Recayente

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By Pista GalgodromoArts
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Recayente episodes

  • 14 La cabaña
    Cada tanto Jorge odiaba el castellano, esa lengua impuesta por sus padres, a quienes también les fue impuesta, y así durante tantas generaciones, que ya se había olvidado lo correcto. Lo único que Jorge encontraba apacible era escuchar el canto de los árboles, después de eso el silencio llegaba y Jorge dormía cómodo en él
    Jorge prefería el lenguaje que había inventado con Maria, en el que se comunicaban con mínimos movimientos, variaciones en las comisuras de sus labios, y gemidos en cabalgata desbocada que terminaban con las flores del jardín húmedas por la mañana.
    9 min
  • 13 El cementerio
    Movió una roca, luego otra, una más después.
    Sebastian se recargó en la lápida, descansando del dolor que le provocó dormir.
    Sentado, se mantuvo respirando el aire de los muertos, luego el polvo, después el olor a hierva mojada, a pasto recién cortado, a viento salido entre árboles y piñones.
    Vio sus manos llenas de grietas, en cada grieta había un campo de espigas doradas en las que se adivinaban pisadas marcadas por los hombres del cultivo, dueños de manos recias, endurecidas por el uso de la hoz, y en las manos de esos hombres había otras grietas, con campos de espigas doradas.
    8 min
  • 12 El edificio
    Soledad miró el edificio que se levantaba enfrente de ella; apenas lo estaban construyendo.
    Veintidós pisos de concreto gris, terroso y lúgubre. Grandes cintas anaranjadas impedían que los cuerpos de los trabajadores cayeran uno a uno, el aire cruzaba libre de un lado a otro.
    Meses más tarde el edificio habría de ser terminado.
    6 min
  • 11 Miedo
    Estaba encerrado en el armario, dejándose cobijar por el frío y tapado hasta el cuello por las sombras; todos estaban ahí: los recuerdos.
    Afuera llovía, porque cuando suceden las cosas importantes, siempre está lloviendo.
    Cansado de todos los meses, de los eslabones de tela y algodón, de los días sin fin y los árboles desnudos, de los hurtos y los sábados con mañanas de doce o catorce horas, de recordar el tiempo pasado y las reuniones en las que el fútbol valía la pena, como después ya no fue.
    5 min
  • 21 La saliva del diablo
    En aquel tiempo tenía pocas cosas que hacer, fue cuando más escribí, incluso un par de novelas que deben estar en algún lado, olvidadas entre recibos de luz y agua.
    Entonces sonó el timbre, fui a abrir y ahí estaba esa mujer de falda y tacones.
    –Me gustan las mujeres más altas que yo, le dije.
    Ella se apenó un poco, dijo que no era tan alta, que eran los tacones. Quizá, pero no importaba.
    –Sabes, he leído todo lo que has escrito desde hace 6 años, me parece muy bello, ¿puedo pasar?
    5 min
  • El Viaje
    A Magali le bebieron del vientre mientras en la radio se escucha a Carolina, eso y la luz entrecortada era lo que estaba al fondo, después de haber llegado, al fin, de ese largo viaje; aquel del que no regresaron todos los que se fueron, dos meses antes.
    Susana se quedó en el campamento porque dijo que nunca había visto nada tan triste, tristísimo, y luego, dos días después de haber agarrado las mochilas, Juan dijo que regresaría porque era cierto, aquel campamento había sido la imagen más triste que él también había visto y no quería tenerla solo como recuerdo porque, cierto, nada se iba a arreglar, pero de menos quería tener ese espectáculo con movimientos continuos, que se repitieran sin cansancio.
    7 min
  • Jessica y el Tigre
    Jessica tenía tatuado un tigre en la cintura. Era un buen tatuaje y era una buena cintura.
    Pocas personas lo habían visto, y sólo Liz y Alfonso lo habían besado en una especie de encuentro sexual con algún ritual de por medio.
    Un día Jessica abrió las cortinas de su casa, tenía ventanales; cuando las cortinas se abrieron Jessica estaba completamente desnuda, los brazos libres y el tigre suelto por aquella casa. Enfrente estaba el departamento de Cristina y Manuel, que, viendo a aquella mujer se les despertó la lujuria y comenzaron a arrancarse la ropa como si hacía años no hubieran fornicado salvajemente. Quizá era cierto.
    8 min
  • Nubes Rojas
    Eran días lluviosos, justo como lo son ahora. Las casas estaban abandonadas, los padres divorciados. La comida rápida, el pantalón de mezclilla y la camisa de franela, las botas, la soledad.
    Uno pertenecía a pandillas donde se buscaba, mas que rebeldía, alguna forma de identificarnos con el mundo, sólo que no lo sabíamos.
    Todos éramos artistas de la calle con una depresión naciente. Enfurecíamos en silencio al ritmo de cucharas frenéticas y al calor de los primeros cigarrillos.
    7 min
  • La Playa
    A las diez de la mañana, en la playa, antes de que el mar se levantara y lo tragara en una ola descomunal, José recordó el día en que había llegado al ponto.
    Había sido un año atrás, al llegar después de un día de viaje caminó desde la central de autobuses, lo esperaba Marcelinda, loca como un torbellino por la espera, lo recibió con dos girasoles, un cuaderno con pasta de madera y una botella de rosado espumoso.
    7 min
  • Lucy
    "Dale a un hombre una máquina de escribir y se convertirá en escritor"
    En ocasiones un hombre tiene una relación íntima con su máquina de escribir, una relación que lo lleva a dejar palabras, oraciones y cartas.
    Esa tarde, con el cielo cayendo en llanto, Luis tomó a Lucy y comenzaron, letra por letra, a escribir lo que Luis tanto había evitado escribir.
    Una vez había leído la frase: Escribe lo que sea, menos una nota de suicidio.
    7 min

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En la decadencia de este personaje se encuentra su virtud.