civilización desaparecida, es la transformación del propio alquimista, su ascenso a un estado de conciencia superior. Los resultados materiales son sólo promesas de un resultado último, que es espiritual. Todo tiende a la transmutación del hombre mismo, a su divinización, a su fusión en la energía divina fija, de la cual irradian todas las energías de la materia. La alquimia es la ciencia «con conciencia» de que nos habla Rabelais. Es una ciencia que humaniza más que materializa, según se desprende de las frases del padre Teilhard de Chardin, que decía: «La verdadera física es la que logrará integrar al Hombre total en una representación coherente del mundo.» «Sabed —escribía un maestro alquimista—,[23] sabed todos los investigadores de este Arte, que el Espíritu
Donde vemos a un pequeño judío que prefiere la miel al azúcar. — Donde un alquimista que podría ser el misterioso Fulcanelli habla del peligro atómico en 1937, describe la pila atómica y evoca civilizaciones desaparecidas. — Donde Bergier abre una caja de caudales con soplete y se pasea con una botella, de uranio bajo el brazo. — Donde un comandante americano innominado busca a un Fulcanelli definitivamente desaparecido. — Donde Oppenheimer canta a dúo con un sabio chino de hace mil años.
Era en 1933. El pequeño estudiante judío tenía la nariz puntiaguda y usaba gafas redondas, detrás de las cuales brillaban unos ojos vivos y fríos. En su cráneo redondo raleaba ya una cabellera parecida a un plumero. Un horrible acento, agravado por el tartamudeo, daba a sus frases el tono cómico y confuso de un chapuzón de patos en un estanque. Cuando se le conocía un poco mejor, daba la impresión de que una inteligencia ávida, tensa, sensible y extraordinariamente rápida bullía en el interior de aquel hombrecillo desgarbado, lleno de astucia y de infantil torpeza en el vivir, como un enorme globo rojo sujeto por un hilo a la muñeca de un niño.
—Entonces, ¿quiere usted ser alquimista? —pregunta el venerable profesor al estudiante Jacques Bergier, que, con la cabeza baja, estaba sentado en el borde de un sillón, con una cartera atiborrada de papeles sobre las rodillas.
El venerable era uno de los más grandes químicos franceses.
—No le comprendo, señor —dijo el estudiante, fastidiado.
Tenía una memoria prodigiosa, y recordó haber visto, cuando tenía seis años, un grabado alemán que representaba dos alquimistas trabajando, en medio de un desorden de retortas, tenazas, crisoles y sopletes. Uno de ellos, harapiento y boquiabierto, vigilaba el fuego, mientras el otro, de barba y cabellos alborotados, se rascaba la cabeza, vacilante, en el fondo del zaquizamí.
El profesor consultó un legajo:
—Durante sus dos últimos años de labor, se ha interesado usted principalmente por el curso libre de física nuclear de M. Jean Thibaud. En este curso no se obtiene ningún diploma, ningún certificado. Sin embargo, expresa usted el deseo de seguir por este camino. En último término, habría comprendido su curiosidad en un físico. Pero usted se dedica a la química. ¿Pretende, acaso, aprender a fabricar oro?
—Señor —dijo el estudiante judío, alzando sus manos gordezuelas y descuidadas—, creo en el porvenir de la física nuclear. Creo que en un futuro próximo se realizarán transmutaciones industriales.
—Me parece una locura.
—Pero, señor...
A veces se detenía al principio de una frase y se ponía a repetirlo, como un fonógrafo estropeado, no por descuido, sino porque su espíritu se iba a dar una vuelta inconfesable del brazo de la poesía. Sabía de memoria millares de versos y todos los poemas de Kipling:
Copiaron todo lo que podían seguir pero no podían alcanzar mi espíritu; por eso los dejé, jadeantes y pensativos, un año y medio atrás.
—Pero, señor, si no cree usted en las transmutaciones, debería al menos creer en la energía nuclear. Los enormes recursos potenciales del núcleo...
—Ta, ta, ta —dijo el profesor—. Esto es primitivo e infantil. Lo que los físicos llaman energía nuclear es una constante de integración en sus ecuaciones. Es una idea filosófica, ni más ni menos. La conciencia no hace marchar las locomotoras, ¿no cree? Soñar en una máquina accionada por energía nuclear... No, hijo mío.
El muchacho tragó saliva.
—Baje de las nubes y piense en su porvenir. Lo que le impulsa, en este momento, ya que no parece salir usted de la infancia, es uno de los más viejos sueños de los hombres: el sueño de la alquimia. Lea de nuevo a Berthelot. Éste describió bien la quimera de la transmutación de la materia. Usted no tiene unas notas muy, muy brillantes. Le daré un consejo: ingrese cuanto antes en la industria. Haga una campaña azucarera. Tres meses en una fábrica de azúcar le harán tocar de nuevo la realidad. Y le hace falta. Le hablo como un padre.
El hijo ingrato, balbuciendo, le dio las gracias, y salió con la nariz muy alta, colgando la abultada cartera de su corto brazo. Era testarudo: se dijo que tenía que obtener provecho He aquella conversación, pero que la miel era mejor que el azúcar. Seguiría estudiando los problemas del núcleo atómico. Y se documentaría sobre la alquimia.
Y así fue como mi amigo Jacques Bergier decidió proseguir unos estudios tenidos por inútiles y complementarlos con otros que eran juzgados como cosa de locura. Las necesidades de la vida, la guerra y los campos de concentración le apartaron un poco de la ciencia nuclear. Sin embargo, aportó a ella alguna contribución apreciada por los especialistas. En el transcurso de sus investigaciones, los sueños de los alquimistas y las realidades de la física matemática se encontraron una vez más. Pero, desde 1933, se produjeron grandes cambios en el terreno científico, y mi amigo tuvo cada vez menos la impresión de navegar contra la corriente.
Desde 1934 a 1940, Jacques Bergier fue colaborador de André Helbronner, uno de los hombres notables de nuestra época. Helbronner, asesinado por los nazis en Buchenwald, en marzo de 1944, había sido en Francia el primer catedrático de físico-química. De esta ciencia, fronteriza entre las dos disciplinas, nacieron después gran número de otras ciencias: la electrónica, la nuclear, la estereotrónica.[24] Helbronner debía recibir la gran medalla de oro del Instituto Franklin por sus descubrimientos sobre los metales coloidales. Se había interesado igualmente por la licuefacción de los gases, por la aeronáutica y por los rayos ultravioleta.
En 1934, se consagraba a la física nuclear y había montado, con el concurso de grupos industriales, un laboratorio de investigación nuclear, donde se obtuvieron resultados de gran interés hasta 1940. Helbronner era además perito ante los Tribunales para todos los asuntos referentes a la transmutación de los elementos, y esto dio ocasión a Jacques Bergier de conocer a un cierto número de falsos alquimistas, timadores o iluminados; y a un alquimista verdadero.
Mi amigo no supo jamás el verdadero nombre de este alquimista y, si lo hubiera sabido, se habría guardado muy bien de dar demasiados detalles. El hombre del que vamos a hablar desapareció hace ya mucho tiempo, sin dejar rastro visible. Ha entrado en la clandestinidad, después de haber cortado voluntariamente todos los puentes que le unían con el siglo. Bergier está convencido de que se trataba del hombre que, bajo el seudónimo de Fulcanelli, escribió allá, por el año 1920 dos libros extraños y admirables: Las moradas filosofales y El misterio de las catedrales. Estos libros fueron editados gracias a las gestiones de M. Eugéne Canseliet, que jamás reveló la identidad del autor.[25] Figuran, ciertamente, entre las obras más importantes sobre la alquimia. Manifiestan unos conocimientos y una sabiduría extraordinarios, y conocemos a más de un hombre de elevado espíritu que venera el nombre legendario de Fulcanelli.
«¿Podría —escribe M. Eugéne Canseliet—, al llegar a la cima del conocimiento, negarse a obedecer las órdenes del Destino? Nadie es profeta en su tierra. Este antiguo adagio nos da, tal vez, la razón oculta del trastorno que provocó, en la vida solitaria y estudiosa del filósofo, la chispa de la revelación. Bajo los efectos de esta divina llama, el hombre se consume por entero. Nombre, familia, patria, todas las ilusiones, todos los errores, todas las vanidades, caen hechos polvo. Y de estas cenizas, como el fénix de los poetas, renace una nueva personalidad. Así, al menos, lo quiere la tradición filosófica.
»Mi maestro lo sabía. Desapareció cuando sonó la hora fatídica, cuando se cumplió la señal. ¿Quién se atrevería a sustraerse a la ley? Yo mismo, a pesar de la laceración de una separación dolorosa, pero inevitable, si me ocurriera hoy el feliz acontecimiento que obligó a mi maestro a huir de los homenajes del mundo, no me comportaría de otra manera.»
M. Eugéne Canseliet escribió estas líneas en 1925. El hombre que dejaba a su cuidado la edición de sus obras se disponía a cambiar de aspecto y de ambiente. Una tarde de junio de 1937, Jacques Bergier creyó tener excelentes razones para creer que se hallaba en presencia de Fulcanelli.
A petición de André Helbronner, mi amigo se entrevistó con el misterioso personaje en el prosaico escenario de un laboratorio de ensayos de la Sociedad del Gas, de París. He aquí, íntegra, su conversación:
—M. André Helbronner, del que tengo entendido que es usted ayudante, anda buscando la energía nuclear. M. Helbronner ha tenido la amabilidad de ponerme al corriente de alguno de los resultados obtenidos, especialmente de la aparición de la radiactividad correspondiente al polonio, cuando un hilo de bismuto es volatilizado por una descarga eléctrica en el seno del deuterio a alta presión. Están ustedes muy cerca del éxito, al igual que algunos otros sabios contemporáneos. ¿Me permite que le ponga en guardia? Los trabajos a que se dedican ustedes y sus semejantes son terriblemente peligrosos. Y no son sólo ustedes los que están en peligro, sino también la Humanidad entera. La liberación de la energía nuclear es más fácil de lo que piensa. Y la radiactividad superficial producida puede envenenar la atmósfera del planeta en algunos años.
Además, pueden fabricarse explosivos atómicos con algunos gramos de metal, y arrasar ciudades enteras. Se lo digo claramente: los alquimistas lo saben desde hace mucho tiempo.
Bergier se dispuso a interrumpirle, protestando. ¡Los alquimistas y la física moderna! Iba a prorrumpir en sarcasmos, cuando el otro le atajó:
—Ya sé lo que va a decirme: los alquimistas no conocían la estructura del núcleo, no conocían la electricidad, no tenían ningún medio de detección. No pudieron, pues, liberar jamás la energía nuclear. No intentaré demostrarle lo que voy a decirle ahora, pero le ruego que lo repita a M. Helbronner: bastan ciertas disposiciones geométricas, sin necesidad de utilizar la electricidad o la técnica del vacío. Y ahora me limitaré a leerle unas breves líneas.
El hombre tomó de encima de su escritorio la obra de Frédéric Soddy: L'interprétation du Radium, la abrió y leyó:
«Pienso que existieron en el pasado civilizaciones que conocieron la energía del átomo y que fueron totalmente destruidas por el mal uso de esta energía.»
Después prosiguió:
—Le ruego que admita que algunas técnicas parciales han sobrevivido. Le pido también que reflexione sobre el hecho de que los alquimistas mezclaban preocupaciones morales y religiosas con sus experimentos, mientras que la física moderna nació en el siglo xvni de la diversión de algunos señores y de algunos ricos libertinos. Ciencia sin conciencia... He creído que hacía bien advirtiendo a algunos investigadores, aquí y allá, pero no tengo la menor esperanza de que mi advertencia fructifique. Por lo demás, .no necesito la esperanza.
Bergier se permitió hacer una pregunta:
—Si usted mismo es alquimista, señor, no puedo creer que emplee su tiempo en el intento de fabricar
oro, como Dunikovski o el doctor Miethe. Desde hace un año, estoy tratando de documentarme sobre la alquimia y sólo he tropezado con charlatanes o con interpretaciones que me parecen fantásticas. ¿Podría usted, señor, decirme en qué consisten sus investigaciones?
—Me pide usted que resuma en cuatro minutos cuatro mil años de filosofía y los esfuerzos de toda mi vida. Me pide, además, que le traduzca en lenguaje claro conceptos que no admiten el lenguaje claro. Puedo, no obstante, decirle esto: no ignora usted que, en la ciencia oficial hoy en progreso, el papel del observador es cada vez más importante. La relatividad, el principio de incertidumbre, muestran hasta qué punto interviene hoy el observador en los fenómenos. El secreto de la alquimia es éste: existe un medio de manipular la materia y la energía de manera que se produzca lo que los científicos contemporáneos llamarían un campo de fuerza. Este campo de fuerza actúa sobre el observador y le coloca en una situación privilegiada frente al Universo. Desde este punto privilegiado tiene acceso a realidades que el espacio y el tiempo, la materia y la energía suelen ocultarnos. Es lo que nosotros llamamos la Gran Obra.
—Pero, ¿y la piedra filosofal? ¿Y la fabricación de oro?
—Esto no son más que aplicaciones, casos particulares. Lo esencial no es la transmutación de los metales, sino la del propio experimentador. Es un secreto antiguo que varios hombres encontrarán todos los siglos.
—¿Y en qué se convierten entonces?
—Tal vez algún día lo sabré.
Mi amigo no debía volver a ver a aquel hombre, que dejó un rostro imborrable bajo el nombre de Fulcanelli. Todo lo que sabemos de él es que sobrevivió a la guerra y desapareció completamente después de la Liberación. Todas las gestiones para encontrarlo fracasaron.
Henos ahora en una mañana de julio de 1945. Todavía escuálido y descolorido, Jacques Bergier, vestido de caqui, está forzando una caja de caudales por medio de un soplete. Es una nueva metamorfosis. Durante los últimos años, ha sido sucesivamente agente secreto, terrorista y deportado político. La caja fuerte se encuentra en una hermosa villa, a orillas del lago Constanza, que fue propiedad del director de un gran «trust» alemán. Una vez abierta, la caja fuerte nos entrega su secreto: una botella que contiene un polvo extraordinariamente pesado. Reza el marbete:
«Uranio, para aplicaciones atómicas.»
Es la primera prueba formal de la existencia en Alemania de un proyecto de bomba atómica suficientemente adelantado para exigir grandes cantidades de uranio puro. Goebbels no mentía del todo cuando, desde el bunker bombardeado, hacía circular por las calles en ruinas de Berlín el rumor de que el arma secreta estaba a punto de estallar en las narices de los «invasores». Bergier dio cuenta del descubrimiento a las autoridades aliadas. Los americanos se mostraron escépticos y declararon que toda investigación sobre la energía nuclear carecía de interés. Era un ardid. En realidad, su primera bomba había estallado ya secretamente en Alamogordo, y una misión americana, bajo la dirección del físico Goudsmidt, estaba en aquellos mismos momentos en Alemania, buscando la pila atómica que el profesor Heisenberg construyó antes del hundimiento del Reich.
1. «La opinión de los más instruidos y de los más expertos es que la persona que se ocultó, o se oculta aún en nuestros días, detrás del famoso seudónimo de Fulcanelli, es el más célebre y sin duda el único alquimista verdadero (tal vez el último) de este siglo en que el átomo es rey.» Caude d'Ygé, revista Initiation et Science, n.° 44, París.
En Francia no se sabía nada de cierto, pero había indicios. Y especialmente éste, para los avisados: los americanos compraban a precio de oro los manuscritos y documentos sobre alquimia.
Bergier dirigió un informe al Gobierno provisional sobre la realidad probable de investigaciones sobre explosivos nucleares, tanto en Alemania como en los Estados Unidos. Sin duda, el informe fue a parar al cesto de los papeles, y mi amigo conservó la botella, que agitaba ante las narices de la gente, declarando: «¿Ven ustedes esto? ¡Bastaría con que un neutrón pasara al interior para que volase todo París!» Al hombrecillo de cómico acento le gustaba, sin duda, bromear, y todo el mundo se maravillaba de que un deportado recién salido de Mauthausen hubiese conservado tanto humor. Pero la broma perdió bruscamente toda su gracia aquella mañana de Hiroshima. El teléfono empezó a sonar sin descanso en la habitación de Bergier. Diversas autoridades competentes pedían copias del informe. Los servicios de información americanos rogaban al poseedor de la famosa botella que se pusiera urgentemente en contacto con cierto comandante que no quería dar su nombre. Otras autoridades exigían que se apartase inmediatamente la botella de la aglomeración parisiense. Todo en vano. Bergier explicó que, con toda seguridad, la botella no contenía uranio 235 puro, y que, aunque lo contuviese, el uranio estaba sin duda por debajc de la masa crítica. En otro caso, habría estallado muchc tiempo ha. Le confiscaron su juguete, y ya no volvió a saber de él. Para consolarle, le enviaron un informe de la Dirección General de Estudios e Investigaciones Era todo lo que este organismo, dependiente de los servicios secretos franceses, sabía de la energía nuclear. El informe lucía tres sellos: «Secreto», «Confidencial» «Reservado». Contenía únicamente unos recortes de la revista Sdencie et Vie.
No le quedaba más remedio, para satisfacer su curiosidad, que ponerse en contacto con el famoso comandante anónimo, del cual el profesor Goudsmidt ha contado algunas aventuras en su libro Alsos. Este misterioso oficial, dotado de un humor negro, había disfrazado sus servicios con la capa de una organización para la busca de las tumbas de los soldados americanos. Estaba muy agitado y parecía que lo espoleaban desde Washington. Quería saber ante todo lo que Bergier había logrado descubrir o adivinar sobre los proyectos nucleares alemanes. Pero, sobre todo, era indispensable para la salvación del mundo, para la causa aliada y para el ascenso del comandante, encontrar urgentemente a Eric Edward Dutt y al alquimista conocido por el nombre de Fulcanelli.
Dutt, sobre el cual Helbronner había sido llamado un día a declarar, era un hindú que pretendía tener acceso a unos manuscritos antiquísimos. Afirmaba haber extraído de ellos ciertos métodos de transmutaciones de los metales, y, por medio de una descarga condensada a través de un conductor de boruro de tungsteno, obtenía señales de oro en los productos recogidos. Resultados análogos serían obtenidos mucho más tarde por los rusos, aunque utilizando potentes aceleradores de partículas.
Bergier no pudo ser de gran utilidad al mundo libre, a la causa aliada y al ascenso del comandante. Eric Edward Dutt, colaboracionista, había sido fusilado por el contraespionaje francés en África del Norte. En cuanto a Fulcanelli, se había esfumado para siempre.
Sin embargo, el comandante, en prueba de agradecimiento, hizo llevar a Bergier, antes de su aparición, las pruebas de imprenta de la memoria: Sobre la utilización militar de la energía atómica, por el profesor H. D. Smyth. Era el primer documento verdadero sobre la cuestión. Ahora bien, este texto contenía curiosas confirmaciones de las palabras formuladas por el alquimista en junio de 1937.
La pila atómica, útil esencial para la fabricación de la bomba, era, efectivamente, «una disposición geométrica de sustancias extremadamente puras». En un principio, este útil, tal como había dicho Fulcanelli, no requería la electricidad ni la técnica del vacío. La memoria de Smyth aludía igualmente a radiaciones venenosas, a gases, a polvos radiactivos de extremada toxicidad y que podían prepararse en grandes cantidades con relativa facilidad. El alquimista había hablado de un posible envenenamiento de todo el planeta.
¿Cómo un investigador oscuro, aislado, místico, había podido prever o conocer esto? «¿De dónde te viene esto, alma del hombre, de dónde te viene esto?»
Hojeando las pruebas de la memoria, mi amigo recordaba también este pasaje de De Alchimia, de Alberto el Magno:
«Si tienes la desgracia de introducirte cerca de los príncipes y de los reyes, no cesarán de preguntarte: "Y bien, maestro, ¿cómo va la Obra? ¿Cuándo veremos por fin algo hueno?" Y, en su impaciencia, te llamarán pillo y tramposo y te producirán toda suerte de molestias. Y si no llegas a buen fin, sentirás todo el peso de su cólera. Si, por el contrario, tienes éxito, te guardarán con ellos en perpetuo cautiverio, con la intención de hacerte trabajar en su provecho.»
¿Había sido por esto por lo que Fulcanelli había desaparecido y los alquimistas de todos los tiempos habían guardado celosamente su secreto?
El primer y último consejo dado por el papiro Harris era:
«¡Cerrad las bocas! ¡Cerrad las bocas!»
Años después en Hiroshima, el 17 de enero de 1955, Oppenheimer declararía:
«En un sentido profundo que ninguna ridiculez barata podría borrar, nosotros, los sabios, hemos conocido el pecado.»
Y, mil años antes, un alquimista chino había escrito:
«Sería un terrible pecado revelar a los soldados el secreto de tu arte. ¡Atención! ¡Que no haya siquiera un insecto en el cuarto en que trabajas!»
IV
El alquimista moderno y el espíritu de investigación. — Descripción de lo que hace un alquimista en su laboratorio. — La repetición indefinida del experimento. —¿Qué espera? — La preparación de las tinieblas. —El gas electrónico. — El agua disolvente. — La piedra filosofal, ¿es energía en suspensión? — La transmutación del propio alquimista. — La verdadera metafísica empieza más allá.
El alquimista moderno es un hombre que lee los tratados de física nuclear. Tiene por cierto que las transmutaciones y otros fenómenos todavía más extraordinarios pueden lograrse por medio de manipulaciones y con un material relativamente simple. En los alquimistas contemporáneos volvemos a encontrar el espíritu del investigador aislado. La conservación de un espíritu tal es preciosa en nuestra época. En efecto, hemos acabado por creer que el proceso de los acontecimientos ya no es posible sin un equipo numeroso, sin aparatos enormes y sin un considerable empleo de dinero. Sin embargo, los descubrimientos fundamentales, como, por ejemplo, la radiactividad o la mecánica ondulatoria, han sido realizados por hombres aislados. América, que es el país de los grandes equipos y de los enormes medios, envía hoy sus agentes por el mundo en busca de espíritus originales.
El director de la investigación científica americana, el doctor James Killian, declaró en 1958 que era perjudicial prestar únicamente confianza al trabajo colectivo y que había que llamar a los hombres solitarios, portadores de ideas originales. Rutherford efectuó trabajos capitales sobre la estructura de la materia valiéndose de latas de conserva y de cabos de cordel. Jean Perrin y Madame Curie, antes de la guerra, enviaban a sus colaboradores al Marché aux Puces, los domingos, a buscar un poco de material. Naturalmente, los laboratorios provistos de grandes máquinas son necesarios, pero sería importante organizar una cooperación entre éstos y los equipos de solitarios originales. Sin embargo, los alquimistas eluden la invitación. Su norma es el secreto. Su ambición es de orden espiritual. «Está fuera de duda —escribe René Alleau— que las manipulaciones de la alquimia sirven de soporte a un ascetismo interior.» Si la alquimia contiene una ciencia, esta ciencia no es más que un medio de tener acceso a la conciencia. Importa, pues, que no trascienda al exterior, donde se convertiría en un fin.