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Fear of missing out... Quizá si escuchas estas palabras en inglés no te digan nada. A lo mejor, si te hablo de FOMO, te suena un poco. Pero si te describo en qué consiste este... "moderno" fenómeno psicológico, es posible que conectes de una forma mucho más directa porque estoy seguro de que lo has experimentado más de una vez.
FOMO es el malestar que nos produce el miedo a perdernos algo significativo, emocionante o importante que otras personas sí están experimentando. Es la ansiedad y la incomodidad que experimentamos cuando no podemos llegar a todo, cuando tenemos que renunciar a vivirlo todo.
Es común creer que el FOMO es una especie de palpitar ansioso, joven y propio de la sociedad digital contemporánea. Pero más allá de las redes sociales y la conectividad, se esconde un laberinto de pensamientos y emociones que definen esta experiencia.
¿Sentían FOMO las sociedades del pasado? ¿Por qué algunas personas parecen más propensas a experimentarlo y otras no? ¿Cómo nos podemos liberar del FOMO y vivir alejados de la angustia por perdernos la vida que los demás están viviendo?
Los miedos bonitos son esos miedos que se experimentan en situaciones o momentos que, en teoría, deberían ser percibidos como positivos, bonitos o felices. Los miedos bonitos son esa paradoja emocional que vivimos con la inquietud de afrontar una nueva realidad, son esa contradicción de temer lo que, en apariencia, debería ser motivo de alegría. En el jardín de las emociones, los miedos bonitos nos recuerdan que, incluso en momentos de felicidad, el temor puede encontrar su espacio, donde la razón y la emoción mantienen un diálogo confuso.
¿Por qué experimentamos miedo en medio del bienestar? Estamos hechos de luces y sombras, de deseos y temores, y es esta dicotomía la que nos hace realmente seres humanos. El miedo, en su esencia, es una señal de alerta, una herramienta evolutiva que nos ha permitido sobrevivir a lo largo de la historia. Pero cuando el miedo se cruza con la belleza, ahí es donde nacen… los miedos bonitos.
Te han engañado, nos han engañado. Eso que llaman “fuerza de voluntad”… no existe. Nos han hecho creer que somos capaces de desarrollar una motivación desde dentro, ajena a particularidades y circunstancias contextuales, y que tenemos la capacidad no solo de construir ganas, fuerza, oportunidades, hábitos… sino también de mantenerlos solo por nuestro deseo de hacerlo.
Pero la realidad es mucho más compleja. Estamos expuestos a condicionamientos sobre los cuales, muchas veces, no tenemos control. Así que lo que entiendes por fuerza de voluntad es, en realidad, aquello que tu relación con el entorno te permite poner en marcha, ni más ni menos. Vaya, que no gobiernas tanto como crees tu propia motivación. Y en el episodio de hoy te voy a explicar por qué.
Cuando estás lejos de tu gente, de las personas que te cuidan, de las que te hacen compañía y te acarician las heridas, de aquellos que te abrazan el dolor y lo curan con un susurro; cuando “los tuyos” no están cerca de ti físicamente, cuando sientes su cercanía de una forma experimental, pero no les puedes tocar ni mirar a los ojos mientras les cuentas un problema; cuando la distancia se siente un castigo y la soledad una pena por cumplir… es cuando estás viviendo en diferido.
La vida en diferido consiste en no poder compartir el presente con las personas que de verdad te importan. Es contar una mañana feliz, una anécdota divertida en un semáforo, un susto, una mala noticia que luego no es tal… a posteriori, en diferido. ¿Cómo podemos transmitir la riqueza de nuestras experiencias cuando la distorsión temporal amenaza con borrar los matices? ¿Puede una experiencia vivida en diferido ser igualmente auténtica, o se convierte en una versión desdibujada de lo que una vez fue? ¿Cómo podemos abrazar la temporalidad de la vida cuando la vida ha dejado de ser en directo?
En la primera temporada de ‘No tengo diván’ ya te hablé del perdón. Te compartí mi forma de entender el perdón, de lo que implicaba realmente perdonar y también traté de explicarte con qué otras cosas, a veces, lo confundimos. Intenté desmentir esa idea de que perdonar pareciera ser, a veces, una cesión, una manera de concederle a otra persona la paz y el descanso que el remordimiento no le deja disfrutar.
El episodio caló mucho, pero recibí varios mensajes que giraban en torno a una misma idea. ¿Qué hay del perdón a uno mismo? ¿Cómo podemos convivir con la culpabilidad? ¿Cómo es posible que otros nos perdonen mientras nosotros no lo hacemos? ¿Es la culpa una fuerza protectora que nos impulsa hacia la mejora personal, o es un lastre que nos ata al pasado? ¿Cuál es la verdadera naturaleza del perdón: un acto de liberación o una forma de compensación?
Lo he escuchado muchas veces: “yo empatizo mucho”, “si alguien llora, yo lloro”, “yo siempre comprendo a los demás”… Nuestra autopercepción nos define como altamente empáticos, creemos entender a la perfección lo que piensan y sienten los demás, pero la realidad es que estamos bastante sesgados.
Hoy te voy a hablar de la empatía como nadie antes lo ha hecho. Hoy vas a entender la empatía de una forma distinta, vas a comprender los mecanismos psicológicos que la explican y va a cambiar tu percepción sobre nuestra capacidad para empatizar con los demás. Y también hablaremos de los psicópatas, por supuesto.
Porque la empatía no es solo la capacidad de “ponerse en el lugar del otro”, es un fenómeno mucho más complejo que está mediado por procesos neuronales y también culturales. Estoy seguro que después de este episodio vas a poder responder a la pregunta: ¿soy realmente una persona empática… o no? Se viene ponerse un poco más técnico de lo habitual.
Hoy quiero empezar ofreciéndote una respuesta y no formulando una pregunta, como hago habitualmente. Tu relación con el mal humor se define por aquello que hayas pensado cuando has leído el título de este episodio. Y, si no te ha dado tiempo a construir ninguna idea, hazlo ahora. Detén el capítulo y observa qué o quién aparece en tu imaginario cuando piensas en el mal humor.
¿Has pensado en una persona cercana que siempre está de mal humor o esa persona eres tú? ¿Te has dicho a ti misma que no convives habitualmente con él o estás deseando escucharme hablar sobre cómo librarte de esta sensación tan desagradable? ¿Sabrías definirlo? ¿Adivinarías para qué te sirve experimentarlo? ¿Te permites sentirlo?
Supongo que ahora te acercas a este espacio desde otro lugar. Ahora ya sabes qué es o qué representa el mal humor en tu vida, si está lejos o lo ves pululando a tu alrededor y si tiene algún sentido para ti sentirlo o no.
Unas semanas antes de terminar las grabaciones de la primera temporada de ‘No tengo diván’ comencé a escribir los títulos de los episodios de esta segunda temporada. Sí, he vuelto.
Durante un tiempo me pareció que tenía bastante sentido empezar este nuevo bloque hablando, precisamente, de los nuevos comienzos, de volver a empezar. Más tarde pensé que era un cliché ya muy repetido y dudé sobre desechar la idea. Quién me iba a decir a mí que, solo unas semanas después, iba a ser yo mismo quien tuviera que volver a empezar. Fue casi como una premonición, quizá una idea implantada por mi yo del futuro. O, más bien, mi yo del presente queriéndome decir algo.
El caso es que todo es diferente ahora. Y no es nada fácil ver cómo todo tu mundo se resetea a una velocidad mayor de la que tu cabeza y tu corazón puede procesar. Tener que aprender nuevas rutinas, nuevos caminos, nuevos olores… Entender que tú ya no eres el mismo, ya no puedes ser el mismo. Hablemos, entonces, de… volver a empezar.
Hoy quiero guiarte a través de una técnica de relajación (de Jacobson) que te ayudará en momentos de estrés y ansiedad, antes de dormir o cuando te sientas un poco nervioso o nerviosa. Esta técnica de relajación progresiva consiste únicamente en ir tensionando y destensando los músculos que yo vaya nombrando. Lo más importante es que lo vayas haciendo en el orden y en el tiempo indicado. Debes mantener los músculos tensionados hasta que indique que los destenses. Vamos a hacer un recorrido por todos los músculos del cuerpo.
Necesito que te pongas unos auriculares y que vayas a un lugar tranquilo, con el menor ruido posible, con una luz tenue o a oscuras, y no dejes que te interrumpa el móvil durante los próximos minutos. Déjalo en otra habitación, ponlo en silencio… Despréndete de todas las distracciones. Quítate los zapatos y tómate tu tiempo para encontrar la postura que te resulte más cómoda, ya sea en una cama o en una silla. Deja caer los brazos, las piernas, las manos y tus dedos sin hacer ningún tipo de esfuerzo. Si quieres, puedes cerrar los ojos, te ayudará a seguir el recorrido muscular de una forma más relajada.
He dudado mucho sobre grabar o no este episodio porque hoy voy a compartir contigo algo muy personal. No es que sea una intimidad ni nada de eso, pero sí es una idea que he ido construyendo a lo largo de los años, que he compartido con algunos buenos amigos y que hoy define la forma en la que me enfrento a los obstáculos y a los desafíos que me voy encontrando en… mi propia selva (mis pacientes sabrán a qué me refiero con esto último).
Hoy te voy a contar algo que durante mucho tiempo ha sido mi íntima y humilde forma de afrontar días complicados, de mantener la esperanza, de aferrarme a las cosas bonitas que me recuerdan por qué merece la pena seguir viviendo… que no es poca cosa. Así que, allá voy. Hoy te voy a hablar de… la teoría de la pizza.
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