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Or


Perdonen que lo diga sin pudor,
pero mi madre y yo vivíamos en un pueblo de hambrunas.
Las carencias
nos llevaban a todos a una especie de inocencia, a un vivir
en el centro puro de nosotros mismos.
Así es cuando ya no queda nada salvo
la postura orgullosa de mi madre
que dormía como saciada.
Cada cierto tiempo pasaban profetas
que repetían monsergas en nombre de un dios prometedor, pero cruel.
Ninguno trajo lluvia sobre los campos yermos ni hizo el milagro de una simple lechuga.
Una tarde se asomó a nuestra puerta
un extranjero de mirada llameante, otro agorero, pero no supimos quién ardía en él, si su dios
o su demonio.
Dijo llamarse Elías y tenía gran hambre como nosotros. Se quedó mirando a mi madre
que en la artesa mezclaba un puñado de harina Santa Rosa con una cucharada de manteca sin nombre.
Estoy haciendo un pan para mi hijo y yo. Lo comeremos y después, con la dignidad de los pobres satisfechos, nos moriremos de hambre, dijo mi madre.
La abuela nos dice:
La gente nos dice:
Otros nos dicen:
Cuando escuchamos esas palabras se nos pone la cara roja, nos zumban los oídos, nos pican los ojos, las rodillas nos tiemblan.
No queremos temblar más ni ponernos colorados, nos queremos acostumbrar a los insultos, a las palabras que lastiman.
Cuando nos sentamos a comer, en la cocina, uno enfrente del otro y nos miramos a los ojos, nos decimos palabras cada vez más terribles.
Uno dice: ¡Sos la peor mierda!, ¡Estúpido!
El otro: ¡Puto!, ¡Pelotudo!
Seguimos así hasta que las palabras no entran más en nuestro cerebro, ni siquiera en nuestros oídos. Hacemos este ejercicio alrededor de media hora por día, y salimos a pasear a la calle. Conseguimos que la gente nos insulte y comprobamos que al final logramos ser indiferentes.
Pero también están las palabras antiguas.
Nuestra mamá nos decía:
Cuando nos acordamos de esas palabras, nuestros ojos se llenan de lágrimas. Nos las tenemos que olvidar porque hoy nadie nos habla de esa manera y porque el recuerdo que tenemos es una carga demasiado pesada.
Entonces, retomamos nuestro ejercicio de otra manera:
Nos decimos: ¡Queridos!, ¡Mis amores!, los amo…nunca los dejaría…solo tengo amor para ustedes…Siempre…Son mi vida entera…
A fuerza de repetirlas, las palabras van perdiendo de a poco su significado y el dolor que traen se disuelve.
Traducción de María Mazzinghi
Uno se hace el ciego, otro el sordo. El ciego se ata un pañuelo negro en los ojos, el sordo se tapa los oídos con pasto.
El pañuelo huele mal, como la abuela. Nos damos la mano y vamos a pasear. Salimos cuando hay alerta y la gente se esconde en refugios y las calles están desiertas.
El sordo describe lo que ve:
Gemelo sordo: la calle es recta y larga. En los costados hay casas bajas, de una planta. Hay casas de color blanco, gris, rosa, amarillo y azul. Al fondo de la calle, se ve una plaza con árboles y una fuente. El cielo está azul, con algunas nubes blancas. Se ven aviones. Cinco bombarderos. Vuelan bajo.
Gemelo ciego: (habla lento para que el sordo le pueda leer los labios). Escucho los aviones. Hacen un ruido entrecortado y profundo. El motor se esfuerza. Están llenos de bombas. Ahí ya pasaron. Escucho de nuevo los pájaros. Fuera de eso, todo está en silencio.
El sordo lee los labios del ciego y responde: - Sí, la calle está vacía.
Gemelo ciego: No por mucho tiempo. Escucho pasos que se acercan por la otra calle, a la izquierda.
Gemelo sordo: Tenés razón. Ahí está, es un hombre.
Gemelo ciego: ¿Cómo es?
Gemelo sordo: Como todos. Pobre, viejo.
Gemelo ciego: Ya sé. Reconozco los pasos de alguien viejo. También escucho que está descalzo así que es pobre.
Gemelo sordo: Es pelado. Tiene una campera vieja de la armada. Usa pantalones demasiado cortos. Tiene los pies sucios.
Gemelo ciego: ¿Los ojos?
Gemelo sordo: No se los veo. Mira para abajo.
Gemelo ciego: ¿Y la boca?
Gemelo sordo: Los labios muy hacia adentro. No debe tener dientes.
Gemelo ciego: ¿Las manos?
Gemelo sordo: Metidas en los bolsillos. Los bolsillos son enormes y llenos de algo, parecen papas o nueces porque le hacen pequeños bultos. Levanta la cabeza, nos mira. Pero no logro ver el color de los ojos.
Gemelo ciego: ¿No ves nada más?
Gemelo sordo: Arrugas en la cara, profundas como cicatrices.
Gemelo ciego: Escucho las sirenas. Es el final de la alerta. Volvamos.
Gemelos: (al público) Más adelante, con el tiempo, no vamos a necesitar el pañuelo para los ojos ni el pasto para los oídos. El que hace de ciego simplemente vuelve la mirada hacia adentro, y el sordo cierra los oídos a todos los ruidos.
La abuela nos pega seguido, con sus manos huesudas, con una escoba o un repasador mojado. Nos tira de las orejas, nos agarra de los pelos.
Otras personas también nos pegan cachetadas y patadas, ni siquiera sabemos por qué.
Los golpes duelen, nos hacen llorar.
Las caídas, los raspones, los cortes, el trabajo, el frío y el calor también nos hacen sufrir.
Decidimos fortalecer nuestro cuerpo para aguantar el dolor sin llorar.
Primero nos pegamos cachetadas entre nosotros, después piñas.
Cuando la abuela nos ve la cara hinchada nos pregunta:
Nos quedamos desnudos y nos pegamos unos a otros con un cinturón.
A cada golpe decimos:
Nos pegamos más fuerte, cada vez más fuerte.
Ponemos nuestras manos arriba de una llama. Nos cortamos con un cuchillo el muslo, el brazo, el pecho y nos tiramos alcohol en las heridas. Y cada vez nos decimos:
Al cabo de un tiempo, efectivamente no sentimos nada. Es otro al que le duele, es otro el que se quema, el que se corta, el que sufre.
Nosotros no lloramos más.
Cuando la abuela está enojada y nos grita, le decimos:
Cuando nos pega, le decimos:
Ella responde:
Traducción: María Mazzinghi.
Nos ponemos ropa sucia y media rota, nos sacamos los zapatos, nos ensuciamos la cara y las manos. Salimos a la calle. Nos quedamos quietos y esperamos.
Cuando pasa un oficial extranjero delante nuestro, levantamos el brazo derecho para saludar y tendemos la mano izquierda. En general, el oficial pasa sin frenar, sin vernos, sin mirarnos.
Al final, algún oficial frena. Dice algo en un idioma que no entendemos. Nos hace preguntas. Nosotros no le respondemos, nos quedamos quietos, un brazo arriba, el otro estirado hacia adelante. Entonces revisa sus bolsillos, nos pone una moneda y un pedazo de chocolate en nuestras palmas sucias y se va sacudiendo la cabeza.
Nosotros seguimos esperando.
Pasa una mujer. Le tendemos la mano. Ella dice:
Nos acaricia el pelo.
Nosotros decimos:
Otra mujer nos da dos manzanas, otra unas galletitas.
Pasa una mujer. Le tendemos la mano, ella frena y nos dice:
Nosotros respondemos:
Ella pregunta:
Ella grita, yéndose:
Volviendo, tiramos en un pastizal al costado del camino las manzanas, las galletitas, el chocolate y las monedas. La caricia en el pelo es imposible tirarla.
Traducción de María Mazzinghi
No morir,
todavía no,
es demasiado rápido
el cuchillo, el veneno,
demasiado orápido.
Todavía me amo,
amo mis manos
que fuman, que escriben,
que sostienen el cigarrillo,
la lapicera,
la copa.
Amo mis manos que tiemblan,
que limpian a pesar de todo,
que se avejentan.
Las uñas siguen creciendo,
mis manos acomodan mis anteojos
para que siga escribiendo.
Traducción de María Mazzinghi
Peteĩ puraheimi
Ha’e ohendúva sapy’ánte
peteĩ puraheimi
ipu mombyry asý va
Upe purahéi
orahávami ngururúpe
heta ñe’êngue
omoheñóiva ñe’ẽ joapy
kirirĩ rendápe.
Omombe’u guyguýva tyre’ỹ rehegua
hasẽva…
Una canción pequeña
Ella escuchaba a veces
una canción pequeña
sonando muy lejana
Era una canción
que arrastraba el rumor
de voces idas
y sembraba de ecos
el silencio.
Que susurraba ausencias
que lloraba…
Sublime añoranza guarda el alma mía
y trae la tristeza de mi soledad
pienso en el futuro ya sin esperanza
porque a la distancia tú me olvidarás.
Si en tu cabecita llevas todavía
algo de la dicha de nuestro querer
piensa que yo lejos debo sufrir tanto
sin ningún consuelo en mi padecer.
Por qué dejaré de añorarte
rojhayjhu eteíva che mborayjhu mi
podré sucumbir tal vez
ajheca raságui ne cunu'ümí.
Hoy que ya la sombra del martirio invade
el triste santuario de mi alma en dolor
surge tu recuerdo como una esperanza
trayéndome el néctar de tu boca en flor.
Suspirando evoco tantos días felices
de dicha infinita que no olvidaré
y mis noches tristes de nostalgia llena
por seguir viviendo en ti pensaré.
Juancito: Un nuevo tekohá
Un día, de ida al trabajo,
en el bullicio de la ciudad,
lejos de tu Tekohá,
nos cruzamos en la calle.
Esa vez, empecé a percatarme
de tu especial comportamiento,
más que de tu apariencia,
como niño de la calle.
Tu forma de acercarte
y tu cuidado lenguaje
me mostraron y enseñaron
que la ciudad no era tu Tekohá.
En tu penetrante guaraní
me dijisteis que, con tu familia,
venías de una lejana comunidad
y de un monte que ya no era monte.
Otro día, en la misma esquina,
en uno de nuestros encuentros,
me regalasteis el testimonio
de tu sincera estima.
Como regalo, en vez de dinero,
preferías al pequeño muñeco,
que, en el trajín callejero,
transportaba como compañero.
Te dije que mucho lo sentía;
a ese muñeco mucho lo quería,
porque era un compañero entrañable,
regalado por alguien también entrañable.
Sin titubeos ni rodeos,
me contestasteis que no me preocupara,
y que, de ese muñeco,
nde hina la ijara.
Aquel fue nuestro último diálogo.
Desde entonces, aquella esquina
quedó sin tu tierna figura,
y tus enseñanzas me hieren como gran espina.
Son enseñanzas que me hieren,
por que, además de su signo tan humano,
las asimile en la calle de la ciudad,
en medio de un mundo tan inhumano.
Juancito: Esa herida se curará
cuando tú, tu gente y nosotros
logremos construir juntos,
para todos, un nuevo Tekohá.
Juancito: Tekoha pyahu
Peteῖ árape, ahávo amba´apohağua,
pe ayvu oῖa távape,
mombyry la nde Tekohagui,
jajojuhu tapére.
Uperoğuaré, añepyru aikuaa
mbaeíchapa nde reikóva,
nda ha´ei la reju háicha,
peteῖ mita´i taperegua.
Pereñemomýi háicha,
ha pereñe´ẽkuaa háicha
ohechauka ha chembo´e
ko távape nda hae´i nde róga.
Nde ñe´ẽ guaraní porӑpe,
jerecheve, nde rogaguandivé,
rejuha mombyry guive
ha peteῖ Ka´aguy ndahaíva Ka´aguy.
Peteῖ ára pyahupe, jajojuhu haguepe,
jajotopa chevyvo
re me’ẽ chéve jevy
nde mboraihu teete.
Peteῖ jaropojaipycha, viru rangüe,
reipotave pe mbaevyky agueraháva
pe tapere che iruícharõ.
Ha´ẽ ndeve ambyasyha,
ko mba´evyky ahayhuiterei,
ha´ẽ che iru teéte,
ome´ẽvaikue chéve peteῖ cherayhuva.
Ha nde ñe´ẽ porӑpe,
ere chéve ani rejepyapy,
ko mba´evyky nde hina ijára.
Upeva´ekue ñandeñe´ẽ paha,
upeguive, pe tape,
opyta nendive´y
ha la chembova akue chembohasy.
Umi ñe´ẽmbo´e che jopy
ha guereko mba´e porӑ
aikuaava´ekue távape
peteῖ tekoha ndaiporáῖva.
Juancito: pe jekutu okuerӑta,
nde, nderu ha ndesy, orendivendi,
ikatútaramo jajapo oñondive,
ñande mba´erӑ, peteῖ Tekoha Pyaju.
(Traducción: Luis Armando Galeano y Ana Galeano)
Una noche tibia nos conocimos
junto al lago azul de Ypacaraí.
Tú cantabas triste por el camino
viejas melodías en guaraní.
Y con el embrujo de tus canciones
iba renaciendo tu amor en mí
y en la noche hermosa de plenilunio
de tus blancas manos, sentí el calor
que con sus caricias me dio el amor.
Dónde estás ahora, kuñatai,
que tu suave canto no llega a mí
dónde estás ahora
mi ser te añora con frenesí.
Todo te recuerda, mi dulce amor
junto al lago azul de Ypacarai.
Todo te recuerda, mi amor te llama,
kuñataí.
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