Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
Download on the App Store

Orden de traslado episodes

  • Symphony of Destruction (Megadeth, en la voz de Daniel Freidemberg)

    Vos agarrá a un tipo cualquiera

    y dale un poco de poder:
    mirá cómo se piensa que es un Dios,
    y entra a cortar cabezas.

    Como guió a las ratas por las calles

    el flautista de Hammelin,
    bailamos como marionetas
    la sinfonía de la destrucción.

    Más que un hombre, un robot,

    su cerebro metálico se oxida
    vos intentás tomarle el pulso,
    antes de que le explote la cabeza.

    Como guió a las ratas por las calles

    el flautista de Hammelin,
    bailamos como marionetas
    la sinfonía de la destrucción.

    La tierra se sacude, las potencias

    mundiales se derrumban;
    como si el cielo lo enviara, un hombre
    pacífico se yergue con orgullo.

    Como guió a las ratas por las calles

    el flautista de Hammelin,
    bailamos como marionetas
    la sinfonía de la destrucción.

    2 min
  • Rea Silvia enterrada viva (Mia Kang, en la voz de Simona Sánchez)

    Un cuerpo entero se convierte en una nadie.

    Una nadie se convierte en un cuerpo de tierra.

    Yo era un cuerpo sujeto a reglas

    con renglones del ancho suficiente para escribir entre ellos.

    Virgen, amante, madre, muerta.

    No importa cuál versión sea verdad.

    Marte le acaba adentro y el cuerpo se llena

    de otro cuerpo, después de otro y otro más.

    Marte le acaba adentro y el cuerpo de cera

    se derrite al contacto con el bronce.

    Donde hubo un beso, el barro

    llena la cavidad. Donde había palabras, tierra.

    Sucede gradualmente. ¿Quién me cava

    la tumba? Una orden temprano a la mañana.

    Estoy de pie en el punto más bajo.

    Cavar es esto: hacer bajar

    la tierra en relación consigo misma. Un hueco

    transforma la superficie circundante:

    Todo esto que ahora ves

    es sólo una versión, dice el hueco.

    El cuerpo entero se endereza

    en la fosa. Unas manos de hombre me bajan

    de espaldas. En ninguna versión

    pido otra cosa: soltame,

    dice el cuerpo agujero. Cierro

    los ojos a contraluz.

    Recibo una bendición

    de barro. Recibo incontables bendiciones

    en todas partes: tobillo, rótula, cadera.

    Yo me puedo torcer como cualquiera hasta que el barro

    ya pesa demasiado y me acostumbro

    a estar quieta. Lo último es la cara:

    boca, nariz, ojos. Un cuerpo tarda

    en aprender; todavía trata de respirar.

    Hasta el barro se vuelve

    inmaterial, dado que los pulmones sólo

    entienden de faltas. Suspirar

    a la espera del alivio:

    ése es el cuerpo entero

    enamorado. Muero, muero, muero. Fui

    un cuerpo sujeto a reglas, con renglones del ancho

    suficiente para ponerme

    firme. Fui la nadie de Marte

    hasta que sin arreglo me descarté yo misma.

    4 min
  • Tío Seagram (Gwendolyn Brooks, en voces de Tanya Huntington y Pura López Colomé)

    Merle

    A mi tío le gusto demasiado.

    Tengo cinco años y medio, y estoy en el jardín de infantes.
    En el jardín de infantes todo está limpio.

    Mi tío mide un metro ochenta y tiene siete bultos en la pera.

    Mi tío mide un metro ochenta y se tropieza.
    Se tropieza por el Remedio Mágico
    que lleva en el bolsillo todo el tiempo.

    Mi familia son mami, papi, el tío,

    mis tres hermanos, tres hermanas, yo.

    Todas las noches en mi casa jugamos a las damas y al dominó.

    Mi tío se me sienta cerca.
    No tiene ni zapatos ni medias en los pies.
    Debajo de la mesa, un dedo gordo me hace cosquillas en un tobillo.
    Debajo del mantel, su rodilla huesuda se frota con la mía.
    Y se refriega. Se refriega.

    Cuando miramos tele,

    yo soy el elegido de mi tío para que me siente en su falda.
    Cuando me siento, siento algo duro ahí en el medio.
    Me trato de escapar, pero me agarra y me besa la oreja.

    Ni siquiera soy una nena.

    Una vez que fui al baño,

    mi tío me siguió, entró, cerró la puerta,
    me puso su larguísima lengua blanquecina en la oreja
    y me dijo al oído: “Soy tu mejor amigo y tu familia,
    que no salga de acá nuestro secreto”.

    A mi tío le gusto demasiado. Me preocupa.

    A mí el tío ya no me gusta más.

    4 min
  • Mirar atrás (Ursula K. Le Guin, en la voz de Marcelo D. Díaz)

    Acuérdense de mí como era antes de ese montón de sal,

    la nena que se reía todo el tiempo y rara vez hacía
    lo que le mandaban ni venía cuando la llamaban,
    la nena alegre que después fue la esposa de Lot,
    esa mujer feliz que amaba su ciudad pecaminosa.
    No se acuerden de mí compadeciéndose.
    Yo los vi allá adelante arrastrando los pies
    por el desierto de su fe sin compasión.
    Estos manantiales se secaron, esa tierra está muerta.
    Miré atrás, no adelante, hacia la muerte.
    Compasivas, las lluvias me disuelven, y yo vuelvo
    aún desobediente, aún feliz, a casa.

    2 min
  • Charla breve sobre las geishas (Anne Carson, en la voz de Gabriela Burdsall)

    La cuestión de las geishas y el sexo siempre ha sido complicada. Algunas sí y otras no. De hecho, como sabrán, las primeras geishas eran hombres (bufones y percusionistas). Su riesgoso tamborileo hacía reír a los huéspedes. Pero para 1780 «geisha» ya era sinónimo de mujer y el negocio glamoroso de las casas de té era controlado por el gobierno. Algunas geishas eran artistas y se llamaban a sí mismas «blancas». Otras con apodos como «gata» o «saltimbanqui» armaban sus tiendas todas las noches en el ancho lecho del río, para luego desaparecer con el alba. Lo importante era: alguien a quien desear. Por más que la colcha fuera larga, o la noche demasiado larga, o que te tocara éste o aquel lugar para dormir: alguien a quien esperar hasta que viene y el pasto se agita y trae un tomate sobre la palma de la mano.

    2 min
  • Una de ésas (Anne Sexton, en la voz de Lina Botero)

    Salí, como una bruja poseída,

    con el coraje que te da la noche,
    a hacer el mal, volando entre las casas
    de la gente y sus luces encendidas:
    manos con doce dedos, sola, loca.
    Una mujer así no es tan mujer.
    Yo también fui una de ésas.

    En el bosque, encontré una gruta cálida,

    la atiborré de ollas y de estantes,
    de armarios, sedas y un sinfín de cosas;
    les cocinaba a duendes y gusanos:
    todo el día quejándome, ordenando.
    A una mujer así nadie la entiende.
    Yo también fui una de ésas.

    Conductor, yo también viajé en tu coche,

    y en cada pueblo saludé mostrando
    brazos desnudos de superviviente:
    de tus llamas, que aún muerden mis muslos;
    de tus ruedas, que aún quiebran mis costillas.
    Una mujer así no tiene miedo
    de la muerte. Yo también fui una de ésas.

    2 min
  • El plan es el cuerpo (Robert Creeley, en la voz de Constanza Michelson)

    El plan es el cuerpo.

    Hay a cada momento un diseño.
    Hay a cada momento algo
    para todos.

    El plan es el cuerpo.

    La mente está en la cabeza.
    Es un momento en el tiempo,
    un instante, un segundo.

    El ritmo de uno,

    y uno, y uno, y uno.
    El dos, el tres.
    El plan está en el cuerpo.

    Retenelo un instante

    en la mente: retenelo.
    Lo que se dijo lo dijiste
    vos. Las dos, las tres,

    veces en el cuerpo,

    manos, pies, vos te acordás:
    yo, yo me acuerdo, yo
    lo digo, lo digo.

    El plan es el cuerpo.

    Veces que no quisiste,
    veces que no se te ocurre
    que puedas querer, vos.

    Yo, yo, acordate, que yo

    acá, yo quiere, yo
    está pensando en vos.
    El plan es el cuerpo.

    El plan es el cuerpo.

    El cielo es el cielo.
    La madre, el padre:
    el plan es el cuerpo.

    ¿Quién lo puede leer?

    Un plan es el cuerpo. La mente
    es el plan. Yo:
    al habla. El recuerdo

    se acumula como el recuerdo, un plan,

    pensé que me acordaba,
    al volver a pensarlo, al pensar.
    La mente es el plan de la mente.

    El plan es el cuerpo.

    El plan es el cuerpo.
    El plan es el cuerpo.
    El plan es el cuerpo.

    2 min
  • Cinco minutos (Laura Erber, en voces de la autora y de Daniel Quaranta)

    Voy a entrar por el balcón haciendo sombra en la madera iluminada del piso. Vos vas a estar durmiendo y por eso voy a entrar despacio, y sin hacer ruido te voy a soplar algo con mucha suavidad. Ni palabra, ni canto, ni suspiro. Voy a atarte a mi tiempo y a un escalofrío que te va ir parando pelito por pelito mientras separo cada sílaba de tu nombre, y acercándome más te pido que no tengas miedo de mi presencia inexplicable, así, tan repentina. Entonces, por tu sueño va arrancar al galope un caballo montado a pelo. Todavía no soy yo. Antes voy a ser un lagarto que se tome de a sorbos toda la luz de estas comarcas en los cinco minutos que me den. Es muy poco, ya sé, pero mientras todo en nosotros tenga los contornos de la selva que bordea paraísos, yo acepto, digo sí, acá estoy. Pasado el primer susto, a lo mejor te recuestes sobre mi falda, mientras yo te leo una epopeya y planeamos una vida más allá de los incendios; vos refregás la cara contra la ingle, la mía, hacés un chiste, alguna tontería en la punta de la lengua. Apenas alcanzamos a empezar y una voz viene de ningún lado a recordarnos que el tiempo siempre se está acabando. ¿Cuántas horas más vamos a arrancar para decir y hacer un pacto con lo imposible, y después olvidarnos, cosiendo dimensiones, de la flor de las cosas que no? Desaparezco de pronto –algún día me lo vas a perdonar– como una luz amable que entró discretamente por el balcón con el silbido de las hojas voladoras de un flamboyán.

    4 min
  • La tercera sección (Ben Lerner, en la voz de Marcela Ribadeneira)

    La tercera sección del estómago de un rumiante se llama salterio porque, al cortársela, se abre como las hojas de un libro. La fruta tiene forma de estrella cuando se la corta de manera transversal, y por eso se la llama fruta estrella. Nuestro pueblo a menudo llama a los objetos según la forma en que los destruimos.

    1 min

About Orden de traslado

From the publisher's feed

Poemas en voz alta.