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Or


Tan blancos, de la noche
a la mañana, discretamente
y en total silencio,
los dedos gordos nuestros
y narices ahora se adueñan
de la tierra y se apropian
del aire. Nadie nos ve
ni nos detiene, tampoco nos traiciona:
cada granito abre un lugar
por donde un puño suave
sube con insistencia a revolver
las agujas
y el edredón de hojas
e incluso el pavimento: arietes
sordos, ciegos
perfectamente mudos
ensanchan las rendijas,
van abriendo boquetes. El agua
es nuestra dieta,
las migajas de sombra,
suave nuestro ademán que pide poco
o nada: somos tantos,
tantísimos. Estantes
y mesas somos: mansos,
comestibles, avanzamos
a empujones, codazos,
sin querer: nuestra especie
crece y se multiplica: a la mañana habremos
heredado la tierra. Ya tenemos
un pie frente a la puerta.
¿Acaso fue en un marco de ilusión,
En mi alcoba agrandada de soledad y miedo,
Te inclinabas a mí supremamente,
¡Y te inclinabas más que todo eso!
Y era mi mirada una culebra
Tú te inclinabas más y más... y tanto,
Yo esperaba suspensa el aletazo
Y esperaba suspensa el aletazo
Los hongos nacen en silencio; algunos nacen en silencio; otros con un breve alarido, un leve trueno. Unos son blancos, otros rosados, ése es gris y parece una paloma, la estatua a una paloma; otros son dorados o morados. Cada uno trae -y eso es lo terrible- la inicial del muerto de donde procede. Yo no me atrevo a devorarlos; esa carne levísima es pariente nuestra. Pero, aparece en la tarde el comprador de hongos y empieza la siega. Mi madre da permiso. Él elige como un águila. Ese blanco como el azúcar, uno rosado, uno gris. Mamá no se da cuenta que vende a su raza.
Lluvia, y después
los labios fríos
y fruncidos del viento
que los llaman
de abajo de la tierra:
cráneos rojos, dorados,
como puños que irrumpen
de las hojas,
del pasto,
de la arena; asombrosos
de tan súbitos,
tan quietos
y tan húmedos, aparecen
en mañanas de otoño, algunos
en difícil equilibrio, erguidos
en su única pezuña
cargada de veneno, otros
se inflan, regordetes, deliciosos:
las personas que saben
salen a recogerlos, y eligen
los benévolos de las parvas
brillantes de hechiceros,
de ángeles de la muerte, blanquísimos,
como tiburones con sus velos,
de una apariencia inocua como azúcar
pero llenos de parálisis:
comer
es agacharse
a gran velocidad como los hongos
cuando se cansan de su propia perfección
y de la noche a la mañana
vuelven a sumergirse bajo tierra
en los campos lustrosos por la lluvia.
Cuando Vera Williams se enteró
de que me interesaban
los hongos silvestres,
les prohibió a sus hijos
que tocaran ningún hongo:
según ella, porque eran
venenosos, mortíferos.
Unos días después,
compró unos bifes
en la carnicería
y decidió servirlos
con una generosa guarnición
de champiñones.
Cuando empezó a preparar
la guarnición, sus hijos
dejaron lo que estaban haciendo
y se pusieron a mirarla
con atención.
Cuando sirvió la cena,
lloraron de alegría todos juntos.
Del hongo stropharia y su herida mortal
de siempre me mostraron sus vísceras
El peso es la raíz de lo liviano;
y el reposo es el rey del movimiento.
Donde quiera que vaya, el sabio nunca
olvida cuánto pesa su equipaje.
Por más que lo deslumbren los paisajes,
nunca pierde la calma ni el sosiego.
¿Pero cómo podría conducirse
con tanta ligereza el poderoso?
Siempre la liviandad es desarraigo;
pérdida del dominio, la inquietud.
Conocerse varón y ser mujer
es el arroyo que atraviesa el valle.
Ser el arroyo que atraviesa el valle,
con su poder eterno e infalible,
es ser una vez más recién nacido.
Reconocer la luz y hacerse oscuro
es un ejemplo para todo el mundo.
Ser un ejemplo para todo el mundo
de ese poder eterno e infalible
es volver otra vez al infinito.
Conocerse en la gloria y ser modesto
es el arroyo que atraviesa el valle;
con su poder eterno e infalible,
es el retorno a la simplicidad.
A la madera simple hay que cortarla
para sacarle todo su provecho.
Así conduce el sabio a los demás:
leña de árbol erguido.
Versión de Ezequiel Zaidenwerg
El Camino procede por contrarios:
en su delicadeza está su fuerza.
De la existencia brota lo que existe;
y la existencia, de la inexistencia.
Versión de Ezequiel Zaidenwerg
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