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Or


1
Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.
¡Qué tiempos estos en que
Es cierto que aún me gano la vida.
Me gustaría ser sabio también.
2
Llegué a las ciudades en tiempos del desorden,
Mi pan lo comí entre batalla y batalla.
En mis tiempos, las calles desembocaban en pantanos.
Escasas eran las fuerzas. La meta
3
Ustedes, que surgirán del marasmo
Vine una, dos veces,
aquí me quedé,
me conquistaron las veredas de Ensenada:
desparejas, era como
caminar en cubierta sobre un mar huracanado
ir perdiendo la memoria
es dejar un día de crear distancia,
ya no ser artefacto del mar
una vez, en una costa del sur,
logré escribir sobre una ola,
y fuimos varios en leerla,
la palabra palabra
por ese entonces era joven
y capaz de apagar un faro con un dedo,
las rocas aullaban escondites,
para las sirenas yo no era un marinero
de un mar cualquiera
me tendía a dormir
y las gaviotas lo borraban al sol
con dos alas,
impresión perpetua
de estarme vistiendo
para una fiesta
pequeña mandrágora de mi bolsillo,
fui yo quien abrazó al mansuela
del que todos se apartaban
en el puerto de Sydney
pero nunca lloré:
una vez que se empieza,
¿qué razones hay para dejar de llorar?
de un tío irlandés
heredé la palabra oblivion,
la encontré entre varios objetos
a mí destinados
a la muerte de ese human being,
amaneceres en hilachas,
días y noches en que el cielo
hiede a rata muerta
América la ofrecida, me digo
mirando el yuyal incesante
morir será
encender una lámpara
en la casa desconocida.
Veo una puerta roja, y me dan ganas
Caprichos de la luz
por el resquicio superior
de los postigos
y el calor,
el frío como cal y el sol,
que no es estar
y es
entre otros brazos
que den lo mismo.
Está
la luz que llena el jarro,
el rojo interior que se ha colmado
de vacío. ¿Es eso?
Es
el estilo, más bien,
de hueco que acata la continencia,
la sentencia que da un adentro donde
- si se quiere -
por un momento el mundo entra
y cree en maneras
de hacerse inconmovible.
Así
que tiembla. Con la luz que
cambia. Y con las hojas
que se enrejan en el viento.
¿Fuera de él
no habrá nada? ¿Ni abrazo
que lo sujete?
Dura
lo que se muere.
Quedan familiares
cajones con la ropa que se ha vuelto
ajena, satenes personales y tizones
de dolores
que ya no duelen.
En rincones
de la carne, desusada,
la saciedad del poder
detenerse.
Es la pasión o el paso
entre dos vacíos, la atrocidad
que deja intacto el corazón
tras el carozo
de un personaje inventado
para el mundo.
Y nadie ama
lo que no conoce: este sitio
ha dejado de ser
iluminado
porque ahora
los lugares sombríos son el centro.
Toda
pasión concluida
es emoción
aclarada. Correr
la silla al sol para rehacer
el ayer
y ver cómo maduran,
bellamente,
los duraznos este año.
Noche oscura del alma
En una noche oscura,
A oscuras y segura,
Aquesta me guiaba
¡Oh noche, que guiaste!
En mi pecho florido,
El aire de la almena,
Quedé y olvidéme,
Ulises
Ulises: ¿podremos amarnos?
Liquido a mi padre,
pongo precio a las cosas
de la casa volcada en el jardín
y fragmentada
como la que los niños recortan de los libros
y sostienen pegando las aletas blancas.
(Él solía tomar fotos cuarto por cuarto
y revelarlas en la cocina
luego de cambiar la bombita común por una roja
y colocar servilletas en la claraboya
decretando el exilio para mi madre
que recostada en el sofá del living
leía distraídamente una revista
sin poder hacer nada más)
Los vecinos entran con pasos temerosos
no para comprar sino para ver lo que teníamos
y vamos a perder –por favor
no permitan que sus hijos
salten sobre los elásticos de la cama
donde uno después de otro
mi hermano y yo fuimos engendrados.
Todo, absolutamente todo
deberá ser desprendido,
hasta la vieja lata para amarettis
con su claro ojo de camarote,
el mantón de Manila, los sulfuros
y el libro de Rapunzel
de arandelas doradas.
Mi padre recoge una manta de hilo
y enjuga su cara blanda de muñeco de nieve,
parte a la bancarrota sentado en una silla
y una cámara colgando del pescuezo
mientras escucha paciente
llover mi voz en la mentirosa,
nunca olvidada adulación femenina
por el poder de su canto en la sinagoga
que hacía temblar los flecos del toldito,
cómo sobrevivió a la depresión con sus ahorros
y el día en que una mujer escondida tras el cedro
miró si en el garaje estaba su automóvil
y luego se fue a esperarlo del otro lado de la calle
desde donde él vino –dijo mi madre radiante pero herida–
“demasiado peinado”.
La expresión “demasiado peinado” lo hace sonreír
y levanta la cámara.
Comprende que ahora todo será mucho más corto
–lo único seguro es el próximo instante–,
por eso utiliza una polaroid
y dispara
a las magnolias caídas junto al tronco
arrugadas y húmedas como pañuelos de despedida.
Su torrentera insomne
Crecen sobre las olas
En su vientre, los ríos
En cada espuma verde
En las gradas del alba
¡Los ríos han crecido!
Volverán de los ríos,
Leen:
Alejandro Méndez
Clara Muschietti
Laura Wittner
Ezequiel Zaidenwerg
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