Álex Celma, exfrancotirador de élite de la Legión Extranjera francesa, ha relatado en el programa 'Herrera en COPE' con Alberto Herrera la cruda realidad que vivió como militar y, posteriormente, como contratista privado. Celma, que se alistó con el ideal de “ayudar a la gente”, se encontró con un mundo donde “las cosas son completamente distintas” a como se ven desde fuera, una experiencia que le ha llevado a afirmar que el trato que reciben es “inhumano”.
La Legión Extranjera se creó, según explica Celma, para evitar la muerte de suboficiales franceses, reclutando a extranjeros para enviarlos a primera línea. Aunque en sus orígenes acogía a exconvictos o personas que buscaban una segunda oportunidad, la dureza persiste. “Dentro de la legión como tal no se ayuda la gente, aunque desde fuera se ve todo muy romántico”, afirma Celma.
El entrenamiento es extremo. Tras cuatro meses de instrucción, los reclutas son enviados a una granja para realizar actividades sin descanso desde la madrugada hasta la noche, incluyendo marchas con su propio peso en la espalda y simulaciones de misiones. Celma recuerda una prueba de emboscada en los Pirineos franceses bajo la lluvia: “Lo que más recuerdo es el frío, el estar muchas horas completamente mojado”.
El cansancio extremo es tal que Celma asegura que “se puede dormir andando”. Relata cómo una vez se quedó dormido de pie durante una marcha y su grupo se fue sin él. “Entrecierras los ojos y te quedas dormido. Y cuando ya te pasa esto muchas veces, incluso puedes jugar”, explica sobre los micro-sueños de segundos que experimentaba.
Contrario a la imagen de hermandad militar, Celma niega que exista en la Legión. “En la legión extranjera francesa no existe mucho compañerismo”, sentencia. Explica que los legionarios se agrupan por nacionalidades (rusos, latinoamericanos, españoles) y que la camaradería general “yo no la he vivido personalmente”.
Su primera misión como francotirador fue en África, para apoyar al ejército local contra el terrorismo. Allí vivió uno de los episodios que marcó su desengaño. Mientras repartía raciones de combate a niños desnutridos, su capitán “agarró a estos niños que se nos estaban subiendo encima y los estampó unos contra otros” para que dejasen de hacerlo. “Ahí me di cuenta que nosotros no estábamos ahí para ayudar a nadie”, confiesa.
La salida de Celma de la Legión, tras casi tres años y con una baja por depresión, fue precipitada por la muerte de un amigo. Un compañero colombiano falleció de malaria cerebral tras la misión en África por no acudir al médico, ya que les amenazaron con ponerlos en cuarentena y no poder ver a sus familias. “Me di cuenta de que ahí el trato que nosotros tenemos al final, pues es un trato inhumano”, lamenta.
Tras la Legión, Celma cumplió su objetivo de ser contratista militar privado, una figura que diferencia de la del mercenario. Mientras que el mercenario “se le paga por ir a la guerra”, el contratista realiza misiones de seguridad, patrulla o instrucción y solo puede defenderse. Con un sueldo base de 5.000 dólares que podía llegar a 8.000, volvió a África.
En su faceta como contratista, Celma identifica a la población civil como el elemento “más peligroso” en conflictos africanos. “Basta con que una persona tire una piedra para que todos te tiren piedras”, asegura, recordando cómo fueron atacados al confundirlos con Cascos Azules.
La impotencia fue una constante. Celma ha presenciado cómo un niño soldado de 11 o 12 años “le quita la vida de forma manual” a un prisionero, o cómo una turba quemaba vivo a un hombre por robar un perfume. “Es frustra muchísimo y da muchísima rabia ver cómo suceden muchas cosas y no poder intervenir”, admite, ya que una intervención individual podría comprometer la seguridad de todo su equipo.
A su regreso a Europa, Celma sufrió episodios de estrés, llegando a confundir los petardos de las Fallas de Valencia con disparos. Aunque tuvo pesadillas durante un par de meses, asegura que a día de hoy lo ha “normalizado completamente” y no sufre un estrés postraumático grave.