Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • La casa del tiempo perdido (Carlos Drummond de Andrade, en las voces de Marina Glezer y Rodrigo Márquez Tizano)

    Golpeé a la puerta del tiempo perdido, nadie me atendió.

    Golpeé una segunda vez, y otra vez, y otra vez.
    No hubo respuesta.
    La casa del tiempo perdido está cubierta de hiedra
    por la mitad; la otra mitad son cenizas.

    Casa donde no vive nadie, y yo golpeando y llamando

    por el dolor de llamar y no ser escuchado.
    Simplemente golpear. El eco me devuelve
    mis ansias de entreabrir esos palacios helados.
    La noche y el día se confunden en la espera,
    en golpear y golpear.

    El tiempo perdido ciertamente no existe.

    Es un caserón vacío y condenado.

    3 min
  • Colmena (Logan February, en voces de le autore y Florencia Montesano)

    Entre todas las cosas puntiagudas del bosque,

    se recortan con nitidez la línea de la clavícula de una chica

    y la curva del pecho terso de su amante. A lo

    lejos, el discurrir de un río. Estas chicas conocen

    la humedad como la historia, & saben esconderse como si fuera

    una segunda piel. Una es callada, a diferencia, de su madre. La otra,

    la plegaria de su familia al cielo. “Ay, querida, imaginate

    qué vergüenza. Sos blanda, te podrías plegar sobre vos misma

    & quedarte ahí encerrada”. Pero acá, a cielo abierto,

    están abiertas. El cuerpo de una mujer se despliega

    como miel que se derrama. & lava todo lo demás.

    2 min
  • Una postal desde el volcán (Wallace Stevens, en la voz de Pedro Poitevin)

    Los chicos que recojan nuestros huesos

    nunca sabrán que fueron algún día
    ágiles como zorros en el monte;

    y que en otoño, tiempo en que las uvas

    cargan aun más el aire con su olor,
    respiraban la escarcha y eran seres.

    Y menos aun sabrán que, con los huesos,

    dejamos mucho más, como la forma
    en que aún se ven las cosas, qué sentíamos

    al verlas. Sobre la mansión cerrada

    flotan primaverales nubes, más
    allá de nuestra puerta, y el ventoso

    cielo gime una culta desazón.

    Hace tiempo sabemos que el aspecto
    de la mansión y lo que acerca de ella

    dijimos se hizo parte de lo que es…

    Chicos trenzando aureolas incipientes,
    dirán nuestras palabras sin saberlo,

    dirán que el que vivió en esa mansión

    dejó un fantasma que atraviesa inquieto
    las paredes vacías. Una casa

    sucia en un mundo destripado. Andrajos

    de sombras con un dejo de blancura,
    untadas con el rico oro del sol.

    2 min
  • La idea (Mark Strand, en la voz de Isabel Zapata)

    para Nolan Miller

    También para nosotros existía el deseo de apropiarnos

    de algo más allá del mundo conocido, más allá de nosotros
    mismos y más allá de nuestra facultad de imaginar,
    algo en lo que pudiéramos de todas formas vernos reflejados;
    y este deseo aparecía siempre como al pasar, en una luz difusa,
    y con un frío tal que el hielo de los lagos del valle se quebraba
    y bajaba en torrentes, y todo se cubría
    con un manto de nieve, y las escenas
    del pasado, al volver a emerger, ya no eran como antes,
    sino que parecían fantasmales y pálidas
    entre las curvas falsas y las borraduras
    disimuladas; y jamás sentimos que estuviéramos cerca
    hasta que el viento de la noche dijo:
    “¿Por qué hacen esto, y justamente ahora?
    Vuélvanse a casa”. Pero en ese instante
    apareció a lo lejos, en un confín helado, la pequeña silueta
    de una cabaña con las luces encendidas.
    Nos quedamos parados contemplándola,
    asombrados del hecho de que estuviera allí.
    Y habríamos llegado donde estaba,
    y habríamos abierto la puerta y penetrado
    en la luz, a la busca de un poco de calor;
    pero era nuestra porque no era nuestra,
    y tenía que seguir vacía. Era la idea.

    2 min
  • Salmo 137 (en la voz de Raúl Zurita)

    Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentamos y lloramos acordándonos de Sión.

    Allí mismo, en los sauces, colgamos nuestros instrumentos.

    Porque allí nos pidieron quienes nos tenían cautivos las letras de nuestras canciones, y los que nos habían deportado, himnos: “¡Canten para nosotros las canciones de Sión!”

    ¿Cómo podríamos cantar un canto del Señor en tierra extraña?

    ¡Si me olvido de ti, Jerusalem, que mi mano derecha se me olvide!

    ¡Que mi lengua se pegue a la garganta, si me olvido de ti, si no coloco a Jerusalem en el principio de mi dicha!

    Acuérdate, Señor, de los hijos de Edom, el día de Jerusalem, de aquellos que decían: “¡Arrásenla, arrásenla hasta los cimientos!”.

    ¡Hija de Babilonia, desgraciada, feliz el que te pague con lo que nos pagaste!

    ¡Feliz quien se apodere de tus niños, y los estrelle contra las piedras!

    2 min
  • Musée des Beaux Arts (W. H. Auden, en la voz de Rafael Spregelburd)

    Sobre el dolor jamás se equivocaban

    los Antiguos Maestros: comprendían muy bien
    su expresión en el hombre; cómo ocurre
    mientras algún tercero está comiendo, o abriendo una ventana
    o simplemente caminando por ahí;
    cómo, mientras que los ancianos esperan con pasión y reverencia
    el nacimiento milagroso, siempre debe haber chicos
    sin interés particular porque aquello suceda, patinando
    en un lago adonde empieza el bosque:
    y tampoco olvidaban
    que el terrible martirio debía seguir su curso,
    aun en otra parte, en un rincón mugriento
    donde los perros siguen con su vida perruna y el caballo del torturador
    se rasca su inocente trasero en algún árbol.
    Por ejemplo, en el Ícaro de Brueghel: cómo cada elemento
    da la espalda al desastre despreocupadamente; quizás el labrador
    escuchó el chapuzón, el grito ahogado,
    pero eso para él no era motivo de inquietud; el sol brillaba
    como debía brillar sobre las piernas blancas que desaparecían
    bajo las aguas verdes; y ese barco, tan caro y elegante,
    que ha de haber asistido a algo asombroso, un chico desplomándose del cielo,
    tenía que llegar a algún lugar, y siguió navegando mansamente.

    2 min
  • Fabricame una máscara (Dylan Thomas, en la voz de Cristina Pérez Díaz)

    Fabricame una máscara y un muro que detenga a tus espías

    de penetrantes ojos esmaltados y garras telescópicas,
    estupro y rebelión en las habitaciones de los niños de mi rostro;
    una mordaza de árbol caído que sujete a enemigos desnudos,
    a la lengua de bayoneta en este rezo desguarnecido
    a la boca presente, y a la dulce trompeta del engaño;
    ataviada en antigua armadura, y en roble, la aprobación de un tonto,
    para usarla de escudo contra la inteligencia esplendorosa,
    y sembrar confusión entre los jueces examinadores;
    y el viudo lamentar, manchado por las lágrimas,
    curvado al descender por las pestañas
    para disimular la belladonna y que los ojos secos perciban
    cómo otros traicionan las mentiras plañideras de sus pérdidas
    con el doblez de la desnuda boca o la risa en la manga.

    2 min
  • Una postal (Joseph Brodsky, en la voz de Daniel Saldaña París)

    A causa de la superpoblación

    los polígamos y los asesinos
    seriales salen libres; y si hay
    un accidente aéreo, únicamente
    se habla de él (casi siempre en las noticias)
    cuando ocurre en algún área boscosa:
    a las complicaciones del acceso
    se suma la cuestión del medio ambiente,
    que hace todo más trágico. Los teatros
    están repletos, tanto las butacas
    como los escenarios. Y jamás
    un tenor canta solo un aria: casi
    siempre hay seis a la vez, o a veces uno
    que es gordo como seis. Lo mismo vale
    para el gobierno, cuyas oficinas
    están toda la noche con las luces
    prendidas y trabajan en distintos
    turnos, como las fábricas, rehenes
    del censo. Todo, aquí, es una pandemia:
    lo que le gusta a uno gusta a muchos,
    ya sea un deportista, algún perfume
    o una comida. Así, por consiguiente,
    todo lo que uno diga o haga es
    un acto de lealtad. Del mismo modo,
    según parece, la Naturaleza
    se ha hecho eco del denominador
    común, y cada vez que llueve, que es
    poco, las nubes se demoran más
    no dando vueltas por sobre el estadio
    militar, sino sobre el cementerio.

    2 min

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