poco sofocada por la peripecia que acaba de sufrir o de gozar pregunta a su seductor quién es; Don Juan le responde “¿quién soy?. Un hombre sin nombre”.
    Y es que en cierta medida “El burlador de Sevilla” trata de la construcción del nombre, de la fundación del nombre de Don Juan Tenorio, el Don Juan a secas de la imaginación popular posterior. Un personaje que a través de sus acciones, conquistas, desafíos, a través de su propio final (que en el caso de Tirso no es un final feliz: Don Juan se condena y es arrojado al infierno por la mano que le apresa, la mano pétrea de la estatua que viene aceptando la invitación a cenar ) se crea un nombre, una leyenda.
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  • Nada más que libros - Poesía en la Guerra Civil
    “No tenemos otra obligación que gritar, gritar hasta enronquecer, para que nos oigan en el último rincón del mundo. Como sea, con la pluma, con el pincel, con el lápiz, con la palabra, pero gritar tan fuerte que nuestro eco quede vibrando en el aire eternamente. Esta es nuestra misión.”
    Santiago Ontañón.
    La literatura de la guerra civil tiene una condición muy particular: su carácter de urgencia. En las dos zonas, pero sobre todo en la republicana, los escritores se sintieron apremiados por la necesidad de producir rápidamente textos convincentes, de gritar su convencimiento por todos los medios puestos a su disposición. El tipo de poesía nacido en una guerra, la de Troya, floreció de una manera singular entre los combatientes de los dos bandos, pero sobre todo, como hemos dicho, en el republicano. Rápidamente circularon poemas anónimos, y estas coplas elementales, con reminiscencias del antiguo folclore tradicional, eran fáciles de memorizar. Desde los primeros momentos se insertaron poemas en las publicaciones de los frentes, y entre los republicanos, desde agosto de 1.936 la revista “El mono azul” empezó a canalizar la producción. A los poetas “profesionales”, como Alberti, Antonio Machado y Miguel Hernández, se añadieron las voces populares, los poetas anónimos; surgieron nuevos nombres, y eso constituye un elemento fundamental del estallido poético de la guerra. Todos juntos colaboran a formar este nuevo romancero.
    El romancero comenzado en “El mono azul” salió en un libro titulado “Poesía de guerra” editado en 1.936, y luego en una edición preparada por Manuel Altolaguirre, del mismo año: “Romancero de la guerra civil”. Su edición definitiva, “Romancero general de la guerra de España”, de 1.937, seleccionada por Emilio Prados y dedicada a García Lorca, comprende más de trescientos poemas de autores conocidos, otros de desconocidos y algunos anónimos. Se menciona a menudo este primer “romancero” de la guerra por ser el más difundido, pero a los largo de numerosas investigaciones se han podido recopilar más de cincuenta colecciones de poesías con ese nombre o con el de “cancionero”, publicados no solamente en España, sino por todas partes del mundo. Además de estas colecciones de poesías, hay que insistir en las obras de unos poetas especialmente prolíficos y valiosos. Empezaremos con Rafael Alberti que ha dejado poemas inolvidables, , reunidos en “Madrid, capital de la gloria” de 1.937. Estas composiciones , de muy diversas medidas, en las cuales la libertad parece ser la norma, están dedicadas a una gran riqueza de temas, si bien todas giran alrededor de la guerra: los soldados, los campesinos, la resistencia civil, los miembros de las Brigadas Internacionales, el general Kleber, García Lorca, etc. Vamos a leer unas estrofas de un poema dedicado a las Brigadas Internacionales:
    “Venís desde muy lejos…….Mas esta lejanía,
    ¿qué es para vuestra sangre, que canta sin fronteras?
    La necesaria muerte os nombra cada día
    no importa en que ciudades, campos o carreteras.”
    Antonio Machado, defensor desde siempre de la libertad, ya mayor en 1.936, fue, sin embargo, uno de los primeros en colaborar con la República en toda clase de publicaciones, y particularmente en “Hora de España”. Asimismo firmó declaraciones, habló por la radio etc. El primer poema de Antonio Machado durante la contienda fue dedicado a la muerte de otro poeta, Federico García Lorca; salió en el semanario “Ayuda” en Octubre de 1.937, y dio pronto la vuelta al mundo. Esta considerado por muchos como uno de los mejores de Machado en sus últimos años y fue también uno de los más estremecedores y de mayor valor lírico entre los muchos compuestos en el mundo a la memoria del poeta del “Romancero gitano”:
    “Se le vio, caminando entre fusiles,
    por una calle larga,
    salir al campo frío,
    aún con estrellas, de la madrugada.
    Mataron a Federico
    cuando la luz asomaba.
    Que fue en Granada el crimen
    sabed - ¡pobre Granada! - en su Granada.”
    Antonio Machado abandonó Madrid en Noviembre de 1.936, aconsejado por Alberti y León Felipe; vivió en Rocafort, a unos kilómetros de Valencia, hasta Marzo de 1.938, y se trasladó después a Barcelona. A principios de 1.939, formó parte del éxodo que pasó a Francia, y murió, el 22 de Febrero, en un oueblo cercano a la frontera, Collioure. Final quizá más trágico aún tuvo otro gran poeta, Miguel Hernández. Para muchos este encarna, simboliza, lo más auténtico de la literatura republicana durante la guerra civil. Como otros tantos intelectuales se incorporó al ejercito republicano, y se le vio luchar en Jaén y Teruel; posteriormente fue comisario de cultura de las fuerzas de “el Campesino”. Su producción literaria creció entonces y se hizo caudalosa: escribió poemas, teatro, textos en prosa, etc..Ya en 1.937 apareció en Valencia su espléndido libro “Viento del pueblo”, dedicado a Vicente Aleixandre. También en él constatamos la primacía de la figura de Lorca, y a esta elegía siguieron varios poemas dedicados a los obreros y al trabajo, a la injusticia social y a otros muchos aspectos de la propia guerra. Una estrofa del arrollador poema que da título al conjunto es:
    “Vientos del pueblo me llevan,
    vientos del pueblo me arrastran,
    me esparcen el corazón
    y me aventan la garganta”.
    No menos emocionante es la “Canción del esposo soldado”, que puede colocarse entre los mejores poemas amorosos de la literatura española:
    “Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
    te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
    Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
    ansiado por el plomo”.
    Antes de terminar la contienda aún terminó Hernández “ El hombre acecha”, y, una vez derrotada la República, recorrió varias cárceles; enfermo desde hacía tiempo, su salud empeoró y por fin murió en la prisión de Alicante el 28 de marzo de 1.942. Su “Cancionero y romancero de ausencias”, escrito entonces, deja ver el paroxismo de su dolor, de su capacidad de conmover y de su capacidad creadora. Hay que mencionar los nombres de otros poetas que serían dignos de ser glosados con más amplitud: León Felipe, Emilio Prados, José Herrera Petera, Pedro Garfias, Rafael Dieste, Luis Cernuda, José Moreno Villa, José Bergamín y un largo etcétera.
    31 min
  • Nada más que libros - Erotismo y literatura
    “ Un carajo impertérrito, que al cielo
    su espumante cabeza levantaba,
    y coños y más coños desgarraba,
    de blanca leche encaneciendo el suelo”
    “Poemas obscenos” de José de Espronceda.
    “El juego del viento y la luna”, expresión recurrente en la literatura erótica oriental, abarca cuantas posturas y combinaciones sexuales podamos imaginar. En contraste, el erotismo occidental nos parece sumamente pobre. No concibe la unión sexual como síntesis de una consumada ciencia, para cuyo dominio es necesario un largo y tenaz aprendizaje. El “Arte de amar” de Ovidio, por poner un ejemplo, consiste sólo en una serie de recetas y fingimientos para conseguir el amor. El concepto de conocimiento y evolución no existe. El placer es únicamente el resultado de actos puntuales. El erotismo no significa una opción permanente. En cuanto a la descripción de situaciones estimulantes, desde Aristófanes, pasando por Petronio o Apuleyo, es costumbre mezclarlas con la ironía sarcástica o el humor licencioso, de modo que lo afrodisiaco nunca aparece desnudo, en toda su abrumadora y tempestuosa fuerza. Boccaccio retoma esta tradición picaresca, a través de la inmensa fortuna de su “Decamerón”, la extenderá hasta Balzac, y aún más allá.
    Sólo en textos como, como el “Cántico espiritual” de Juan de la Cruz, “Las flores del mal” de Baudelaire, la “Historia del ojo” de Bataille, la “Poesía erótica” de Rubén Darío, “El ceñidor de Venus desceñido” de Rafael Alberti o los poemas de amor de Blas de Otero, ha alcanzado Occidente una considerable altura y complejidad eróticas. Pero tales textos son muy escasos. A pesar de vivir en una época hipersexualizada, hay múltiples aspectos del erotismo que nos resultan desconocidos. Es asombroso comprobar cómo fluctúan a lo largo del tiempo la moral y las costumbres sexuales. Sumergirse en la literatura amatoria es el mejor modo de transitar tan variado y fascinante camino, al final del cual el viajero podrá ufanarse de conocer sobradamente los “siete caminos del placer”. En sus recovecos, moran muchos elementos extraños o curiosos.
    Los actores que representaron por primera vez la “Lisístrata” de Aristófanes, llevaban falos artificiales, mostrando la erección permanente en que se encontraban por la huelga sexual de sus mujeres. Los romanos más refinados eran entusiastas del “plato combinado” o “lanx satura”. Claro que no se trataba de una comida rápida provocada por el ajetreo de la época, sino ¡de una orgía entre hombres!. Meleagro se refiere a ella en unos de sus epigramas. Los antiguos romanos pensaban que la eyaculación podía debilitar a sus gladiadores y cantantes y, con objeto de evitarlo y conservarlos en toda su energía, les colocaban cinturones de castidad, según nos apunta Juvenal en su “Sátira VI. ¿Quién puede imaginar hoy a su estrella favorita de fútbol sometida a semejante continencia antes de un partido, o a Pavarotti, Domingo o Carreras, pertrechados de cinturones de castidad en la semana previa a uno de sus recitales? Desde tiempos inmemoriales ha existido la creencia de que los hombres con nariz larga tienen “miembros” hiperdesarrollados. En uno de sus sonetos, “A consentir al fin en su porfía”, Quevedo nos cuenta la divertida anécdota de una dama que se rindió a los ruegos de su amante: “porque su nariz hubo juzgado/que a tanto buena cuenta metería”; sin embargo ocurre que: “al revés salió su profecía,/porque él tenía poco, ella sobrado”. Goya, en uno de sus grabados, reproduce a un fraile con un larguísimo apéndice nasal, haciendo de este modo alusión a su priapismo.
    Muy pocos conocen el grado de fetichismo sexual que alcanzaron los pies femeninos en el Siglo de Oro español. Nunca eran mostrados, ni siquiera embutidos en sus zapatos; las faldas llevaban un dobladillo interior en que eran introducidos cuando las damas se sentaban. El pintor Pacheco prescribía que jamás se pintaran desnudos los pies de la Virgen. Cuando una mujer iba a calzarse, se encerraba celosamente. Uno de los personajes de Lope de Vega, en la obra “Las bizarrías de Belisa”, declara que tiene “más celos del pie que de la cabeza de su amada”. En “El marido más firme”, del mismo autor, un hombre vislumbra apenas el pie desnudo de una dama que cruza un arroyo y se enamora perdidamente de ella. Ahora comprendemos qué osado estaba siendo Cervantes cuando, en el “Quijote”, hace recrearse al cura, al barbero y a Cardenio ante el pie y la pantorrilla desnudos de Dorotea. ¡Debieron de asistir a uno de los más maravillosos y estimulantes espectáculos!.
    No fueron sólo Meleagro ni Platón ni un largo etcétera de escritores de la antigüedad quienes amaron a hombres sin rebozo alguno. También lo hizo Shakespeare, el cual, en sus sonetos, abunda en cantos a quién “tiene un rostro de mujer” y es “señora de mi pasión”, pero no está “sujeto a la inconstancia mudable como el corazón de contextura pérfida de las mujeres”. Si pensaba así de ellas, así entendemos la fría saña de algunos de sus personajes femeninos, como Lady Macbeth o Gertrudis. ¿Y como no iban a ser empleados los cuentos de hadas para fines eróticos?. Denis Diderot, el sesudo filósofo que dirigió la redacción de la “Enciclopedia”, escribió una divertida y sensual obra, “Los dijes indiscretos”, en la que el protagonista, el rey del Congo, recibe de un genio un anillo mágico que hace hablar a los sexos de las mujeres. Son de imaginar las escabrosas y humorísticas situaciones producidas, con el consiguiente espanto de las damas. ¡Menos mal que llegan a ponerse en el mercado unos bozales adecuados para el caso!
    Realmente, toda una legión de escritores consagrados ha cultivado, secreta o abiertamente, la literatura erótica o el erotismo en la literatura. Entre ellos, y deteniéndonos al comienzo del siglo XX donde la lista se hace interminable, hay que destacar a Maquiavelo, Ronsard, Daniel Defoe, Montesquieu, Voltaire, Henry Fielding, La Fontaine, Nicolás Fernández de Moratín, Félix María de Samaniego, Rousseau, Lord Byron, Sainte-Beuve, Espronceda, Theóphile Gautier, Balzac, Félix Salten (el autor de “Bambi”), Baudelaire, Zola, Oscar Wilde…..No hay modo de conocer la evolución del hombre, su historia, su cultura, los movimientos estéticos y filosóficos, sin que sea a través del erotismo. Y donde el erotismo se contiene en su expresión más elaborada es en la literatura. Iván Bloch, autor de “Vida sexual en Inglaterra. Pasado y presente” de 1.938, acertó al decir que “la concepción de lo erótico en la literatura es de la mayor importancia para comprender el carácter de un pueblo y establecer una opinión de un determinado período de su desarrollo cultural. Lo más profundo, específico y entrañable de la vida emocional de una época entera puede ser medido por la concepción de lo erótico, como si éste fuera un instrumento de precisión”. Si esto es así, la única razón plausible, seamos conscientes de ella o no, es que el erotismo es el motor más potente de la civilización. El sería no sólo el responsable de la literatura y de la filosofía tal y como las conocemos en las diferentes épocas, sino también posiblemente de la ciencia. El erotismo es una fuerza superior e indomeñable; nadie puede escapar de ella, ni siquiera el más acendrado anacoreta; dirige nuestros más potentes esfuerzos y está en el origen y en la meta de cuanto hacemos; conlleva en sí una simbología ancestral, que se muestra en los sueños para hablarnos del mundo.
    34 min
  • Nada más que libros - Honoré de Balzac
    “ En ciertas ciudades de provincia hay casas que, al contemplarlas, inspiran una melancolía igual a las que provocan los claustros más sombríos, las landas más yermas o las más tristes ruinas. Acaso sea porque en estas casas se encuentran a la vez el silencio de los claustros, la aridez de las landas y la desnudez de las ruinas; la vida y el movimiento son en ellas tan lentos, que un extraño las creería deshabitadas si no se encontrase de repente con la mirada pálida y fría de una persona inmóvil que, al ruido de unos pasos desconocidos asoma su rostro casi monástico tras el alfeizar de la ventana”.
    “Eugenia Grandet”.
    Cuando el siglo XVIII tocaba a su fin, la Revolución estaba en Francia a punto de cerrar su primer ciclo de convulsiones y violencias para dar paso a una insólita aventura imperial. Todo el mundo se hacía lenguas de las hazañas guerreras del joven general Bonaparte, quién después de la fulgurante campaña de Italia había conseguido en Egipto la gran victoria de las Pirámides. Unos meses después iba a encabezar el golpe de estado del 18 de Brumario-9 de Noviembre de 1.799-, iniciándose así el régimen del Consulado, que le permitiría acumular cada vez más poder. Napoleón Bonaparte seria primer cónsul, más tarde cónsul vitalicio y por fin emperador. El que poco tiempo atrás era solamente un oscuro oficial corso pasaba a convertirse en el hombre más poderoso de Europa, cuyo mapa podía rehacer a su capricho. Napoleón, que llena la historia de estos años como nadie lo había hecho desde hacía muchos siglos, parece presidir con el signo de su ambición sin límites ni mesura la carrera de un niño turenés cuya infancia va a coincidir con los momentos estelares de la gran epopeya. Aquel niño, al que se bautiza con el nombre de Honoré, no pertenece a una familia ilustre, pero al cabo de doscientos años su recuerdo puede equipararse con justicia al de Napoleón.
    Balzac querrá ser muy pronto el Napoleón de la literatura, seguir el ejemplo máximo que le ofrecía su época, sin conformarse con menos. Conquistar Europa y rehacerla, remodelarla según unos nuevos principios, es una quimera que llega a ser algo habitual y casi accesible para los franceses de comienzos del siglo XIX. Luego vendrá Waterloo, el fin de los sueños insensatos, pero la semilla de la leyenda estaba destinada a ser inmortal, y en Francia cunde el contagio de esa fiebre de inextinguible grandeza. Balzac iba a ser el gran emperador de la novela, que no se resigna a pintar unos ambientes determinados, unas vidas privadas, a tratar unos aspectos o franjas del mundo. El aspira a contarlo y a resumirlo todo, estrujando la vida entera para obtener un significado que sólo puede expresarse en la libertad de la forma novelesca. Su ambición será, según su propia frase “hacer la competencia al registro civil”, es decir, crear otro mundo completo que rivalice con la realidad. El universo tal como es no le basta, y lo verá como un punto de referencia a partir del cual poder imaginar una nueva síntesis a la que llamará “La Comedia Humana”.
    “La Comedia Humana”, según las previsiones del autor en 1.845 para una edición completa de veintiséis tomos, se dividía en tres grandes partes muy desiguales. La tercera, la más breve, titulada “Estudios analíticos”, es una especie de cajón de sastre con textos curiosos, casi filosóficos, como “Fisiología del matrimonio”. La segunda parte, que debía comprender tres volúmenes, es mucho más precisa, y el autor pretende darnos su interpretación filosófica del mundo, como una síntesis significativa de los “Estudios de costumbres”, primera parte de la obra donde se procedía a un método descriptivo y analítico; cinco títulos, al menos de esa segunda parte, pueden considerarse de lectura imprescindible, entre ellos “La piel de Zapa”.
    Pero el grueso de “La Comedia Humana” corresponde a la primera parte del catálogo, la que lleva el título de “Estudios de costumbres”. Aquí se quieren abarcar todas las facetas de la vida social, y por ello se divide en seis grupos llamados “escenas”. Las “escenas de la vida privada” constan de una treintena de títulos, el mejor de los cuales, y el más famoso es “Papá Goriot”, una de las obras cumbres de Balzac. Aunque a su lado pueden figurar sin desdoro obras de menos envergadura pero no de menor intensidad dramática como “Modeste Mignon”, “Una doble familia”, “Una hija de Eva”, “La mujer abandonada”, “Beátrix” (donde se presenta un interesantísimo personaje inspirado en George Sand), “Pierre Grassou”, “La misa del ateo”, etc. Las “escenas de la vida provinciana” contienen la novela más leída de Balzac: “Eugenia Grandet”, pero también la más formidable de las varias descripciones que hizo el autor de la situación del ambicioso provinciano que se enfrenta al mundo de París: “Las ilusiones perdidas”. El marco provinciano da también obras maestras como “La solterona”, un extraordinario estudio de caracteres, “El cura de Tours”, de ambiente clerical, con muchos recuerdos de la ciudad que le vio nacer, “Pierrette” y “La Rabouilleuse”.
    Las “Escenas de la vida parisiense”están presididas por esa gran novela que es “Esplendores y miserias de las cortesanas”, continuación y remate de “Las ilusiones perdidas”, donde vemos a Balzac rivalizando con los maestros del folletín. A su lado hay que situar una serie de tragedias de gente vulgar, como “César Birotteau”, la novela de una quiebra, y “Los pequeños burgueses”, sobre los intríngulis del dinero, y los tres románticos y arrebatadores episodios que componen “La historia de los trece: Ferragus, La duquesa de Langeais y La muchacha de los ojos de oro”. En las “Escenas de la vida política” hay otro libro inolvidable: “Un asunto tenebroso”, que funda y al mismo tiempo supera ya para siempre el género de intriga, policíaco y de suspense. Con menos ambición hay que citar también los relatos cortos “Un episodio bajo el Terror” y “El diputado de Arcis”.
    De las “Escenas de la vida militar”, que hubieran debido tener cerca de treinta volúmenes, Balzac sólo nos dejó una novela larga, que inauguró “La comedia humana”, la primera que firmó con su verdadero nombre: “Los chuanes”, apasionante narración de carácter histórico que parece empezar imitando a Walter Scott y a Fenimore Cooper, para ir finalmente mucho más lejos que todos sus modelos. Por fin, las “Escenas de la vida rural” que también quedaron un tanto desproporcionadas con respecto al resto del catálogo. De los cinco libros previstos, escribió tres, y sólo uno, “Los campesinos”, tiene importancia. Honoré de Balzac murió el 18 de Agosto de 1.850, a los cincuenta años de edad. La colosal “Comedia humana” fue el genial legado del autor; un libro gigantesco, en el que la posteridad ha visto la novela por antonomasia. En el siglo XIX hay otros novelistas extraordinarios como Stendhal, Flaubert, Galdós, Dickens, Dostoievski y Tolstoi, por citar unos cuantos nombres, pero Balzac nos parece la novela en estado puro, toda la novela con su compendio de grandezas y servidumbres, la novela total. Para terminar comentar que un paciente balzaquiano, Fernand Lotte, estableció un censo de los personajes que pueblan la “Comedia humana”, y gracias a él sabemos con toda precisión que en el conjunto de las novelas de Balzac aparecen cerca de dos mil quinientas figuras identificables, además de otras mil quinientas anónimas, sin contar la aparición de personajes reales como Dante, Luis XVIII, Napoleón, etc. De muchos conocemos todas sus características: edad, lugar de nacimiento, familia, condición social, aspecto físico, carácter, costumbres, fortuna, historia amorosa, ideas políticas...Estamos pues, ante una verdadera sociedad en miniatura que, según la frase famosa, “hace la competencia al registro civil”, y cuyos miembros reaparecen en distintas novelas. Victor Hugo, en el discurso que pronunció en el entierro de Balzac dijo: “Todos sus libros no forman más que un solo libro, un libro vivo, luminoso, profundo, en el que vemos ir y venir, andar y moverse con un no sé qué de turbador y de terrible mezclado con lo real, toda la civilización contemporánea; un libro prodigioso que el poeta tituló “Comedia” y que hubiese podido titular “Historia”.
    29 min
  • Nada más que libros - Pablo Neruda
    “ Alguien se les ha muerto, tal vez
    han perdido sus colocaciones en las oficinas,
    en los hospitales, en los ascensores,
    en las minas,
    sufren los seres tercamente heridos
    y hay propósito y llanto en todas partes:
    mientras las estrellas corren dentro de un rio interminable
    hay mucho llanto en las ventanas,
    los umbrales están gastados por el llanto,
    las alcobas están mojadas por el llanto
    que llega en forma de ola a morder las alfombras.”
    (Fragmento de la “Oda a Federico García Lorca” de “Residencia en la tierra II”. 1.931-1.935.)
    La “Oda a Federico García Lorca”, un fragmento de la cual nos ha leído Fernando, fue escrita poco antes del asesinato del poeta granadino. ¿Previó, tal vez, Neruda su horrenda muerte?. Pablo Neruda fue uno de los poetas más fecundos de la literatura chilena, latinoamericana y mundial del siglo XX. La influencia de su vida y obra trasciende el ámbito literario permeando todos los campos de la cultura popular y académica, irradiando la historia política y social de Chile y alzándose como un referente indiscutido para la creación artística contemporánea. En 1.918 publicó sus primeros poemas, “Mis ojos” y “Primavera” en la revista “Corre vuela”, uno de los primeros exponentes del periodismo moderno chileno. Pese a su germinal talento, la poesía no fue del agrado de su padre. De ahí que en Octubre de 1.920, con solo 16 años, Neftalí Reyes decidió adoptar el seudónimo de Pablo Neruda, con el fin de evitar las preocupaciones familiares y ocultar así los esperados altibajos en la precoz trayectoria de un joven poeta provinciano.
    En 1.921, Pablo Neruda se trasladó a Santiago con el objetivo de estudiar Pedagogía Francesa en la Universidad de Chile. El ambiente intelectual y literario en torno a la universidad y la vida bohemia santiaguina permitió que Neruda interactuara con otros artistas y escritores. Nutrido por esa feliz coyuntura el joven poeta logró difundir sus primeros trabajos y participar en concursos de poesía como la Fiesta de la Primavera, organizada por la Federación de Estudiantes de Chile, donde fue merecedor del primer puesto por su poema “La canción de la Fiesta” en 1.921. En esta primera época, la obra de Neruda estuvo marcada por una poesía autorreferencial, abundando en alusiones ligadas a experiencias personales en torno al amor y la nostalgia, pero que se caracterizó por la sensibilidad de expresar y entrar en comunión con los sentimientos de otros. En 1.923 y con gran aceptación de la crítica publica “Crepusculario” donde reunió parte de sus primeros escritos. En 1.924 sale a la luz “veinte poemas de amor y una canción desesperada”, texto fundamental plagado de erotismo y romanticismo, que lo catapultó como uno de los escritores más prodigiosos ya en el ámbito internacional. De esa época también publica su única novela, de carácter vanguardista: “El habitante y su esperanza y tentativas del hombre infinito”.
    Distanciándose de su inicial introspección, el segundo ciclo de la poesía de Neruda se dirigió hacia una profunda conciencia social. Hacia mediados de la década de 1.920 la sociedad chilena había cambiado notablemente impactando en la visión que el poeta poseía de la vida, tal como él mismo reconoció posteriormente en sus memorias. Neruda había tomado nota del retorno de miles de obreros del salitre cesantes a la capital, de la lucha emprendida por Luis Emilio Recabarren, de las reivindicaciones estudiantiles y populares, y del inquebrantable dominio de la oligarquía. Sin animo de erradicar el amor, la vida, la alegría o la tristeza de su obra, el poeta reconoció tajantemente que de la misma manera sintió que “no era posible cerrar la puerta a la calle dentro de mis poemas”. A la par de estas circunstancias sociales, la introducción de la política en su poesía y en su vida fue impulsada por su temprana carrera diplomática iniciada en 1.927, año en que fue nombrado cónsul chileno en Birmania, lo que inauguró sus contactos con el mundo y sus afanes por la justicia social. Ese mismo año aparecerá publicado en España un libro escrito en sus viajes por oriente y Europa, que se convertirá a ojos de la crítica como una de sus obras cumbres: “Residencia en la tierra”.
    En 1.934 Pablo Neruda regresó a España en calidad de cónsul cultivando una rica amistad con la generación literaria española del 27, cuyo máximo representante fue Federico García Lorca. Estremecido enormemente por las nefastas consecuencias de la Guerra Civil Española, que acabó con la vida de su amigo Lorca, Neruda escribió su sobrecogedora obra “España en el corazón” en 1.937. Posteriormente como Cónsul Delegado para la Inmigración Española, en el gobierno de Pedro Aguirre Cerda, contribuyó decididamente en dar refugio a españoles en Chile en 1.939. En 1.950 aparece en México su “Canto General”, que en Chile fue editado clandestinamente debido a las leyes promulgadas por la dictadura de Gabriel González Videla. Comparado muchas veces, por sus dimensiones, con “La Araucana” de Alonso de Ercilla, el “Canto General” constituye una obra única y monumental, una creación poética y literaria de la historia e identidad latinoamericana, de la que destaca “Alturas de Macchu Picchu”, poema considerado como una de las más altas cumbres de la poesía tanto americana como universal. En 1.952 publica “Los versos del capitán” y en 1.954 “Las uvas y el viento” y “Odas elementales”. En 1.958 apareció “Estravagario” que junto a sus tres libros de “Odas elementales” introduce un nuevo giro en su poesía, incorporando un lenguaje coloquial para poetizar el mundo cotidiano, adquiriendo estatus poético objetos y elementos cotidianos. Con esta obras la poesía de Neruda abarca un amplio espectro textual desde unos versos que incorporan tanto la obsesión existencial de la muerte, la experimentación vanguardista, el sentido de lo absurdo, la metafísica, la indagación de lo telúrico y el canto a la geografía e historia de su país y de todo el continente americano.
    La creatividad literaria y poética de Pablo Neruda lo hizo acreedor del transversal reconocimiento de pares y críticos. En 1.965 le fue otorgado el grado de “doctor honoris causa” en la Universidad de Oxford y anteriormente, en 1.945, fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura en su país. En 1.971 recibió el premio Nobel de Literatura, siendo el sexto escritor de habla hispana y el tercer latinoamericano en conseguir tan importante distinción.
    Pablo Neruda fue una figura clave de la cultura y la política chilena y, por extensión, de todo el continente y del mundo donde impactó notablemente en la sociedad y en el universo artístico. El 23 de Septiembre de 1.973, doce días después del golpe de estado y de la muerte de su amigo, el presidente asesinado por los militares fascistas, Salvador Allende, Pablo Neruda fallece en Santiago de Chile en la clínica Santa María víctima de un cáncer de próstata; algunos afirman que murió de tristeza.
    31 min
  • Nada más que libros - Aldous Huxley
    “La población óptima está sobre un modelo de iceberg: ocho de nueve partes debajo de la línea de flotación, y una de nueve partes por encima.- ¿Y ellos son felices debajo de la linea de flotación en detrimento de ese horrible trabajo?- Ellos no lo encuentran como tal. Al contrario, les gusta. Es ligero y de una simplicidad infantil. Sin esfuerzo excesivo ni de espíritu ni muscular. Siete horas y media de un trabajo ligero, nada cansador, enseguida la ración de soma, deportes, copulación sin restricción y el cine sentido”.
    Durante los denominados felices años veinte, cuando en la narrativa británica predomina un clima de efervescencia experimental y se produce la eclosión de relatos modernistas de la mano de James Joyce o Virginia Woolf, surge también la novela satírica y de ideas de Aldous Huxley. El autor nace en 1.894 en Godalming, pequeña ciudad cerca de Londres, en el seno de una familia distinguida, con una gran tradición intelectual. Como era de esperar en alguien de su clase, se educó en el prestigioso colegio de Eton, para pasar después a realizar estudios de literatura inglesa y filosofía en la universidad de Oxford. Sin embargo no todo fue bienestar y felicidad en la vida de Huxley. Su madre murió de cáncer cuando el tenía solo catorce años y poco después su hermano Trevenan se suicidó tras sufrir una depresión nerviosa. Por si fuera poco, a los dieciséis años se vio aquejado de una enfermedad que casi le dejó ciego, aunque consiguió recuperar la visión de un ojo.
    Su vocación literaria se inició en el ámbito de la poesía con el libro “La rueda encendida”, de 1.916, al que seguirán otros poemarios. Sin embargo fueron sus novelas de la década de los veinte “Los escándalos de Crome”, “Danza de sátiros” o “Contrapunto”, las que le trajeron popularidad y reconocimiento. Por entonces ya casado con María Nys, hija de un industrial belga, pasaba mucho tiempo viajando por todo el mundo, recogiendo sus experiencias en varios libros de viajes. En 1.937 Huxley se trasladó a Los Ángeles, California. Allí entabló amistad con actores como Charlie Chaplin o Greta Garbo, y escribió guiones para el cine. Ya en la década de los cincuenta el autor se interesó por el empleo de drogas, como la mescalina, en el tratamiento de enfermedades mentales, y en 1.953 decidió experimentar con esta droga. Entonces nació su obra “Las puertas de la percepción”. Huxley continuó escribiendo y residiendo en los Estados Unidos hasta el final de sus días. Su muerte se produjo el mismo día del asesinato del presidente John F. Kennedy, el 22 de Noviembre de 1.963, de ahí que su fallecimiento pasara casi totalmente inadvertido. Sin embargo su obra siempre obtuvo el reconocimiento de la crítica, que le ha considerado como uno de los novelistas ingleses más destacados del siglo XX. Huxley fue un autor prolífico que, a lo largo de los casi cincuenta años de su carrera literaria, escribió más de cincuenta volúmenes. La crítica suele estructurar su producción en tres etapas: una primera en la que predominan sus primeros relatos breves y novelas de corte satírico, con las que fustiga a la burguesía británica, sus costumbres y sus valores establecidos. Con humor e ironía arremete, por ejemplo en “Los escándalos del Crome” y “Arte, amor y todo lo demás”, contra intelectuales, esnobs y artistas diletantes. La segunda etapa se suele situar en los años treinta, con un Huxley más serio, que asume una función de mayor responsabilidad, mediante ensayos y novelas que rezuman matices políticos y filosóficos. De estos años son su distopía “Un mundo feliz” y sus ensayos “El fin y los medios” de 1.937, donde presenta un credo claramente pacifista. En su tercera y última etapa el autor empieza a interesarse por una filosofía basada en el misticismo oriental.
    En “Un mundo feliz”, novela publicada en 1.932, Aldous Huxley nos sumerge en una visión deshumanizada del futuro, donde domina una sociedad totalitaria regida por un sistema inmutable de castas. A modo de parodia de las utopías de H.G. Wells, se presenta aquí un mundo aséptico y supuestamente feliz, donde los habitantes no padecen enfermedades ni tienen carencias de tipo material, pero se ven totalmente sometidos por un régimen político que utiliza los avances tecnológicos y las drogas de diseño para anular todo atisbo de libertad e individualidad. La trama presenta un intento de rebelión al sistema protagonizado, primero por Bernard Marx, un miembro inadaptado de la casta superior que es diferente a los demás por un supuesto fallo durante su gestación, y en la segunda parte de la novela por John “el salvaje”, que se ha criado en una reserva, fuera de esa sociedad. Ambos personajes fracasan en su intento de cambiar ese horrible mundo y el trágico fin de John viene a representar un aviso sobre aquello a lo que está abocada nuestra propia sociedad si no se pone antes remedio. Huxley ofrece en esta obra una critica feroz contra el consumismo, el materialismo, la propaganda, la destrucción de la cultura y la falta de libertad y privacidad. Alerta asimismo sobre los peligros del progreso y de la ciencia, cuando no van acompañados de principios éticos.
    La historia de este “mundo feliz” demuestra cómo los avances tecnológicos y científicos se pueden convertir en un instrumento del poder para el control de la humanidad. Aunque se trate de una obra de ciencia-ficción emplazada en el año 632, después de Ford, son constantes las referencias al mundo contemporáneo de Huxley. A principios de los años treinta, la sociedad europea sufre grandes tensiones políticas, sociales y morales. Diversos acontecimientos se viven intensamente en los foros políticos europeos: el fascismo en Italia, el nazismo en Alemania y la consolidación del régimen comunista de Stalin en Rusia. En definitiva, la sociedad sufre el conflicto entre los ideales democráticos y sus adversarios de la derecha y la izquierda, conflicto que desembocará en la segunda guerra mundial. “Un mundo feliz”, sin ser una novela abiertamente política, da cumplido testimonio de esta situación por la que atraviesa el mundo occidental y denuncia las conductas totalitarias de gobiernos que no dudan en utilizar cualquier instrumento a su alcance para mantener el poder. En este sentido los nombres de algunos personajes – Bernard Marx, Hubert Bakunin, Sarojini Engels, Polly Trostky, Darwin Bonaparte, Benito Hoover..- son muy sugerentes. Por otro lado algunos temas que se tratan en la obra son cuestiones sobre las que se debatía intensamente en medios intelectuales y científicos del periodo de entreguerras y por las que Huxley mostraba un gran interés, como la manipulación genética para la mejora de la raza humana, las técnicas conductistas y psicológicas para condicionar el comportamiento de las personas, el culto a la belleza y a la perfección física, o el uso de drogas como remedio para prevenir el malestar social y las ideas subversivas.
    Algunas de estas cuestiones siguen de actualidad en nuestros días, por lo que no extraña que a Aldous Huxley se le vea, con frecuencia, como a un autor visionario y profético, que anticipa algunos de los temas que siguen sacudiendo la opinión púbica actual.
    34 min

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