Podcast de Misterios

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By ermakysevillaHistory
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  • La leyendas de los objetos malditos,Periodismo de misterio con Joaquín Abenza, en CSB 24 04 2011
    El diamante Hope, el coche de James Dean…son algunos de los objetos en torno a los cuales se ha ido tejiendo y fortaleciendo una leyenda que les atribuye una suerte de maldición, un aura que afecta negativamente a quien entra en contacto con ellos. En ocasiones las historias son extravagantes, fortazadas y hasta risibles, pero en otras dan mucho que pensar. Esta en noche en CSB tendremos la ocasión de realizar una primera aproximación a este asunto de la mano de nuestro compañero David Heylen.Con Joaquín Abenza conversaremos sobre periodiosmo de misterios, su programa El Útimo Peldaño y la revista digital que dirige, La Lucerna de Caronte. Además, tendremos nuevas píldoras de misterio y propuestas para empezar con buen pie la nueva semana.
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  • El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.La Alquimia Como Ejemplo.IV ,d
    Recibida esta señal, el alquimista retira su mezcla del crisol y la «deja madurar», preservada del aire y de la humedad, hasta el primer día de la primavera próxi­ma. Al reanudar sus operaciones, éstas tienden a lo que se llama, según los viejos textos, «la preparación de las tinieblas». Algunas investigaciones recientes sobre la historia de la química han demostrado que el monje alemán Bertoldo el Negro (Berthold Schwarz), al que se atribuye comúnmente el invento de la pólvora, jamás existió. Es una figura simbólica de esta «preparación de las tinieblas».
    La mezcla se coloca en un recipiente transparente, de cristal de roca, cerrado de una manera especial. No se sabe gran cosa de esta forma de cierre, llamado de Hermes, o hermético. El trabajo sucesivo consiste en calentar el recipiente, dosificando, con infinito cui­dado, las temperaturas. La mezcla, en el recipiente ce­rrado, contiene siempre azufre, carbón y nitrato. Se trata de que esta mezcla alcance cierto grado de incan­descencia, evitando la explosión. Son numerosos los casos de alquimistas muertos o gravemente heridos por aquélla. Las explosiones que se producían son de una violencia peculiar y producen temperaturas que, lógi­camente, no cabria esperar.
    El fin perseguido es la obtención, en el recipiente, de una «esencia», de un «fluido», que los alquimistas llaman a veces el «ala de cuervo».
    Vamos a explicarnos. Esta operación no tiene equi­valente en la física y la química modernas. Sin embargo, existen analogías. Cuando se disuelve el gas amoníaco líquido en un metal como el cobre, se obtiene una colo­ración azul oscura que llega al negro en las grandes concentraciones. El mismo fenómeno se produce si se disuelve, en gas amoníaco líquido, hidrógeno a presión o aminas orgánicas, de modo que se obtenga el com­puesto inestable NH4, que tiene todas las propiedades de un metal alcalino y que, por esta razón, ha sido lla­mado «amonio». Cabe suponer que esta coloración azul-negra, que recuerda el «ala de cuervo», del fluido obtenido por los alquimistas, es el mismo color del gas electrónico. ¿Qué es el «gas electrónico»? Para los sa­bios modernos, es el conjunto de electrones libres que constituyen un metal y lo dotan de sus propiedades mecánicas, eléctricas y térmicas. Corresponde, en la terminología actual, a lo que el alquimista llama «el alma» o también «la esencia» de los metales. Este alma o esta «esencia» se desprende en el recipiente cerrado y calentado por el alquimista.
    Éste calienta, deja enfriar, calienta de nuevo y así sucesivamente durante meses o años, observando a tra­vés del cristal de roca la formación de lo que se llama «el huevo alquímico»: la mezcla transformada en un fluido azul-negro. Por fin, abre su recipiente en la os­curidad, a la única luz de esta especie de líquido fluo­rescente. En contacto con el aire, el líquido fluorescen­te se solidifica y se separa.
    Así obtendría sustancias completamente nuevas, desconocidas en la Naturaleza y dotadas de todas las propiedades de los elementos químicos puros, es decir, inseparables por medios químicos.
    Los alquimistas modernos pretenden haber obteni­do así elementos químicos nuevos, y ello en cantidades ponderables.
    Fulcanelli dijo haber extraído de un kilo de hierro, veinte gramos de un cuerpo absolutamente nuevo y cu­yas propiedades químicas y físicas no correspondían a ningún elemento químico conocido. La misma opera­ción sería aplicable a todos los elementos, la mayoría de los cuales nos darían dos elementos nuevos por cada elemento tratado.
    Semejante formación tiene que chocar por fuerza al hombre de laboratorio. Actualmente, la teoría no per­mite prever otras separaciones de un elemento químico que las siguientes:
    — La molécula de un elemento puede tomar vanos estados: ortohidrógeno y parahidrógeno, por ejemplo.
    — El núcleo de un elemento puede tomar cierto nú­mero de estados isotópicos caracterizados por un número de neutrones diferentes. En el litio 6, el núcleo contiene tres neutrones, y en el litio 7, el núcleo contie­ne cuatro.
    Nuestra técnica requiere la puesta en marcha de un enorme material para separar los estados alotrópi­cos de la molécula y los diversos estados isotrópicos del núcleo.
    Los medios del alquimista son, en comparación, irrisorios, y, sin embargo, habría logrado con ellos, no ya un cambio de estado de la materia, sino la creación de una materia nueva, o, al menos, una descomposición y recomposición diferente de la materia. Todo nuestro conocimiento del átomo y del núcleo se basa en el mo­delo «saturnino» de Nagaoka y Rutherford: el núcleo y su anillo de electrones. No es imposible que, en el por­venir, otra teoría nos conduzca a realizar cambios de estado y separaciones de elementos químicos inconce­bibles en este momento.
    Así, pues, nuestro alquimista ha abierto su reci­piente de cristal de roca y obtenido, por enfriamiento del líquido fluorescente en contacto con el aire, uno o varios elementos nuevos. Queda la escoria, que lavará durante meses, con agua tridestilada. Después conser­vará esta agua resguardada de la luz y de los cambios de temperatura.
    A dicha agua se atribuyen cualidades químicas y medicinales extraordinarias. Es el disolvente univer­sal y el elixir de larga vida de la tradición, el elixir de Fausto.[28]
    Aquí la tradición alquimista parece armonizarse con la ciencia de vanguardia. En efecto, para la ciencia moderna, el agua es una mezcla extraordinariamente completa y reactiva. Los investigadores dedicados a la cuestión de los oligoelementos, y especialmente el doc­tor Jacques Ménétrier, han comprobado que, práctica­mente, todos los metales son solubles en el agua en pre­sencia de ciertos catalizadores, como la glucosa, y bajo ciertas variaciones de temperatura. El agua formaría, además, verdaderos compuestos químicos, hidratos, con gases inertes tales como el helio y el argón. Si se su­piera cuál es el constituyente del agua al cual se debe la formación de los hidratos en contacto con un gas iner­te, sería posible estimular el poder disolvente del agua y obtener un verdadero disolvente universal. La seria re­vista rusa Saber y Fuerza escribía en su número 11 de 1957 que tal vez un día se llegaría a este resultado bom­bardeando el agua con radiaciones nucleares y que el disolvente universal de los alquimistas sería una reali­dad antes del fin de siglo. Esta revista preveía cierto nú­mero de aplicaciones e imaginaba la perforación de tú­neles por medio de un chorro de agua activada.
    Nuestro alquimista se encuentra, pues, ahora, en posesión de cierto número de cuerpos simples desco­nocidos en la Naturaleza y de unos cuantos frascos de un agua capaz de prolongar considerablemente su vida por el rejuvenecimiento de los tejidos.
    Ahora intentará combinar de nuevo los elementos simples que ha obtenido. Los mezcla en su mortero y los funde a bajas temperaturas en presencia de cataliza­dores sobre los cuales los textos se muestran muy vagos. Cuanto más se avanza en el estudio de las mani­pulaciones alquimistas tanto más difíciles son de desci­frar los textos. Este trabajo le ocupará unos cuantos años más.
    Así obtendría, según se asegura, sustancias absolu­tamente parecidas a los metales conocidos, y en par­ticular a los metales buenos conductores del calor y de la electricidad. Éstos serían el cobre alquímico, la plata alquímica, el oro alquímico. Las pruebas clásicas y la espectroscopia no permitirían descubrir la novedad de esas sustancias, y, sin embargo, tendrían propiedades nuevas, diferentes de las de los metales conocidos, y sorprendentes.
    Si nuestras informaciones son exactas, el cobre al­químico, aparentemente semejante al cobre conocido y, no obstante, muy diferente, tendría una resistencia eléctrica infinitamente débil, comparable a la de los su­perconductores que el físico obtiene en las cercanías del cero absoluto. Un cobre tal, si pudiera utilizarse, transformaría la electroquímica.
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  • El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.La Alquimia Como Ejemplo.IV ,c
    A petición de André Helbronner, mi amigo se entrevistó con el misterioso personaje en el prosai­co escenario de un laboratorio de ensayos de la Socie­dad del Gas, de París. He aquí, íntegra, su conversación:
    —M. André Helbronner, del que tengo entendido que es usted ayudante, anda buscando la energía nu­clear. M. Helbronner ha tenido la amabilidad de poner­me al corriente de alguno de los resultados obtenidos, especialmente de la aparición de la radiactividad co­rrespondiente al polonio, cuando un hilo de bismuto es volatilizado por una descarga eléctrica en el seno del deuterio a alta presión. Están ustedes muy cerca del éxito, al igual que algunos otros sabios contemporá­neos. ¿Me permite que le ponga en guardia? Los traba­jos a que se dedican ustedes y sus semejantes son terri­blemente peligrosos. Y no son sólo ustedes los que están en peligro, sino también la Humanidad entera. La liberación de la energía nuclear es más fácil de lo que piensa. Y la radiactividad superficial producida puede envenenar la atmósfera del planeta en algunos años.
    Además, pueden fabricarse explosivos atómicos con al­gunos gramos de metal, y arrasar ciudades enteras. Se lo digo claramente: los alquimistas lo saben desde hace mucho tiempo.
    Bergier se dispuso a interrumpirle, protestando. ¡Los alquimistas y la física moderna! Iba a prorrumpir en sarcasmos, cuando el otro le atajó:
    —Ya sé lo que va a decirme: los alquimistas no co­nocían la estructura del núcleo, no conocían la electri­cidad, no tenían ningún medio de detección. No pudie­ron, pues, liberar jamás la energía nuclear. No intentaré demostrarle lo que voy a decirle ahora, pero le ruego que lo repita a M. Helbronner: bastan ciertas disposi­ciones geométricas, sin necesidad de utilizar la electri­cidad o la técnica del vacío. Y ahora me limitaré a leerle unas breves líneas.
    El hombre tomó de encima de su escritorio la obra de Frédéric Soddy: L'interprétation du Radium, la abrió y leyó:
    «Pienso que existieron en el pasado civilizaciones que conocieron la energía del átomo y que fueron to­talmente destruidas por el mal uso de esta energía.»
    Después prosiguió:
    —Le ruego que admita que algunas técnicas parcia­les han sobrevivido. Le pido también que reflexione so­bre el hecho de que los alquimistas mezclaban preocu­paciones morales y religiosas con sus experimentos, mientras que la física moderna nació en el siglo xvni de la diversión de algunos señores y de algunos ricos liber­tinos. Ciencia sin conciencia... He creído que hacía bien advirtiendo a algunos investigadores, aquí y allá, pero no tengo la menor esperanza de que mi adverten­cia fructifique. Por lo demás, .no necesito la esperanza.
    Bergier se permitió hacer una pregunta:
    —Si usted mismo es alquimista, señor, no puedo creer que emplee su tiempo en el intento de fabricar
    oro, como Dunikovski o el doctor Miethe. Desde ha­ce un año, estoy tratando de documentarme sobre la alquimia y sólo he tropezado con charlatanes o con interpretaciones que me parecen fantásticas. ¿Podría usted, señor, decirme en qué consisten sus investiga­ciones?
    —Me pide usted que resuma en cuatro minutos cuatro mil años de filosofía y los esfuerzos de toda mi vida. Me pide, además, que le traduzca en lenguaje cla­ro conceptos que no admiten el lenguaje claro. Puedo, no obstante, decirle esto: no ignora usted que, en la ciencia oficial hoy en progreso, el papel del observador es cada vez más importante. La relatividad, el principio de incertidumbre, muestran hasta qué punto interviene hoy el observador en los fenómenos. El secreto de la al­quimia es éste: existe un medio de manipular la materia y la energía de manera que se produzca lo que los cien­tíficos contemporáneos llamarían un campo de fuer­za. Este campo de fuerza actúa sobre el observador y le coloca en una situación privilegiada frente al Univer­so. Desde este punto privilegiado tiene acceso a realida­des que el espacio y el tiempo, la materia y la energía suelen ocultarnos. Es lo que nosotros llamamos la Gran Obra.
    —Pero, ¿y la piedra filosofal? ¿Y la fabricación de oro?
    —Esto no son más que aplicaciones, casos particu­lares. Lo esencial no es la transmutación de los metales, sino la del propio experimentador. Es un secreto anti­guo que varios hombres encontrarán todos los siglos.
    —¿Y en qué se convierten entonces?
    —Tal vez algún día lo sabré.
    Mi amigo no debía volver a ver a aquel hombre, que dejó un rostro imborrable bajo el nombre de Fulcanelli. Todo lo que sabemos de él es que sobrevivió a la guerra y desapareció completamente después de la Liberación. Todas las gestiones para encontrarlo fracasaron.
    Henos ahora en una mañana de julio de 1945. Todavía escuálido y descolorido, Jacques Bergier, vestido de ca­qui, está forzando una caja de caudales por medio de un soplete. Es una nueva metamorfosis. Durante los últi­mos años, ha sido sucesivamente agente secreto, terro­rista y deportado político. La caja fuerte se encuentra en una hermosa villa, a orillas del lago Constanza, que fue propiedad del director de un gran «trust» alemán. Una vez abierta, la caja fuerte nos entrega su secreto: una botella que contiene un polvo extraordinariamente pe­sado. Reza el marbete:
    «Uranio, para aplicaciones atómicas.»
    Es la primera prueba formal de la existencia en Alemania de un proyecto de bomba atómica suficiente­mente adelantado para exigir grandes cantidades de ura­nio puro. Goebbels no mentía del todo cuando, desde el bunker bombardeado, hacía circular por las calles en ruinas de Berlín el rumor de que el arma secreta estaba a punto de estallar en las narices de los «invasores». Ber­gier dio cuenta del descubrimiento a las autoridades aliadas. Los americanos se mostraron escépticos y de­clararon que toda investigación sobre la energía nuclear carecía de interés. Era un ardid. En realidad, su primera bomba había estallado ya secretamente en Alamogordo, y una misión americana,
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  • El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.La Alquimia Como Ejemplo.IV ,b
    «una masa central que ejerce una atracción, ro­deada de anillos, de electrones que giran».
    Esta concepción «saturnina» del átomo es admitida por todos los sabios del mundo, no como verdad abso­luta, sino como la más eficaz hipótesis de trabajo. Es posible que los físicos del porvenir la consideren una ingenuidad. La teoría de los quanta y la mecánica on­dulatoria son aplicables al comportamiento de los elec­trones. Ninguna teoría y ninguna mecánica explican con exactitud las leyes que rigen el núcleo. Se cree que éste está compuesto de protones y neutrones y esto es todo. No se sabe nada preciso sobre las fuerzas nuclea­res. No son eléctricas, ni magnéticas, ni de naturaleza gravitatoria. La última y prudente hipótesis hace de­pender estas fuerzas de partículas intermedias entre el neutrón y el protón, llamadas mesones. Esto sólo sirve mientras se espera otra cosa. Dentro de dos o de diez años, las hipótesis habrán tomado sin duda otros rum­bos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que estamos en una época en que los sabios carecen absolutamente de tiempo y carecen absolutamente de derecho a hacer física" nuclear. Todos los esfuerzos y todo el material disponible se concentran en la fabricación de explosi­vos y en la producción de energía. La investigación fundamental ha sido relegada a segundo término. Lo urgente es sacar el máximo de lo que ya sabemos. El poder importa más que el saber. Parece que los alqui­mistas tuvieron siempre buen cuidado en esquivar este apetito de poder.
    ¿Adonde hemos llegado? El contacto con los neu­trones vuelve radiactivos a todos los elementos. Las explosiones nucleares experimentales envenenan la at­mósfera del planeta. Este envenenamiento, que progre­sa en proporción geométrica, aumentará extraordi­nariamente el número de niños nacidos muertos, de cánceres y de leucemias, estropeará las plantas, trastor­nará los climas, producirá monstruos, nos romperá los nervios y nos ahogará. Los Gobiernos, sean totalitarios o demócratas, no renunciarán. Y no renunciarán, por dos razones. La primera es que la opinión pública no ha alcanzado el nivel de conciencia planetaria que se necesita para reaccionar. La segunda es que no hay Go­biernos, sino sociedades anónimas del capital humano, encargadas, no de hacer Historia, sino de expresar as­pectos diversos de la fatalidad histórica.
    Ahora bien, si creemos en la fatalidad histórica, también creemos que ésta no es más que una de las for­mas del destino espiritual de la Humanidad, y que este destino es bello. No pensamos, pues, que la Humani­dad perezca, aun cuando tenga que sufrir mil muertes, sino que, a través de sus dolores inmensos y espanto­sos, nacerá —o renacerá— la alegría de sentirse «en marcha».
    La física nuclear, orientada hacia el poder,
    «¿derrochará —como dice M. Jean Rostand— el capital genéti­co de la Humanidad?»
    Sí, es posible que así sea, duran­te algunos años. Pero no podemos imaginarnos a la ciencia incapaz de deshacer el nudo gordiano que ella misma acaba de hacer.
    Los métodos de transmutación conocidos actualmente no permiten ahogar la energía y la radiactividad. Son transmutaciones estrechamente limitadas, cuyos efectos nocivos son ilimitados. Si los alquimistas están en lo cierto, existen medios sencillos, económicos e in­nocuos de producir transmutaciones masivas. Tales medios deben pasar por una «disolución» de la materia y su reconstrucción en un estado diferente del inicial. Ninguna conquista de la física actual permite creer en ello. Sin embargo, los alquimistas lo afirman desde hace milenios. Ahora bien, nuestra ignorancia de la natu­raleza de las fuerzas nucleares y de la estructura del núcleo nos obliga a abstenernos de hablar de las impo­sibilidades radicales. Si la transmutación alquímica existe, es que el núcleo tiene propiedades que no cono­cemos. Lo que se halla en juego es demasiado impor­tante para no intentar un estudio realmente serio de la literatura alquimista. Si este estudio no conduce a ob­servaciones de hechos irrefutables, al menos habrá al­guna probabilidad de que sugiera ideas nuevas. Y lo que faltan son ideas en el estado presente de la física nuclear, sometida al afán de poder y abrumada bajo la enormidad del material.
    Se empiezan a entrever estructuras infinitamente complicadas en el interior del protón y del neutrón, y a comprender que las leyes llamadas «fundamentales», como, por ejemplo, el principio de una paridad, no son aplicables al núcleo. Se empieza a hablar de una «anti­materia», de la posible coexistencia de varios universos en el seno de nuestro Universo visible, de suerte que todo es posible en el porvenir y, especialmente, el des­quite de la alquimia. Sería estupendo y conforme a la no­ble postura del lenguaje alquimista, que nuestra salva­ción se produjera por la interpretación de la filosofía.
    Hay tiempo para todo, e incluso hay tiempo para que los tiempos se junten.
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  • El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.La Alquimia Como Ejemplo.IV ,a
    IV /a
    El alquimista moderno y el espíritu de investigación. — Descripción de lo que hace un alquimista en su la­boratorio. — La repetición indefinida del experimento. —¿Qué espera? — La preparación de las tinieblas. —El gas electrónico. — El agua disolvente. — La pie­dra filosofal, ¿es energía en suspensión? — La transmu­tación del propio alquimista. — La verdadera metafísi­ca empieza más allá.
    El alquimista moderno es un hombre que lee los tratados de física nuclear. Tiene por cierto que las transmutaciones y otros fenómenos todavía más ex­traordinarios pueden lograrse por medio de manipula­ciones y con un material relativamente simple. En los alquimistas contemporáneos volvemos a encontrar el es­píritu del investigador aislado. La conservación de un espíritu tal es preciosa en nuestra época. En efecto, he­mos acabado por creer que el proceso de los aconteci­mientos ya no es posible sin un equipo numeroso, sin aparatos enormes y sin un considerable empleo de di­nero. Sin embargo, los descubrimientos fundamentales, como, por ejemplo, la radiactividad o la mecánica on­dulatoria, han sido realizados por hombres aislados. América, que es el país de los grandes equipos y de los enormes medios, envía hoy sus agentes por el mundo en busca de espíritus originales.
    El director de la inves­tigación científica americana, el doctor James Killian, declaró en 1958 que era perjudicial prestar únicamente confianza al trabajo colectivo y que había que llamar a los hombres solitarios, portadores de ideas originales. Rutherford efectuó trabajos capitales sobre la estructu­ra de la materia valiéndose de latas de conserva y de ca­bos de cordel. Jean Perrin y Madame Curie, antes de la guerra, enviaban a sus colaboradores al Marché aux Puces, los domingos, a buscar un poco de material. Na­turalmente, los laboratorios provistos de grandes má­quinas son necesarios, pero sería importante organizar una cooperación entre éstos y los equipos de solitarios originales. Sin embargo, los alquimistas eluden la invi­tación. Su norma es el secreto. Su ambición es de orden espiritual. «Está fuera de duda —escribe René Alleau— que las manipulaciones de la alquimia sirven de soporte a un ascetismo interior.» Si la alquimia contiene una ciencia, esta ciencia no es más que un medio de tener acceso a la conciencia. Importa, pues, que no trascienda al exterior, donde se convertiría en un fin.
    ¿Cuál es el material del alquimista? El mismo del inves­tigador de química mineral a altas temperaturas: hor­nos, crisoles, balanzas e instrumentos de medición, a los que han venido a juntarse los aparatos modernos capaces de detectar radiaciones nucleares: contador Geiger, escintilómetro, etc.
    Este material puede parecer irrisorio. Un físico or­todoxo no admitirá nunca que es posible fabricar un cá­todo emitiendo neutrones con medios sencillos y poco costosos. Si nuestros informes no mienten, los alquimis­tas logran hacerlo. En tiempos en que el electrón era considerado como el cuarto estado de la materia, se in­ventaron dispositivos extraordinariamente onerosos y complicados para producir corrientes electrónicas. Después de lo cual, Elster y Gaitel, en 1910, demostra­ron que bastaba con calentar en el vacío cal al rojo. No­sotros no conocemos todas las leyes de la materia. Si la alquimia es
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  • El Retorno de los Brujos.Louis Pawels y Jacques Bergier.La Alquimia Como Ejemplo.IV
    civilización desaparecida, es la transformación del propio alquimis­ta, su ascenso a un estado de conciencia superior. Los resultados materiales son sólo promesas de un resulta­do último, que es espiritual. Todo tiende a la transmu­tación del hombre mismo, a su divinización, a su fusión en la energía divina fija, de la cual irradian todas las energías de la materia. La alquimia es la ciencia «con conciencia» de que nos habla Rabelais. Es una ciencia que humaniza más que materializa, según se desprende de las frases del padre Teilhard de Chardin, que decía: «La verdadera física es la que logrará integrar al Hom­bre total en una representación coherente del mundo.» «Sabed —escribía un maestro alquimista—,[23] sabed todos los investigadores de este Arte, que el Espíritu
    Donde vemos a un pequeño judío que prefiere la miel al azúcar. — Donde un alquimista que podría ser el misterioso Fulcanelli habla del peligro atómico en 1937, des­cribe la pila atómica y evoca civilizaciones desapareci­das. — Donde Bergier abre una caja de caudales con soplete y se pasea con una botella, de uranio bajo el bra­zo. — Donde un comandante americano innominado busca a un Fulcanelli definitivamente desaparecido. — Donde Oppenheimer canta a dúo con un sabio chino de hace mil años.
    Era en 1933. El pequeño estudiante judío tenía la nariz puntiaguda y usaba gafas redondas, detrás de las cua­les brillaban unos ojos vivos y fríos. En su cráneo redon­do raleaba ya una cabellera parecida a un plumero. Un horrible acento, agravado por el tartamudeo, daba a sus frases el tono cómico y confuso de un chapuzón de pa­tos en un estanque. Cuando se le conocía un poco mejor, daba la impresión de que una inteligencia ávida, tensa, sensible y extraordinariamente rápida bullía en el inte­rior de aquel hombrecillo desgarbado, lleno de astucia y de infantil torpeza en el vivir, como un enorme globo rojo sujeto por un hilo a la muñeca de un niño.
    —Entonces, ¿quiere usted ser alquimista? —pre­gunta el venerable profesor al estudiante Jacques Ber­gier, que, con la cabeza baja, estaba sentado en el borde de un sillón, con una cartera atiborrada de papeles so­bre las rodillas.
    El venerable era uno de los más grandes químicos franceses.
    —No le comprendo, señor —dijo el estudiante, fastidiado.
    Tenía una memoria prodigiosa, y recordó haber vis­to, cuando tenía seis años, un grabado alemán que repre­sentaba dos alquimistas trabajando, en medio de un de­sorden de retortas, tenazas, crisoles y sopletes. Uno de ellos, harapiento y boquiabierto, vigilaba el fuego, mientras el otro, de barba y cabellos alborotados, se ras­caba la cabeza, vacilante, en el fondo del zaquizamí.
    El profesor consultó un legajo:
    —Durante sus dos últimos años de labor, se ha in­teresado usted principalmente por el curso libre de físi­ca nuclear de M. Jean Thibaud. En este curso no se ob­tiene ningún diploma, ningún certificado. Sin embargo, expresa usted el deseo de seguir por este camino. En úl­timo término, habría comprendido su curiosidad en un físico. Pero usted se dedica a la química. ¿Pretende, acaso, aprender a fabricar oro?
    —Señor —dijo el estudiante judío, alzando sus ma­nos gordezuelas y descuidadas—, creo en el porvenir de la física nuclear. Creo que en un futuro próximo se realizarán transmutaciones industriales.
    —Me parece una locura.
    —Pero, señor...
    A veces se detenía al principio de una frase y se ponía a repetirlo, como un fonógrafo estropeado, no por descuido, sino porque su espíritu se iba a dar una vuel­ta inconfesable del brazo de la poesía. Sabía de memo­ria millares de versos y todos los poemas de Kipling:
    Copiaron todo lo que podían seguir pero no podían alcanzar mi espíritu; por eso los dejé, jadeantes y pensativos, un año y medio atrás.
    —Pero, señor, si no cree usted en las transmutacio­nes, debería al menos creer en la energía nuclear. Los enormes recursos potenciales del núcleo...
    —Ta, ta, ta —dijo el profesor—. Esto es primitivo e infantil. Lo que los físicos llaman energía nuclear es una constante de integración en sus ecuaciones. Es una idea filosófica, ni más ni menos. La conciencia no hace marchar las locomotoras, ¿no cree? Soñar en una má­quina accionada por energía nuclear... No, hijo mío.
    El muchacho tragó saliva.
    —Baje de las nubes y piense en su porvenir. Lo que le impulsa, en este momento, ya que no parece salir us­ted de la infancia, es uno de los más viejos sueños de los hombres: el sueño de la alquimia. Lea de nuevo a Berthelot. Éste describió bien la quimera de la transmuta­ción de la materia. Usted no tiene unas notas muy, muy brillantes. Le daré un consejo: ingrese cuanto antes en la industria. Haga una campaña azucarera. Tres meses en una fábrica de azúcar le harán tocar de nuevo la rea­lidad. Y le hace falta. Le hablo como un padre.
    El hijo ingrato, balbuciendo, le dio las gracias, y salió con la nariz muy alta, colgando la abultada cartera de su corto brazo. Era testarudo: se dijo que tenía que obtener provecho He aquella conversación, pero que la miel era mejor que el azúcar. Seguiría estudiando los problemas del núcleo atómico. Y se documentaría sobre la alquimia.
    Y así fue como mi amigo Jacques Bergier decidió proseguir unos estudios tenidos por inútiles y comple­mentarlos con otros que eran juzgados como cosa de locura. Las necesidades de la vida, la guerra y los cam­pos de concentración le apartaron un poco de la ciencia nuclear. Sin embargo, aportó a ella alguna contribución apreciada por los especialistas. En el transcurso de sus investigaciones, los sueños de los alquimistas y las rea­lidades de la física matemática se encontraron una vez más. Pero, desde 1933, se produjeron grandes cambios en el terreno científico, y mi amigo tuvo cada vez me­nos la impresión de navegar contra la corriente.
    Desde 1934 a 1940, Jacques Bergier fue colaborador de André Helbronner, uno de los hombres notables de nuestra época. Helbronner, asesinado por los nazis en Buchenwald, en marzo de 1944, había sido en Francia el primer catedrático de físico-química. De esta ciencia, fronteriza entre las dos disciplinas, nacieron después gran número de otras ciencias: la electrónica, la nuclear, la estereotrónica.[24] Helbronner debía recibir la gran medalla de oro del Instituto Franklin por sus descubrimientos so­bre los metales coloidales. Se había interesado igualmen­te por la licuefacción de los gases, por la aeronáutica y por los rayos ultravioleta.
    En 1934, se consagraba a la física nuclear y había montado, con el concurso de grupos industriales, un laboratorio de investigación nuclear, donde se obtuvie­ron resultados de gran interés hasta 1940. Helbronner era además perito ante los Tribunales para todos los asuntos referentes a la transmutación de los elementos, y esto dio ocasión a Jacques Bergier de conocer a un cierto número de falsos alquimistas, timadores o ilumi­nados; y a un alquimista verdadero.
    Mi amigo no supo jamás el verdadero nombre de este alquimista y, si lo hubiera sabido, se habría guarda­do muy bien de dar demasiados detalles. El hombre del que vamos a hablar desapareció hace ya mucho tiempo, sin dejar rastro visible. Ha entrado en la clandestinidad, después de haber cortado voluntariamente todos los puentes que le unían con el siglo. Bergier está conven­cido de que se trataba del hombre que, bajo el seudóni­mo de Fulcanelli, escribió allá, por el año 1920 dos li­bros extraños y admirables: Las moradas filosofales y El misterio de las catedrales. Estos libros fueron edita­dos gracias a las gestiones de M. Eugéne Canseliet, que jamás reveló la identidad del autor.[25] Figuran, cierta­mente, entre las obras más importantes sobre la alqui­mia. Manifiestan unos conocimientos y una sabiduría extraordinarios, y conocemos a más de un hombre de elevado espíritu que venera el nombre legendario de Fulcanelli.
    «¿Podría —escribe M. Eugéne Canseliet—, al lle­gar a la cima del conocimiento, negarse a obedecer las órdenes del Destino? Nadie es profeta en su tierra. Este antiguo adagio nos da, tal vez, la razón oculta del tras­torno que provocó, en la vida solitaria y estudiosa del filósofo, la chispa de la revelación. Bajo los efectos de esta divina llama, el hombre se consume por entero. Nombre, familia, patria, todas las ilusiones, todos los errores, todas las vanidades, caen hechos polvo. Y de estas cenizas, como el fénix de los poetas, renace una nueva personalidad. Así, al menos, lo quiere la tradi­ción filosófica.
    »Mi maestro lo sabía. Desapareció cuando sonó la hora fatídica, cuando se cumplió la señal. ¿Quién se atrevería a sustraerse a la ley? Yo mismo, a pesar de la laceración de una separación dolorosa, pero inevitable, si me ocurriera hoy el feliz acontecimiento que obligó a mi maestro a huir de los homenajes del mundo, no me comportaría de otra manera.»
    M. Eugéne Canseliet escribió estas líneas en 1925. El hombre que dejaba a su cuidado la edición de sus obras se disponía a cambiar de aspecto y de ambiente. Una tarde de junio de 1937, Jacques Bergier creyó te­ner excelentes razones para creer que se hallaba en pre­sencia de Fulcanelli.
    A petición de André Helbronner, mi amigo se entrevistó con el misterioso personaje en el prosai­co escenario de un laboratorio de ensayos de la Socie­dad del Gas, de París. He aquí, íntegra, su conversación:
    —M. André Helbronner, del que tengo entendido que es usted ayudante, anda buscando la energía nu­clear. M. Helbronner ha tenido la amabilidad de poner­me al corriente de alguno de los resultados obtenidos, especialmente de la aparición de la radiactividad co­rrespondiente al polonio, cuando un hilo de bismuto es volatilizado por una descarga eléctrica en el seno del deuterio a alta presión. Están ustedes muy cerca del éxito, al igual que algunos otros sabios contemporá­neos. ¿Me permite que le ponga en guardia? Los traba­jos a que se dedican ustedes y sus semejantes son terri­blemente peligrosos. Y no son sólo ustedes los que están en peligro, sino también la Humanidad entera. La liberación de la energía nuclear es más fácil de lo que piensa. Y la radiactividad superficial producida puede envenenar la atmósfera del planeta en algunos años.
    Además, pueden fabricarse explosivos atómicos con al­gunos gramos de metal, y arrasar ciudades enteras. Se lo digo claramente: los alquimistas lo saben desde hace mucho tiempo.
    Bergier se dispuso a interrumpirle, protestando. ¡Los alquimistas y la física moderna! Iba a prorrumpir en sarcasmos, cuando el otro le atajó:
    —Ya sé lo que va a decirme: los alquimistas no co­nocían la estructura del núcleo, no conocían la electri­cidad, no tenían ningún medio de detección. No pudie­ron, pues, liberar jamás la energía nuclear. No intentaré demostrarle lo que voy a decirle ahora, pero le ruego que lo repita a M. Helbronner: bastan ciertas disposi­ciones geométricas, sin necesidad de utilizar la electri­cidad o la técnica del vacío. Y ahora me limitaré a leerle unas breves líneas.
    El hombre tomó de encima de su escritorio la obra de Frédéric Soddy: L'interprétation du Radium, la abrió y leyó:
    «Pienso que existieron en el pasado civilizaciones que conocieron la energía del átomo y que fueron to­talmente destruidas por el mal uso de esta energía.»
    Después prosiguió:
    —Le ruego que admita que algunas técnicas parcia­les han sobrevivido. Le pido también que reflexione so­bre el hecho de que los alquimistas mezclaban preocu­paciones morales y religiosas con sus experimentos, mientras que la física moderna nació en el siglo xvni de la diversión de algunos señores y de algunos ricos liber­tinos. Ciencia sin conciencia... He creído que hacía bien advirtiendo a algunos investigadores, aquí y allá, pero no tengo la menor esperanza de que mi adverten­cia fructifique. Por lo demás, .no necesito la esperanza.
    Bergier se permitió hacer una pregunta:
    —Si usted mismo es alquimista, señor, no puedo creer que emplee su tiempo en el intento de fabricar
    oro, como Dunikovski o el doctor Miethe. Desde ha­ce un año, estoy tratando de documentarme sobre la alquimia y sólo he tropezado con charlatanes o con interpretaciones que me parecen fantásticas. ¿Podría usted, señor, decirme en qué consisten sus investiga­ciones?
    —Me pide usted que resuma en cuatro minutos cuatro mil años de filosofía y los esfuerzos de toda mi vida. Me pide, además, que le traduzca en lenguaje cla­ro conceptos que no admiten el lenguaje claro. Puedo, no obstante, decirle esto: no ignora usted que, en la ciencia oficial hoy en progreso, el papel del observador es cada vez más importante. La relatividad, el principio de incertidumbre, muestran hasta qué punto interviene hoy el observador en los fenómenos. El secreto de la al­quimia es éste: existe un medio de manipular la materia y la energía de manera que se produzca lo que los cien­tíficos contemporáneos llamarían un campo de fuer­za. Este campo de fuerza actúa sobre el observador y le coloca en una situación privilegiada frente al Univer­so. Desde este punto privilegiado tiene acceso a realida­des que el espacio y el tiempo, la materia y la energía suelen ocultarnos. Es lo que nosotros llamamos la Gran Obra.
    —Pero, ¿y la piedra filosofal? ¿Y la fabricación de oro?
    —Esto no son más que aplicaciones, casos particu­lares. Lo esencial no es la transmutación de los metales, sino la del propio experimentador. Es un secreto anti­guo que varios hombres encontrarán todos los siglos.
    —¿Y en qué se convierten entonces?
    —Tal vez algún día lo sabré.
    Mi amigo no debía volver a ver a aquel hombre, que dejó un rostro imborrable bajo el nombre de Fulcanelli. Todo lo que sabemos de él es que sobrevivió a la guerra y desapareció completamente después de la Liberación. Todas las gestiones para encontrarlo fracasaron.
    Henos ahora en una mañana de julio de 1945. Todavía escuálido y descolorido, Jacques Bergier, vestido de ca­qui, está forzando una caja de caudales por medio de un soplete. Es una nueva metamorfosis. Durante los últi­mos años, ha sido sucesivamente agente secreto, terro­rista y deportado político. La caja fuerte se encuentra en una hermosa villa, a orillas del lago Constanza, que fue propiedad del director de un gran «trust» alemán. Una vez abierta, la caja fuerte nos entrega su secreto: una botella que contiene un polvo extraordinariamente pe­sado. Reza el marbete:
    «Uranio, para aplicaciones atómicas.»
    Es la primera prueba formal de la existencia en Alemania de un proyecto de bomba atómica suficiente­mente adelantado para exigir grandes cantidades de ura­nio puro. Goebbels no mentía del todo cuando, desde el bunker bombardeado, hacía circular por las calles en ruinas de Berlín el rumor de que el arma secreta estaba a punto de estallar en las narices de los «invasores». Ber­gier dio cuenta del descubrimiento a las autoridades aliadas. Los americanos se mostraron escépticos y de­clararon que toda investigación sobre la energía nuclear carecía de interés. Era un ardid. En realidad, su primera bomba había estallado ya secretamente en Alamogordo, y una misión americana, bajo la dirección del físico Goudsmidt, estaba en aquellos mismos momentos en Alemania, buscando la pila atómica que el profesor Heisenberg construyó antes del hundimiento del Reich.
    1. «La opinión de los más instruidos y de los más expertos es que la persona que se ocultó, o se oculta aún en nuestros días, detrás del famoso seudónimo de Fulcanelli, es el más célebre y sin duda el único alquimista verdadero (tal vez el último) de este siglo en que el átomo es rey.» Caude d'Ygé, revista Initiation et Science, n.° 44, París.
    En Francia no se sabía nada de cierto, pero había indicios. Y especialmente éste, para los avisados: los americanos compraban a precio de oro los manuscritos y documentos sobre alquimia.
    Bergier dirigió un informe al Gobierno provisional sobre la realidad probable de investigaciones sobre ex­plosivos nucleares, tanto en Alemania como en los Es­tados Unidos. Sin duda, el informe fue a parar al cesto de los papeles, y mi amigo conservó la botella, que agi­taba ante las narices de la gente, declarando: «¿Ven us­tedes esto? ¡Bastaría con que un neutrón pasara al inte­rior para que volase todo París!» Al hombrecillo de cómico acento le gustaba, sin duda, bromear, y todo el mundo se maravillaba de que un deportado recién sali­do de Mauthausen hubiese conservado tanto humor. Pero la broma perdió bruscamente toda su gracia aque­lla mañana de Hiroshima. El teléfono empezó a sonar sin descanso en la habitación de Bergier. Diversas auto­ridades competentes pedían copias del informe. Los servicios de información americanos rogaban al posee­dor de la famosa botella que se pusiera urgentemente en contacto con cierto comandante que no quería dar su nombre. Otras autoridades exigían que se apartase inmediatamente la botella de la aglomeración parisien­se. Todo en vano. Bergier explicó que, con toda seguri­dad, la botella no contenía uranio 235 puro, y que, aun­que lo contuviese, el uranio estaba sin duda por debajc de la masa crítica. En otro caso, habría estallado muchc tiempo ha. Le confiscaron su juguete, y ya no volvió a saber de él. Para consolarle, le enviaron un informe de la Dirección General de Estudios e Investigaciones Era todo lo que este organismo, dependiente de los ser­vicios secretos franceses, sabía de la energía nuclear. El informe lucía tres sellos: «Secreto», «Confidencial» «Reservado». Contenía únicamente unos recortes de la revista Sdencie et Vie.
    No le quedaba más remedio, para satisfacer su cu­riosidad, que ponerse en contacto con el famoso co­mandante anónimo, del cual el profesor Goudsmidt ha contado algunas aventuras en su libro Alsos. Este mis­terioso oficial, dotado de un humor negro, había dis­frazado sus servicios con la capa de una organización para la busca de las tumbas de los soldados americanos. Estaba muy agitado y parecía que lo espoleaban desde Washington. Quería saber ante todo lo que Bergier ha­bía logrado descubrir o adivinar sobre los proyectos nucleares alemanes. Pero, sobre todo, era indispensable para la salvación del mundo, para la causa aliada y para el ascenso del comandante, encontrar urgentemente a Eric Edward Dutt y al alquimista conocido por el nombre de Fulcanelli.
    Dutt, sobre el cual Helbronner había sido llamado un día a declarar, era un hindú que pretendía tener ac­ceso a unos manuscritos antiquísimos. Afirmaba haber extraído de ellos ciertos métodos de transmutaciones de los metales, y, por medio de una descarga condensada a través de un conductor de boruro de tungsteno, obtenía señales de oro en los productos recogidos. Re­sultados análogos serían obtenidos mucho más tarde por los rusos, aunque utilizando potentes aceleradores de partículas.
    Bergier no pudo ser de gran utilidad al mundo li­bre, a la causa aliada y al ascenso del comandante. Eric Edward Dutt, colaboracionista, había sido fusilado por el contraespionaje francés en África del Norte. En cuanto a Fulcanelli, se había esfumado para siempre.
    Sin embargo, el comandante, en prueba de agrade­cimiento, hizo llevar a Bergier, antes de su aparición, las pruebas de imprenta de la memoria: Sobre la utiliza­ción militar de la energía atómica, por el profesor H. D. Smyth. Era el primer documento verdadero sobre la cuestión. Ahora bien, este texto contenía curiosas confirmaciones de las palabras formuladas por el alquimis­ta en junio de 1937.
    La pila atómica, útil esencial para la fabricación de la bomba, era, efectivamente, «una disposición geométrica de sustancias extremadamente puras». En un principio, este útil, tal como había dicho Fulcanelli, no requería la electricidad ni la técnica del vacío. La memoria de Smyth aludía igualmente a radiaciones venenosas, a ga­ses, a polvos radiactivos de extremada toxicidad y que podían prepararse en grandes cantidades con relativa fa­cilidad. El alquimista había hablado de un posible enve­nenamiento de todo el planeta.
    ¿Cómo un investigador oscuro, aislado, místico, había podido prever o conocer esto? «¿De dónde te viene esto, alma del hombre, de dónde te viene esto?»
    Hojeando las pruebas de la memoria, mi amigo re­cordaba también este pasaje de De Alchimia, de Alber­to el Magno:
    «Si tienes la desgracia de introducirte cerca de los príncipes y de los reyes, no cesarán de preguntarte: "Y bien, maestro, ¿cómo va la Obra? ¿Cuándo veremos por fin algo hueno?" Y, en su impaciencia, te llamarán pillo y tramposo y te producirán toda suerte de moles­tias. Y si no llegas a buen fin, sentirás todo el peso de su cólera. Si, por el contrario, tienes éxito, te guardarán con ellos en perpetuo cautiverio, con la intención de hacerte trabajar en su provecho.»
    ¿Había sido por esto por lo que Fulcanelli había desaparecido y los alquimistas de todos los tiempos ha­bían guardado celosamente su secreto?
    El primer y último consejo dado por el papiro Harris era:
    «¡Cerrad las bocas! ¡Cerrad las bocas!»
    Años después en Hiroshima, el 17 de enero de 1955, Oppenheimer declararía:
    «En un sentido profundo que ninguna ridiculez barata podría borrar, nosotros, los sa­bios, hemos conocido el pecado.»
    Y, mil años antes, un alquimista chino había escrito:
    «Sería un terrible pecado revelar a los soldados el secreto de tu arte. ¡Atención! ¡Que no haya siquiera un insecto en el cuarto en que trabajas!»
    IV
    El alquimista moderno y el espíritu de investigación. — Descripción de lo que hace un alquimista en su la­boratorio. — La repetición indefinida del experimento. —¿Qué espera? — La preparación de las tinieblas. —El gas electrónico. — El agua disolvente. — La pie­dra filosofal, ¿es energía en suspensión? — La transmu­tación del propio alquimista. — La verdadera metafísi­ca empieza más allá.
    El alquimista moderno es un hombre que lee los tratados de física nuclear. Tiene por cierto que las transmutaciones y otros fenómenos todavía más ex­traordinarios pueden lograrse por medio de manipula­ciones y con un material relativamente simple. En los alquimistas contemporáneos volvemos a encontrar el es­píritu del investigador aislado. La conservación de un espíritu tal es preciosa en nuestra época. En efecto, he­mos acabado por creer que el proceso de los aconteci­mientos ya no es posible sin un equipo numeroso, sin aparatos enormes y sin un considerable empleo de di­nero. Sin embargo, los descubrimientos fundamentales, como, por ejemplo, la radiactividad o la mecánica on­dulatoria, han sido realizados por hombres aislados. América, que es el país de los grandes equipos y de los enormes medios, envía hoy sus agentes por el mundo en busca de espíritus originales.
    El director de la inves­tigación científica americana, el doctor James Killian, declaró en 1958 que era perjudicial prestar únicamente confianza al trabajo colectivo y que había que llamar a los hombres solitarios, portadores de ideas originales. Rutherford efectuó trabajos capitales sobre la estructu­ra de la materia valiéndose de latas de conserva y de ca­bos de cordel. Jean Perrin y Madame Curie, antes de la guerra, enviaban a sus colaboradores al Marché aux Puces, los domingos, a buscar un poco de material. Na­turalmente, los laboratorios provistos de grandes má­quinas son necesarios, pero sería importante organizar una cooperación entre éstos y los equipos de solitarios originales. Sin embargo, los alquimistas eluden la invi­tación. Su norma es el secreto. Su ambición es de orden espiritual. «Está fuera de duda —escribe René Alleau— que las manipulaciones de la alquimia sirven de soporte a un ascetismo interior.» Si la alquimia contiene una ciencia, esta ciencia no es más que un medio de tener acceso a la conciencia. Importa, pues, que no trascienda al exterior, donde se convertiría en un fin.
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