LAS CIVILIZACIONES DESAPARECIDAS
Donde los autores hacen el retrato del extravagante y maravilloso señor Fort. — El incendio del sanatorio de las coincidencias exageradas. — El señor Fort, presa del conocimiento universal. — Cuarenta mil notas sobre las tempestades de vincapervincas, las lluvias de ranas y los chaparrones de sangre. — El libro de los Condenados. — Un cierto profesor Kreyssler. — Elogio e ilustración del intermediarismo. — El eremita del Bronx o el Rabelais cósmico. — Donde los autores visitan la catedral de San Masallá. —¡Buen provecho, señor Fort!
Había en Nueva York, allá por el año de 1910, en un pisito burgués del Bronx, un buen hombre ni joven ni viejo, que se parecía a una foca tímida. Se llamaba Charles Hoy Fort. Tenía piernas redondas y gordas, vientre y caderas, nada de cuello, cráneo grande y medio desplumado, ancha nariz asiática, gafas de hierro y mostacho a lo Gurdjieff. Se le habría podido tomar también por un profesor menchevique. Apenas salía de casa, como no fuese para ir a la Biblioteca Municipal, donde consultaba una gran cantidad de periódicos, revistas y anales de todos los Estados y de todas las épocas. Alrededor de su buró de persiana, se acumulaban cajas de zapatos vacías y montones de periódicos: el American Almanach de 1833, el London Times de los años 1800-1893, el Anual Record of Science, veinte años de Philosophical Magazine, los Annales de la Société Entomologique de France, la Monthly Weather Review, el Observatory, el Meteorological Journal, etc. Usaba una visera verde, y siempre que su mujer encendía el hornillo para el almuerzo, iba a la cocina para asegurarse de que no se pegara fuego a la casa. Esto era lo único que irritaba a la señora Fort, de soltera Anna Filan, elegida por él por razón a su falta absoluta de curiosidad intelectual, y a la que apreciaba, siendo por ella tiernamente correspondido.
Hasta los treinta y cuatro años, Charles Fort, hijo de unos tenderos de comestibles de Albany, había campeado gracias a un mediocre talento de periodista y a una verdadera habilidad para disecar mariposas. Muertos sus padres y liquidada la tienda, disponía ahora de una renta minúscula que le permitía entregarse exclusivamente a su pasión: la acumulación de notas sobre acontecimientos inverosímiles y, sin embargo, comprobados.
Lluvia roja en Blankenbergue, el 2 de noviembre de 1819; lluvia de barro en Tasmania, el 14 de noviembre de 1902. Copos de nieve grandes como platos de café en Nashville, el 24 de enero de 1891. Lluvia de ranas en Birmingham, el 30 de junio de 1892.