Conforme a la progresión espiritual que hemos notado, es natural que esta actitud de misericordia sea fruto del hambre y sed de justicia. Esa necesidad espiritual solamente puede ser saciada al entrar en intimidad con Dios mismo. La cercanía a su persona, sin embargo, no solamente sacia las necesidades de nuestra alma, sino que contribuye a que se apodere de nuestro corazón la misma visión que Dios tiene de las personas. Ya no juzgamos con dureza a aquellos que están en situaciones problemáticas, condenándolos porque vemos en sus vidas las claras consecuencias del pecado. Más bien, comenzamos a comprender que son personas atrapadas en un sistema maligno, enceguecidas por las tinieblas de este mundo, que necesitan con desesperación que alguien se les acerque para indicarles el camino hacia la luz y la vida.