Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • El poema del puente (Donna Kate Rushin, en la voz de Verónica Bravo)

    Estoy cansada

    Estoy harta de ver y de tocar

    los dos lados de las cosas

    Harta de ser el puente para todo el mundo

    Nadie

    puede hablar con nadie

    sin mi ayuda ¿no?

    Le explico mi mamá a mi papá mi papá a mi hermanita

    mi hermanita a mi hermano mi hermano a las feministas blancas

    las feministas blancas a la gente negra de la iglesia la gente negra de la iglesia

    a los ex hippies los ex hippies a los separatistas negros los

    separatistas negros a los artistas los artistas a los padres de mis amigos

    Después me tengo que explicar a mí misma

    a todo el mundo

    Traduzco más

    que las Naciones Unidas

    Déjenme de joder

    Estoy harta

    Estoy harte de llenarles los espacios en blanco

    Harta de ser su seguro contra

    el aislamiento de las limitaciones que ustedes mismos se imponen

    Harta de ser la loca en las fiestas

    Harta de ser la rara en el almuerzo del domingo

    Harta de ser la única amiga negra de 34 personas blancas

    Búsquense otra conexión con el resto del mundo

    Búsquense a otra que los haga sentirse legítimos

    Búsquense otra manera de ser politizados y cool

    No pienso ser el puente a su feminidad

    a su masculinidad

    a su humanidad

    Estoy harta de recordarles que no se cierren

    mucho por demasiado tiempo

    Estoy harta de mediar con la peor versión de ustedes

    en nombre de sus mejores versiones

    Estoy harta

    de tener que recordarles

    que respiren

    antes de ahogarse

    en su propia boludez

    Olvídense

    Amóldense o ahóguense

    Evolucionen o muéranse

    El puente que tengo que ser

    es el puente a mis propias fuerzas

    Tengo que traducir

    mis propios miedos

    Mediar con

    mis propias debilidades

    Tengo que ser el puente a ninguna parte

    salvo a la que soy de verdad

    y entonces

    voy a ser útil

    3 min
  • Un frente frío (William Carlos Williams, en voces de Andrew S. Vargas y Marisol Castañeda Salgado)

    Esta mujer sin expresión

    adoptó siete chicos
    y tiene un bebé propio
    a pesar de eso. Quiere que le recete

    unas pastillas para abortar y dice

    en respuesta Hmm mmm, mientras
    la criatura envuelta en una manta emite
    unos gruñidos a manera de saludo.

    Me mira con la boca abierta

    y parpadea con sus ojos inexpresivos
    que parecen tallados, como un gato
    encima de una rama demasiado cansado

    para seguir huyendo de sus perseguidores,

    y aún así el bebé se ríe entre sus babas
    y un rubor apagado que es casi
    de belleza aparece en la cara de la mujer,

    que dice, mirándome serena,

    No pienso tener más.
    En casos como éste, sé
    que lo principal es actuar rápido.

    2 min
  • Mastectomía (Eavan Boland, en la voz de Lázaro Gabino Rodríguez)

    Mis oídos

    oyeron sus palabras.
    Yo no me las creí.

    A pesar de mis lágrimas

    no supieron engañarme.
    Aún así,

    mis ojos

    divisaban
    los años

    que abrían

    sus arterias
    campos que se quebraban

    en trincheras,

    corazas pestilentes
    un manto de cabezas

    y ciudades

    igualmente proclives
    al filo de los hombres

    que las mujeres.

    Con qué facilidad
    reconocí

    al especialista,

    que atrás de su escritorio
    afilaba la muerte,

    al cirujano

    que de pie,
    cuchillo en mano,

    me pedía paciencia.

    ¡Qué éxito
    tuvieron!

    Ya dejé de sangrar.

    Me miro
    y no están más.
    Me sacaron
    lo que apagaba su primera sed
    y desde entonces odian:

    las venitas azules

    y las cúpulas blancas,
    el hogar

    del asombro

    y la humedad
    de sus sueños.

    Me arrasan

    su pillaje
    y la destreza

    del saqueo.

    Soy terrena y baldía.
    El botín es de ellos.

    2 min
  • Una torta del día de los muertos (Denise Levertov, en la voz de Lina Céspedes)

    Cada vez que abro un libro tuyo, madre,

    me caen tus apuntes en la falda.
    “Ábside: una abertura semicircular
    o en forma de polígono,
    por encima de un techo abovedado”,
    dice una. Me acuerdo de las grietas
    que había en tu cielorraso, culpa de un terremoto,
    y que dejaste así. No es que en verdad hubieses elegido
    dejarlo en ese estado. “No hay nada menos real
    que el presente”, dijiste.

    Cuando intento llorar y no me salen lágrimas,

    se me contrae la garganta, igual
    que se me contraían los pies cuando corría
    inconsciente hacia el mar congelado, en la hora
    de natación, cuando iba a visitar
    a Nik al campamento de verano.
    Lo que me duele no es sólo tu ausencia,
    pálida y apagada, irrevocable,
    sino saber íntimamente tus aspiraciones,
    la profesora que llevabas dentro,
    la artista que buscaba ser reconocida.

    A los que no te conocieron,

    tu esfuerzo inclaudicable por aprender
    seguramente les parezca un triunfo;
    para mí es algo muy conmovedor.
    Yo sé bien cuán perpleja te sentías.
    Yo sé que fui la única que supo
    cuán sola te sentías.
    La huerfanita flaca,
    reservada, orgullosa, observadora,
    irreverente aún a los noventa,
    y sin embargo humilde.

    “El forzar la consciencia”, subrayaste en Panofsky,

    “es peor” (esta cita es de Castellio)
    “que asesinar a un hombre con crueldad,
    porque negar las propias convicciones
    destruye el alma”.
    Y dice Bruno:
    “La época en que a mí me ha tocado vivir,
    en la que vivo y viviré, me hace temblar y tambalear
    y a la vez me sostiene”.

    Cinco meses

    antes de que murieras, me recordaste las canciones
    que solías cantarme para que yo aprendiera
    a contar, o las veces que bailábamos
    al son de tus canciones;
    bajo la luna, alegremente, cantabas y hacías mímica:

    Tengo muy sucios los zapatos,

    y ya no tienen casi suela,
    y yo no tengo ni un bolsillo
    para meter una moneda.

    Una torta del día de los muertos,

    señora, por favor,
    una torta del día de los muertos.

    Y sin embargo, en esa época,

    hacía dos años que casi no me escuchabas
    y que apenas veías para leer.

    Cada vez nos hablábamos

    menos.

    La pena es mucha. Madre,

    ¿qué hago con ella?
    La sal sigue moliéndose en la cajita mágica.

    3 min
  • Democracia (Langston Hughes, en la voz de Carlos Soto Román)

    No va a venir la democracia

    hoy, ni este año
    ni nunca,
    si cedemos al miedo.

    Tengo el mismo derecho

    que cualquiera
    a plantarme,
    a ser dueño de la tierra.

    Me tienen harto los que dicen

    que las cosas se van a arreglar solas,
    que mañana será otro día:
    muerto no necesito libertad,
    con el pan de mañana no se vive.

    La libertad

    es una semilla poderosa
    que echa raíz
    en la necesidad.

    Yo también vivo acá.

    Igual que vos,
    yo quiero libertad.

    1 min
  • Sextina (Elizabeth Bishop, en la voz de Gabriela Borrelli Azara)

    La lluvia del otoño cae en la casa.

    A la luz vacilante, la abuelita,
    se sienta en la cocina con su nieta
    y, acomodada al lado de la estufa,
    lee los chistes en el almanaque
    y habla y ríe para esconder sus lágrimas.

    Piensa que sus equinocciales lágrimas

    y la lluvia en el techo de la casa
    a ambas las anunciaba el almanaque
    aunque sólo lo sepa una abuelita.
    La pava canta encima de la estufa.
    Corta pan y después dice a su nieta:

    “Es la hora del té”, pero la nieta

    mira en la pava las pequeñas lágrimas
    que bailan como locas en la estufa
    como la lluvia encima de la casa.
    Mientras está ordenando, la abuelita
    cuelga sobre el piolín el almanaque

    astuto. Como un ave, el almanaque

    planea a medio abrir sobre la nieta;
    también planea sobre la abuelita
    y su taza de té llena de lágrimas.
    Tiembla y dice: “Qué frío hace en la casa”
    y luego mete más leña en la estufa.

    “Estaba escrito así”, dice la estufa.

    “Sé lo que digo”, dice el almanaque.
    Con un crayón, la nieta hace una casa
    y un caminito, y luego hace la nieta
    un hombre con botones como lágrimas
    y le muestra orgullosa a su abuelita.

    Pero en secreto, mientras la abuelita

    está ocupada al lado de la estufa
    y las pequeñas lunas, como lágrimas,
    caen del interior del almanaque
    al cantero con flores que la nieta
    con esmero plantó frente a la casa.

    “Plantar lágrimas”, manda el almanaque.

    La abuelita le canturrea a la estufa
    y hace la nieta otra sombría casa.

    2 min
  • Teoría de la memoria (Louise Glück, en la voz de Mariana Villegas)

    Hace mucho, mucho tiempo, antes de convertirme en una artista afligida, atormentada por el deseo pero incapaz de establecer vínculos duraderos, era la gloriosa soberana que unificaba al fin un país dividido: eso me dijo la adivina que me leyó la palma de la mano. Te esperan grandes cosas por delante, o tal vez por detrás: es difícil decirlo a ciencia cierta. Y sin embargo, agregó, ¿cuál es la diferencia? Ahora sos una nena de la mano de una adivina. Todo lo demás son hipótesis y sueños.

    1 min
  • A los insectos (W.S. Merwin, en la voz de Juan José Rodinás)

    Antepasados

    hace tan poco que estamos acá

    y nos creemos que inventamos la memoria

    nos olvidamos de cómo era ser ustedes

    no nos acordamos de nosotros mismos

    nos acordamos de imaginarnos que lo que nos sobreviviría

    sería como nosotros

    y se acordaría del mundo como aparece ante nosotros

    pero serán los ojos de ustedes los que se llenen de luz

    los matamos una y otra vez

    nos convertimos en ustedes

    devorando los bosques

    devorando la tierra y el agua

    y muriendo de eso

    partiendo de nosotros mismos

    dejándoles a ustedes la mañana

    en su antigüedad

    2 min
  • En algún lado adonde nunca fui, más allá (e.e. cummings, en la voz de Victoria Valenzuela)

    en algún lado adonde nunca fui, más allá

    de cualquier otra experiencia, tus ojos tienen su silencio;
    en tu gesto más frágil hay cosas que me encierran,
    o que al estar muy cerca yo no alcanzo a tocar

    tu mirada más mínima me abrirá fácilmente

    aunque yo me he cerrado como un puño,
    vos me abrís siempre pétalo por pétalo
    como la primavera (con toque hábil, misterioso) abre su

    primera rosa, o si querés cerrarme, yo y mi vida

    se cerrarán con hermosura, súbitamente, igual
    que cuando el corazón de esta flor imagina
    cómo cae la nieve con cuidado en todas partes;

    nada que percibamos de este mundo se iguala con la fuerza

    de tu intensa fragilidad: me atrapa su textura
    con el color de sus campiñas,
    produciendo con cada respiración muerte y eternidad

    (no sé qué tenés vos que se cierra

    y se abre; sólo que algo en mí entiende
    que la voz de tus ojos es más honda que las rosas)
    nadie, ni aun la lluvia, tiene manos tan chicas

    2 min

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