Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Hongos (Sylvia Plath, por Pablo Yankelevich)

    Tan blancos, de la noche

    a la mañana, discretamente

    y en total silencio,

    los dedos gordos nuestros

    y narices ahora se adueñan

    de la tierra y se apropian

    del aire. Nadie nos ve

    ni nos detiene, tampoco nos traiciona:

    cada granito abre un lugar

    por donde un puño suave

    sube con insistencia a revolver

    las agujas

    y el edredón de hojas

    e incluso el pavimento: arietes

    sordos, ciegos

    perfectamente mudos

    ensanchan las rendijas,

    van abriendo boquetes. El agua

    es nuestra dieta,

    las migajas de sombra,

    suave nuestro ademán que pide poco

    o nada: somos tantos,

    tantísimos. Estantes

    y mesas somos: mansos,

    comestibles, avanzamos

    a empujones, codazos,

    sin querer: nuestra especie

    crece y se multiplica: a la mañana habremos

    heredado la tierra. Ya tenemos

    un pie frente a la puerta.

    2 min
  • Visión (Delmira Agustini, por Lucía María)

    ¿Acaso fue en un marco de ilusión,

    En el profundo espejo del deseo,
    O fue divina y simplemente en vida
    Que yo te vi velar mi sueño la otra noche?

    En mi alcoba agrandada de soledad y miedo,

    Taciturno a mi lado apareciste
    Como un hongo gigante, muerto y vivo,
    Brotado en los rincones de las noches
    Húmedos de silencio,
    Y engrasados de sombra y soledad.

    Te inclinabas a mí supremamente,

    Como a la copa de cristal de un lago
    Sobre el mantel de fuego del desierto;
    Te inclinabas a mí, como un enfermo
    De la vida a los opios infalibles
    Y a las vendas de piedra de la Muerte;
    Te inclinabas a mí como el creyente
    A la oblea de cielo de la hostia...
    —Gota de nieve con sabor de estrellas
    Que alimenta los lirios de la Carne,
    Chispa de Dios que estrella los espíritus—.
    Te inclinabas a mí como el gran sauce
    De la Melancolía
    A las hondas lagunas del silencio;
    Te inclinabas a mí como la torre
    De mármol del Orgullo,
    Minada por un monstruo de tristeza,
    A la hermana solemne de su sombra...
    Te inclinabas a mí como si fuera
    Mi cuerpo la inicial de tu destino
    En la página oscura de mi lecho;
    Te inclinabas a mí como al milagro
    De una ventana abierta al más allá.

    ¡Y te inclinabas más que todo eso!

    Y era mi mirada una culebra

    Apuntada entre zarzas de pestañas,
    Al cisne reverente de tu cuerpo.
    Y era mi deseo una culebra
    Glisando entre los riscos de la sombra
    A la estatua de lirios de tu cuerpo!

    Tú te inclinabas más y más... y tanto,

    Y tanto te inclinaste,
    Que mis flores eróticas son dobles,
    Y mi estrella es más grande desde entonces.
    Toda tu vida se imprimió en mi vida...

    Yo esperaba suspensa el aletazo

    Del abrazo magnífico; un abrazo
    De cuatro brazos que la gloria viste
    De fiebre y de milagro, será un vuelo!
    Y pueden ser los hechizados brazos
    Cuatro raíces de una raza nueva:

    Y esperaba suspensa el aletazo

    Del abrazo magnífico...
    ¡Y cuando,
    te abrí los ojos como un alma, vi
    Que te hacías atrás y te envolvías
    En yo no sé qué pliegue inmenso de la sombra!

    4 min
  • Los hongos nacen en silencio (Marosa di Giorgio, por Federico Keitelman)

    Los hongos nacen en silencio; algunos nacen en silencio; otros con un breve alarido, un leve trueno. Unos son blancos, otros rosados, ése es gris y parece una paloma, la estatua a una paloma; otros son dorados o morados. Cada uno trae -y eso es lo terrible- la inicial del muerto de donde procede. Yo no me atrevo a devorarlos; esa carne levísima es pariente nuestra. Pero, aparece en la tarde el comprador de hongos y empieza la siega. Mi madre da permiso. Él elige como un águila. Ese blanco como el azúcar, uno rosado, uno gris. Mamá no se da cuenta que vende a su raza.

    2 min
  • Hongos (Mary Oliver, por Margarita Quiceno)

    Lluvia, y después

    los labios fríos

    y fruncidos del viento

    que los llaman

    de abajo de la tierra:

    cráneos rojos, dorados,

    como puños que irrumpen

    de las hojas,

    del pasto,

    de la arena; asombrosos

    de tan súbitos,

    tan quietos

    y tan húmedos, aparecen

    en mañanas de otoño, algunos

    en difícil equilibrio, erguidos

    en su única pezuña

    cargada de veneno, otros

    se inflan, regordetes, deliciosos:

    las personas que saben

    salen a recogerlos, y eligen

    los benévolos de las parvas

    brillantes de hechiceros,

    de ángeles de la muerte, blanquísimos,

    como tiburones con sus velos,

    de una apariencia inocua como azúcar

    pero llenos de parálisis:

    comer

    es agacharse

    a gran velocidad como los hongos

    cuando se cansan de su propia perfección

    y de la noche a la mañana

    vuelven a sumergirse bajo tierra

    en los campos lustrosos por la lluvia.

    2 min
  • 143 (John Cage, por Horacio Warpola)

    Cuando Vera Williams se enteró

    de que me interesaban

    los hongos silvestres,

    les prohibió a sus hijos

    que tocaran ningún hongo:

    según ella, porque eran

    venenosos, mortíferos.

    Unos días después,

    compró unos bifes

    en la carnicería

    y decidió servirlos

    con una generosa guarnición

    de champiñones.

    Cuando empezó a preparar

    la guarnición, sus hijos

    dejaron lo que estaban haciendo

    y se pusieron a mirarla

    con atención.

    Cuando sirvió la cena,

    lloraron de alegría todos juntos.

    1 min
  • Elogio de los alucinógenos (Raúl Gómez Jattin, por Carlos Andrés Baquero Díaz)

    Del hongo stropharia y su herida mortal

    derivó mi alma una locura alucinada
    de entregarle a mis palabras de siempre
    todo el sentido decisivo de la plena vida
    Decir mi soledad y sus motivos sin amargura
    Acercarme a esa mula vieja de mi angustia
    y sacarle de la boca todo el fervor posible
    toda su babaza y estrangularla lenta
    con poemas anudados por la desolación
    De la interminable edad adolescente
    otorgada por la cannabis sativa diré
    un elogio diferente Su mal es menos bello
    Pero hay imágenes en mi escritura
    que volvieron gracias a su embrujo enfermizo
    Ciertos amores regresaron investidos de fulgor
    eterno Algunos pasajes de mi niñez volcaron
    su intacta lumbre en el papel Desengaños

    de siempre me mostraron sus vísceras

    Hay quien confía para la vida en el arte
    en la frialdad inteligente de sus razonamientos
    Yo voy de lágrima en lágrima prosternado
    Acumulando sílabas dolorosas que no nieguen
    la risa Que la reafirmen en su cierta posibilidad
    de descanso del alma No de su letargo
    Voy de hospital en cárcel en conocidos inhóspitos
    como ellos Almas con cara de hipodérmica
    y lecho de caridad Entregándole mi compañía 
    a cambio de un hueso infame de alimento
    Toda esa gran vida a los alucinógenos debo
    La delicadeza de un alma no está casi
    en los que se apropia Sino en el desprecio de ese estorbo
    sangriento cual banquete de Tiestes
    que la opulencia inconsciente ofrece vana y fútil

    3 min
  • Tao Te King XXVI (Lao Tse, en la voz de Catalina Villegas)

    El peso es la raíz de lo liviano;

    y el reposo es el rey del movimiento.

    Donde quiera que vaya, el sabio nunca

    olvida cuánto pesa su equipaje.

    Por más que lo deslumbren los paisajes,

    nunca pierde la calma ni el sosiego.

    ¿Pero cómo podría conducirse

    con tanta ligereza el poderoso?

    Siempre la liviandad es desarraigo;

    pérdida del dominio, la inquietud.

    1 min
  • Tao Te King, XXVIII (Lao Tse, en la voz de Fanny Zajdman)

    Conocerse varón y ser mujer

    es el arroyo que atraviesa el valle.

    Ser el arroyo que atraviesa el valle,

    con su poder eterno e infalible,

    es ser una vez más recién nacido.

    Reconocer la luz y hacerse oscuro

    es un ejemplo para todo el mundo.

    Ser un ejemplo para todo el mundo

    de ese poder eterno e infalible

    es volver otra vez al infinito.

    Conocerse en la gloria y ser modesto

    es el arroyo que atraviesa el valle;

    con su poder eterno e infalible,

    es el retorno a la simplicidad.

    A la madera simple hay que cortarla

    para sacarle todo su provecho.

    Así conduce el sabio a los demás:

    leña de árbol erguido.


    Versión de Ezequiel Zaidenwerg

    1 min

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