Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • El pan (José Watanabe, en la voz de Lucía Barragán)

    Perdonen que lo diga sin pudor,

    pero mi madre y yo vivíamos en un pueblo de hambrunas.

    Las carencias

    nos llevaban a todos a una especie de inocencia, a un vivir

    en el centro puro de nosotros mismos.

    Así es cuando ya no queda nada salvo

    la postura orgullosa de mi madre

    que dormía como saciada.

    Cada cierto tiempo pasaban profetas

    que repetían monsergas en nombre de un dios prometedor, pero cruel.

    Ninguno trajo lluvia sobre los campos yermos ni hizo el milagro de una simple lechuga.

    Una tarde se asomó a nuestra puerta

    un extranjero de mirada llameante, otro agorero, pero no supimos quién ardía en él, si su dios

    o su demonio.

    Dijo llamarse Elías y tenía gran hambre como nosotros. Se quedó mirando a mi madre

    que en la artesa mezclaba un puñado de harina Santa Rosa con una cucharada de manteca sin nombre.

    Estoy haciendo un pan para mi hijo y yo. Lo comeremos y después, con la dignidad de los pobres satisfechos, nos moriremos de hambre, dijo mi madre.

    2 min
  • Ejercicio de fortalecimiento del espíritu (Agota Kristof, en la voz de Malena López)

    La abuela nos dice:

    • ¡Pendejos de mierda!
    • La gente nos dice:

      • ¡Están poseídos!, ¡Hijos de puta!
      • Otros nos dicen:

        • ¡Imbéciles!, ¡Lacras!, ¡Pungas!, ¡Mocosos de mierda!, ¡Chorros!, ¡Ratas!, ¡Sucios!, ¡Pendejos!, ¡Mierdas!, ¡Ladrones!, ¡Futuros asesinos!.
        • Cuando escuchamos esas palabras se nos pone la cara roja, nos zumban los oídos, nos pican los ojos, las rodillas nos tiemblan.

          No queremos temblar más ni ponernos colorados, nos queremos acostumbrar a los insultos, a las palabras que lastiman.

          Cuando nos sentamos a comer, en la cocina, uno enfrente del otro y nos miramos a los ojos, nos decimos palabras cada vez más terribles.

          Uno dice: ¡Sos la peor mierda!, ¡Estúpido!

          El otro: ¡Puto!, ¡Pelotudo!

          Seguimos así hasta que las palabras no entran más en nuestro cerebro, ni siquiera en nuestros oídos. Hacemos este ejercicio alrededor de media hora por día, y salimos a pasear a la calle. Conseguimos que la gente nos insulte y comprobamos que al final logramos ser indiferentes.

          Pero también están las palabras antiguas.

          Nuestra mamá nos decía:

          • ¡Queridos!, ¡Mis amores!, ¡Mi vida!, ¡Mis pequeños bebés adorados!
          • Cuando nos acordamos de esas palabras, nuestros ojos se llenan de lágrimas. Nos las tenemos que olvidar porque hoy nadie nos habla de esa manera y porque el recuerdo que tenemos es una carga demasiado pesada.

            Entonces, retomamos nuestro ejercicio de otra manera:

            Nos decimos: ¡Queridos!, ¡Mis amores!, los amo…nunca los dejaría…solo tengo amor para ustedes…Siempre…Son mi vida entera…

            A fuerza de repetirlas, las palabras van perdiendo de a poco su significado y el dolor que traen se disuelve.


            Traducción de María Mazzinghi

            3 min
          • Ejercicio de ceguera y sordera (Agota Kristof, en la voz de Ludmila Rogel)

            Uno se hace el ciego, otro el sordo. El ciego se ata un pañuelo negro en los ojos, el sordo se tapa los oídos con pasto.

            El pañuelo huele mal, como la abuela. Nos damos la mano y vamos a pasear. Salimos cuando hay alerta y la gente se esconde en refugios y las calles están desiertas.

            El sordo describe lo que ve:

            Gemelo sordo: la calle es recta y larga. En los costados hay casas bajas, de una planta. Hay casas de color blanco, gris, rosa, amarillo y azul. Al fondo de la calle, se ve una plaza con árboles y una fuente. El cielo está azul, con algunas nubes blancas. Se ven aviones. Cinco bombarderos. Vuelan bajo.

            Gemelo ciego: (habla lento para que el sordo le pueda leer los labios). Escucho los aviones. Hacen un ruido entrecortado y profundo. El motor se esfuerza. Están llenos de bombas. Ahí ya pasaron. Escucho de nuevo los pájaros. Fuera de eso, todo está en silencio.

            El sordo lee los labios del ciego y responde: - Sí, la calle está vacía.

            Gemelo ciego: No por mucho tiempo. Escucho pasos que se acercan por la otra calle, a la izquierda.

            Gemelo sordo: Tenés razón. Ahí está, es un hombre.

            Gemelo ciego: ¿Cómo es?

            Gemelo sordo: Como todos. Pobre, viejo.

            Gemelo ciego: Ya sé. Reconozco los pasos de alguien viejo. También escucho que está descalzo así que es pobre.

            Gemelo sordo: Es pelado. Tiene una campera vieja de la armada. Usa pantalones demasiado cortos. Tiene los pies sucios.

            Gemelo ciego: ¿Los ojos?

            Gemelo sordo: No se los veo. Mira para abajo.

            Gemelo ciego: ¿Y la boca?

            Gemelo sordo: Los labios muy hacia adentro. No debe tener dientes.

            Gemelo ciego: ¿Las manos?

            Gemelo sordo: Metidas en los bolsillos. Los bolsillos son enormes y llenos de algo, parecen papas o nueces porque le hacen pequeños bultos. Levanta la cabeza, nos mira. Pero no logro ver el color de los ojos.

            Gemelo ciego: ¿No ves nada más?

            Gemelo sordo: Arrugas en la cara, profundas como cicatrices.

            Gemelo ciego: Escucho las sirenas. Es el final de la alerta. Volvamos.

            Gemelos: (al público) Más adelante, con el tiempo, no vamos a necesitar el pañuelo para los ojos ni el pasto para los oídos. El que hace de ciego simplemente vuelve la mirada hacia adentro, y el sordo cierra los oídos a todos los ruidos.

            4 min
          • Ejercicio de fortalecimiento del cuerpo (Agota Kristof, en la voz de Julia Perette)

            La abuela nos pega seguido, con sus manos huesudas, con una escoba o un repasador mojado. Nos tira de las orejas, nos agarra de los pelos.

            Otras personas también nos pegan cachetadas y patadas, ni siquiera sabemos por qué.

            Los golpes duelen, nos hacen llorar.

            Las caídas, los raspones, los cortes, el trabajo, el frío y el calor también nos hacen sufrir.

            Decidimos fortalecer nuestro cuerpo para aguantar el dolor sin llorar.

            Primero nos pegamos cachetadas entre nosotros, después piñas.

            Cuando la abuela nos ve la cara hinchada nos pregunta:

            • ¿Quién les hizo eso?
            • Nosotros mismos, abuela.
            • ¿Se pelearon? ¿Por qué?
            • Por nada, abuela. No te preocupes. Es solo un ejercicio.
            • ¿Un ejercicio? ¡Están completamente locos! En fin, si les divierte.
            • Nos quedamos desnudos y nos pegamos unos a otros con un cinturón.

              A cada golpe decimos:

              • No me dolió.
              • Nos pegamos más fuerte, cada vez más fuerte.

                Ponemos nuestras manos arriba de una llama. Nos cortamos con un cuchillo el muslo, el brazo, el pecho y nos tiramos alcohol en las heridas. Y cada vez nos decimos:

                • No me dolió.
                • Al cabo de un tiempo, efectivamente no sentimos nada. Es otro al que le duele, es otro el que se quema, el que se corta, el que sufre.

                  Nosotros no lloramos más.

                  Cuando la abuela está enojada y nos grita, le decimos:

                  • Dejá de gritar, abuela. Mejor peganos.
                  • Cuando nos pega, le decimos:

                    • ¡Dale, abuela! Mirá, ponemos la otra mejilla, como dice en la Biblia. Peganos también en la otra, abuela.
                    • Ella responde:

                      • ¡Váyanse al diablo con su Biblia y sus mejillas!
                      • Traducción: María Mazzinghi.

                        2 min
                      • Ejercicio de miseria (Agota Kristof, en la voz de Analía Couceyro)

                        Nos ponemos ropa sucia y media rota, nos sacamos los zapatos, nos ensuciamos la cara y las manos. Salimos a la calle. Nos quedamos quietos y esperamos.

                        Cuando pasa un oficial extranjero delante nuestro, levantamos el brazo derecho para saludar y tendemos la mano izquierda. En general, el oficial pasa sin frenar, sin vernos, sin mirarnos.

                        Al final, algún oficial frena. Dice algo en un idioma que no entendemos. Nos hace preguntas. Nosotros no le respondemos, nos quedamos quietos, un brazo arriba, el otro estirado hacia adelante. Entonces revisa sus bolsillos, nos pone una moneda y un pedazo de chocolate en nuestras palmas sucias y se va sacudiendo la cabeza.

                        Nosotros seguimos esperando.

                        Pasa una mujer. Le tendemos la mano. Ella dice:

                        • Pobrecito. No tengo nada para darles.
                        • Nos acaricia el pelo.

                          Nosotros decimos:

                          • Gracias.
                          • Otra mujer nos da dos manzanas, otra unas galletitas.

                            Pasa una mujer. Le tendemos la mano, ella frena y nos dice:

                            • ¿No les da vergüenza mendigar? Vengan a casa, hay trabajitos fáciles para ustedes. Cortar leña, por ejemplo, o trapear la terraza. Son bastante grandes y fuertes para eso. Si trabajan bien, después les doy sopa y pan.
                            • Nosotros respondemos:

                              • No queremos trabajar para usted, señora. No tenemos ganas de tomar su sopa ni comer su pan. No tenemos hambre.
                              • Ella pregunta:

                                • ¿Entonces por qué están mendigando?
                                • Para saber cómo se siente, y observar la reacción de la gente.
                                • Ella grita, yéndose:

                                  • ¡Lacras asquerosos! ¡Qué pendejos desubicados!
                                  • Volviendo, tiramos en un pastizal al costado del camino las manzanas, las galletitas, el chocolate y las monedas. La caricia en el pelo es imposible tirarla.


                                    Traducción de María Mazzinghi

                                    3 min
                                  • No morir (Agota Kristof, en la voz de Yamila Bêgné)

                                    No morir,

                                    todavía no,

                                    es demasiado rápido

                                    el cuchillo, el veneno,

                                    demasiado orápido.

                                    Todavía me amo,

                                    amo mis manos

                                    que fuman, que escriben,

                                    que sostienen el cigarrillo,

                                    la lapicera,

                                    la copa.

                                    Amo mis manos que tiemblan,

                                    que limpian a pesar de todo,

                                    que se avejentan.

                                    Las uñas siguen creciendo,

                                    mis manos acomodan mis anteojos

                                    para que siga escribiendo.


                                    Traducción de María Mazzinghi

                                    1 min
                                  • Peteĩ puraheimi / Una canción pequeña (Susy Delgado, en la voz de Dolo Trenzadora)

                                    Peteĩ puraheimi

                                    Ha’e ohendúva sapy’ánte

                                    peteĩ puraheimi

                                    ipu mombyry asý va

                                    Upe purahéi

                                    orahávami ngururúpe

                                    heta ñe’êngue

                                    omoheñóiva ñe’ẽ joapy

                                    kirirĩ rendápe.

                                    Omombe’u guyguýva tyre’ỹ rehegua

                                    hasẽva…


                                    Una canción pequeña

                                    Ella escuchaba a veces

                                    una canción pequeña

                                    sonando muy lejana

                                    Era una canción

                                    que arrastraba el rumor

                                    de voces idas

                                    y sembraba de ecos

                                    el silencio.

                                    Que susurraba ausencias

                                    que lloraba…

                                    2 min
                                  • Mi dicha lejana (Emigdio Ayala Báez, por Abel Tesoriere y Flor Bobadilla Oliva)

                                    Sublime añoranza guarda el alma mía

                                    y trae la tristeza de mi soledad

                                    pienso en el futuro ya sin esperanza

                                    porque a la distancia tú me olvidarás.


                                    Si en tu cabecita llevas todavía

                                    algo de la dicha de nuestro querer

                                    piensa que yo lejos debo sufrir tanto

                                    sin ningún consuelo en mi padecer.


                                    Por qué dejaré de añorarte

                                    rojhayjhu eteíva che mborayjhu mi

                                    podré sucumbir tal vez

                                    ajheca raságui ne cunu'ümí.


                                    Hoy que ya la sombra del martirio invade

                                    el triste santuario de mi alma en dolor

                                    surge tu recuerdo como una esperanza

                                    trayéndome el néctar de tu boca en flor.


                                    Suspirando evoco tantos días felices

                                    de dicha infinita que no olvidaré

                                    y mis noches tristes de nostalgia llena

                                    por seguir viviendo en ti pensaré.

                                    5 min
                                  • Juancito: un nuevo tekohá (Luis Armando Galeano, por Luis Armando Galeano y Ana Galeano)

                                    Juancito: Un nuevo tekohá


                                    Un día, de ida al trabajo,

                                    en el bullicio de la ciudad,

                                    lejos de tu Tekohá,

                                    nos cruzamos en la calle.


                                    Esa vez, empecé a percatarme

                                    de tu especial comportamiento,

                                    más que de tu apariencia,

                                    como niño de la calle.


                                    Tu forma de acercarte

                                    y tu cuidado lenguaje

                                    me mostraron y enseñaron

                                    que la ciudad no era tu Tekohá.


                                    En tu penetrante guaraní

                                    me dijisteis que, con tu familia,

                                    venías de una lejana comunidad

                                    y de un monte que ya no era monte.


                                    Otro día, en la misma esquina,

                                    en uno de nuestros encuentros,

                                    me regalasteis el testimonio

                                    de tu sincera estima.


                                    Como regalo, en vez de dinero,

                                    preferías al pequeño muñeco,

                                    que, en el trajín callejero,

                                    transportaba como compañero.


                                    Te dije que mucho lo sentía;

                                    a ese muñeco mucho lo quería,

                                    porque era un compañero entrañable,

                                    regalado por alguien también entrañable.


                                    Sin titubeos ni rodeos,

                                    me contestasteis que no me preocupara,

                                    y que, de ese muñeco,

                                    nde hina la ijara.


                                    Aquel fue nuestro último diálogo.

                                    Desde entonces, aquella esquina

                                    quedó sin tu tierna figura,

                                    y tus enseñanzas me hieren como gran espina.


                                    Son enseñanzas que me hieren,

                                    por que, además de su signo tan humano,

                                    las asimile en la calle de la ciudad,

                                    en medio de un mundo tan inhumano.


                                    Juancito: Esa herida se curará

                                    cuando tú, tu gente y nosotros

                                    logremos construir juntos,

                                    para todos, un nuevo Tekohá.


                                    Juancito: Tekoha pyahu


                                    Peteῖ árape, ahávo amba´apohağua,

                                    pe ayvu oῖa távape,

                                    mombyry la nde Tekohagui,

                                    jajojuhu tapére.


                                    Uperoğuaré, añepyru aikuaa

                                    mbaeíchapa nde reikóva,

                                    nda ha´ei la reju háicha,

                                    peteῖ mita´i taperegua.


                                    Pereñemomýi háicha,

                                    ha pereñe´ẽkuaa háicha

                                    ohechauka ha chembo´e

                                    ko távape nda hae´i nde róga.


                                    Nde ñe´ẽ guaraní porӑpe,

                                    jerecheve, nde rogaguandivé,

                                    rejuha mombyry guive

                                    ha peteῖ Ka´aguy ndahaíva Ka´aguy.


                                    Peteῖ ára pyahupe, jajojuhu haguepe,

                                    jajotopa chevyvo

                                    re me’ẽ chéve jevy

                                    nde mboraihu teete.

                                    Peteῖ jaropojaipycha, viru rangüe,

                                    reipotave pe mbaevyky agueraháva

                                    pe tapere che iruícharõ.


                                    Ha´ẽ ndeve ambyasyha,

                                    ko mba´evyky ahayhuiterei,

                                    ha´ẽ che iru teéte,

                                    ome´ẽvaikue chéve peteῖ cherayhuva.


                                    Ha nde ñe´ẽ porӑpe,

                                    ere chéve ani rejepyapy,

                                    ko mba´evyky nde hina ijára.


                                    Upeva´ekue ñandeñe´ẽ paha,

                                    upeguive, pe tape,

                                    opyta nendive´y

                                    ha la chembova akue chembohasy.


                                    Umi ñe´ẽmbo´e che jopy

                                    ha guereko mba´e porӑ

                                    aikuaava´ekue távape

                                    peteῖ tekoha ndaiporáῖva.


                                    Juancito: pe jekutu okuerӑta,

                                    nde, nderu ha ndesy, orendivendi,

                                    ikatútaramo jajapo oñondive,

                                    ñande mba´erӑ, peteῖ Tekoha Pyaju.


                                    (Traducción: Luis Armando Galeano y Ana Galeano)

                                    6 min
                                  • Recuerdos de Ypacaraí (Zulema de Mirkin y Demetrio Ortiz, por Dañela Lo Gé y Paloma Antonietti)

                                    Una noche tibia nos conocimos

                                    junto al lago azul de Ypacaraí.

                                    Tú cantabas triste por el camino

                                    viejas melodías en guaraní.


                                    Y con el embrujo de tus canciones

                                    iba renaciendo tu amor en mí

                                    y en la noche hermosa de plenilunio

                                    de tus blancas manos, sentí el calor

                                    que con sus caricias me dio el amor.


                                    Dónde estás ahora, kuñatai,

                                    que tu suave canto no llega a mí

                                    dónde estás ahora

                                    mi ser te añora con frenesí.


                                    Todo te recuerda, mi dulce amor

                                    junto al lago azul de Ypacarai.

                                    Todo te recuerda, mi amor te llama,

                                    kuñataí.

                                    4 min

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