Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • El albatros (Frank Shaughnessy, en la voz de Adrián Agosta)

    Por divertirse, a veces, los chicos de la escuela

    agarran a otro chico, asmático u obeso,

    de anteojos gruesos, gay o simplemente raro,

    para darle unos golpes o robarle su almuerzo.


    Ni bien quedan tirados boca abajo, en el patio,

    esas criaturas tímidas, rojas como un tomate,

    respirando agitadas, llenas de moretones,

    comienzan a arrastrarse buscando escapatoria.


    ¡Qué patéticos son sus esfuerzos inútiles!

    ¡Cómo ríen los chicos que observan a un costado!

    Bajando el pantalón, uno expone sus nalgas;

    otro agresor se burla de su hermana y su madre.


    No se parece el poeta al chico que es golpeado,

    ni a aquel que lo golpea, sino a ambos a la vez:

    víctima de sí mismo, abusador de sí,

    alas imaginarias le impiden caminar.

    2 min
  • Pitanga (Logan February, en la voz de Natisú)

    los pisos del recuerdo son de vidrio, que significa

    que el remedio no me está haciendo efecto, que significa
    que otra vez estoy en el piso, que significa
    que estamos en julio, que significa
    que brotaron las cerezas, que significa
    que están pintando de rojo los arbustos, que significa
    que parecen de fuego, que significa
    que voy a tratar de recogerlas, que significa
    que todavía me atrae el peligro, que significa
    que podría desearte otra vez, que significa
    que seguís siendo un agujero negro, que significa
    que en vos desaparezco, que significa
    que te voy a amar, que significa
    que sigo deseando desaparecer, que significa
    que el remedio no me está haciendo efecto, que significa
    que sigo mal de la cabeza, que significa
    que tenía razón, que significa
    que no tenía razón, que significa
    que no puedo confiar en mí, que significa
    que no puedo confiar en vos, que significa
    que no puedo confiar en nada, que significa
    que necesito remedios, que significa
    hospital, que significa
    octubre, que significa
    que ya no debería haber cerezas
    esto no es de verdad
    el remedio no me está haciendo efecto
    los pisos del recuerdo son de vidrio

    me estoy viniendo a pique

    nadie me va a atajar

    vos no estás

    2 min
  • Jóvenes reliquias (Emma Hine, en la voz de Mariela Dreyfus)

    Se metían en las casas,

    mis hermanas. Las vacías,
    recién terminadas, donde todavía nadie
    había intentado dormir. Aún con aserrín
    en los rincones, ninguna tabla
    suelta del piso de madera.
    Me las imagino
    como las vi con los caballos,
    las manos acariciando las paredes: después de todo,
    una casa tiene que aprender a contener a una familia,
    con todos sus sistemas temblorosos
    de energía y dolor. Una vez vi a Sierra
    con un potrillo que no estaba listo
    para que lo montaran. Se quedó con él en el establo
    y le habló hasta que le bajaron las pulsaciones.
    En todo nuestro barrio,
    casas nuevas a oscuras, presas del pánico.
    Ahí entran mis hermanas.
    Que traen consuelo donde no
    debía haber, sin llave para entrar,
    sin encender las luces, un regalo ritual
    exclusivo para el recuerdo de las habitaciones:
    manos en los flancos pintados,
    voces en los aleros.

    2 min
  • No amo nada que no me quepa en las manos (Logan February, en la voz de Kelly Díaz)

    Pero, por otra parte, tengo manos grandes.

    Entonces prefiero las cosas chicas,
    para poder amar un montón de cosas.
    Mi piedra deforme de la suerte, la cadena
    oxidada de la puerta, el clip para rascarme
    lo que me pica adentro. El corazón con forma
    de caracol de mi novio, blanco como una perla,
    limpio de sangre. No es que tenga un amante
    pero, ¿qué problema hay en guardarle
    un lugarcito dentro de mí? ¿Por dentro
    todo el mundo no trata de ocultar algo,
    de meter de contrabando a alguna bestia
    cálida? Como yo, que extraño mi casa adentro
    de mi propia habitación. No muestro la cara
    hasta que los ojos no se me ponen marrones
    de nuevo. Buenas noches, ventana. Buenas
    noches, pared. Buenas noches, hermanito.
    Buenas noches, noche. Perdón por estar
    tan triste. Todo el mundo lleva las de perder
    en su propia historia.

    2 min
  • El tiempo por venir (Mark Strand, en la voz de Nadia Prado)

    Nadie lo ve ocurrir, pero la arquitectura de nuestro tiempo está

    pasando a ser la arquitectura del tiempo por venir. Y el brillo

    deslumbrante de la luz sobre las aguas es poca cosa al lado de los cambios

    que allí se han operado, como nuestros caprichos no significan

    nada frente al impulso sostenido de las cosas por trasponer sus límites.

    Nadie es capaz de detener el flujo, pero nadie tampoco es capaz de iniciarlo.

    El tiempo huye; nuestras aflicciones no se transforman en poemas,

    y lo invisible permanece así. El deseo ha escapado,

    dejando sólo un rastro de perfume tras de sí,

    tanta gente que amábamos se ha ido,

    y no hay voces que lleguen del espacio exterior, de los pliegues

    del polvo y las alfombras del viento para anunciarnos que

    así se suponía que ocurriera, que si sólo supiésemos

    cuánto perdurarían las ruinas no osaríamos quejarnos.

    2 min
  • De este lado nada (Jennifer Moxley, en la voz de Román Luján)

    Enmudecieron los objetos. Hasta

    el viejo Sr. Unicornio se quedó sin palabras,
    a pesar de sus labios pintados de carmín. Las cosas
    habituadas al vacío persisten en su fría
    agitación. Y, así, la ráfaga
    de billetes en torno del silencio central todavía parece
    de un oropel caritativo y brilla con el consuelo
    de la aflicción, la dicha de atrasarse en un pago
    es tanto más dichosa que otras dichas. Han crecido
    canciones que no son como un virus en esta temporada
    de registros escasos, resuenan con un eco
    en un largo reposo y abandonan
    la razón y sus conflictos a su propio
    desconcierto. Las cosas no podrían ser peores,
    o tal vez sí, podríamos resistirnos o, complacientes,
    argumentar contra la resistencia, ningún curso de acción
    pondría en riesgo el cambio. Si bien yacemos
    junto a la fría tapia del jardín y suspiramos exquisitamente,
    vendrá, libre tal vez de nuestra obligación
    pero obligada al fin. Es casi
    Navidad, la nieve cubre el suelo y cae,
    los pájaros sedientos nos abrieron las manos otra vez:
    a pesar del cansancio del ritual y sus preparativos, decoramos
    la casa una vez más, recreamos los fines
    de hábitos que hace mucho se volvieron anticuados,
    rectificamos la apatía violenta que nos ata
    a los amigos. ¿Cuál es el propósito? ¿Qué mentira se oculta
    adentro de un adorno, en un bollito de pañuelos
    de papel, apretados adentro de una caja? Una idea antigua
    perversamente sometida a servicio de lo nuevo
    hace un raro comercio de este frío cariño
    envuelto en cuentos infantiles, rédito
    de esperanza que es producto de la afásica dicción del corazón.
    Y si resulta falsa, al menos el trabajo diario
    se verá renovado tras el ocio.
    El sibarita que repite “ama a tu prójimo”
    no causa daño, y la triste medida de Tennyson
    de años desde la última vez que vimos a nuestro amigo
    puede hacernos pensar en una pérdida que se reduce de un diciembre
    al próximo, un consuelo y un recordatorio
    de que en el peor de los casos, no somos, de este lado, nada,
    y no corremos ningún riesgo en combatir
    el sentimiento sin poder siquiera cortárnoslo del pecho, en una rara
    penitencia por este torpe mundo; en dividir
    la voluntad en dos, en decir la verdad, en temer
    la derrota, etcétera. Las cosas que arruinaron los pensamientos
    han cumplido su tarea de salvaguardar el sentimiento,
    a pesar de que ahora sabemos que no fue para nosotros
    ni por amor al arte que montamos la escena,
    sino por un deber traspapelado de dar forma
    –una mesa, unos moños, un conjunto de reglas–,
    de ajustar el amor de un hogar iracundo,
    pero no pienses que nacimos para ser idiotas
    ni nos criaron para una felicidad tan desconsiderada como falsa,
    considerando la cautela de nuestro tiempo y la amabilidad de tu rebenque
    siempre nos ha costado decir que sí.

    5 min
  • El cuchillo (Dirceu Villa, en voces del autor y de Juliana Ángel Osorno)

    Son huesos. Y a veces, la grasa amarilla en los huesos;

    y a veces, la sangre roja en las uñas.
    Son cerdos, o son las cabezas de los cerdos,
    cuelgan de un gancho las cabezas,
    o la cara de estúpida muerte de los cerdos
    en la vidriera empañada de la carnicería.
    O el blanco, pero el blanco embebido de rosa,
    la sangre en el sueño de tripas,
    sueña el carnicero: que empuña un cuchillo.
    Y el blanco delantal que se empapa
    o se toma la sangre que salta de los nervios
    en un abrazo con huesos, donde vibra el cuchillo,
    y cómo brilla el cuchillo que corta:
    ésa es la virtud del acero en el puño, que se alza,
    o la amenaza en la argolla vacía que lo agarra
    a la pared de la carnicería, visible a los ojos,
    anuncio de corte. O se afila contra una piedra,
    y el único ojo vacío se concentra, a la espera de la carne.
    Son cortes en la piedra tajeada de sangre,
    o hendiduras, por donde la muerte lo espía
    al carnicero con su sueño rojo, que acaricia
    el filo afilado, la sonrisa sutil del cuchillo,
    que corta. Y entonces el cuchillo es otra cosa:
    ni cerdos, ni nervios, ni huesos,
    ni siquiera el carnicero que lo sueña,
    sino una extensión del brazo que lo hace vibrar,
    y parte imborrable de lo que mutila,
    el filo afilado, la sonrisa sutil del cuchillo, que corta.

    4 min
  • Laguna (Robin Myers, en la voz de Óscar Cruz)

    Estuvo un par de horas, como se dice,

    ida. Como si supiera adónde

    ir. Se acordaba de quién

    era. Y de quiénes éramos nosotros. Registraba el dolor

    húmedo. En el pecho izquierdo. Sabía que estábamos en

    casa. Donde ella no

    vivía. No se acordaba de cómo habíamos llegado

    ahí. O de que un hospital nos había dejado

    venir. O de hace cuánto. Así que nos volvió a preguntar una y otra

    vez. Y le dijimos cada una de esas

    veces. Nos turnamos para agarrarle la

    mano. Se revolvía en el sillón, como si tratara de no

    ahogarse. Pero en

    sueños. ¿Quién es el responsable

    acá? Preguntó, recorriendo el living con la

    vista. Por supuesto no había una buena

    respuesta. A esa pregunta. Le dijimos que

    nosotros. La íbamos a cuidar y así lo

    hicimos. Cuando volvió, no se

    acordaba. De haberse

    ido. Cuando le agarré la

    mano. Fue una nena, por un instante, y yo no lo

    fui. Me corta, como dicen, la

    respiración. Me hace estremecerme preguntarme

    qué. Me va a hacer algún día

    confiar. De esa manera. Otra vez.

    2 min
  • Es difícil decir lo que me hace sentir esta ciudad (Precious Arinze, en la voz de Nicole Cecilia Delgado)

    ahora digo casa & quiero decir que la verdulería

    donde me pasé la mayor parte de mi infancia tratando de aprender
    el valor de la falta ahora es una imponente
    discoteca. los muros de cemento
    que resguardaban a mi mejor amiga
    ahora son polvo y escombros. digo casa & quiero decir
    que no me acuerdo cuándo o cómo pasó.
    tanto se destruye sin que nadie se dé cuenta.

    digo casa & quiero decir las mezquitas, las iglesias

    que gritan sus plegarias a un dios que debe
    ser medio sordo, el tráfico que se impacienta
    del otro lado de mi ventana. una orquesta de motores
    que masacra el aire de la noche como una mariposa enloquecida.
    las calles inundadas. las montañas de basura que invaden
    la autopista. el espectáculo interminable del afán
    & la codicia.

    digo casa & quiero decir la señora

    que asa los dones de la temporada al costado de la ruta. su sonrisa
    del tamaño de una marquesina. una promesa constante. digo casa
    & quiero decir la fiesta en una casa donde me rindo a la necesidad
    que sea más urgente. perdida en el ritmo sincopado de los brazos
    de una persona desconocida. mientras mis amigues rememoran el pasado
    & nos reímos de los recuerdos más tontos. digo casa & quiero decir
    que podría quedarme a vivir en ese ruido para siempre.

    digo casa & quiero decir a veces que reclamar un pedazo de tierra

    como si fuera tuyo no es tan importante como saber
    que tenés un lugar adónde ir. una ciudad que siempre
    te permite volver. digo casa & quiero decir el nudo alrededor de mi cuello.
    digo casa & quiero decir talismán. la ciudad donde pierdo la voz.
    la ciudad que me devuelve el eco de mis palabras. digo casa
    & creo que me merezco ser feliz acá aunque en realidad
    nadie se merezca nada de lo que le toca.

    digo casa & quiero decir esta ciudad desbordante de techos

    que sostienen las plegarias. donde es delito nacer
    con el lujo de un nombre y nada más. digo casa & quiero decir
    lo único a lo que tenemos derecho es el pulso de nuestras
    gargantas. digo casa & ni siquiera a eso me refiero. digo casa
    & quiero decir algún día todo esto se lo van a devolver al mar.
    ahora digo casa & quiero decir el ancho exacto de mi soledad.
    quiero decir: mañana me podría ir de mi casa & escuchar
    cómo se cierra detrás de mí la puerta para siempre.

    5 min

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