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Or


Vos agarrá a un tipo cualquiera
Como guió a las ratas por las calles
Más que un hombre, un robot,
Como guió a las ratas por las calles
La tierra se sacude, las potencias
Como guió a las ratas por las calles
Un cuerpo entero se convierte en una nadie.
Yo era un cuerpo sujeto a reglas
Virgen, amante, madre, muerta.
Marte le acaba adentro y el cuerpo se llena
Marte le acaba adentro y el cuerpo de cera
Donde hubo un beso, el barro
Sucede gradualmente. ¿Quién me cava
Estoy de pie en el punto más bajo.
la tierra en relación consigo misma. Un hueco
Todo esto que ahora ves
El cuerpo entero se endereza
de espaldas. En ninguna versión
dice el cuerpo agujero. Cierro
Recibo una bendición
en todas partes: tobillo, rótula, cadera.
ya pesa demasiado y me acostumbro
boca, nariz, ojos. Un cuerpo tarda
Hasta el barro se vuelve
entienden de faltas. Suspirar
ése es el cuerpo entero
un cuerpo sujeto a reglas, con renglones del ancho
firme. Fui la nadie de Marte
Merle
A mi tío le gusto demasiado.
Mi tío mide un metro ochenta y tiene siete bultos en la pera.
Mi familia son mami, papi, el tío,
Todas las noches en mi casa jugamos a las damas y al dominó.
Cuando miramos tele,
Ni siquiera soy una nena.
Una vez que fui al baño,
A mi tío le gusto demasiado. Me preocupa.
A mí el tío ya no me gusta más.
Acuérdense de mí como era antes de ese montón de sal,
La cuestión de las geishas y el sexo siempre ha sido complicada. Algunas sí y otras no. De hecho, como sabrán, las primeras geishas eran hombres (bufones y percusionistas). Su riesgoso tamborileo hacía reír a los huéspedes. Pero para 1780 «geisha» ya era sinónimo de mujer y el negocio glamoroso de las casas de té era controlado por el gobierno. Algunas geishas eran artistas y se llamaban a sí mismas «blancas». Otras con apodos como «gata» o «saltimbanqui» armaban sus tiendas todas las noches en el ancho lecho del río, para luego desaparecer con el alba. Lo importante era: alguien a quien desear. Por más que la colcha fuera larga, o la noche demasiado larga, o que te tocara éste o aquel lugar para dormir: alguien a quien esperar hasta que viene y el pasto se agita y trae un tomate sobre la palma de la mano.
Salí, como una bruja poseída,
En el bosque, encontré una gruta cálida,
Conductor, yo también viajé en tu coche,
El plan es el cuerpo.
El plan es el cuerpo.
El ritmo de uno,
Retenelo un instante
veces en el cuerpo,
El plan es el cuerpo.
Yo, yo, acordate, que yo
El plan es el cuerpo.
¿Quién lo puede leer?
se acumula como el recuerdo, un plan,
El plan es el cuerpo.
Voy a entrar por el balcón haciendo sombra en la madera iluminada del piso. Vos vas a estar durmiendo y por eso voy a entrar despacio, y sin hacer ruido te voy a soplar algo con mucha suavidad. Ni palabra, ni canto, ni suspiro. Voy a atarte a mi tiempo y a un escalofrío que te va ir parando pelito por pelito mientras separo cada sílaba de tu nombre, y acercándome más te pido que no tengas miedo de mi presencia inexplicable, así, tan repentina. Entonces, por tu sueño va arrancar al galope un caballo montado a pelo. Todavía no soy yo. Antes voy a ser un lagarto que se tome de a sorbos toda la luz de estas comarcas en los cinco minutos que me den. Es muy poco, ya sé, pero mientras todo en nosotros tenga los contornos de la selva que bordea paraísos, yo acepto, digo sí, acá estoy. Pasado el primer susto, a lo mejor te recuestes sobre mi falda, mientras yo te leo una epopeya y planeamos una vida más allá de los incendios; vos refregás la cara contra la ingle, la mía, hacés un chiste, alguna tontería en la punta de la lengua. Apenas alcanzamos a empezar y una voz viene de ningún lado a recordarnos que el tiempo siempre se está acabando. ¿Cuántas horas más vamos a arrancar para decir y hacer un pacto con lo imposible, y después olvidarnos, cosiendo dimensiones, de la flor de las cosas que no? Desaparezco de pronto –algún día me lo vas a perdonar– como una luz amable que entró discretamente por el balcón con el silbido de las hojas voladoras de un flamboyán.
conozco
La tercera sección del estómago de un rumiante se llama salterio porque, al cortársela, se abre como las hojas de un libro. La fruta tiene forma de estrella cuando se la corta de manera transversal, y por eso se la llama fruta estrella. Nuestro pueblo a menudo llama a los objetos según la forma en que los destruimos.
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