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Vengo a decirte que me dejes de escuchar. Vengo a tirarme piedras sobre mi propio tejado, vengo a decirte que me dejes de seguir. Que no me sigas más ni aquí, ni en TikTok ni en ningún otro sitio, silénciame. Deja de analizar todo lo que haces, deja de preguntarte por qué sientes eso que sientes o cómo puedes cambiar esa otra cosa que no te gusta, déjate en paz.
Estamos constantemente autoobservándonos. Por culpa de gente como yo no paras de recibir estímulos, mensajes, que te dicen cómo hacer mejor las cosas, cómo se supone que te deberías de sentir si te pasa esto o lo otro, que tienes que poner límites, que te tienes que autocuidar, que pienses más en ti, pero que no descuides tus vínculos… En fin, ¿sabes lo que te digo? Que no escuches este podcast. Bueno, este sí, ahora te cuento por qué, escucha este y ya ninguno más.
Sé que hay algo que te hace sentir culpable. Sé que, muchas veces, la culpa te ha recorrido todo el cuerpo, sé que la has sentido aquí, en el estómago. O en la garganta, o en el pecho. Sé que parece que te inunda el alma y que no te permite seguir caminando. O, si te deja, te obliga a arrastrar de ella como quien carga con una cruz.
Pero… ¿qué me dirías si te digo que en realidad la culpa no tendría por qué ser tu enemiga? ¿Qué piensas si te cuento que puedes convertir a la culpa en… una aliada? ¿Y si esa fuera la única manera de dejar de sentirte culpable, de desprenderte de esa angustia que, a veces, parece que no te deja ni siquiera vivir?
La vida parece más fácil si eres pesimista. Si sientes que las cosas siempre pueden salir mal, si lo que esperas es que vayan a peor, si… crees que la tostada siempre cae por el lado de la mantequilla. Parece que mantener estos pensamientos nos genera una mayor sensación de control y nos permite prepararnos para… lo peor.
Pero lo cierto es que no puedes mantener una estabilidad emocional, un bienestar psicológico, si lo que esperas de la vida es que ocurran cosas horribles. O si siempre estás preparado para que ocurran esas cosas horribles. Si es tan perjudicial para nuestra salud mental… ¿por qué somos pesimistas? ¿Para qué sirve el pesimismo? ¿Cómo podemos abandonar el diálogo negativo sin caer en la positividad tóxica?
Todos cometemos errores. Constantemente. Todos nos equivocamos y hacemos las cosas mal. Metemos la pata, fallamos a alguien, decepcionamos a quienes más nos quieren. Todos y todas podríamos escribir en una lista todas esas decisiones mal tomadas, todas las palabras mal elegidas, todos esos actos que nos gustaría borrar o hacer de otra manera… O no volver a hacer nunca más.
A veces tratamos de encontrar la forma de reparar el daño causado y… no la encontramos. Otras veces sí, pero no sirve de nada. A veces encontramos al otro lado comprensión, perdón, olvido… otras, el reproche, el castigo, el juicio. ¿Qué podemos hacer entonces, cuando una disculpa no es suficiente? ¿Somos merecedores de la condena de los demás? ¿Cómo nos podemos perdonar a nosotros mismos, cuando no contamos con el perdón del otro?
Hace ahora 13 semanas que te saludé por primera vez desde la intimidad del despacho de mi casa. Así, como bajito, mientras susurro delante de un micro y leo la pantalla de mi ordenador. Si fuera realmente supersticioso, trataría de saltarme este episodio, el 13, para evitar la mala suerte. Pero no puedo llegar al 14 sin pasar por el de hoy. Así que… hablemos de la mala suerte.
La mala suerte es algo bastante subjetivo porque no depende de lo que nos pase, sino de la forma en la que evaluemos lo que nos pase. Por eso, muchas personas creen que la padecen. Entonces… ¿qué significa exactamente tener mala suerte? ¿Existe realmente? ¿Hay alguna forma de evitarla? Y… ¿qué consecuencias psicológicas tiene para nosotros hablar de buena y mala suerte?
Evitar iniciar una relación sentimental por miedo a sufrir. Rechazar un ascenso por creer que no vas a estar a la altura. No expresar tus emociones o tus opiniones por temor a ser juzgado por ello. Retrasar o posponer una conversación importante por miedo a escuchar algo que no te va a gustar. Si te sientes familiarizado con algunas de estas cosas, o parecidas, que sepas que… te estás autosaboteando.
El autosabotaje es uno de los fenómenos psicológicos que más nos cuesta entender. ¿Por qué iba a sabotear algo que, en realidad, estoy deseando hacer? ¿Qué sentido tiene que, yo mismo, trate de hacer algo que va contra mis propios intereses? ¿Es algo consciente o inconsciente? Y… ¿cómo dejo de hacerlo?
La infidelidad es un engaño, una traición. Una ruptura de las reglas establecidas, un acuerdo incumplido. Por eso, la infidelidad no es lo mismo para todos, porque no todos tenemos los mismos acuerdos ni las mismas reglas. Es difícil hablar de la infidelidad en términos generales cuando su significado es personal, cuando cada uno de nosotros podemos darle una importancia distinta, un espacio diferente en nuestra vida.
Aun así, sea cual sea el compromiso, todos sabemos que el infiel es aquel que no lo cumple. ¿Se puede perdonar una infidelidad? ¿Es posible recuperar la confianza después? ¿Por qué somos infieles? ¿Existe la infidelidad emocional? ¿Es fácil o difícil evitar la tentación?
Decir una cosa y pensar otra. O… pensar dos cosas contrarias a la vez. Estar enamorado de dos personas al mismo tiempo. Cambiar de opinión o que tu opinión dependa de tu estado de ánimo, del pie que primero hayas apoyado en el suelo. Estar a favor y en contra, o a favor de unos y en contra de otros, aunque ambos opinen o hagan lo mismo. Es decir… contradecirse.
Vivimos en una contradicción constante e incómoda. No es fácil asumir que a veces tenemos sentimientos opuestos o que las cosas que antes teníamos claras, hoy son una especie de sombra que no nos deja mirar sin conflicto. ¿Cómo es posible que amemos y odiemos a una misma persona al mismo tiempo? ¿Puedo desear hacer algo que, en realidad, me da mucho miedo hacer? ¿Por qué experimentamos sensaciones contrarias ante una misma situación?
Qué sano y qué necesario es… quejarse. ¿O no? El arte de expresar una sensación molesta, una emoción desagradable o una reivindicación parece estar al alcance de cualquiera. Lo hacemos porque nos libera, nos agrada… A veces lo necesitamos. Pero, al mismo tiempo, no parece muy recomendable instalarse en la queja como modo de supervivencia, ¿no? A veces, incluso, nos quejamos y eso nos hace sentir peor.
Entonces… ¿para qué sirve la queja? ¿Por qué nos quejamos? ¿Es realmente sano o puede llegar a ser una conducta desadaptativa? Y… ¿por qué hay gente que solo sabe quejarse?
Cada vez te resulta más complicado cumplir con tus objetivos diarios o semanales, con tus metas. Cada vez te es más difícil llegar a todo y sentir que rindes adecuadamente, que completas todas tus tareas. Te faltan horas en el día y no tienes ni idea de cómo hacerlo… ni de cómo lo hacen los demás. Y, aun así… Aun faltándote tiempo, lo pierdes. Te entretienes con las redes sociales, retrasas continuamente tareas importantes, te sientas frente al ordenador y tardas una o dos horas en empezar a trabajar realmente…
Lo que te está pasando tiene un nombre y una explicación psicológica. Y te la voy a contar. ¿Qué es la procrastinación? ¿Por qué procrastinamos? ¿Cuál es el sentido adaptativo que nos empuja a retrasar tareas que debemos elaborar si hacerlo nos genera un malestar muy profundo? Y… ¿qué podemos hacer para evitar la procrastinación y ponernos manos a la obra?
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