Poemas Peruanos

Poemas Peruanos

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Poemas Peruanos episodes

  • José Watanabe - La piedra alada
    El pelícano, herido, se alejó del mar
    y vino a morir
    sobre esta breve piedra del desierto.
    Buscó,
    durante algunos días, una dignidad
    para su postura final:
    acabó como el bello movimiento congelado
    de una danza.
    Su carne todavía agónica
    empezó a ser devorada por prolijas alimañas, y sus
    huesos
    blancos y leves
    resbalaron y se dispersaron en la arena.
    Extrañamente
    en el lomo de la piedra persistió una de sus alas,
    sus gelatinosos tendones se secaron
    y se adhirieron
    a la piedra
    como si fuera un cuerpo.
    Durante varios días
    el viento marino
    batió inútilmente el ala, batió sin entender
    que podemos imaginar un ave, la más bella,
    pero no hacerla volar.
    2 min
  • Martín Adán - Cómo andará el humano
    ¿Cómo andará el Humano sin su vida
    De ahora, sin su cuerpo, sin su vino,
    Sin su sangre en largura de camino!
    ¡Y aún conciencia propia y removida!
    ¿Cómo andará el Humano a lo divino
    Y siempre humano, en su desconocida
    Realidad insuperable, unicida
    Vivaz noria, a su paso cansino!
    ¡Por ya entierro paso a cada instante!...
    ¡A innumerable soledad estante
    En cada sombra que se le avecina!...
    ¡Bestia transfigurada, ya sin muerte De vida! ...
    ¡todo real, que todo advierte
    De condición mortal y alma divina!
    2 min
  • Antonio Cisneros - Un perro negro
    Un perro. Un prado.
    Un perro negro sobre un gran prado verde.
    ¿Es posible que en un país como éste aún exista un perro
    negro sobre un gran prado verde?
    Un perro negro ni grande ni pequeño ni peludo ni pelado
    ni manso ni feroz.
    Un perro negro común y corriente sobre un prado ordinario.
    Un perro. Un prado.
    En este país un perro negro sobre un gran prado verde
    Es cosa de maravilla y de rencor.
    1 min
  • Blanca Varela - Fútbol
    juega con la tierra
    como con una pelota
    báilala
    estréllala
    reviéntala
    no es sino eso la tierra
    tú en el jardín
    mi guardavalla mi espantapájaros
    mi atila mi niño
    la tierra entre tus pies
    gira como nunca
    prodigiosamente bella
    2 min
  • Arturo Corcuera - Tarzán y el paraíso perdido
    ¡Aaaúuaú aaa…! ¡Aaauaúaa…!
    Tarzán (Johnny Weismuller) es internado en un manicomio por creerse Tarzán.
    Su grito, que asusta a médicos y enfermeras, no es el clarín con el que hacia su victoriosa aparición en la pantalla. El grito a Tarzán no le pertenece. Fue un collage de sonidos confeccionado y patentado por la Warner Brothers: decantaron en el laboratorio los gruñidos de un cerdo y las notas de un tenor.
    Tarzán en el sanatorio para artistas (retirados) de Hollywood,
    abatido y vencido por la camisa de fuerza
    (él que encarnó la fuerza sin necesidad de camisa).
    Hoy casi a oscuras y ayer mimado por los reflectores.
    Tarzán víctima de una dolencia cardiaca
    se toca el corazón y piensa en Jane.
    Desamparado llama en su desesperación a Chita
    (entre sombras ve y besa a Chita como si fuera su madre.
    Chita se limpia la boca, hace morisquetas
    y dando volatines desaparece),
    llama a Chita
    para que lleve un recado pidiéndole ayuda a Jane.
    Pero Chita no podrá acudir. Chita no existió en la vida real.
    (Eran ocho monas chimpancé, ocho monas que parieron su estampa cinematográfica).
    Y Jane,
    la bella silvestre de los níveos brazos,
    ya no lucirá más su silueta junto a Tarzán,
    porque Jane ya no filma. Hace mucho tiempo que se le venció el contrato con la Warner: las piernas de Jane ya no están todo lo tersas que uno quisiera para hacerlas figurar en el reparto.
    (Ah, Jane, paraíso perdido, divino tesoro, ya te vas [para no volver],
    cuando quiero llorar
    pienso en ti, mi dulce Jane.
    Cuánto hubiera dado por tenerte en mis brazos,
    por confesarte mi amor: Yo querer mucho a Jane.
    Silencio insensato que guarde por culpa de mi testaruda timidez.
    Por culpa de los barritos de mi precoz adolescencia.
    Ah, Jane, ya no adoro tus senos besados por las lianas.
    Tus senos asediados al centímetro por flechas y lanzas.
    Ya no adoro tu rostro que el tiempo implacable ha ido modelando a su capricho.
    Tu rostro que acaricie con ternura [a escondidas del público] en todas las carteleras.
    Que no me digan nunca que te quitaste el maquillaje.
    Que no me enseñen nunca tus cabellos de desfalleciente plata.
    Para mi tú serás siempre la linda muchacha que yo amé matalascallando,
    que yo ayudé a inventar con mis ensueños en los destartalados cines de mi barrio, mi inolvidable Jane).
    En su cuarto Tarzán da vueltas como condenado
    y en su rayado papel de loco repara en el espejo del lavabo y quisiera lanzarse.
    Tarzán varias veces campeón olímpico de natación.
    Amor, juventud y dinero, la veleidosa gloria:
    todo desde el trampolín se le fue al agua.
    Todo se lo devoraron con voracidad las fieras.
    Entre paredes pálidas que su insomnio decora
    de enredaderas por sentirse libre (al final de la película)
    se aferra a sus sueños:
    se sueña sobre el lomo de sus elefantes y sonríe.
    Se sueña venciendo a sus repujados cocodrilos de cartón.
    Ve acercarse a sus leones de felpa (pura melena)
    y Tarzán siente miedo
    y tiembla y grita como un desventurado niño de pecho:
    ¡Aaaúaúaa…! ¡Aaaúaúaaaa…!
    Pobre Tarzán indefenso y desnudo,
    descolgado del ecran por inservible,
    loco, completamente solo entre los locos,
    aullando perdido en su paraíso perdido,
    sin Jane, sin chita, sin fuerzas, sin grito,
    solo con su soledad y sus taparrabos.
    6 min
  • César Calvo - Nocturno de Vermont
    La voz del autor supera la calidad del audio.//
    Me han contado que también allá las noches
    tienen ojos azules
    y lavan sus cabellos en ginebra.
    ¿Es cierto que allá en Vermont, cuando sueñas,
    el silencio es un viento de jazz sobre la hierba?
    ¿Y es cierto que allá en Vermont los geranios
    inclinan al crepúsculo,
    y en tu voz, a la hora de mi nombre,
    en tu voz, las tristezas?
    O tal vez, desde Vermont enjoyado de otoño,
    besada tarde a tarde por un idioma pálido
    sumerges en olvido la cabeza.
    Porque en barcos de nieve, diariamente,
    tus cartas
    no me llegan.
    Y como el prisionero que sostiene
    con su frente lejana
    las estrellas:
    chamuscadas las manos, diariamente
    te busco entre la niebla.
    Ni el galope del mar: atrás quedaron
    inmóviles sus cascos de diamante en la arena.
    Pero un viento más bello
    amanece en mi cuarto,
    un viento más cargado de naufragios que el mar.
    (Qué luna inalcanzable
    desmadejan tus manos
    en tanto el tiempo intemporal golpeando
    como una puerta de silencio suena).
    Desde el viento te escribo.
    Y es cual si navegaran mis palabras
    en los frascos de nácar que los sobrevivientes
    encargan el vaivén de las sirenas.
    A lo lejos escucho
    el estrujado celofán del río
    bajar por la ladera
    (un silencio de jazz sobre la hierba).
    Y pregunto y pregunto:
    ¿Es cierto que allá en Vermont
    las noches tienen ojos azules
    y lavan sus cabellos en ginebra?
    ¿Es cierto que allá en Vermont los geranios
    otoñan las tristezas?
    ¿Es cierto que allá en Vermont es agosto
    y en este mar, ausencia...?
    3 min
  • Antonio Cisneros - Por la noche los gatos o mis ocho vecinos pensionados de guerra
    Todos los gatos de la región son un ruido en el techo,
    igual que el de los reos fondeados entre bolsas en un hueco del río
    -ritos de amor, ritos de combate-
    hasta que se descuelgan ya muertos o cansados para asediar mi casa,
    se revuelven
    como tribus de arañas en el fondo del agua, me reclaman
    un lugar en el lecho y de comer según los usos del último tratado
    -alianza concertada con el viejo que dio nombre a los gatos,
    sembró las margaritas, los geranios
    (donde orino cuando estoy apurado),
    comió sobre esta mesa,
    durmió sobre esta cama,
    murió sobre esta cama
    como un sapo.
    Las moscas de mi mesa son las mismas que engordan en la mesa
    de mis 8 vecinos pensionados de guerra,
    son de vuelo pesado y paso torpe, mansas para la muerte, son el día.
    Por la noche los gatos.
    Allá vuelven.
    Cierro la puerta con 2 vueltas de llave, toco madera.
    3 min
  • Blanca Varela - Canto Villano
    y de pronto la vida
    en mi plato de pobre
    un magro trozo de celeste cerdo
    aquí en mi plato
    observarme
    observarte
    o matar una mosca sin malicia
    aniquilar la luz
    o hacerla
    hacerla
    como quien abre los ojos y elige
    un cielo rebosante
    en el plato vacío
    rubens cebollas lágrimas
    más rubens más cebollas
    más lágrimas
    tantas historias
    negros indigeribles milagros
    y la estrella de oriente
    emparedada
    y el hueso del amor
    tan roído y tan duro
    brillando en otro plato
    este hambre propio
    existe
    es la gana del alma
    que es el cuerpo
    es la rosa de grasa
    que envejece
    en su cielo de carne
    mea culpa ojo turbio
    mea culpa negro bocado
    mea culpa divina náusea
    no hay otro aquí
    en este plato vacío
    sino yo
    devorando mis ojos
    y los tuyos
    2 min
  • José Watanabe - La mantis religiosa
    Mi mirada cansada retrocedió desde el bosque azulado por el sol
    hasta la mantis religiosa que permanecía inmóvil a 50 cm. de mis ojos.
    Yo estaba tendido sobre las piedras calientes de la orilla del Chanchamayo
    y ella seguía allí, inclinada, las manos contritas,
    confiando excesivamente en su imitación de ramita o palito seco.
    Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos descubre,
    pero se desintegró entre mis dedos como una fina y quebradiza cáscara.
    Una enciclopedia casual me explica ahora que yo había destruido
    a un macho
    vacío.
    La enciclopedia refiere sin asombro que la historia fue así:
    el macho, en su pequeña piedra, cantando y meneándose, llamando
    hembra
    y la hembra ya estaba aparecida a su lado,
    acaso demasiado presta
    Y dispuesta.
    Duradero es el coito de las mantis.
    En el beso
    ella desliza una larga lengua tubular hasta el estómago de él
    y por la lengua le gotea una saliva cáustica, un ácido,
    que va licuándole los órganos
    y el tejido del más distante vericueto interno, mientras le hace gozo,
    y mientras le hace gozo la lengua lo absorbe, repasando
    la extrema gota de sustancia del pie o del seso, y el macho
    se continúa así de la suprema esquizofrenia de la cópula
    a la muerte.
    Y ya viéndolo cáscara, ella vuela, su lengua otra vez lengüita.
    Las enciclopedias no conjeturan. Ésta tampoco supone qué última palabra
    queda fijada para siempre en la boca abierta y muerta del macho.
    Nosotros no debemos negar la posibilidad de una palabra
    3 min

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