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Or


Roncando como truenos del averno,
tétrica,
la tierra esférica, tambalea,
su matriz inmensa
preñada
con el peso del futuro
que va a desparramarse por sus muslos.
Monstruosa
madre,
en sus fauces de cavernas
se quema y se cocina
la materia que transforma
su más secreta
piedra.
Sus pectorales músculos
pletóricos
y su pulmón de cavas
alveolares primordiales
deletéreas
soplan hasta insuflar de vida
la síntesis carbónica
de luz y clorofila.
Los pliegues de su vientre,
y las arrugas de su gleba
forman y nutren
y acunan la semilla.
Y entonces el proceso
de sus jugos nucléicos
compone sus canciones
de enamorados sueños,
poemas para orquesta,
escaleras espirales de materia
genética.
Tras de millones de millones
de años-fuego,
llegamos.
Apenas comenzando,
procariote ancestral,
microscópico
Adán,
ser
primero,
mi pre-yo bacterial
donde el proyecto
del amor
se me encendió
de vida
en la fusión
de la forma materia
con la forma energía.
Y desde allí se abriría
la pupila!
Entre tanto universo,
¿Qué gota nos destila?
Y en el caos,
¿Qué nos contamina?
No me iré a la tumba con secretos
le diré a la vecina que papá mata a su gato
cuando se le comió un canario
le diré a mi abuelo materno que mi abuela jamás lo quiso
Le confesaré al cura
que no me tragué la hostia
en mi primera comunión
y dios no entró en mí
Mi vecino sabrá
que su esposa le hacía brujería
y que el loro decía la verdad
sobre su amante
admitiré que no leí a Pizarnik
que nunca perdoné a mi hermana
por engañarme con mi ex
llamaré aquella mujer que amé
y nunca se lo dije
No me iré a la tumba
ni con los míos
ni con los de nadie
basta misterios
sálvese quien pueda
Me iré
y cuando los gusanos
vengan a comerse mi lengua
la encontrarán vacía.
Porque, la, a, no se cansa, de jadear,
entre mis piernas.
Porque ella, es, la, primera, vocal,
envaginada.
La,
a,
es abierta, y moja su sonido genital,
se vuelve pélvica.
La,
a,
es,
sexual,
es,
sexo,
oral, gramatical.
La,
a,
es deslenguada y me hace girar redondeada,
me vuelve fonética la cama,
me hace mudo el paladar,
me abre y no me deja cerrar
la entonación de mis palabras.
La,
a,
vocal,
velar labial,
me hace desparramar,
vagina sin paladar,
orgasmo labidental,
pasión alveolar, sexo simple,
saliva de la sílaba,
movimiento de la sábana átona,
vértice del esperma,
punto de articulación media,
a donde se pronuncian algunas vocales,
se vocalizan y se saborean los genitales,
se vuelve tartamuda la lengua y
se convierte el fonema en sílaba.
Nadie me dijo esta tarde
“que tu inquietud se aquiete con mi descanso
o con mi acción”. Pero dijiste, Ojos, que no hay prisa
ni pausa
y lo que no sale de tu boca no entra
en la eternidad: que el instante tiene un precio,
y el lugar.
Ojos, dirías que me viste a veces
en una mesa de bar, con un dolor de saldo.
Soy residual.
Perpetuamente rehecha
quiero ser, aunque las muertes
se hayan dado en la secuencia equivocada,
en orden diferente, y no sé,
Ojos, esto está para mirar y ver
una aventura metafórica o una
metáfora venturosa
de indisolubilidad,
como el amor natural
entre ciertos metales
o elementos.
Como dama, Ojos, me parece
que es el arte lo invisible
o ese pálido reflejo de color indefinido
que aparece en la bolita
de vidrio facetado
de los aros del alhajero. Visto
de noche, como anoche,
rehecho ahora en esta nueva edición
aumentada y corregida por mis lentes,
sigue sin estar
aunque es ser.
Soy una lupa, Ojos,
que te hace magnífica
y quiere
magnificar el tiempo
para que en este mismo instante afirmes
“hay que trabajar”. Por tantas cosas,
por buenas razones
y proporciones bellas,
que el tiempo va a arrasar.
O no sé y, Ojos,
mientras dura...
... Nada de cerrojos, salgamos al boulevard
de La Puesta del Sol,
de Los Sueños Destrozados
o algún paseo más moderno,
finisecular, donde las motos japonesas
nos persigan porque tendrían
un tiempo
de alcanzarnos.
Ya doblamos la esquina
y, cruzando, se ve el parque
y se ve que va a durar porque sin viento, Ojos,
esos árboles parecen detenidos.
Dirías “yo sé ver”
y sé que me has visto.
Soy un grano de arena
del reloj de arena donde cada átomo
es tiempo
del intento
que el tiempo va a arrasar.
Se pierde el momento
de empezar
se empieza
en cualquier lado: aunque
se pierda
el gato
está ganado. Y no se espera.
Ni siquiera
el gato espera al gato.
El gato es solo
y eso le permite
inventarse
sus pasiones. Su riesgo
es saber
y de antemano
que nadie lo querrá
como querría.
Y ésta:
"Gato en el mundo,
poco profundo",
su sentencia.
Siendo leve,
el gato es. Se sueña
con gatos cuando uno
se sale de sí mismo. El gato
rara vez
cabe en el gato.
Está
autorizado al equilibrio
y condenado
por lo mismo
a sitios relativos:
sube
y no asciende, baja
y no se hunde.
El único lugar del gato
es donde
el gato estuvo.
Según
mi amiga,
en Roma
hay siempre el mismo
gato.
Se renuevan
sin embargo
los gatos de París. Y hay
más de uno siempre a un tris
de ser feliz
aquí.
El aquí
es el conflicto del gato.
De donde mira
ve
que el mundo gira
y se marea. Gato mareado,
gato agotado. Lo pierde
lo relativo
y ni lo salva
saber que está ganado
aunque perdido.
No puedo ser la acacia,
y debería. La realidad
es siempre poca
y no parece
ser la última. Tampoco
la primera, que develaría
al hoy.
Hoy
he mirado la acacia y la sucia
combadura del pasto en la llovizna
sin atreverme
a comprenderlas.
Pero sé que debo amar
lo incomprensible, con este amor
improbable.
Ser persona
es estar desesperada
por los modos del amor y el nudo
donde lo dicho enmudece:
lo único
posible de las cosas es nombrarlas
en un rodeo sin fin mientras se mueven
de lugar.
Nuestra propia quietud
aquí
es delgada y grueso
el movimiento que alarga
la transición de ser a deshacer
la realidad
en imposibles: la idea de la rosa
en su buen uso
hace a la rosa posible
entre las horas
que la gravedad del cuerpo arrasa
en un girar de grupas vueltas
o volteadas.
Más allá se empaña
la reja de los años
del espejo donde antes
yo era verde.
Ahora
soy de ese color que el verde
toma con el tiempo y en el tiempo
abusa el ojo
del sujeto
de la rosa, de la acacia que deshoja
al azar el contratiempo
del género mujer–
hombre–
y objeto que soy cuando me nombro
así sujeta, que ni acorta,
ni descarta, ni parece
estar
pero presente.
Si alguien querría ser una tortuga
sería yo:
hacer de una sección cónica
mi propia sede prehistórica
alojada en la espina dorsal.
Ser tortuga
tiene algo de ideal:
desde joven luce arrugas
y en sentido literal
se hace mayor con los años
– a más edad
más tamaño.
Post-matrimonial,
sin lazos familiares
después de desovar,
igual a todas y cada una,
naturalmente hija de la luna,
sin embargo
no hay cisma
entre ella misma y sus lares.
Entre tantos avatares,
para mí
que estoy en mí
– puro apremio sin molicie –,
poco cuenta que sea lenta
su marcha en la superficie:
eso
me haría durar
y capaz de entrar al mar,
– que cubre dos tercios del mundo –
sabiendo que si me hundo
gano velocidad.
El arte sería tocarte, un invento,
insignificante si el olvido lo demora. Lo siento
porque es ahora estallido de la rosa
presurosa del instante,
extraviada en el jardín
y devuelta por el sinfín
de las horas transcurridas: una... dos... tres...
Si te toco, ¿cómo es? Hay lo mucho de lo poco, digo
el beso, el exceso del miraje y... ¿puede ser, ahora sigo,
el encaje de tu aliento
en el reloj del oleaje? Atravieso
los celajes, el fervor, las profecías (¿el amor?
¿no será la porfía de la "máquina del dolor"?)
y llego acá: "El arte sería tocarte". Silencio. No
confundo confetti con maná
pero igual estoy perdida
entre viejas cartografías de la ruta de la seda
y la pasión como centro. ¡Ah corazón, me decía,
explícate como yo, que estoy adentro de un cuerpo
y sin embargo con vida!
No sabía
que el diamante fuera pájaro
ni tampoco que muriera
de una muerte que no fuera
natural:
un diamante
tiene la suerte del brillo
de la centella, aunque alguna estrella
se enfríe y la sal de la vida sea
lo que se lea
como novela
por el rabillo del ojo
de un gran lector
cenital. Adivinó que era amor
y se
ríe:
se pudiera, escribiría en potencial,
y si no, sería contante. Me enojo,
hago mal y digo para
adelante:
ese
pájaro se ha muerto y no es augurio
de Lázaro ni de santa ni sabbath. Lo cierto
es que yo te extraño y que es Maureen la que canta
pelirroja
con esplín,
la verdad de lo ocurrido "You'll never know
how much I miss you" You es tu, sos vos,
SOS, como un pedido de auxilio,
miss,
cualquier
daño fue anterior. Estoy a un tris
de entender (¿un diamante es doble amante,
o dos veces sin objeto o sólo un reto
a la
repetición?)
que por ejemplo otra vez, algo
me está esperando –corazón-mata-callando—
y se va, como en inglés, "sobre su ala",
vale decir,
se nos vuela.
La textura del tiempo, Vladimir, es rala,
una usura del instante y de sufrir cuando apela
a no sé qué: nunca volver es lo mismo
que
irse
para adelante. Me tocaste, ¿te toqué?
¿Compartimos un abismo? Dame, diste,
dí, diré: las facetas del diamante
son,
no sé,
mejor hablame y te creo. Así como quien reza
sin un deseo de asceta: todo poema es de amor,
toda guerra es interior, toda palabra
está presa.
Hay pianos donde anidan las hormigas
y por eso parecen
tocar solos.
Son tantas que podrían subirlos a los árboles
(pero esto sólo pasa cando están muy contentas).
Sus vestidos son rojos y entallados
y a pesar de que son más certeras
no podrás verlas nunca
pronosticar el clima en la televisión.
Vicio es el hábito de hacer mal
algo.
Hacer mal es no
seguir las reglas, no hacerlo como debe
hacerse.
Es decir, como siempre
se ha hecho.
Todos los valiosos conocimientos acumulados
por la humanidad
con el loable fin
de que no vaya yo a salir con una
de mis pendejadas,
se van,
así,
al bote de la basura y la desesperanza.
Y además, me divierte.
Pero eso se llama
contumacia
(la obstinación orgullosa)
y será materia de futuras confesiones.
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