Vivimos en un mundo que desde el principio lo que hace es dividirse. Es una regla que no falla a lo largo de la historia, el ser humano basta que logre unirse a un grupo de personas para que inevitablemente se divida justo después. Hay problemas, tensiones, diferencias, rivalidades, envidias e incluso los más idealistas, que van a traer finalmente esa nueva humanidad. ¿Cuánto tardan? Apenas un par de años y están ya peleados. Es una ley que se repite una y otra vez. Aquellos que parecen unidos de por vida en un mismo proyecto se ven una y otra vez separados. Toda la esta cultura de la humanidad, esta cultura de Babel que hemos visto en Génesis, ha querido juntarse por medio de la unión y de la asociación para descubrir finalmente que la realidad son sus diferencias. Una y otra vez la humanidad se encuentra dividida. Vemos que son las diferencias de lengua y nación las que dividen una y otra vez a las personas allá donde están. El nacionalismo por ejemplo no es propio de un momento concreto de la historia y se repite constantemente en la historia de la humanidad. La gente tiene que sentirse parte, vinculada a algo o alguien. Ese vínculo que es siempre diferenciador y distinto a los demás, para recibir su propia identidad por medio de su raza, nación o lengua. Y aunque podríamos pensar que esto es algo natural en el hombre, que no hay nada malo en ello, una y otra vez constatamos que esto divide y separa a la humanidad allá donde está. Lo que vamos a ver hoy es que sólo una obra sobrenatural y excepcional puede, desde lo alto, unir realmente a hombres y mujeres de toda lengua, de todo pueblo o nación. Y que el cristianismo no es algo que podamos hacer nosotros sino que hace Dios. Y es porque lo hace Dios, que es lo único que puede unir realmente.... Podcast de Jose de Segovia sobre Hechos de los Apóstoles, Cap. 2 1-21