Entre los hombres cultos de nuestra sociedad se da esta
paradoja: la mayor parte de ellos, cuando se les habla de «espíritus»,
de «entidades no humanas», de «extraterrestres», etcétera, fruncen
el ceño y consideran todo el asunto como alucinaciones o como
relatos de ciencia ficción. Pero, por otra parte, vemos a esas
personas profesarse católicos o cristianos, si no fervientes, por lo
menos sinceros. O lo que es igual, se dicen seguidores de una
religión en donde la existencia de espíritus no humanos es cosa no
sólo admitida, sino obligadamente admitida.
Según la doctrina oficial, no se puede ser buen católico sin
admitir la existencia de los ángeles y de los demonios, tal como ha
sido definido en varios concilios y tal como la autoridad «infalible» del
Papa lo ha enseñado en muchas ocasiones y muy recientemente.
Lo cierto es que estas escuelas de pensamiento universales y
milenarias llamadas religiones, que han creado culturas y que han
configurado a lo largo de los milenios la historia de la Humanidad,
admiten sin ninguna duda la existencia de inteligencias no humanas
que se entrometen en las vidas de los hombres.
Y según algunas de ellas, los mismos hombres, cuando
mueren o «desencarnan» —como se dice en el espiritismo—, se