Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • A los hombres futuros (Bertolt Brecht, en la voz de Laura Ruíz Córdoba)

    1

    Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.

    Es insensata la palabra ingenua. Una frente lisa
    Revela insensibilidad. El que ríe
    Es que no ha oído aún la noticia terrible,
    Aún no le ha llegado.

    ¡Qué tiempos estos en que

    Hablar sobre árboles es casi un crimen
    Porque supone callar sobre tantas alevosías!
    Ese hombre que va tranquilamente por la calle,
    ¿Lo encontrarán sus amigos
    Cuando lo necesiten?

    Es cierto que aún me gano la vida.

    Pero,  créanme, es pura casualidad. Nada
    De lo que hago me da derecho a hartarme.
    Por casualidad me he librado. (Si mi suerte acabara, estaría perdido.)
    Me dicen: «¡Come y bebe! ¡Goza de lo que tienes!»
    Pero ¿cómo puedo comer y beber
    Si al hambriento le quito lo que como
    Y mi vaso de agua le hace falta al sediento?
    Y, sin embargo, como y bebo.

    Me gustaría ser sabio también.

    Los viejos libros explican la sabiduría:
    Apartarse de las luchas del mundo y transcurrir
    Sin inquietudes nuestro breve tiempo.
    Librarse de la violencia,
    Dar bien por mal,
    No satisfacer los deseos y hasta
    Olvidarlos: tal es la sabiduría.
    Pero yo no puedo hacer nada de esto:
    Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.

    2

    Llegué a las ciudades en tiempos del desorden,

    Cuando el hambre reinaba.
    Me mezclé entre los hombres en tiempos de rebeldía
    Y me rebelé con ellos.
    Así pasé el tiempo
    Que me fue concedido en la tierra.

    Mi pan lo comí entre batalla y batalla.

    Entre los asesinos dormí.
    Hice el amor sin prestarle atención
    Y contemplé la naturaleza con impaciencia. Así pasé el tiempo
    Que me fue concedido en la tierra.

    En mis tiempos, las calles desembocaban en pantanos.

    La palabra me traicionaba al verdugo.
    Poco podía yo. Y los poderosos
    Se sentían más tranquilos sin mí. Lo sabía
    Así pasé el tiempo
    Que me fue concedido en la tierra.

    Escasas eran las fuerzas. La meta

    Estaba muy lejos aún.
    Ya se podía ver claramente, aunque para mí
    Fuera casi inalcanzable.
    Así pasé el tiempo
    Que me fue concedido en la tierra.

    3

    Ustedes, que surgirán del marasmo

    En el que nosotros nos hemos hundido,
    Cuando hablen de nuestras debilidades,
    Piensen también en los tiempos sombríos
    De los que se han escapado.
    Cambiábamos de país como de zapatos
    A través de las guerras de clases, y nos desesperábamos
    Donde sólo había injusticia y nadie se alzaba contra ella.
    Y, sin embargo, sabíamos
    Que también el odio contra la bajeza desfigura la cara.
    También la ira contra la injusticia
    Pone ronca la voz. Desgraciadamente, nosotros,
    Que queríamos preparar el camino para la amabilidad
    No pudimos ser amables.
    Pero ustedes, cuando lleguen los tiempos
    En que el hombre sea amigo del hombre,
    Piensen en nosotros
    Con indulgencia.

    4 min
  • Canción del marinero inmigrante (Arnaldo Calveyra, en la voz de Jaime Huenún)

    Vine una, dos veces,

    aquí me quedé,

    me conquistaron las veredas de Ensenada:

    desparejas, era como

    caminar en cubierta sobre un mar huracanado

    ir perdiendo la memoria

    es dejar un día de crear distancia,

    ya no ser artefacto del mar

    una vez, en una costa del sur,

    logré escribir sobre una ola,

    y fuimos varios en leerla,

    la palabra palabra

    por ese entonces era joven

    y capaz de apagar un faro con un dedo,

    las rocas aullaban escondites,

    para las sirenas yo no era un marinero

    de un mar cualquiera

    me tendía a dormir

    y las gaviotas lo borraban al sol

    con dos alas,

    impresión perpetua

    de estarme vistiendo

    para una fiesta

    pequeña mandrágora de mi bolsillo,

    fui yo quien abrazó al mansuela

    del que todos se apartaban

    en el puerto de Sydney

    pero nunca lloré:

    una vez que se empieza,

    ¿qué razones hay para dejar de llorar?

    de un tío irlandés

    heredé la palabra oblivion,

    la encontré entre varios objetos

    a mí destinados

    a la muerte de ese human being,

    amaneceres en hilachas,

    días y noches en que el cielo

    hiede a rata muerta

    América la ofrecida, me digo

    mirando el yuyal incesante

    morir será

    encender una lámpara

    en la casa desconocida.

    2 min
  • Paint It Black (The Rolling Stones, en la voz de Keila Vall de la Ville, con beats de Carla Chinski)

    Veo una puerta roja, y me dan ganas

    de pintarla de negro. Basta ya
    de colores, que sea todo negro.
    Veo a las chicas que andan por la calle,
    vestidas con sus ropas de verano,
    y tengo que mirar para otro lado
    hasta que se disipe esa negrura.
    Veo una hilera de autos, todos negros
    con flores tenebrosas, y el oscuro
    amor que a mí ya nunca volverá.
    Veo cómo dan vuelta la cabeza
    y apartan la mirada hacia otro lado
    como un bebé recién nacido: pasa
    todos los días. Miro en mi interior
    y veo que mi corazón es negro.
    Veo mi puerta roja y ahora es negra.
    Quizás desaparezca, y ya no tenga
    que enfrentarme a la cruda realidad.
    No es fácil afrontarla cuando todo
    tu mundo es negro. Nunca más mi océano
    verde se va a teñir de azul profundo.
    Yo no pude prever que a vos también
    te ocurriría esto. Si mis ojos
    miran el sol poniente con fijeza
    mi amor se reirá conmigo antes
    de la llegada del amanecer.
    Veo una puerta roja y me dan ganas
    de pintarla de negro. Basta ya
    de colores, que sea todo negro.
    Veo a las chicas que andan por la calle,
    vestidas con sus ropas de verano,
    y tengo que mirar para otro lado
    hasta que se disipe esa negrura.
    Quiero ver todo negro, negro, negro.
    Negro como la noche y el carbón.
    Quiero que un manchón negro cubra el sol,
    quiero verlo pintado todo negro.

    2 min
  • Toda pasión concluida (Mirta Rosenberg, en la voz de Tato Quattordio)

    Caprichos de la luz

    por el resquicio superior

    de los postigos

    y el calor,

    el frío como cal y el sol,

    que no es estar

    y es

    entre otros brazos

    que den lo mismo.

    Está

    la luz que llena el jarro,

    el rojo interior que se ha colmado

    de vacío. ¿Es eso?

    Es

    el estilo, más bien,

    de hueco que acata la continencia,

    la sentencia que da un adentro donde

    - si se quiere -

    por un momento el mundo entra

    y cree en maneras

    de hacerse inconmovible.

    Así

    que tiembla. Con la luz que

    cambia. Y con las hojas

    que se enrejan en el viento.

    ¿Fuera de él

    no habrá nada? ¿Ni abrazo

    que lo sujete?

    Dura

    lo que se muere.

    Quedan familiares

    cajones con la ropa que se ha vuelto

    ajena, satenes personales y tizones

    de dolores

    que ya no duelen.

    En rincones

    de la carne, desusada,

    la saciedad del poder

    detenerse.

    Es la pasión o el paso

    entre dos vacíos, la atrocidad

    que deja intacto el corazón

    tras el carozo

    de un personaje inventado

    para el mundo.

    Y nadie ama

    lo que no conoce: este sitio

    ha dejado de ser

    iluminado

    porque ahora

    los lugares sombríos son el centro.

    Toda

    pasión concluida

    es emoción

    aclarada. Correr

    la silla al sol para rehacer

    el ayer

    y ver cómo maduran,

    bellamente,

    los duraznos este año.

    4 min
  • Noche de sexo (Wisin & Yandel, en interpretación de Ana Negri feat. Daniel Saldaña París, con beats de Carla Chinski)

    Noche oscura del alma

    En una noche oscura,

    con ansias en amores inflamada
    ¡oh dichosa ventura!
    salí sin ser notada,
    estando ya mi casa sosegada.

    A oscuras y segura,

    por la secreta escala, disfrazada,
    ¡oh dichosa ventura!
    a oscuras y en celada,
    estando ya mi casa sosegada.

    En la noche dichosa,
    en secreto, que nadie me veía,
    ni yo miraba cosa,
    sin otra luz y guía
    sino la que en el corazón ardía.

    Aquesta me guiaba

    más cierto que la luz del mediodía
    a donde me esperaba
    quien yo bien me sabía,
    en parte donde nadie parecía.

    ¡Oh noche, que guiaste!

    ¡Oh noche amable más que la alborada!
    ¡Oh noche que juntaste
    Amado con amada
    amada en el Amado transformada!

    En mi pecho florido,

    que entero para él solo se guardaba,
    allí quedó dormido,
    y yo le regalaba,
    y el ventalle de cedros aire daba.

    El aire de la almena,

    cuando yo sus cabellos esparcía,
    con su mano serena
    en mi cuello hería,
    y todos mis sentidos suspendía.

    Quedé y olvidéme,

    el rostro recliné sobre el Amado;
    cesó todo, y dejéme,
    dejando mi cuidado
    entre las azucenas olvidado.

    3 min
  • Pandémica y celeste (Jaime Gil de Biedma, en la voz de Andrés Neuman)
    Imagínate ahora que tú y yo
    muy tarde ya en la noche
    hablemos hombre a hombre, finalmente.
    Imagínatelo,
    en una de esas noches memorables
    de rara comunión, con la botella
    medio vacía, los ceniceros sucios,
    y después de agotado el tema de la vida.
    Que te voy a enseñar un corazón,
    un corazón infiel,
    desnudo de cintura para abajo,
    hipócrita lector -mon semblable,-mon frère!
    Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
    quien me tira del cuerpo a otros cuerpos
    a ser posiblemente jóvenes:
    yo persigo también el dulce amor,
    el tierno amor para dormir al lado
    y que alegre mi cama al despertarse,
    cercano como un pájaro.
    ¡Si yo no puedo desnudarme nunca,
    si jamás he podido entrar en unos brazos
    sin sentir -aunque sea nada más que un momento-
    igual deslumbramiento que a los veinte años !
    Para saber de amor, para aprenderle,
    haber estado solo es necesario.
    Y es necesario en cuatrocientas noches
    -con cuatrocientos cuerpos diferentes-
    haber hecho el amor. Que sus misterios,
    como dijo el poeta, son del alma,
    pero un cuerpo es el libro en que se leen.
    Y por eso me alegro de haberme revolcado
    sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos,
    mientras buscaba ese tendón del hombro.
    Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones…
    Aquella carretera de montaña
    y los bien empleados abrazos furtivos
    y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo,
    pegados a la tapia, cegados por las luces.
    O aquel atardecer cerca del río
    desnudos y riéndonos, de yedra coronados.
    O aquel portal en Roma -en vía del Balbuino.
    Y recuerdos de caras y ciudades
    apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,
    de escaleras sin luz, de camarotes,
    de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,
    y de infinitas casetas de baños,
    de fosos de un castillo.
    Recuerdos de vosotras, sobre todo,
    oh noches en hoteles de una noche,
    definitivas noches en pensiones sórdidas,
    en cuartos recién fríos,
    noches que devolvéis a vuestros huéspedes
    un olvidado sabor a sí mismos!
    La historia en cuerpo y alma, como una imagen rota,
    de la langueur goûtée à ce mal d’être deux.
    Sin despreciar
    -alegres como fiesta entre semana-
    las experiencias de promiscuidad.
    Aunque sepa que nada me valdrían
    trabajos de amor disperso
    si no existiese el verdadero amor.
    Mi amor,
    íntegra imagen de mi vida,
    sol de las noches mismas que le robo.
    Su juventud, la mía,
    -música de mi fondo-
    sonríe aún en la imprecisa gracia
    de cada cuerpo joven,
    en cada encuentro anónimo,
    iluminándolo. Dándole un alma.
    Y no hay muslos hermosos
    que no me hagan pensar en sus hermosos muslos
    cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.
    Ni pasión de una noche de dormida
    que pueda compararla
    con la pasión que da el conocimiento,
    los años de experiencia
    de nuestro amor.
    Porque en amor también
    es importante el tiempo,
    y dulce, de algún modo,
    verificar con mano melancólica
    su perceptible paso por un cuerpo
    -mientras que basta un gesto familiar
    en los labios,
    o la ligera palpitación de un miembro,
    para hacerme sentir la maravilla
    de aquella gracia antigua,
    fugaz como un reflejo.
    Sobre su piel borrosa,
    cuando pasen más años y al final estemos,
    quiero aplastar los labios invocando
    la imagen de su cuerpo
    y de todos los cuerpos que una vez amé
    aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo.
    Para pedir la fuerza de poder vivir
    sin belleza, sin fuerza y sin deseo,
    mientras seguimos juntos
    hasta morir en paz, los dos,
    como dicen que mueren los que han amado mucho.
    6 min
  • Ulises, el gato (Hanni Ossott, en la voz de Gala Garrido)

    Ulises

    tiene el pelo negro, suave
    los ojos verdes y en la tempestad, azules
    y te contorneas al borde del mundo.
    Ulises, te amo,
    en la Odisea eras rubio, fornido y sensual
    en mi vida eres agresivo y hostil. A veces dulce.
    Te beso, para enseñarte a besar.
    Acaricio tu cuerpo
    te susurro
    te doy mi aliento
    y tu cola se mueve suavemente...

    Ulises: ¿podremos amarnos?

    ¿No arañarás más mis piernas?
    ¿No me morderás ya más?
    ¿No saltarás sobre mí?
    Tú todo lo hueles
    Mi vida, mis gestos
    mis pasos, mi mirada
    mi comida, mis sueños
    Y yo te hablo:
    No. Sí.
    Mañana. Pasado mañana.
    Mañana Ulises yo te daré mi secreto
    Así tú, así tú a mí...
    Pero es asunto de dioses
    ¿Cómo podré conciliar mi beso hacia ti?
    ¿Cómo podrás conciliar tu beso hacia mí?

    2 min
  • Demasiado peinado (María Moreno, en la voz de Hinde Pomeraniec)

    Liquido a mi padre,

    pongo precio a las cosas

    de la casa volcada en el jardín

    y fragmentada

    como la que los niños recortan de los libros

    y sostienen pegando las aletas blancas.

    (Él solía tomar fotos cuarto por cuarto

    y revelarlas en la cocina

    luego de cambiar la bombita común por una roja

    y colocar servilletas en la claraboya

    decretando el exilio para mi madre

    que recostada en el sofá del living

    leía distraídamente una revista

    sin poder hacer nada más)

    Los vecinos entran con pasos temerosos

    no para comprar sino para ver lo que teníamos

    y vamos a perder –por favor

    no permitan que sus hijos

    salten sobre los elásticos de la cama

    donde uno después de otro

    mi hermano y yo fuimos engendrados.

    Todo, absolutamente todo

    deberá ser desprendido,

    hasta la vieja lata para amarettis

    con su claro ojo de camarote,

    el mantón de Manila, los sulfuros

    y el libro de Rapunzel

    de arandelas doradas.

    Mi padre recoge una manta de hilo

    y enjuga su cara blanda de muñeco de nieve,

    parte a la bancarrota sentado en una silla

    y una cámara colgando del pescuezo

    mientras escucha paciente

    llover mi voz en la mentirosa,

    nunca olvidada adulación femenina

    por el poder de su canto en la sinagoga

    que hacía temblar los flecos del toldito,

    cómo sobrevivió a la depresión con sus ahorros

    y el día en que una mujer escondida tras el cedro

    miró si en el garaje estaba su automóvil

    y luego se fue a esperarlo del otro lado de la calle

    desde donde él vino –dijo mi madre radiante pero herida–

    “demasiado peinado”.

    La expresión “demasiado peinado” lo hace sonreír

    y levanta la cámara.

    Comprende que ahora todo será mucho más corto

    –lo único seguro es el próximo instante­–,

    por eso utiliza una polaroid

    y dispara

    a las magnolias caídas junto al tronco

    arrugadas y húmedas como pañuelos de despedida.

    3 min
  • Los ríos han crecido (Matilde Espinosa, en la voz de Adriana Lucía)

    Su torrentera insomne

    desdibuja los rostros
    de párpados abiertos,
    en su delirio de piedras y raíces.

    Crecen sobre las olas

    los cuerpos arrancados
    de la noche,
    sin luceros ni orillas,
    sin el aire caliente
    que hincharon las palabras,
    las últimas palabras.

    En su vientre, los ríos

    levantan cementerios
    y la muerte se cierra
    en círculos morados
    que sacuden los peces
    y devoran la sangre.

    En cada espuma verde

    viajan los niños muertos,
    y en cada brazo de agua
    se preguntan las madres:
    ¿dónde sus nidos tiernos?
    ¿dónde su arteria rota
    clamorosa de arrullos?

    En las gradas del alba

    van subiendo esqueletos
    con su carga madura
    de grávidos espinos,
    y una afrenta de espigas
    que hace temblar la yerba.

    ¡Los ríos han crecido!

    Un bosque humano lanza
    sus yemas al océano
    y las venas desatan
    palpitantes cordajes
    donde se estrella el viento
    y ensancha el corazón.

    Volverán de los ríos,

    crecidos por la sangre
    y los hondos suspiros,
    en madurez violenta
    de secreta victoria
    Para que sea más cierta
    la pureza del agua.


    2 min

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