Páginas Oscuras

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By Javier MatesanzArtsBooks
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Páginas Oscuras episodes

  • #275 Veneno de Katherine Mansfield
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    Veneno (Poison) es un relato de terror de la escritora neozelandesa Katherine Mansfield (1888-1923), compuesto en 1920 y publicado de manera póstuma en la antología de 1924: Algo infantil y otras historias (Something Childish and Other Stories).
    Veneno, uno de los mejores relatos de Katherine Mansfield, prescinde de los elementos típicos del cuento fantástico, de lo sobrenatural, para lograr una atmósfera verdaderamente inquietante y un desenlace a la altura de la exquisita sutileza a la que nos tiene acostumbrados esta notable autora.
    Podemos pensar que Veneno de Katherine Mansfield es, después de todo, un relato psicológico a lo largo los personajes principales solo brindan ligeros indicios, rastros exiguos, de lo que se avecina en los últimos párrafos.
    Análisis de: El Espejo Gótico
    http://elespejogotico.blogspot.com/2009/08/veneno-katherine-mansfield.html
    Texto del relato extraído de:
    http://elespejogotico.blogspot.com/2009/08/veneno-katherine-mansfield.html
    Musicas:
    - 01. Mind Tricks - Experia (Epidemic)
    Nota: Este audio no se realiza con fines comerciales ni lucrativos. Es de difusión enteramente gratuita e intenta dar a conocer tanto a los escritores de los relatos y cuentos como a los autores de las músicas.
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    20 min
  • #274 La silla de ruedas de E. F. Benson
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    La silla de ruedas (The Bath-Chair) es un relato de fantasmas del escritor inglés E.F. Benson (1867-1940), publicado en la antología de 1934: Más historias de fantasmas (More Spook Stories).
    La silla de ruedas, acaso uno de los mejores cuentos de E.F. Benson, relata la historia de Alice Faraday, una mujer condenada a cuidar a su hermano, a quien detesta profundamente, a tal punto que conspira contra él con la ayuda de un siniestro colaborador: su padre, ya muerto, en lo que bien podríamos denominar un intento de asesinato sobrenatural.
    Las mujeres rara vez aparecen como los personajes principales en los relatos de terror de E.F. Benson, y, cuando lo hacen, sus intenciones son más bien diabólicas. Alice Faraday es un ejemplo claro de esa aversión —o miedo— subyacente por la mujer. En cierto modo, Alice nos recuerda a la Señora Amworth (Mrs Amworth), que también vampiriza a sus víctimas, aunque de un modo más relacionado con lo fantástico.
    Más allá de estos detalles, La silla de ruedas es un notable relato psicológico que pone de manifiesto la feroz rivalidad entre dos hermanos que, en definitiva, cultivan el mismo deseo patricida reprimido.
    Análisis de: El Espejo Gótico
    http://elespejogotico.blogspot.com/2010/04/la-silla-de-ruedas-ef-benson.html
    Texto del relato extraído de:
    http://elespejogotico.blogspot.com/2010/04/la-silla-de-ruedas-ef-benson.html
    Musicas:
    - 01. Mind Tricks - Experia (Epidemic)
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    53 min
  • #273 La casa de los muertos vivientes de Harold War
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    La Casa de los Muertos Vivientes (The House of the Living Dead) es un relato de terror del escritor norteamericano Harold Ward (1879-1950), publicado en la edición de marzo de 1932 de la revista Weird Tales.
    La Casa de los Muertos Vivientes, tal vez uno de los cuentos de Harold Ward más extraños, relata la historia de un detective privado que investiga las extrañas actividades del doctor Darius Lessman, un científico que ha redescubierto una antigua fórmula egipcia para transferir su alma, y la de sus víctimas, en cualquier otro cuerpo, vivo o muerto.
    SPOILERS.
    ¡Cadáveres vivientes! ¡Hombres y mujeres arrancados de la tumba, supurando de sus mohosos sepulcros, hablando, riendo, bailando, respirando, celebrando un jubileo infernal!
    Así comienza La Casa de los Muertos Vivientes. Harold Ward de algún modo logra mantener este tono casi histérico durante un considerable número de páginas. Aquí, el doctor Darius Lessman, verdadero arquetipo del científico loco, asesina a varias personas y transfiere sus mentes a otros tantos cadáveres con el propósito de reanimarlos. Afortunadamente, el investigador Ada Rider decide poner fin a estos macabros experimentos (ver: «In Articulo Mortis»: Poe, Lovecraft y algunas opciones para retrasar la muerte)
    La Casa de los Muertos Vivientes de Harold Ward no ahorra recursos grotescos: casas decrépitas, cementerios, exhumaciones a la luz de la luna, momias egipcias y cadáveres bailando al ritmo de Betty Coed en la radio (ver: Zombis: la clase baja en la sociedad de los monstruos). En muchos sentidos, es un relato tan exagerado que resulta deliciosamente entretenido.
    Probablemente uno de los puntos más interesantes de La Casa de los Muertos Vivientes es esta noción de que la mente, atada al alma, existe intependientemente de su soporte orgánico, y que puede transferirse hacia otros cuerpos. Harold Ward emplea este recurso incluso entre géneros, algo seguramente polémico para la época. El doctor Lessmann, en su desquiciada repartija de transferencias, proyecta la mente y el alma del protagonista, un duro detective privado, en el cuerpo de una mujer, quien además es una reconocida masoquista (ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror)
    La Casa de los Muertos Vivientes de Harold Ward es, decíamos, un relato exagerado, tanto que no puede tomarse como otra cosa que un intento de explorar los principales motivos del relato pulp con algo de humor. En ese territorio, y solo en ese, tiene éxito.
    Análisis de: El Espejo Gótico
    http://elespejogotico.blogspot.com/2020/10/la-casa-de-los-muertos-vivientes-harold.html
    Texto del relato extraído de:
    http://elespejogotico.blogspot.com/2020/10/la-casa-de-los-muertos-vivientes-harold.html
    Musicas:
    - 01. Mind Tricks - Experia (Epidemic)
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    1 hr 31 min
  • #272 Una noche blanca de Charlotte Mew
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    Una noche blanca (A White Night) es un relato gótico de la escritora inglesa Charlotte Mew (1869-1928), publicado originalmente en la dición de mayo de 1903 de la revista Temple Bar.
    Una noche blanca, uno de los mejores cuentos de Charlotte Mew, relata la historia de tres ingleses: Cameron y Ella [hermanos] y King [esposo de Ella], quienes visitan una aldea rural de Andalucía, España, en la primavera de 1876. El énfasis incial se pone sobre Ella, quien muestra una gran fortaleza física para aceptar «cualquier cosa que sucediera, desde la suciedad hasta el peligro». El día del «incidente», el grupo tiene una jornada de viaje agotadora por una «carretera blanca y recta», hasta que llegan a una posada en un pueblo remoto. A pesar de su fatiga, Ella incita a sus compañeros a dar un paseo lejos del pueblo. Pronto se topan con una antigua iglesia y un convento a la «sombra de una colina»:
    «La gran estructura gris era impresionante por su soledad, su negación rotunda del mundo exterior, su desapego inexpresivo.»
    Buscando refugio ingresan «en un pequeño claustro» al final del cual encuentran una puerta abierta. El lugar está iluminado por la luz mortecina de una ventana. Al intentar salir se dan cuenta que la puerta está cerrada y, después de considerar varios métodos de escape, se disponen a esperar hasta la mañana para ser rescatados por el sacristán. La completa quietud, oscuridad y silencio de la capilla los oprime:
    «La quietud se volvió insistente; era literalmente mortal, rígida, excluyente, incluso terriblemente remota. Nos excluía y nos mantenía apartados; nuestras presencias pasivas, nuestra mera vitalidad, parecían casi una perturbación.»
    Alrededor de la medianoche, el intranquilo descanso del grupo se ve perturbado por «una nota penetrante e intermitente», un grito, seguido del cántico de una procesión. Son unos «cincuenta o sesenta monjes» comprometidos en una ceremonia, un ritual, que culmina con el entierro de una mujer [viva] bajo una losa ante el altar.
    Cameron, quien narra esta historia, no interviene, e impide activamente que King lo haga bajo el pretexto de que ellos también están en peligro, aunque en realidad es presa de una fascinación morbosa [ver: La atracción por lo macabro]. Cuando los monjes abandonan la iglesia los tres intentan encontrar la losa en la oscuridad, pero al amanecer se dan cuenta que sus esfuerzos han sido inútiles: han encontrado la losa pero no pueden levantarla y abandonan la iglesia.
    El grupo denuncia el episodio al cónsul británico, quien sólo se encoge de hombros. Les sugiere abandonar España en las próximas horas. Cameron señala, como comentario final, que este episodio todavía atormenta los sueños de Ella y que ella nunca lo ha perdonado. Lo cierto es que Cameron está conmovido por el ritual; sin embargo, hay algo en el comportamiento de la mujer sacrificada que le hace sentir que salvarla estaría mal. «Ella tenía un papel que desempeñar», y continúa describiendo con una especie de éxtasis la expresión inescrutable de su rostro:
    «Vi su cara. Era de una belleza sorprendente, pero, ¿cuál era su edad? No se podría decir. Tenía los tintes, la pureza de la juventud... de no ser por un velo de fina represión que sólo los años podrían haber tejido. Y era en sí mismo —ese rostro— una máscara, una de las más hermosas máscaras que el espíritu jamás haya usado. ¿Esas facciones ardieron de pasión? ¿Se contrajeron de pena? ¿Acaso sonrió?»
    Al menos para Cameron, el rostro de la mujer posee agencia propia; es independiente de su cuerpo [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]. No la ve como una víctima, a pesar de que ella misma ha entrado a la iglesia gritando. Cameron observa [no está claro con qué autoridad] que estos gritos desgarradores son simples reflejos instintivos, mientras que su rostro impasible es la verdadera clave de su estado emocional:
    «Ella yace ahora en el mismo centro del santuario: tiene un lugar exclusivamente sagrado para su orden, las tradiciones de su especie. Fue este honor, que satisfacía algún orgullo de espíritu o de raza, lo que la ayudó a salir honorablemente.»
    Es decir que, para Cameron, la mujer no fue sacrificada contra su voluntad; ella misma lo consideraba un «honor» que «satisfacía algún orgullo de espíritu o de raza». Sus clamores desesperados son parte de su desempeño en el ritual. Esto la convierte en la verdadera protagonista de Una noche blanca, o al menos el único personaje indivualizado. Los monjes, en cambio, no son tratados como individuos sino como una entidad confusa e indistinta. Solo obtenemos diferencias superficiales entre ellos, pero sus personalidades están ausentes, se vuelven insignificantes porque son una multitud:
    «Algunos de los rostros tocaban la divinidad, otros caían por debajo de la humanidad; algunos eran simplemente una mancha de libro y una campana, y todos estaban impasibles hacia la mujer que estaba de pie. Y entonces se perdía el sentido de su diversidad en su semejanza; la similitud persistió hasta que la hilera de rostros pareció fusionarse en uno solo (un rostro sin nada de humano), en un sistema, en una regla. Se cerraron sobre la mujer, se sentía su fuerza: no eran manos de hombres.»
    Charlotte Mew urde en esta escena una brillante representación de un sistema [que hoy llamaríamos patriarcado] cuyos engranajes están compuestos por gente común, personas que no son «ni santos ni demonios». Ningún monje coloca a la mujer en la tumba; ella entra y se acuesta, pero esos rostros impersonales han creado la atmósfera para que la mujer pueda hacerse eso a sí misma. No se trata de un sistema opresivo tradicional que actúa bajo la amenaza de un castigo, sino más bien de una estructura que obliga a que las personas actúen contra sus propios intereses.
    King, el marido de Ella, se siente impulsado a ayudar a la mujer, y podría haber sido el héroe de esta historia, pero Cameron lo detiene. Este último percibe únicamente el lado simbólico de la experiencia, la considera «un crimen bastante espléndido». Sólo Ella sigue atormentada por el episodio, algo que Cameron, sugiere, se debe a su irracionalidad femenina:
    «Ella se niega a admitir que, después de todo, lo que uno se complace en llamar realidad es simplemente la intensidad de su ilusión».
    Cameron, como representante de la masculinidad, puede darse el lujo de creer que la realidad es una ilusión, porque en muchos sentidos lo es para él. La mujer en el altar no puede permitirse estas reflexiones filosóficas porque la realidad cae sobre ella con todo su peso.
    Charlotte Mew establece un espectáculo central que, en apariencia, separa la razón de la irracionalidad, lo civilizado de lo bárbaro; pero en realidad es una especie de teatro macabro que concede deleite y gratificación a los observadores, mientras que sus participantes sólo experimentan horror. Para deleitarse con el ritual, Cameron debe cubrir todo el asunto bajo el manto de lo exótico, debe convencerse de que la mujer está actuando «honorablemente», de lo contrario él mismo se transformaría en un voyeurista perverso. Su hermana, Ella, se resiente porque descubre que la mujer sacrificada fue apenas un «espectáculo» para él, y Cameron acepta esto explícitamente. Encuentra belleza y «arte» en la experiencia del mismo modo en que Edgar Allan Poe consideraba que el motivo más sublime del arte es la muerte de una mujer hermosa [ver: Mi esposa nigromante: análisis de «Ligeia»]
    Charlotte Mew nos obliga a observar todo a través de la mirada de Cameron, quien no es un observador pasivo, sino que participa del ritual al impedir que King y Ella puedan hacer algo al respecto. Al narrar este demencial sacrificio, elige mantenerse ajeno a las implicaciones más amplias del «espectáculo»; y al observar el asesinato está desprovisto de sentimientos básicos. Para deleitarse, necesita ver e interpretar los acontecimientos sin compasión. De ese modo la mujer es «arte», no un ser humano vivo.
    Se entiende que el narrador de Una noche blanca es Cameron, quien abre el primer párrafo. Lo que sigue a continuación se acepta como una continuación del discurso inicial de Cameron, pero esto no es así. Un «Yo» no identificado emerge después de la introducción y asegura haber transcripto fielmente el relato de Cameron:
    «Yo lo escribí la noche que me lo contó y, gracias a un truco de precisión, creo que tienes en tus manos la historia tal como la escuché, casi palabra por palabra.»
    Este escriba anónimo no desarrolla la historia en tercera persona, sino que [«gracias a un truco de precisión»] repite la historia tal como la escuchó de Cameron [«casi palabra por palabra»]. Por alguna razón, los acontecimientos de Una noche blanca hacen que uno olvide esta ironía inicial y confíe en la autoridad narrativa de Cameron, cuando en realidad toda la historia depende de este «truco de precisión» no especificado. No estamos leyendo la interpretación de Cameron de lo que pasó aquella noche en el claustro, sino la reinterpretación de un tercero. De hecho, el propio Cameron reconoce la inutilidad de la narrativa como medio para expresar lo que ha ocurrido [«El incidente... se estropea inevitablemente al contarlo»]. Para salvar esta distancia entre el hecho y su relato, Cameron asegura que la muerte de la mujer fue un «asunto medieval». Es decir, intenta que el lector no juzgue con ojos actuales [1876], sino que «retroceda algunos siglos» para que este horror «adquiera el significado apropiado».
    Una noche blanca está impregnado de esta especie de conciencia de la imposibilidad: Cameron no puede contar lo que ocurrió sin «estropearlo»; el escriba no puede transcribir esta narración imperfecta [lo hace «casi» palabra por palabra]; Cameron no intercede para impedir que los monjes entierren viva a la mujer, y todo esto es precedido por la admisión de que el «significado» del texto solo es accesible a través de su objetivación. Al final de Una noche blanca, Cameron reconoce que los acontecimientos de la historia requieren que se los reconstruya en la imaginación.
    Charlotte Mew juega con esta imposibilidad para narrar los acontecimientos, no porque estos no tengan sentido sino porque surgen de un sistema de creencias [la España rural del siglo XIX] ajeno al de quienes se proponen representarlos [la Inglaterra victoriana]. Cameron, King y Ella son «turistas concienzudos», poseen un conocimiento muy rudimentario de la lengua y la cultura españolas. Por ejemplo, cuando Ella intenta hablar con el posadero: «la conversación, decididamente marcada por elogios por su parte, por parte de ella quedó un poco embotada por un vocabulario limitado, y nos dejó a ambos presumiendo un margen para la imaginación». La posterior descripción del ritual sigue esta misma premisa: imaginar para llenar los baches y de este modo asegurarse una forma provisional de comprensión.
    El significado del ritual nunca se revela. No sabemos porqué la mujer es enterrada viva, pero evidentemente los perpetradores no son un grupo marginal de la sociedad; son monjes y sacerdotes. El hecho de que la iglesia esté situada junto a un convento podría sugerir que la mujer enterrada es una monja o una novicia. Charlotte Mew no proporciona ningún indicio adicional, pero es lícito suponer que si se necesita una mujer, preferente virgen, para llevar a cabo un sacrificio, el convento vecino es una buena opción para conseguirla.
    Si este fuese un cuento de M.R. James, la mujer habría sido encerrada en la tumba para alimentar a algún vampiro o demonio en las catacumbas de la iglesia; de hecho, podemos pensar que «la sombra de una sonrisa» en los labios de la mujer [a punto de ser enterrada viva] podría revelar que ella tiene sus propios planes. Su vestido blanco, su velo que recuerda a una novia, su aceptación de la muerte, su carácter inescrutable para los hombres, la «plena posesión de sí misma», sugieren que es algo más que una víctima pasiva. Cameron nota que su «presencia», «su perturbación», no dejan «huella» en los monjes; es decir, ninguno reacciona ante sus gritos. «Para ellos, de hecho, ella no estaba». Lo curioso es que la mujer también parece extrañamente inconsciente de quienes la rodean. Sus gritos y sus movimientos parecen «mecánicos», como si fuese una puesta en escena. Para Cameron, la mujer «no era del todo real, no vivía del todo y, sin embargo, su presencia allí era la realidad suprema».
    Análisis de: El Espejo Gótico
    http://elespejogotico.blogspot.com/2024/01/una-noche-blanca-charlotte-mew-relato-y.html
    Texto del relato extraído de:
    http://elespejogotico.blogspot.com/2024/01/una-noche-blanca-charlotte-mew-relato-y.html
    Musicas:
    - 01. Mind Tricks - Experia (Epidemic)
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    54 min
  • #271 Mansión Parásito de Mary Elisabeth Counselman
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    Mansión Parásito es un relato de terror de la escritora norteamericana Mary Elizabeth Counselman (1911-1995), publicado originalmente en la edición de enero de 1942 en la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1972: A medias en las sombras.
    Mansión Parásito, relata la historia de Marcia Trent, una joven estudiante de psiquiatría que es encerrada en una vieja mansión del sur de los Estados Unidos por una familia con severos problemas, entre ellos, una misteriosa entidad parasitaria que se alimenta de las mujeres más jóvenes de la familia.
    SPOILERS.
    Mansión Parásito de Mary Elizabeth Counselman nos introduce en el sur profundo de los Estados Unidos, lleno de supersticiones y antiguas mansiones decadentes. Allí, Marcia Trent es retenida contra su voluntad, por temor a que divulgue los secretos de la familia Mason, pero en su estadía la joven comienza a investigar la naturaleza de este poltergeist, de esta oscura entidad que parece pegarse a las mujeres más jóvenes de la familia, produciéndoles dolorosos estigmas y extraños fenómenos paranormales.
    Inspirada en la tradición del Gótico Sureño, Mansión Parásito de Mary Elizabeth Counselman desarrolla, en paralelo, la decadencia de la familia Mason y la presencia de este ser sobrenatural, en apariencia, que se adhiere a las descendientes más jóvenes. En este contexto, Marcia Trent utiliza el pensamiento lógico, la ciencia, para develar un misterio que viene atormentando a los Mason durante varias generaciones.
    Ciertamente hay una crítica a las supersticiones sureñas, capaces de admitir la presencia de seres sobrenaturales sin demasiados cuestionamientos, en contraste con la mentalidad lúcida y racional de Marcia, que representa a una sociedad más avanzada luchando en el mismo seno de tradiciones contrarias al pensamiento racional: la Mansión Mason.
    Mansión Parásito de Mary Elizabeth Counselman posee un interesante desarrollo, un argumento sólido, pero finalmente descree de sí mismo, esencialmente de la posibilidad de que existan casas embrujadas (ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer) y elige en cambio resolver el misterio de un modo torpe, incluso precipitado, pero de acuerdo a los parámetros de cierta lógica. Si bien hay una explicación racional para el misterio de la entidad, no todos los elementos sobrenaturales son descartados.
    Personalmente, creo que el recorrido de Mansión Parásito de Mary Elizabeth Counselman vale la pena, a pesar de que su conclusión no sea en absoluto feliz. Hay muchos matices a lo largo de la historia que resultan sumamente interesantes, como la ambientación de este sur profundo, casi profano, y la atmósfera de decadencia en aquella vieja mansión familiar.
    Análisis de: El Espejo Gótico
    http://elespejogotico.blogspot.com/2020/06/mansion-parasito-mary-elizabeth.html
    Texto del relato extraído de:
    http://elespejogotico.blogspot.com/2020/06/mansion-parasito-mary-elizabeth.html
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    1 hr 28 min
  • #270 El Campanario del murciélago de August Derleth
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    El Campanario del Murciélago (Bat's Belfry) es un relato de vampiros del escritor norteamericano August Derleth (1909-1971), publicado originalmente en la edición de mayo de 1926 en la revista Weird Tales.
    El Campanario del Murciélago, uno de los primeros cuentos de August Derleth, relata la historia de un caballero recién instalado en su nueva propiedad, conocida como El Campanario del Murciélago. Los lugareños susurran misteriosas historias sobre el lugar, al que consideran maldito. Se dice que su antiguo propietario, el lascivo Baronet Lohrville, era en realidad un vampiro, y que en los sótanos de la vieja mansión se encuentra su guarida (ver: El Horror siempre viene desde el Sótano). También se han producido varias desapariciones de niños en la zona.
    SPOILERS.
    El Campanario del Murciélago de August Derleth es claramente un homenaje al Drácula de Bram Stoker. No solo se menciona directamente al libro —una copia de la novela es encontrada por el protagonista—, sino que la estructura del cuento, básicamente constituido por una serie de cartas y anotaciones, busca imitar el estilo y la atmósfera de la novela de Stoker. Este dispositivo, además, permite al lector una identificación más cercana con el protagonista.
    Ciertamente hay vampiros en El Campanario del Murciélago. Cinco, al menos. Un líder, el Baronet Lohrville; y cuatro vampiresas —cuatro, tal vez, para no imitar del todo a las tres novias de Drácula—. El modelo, de todos modos, es casi idéntico al de Stoker: un vampiro antiguo, perteneciente a la nobleza, acompañado por un harem de hermosas y seductoras vampiresas. Claro, aquí es un barón, no un conde, pero no es improbable que August Derleth estuviese al tanto de la posibilidad de que el conde Drácula haya estado inspirado en un barón (ver: el Barón de Gortz: el vampiro que inspiró al «Drácula» de Bram Stroker).
    Estos vampiros de August Derleth son más etéreos que Drácula, es decir, menos consistentes en términos físicos, pero con hábitos similares. No comparten las grandes ambiciones del conde, como invadir la ciudad de Londres (ver: ¿Drácula era menos inteligente de lo que creíamos?), sino que se conforman con alimentarse de los ocupantes ocasionales de la mansión y, de vez en cuando, llevarse algún niño de la zona.
    Es importante mencionar que El Campanario del Murciélago fue escrito cuando August Derleth tenía apenas 15 años, y publicado cuando cumplió los 17. De hecho, fue su primera historia publicada en Weird Tales. En cierto modo, parece ser la respuesta de un adolescente fascinado con el Drácula de Stoker.
    Sin embargo, hay algunas diferencias sustanciales entre los vampiros de August Derleth y los de Stoker. Estos, por ejemplo, responden a las arcanas leyes del ocultismo, es decir, pueden ser invocados y, en menor medida, controlados por un nigromante. Lamentablemente, el protagonista de El Campanario del Murciélago no parece ser un experto en la materia.
    El Campanario del Murciélago de August Derleth es un relato de vampiros tradicional, pero que debería abordarse con algunas consideraciones. Después de todo, fue escrito por un muchacho de 15 años, y sería injusto exigirle el más alto grado de excelencia a la hora de evaluarlo.
    Análisis de: El Espejo Gótico
    http://elespejogotico.blogspot.com/2020/05/el-campanario-del-murcielago-august.html
    Texto del relato extraído de:
    http://elespejogotico.blogspot.com/2020/05/el-campanario-del-murcielago-august.html
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    28 min
  • #269 El ídalo de las moscas de Jane Rice
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    El Ídolo de las Moscas (The Idol of the Flies) es un relato de terror de la escritora norteamericana Jane Rice (1913-2003), publicado originalmente en la edición de junio de 1942 de la revista Unknown Worlds, y luego reeditado por Alfred Hitchcock en la antología de: Historias que mi madre nunca me contó (Stories My Mother Never Told Me).
    El Ídolo de las Moscas, sin lugar a dudas uno de los mejores cuentos de Jane Rice, relata la historia de Pruitt, un niño malcriado que tiene el pernicioso hábito de invocar regularmente a Asmodeo.
    SPOILERS.
    Si existiera un subgénero del terror dedicado exclusivamente a los niños malignos, Pruitt, el protagonista de El Ídolo de las Moscas de Jane Rice, sería el más demoníaco de todos.
    Pruitt es un niño huérfano que vive con su tía, enferma y extremadamente ingenua. Su tutora, la señorita Bittner, tiene algunos problemas de audición, y un miedo mortal a las moscas. El chico, hay que decirlo con claridad, es un pequeño monstruo, vicioso y sádico. Entre sus actividades preferidas está la tortura de animales, como empalar pequeños lagartos y arrancarle las alas a las moscas para luego agregarlas a la limonada de la señorita Bittner. Entre otras simpáticas bromas juveniles, le rompe la espalda a la cocinera, colocando una cuerda en la escalera del sótano, e intenta asfixiar a su tía colocando cáscaras de nuez en la preparación de sus galletas favoritas. Ciertamente es eficaz a la hora de planear sus tropelías. Muy eficaz; de hecho, ha planeado tan cuidadosamente el asesinato de sus padres que nadie ha sospechado de él.
    Ahora bien, Pruitt ha creado una especie de culto exclusivo al mal, representado en una estatuilla con forma de mosca, a la cual le reza diariamente. Esta entidad, el Ídolo de las Moscas, al parecer responde a esa adoración ayudándolo en sus diabólicos planes. No obstante, cada vez que le reza a la estatuilla, Pruitt entra en una especie de trance, de ensueño, donde intenta atrapar unas criaturas oníricas con forma de renacuajo (ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción). Y un día lo hace. Entonces se nos revela que el culto infantil al Ídolo de las Moscas ha despertado la atención de Belcebú, el señor de las moscas.
    Pruitt y las moscas que adora destruyen el equilibrio ecológico del hogar. En efecto, la presencia intrusiva y violenta de Pruitt no solo evidencia el nacimiento de un joven psicópata emergente que usa moscas para aterrorizar a las mujeres en el hogar, sino de la ausencia de herramientas en los adultos para enfrentarse al mal cuando su intérprete es un niño (ver: Horror Doméstico: cuando lo desconocido se cuela por las grietas de lo cotidiano)
    En cierto modo, El Ídolo de las Moscas de Jane Rice es una inversión del relato clásico de Saki: Srendi Vashtar (Srendi Vashtar), donde un niño frágil y sensible crea una religión personal para escapar del dominio de su tía solterona. Aquí, Pruitt no es exactamente un amante de los animales ni es frágil. Su religión personal no se centra en un hurón cautivo, sino en un fetiche hecho de cera y alquitrán que mantiene escondido en un cobertizo, y su crueldad se extiende a los humanos que trabajan para su rica pero débil tía. Los actos de Pruitt son tan aberrantes que incluso ofenden a la entidad demoníaca que adora intuitivamente, y es destruido por ella, con la colaboración de los insectos y otras pequeñas criaturas que ha estado torturando.
    La maldad de Pruitt no parece tener causa. En cierto punto imaginamos que sus actos constituyen un exagerado acto de rebeldía por la muerte de sus padres, pero luego nos enteramos que él mismo ha sido la causa de su muerte. Este es, quizás, el aspecto más interesante de El Ídolo de las Moscas: la posibilidad de que un niño esté genéticamente predestinado a convertirse en un psicópata. En contraste, los adultos que conforman el mundo de Pruitt parecen estar ciegos ante esas tendencias. Bueno, no todos. La cocinera y el jorobado saben perfectamente de lo que es capaz. Ambos extremos, el mal y la inocencia, parecen necesitarse mutuamente para existir.
    Por momentos, la prosa de Jane Rice es cruda y sofisticada al mismo tiempo, y esa combinación funciona a la perfección. Cuando uno se va acostumbrando a su estilo, de repente irrumpen párrafos extraordinarios que cortan la respiración, y que en cierta forma cierran los presagios que la autora ha dejado ocultos aquí y allí: la artimaña con la limonada, las reflexiones de la señora Bittner, las cáscaras en las galletas, la muerte de los padres de Pruitt, la trampa para la cocinera. Jane Rice deja un rastro de migas que permite que la realización de cada pequeño crimen de Pruitt tenga mayor impacto.
    Lo que eleva al El Ídolo de las Moscas por encima de todo eso, sin embargo, es el ritual imaginario de Pruitt, el cual termina invocando a Asmodeo durante este trance, este estado de ensoñación, que Pruitt llama tiempo de no pensar. La naturaleza viscosa y sensible de los pensamientos que Pruitt ve en sus sueños representados como renacuajos, y sus esfuerzos por capturar uno, son elementos profundamente significativos. Todavía no estoy seguro de qué hacer con ellos. Parecen una contribución tan original que me pregunto si Jane Rice no los tomó de su experiencia personal (ver: Los sueños como subrutinas del subconsciente en la ficción)
    No sabemos si estas entidades son el producto conciente de Pruitt o una especie de artimaña de Asmodeo para atraer al niño hacia lo más profundo de su psique. A propósito, también es interesante la versión de Asmodeo [aquí es un epíteto de Belcebú] que presenta Jane Rice, la cual es simplemente aterradora, lejos del estereotipo del demonio que busca hacer tratos a cambio de minucias (ver: El libro de Azathoth: ¿los pactos de sangre son una muestra de ADN para los Antiguos?)
    También podemos pensar que la psicopatía de Pruitt, la cual toma la forma de un culto satánico personal, en cierto modo es estimulada por el negacionismo de los adultos. O más aun, que la fobia a las moscas de la señorita Pruitt eventualmente tuvo un efecto catalizador en el chico. ¿El miedo de una persona [en este caso, a las moscas] puede desencadenar [o enfocar] las habilidades sobrenaturales de otra en función de esos miedos? Es una interpretación provocativa, sin dudas. Hay cosas en el mundo que no son evidentes para la observación cotidiana, pero ciertas circunstancias quizás pueden activar el potencial latente en ciertas personas. A su vez, este potencial podría verse afectado por las motivaciones e intenciones individuales, en este caso, por la psicopatía de Pruitt.
    El mundo que Jane Rice insinúa en El Ídolo de las Moscas es más interesante que la historia que se desarrolla en él. En definitiva, Pruitt es un psicópata que se destruye a sí mismo al derrochar poderes que no comprende, que bien pueden ser sobrenaturales como parte de su psique retorcida, tal es así que su muerte resulta casi reconfortante. Pero la visión del mundo que revela El Ídolo de las Moscas es mucho menos tranquilizadora. Algunos de los actos malignos de Pruitt pueden explicarse sin recurrir a lo sobrenatural [la muerte de sus padres, la caída de la cocinera], pero otros no: la tutora rompiendo su audífono, la invasión de moscas al final, la misteriosa cita sobre Belcebú en el libro que la señorita Bittner está leyendo.
    John W. Campbell, quien es conocido por impulsar la carrera de autores como Isaac Asimov, Robert A. Heinlein y Theodore Sturgeon, entre otros, consideraba a Jane Rice la mayor estrella de Unknown Worlds, y elogiaba su prosa con entusiasmo. Desde aquí, en El Espejo Gótico, suscribimos esa opinión, y también lamentamos que, al menos por ahora, solo hayamos traducido dos relatos de Jane Rice: El Ídolo de las Moscas y El refugiado (The Refugee).
    Análisis de: El Espejo Gótico
    http://elespejogotico.blogspot.com/2021/04/el-idolo-de-las-moscas-jane-rice-relato.html
    Texto del relato extraído de:
    http://elespejogotico.blogspot.com/2021/04/el-idolo-de-las-moscas-jane-rice-relato.html
    Musicas:
    - 01. Mind Tricks - Experia (Epidemic)
    Nota: Este audio no se realiza con fines comerciales ni lucrativos. Es de difusión enteramente gratuita e intenta dar a conocer tanto a los escritores de los relatos y cuentos como a los autores de las músicas.
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    1 hr 5 min
  • #269 Cuentos de Navidad y Año Nuevo de Emilia Pardo Bazan
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    La Navidad, siempre ha inspirado relatos magníficos, y son muchos los grandes escritores que se han acercado a ella. En esta antología se refleja la alegría, el sentido de comunidad, la excitación espiritual, la oportunidad de cambio, los deseos, la nostalgia e incluso el rechazo que estas fechas despiertan en muchos de nosotros, porque, si bien es cierto que la tradición invita a los buenos sentimientos, no lo es menos que se presta a una variedad sorprendente de estilos y de tonos: no faltan aquí ni el humor, ni la oscuridad, ni la crítica social, ni la fantasía, ni la tragedia...
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    1 hr 12 min
  • #268 La muerte de un dios de Henry S. Whitehead
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    La muerte de un dios (Passing of a God) es un relato de terror del escritor norteamericano Henry S. Whitehead (1882-1932), publicado originalmente en la edición de enero de 1931 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1944: Jumbee y otros relatos de vudú (Jumbee and Other Uncanny Tales).
    La muerte de un dios, quizás uno de los mejores cuentos de Henry S. Whitehead, relata la historia de Arthur Carswell y su extraño tumor, el cual parece animado por una inteligencia autónoma, diabólica, un antiguo dios Vudú que ansía adoración (ver: Relatos de terror de Vudú).
    SPOILERS.
    H.P. Lovecraft, en su ensayo: El horror sobrenatural en la literatura, consideró que La muerte de un dios de Henry S. Whitehead quizás representaba la cima de su genio creativo. El relato presenta una serie de temas recurrentes en el autor: el encuentro con creencias sobrenaturales de una cultura diferente, la cultura Vudú. De hecho, solo en 1931, Henry S. Whitehead publicó seis historias relacionadas con las prácticas del Vudú, y esta en particular es la más original de todas (ver: Zombis: la clase baja en la sociedad de los monstruos).
    Una lectura despojada de la tradición Vudú nos obligaría a situar La muerte de un dios como la historia de un Homúnculo que, de alguna forma, se aloja y anima el tumor de un hombre (ver: Paracelso y un manual para crear homúnculos). Sin embargo, el relato es demasiado grotesco como para extirparlo de su contexto, el cual le otorga, a la vez, un color local singular, pero también una preocupación más universal.
    Gerald Canevin es el narrador, tal como lo es en muchos relatos de Henry S. Whitehead. En cierto modo, es un alter ego del autor, y cumple una función análoga a la de Randolph Carter en las historias de Lovecraft. Esencialmente es el encargado de unir los puntos para el lector, ya que es una fuente inagotable de conocimientos sobre el Vudú; algo muy útil, por cierto, ya que a menudo traduce términos y conceptos que de otro modo nos obligarían a recurrir a una enciclopedia; o como en el caso de Pelletier, menos informado, a La isla mágica (The Magic Isle) de William Seabrook.
    La mayor parte de La muerte de un dios es una conversación entre Canevin y su amigo, el doctor Pelletier. Canevin debe alentar repetidamente a su amigo a contar toda la historia, ya que él, y presumiblemente el lector, están impacientes por escuchar más. Pero Pelletier está extrañamente indeciso. En términos clínicos, el médico comienza a describir lo que encontró durante una cirugía realizada a un sujeto llamado Carswell. El propósito de la intervención era extirpar un tumor grande, aparentemente benigno, del abdomen del paciente. En este contexto, Pelletier introduce su propia teoría sobre la naturaleza del cáncer:
    Hay ciertos núcleos, ciertas masas, por así decirlo, de material orgánico, que persisten en ciertas personas, el tipo de persona que es susceptible a esta horrible enfermedad; y que, en el estado prenatal, no se desarrollaron completa o normalmente; quiero decir, pequeños lugares en la estructura corporal que permanecen sin desarrollarse.
    Carswell, aunque norteamericano de nacimiento, se ha vuelto nativo de Haití, convirtiéndose en una figura familiar y popular entre los habitantes locales, especialmente después de un extraño incidente en el que se desmayó frente a su casa, y despertó cubierto de anillos y collares, volviéndose él mismo un objeto adoración ritual. Esto coincide con el inquietante crecimiento de su tumor abdominal, diagnosticado siete años antes como cáncer.
    Durante la cirugía se despeja todo el misterio. En efecto, Carswell tiene un tumor enorme en el abdomen, pero éste parece haber sido ocupado por una inteligencia extraña, una entidad o dios Vudú —¡con ojos, boca y horribles bracitos!—, el cual de algún modo fue detectado por los nativos, quienes empezaron a adorar a Carswell por ser el soporte orgánico de esta repulsiva deidad (ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción)
    La cirugía en la cual se extirpa el tumor es, al mismo tiempo, una especie de cesárea (ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror); tal vez producto de la confraternización del hombre blanco con una cultura afroamericana (sí, la dosis de racismo de Henry S. Whitehead es alta aquí); tal es así que La muerte de un dios puede ser leída como una metáfora sobre los peligros de la integración cultural y racial.
    Más allá de esto, es un relato impactante, y muy bien desarrollado, donde un hombre blanco esencialmente queda embarazado de un símbolo de las creencias de otra cultura, en este caso, la cultura Vudú. Más aun, su enfermedad, su embarazo simbólico en la forma de un tumor antropomorfizado, se agita en su vientre durante muchos años; y aquello que eventualmente lo hubiese matado se transforma en algo vivo, autónomo. Una moraleja involuntaria, sin dudas. Quiero decir, aquello de que el cambio puede ser aterrador, sobre todo cuando se gesta en lo más profundo de nosotros mismos, aunque eventualmente termine en un frasco de formaldehído
    Análisis de: El Espejo Gótico
    http://elespejogotico.blogspot.com/2021/02/la-muerte-de-un-dios-henry-s-whitehead.html
    Texto del relato extraído de:
    http://elespejogotico.blogspot.com/2021/02/la-muerte-de-un-dios-henry-s-whitehead.html
    Musicas:
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  • #267 La Trampa de H. P. Lovercraft y Henry S. Whitehead
    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026!
    La trampa (The Trap) es un relato de terror del escritor norteamericano H.P. Lovecraft, escrito en colaboración con Henry S. Whitehead, publicado en la edición de marzo de 1932 de la revista Strange Tales.
    La trampa, inadvertido por muchos lectores de H.P. Lovecraft, se sumerge de lleno en la mitología nórdica, integrando sus mitos más oscuros al presente inquietante soñado por el genio de Providence. Es curioso notar que La trampa, de hecho, es el único cuento de H.P. Lovecraft en explorar concretamente los abismos de la mitología escandinava.
    Análisis de: El Espejo Gótico
    http://elespejogotico.blogspot.com/2012/01/la-trampa-hp-lovecraft-whitehead.html
    Texto del relato extraído de:
    http://elespejogotico.blogspot.com/2012/01/la-trampa-hp-lovecraft-whitehead.html
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