Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Peces resplandecientes (Jesse Lee Kercheval, en la voz de Horacio Zabaljáuregui)

    a Wáshington Benavides

    La poeta envejece

    Estoy mirando a un joven

    Por un instante me olvido
    de que ya no soy joven
    & de que él no se va a dar vuelta a mirarme

    Pero cuando era joven

    un chico lindo no me habría
    mirado así:
    con hambre

    ¿O no me daba cuenta? Siempre

    leyendo & escudriñando el cielo
    en busca de relámpagos &
    de ángeles. Era poeta

    La verdad es que sólo la gente ya más grande

    mira a los jóvenes
    a todos & piensa
    ¡Por dios! ¡Qué hermosa piel!

    Hoy no creo en los ángeles

    excepto que este chico sea un ángel
    Podría decirle algo. Soy inofensiva
    Pero él es un pez en un acuario

    el tiempo el vidrio que nos separa

    Vive en un mundo de agua
    que no sé respirar. Resplandeciente,
    intocable, va flotando

    La poeta envejece

    2 min
  • Tiempo (Louise Glück, en la voz de Soledad Fariña)

    Siempre tenía demasiado; después, demasiado poco.

    Infancia: enfermedad.
    Al lado de la cama tenía una campanita:
    del otro lado de la campanita, mi mamá.

    Enfermedad, lluvia gris. Los perros dormían. Dormían conmigo,

    a los pies de la cama, y parecía que entendían
    la infancia: mejor seguir inconsciente.

    La lluvia salpicaba tiras grises en la ventana.

    Yo, sentada en la cama con mi libro, la campanita al lado mío.
    Sin escuchar ninguna voz, me volví aprendiz de una voz.
    Sin ver señal alguna del espíritu, decidí
    vivir en el espíritu.

    La lluvia iba y venía.

    Mes tras mes, en el lapso de un día,
    las cosas se volvían sueños, los sueños se volvían cosas.

    Después yo me curé, la campanita volvió a la alacena.

    Dejó de llover. Los perros esperaban en la puerta,
    jadeando por salir.

    Yo me curé, después me volví adulta.

    Y pasó el tiempo: era como la lluvia,
    tanto, tanto, como si fuera un peso imposible de mover.

    Era una nena, medio dormida.

    Estaba enferma: estaba protegida.
    Y vivía en el mundo del espíritu,
    el mundo de la lluvia gris,
    de lo perdido, de lo recordado.

    Y después de repente empezó a brillar el sol.

    Y pasó el tiempo, a pesar de que casi no quedaba.
    Y lo percibido se volvió lo recordado;
    lo recordado, lo percibido.

    2 min
  • Desde ninguna parte (Jonas Mekas, en la voz de Nara Mansur Cao)

    1

    Voy a hablar
    solamente
    con pronombres,
    verbos,
    cosas,
    adjetivos
    posesivos,
    como
    amplio,
    azul,
    fragante.

    2

    Existe la palabra
    y la música
    de la palabra.
    Y existen
    cosas,
    sueños
    e imágenes.

    Elijo

    una:
    la cosa
    misma,
    en sí,
    es poesía
    sueño
    y
    realidad:

    arte

    poética.

    3

    El único
    deseo que yo tengo:

    decir

    esa palabra
    de verdad,
    franca,
    evidente,

    decírsela

    directo al corazón
    a los que pueden
    escuchar
    aún,
    sepultados debajo
    de ese hielo.

    2 min
  • Descalza (Anne Sexton, en la voz de Paula Ilabaca)

    Amarme sin zapatos

    significa amar mis piernas largas y bronceadas,
    queridas mías, buenas como cucharas;
    y mis pies, estos dos chicos
    que se escaparon a jugar desnudos. Intrincados nudos,
    mis dedos. Libres ya de sujeción.
    Y todavía más, miren las uñas y
    cada una de las diez etapas, tubérculo a tubérculo.
    Vehementes y alocados, todos ellos, este cerdito
    fue al mercado y este otro se
    quedó. Largas piernas bronceadas, y largos y bronceados dedos.
    Más arriba, cariño, la mujer
    confiesa sus secretos, pequeñas casas
    y pequeñas lenguas que te lo cuentan todo.

    No hay nadie más que vos y yo

    en esta casa en la península.
    El mar lleva un cencerro en el ombligo
    y yo soy tu sirvienta descalza
    por una semana entera. ¿Querés un poco de salame?
    No. ¿Querés un whisky, a lo mejor?
    Tampoco. Vos no sos de tomar. Vos
    me tomás a mí. Las gaviotas persiguen a los peces
    gritando como chicos de tres años.
    Las olas son narcóticas, me llaman
    Yo soy, yo soy, yo soy
    toda la noche. Descalza
    te camino por la espalda.
    A la mañana corro por la cabaña,
    de una puerta a otra, jugando a perseguirnos.
    Ahora me agarrás por los tobillos.
    Ahora vas trepando por mis piernas
    hasta que atravesás la marca de mi anhelo.

    2 min
  • Soneto estadounidense para mi asesino del pasado y del futuro (Terrance Hayes, en la voz de Gonzalo Heredia)

    Si vos nunca sentiste lo fluido

    de una mujer correrte por los muslos
    y los testículos, Señor Trompeta si no sabés
    que el primer hombre era de hecho una mujer cuyo clítoris
    se le hinchó tanto a causa del anhelo que le colgaba como un dedo
    apuntado al amante que revolvía sus praderas
    Señor Trompeta qué carajo sabés
    te sentís solo porque jamás pudiste desatar
    la aterradora pena resplandeciente de tu madre
    quiero decir la mía esa loca de mierda que tengo adentro
    es ella mi manera de llorar es ella mi manera de quebrarme es ella varonil
    Trompeta yo no puedo hablar por vos pero los hombres como yo
    que nunca hicimos el amor con otro hombre siempre vamos a estar
    en algún lado entre los pliegues de nuestro anhelo avergonzados de eso

    2 min
  • Crónico (D.A. Powell, en voces del autor y de Ezequiel Zaidenwerg

    se alzaban sobre el valle, sus aguzados remolinos

    los mirlos de alas rojas se reunían

    vibrante arco su rápida, su zambullida contra el diáfano, contra el aire acotado

    la profesión de ausencia, de ausentarse, un remontarse al cielo

    y desaparecer

    el momento del vuelo: otra renuncia al movimiento de la tierra

    liebre, pato arlequín, mariposa cola de golondrina: creé en este refugio

    brillantes pétalos de adelfa

    blancos, rojos perímetros donde no debería haber perímetros

    he aquí otro de mi larga lista de apartes:

    ¿por qué no habré tenido nunca un reloj que adelantara?

    el aparato, que mide los minutos, es nuestra propia imagen

    la pérdida constante

    e igual la delicada, la volátil condición del amor, el cuerpo traicionero

    ese perturbador estado de creación y cómo hemos dañado–

    ¿no es uno buena lente para mirar a otro?:

    filtrar el cuerpo, filtrar la mente, filtrar la tierra resistente

    y acá con “resistente” me refiero a “que soporta”

    que aguanta la inconstancia del amante, el tratamiento lamentable

    el experimento, lo no probado y lo no verdadero, los últimos intentos por ponerse bien

    elige tu propia aventura: fallo farmacológico o fallo orgánico

    cambio climático catastrófico

    o algo parecido a lo que está matando a las abejas: colapso de la colonia

    se parece a nosotros más de lo que quisiéramos, este maravilloso retal áspero

    ¿y por qué necesito decir los sapos, el matorral, las nubes?–

    en una primavera de incomprensión, me complací en el ruido de los grillos

    e hizo mis delicias el sexo de cada estación, los resbalones en el musgo

    la bulliciosa compañía de los músicos, ese librero jovencito y tímido

    y las voces anónimas que instaban a vagar

    a que las recogieran del crepúsculo en la linde del bosque

    hasta que las criaturas nocturnas asomaran

    sus ojos como lamparitas en la vidriera de un negocio

    olvidados, que apenas encienden el deseo del hogar

    de allí la carga del cuerpo, su campaña resoluta: seguí marchando

    y si la guerra no nos saca de la quietud, nada nos va a sacar

    sigo teniendo el mismo corazón desconcertado de siempre

    un poco más golpeado que antes, un poco menos de alegría

    porque percibo la pesada carga de vivir en esta esfera declinante

    al aire libre, enumeré mi lista de placeres:

    ramillete de lila, olor a pino

    gorriones que se bañan en una zanja de desagüe, su canción

    los pensamientos lujuriosos de la primavera mientras florecen las violetas amarillas

    y los cerezos forman sus primeros capullos completos

    las cuerdas tónicas a lo largo de las piernas y brazos de la juventud

    la juventud que se convierte en madurez, al madurar su carne

    y al volverse más blanda, menos inalcanzable, ciruela sonrojada con manchitas

    todos los días me equivoco –me olvidé de tomar unos remedios

    se me entregó un hombre, amablemente, y yo lo rechacé

    en una prolongada quietud, vi que la garza que no quería sobresaltar

    era evidentemente una bolsita blanca atrapada en las ramas de un árbol del amor

    no entendí que el deseo era una fuerza mortífera, hasta que–

    luz del sol, no me dejes todavía, aún no me harté de vos––

    ni que, aunque ya es tarde, no podamos aún reconciliarnos

    si yo, el ser insignificante que soy, renuncio a todos los demás,

    cuántos más, en la misma medida, renuncian a este mundo

    luz, luz: no me abandones

    te canto esta canción y voy a cantar otra

    11 min
  • Discriminación (Kenneth Rexroth, en la voz de Myriam Moscona)

    No me molestan los humanos.

    Ya me acostumbré bastante
    en estos veinticinco años.
    No me molesta si se sientan
    al lado mío en el transporte público,
    o comer en los mismos restaurantes,
    mientras no sea en la misma mesa.
    Sin embargo, no me parece bien
    que una mujer que yo respete
    baile con uno de ellos. Ya traté
    de invitarlos a casa, aunque
    sin éxito. No tendría por qué
    aceptar que mi hermana se casara
    con uno. Incluso si lo amase,
    imagínense los hijos.
    Su arte es interesante
    pero sin dudas bárbaro.
    Estoy seguro de que, si pudieran,
    nos matarían a todos mientras dormimos.
    Y reconózcanme que huelen mal.

    2 min
  • La alegría de las montañas (Una Marson, en la voz de Cindy Jiménez Vera)

    Hermosas y cercanas

    a mi corazón
    son las montañas y colinas
    que se yerguen en la llanura
    de Kingston
    para adornar St. Andrew
    y se alzan
    hacia el cielo.

    Hermosas y puras

    son las nubes errantes
    que flotan a la tierra
    para darte su amor y sus caricias
    al quedarse dormidas
    en tus brazos
    mientras los delicados rayos rosas
    del sol cuando se pone
    te encantan
    con su hechizo

    Gratos y bendecidos

    los ojos de mi gente
    que pueden levantarse
    a mirar esta gloria
    impoluta, intocada
    por la mano del hombre.
    Alabado sea Él
    que pone ante nosotros
    este banquete de alegrías
    este festín de deleites
    que inspiran y bendicen
    cada hora
    de cada día.

    2 min

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