Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Las especies se preparan para existir después del dinero (Brenda Hillman, en las voces de la autora y Marina Mariasch)

    Parece que las bacterias se comunican en colores.

    Se mandan advertencias con verdes azulados
    o con grises verdosos & los humanos interpretan
    que se sienten en peligro o que el deseo las embarga.
    La rata maderera hace un nido de haches. Acapara
    los siete silencios diminutos. Los cuervos en el pino
    pueden contar las caras con exactitud como los escritores
    que se sienten ninguneados en su arte.
    Mi papá se pasó toda la vida pensando
    en el dinero aunque sabía que es la causa
    de casi toda esta violencia estúpida,

    & me tenía por una persona sensata;

    tenés el químico de la sensatez, decía.
    No hubo tragedia entre nosotros,
    a diferencia de lo que el pobre Joyce
    escribió sobre su hija: que le corrió la cara
    a ese chofer maltrecho que es el mundo
    yo no le corrí la cara porque no sé
    dónde está, está por todas partes, & cuando
    da la sensación de que la pura nada sobrevino,
    sé que otro animal ya se prepara
    sin nación, insensato;
    pensar en eso me consuela un poco–

    3 min
  • Cómo se elige al papa (James Tate, en la voz de Legna Rodríguez Iglesias)

    Cualquier caniche de menos de treinta centímetros de altura

    es un caniche toy, que significa juguete.
    Casi siempre un juguete es una imitación
    de algo que usan los adultos.
    Los Papas con el pelo sin recortar se llaman Papas de cordel.
    Si no se lo cortan, el pelo de un Papa crece tan desenfrenadamente
    que se enmaraña en grandes mechones que parecen sogas.
    Cuando está más corto, se enrula en bucles apretados.
    Los Papas son muy inteligentes.
    Vienen en tres tamaños.
    Los más grandes se llaman Papas convencionales.
    Los medianos se llaman Papas en miniatura.
    Y así sucesivamente. Podría decir, por ejemplo:
    “Acá tenemos un Papa fornido, pulcro,
    bien proporcionado, con ademán despierto
    y expresión de viva curiosidad”,
    pero mejor no. Cuando muere un caniche
    todos los cardenales acuden en procesión al maxikiosco más cercano.
    Comen helados hasta que alguno vomita
    y ése es el nuevo Papa.
    Se lo inviste con sus armas y cabalga solo a campo abierto,
    día y noche sin importar qué tiempo haga.
    El nuevo Papa elige el nombre que va a usar en su papado,
    como “Bill el salvaje” o “Buffalo Bill”.
    Usa zapatos rojos con una cruz bordada en la puntera.
    A la mayoría de los Papas los apodan “Bebé” porque
    crecer y hacerse Papa es sumamente divertido.
    Sus cuerpos se hacen cada vez más grandes y más raros,
    pero a veces pasan cosas que les molestan.
    Tienen que ir al baño sin ayuda,
    y pasan casi todo el día durmiendo.
    Los padres parecen incapaces de ayudar a crecer a sus pequeños Papas.
    El padre les repite una y otra vez que no se asomen por la ventana,
    pero el cielo está lleno de Papas.
    Pareciera que están muy relajados,
    pero en realidad están aprendiendo otra cosa.
    No sabemos bien qué, porque no somos como ellos.
    Ni siquiera podemos vestirnos como ellos.
    Somos como bichitos rojos o ácaros comparados con ellos.
    Pensamos que la pasamos bien recortando los chistes del diario
    pero en verdad comemos miguitas de sus manos.
    Somos gérmenes diminutos que no se ven en el microscopio.
    Cuando un Papa está listo para venir al mundo,
    tratamos de cantarle una canción, pero la letra no encaja del todo con la música.
    Algunos de los Papas más corpulentos son un millón de veces más grandes que nosotros.
    Abren la boca a intervalos regulares.
    Se la pasan mascando pedazos de la cruz
    y escupiéndolos. Se les pegan moscas negras a los labios.
    No bien los eligen, les entregan un tazón de crema
    y les cortan el pelo como un cachorro. Las cejas ofrecen protección
    cuando un Papa tiene que zambullirse en los tupidos matorrales
    en busca de una oveja.

    4 min
  • Hielo negro (Matthew Dickman, en la voz de Eliana Hernández)

    Toda la noche me sentí

    en tu cuarto,
    con las puertas francesas que se abrían
    al porche, la mesa
    ahí, el patio allá y la última
    flor más allá, toda la noche
    todo lo que quería era la sombra de vainilla
    de tus dedos, el caramelo
    oscuro de tus axilas, la leve
    nieve que tus pies parecen,
    toda la noche parecía un barco
    la noche, aunque yo sé que vos
    vas a odiar este símil, un barco
    que parece a la vez
    caminar hacia la costa
    de tus caderas, y alejarse
    lento, toda la noche
    toda el agua del mundo
    parecía tan quieta como una taza de té
    envuelta en un papel y metida en el fondo
    de una caja llena de bolitas
    de telgopor. Esta mañana
    le puse azúcar al café,
    cosa que nunca hago, y seguí llorando,
    cosa que suelo hacer
    siempre que pienso
    que entré a tu casa
    con una espada japonesa
    y te corté a la mitad mientras dormías.
    El solo hecho de pensar en vos
    durmiendo hace que quiera
    cortar todas las flores
    de la tierra
    y tirarlas en tu cama.
    Es un mundo de odio,
    ya lo sé, y luchamos contra el cielo
    tachonado de estrellas y quemado
    que son nuestros cerebros. Me la paso
    despertándome en una caja hecha de hielo
    negro, y algunas veces oigo tu voz
    que me habla en otro idioma
    y a veces no oigo nada,
    pero siempre hay una fruta
    chiquitita en un árbol
    donde tallé mi nombre
    y tallé el tuyo,
    y me tallé en el brazo
    una notita que siempre dice
    Perdoname y amor y perdoname
    una y otra vez, cada letra
    deletrea mi nombre, que en el idioma
    de anoche significa apología,
    o significa quién te creés que sos,
    a duras penas sos un hombre. Toda la noche
    quise sentarme con vos a la mesa
    y servir la cerveza en boles turcos, y que todos
    los cortes que forman tu cuerpo y el mío
    se cierren como tulipanes en la oscuridad
    del jardín de la entrada, cada vez más fresco.

    3 min
  • Civitas (Mia Kang, en la voz de Anaïs Abreu D'Argence)

    Los actos de amor tienen

    efectos materiales. Para una mujer

    a cargo del fuego sagrado, eso incluye

    el peligro de volverse

    extinguidora

    de llamas esenciales

    para la vida cívica. Constituye una carga

    apagar lo que otros

    consideran central

    para la fe en la coherencia. Los actos de fe

    tienen efectos materiales: a una virgen

    vestal, si la toca un encuentro,

    hay que enterrarla viva,

    una hermosa metáfora

    de la vergüenza misma, que se retuerce

    incluso bajo toda esa tierra. Es así que los muertos

    aprenden demasiado tarde

    que la devoción debiera ser

    unidireccional, una línea recta

    de acá a la asfixia. El amor no debe

    desdibujar sus márgenes, ni reunirse

    con nadie en los espacios triviales

    de la vida civil. Es una carga

    personificarlo. Si el hogar de Vesta es el lugar

    de lo sagrado, sus efectos materiales

    son destrucción: ardor, consumirse,

    apetito constante

    de más leña. Los actos

    de destrucción tienen

    efectos fantasmáticos. Para un cuerpo

    que sobreviva el encuentro, eso incluye

    la vida cívica, la vergüenza;

    el riesgo de ser

    delegada: a cargo

    del hogar que pertenece al

    público, a través

    de la diosa, que encarna un sueño

    de la fe en la coherencia. Los efectos materiales

    se extinguen por sí mismos con el tiempo,

    igual que una mujer

    cuando la tocan de la forma correcta

    se desprende de la carga

    del amor y se entrega, metiéndose

    la puta ciudad adentro.

    3 min
  • Ganimedes (Jericho Brown, en la voz del autor y de Mariana Spada)

    Un hombre cambia a su hijo por unos caballos.

    Ésa es mi versión preferida. Me gusta
    la seguridad que ofrece, que no se culpe a nadie.
    Todo el mundo recibe su recompensa. Dios se queda
    con el chico. El chico se vuelve
    inmortal. Su papá cabalga hasta
    que la tristeza suena tan bien como el galope
    de un animal criado para transportar
    a los vigilantes de nuestro reino
    heredado. Si miramos el mito
    de esta forma, nadie se digna a hablar
    de violación. Digo, ¿quién no quisiera
    que lo deseara Dios? ¿Acaso no soñás
    que alguien con alas te lleve para
    arriba? Y cuando viene el amo
    a buscar a nuestros hijos, huele
    como los hombres que son dueños
    de establos en el cielo, esa tierra lejana
    entre la Promesa y las Disculpas.
    Nadie tiene por qué convencernos.
    La gente de mi país cree
    que no pueden lastimarnos si nos pueden comprar.

    3 min
  • No dudes (Mary Oliver, en la voz de Paula Maffia)

    Si de repente, inesperadamente, sentís alegría,

    no dudes. Entregate a ella. Hay un montón
    de vidas y ciudades enteras destruidas o a punto
    de serlo. No somos sabios, y rara vez
    amables. Y hay tanto que no tiene redención.
    Y aún así, a la vida todavía le queda alguna
    posibilidad. Tal vez sea su forma de resistir,
    que a veces pase algo mejor que toda la riqueza
    y el poder del mundo. Podría ser cualquier cosa,
    pero es muy probable que lo adviertas al instante
    en que empieza el amor. De todos modos, suele
    ser así. De todos modos, sea lo que sea, no temas
    su abundancia. La alegría no se hizo para ser una migaja.

    1 min
  • La muerte de un naturalista (Seamus Heaney, en la voz de Alejandro Crotto)

    Durante todo el año, había supurado

    sus pústulas la ciénaga, en el medio del campo;
    gruesas varas de lino, amarillas y verdes,
    allí se habían podrido, hundidas bajo el peso
    de tremendos terrones. Bajo el sol inclemente,
    hervía hasta el atardecer. Las burbujas cantaban
    un suave borborigmo. Los zánganos tejían
    una apretada malla de sonido, en torno del hedor.
    Libélulas, había, y mariposas a lunares.
    Lo mejor, sin embargo, era la baba tibia
    y espesa de las huevas de las ranas. Ahí,
    todas las primaveras, me gustaba llenar
    de esos puntos viscosos tarros de mermelada ,
    y ponerlos en fila en la ventana, en casa,
    o en la escuela, en estantes, y observar con paciencia
    hasta que esas manchitas se hicieran renacuajos,
    y ver cómo nadaban con destreza.
    La Señorita Walls nos explicaba que al papá de las ranas
    había que decirle “Rana Macho”,
    y cómo croaba él, llamando a Mamá Rana,
    y ella ponía un centenar de huevos
    minúsculos, que se llamaban “huevas”.
    Uno también podía pronosticar el tiempo por las ranas,
    porque cuando había sol estaban amarillas,
    y cuando iba a llover se ponían marrones.

    Pero hete aquí que un día que los campos

    hedían por la bosta entre los pastizales,
    las ranas iracundas invadieron la ciénaga.
    Yo me agaché detrás de unos arbustos,
    y las oí croar de una manera
    especialmente grave que nunca había escuchado.
    Llenaba el aire un coro de barítonos.
    En mitad de la ciénaga, alzando la cabeza,
    se erguían en montículos de barro unas ranas panzonas,
    y sus lustrosos cuellos se hinchaban como velas.
    Algunas daban saltos: el golpeteo sordo
    que hacían al caer era una especie de amenaza obscena.
    Había otras, sentadas, dispuestas a saltar,
    cual granadas de lodo, las rotundas cabezas entonando
    su pedorrera bélica. Y yo sentí el estómago revuelto,
    me di vuelta y corrí. Los grandes reyes
    del fango se reunían buscando la venganza,
    y yo sabía que, si metía la mano,
    me iba a quedar adentro.

    3 min
  • Las ménades (Ursula K. Le Guin, en la voz de Liliana García Carril)

    Leí en alguna parte

    que cuando finalmente bajaban a los tumbos la montaña
    y llegaban a alguna ciudad desconocida, mucho más que borrachas,
    roncas, medio desnudas, con cara de dormidas,
    sangre seca debajo de las uñas quebradas
    y surcando sus muslos juveniles,
    todavía burlándose y riéndose, todavía tratando
    de bailar, gritando y tambaleándose, cayendo
    en un sueño profundo en medio de los puestos del mercado,
    tendidas, indefensas por completo,
    mujeres ya maduras, respetables
    señoras de sus casas,
    venían hasta el ágora y allí permanecían de pie toda la noche,
    en silencio
    y unidas
    como ovejas y vacas en los campos de noche,
    vigilando, cuidándolas,
    de la misma manera en que sus madres
    las habían cuidado.
    Y ningún hombre nunca
    desafió
    ese feroz decoro.

    2 min
  • Epílogo (Robert Lowell, en la voz de Nahuel Lardies)

    Benditas estructuras, la rima, el argumento,

    ¿por qué no me son útiles ahora
    que quiero construir algo
    con la imaginación y no con la memoria?
    Escucho el ruido de mi propia voz:
    la vista del pintor no es una lente,
    y se estremece para acariciar la luz.
    A veces, sin embargo, lo que escribo
    con el raído arte de mi ojo
    parece una instantánea,
    morbosa, chabacana, agrupada, veloz,
    ampliada de la vida,
    aunque paralizada por los hechos.
    Es una unión equivocada, todo.
    ¿Y por qué no decir lo que ha ocurrido?
    Recemos por la gracia de aquella exactitud
    que a la iluminación del sol le dio Vermeer,
    haciéndola avanzar cual marea en un mapa,
    sobre esa chica rígida a causa del anhelo.
    No somos más que hechos pasajeros,
    y eso mismo nos insta a darle a cada
    figura de la foto un nombre vivo.

    2 min

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