El Retorno de los Brujos Louis Pauwels y Jacques Bergier
Cuando estaba cansado de ordenar los datos que la ciencia ha juzgado oportuno suprimir (un
iceberg volante cae en pedazos sobre Ruán, el 5 de julio de 1853. Carracas de viajeros celestes.
Seres alados a 8.000 metros en el cielo de Palermo, el 30 de noviembre de 1880. Ruedas luminosas
en el mar. Lluvias de azufre, de carne. Restos de gigantes en Escocia. Ataúdes de pequeños seres
venidos de otro mundo, en los roquedales de Edimburgo...), cuando estaba fatigado, descansaba su
espíritu jugando, él solo, interminables partidas de superajedrez en un tablero de su invención
compuesto de 1.600 casillas.
Después, un día, Charles Hoy Fort se dio cuenta de que aquella labor formidable no servía para
nada. Inutilizable. Dudosa. Una simple ocupación de hombre maniático. Entrevió que no había
hecho más que patalear en el campo de lo que buscaba oscuramente, que no había hecho nada de lo
que en realidad tenía que hacer. Aquello no era una investigación. Era su caricatura. Y el hombre
que tanto temía el peligro de incendio arrojó al fuego sus cajas y sus fichas.
Acababa de descubrir su verdadero carácter. El maníaco de las realidades singulares era un
fanático de las ideas generales. ¿Qué había empezado a hacer, inconscientemente, en el transcurso
de aquellos años perdidos a medias? Acurrucado en el fondo de su grupo de mariposas y papeles
viejos, se había enfrentado con una de las mayores fuerzas del siglo: el convencimiento que tienen
los hombres civilizados de que saben todo lo del Universo en que viven. ¿Por qué se había ocultado
Charles Hoy Fort, como si se avergonzara de algo? Es que la menor alusión al hecho de que podían
existir en el Universo campos inmensos y desconocidos, turba desagradablemente a los hombres.
Charles Hoy Fort se había conducido, a fin de cuentas, como un erotómano: guardemos en secreto
nuestros vicios, con el fin de que la sociedad no se enfurezca al enterarse de que deja sin cultivar la
mayor parte de los terrenos de la sexualidad. Ahora se trataba de pasar de la manía a la profecía, de
la delectación solitaria a la declaración de principios. Se trataba, en adelante, de hacer obra
verdadera, es decir, revolucionaria.