Ben Sands el niño de 13 años que encontró el Mar Perdido de Estados Unidos X Tim Beniyork
El llamado “mar subterráneo” de Estados Unidos fue descubierto por un chico de solo 13 años.
Ocurrió en el año 1905, en las laderas de Tennessee.
El joven se llamaba Ben Sands.
Todo empezó con una imprudencia infantil.
Ben se coló por una abertura embarrada, incómoda y estrecha.
Al avanzar, llegó a una sala tan grande que su luz no alcanzaba las paredes.
No encontró oro ni tesoros.
Encontró agua.
Mucha agua.
Así se descubrió un enorme lago subterráneo.
Hoy lo conocemos como “El Mar Perdido”.
Y aún nadie sabe dónde termina.
La cueva donde se encuentra se llama Craighead Caverns.
Ya era conocida mucho antes del turismo moderno.
Según la historia oficial, los indios cherokee ya la utilizaban.
A casi un kilómetro de la entrada existe una sala llamada “Council Room”.
Allí se han encontrado cerámicas, puntas de flecha, armas y joyas.
Es decir, fue un lugar usado durante siglos.
Más tarde llegaron los colonos europeos.
Le dieron un uso práctico y nada romántico.
En el siglo XIX la usaban como despensa natural.
Su temperatura estable, de unos 14 grados, funcionaba como una nevera.
Allí almacenaban patatas y otros alimentos.
Pero el subsuelo también guarda recuerdos históricos.
En una pared aparece grabado el año 1863.
Fue hecho por un soldado confederado.
Esa marca se verificó con pruebas de carbono.
Procedía del carbón de una antorcha.
Durante la Guerra Civil, la cueva se explotó por su salitre.
El salitre era clave para fabricar pólvora.
Incluso hubo historias de espionaje y sabotajes.
Y aún hay un visitante más antiguo.
Un jaguar gigante del Pleistoceno.
El animal entró hace unos 20.000 años.
Dejó huellas, quedó atrapado y murió buscando la salida.
Parte de sus restos se exhiben hoy en un museo de Nueva York.
En este escenario apareció el lago.
Y lo hizo de forma casi cinematográfica.
Ben Sands no veía el final de la sala.
Así que lanzó bolas de barro para medir la distancia.
Solo escuchó chapoteos.
Construyó un mapa guiándose por el sonido y con paciencia.
Hoy conocemos parte del lago.
La zona visible mide unos 243 metros de largo y 67 de ancho.
Cubre unos 18.200 metros cuadrados.
Pero lo más inquietante está bajo el agua.
Los buceadores han explorado más de 52.000 metros cuadrados sumergidos.
Y no han encontrado el final.
En otras palabras, se ha medido una parte.
Y han confirmado que hay mucho más.
El límite sigue sin aparecer.
Por eso el libro Guinness lo reconoce como el lago subterráneo más grande de Estados Unidos.
Su origen está en el paisaje kárstico.
Son terrenos de calizas que el agua disuelve lentamente.
Así se forman cuevas, acuíferos y lagos subterráneos.
Estos sistemas son muy productivos.
Pero también muy frágiles frente a la contaminación.
Durante la visita aparece otra rareza.
Las anthodites.
Formaciones minerales que parecen flores de cristal.
No son una decoración.
Son un registro químico del agua que circula por la cueva.
En el lago viven también peces.
Truchas arcoíris introducidas por los humanos.
Se soltaron con la esperanza de que encontraran una salida.
No ocurrió.
Sin alimento natural suficiente, dependen de los turistas.
Con el tiempo, pierden color y agudeza visual.
Es un efecto conocido en ambientes subterráneos.
La oscuridad provoca cambios en el cuerpo.
Sin embargo, no es una evolución completa.
Es una adaptación parcial al entorno.
Explorar cuevas inundadas es extremadamente peligroso.
Hay techo, pasillos estrechos y sedimentos que ciegan en segundos.
Por eso el Mar Perdido sigue sin estar completamente mapeado.
Está lo bastante explorado como para asombrar.
Y lo bastante intacto como para seguir siendo un misterio.
Un niño midió la oscuridad lanzando barro.
Más de un siglo después, seguimos escuchando el mismo chapoteo.
Y aceptando que, debajo, aún queda más agua de la que alcanza la luz.