Orden de traslado

Orden de traslado

By Ezequiel ZaidenwergArtsBooks
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Orden de traslado episodes

  • Otoño de las ranas (Sylvia Plath)

    El verano envejece, madre de sangre fría.

    Hay escasez de insectos, y además vienen flacos.
    En nuestro hogar palustre nosotras solamente
    croamos y nos vamos marchitando.

    En somnolencia se disipan las mañanas.

    Brilla tardío el sol entre los juncos
    endebles, y las moscas son esquivas.
    El pantano se enferma.

    La escarcha hace caer hasta a la araña.

    Está claro que el genio
    de la abundancia vive en otro lado.
    Nuestra gente está flaca,
    es lamentable.

    1 min
  • Crónico (D.A. Powell)

    se alzaban sobre el valle, sus aguzados remolinos

    los mirlos de alas rojas se reunían

    vibrante arco su rápida, su zambullida contra el diáfano, contra el aire acotado

    la profesión de ausencia, de ausentarse, un remontarse al cielo

    y desaparecer

    el momento del vuelo: otra renuncia al movimiento de la tierra

    liebre, pato arlequín, mariposa cola de golondrina: creé en este refugio

    brillantes pétalos de adelfa

    blancos, rojos perímetros donde no debería haber perímetros

    he aquí otro de mi larga lista de apartes:

    ¿por qué no habré tenido nunca un reloj que adelantara?

    el aparato, que mide los minutos, es nuestra propia imagen

    la pérdida constante

    e igual la delicada, la volátil condición del amor, el cuerpo traicionero

    ese perturbador estado de creación y cómo hemos dañado–

    ¿no es uno buena lente para mirar a otro?:

    filtrar el cuerpo, filtrar la mente, filtrar la tierra resistente

    y acá con “resistente” me refiero a “que soporta”

    que aguanta la inconstancia del amante, el tratamiento lamentable

    el experimento, lo no probado y lo no verdadero, los últimos intentos por ponerse bien

    elige tu propia aventura: fallo farmacológico o fallo orgánico

    cambio climático catastrófico

    o algo parecido a lo que está matando a las abejas: colapso de la colonia

    se parece a nosotros más de lo que quisiéramos, este maravilloso retal áspero

    ¿y por qué necesito decir los sapos, el matorral, las nubes?–

    en una primavera de incomprensión, me complací en el ruido de los grillos

    e hizo mis delicias el sexo de cada estación, los resbalones en el musgo

    la bulliciosa compañía de los músicos, ese librero jovencito y tímido

    y las voces anónimas que instaban a vagar

    a que las recogieran del crepúsculo en la linde del bosque

    hasta que las criaturas nocturnas asomaran

    sus ojos como lamparitas en la vidriera de un negocio

    olvidados, que apenas encienden el deseo del hogar

    de allí la carga del cuerpo, su campaña resoluta: seguí marchando

    y si la guerra no nos saca de la quietud, nada nos va a sacar

    sigo teniendo el mismo corazón desconcertado de siempre

    un poco más golpeado que antes, un poco menos de alegría

    porque percibo la pesada carga de vivir en esta esfera declinante

    al aire libre, enumeré mi lista de placeres:

    ramillete de lila, olor a pino

    gorriones que se bañan en una zanja de desagüe, su canción

    los pensamientos lujuriosos de la primavera mientras florecen las violetas amarillas

    y los cerezos forman sus primeros capullos completos

    las cuerdas tónicas a lo largo de las piernas y brazos de la juventud

    la juventud que se convierte en madurez, al madurar su carne

    y al volverse más blanda, menos inalcanzable, ciruela sonrojada con manchitas

    todos los días me equivoco –me olvidé de tomar unos remedios

    se me entregó un hombre, amablemente, y yo lo rechacé

    en una prolongada quietud, vi que la garza que no quería sobresaltar

    era evidentemente una bolsita blanca atrapada en las ramas de un árbol del amor

    no entendí que el deseo era una fuerza mortífera, hasta que–

    luz del sol, no me dejes todavía, aún no me harté de vos––

    ni que, aunque ya es tarde, no podamos aún reconciliarnos

    si yo, el ser insignificante que soy, renuncio a todos los demás,

    cuántos más, en la misma medida, renuncian a este mundo

    luz, luz: no me abandones

    te canto esta canción y voy a cantar otra

    5 min
  • El retorno (Robin Myers, en la voz de Agustina Comedi)

    Ésta es la calle donde

    naciste. Ésta es la llave que se te cayó en la nieve,

    y éste es el abrigo que te pusiste para ir a buscarla.

    Éste es el cielo visto desde la ventanilla del avión, la mañana que te fuiste

    del país. Éste es el lugar del que pensabas que jamás te irías.

    Éste es el sándwich que comiste en la escalinata de una iglesia,

    las migas que les diste a las palomas. Ésta es la funda de la almohada

    que todavía tiene pelos tuyos. Esto es el verano.

    Éste es el continente que cruzaste,

    la carta que pusiste a lavar con la ropa por error,

    el cuchillo con el que te cortaste picando una cebolla.

    Ésta es la maravilla de poder reconocer a un amigo por su tos

    en el cuarto de al lado. Esto, aunque estás durmiendo, es un ratón

    debajo de las tablas de madera del piso, y ésta es la luz que las recubre,

    y éstas son las sombras que salpican la columna vertebral

    de alguien que está acostado boca abajo.

    Esto es casi lo que querías decir.

    Esto es alguien que toca una pieza de Brahms en el piso de abajo,

    el vaso de agua que tiembla sobre el piano, el agua derramada.

    Esto es enojo, ésta es una clase de manejo, un año de tu vida; la parada

    del colectivo, la sábana, la ola de calor; éstos son los

    fuegos artificiales que mirabas a lo lejos,

    que en silencio brotaban como flores en los montes oscuros.

    Ésta es la forma en que mirás a la gente en el tren

    y después la extrañás. Ésta es la fe, como un nudo en la soga

    que estás trepando, y éstos son tus dedos, ardidos y despellejados

    alrededor de ella. Esto no es una excusa. Esto es el mar, adentro

    de un caracol. Esto es el mar.

    Esto es, según parece, a lo que hemos llegado.

    Ésta sos vos, si decidís volver.

    Ésta sos vos si nunca regresás.

    3 min
  • Rocío (Luke Davies)

    ROCÍO (LUKE DAVIES)

    Años atrás, el innovador geofísico Teddy Bullard me dijo que tratar de comprender la estructura de la tierra analizando terremotos era como intentar comprender la estructura de un piano escuchando el ruido que hace cuando se lo empuja por unas escaleras. Desde entonces, el tema me fascina.

    -John Gribbin

    La tierra enorme, más grande de lo que

    podemos imaginar, atada como

    con un piolín o magia. La tierra enorme con olor

    a jazmín y a panal, a polvo de amapola

    y diesel, todo para siempre una tromba

    sobre el horizonte glacial hacia

    nuestras fosas nasales saturadas, hacia la mitad

    del momento y el hecho tropical

    del latido de la sangre, ahora. La tierra enorme

    de un cuarto de la edad del universo.

    La tierra. De madrugada y en silencio

    oímos el retumbar y el traqueteo

    de su órbita casi imposible

    por el sistema solar. Se esfuerza por

    quebrar la circunferencia. Y confundimos

    esa ferocidad con el lejano

    ruido de la industria. Pero el sol

    reúne sus planetas y todos nosotros

    nos lanzamos por los confines espiralados

    de la galaxia, donde la distancia

    es tan grande que arrojar podría parecer a todas luces

    la palabra equivocada. Retumbamos entonces. Retumbamos

    por los confines. La galaxia misma

    en una desolada serenidad arando

    por años luz de vacío a años luz

    de todas partes. Nada más que neutrinos

    ahí: sin masa y silenciosos nos atraviesan

    a raudales, por los vastos vacíos

    de nuestras moléculas. Nada más que fotones,

    que hacen llover la luz por el espacio hasta nosotros,

    para que el universo se despliegue ante nuestros ojos

    como el Cine de la Gracia Brutal que explota

    cuadro por cuadro. Una gran

    belleza inestimable. Esto puede

    ser demasiado o todo lo que siempre

    quisiste. Y porque sólo lo que se puede

    contener es infinito (o infinitamente

    memorable) lo rebobinamos, del espacio

    a los espacios locales. La tierra enorme se estremece.

    Las viejas rocas gruñen y un viento negro aúlla

    pero en las grietas no se puede sentir

    más que quietud. En Foxground

    quietud en la hora antes del amanecer, como si

    fuéramos todo lo que hay. La niebla colgada

    como una hamaca por el valle

    y meciéndose en los gruesos rayos amarillos

    de la luna. La yegua apareció

    de entre las sombras, resopló, pateó dos veces,

    queriendo frenar el silencio

    monolítico. Ah, ruido, noche, suelo. Nuestros pies

    y sus cascos. La luna como un mensaje,

    “Usted está aquí”. En la luz reside la memoria,

    en el ruido el gran rechinar de las piedras

    de la tierra, que arrastran sus tristes almas

    por la oscuridad del calor tectónico. Tan

    fácil el poder de las rocas y el aire,

    que brotan y que aguantan y nosotros

    en el medio. Alegría en la sacudida del rocío

    en las plantas de nuestros pies en la cuchilla

    afilada del amanecer. En la paz del latido de la sangre.

    4 min
  • Maitines (Louise Glück)

    Perdoname si digo que te amo: al poderoso

    siempre se le miente, porque el débil actúa

    movido por el miedo. Soy incapaz de amar

    lo que no puedo concebir; y vos no revelás

    prácticamente nada: ¿sos como los espinos,

    siempre la misma cosa en el mismo lugar,

    o más inconsistente, como la dedalera, que levanta

    un penacho rosado tras las margaritas,

    y luego, el año próximo, uno violeta al lado de un rosal?

    Seguro te das cuenta de lo inútil

    que es para nosotros este silencio que nos quiere

    hacer creer que sos todas las cosas, la dedalera y el espino,

    la vulnerable rosa y la ruda margarita;

    al final terminamos por pensar

    que tu existencia es imposible. ¿Es eso

    lo que vos quisieras que creyéramos,

    es eso lo que explica el silencio a la mañana,

    los grillos que aún no se frotan las patitas,

    los gatos que, en el patio, todavía no pelean?

    2 min
  • Tras la muerte de alguien (Tomas Tranströmer)

    Hubo una conmoción,

    que dejó tras de sí una larga, pálida, resplandeciente cola de cometa.

    Nos envuelve. Provoca que la imagen de la televisión se vea borrosa.

    Se posa como gotas frías sobre el cableado aéreo.

    Todavía se puede caminar arrastrando los esquíes bajo el sol del invierno,

    entre arboledas donde todavía cuelgan hojas del año que pasó.

    Parecen hojas arrancadas de una guía telefónica vieja,

    los nombres de los abonados tragados por el frío.

    Todavía es hermoso sentir el propio corazón latir.

    Pero a veces la sombra se siente más real que el cuerpo.

    El samurai se ve insignificante al lado

    de su armadura negra de escamas de dragón.

    2 min
  • Sexo sin amor (Sharon Olds)

    ¿Cómo hacen, los que tienen sexo

    sin amor? Imperturbables como bailarines,

    deslizándose el uno sobre el otro, como patinadores

    sobre hielo, los dedos enlazados,

    uno dentro del otro, las caras

    rojas como un bife o como el vino, húmedos como

    bebés recién nacidos cuyas madres

    piensan abandonar. ¿Cómo es que acaban

    Dios cómo es que acaban

    por llegar a las aguas tranquilas, sin amar

    al que hizo el recorrido junto a ellos, mientras que poco a poco

    subía la temperatura, y un vapor emanaba

    de sus pieles? Yo creo que ellos son

    los religiosos de verdad, los puristas, los profesionales,

    los que se negarían a creer

    en un falso Mesías, o a amar al sacerdote

    en vez de al Dios. Jamás confundirían

    a quien tienen al lado con la fuente de su propio placer.

    Son como los mejores corredores: saben que están a solas

    con el camino y sus características,

    con el frío y el viento, las particularidades

    del calzado, su condición cardíaca: variables, nada más,

    como el otro en la cama; no su verdad, que es

    el cuerpo aislado, solo en el universo,

    tratando de batir su propio récord.

    2 min
  • Una vaca ve a los hombres (Carlos Drummond de Andrade)

    Tan delicados (más que un arbusto) y corren

    y corren de un lado para otro, siempre olvidándose

    de algo. Ciertamente, les falta

    no sé qué atributo esencial, aunque a veces se muestran

    nobles y graves. Ah, terriblemente graves,

    hasta amenazadores. Infelices, se diría que no escuchan

    ni el canto del aire ni los secretos del heno,

    así como tampoco parecen percibir lo que es visible

    y común a cada uno de nosotros, en el espacio. Y se quedan tristes,

    y en la huella de la tristeza llegan a la crueldad.

    Toda su expresión vive en los ojos: y se pierde en un simple

    pestañeo, en una sombra.

    Nada en los pelos, en las extremidades de fragilidad inconcebible,

    y como en ellos hay poco de montaña

    y cuánta sequedad y recovecos, qué

    imposibilidad de organizarse en formas calmas,

    permanentes y necesarias. Tienen, tal vez,

    cierta gracia melancólica (un minuto) y con eso se hacen

    perdonar la agitación incómoda y el traslúcido

    vacío interior que los vuelve tan pobres y necesitados

    de emitir sonidos absurdos y agónicos: deseo, amor, celos

    (¿qué sabemos nosotras?), sonidos que se quiebran y caen en el campo

    como piedras afligidas y queman el pasto y el agua,

    y es difícil, después de esto, rumiarnos nuestra verdad.

    2 min
  • El conejito nos da una lección de eternidad (Mary Ruefle)

    Somos un pueblo triste, sin sombreros.

    La historia de nuestra nación es trágicamente benigna.

    Nos gusta mirar cómo cogen los conejos en el cementerio.

    Le tenemos cariño al conejito de la oreja doblada

    que está ahí parado solo, a la luz de la luna,

    leyendo el poco texto de las lápidas.

    Parece muy deseable en esa situación.

    Parece el centro del universo.

    Miren cómo mueve la boca articulando las palabras,

    mientras los otros están ocupados haciendo más como él.

    Pronto la mayoría le va a pedir que les escriba cartas

    de amor, y él va a cumplir, en el idioma

    de nuestros antepasados, esas pobres nubes en el suelo,

    tan caras a nosotros, que hace horas que estamos acá parados,

    un pueblo orgulloso, después de todo.

    1 min

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