SOLO PARA ADULTOS X - Voces reales

SOLO PARA ADULTOS X - Voces reales

By StarlyComedy
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SOLO PARA ADULTOS X - Voces reales episodes

  • Pillada a tetona vergonzosa.
    Hola, de nuevo soy Marcelo, chico con síndrome de Klinefelter que provocó el desarrollo de mis senos y un cuerpo de proporciones femeninas.
    El día de hoy vengo a contarles una historia más corta, que sucedió con un chacal joven en un centro comercial.
    Esta es una historia algo reciente, tendrá un año más o menos. He de confesar que de repente me gusta ir por la calle sin brasier, y en una que otra ocasión con blusas blancas o que sean un poco transparentes, con el único motivo de que se noten bastante mis pechos, esto con la intención de provocar una respuesta sexual en los hombres.
    Quien diría que un par de bultos de grasa en mi pecho podrían provocar tanto en los hombres? Mayores o jóvenes, altos o bajos, incluso aquellos que vienen con sus novias/esposas, los he visto clavar su mirada hacia mis senos, cómo si en ellos se despertara su instinto más animal.
    Cierto día fui a comer algo a una plaza comercial, aunque la idea no era solo ir por alimento, sino también buscar a un hombre para alimentarlo con mis grandes tetas y tal vez algo más.
    Para facilitar mi cometido, fuí sin brasier y en una blusa rosa demasiado delgada y un tanto transparente, que dejaba ver la forma de mis pechos así como mis pezones marcados en ella.
    Desde el trayecto en camión hasta mi caminata por el centro, la mirada de varios hombres se clavó en mis glándulas mamarias, y es que acá en México todavía no era tan común ver a una chica sin brasier y en una blusa que marcara demasiado la forma del busto (aunque ellos no sabían que soy un chico en realidad probablemente). Cada mirada que se desviaba hacia mis senos me hacía sentir bastante bien de hecho, incluso me imaginaba como se verían esos hombres pegados a mi pecho chupando como becerros hambrientos.
    Al llegar al centro comercial, se encontraba un local en mantenimiento, pues se iba a cambiar su funcionamiento, dentro habían varios trabajadores, y entre ellos, había uno en especial con el que me topé, cuya mirada igual se desplazó hacia mi pecho rápidamente, pero su mirada era distinta a la de los otros hombres, ellos miraban con cierto asombro o curiosidad, en cambio él, desde el primer segundo miró con un deseo y lujuria, cómo si estuviera hambriento y con ganas de romperme la blusa para llegar a mis tetas y comer de ellas.
    Eso me encendió en seguida, así que sigilosamente dí la vuelta para saber hacia donde se dirigía.
    Él era un hermoso ejemplar de chacal varonil, moreno, cabello corto, espalda amplia, brazos gruesos y muy fuertes, bigote y barba corta, usando una camisa de botones a cuadros, así como una camiseta blanca y un pantalón de mezclilla.
    Para mí lujuriosa fortuna, se detuvo en un Carl's Junior a comer una hamburguesa, mismo lugar al que entré. Cómo había poca gente, me senté en una mesa frente a él, para de inmediato sonreírle y saludar, invitándolo a sentarse conmigo y algo más.
    Se sentó conmigo y conversamos, su nombre era Gustavo, tenía 27 años y trabajaba en la construcción. Después de contarle un poco sobre mi vida, le confesé que en realidad era un chico. Para mí sorpresa no lo tomó mal, y en cambio me hizo la clásica pregunta de siempre, que como le hacía para tener unos senos de ese tamaño siendo chico, si eran una operación o algo así. Procedí a explicar mi padecimiento.
    De su boca salió decir que mis senos se habían desarrollado muy bien, que se veían apetitosos. Esa fue mi señal, así que ni lento ni perezoso lo convencí de probar mis tetas en el baño del restaurante. Me dirigí yo primero hacia el baño de hombres para esperarlo ahí.
    Una vez que llegó, nos metimos a un cubículo, yo ya no aguantaba más y me quité mi blusa, lo único que se interponía entre Gustavo y mis tetas, él se lanzó a succionar mi seno izquierdo y tocar el otro con su mano, ya lo he dicho en muchas ocasiones, que un hombre me succione las tetas con su boca es el paraíso para mí.
    Pude sentir toda esa lujuria y deseo que sintió cuando nos topamos en el pasillo del centro comercial, se comía mis tetas con una fuerza como si intentara sacar leche de mí. No cabía la menor duda que le fascinaba mi cuerpo, y a mí me encantaba verlo comerme.
    Mis pezones rosas se enrojecían un poco debido a la succión, podía sentir cada detalle de una manera muy intensa, desde su barba picando en mi piel muy rico, hasta el frío del aire al tocar mis pezones llenos de su saliva, su lengua lamía de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba como si mis senos fueran un helado de vainilla.
    Después de un pequeño rato y con las tetas totalmente llenas de su saliva, me pidió sexo oral. Al bajar su boxer me encontré con un pedazo de carne moreno de probablemente 15 o 16 cm, con mucho vello, tal como me gusta.
    Usé mi boca para darle placer a Gustavo, mientras al verlo a la cara tan solo abría su boca y cerraba los ojos del placer, mientras yo trataba de no hacer mucho ruido para no ser atrapados.
    No solo me limité a su miembro viril, también me metí sus testículos a la boca, porque mi mayor pasión en este mundo son los testículos de un hombre, sobre todo pasar mi lengua sobre ellos y meterlos totalmente en mi boca.
    Gustavo me pidió hacerle una rusa, a lo cual accedí encantada, con su pene lleno de mi saliva, lo colocó justo entre mis tetas, las cuáles yo apretaba con mis manos. Me prendí de recordar la cantidad de penes que habían estado entre mis senos, mientras él me follaba de lo lindo mis enormes tetas.
    Al venirse su semen caliente se fué hacia mi cara y cuello, para no usar papel me lo comí todo, procedimos a salir de regreso al comedor tratando de ser cautelosos.
    Decidimos mover nuestras charolas hacia un lugar más adentro del restaurante, dónde nos tapaba una pared de la entrada, para seguir platicando cómodamente.
    Me dijo que le encantaron mis tetas porque le gustan los pechos grandes, y que su esposa no tenía mucho busto, así que comerse unas tetas de ese tamaño siempre fue su fantasía, yo le respondí fascinada sobre cuánto me encanta darle pecho a los hombres.
    Me propuso seguir dándole teta otro rato, pero que en esta ocasión lo hiciéramos justo ahí, él se sentaría a mi lado, recostaría su cabeza en mis piernas y yo tan solo tenía que levantar mi blusa para darle pecho.
    Me dio algo de miedo la idea, porque podíamos ser atrapados, pero también me calentaba la idea de darle pecho en un lugar público, aunque estábamos solos en esa zona.
    Al final se hizo, se acostó y yo levanté mi blusa un poco, me agaché levemente para que alcanzara mi seno y comenzó a chupar de nuevo, yo me retorcía del placer y de los nervios de ser atrapados, pero Gustavo se negaba a soltar mi teta, así pasé media hora amamantandolo hasta que comenzó a llegar gente y tuvo que soltar mis pechos.
    Ese día comenzó a aumentar más y más mi deseo por de nuevo darle teta a la mayor cantidad de hombres que pudiera como lo hacía antes, además si era en lugares públicos, el morbo era mayor. Comencé a verme a mi misma como una vaca, que le encanta tener toros pegados a sus enormes ubres llenas de lechita para después dejarme preñar por ellos.
    12 min
  • Llamo a mi novio para que follemos en casa de mis jefes aprovechando que salieron de viaje.
    Recuerdo perfectamente cuando me presentó a Inma y me pidió mi parecer acerca de ella.
    Inma iba vestida, lo recuerdo bien, con un traje corto, de flores alegres y unas medias de color café, con unos bonitos zapatos de medio tacón. Tenía una sonrisa muy alegre y contagiosa y una conversación fluida e inteligente. En aquellos momentos, estaba haciendo el doctorado en psicología, al tiempo en que Jack lo hacía en física.
    Cuando aquel primer día ella se fue y nos dejó solos, no pude evitar hacerle un buen repaso a su culo, que se contoneaba al alejarse.
    Allí mismo, le dije a mi amigo que Inma me había gustado mucho y que no la dejara escapar.
    La relación de Jack e Inma fue echando raíces. Al menos una vez al mes, mi novia, Verónica, Jack y yo quedamos para salir los cuatro, tomar una cerveza, cenar y echarnos unas risas.
    En una ocasión, nos fuimos los cuatro a un piso que el padre de Verónica tenía en la sierra de Madrid a pasar todo un fin se semana.
    Como no podía ser de otra forma, cada pareja se fue a una de las habitaciones y con el alcohol que llevábamos encima, cada cual folló con su pareja y aunque tratamos de no hacer mucho ruido para no tener ningún problema con los vecinos, ese día fui consciente de dos cosas: Que Inma no pude evitar gemir cuando se la están follando y que no le debe importar mucho que la llamen perra o zorra en esos momentos, porque esas palabras salieron de la boca de Jack varias veces aquella noche.
    Sobra decir que a mí y a Verónica aquello nos puso a mil y incrementó el morbo de la follada (a mi novia/mujer nunca le había importado que me la follara con gente en casa), en la misma cama, por cierto, en que le había dado por el culo por primera vez hace solo unas pocas semanas.
    A la mañana siguiente, feliz por el desarrollo de la noche anterior, me desperté pronto y salí del dormitorio, tumbándome en un sofá del salón. Estaba tranquilamente leyendo una revista cuando de repente se abre la puerta del dormitorio de nuestros amigos y sale Inma, con cara de sueño y sonrisa de felicidad, en bragas y sujetador de encaje, amarillo transparente y me dice, “ay perdona”, llevándose la mano al pubis, donde el pelo moreno de su coño destacaba y que no pude evitar “comerme” con los ojos, “¿Dónde está el baño?
    La indiqué con una gran sonrisa en los labios que esta al otro lado del salón, me dio las gracias y su fue hacia allí, entrando en el baño y dejando la puerta entre abierta, los suficiente para que desde mi posición pudiera ver como se bajaba las bragas y se sentaba sobre la taza.
    Inmediatamente, una erección levantó el pantalón de mi pijama como una tienda de campaña (nunca llevo ropa interior debajo del pijama), más si cabe recordando una conversación que habíamos tenido la noche anterior sobre una escena de una película mainstream, pero que empezaba básicamente con una lluvia dorada, todo esto mientras escuchaba perfectamente su meada, larga meada.
    Un ratito después, salió del baño, cruzó el salón y diciéndome, “gracias, cielo, me vuelvo a meter en la cama”, se metió de nuevo en la habitación y cerró la puerta. Jack estaba todavía durmiendo. Creo que Inma se dio cuenta de la erección.
    Yo por mi parte, traté de bajar el calentón. Verónica esta también dormida y aunque pensé en despertarla metiendo mi polla en su boca, razoné al fin que, dado que ella tiene muy mal despertar, eso no era buena idea.
    Tras desayunar, llegó la hora de bajar a la piscina. Vero se puso un bañador bastante “casto” azul. Yo por mi parte, suelo usar estos bañadores tipo rocky, ajustado.
    En cuando a Jack, ni me acuerdo, pero Inma se puso un pequeño bikini color naranja, con la parte de arriba tipo wonderbra que apretaba deliciosamente tus tetas.
    Nos lo pasamos muy bien en la piscina, jugando con una pelota inflable. En uno de los lances, a Inma se le salió una teta. Ella no se dio cuenta, pero Jack y yo (y todos los demás en la piscina) si nos dimos cuenta. Jack nadó despacio hacia ella, de dijo “espera” y mientras la pegaba un buen morreo, se la metió de nuevo el sujetador.
    A ella no pareció importarle mucho lo sucedido y seguimos disfrutando del agua un buen rato.
    Otro detalle de aquella mañana es que cuando íbamos a salir de la piscina, mientras yo subía los primeros escalones e Inma estaba subiendo muy pegada a mi (tenía frio y quería coger la toalla cuanto antes), Jack me llamó por lo que literalmente mi culo y la cara de Inma se chocaron, y justo a continuación ella echó las manos a mis glúteos diciendo “tira, culo pollo” y finalmente me dio ella una cachetada sonora en el culo.
    De vuelta en el solárium, las chicas se quedaron un tiempo tumbadas boca abajo y pude contemplar como sus culos engullían una buena parte de sus bañadores. No pude oír muy bien la conversación, pero me pareció entender algo sobre tamaño de paquetes y sobre lo finas que son las paredes de la casa, pues mi llegada cortó su conversación, que derivó luego en temas de spa y masajes. Con gusto las hubiera hecho a las dos un buen masaje, cosa que luego pude hacer con Vero a la que en el intervalo que pasó entre que subimos ella y yo, mientras Jack e Inma se tomaban una cerveza en el chiringuito de la piscina. Recuerdo que la comí bien el coño con el bañador todavía húmedo y luego follamos un polvo furtivo en el salón, ella apoyada sobre la mesa en la que minuto después íbamos a comer. Por fin me quedé un poco más relajado. Inma me había puesto cachondo desde primera hora. Ahora ya podía pensar en más cosas que en follarme a la novia de mi amigo.
    Capítulo 2: En el cine
    Varios meses después de aquel fin de semana, quedamos los cuatro de nuevo, esta vez para ver una película en el cine: “Entrevista con un Vampiro”. Ni que decir tiene que a las chicas les atraía mucho de esta película sus protagonistas, que, en más de una ocasión, habían ambas dicho a los cuatro vientos que se los fallarían vivos con gusto.
    Recuerdo que, en días previos, en una conversación privada con Jack, hablando sobre fetiches, le había confesado que a mi me gustaban mucho que las chicas llevaran falda, medias y tacones y que me parecía muy sexy que ellas frotaran sus piernas, resultando ese característico sonido. Estaba algo fastidiado porque Vero solo se vestía así en las bodas. Tal vez sea casualidad, pero ese día en el cine, Inma, que se colocó con Jack a su derecha y yo a su izquierda, no dejó de frotar sus piernas y ponerse y quitarse sus bonitos zapatos de tacón durante toda la película, ante lo cual, la verdad, yo de vez en cuando no podía de dejar de retirar la mirada de la pantalla y llevarla a sus piernas.
    Así pude ver que, juraría, entre como apretaba y soltaba y como la mano de Jack le sobaba el muslo, Inma se estaba masturbando allí mismo. De hecho, en una escena concreta, yo diría que se corrió, mientras yo y seguramente Jack teníamos la polla a reventar y yo pensaba si sus flujos habrían calado la entrepierna de los pantis.
    Tampoco me cabía mucha duda de que Inma sabía que yo me había percatado perfectamente de ello. Inma se comportaba conmigo como una autentica calienta pollas… y me encantaba.
    Capítulo 3: Viaje a Marruecos.
    De este episodio, todo lo que os puedo narrar deriva de conversaciones tenidas con Jack en tardes en las que ambos quedábamos solo, sin las chicas, tras unas buenas cervezas. No era raro que en esas ocasiones, el tema sexual saliera a relucir. Por ejemplo, así me había enterado del gusto de Inma de follar en parque, a plena luz del día… ventajas de llevar falda.
    Me imagino la cantidad de veces que Inma ha debido tener un rabo dentro del coño mientras la gente pasaba por delante de ellos y les veía tan acaramelados.
    Sin embargo, aquel día me contó algo que les sucedió aun mas sensual, en un viaje que realizaron por Marrueco durante una semana santa. En busca de regalos para la familia y los amigos (por ejemplo, a nosotros nos trajeron un pipa de fumar), caminaban por el zoco, entrando en muchas tiendas.
    Inma, que como decía antes es una mujer muy extrovertida, que además, domina perfectamente el inglés y el francés (y esto no lo digo con segundas… aunque será algo que os contaré en un capítulo posterior) iba entrando en muchas tiendas y preguntando a mucho de los dependientes, derrochando simpatía. Buscaban ciertas yerbas aromáticas de las que una amiga en Madrid les había contado que podrían encontrar en el zoco. Así, entraron en una amplia tienda, limpia bien iluminada, repleta de sacos con ciertos de productos a granel. En seguida les recibieron dos dependientes, moros, uno alto y fornido, con barba bien arreglada y otro más viejo, también de fuerte constitución.
    Mientras este último preguntaba a Jack que producto deseaba, el primero se acercó a Inma y cogiéndole la mano se la besó en señal de respeto y seguidamente hizo una cordial reverencia hacia Inma, preguntándole en un empalagoso francés en que podía ayudar a una mujer tan bella en su humilde hogar. Inma se sintió tremendamente alagada y los cuatro comenzaron a hablar sobre de donde procedían los turistas, que habían visto en estos días en Marruecos, que les había gustado más, etc, etc. Los dependientes no tardaron en ofrecerles algo fresco que beber. No sería agua, si no una infusión especial, según les dijeron, que les daría fuerza para seguir conociendo los entresijos de la ciudad.
    Tras unos pocos minutos, el viejo salió de la trastienda con 4 vasos, siendo dos de ellos del mismo color, los que tomaron para si los propios dependientes y los de Jack e Inma de color verde y rojo, respectivamente.
    Amablemente, pidieron a sus invitados que tomaran asiento y que tomaran sin prisa sus bebidas. Y aquí es donde la historia se empieza a poner caliente.
    Jack me contó que poco después de sentarse en los sofás, se sintió un poco mareado. Al tiempo que el se sentía cada vez más apagado, veía como, justo al contrario, Inma se sentía cada vez más excitada, como un poco borracha y a la vez cachonda y desinhibida, dejando cada vez más levantado su vestido y posiblemente ya enseñando sus bragas al descocido. Me contó también que notó como una bajada en la luz ambiental y como el cierre de una cerradura. Tras eso, solo recuerda que el moro mayor le comenzó ha hablar en árabe, que empezó a sonar una música ambiental tipo danza del vientre de tal forma que los ruidos del exterior se apagaron y que, aunque el tipo se ponía en medio, le pareció que el moro joven estaba cogiendo a Inma de la cintura, la cual había empezado a bailar agitando su vestido
    Ahí el perdió del todo el conocimiento, quiso avisar a Inma de que la situación le estaba empezando a parecer peligrosa y que tal vez a él, le habían drogado para dejarle K.O y a ella la iban a violar, habiéndola drogado también, pero de forma muy diferente…
    El caso es que pasadas 4 horas, no recuerdan ninguno de los dos muy bien, recuperaron la consciencia en los sofás de su hotel.
    Como pistas, según me relató Jack, cuando se metieron en la cama, el estaba ya más despierto y descansado, pero ella estaba “destrozada”, según le contó y cayó rendida en la cama, por un momento. Tan fue así que fue el propio Jack el que tuvo que desnudarla, descubriendo que las bragas Inma las tenía empapadas, tanto por la zona del coño, como por la zona del culo.
    Jack me dio a entender que los moritos se la habían follado los dos a la vez, por esta frase que se le escapó a Inma en su duerme vela, “si, moros, volved a metédmela los dos, os encanta mi culo”.
    En fin, ojos que no ven. Los dos dimos completamente por sentado que Inma se había dejado llevar y no nos extrañó mucho. A mí la historia me excitó mucho y esa noche, mientras se la contaba a Vero, a la que también se puso burra, aproveché el contexto para meterle un plug delicadamente por el culo y follármela por detrás como un poseso, hasta que se corrió con gran gusto. ¿Qué sería aquel liquido licor rojo que tomó Inma?
    Capítulo 4: Masaje en casa
    En una ocasión, que no sucedía realmente muy habitualmente coincidió que Jack estaba de viaje y las cosas se dieron de tal forma que Inma me pidió que pasar por la casa que ambos tenía alquilada en una zona del norte de Madrid ya que Inma necesitaría ayuda para mover un mueble de lugar, demasiado pesado para hacerlo ella sola.
    Como no podía ser de otra manera, ese día, bien duchado y bien vestido y perfumado, me acerqué para echarle una mano.
    La verdad es que nos costó bastante. El mueble pesaba muchísimo realmente. Una vez colocado, Inma se afanó en limpiar el suelo, adoptando una postura prácticamente de yoga, quedando su trasero muy elevado y marcado… una vista impresionante desde mi posición.
    El esfuerzo, unido al calor que hacía, nos hizo sudar a los dos un poco e Inma propuso que nos ducháramos, eso sí, por separado, lógicamente.
    Así lo hicimos primero lo hice yo. Al entrar en el baño, en frente de la puerta, había un cesto lleno de ropa. No pude evitar fijarme: eran todo bragas, sujetadores, pantis y medias de Inma. No me atreví a cogerlos, tocarlos y olerlos, por miedo a que me descubriera, pero con ganas me quedé.
    Finalmente me duché, con disciplina de no tocarme demasiado la polla, no era plan de salir de allí con un dolor impresionante de huevos.
    Al salir yo del baño, entró ella y cerró la puerta, diciéndome que cogiera una cerveza bien fría de la nevera. Así lo hice.
    En tan solo 10 minutos salió ella, ya con el pelo bien secado. Estaba para comérsela. Se había cambiado de ropa, llevando unas mallas grises muy ajustadas y un top blanco de licra.
    Ya los dos en el sofá, me dijo que se había hecho algo de daño en el cuello. Me acerqué para observar si tenía algo y me indicó que si podía darle un masaje en la zona, que ella me enseñaría como hacerlo, pues hacía poco había realizado un curso de masajista.
    Así lo hice aplicándome a fondo, apretando fuerte, siguiendo sus indicaciones, esparciendo abundantemente el aceite de masaje. El top me daba mucho espacio para rodear bien sus hombros y bajar “peligrosamente” a la parte alta de sus pechos, que marcaban deliciosamente ya sus pezones sobre el top.
    Mi polla creía, tocando en alguna ocasión su espalda, al incorporarme.
    Cuando decidí parar, Inma de dijo que me recostase sobre sofá y así los dos quedamos frente a frente a ambos extremos del sofá. Inma me quería enseñar otro masaje que había aprendido, esta vez en los pies. Me descalcé y subí los pues en el sofá en su dirección. Ella los tomó y los acarició con ambas manos, extendiendo sus piernas, enfundadas en unas bonitas medias cortas de cristal, en mi dirección. Se embadurnó bien de crema las manos y con ellas masajeó cada uno de mis pies. Lo hacía muy eróticamente, como si en lugar de pies fueran pollas, tanto que se los acercaba a la boca, abriéndola y sacando la punta de la lengua.
    Lo más excitante fue cuando colocó de forma totalmente consciente uno de mis pies en toda su entrepierna y comenzó apretarlo fuertemente contra su coño, mientras estibara el cuello como mirando hacia el techo pero con los ojos cerrados.
    Ya estaba a punto de sacarme la polla del pantalón para no reventar cuando suena el teléfono: Era la madre de Inma, que avisaba de que estaba por el barrio con su tía y que querían acercarse a saludarla.
    Así que ahí termina la escena, con el morbazo que me da el recordar lo caladas que tenia las mallas a la altura del coño. Es una pasada ver chorrear así a una mujer sin siquiera haberle hecho nada más que lo que hicimos Inma y yo esa tarde en su sofá… algo que me dejó muy caliente.
    Al llegar a casa, Vero recibió un tratamiento similar al que le da Michael Douglas a la psicóloga cuando vuelve de ver a Sharon Stone. Y todos tan contestos.
    Capítulo 5: Conversaciones sobre sexo anal en la terraza del Centro
    Con nuestras últimas vivencias, el nivel de confianza entre Inma y yo se incrementó mucho. Un buen ejemplo de ello fue una tarde de verano. Es tarde habíamos quedado a tomar algo en una terraza del centro Jack, Inma y yo.
    Por problemas de tráfico, llegué 15 minutos tarde. Al hacerlo, Inma ya había llegado y esperaba sonriente tomando una cerveza helada. Al preguntarle por Jack me dijo que le había llamado y que a última hora se le había complicado un tema en el trabajo, por lo que se retrasaría como una hora. Así que eso nos daba 45 minutos para hablar de nuestras cosas.
    Mientras apurábamos ya mi segunda cerveza y su tercera, Inma va y me suelta lo siguiente:
    Inma: ¿A ti te gusta el sexo anal?
    Antes de que pudiera articular un discurso coherente para contestarla, pero ante mi mirada de estupor y felicidad, Inma continuó:
    Inma: A mi no me gusta demasiado pero he de reconocer que todos mis novios, excepto Jack, me han dado por el culo. No se que tiene mi culo que es una constante en mis relaciones, si. Todos me han dado por el culo. Y tu, ¿te has follado por el culo a tus novias? ¿te mola el sexo anal?
    Antes aquella confianza de mostrada no podía menos que contestarla con sinceridad: la verdad es que me parece algo muy excitante. Demuestra una gran conexión y confianza. Si, me encanta, me excita mucho, me pone muy burro. Hay que hacerlo con cuidado y saber bien lo que estás haciendo, quiero decir, si te pones a follar por el culo, luego no quieras metérsela en la boca o en el coño, claro.
    Inma: Claro, claro… reconozco que alguna vez, estando muy cachonda si me han hecho el culo-boca, pero evidentemente es mucho mejor el boca-culo que el culo-boca.
    No sabiendo muy bien como continuar le contesté que, en descarga de sus novios, ella tenía un culo muy bonito, que a todo tio en su sano juicio le gustaría petar. Sin ir mas lejos, la semana pasada cuando estábamos en casa y te agachaste a recoger no se que debajo del mueble de la tele, que quieres que te diga, mi amiga se puso rápidamente morcillona, dije, poniendo mi mano sobre mi polla discretamente.
    En estas que vemos a lo lejos llegar a Jack con cara de apurado. Tocaba ya cerrar esta conversación cuando Inma me dice:
    Inma: Otro día me cuentas como preparas a tus novias para el sexo anal. Cambiemos ahora de tema que viene Jack. Te confesaré que he salido de casa duchada y con las bragas limpias, pero ahora las tengo chorreando y sucias seguro, ya que son negras, tras esta conversación.
    13 min
  • Me encanta que te Vengas... a verme y dentro de mi.
    Estoy nerviosa, que digo nerviosa, estoy atacada. Todo ha empezado como un juego, una fantasía que se surgió mientras hablábamos como a veces surgen las historias. Hay sueños que ocultamos, no por miedo o vergüenza… sino porque no encontramos al amante adecuado. Aquel día, yo lo encontré, y fue a él a quién confesé mi sueño más inconfesable. Y pasa que cuando eres capaz de abrirte con alguien de esa forma, cuando pierdes el miedo a contarle tus fantasías más perversas, a veces pasa que consigues vivirlo casi como si en verdad estuviera pasando
    Dicen que todos tenemos tres vidas: la pública, la privada y la secreta… por supuesto, mi confesión se refería a esta última. Una de esas noches de conversaciones alocadas, le revelé mi sueño más pervertido e indecente, una fantasía que había permanecido oculta durante años en ese rincón que todos tenemos reservado a los secretos. Pero lo que no podía imaginar era que después de tanto tiempo, después de que aquello hubiera quedado como una conversación intranscendente, una de tantas que se pierden en el olvido, él iba a recordarla y a cumplirla…
    Estoy frente a Marcos en la puerta de una habitación de hotel, antes de abrir se vuelve y sus manos se aferran a mi cintura con avidez. Nos besamos; es un beso con sabor a… hagamos el amor. Mientras nuestras bocas se fusionan, las leguas juegan, bailan, se buscan… noto sus manos ansiosas recorrer el contorno de mi cuerpo. Ya estoy excitada… no veo el momento de entrar, quiero que tome cuanto desee de mí, quiero que me folle sobre la cama. Siento que podría hacerlo allí mismo, en el pasillo, arriesgándome a ser descubiertos, a que las miradas indiscretas nos expíen. En ese momento nada importa, la excitación loca nubla cualquier atisbo de razón.
    Cuando la puerta se abre, los dos nos deslizamos dentro hechos un ovillo de caricias y besos. Ahora sí, sus manos se cuelan bajo el vestido y acarician los muslos; su caricia me hace temblar y el cuerpo reacciona acelerándose. Magrea el culo bajo la falda, busca el borde de las bragas y de un tirón seco arranca; estas se deslizan deshilachadas por las piernas, lo que queda de ellas cae y enganchadas al tobillo. Él se aferra con fuerza a los cachetes del culo y yo lanzo un respingo al sentir su fuerza animal estrujándolo. Mientras lo hace, susurra al oído…
    —Hoy vas a ser nuestra putita… —debido al resuello de la respiración creo no haber escuchado bien.
    Pero él repite…
    —Sabes Dafne… vas a cumplir tu fantasía. Te vamos a follar como te gusta.
    El corazón se acelera más si cabe. ¿A qué se refiere? ¿Por qué dice vamos? En ese momento no recuerdo ninguna fantasía. ¡Dios mío! ¿Qué está pasando?
    Pero solo soy capaz de pensar, no me atrevo a hacer preguntas. Ajenas a mis miedos, las bocas se buscan y se comen a besos como adictas. Sus manos se cuelan y acarician el muslo interno, las nalgas, las caderas… y yo me consumo de gusto.
    La oscuridad lo cubre todo con su manto en la habitación, tan solo la tenue luz de las farolas de la calle logra colarse por la ventana. Puedo notar el olor a moqueta, a la fragancia de una habitación recién limpiada, pero hasta mí también llega el aroma de un perfume desconocido…
    De repente, mi corazón da un salto mortal y se precipita al vacío… Una nueva presencia se sitúa tras de mí. Noto sus grandes manos acapararme y lanzo un grito que no puedo sofocar. El primer instinto es huir. Intento removerme. Salir de ahí para salvar la vida, pero ellos me retienen.
    —Es tu sueño. ¿Recuerdas?
    —Para. ¿Que estáis haciendo? —me siento frágil, vulnerable, acojonada…
    Ahora soy consciente de lo estúpida e insensata que he sido. Noto como el corazón aporrea el pecho con fuerza. Me falta el aliento. Tiemblo de miedo. El que hasta hace nada era el único acompañante mete su mano en mi entrepierna, yo tendría que evitarlo y sin embargo, lanzo un gemido al notar su invasión. Intento detener su mano pero él es más fuerte; sus dedos se mueven en círculos, chapotean en mis fluidos, invaden mi intimidad. Estoy asustada y excitada, no soy capaz de separar las dos sensaciones.
    —Estás cachonda y lo sabes, tu humedad te delata…
    — ¿Qué queréis? —pregunto con el resuello en la respiración.
    —Somos tu fantasía ¿Recuerdas?
    —No recuerdo nada. Por favor, dejadme…
    —Tu coñito no dice lo mismo… y yo solo le hago caso a él —no entiendo por qué el cuerpo me traiciona de esa forma.
    —No, por favor. Podéis llevaos lo que queráis, no me hagáis nada…
    —Tranquila, todo lo que te vamos a hacer te va a gustar.
    Yo me remuevo e intento salir, pero ellos me sujetan e inmovilizan. Son fuertes, muy fuertes y tengo que rendirme.
    Siento un cierto alivio al saber que no voy a ser asesinada o secuestrada. No soy capaz de pensar. Los pensamientos van y vienen como fogonazos y no logro recordar en momento en el que le conté ese sueño. Mientras tanto, sus dedos se hunden en mi entrepierna y para mi sorpresa, jadeo de puro gusto. Las manos del otro desconocido se pasean por mis caderas, por la cintura, los senos… esculpe mi cuerpo con su caricia como si fuera un escultor ciego. Hunde sus labios en el cuello y la piel se eriza al instante. ¿Por qué mi cuerpo me traiciona?
    —Solo déjate llevar y disfruta —dice la voz ronca del desconocido que se encuentra tras de mí.
    Sus dedos tiran de la cremallera del vestido y la desliza con suavidad hacia abajo. El desconocido pasa sus manos por los hombros, el vestido cae al suelo y queda hecho un ovillo junto a las bragas alrededor de los tacones. Ahora son sus hábiles dedos los que sueltan el sujetador y los senos saltan de las copas. Estoy asustada, expuesta, frágil, soy un ser indefenso entre dos vampiros sedientos de sangre.
    Las manos de los dos recorren mi cuerpo como si fueran espíritus. La caricia del desconocido se pasea por cada recoveco de mi piel y se aferra a los senos; tengo los pezones duros, reactivos, sensibles, deseosos de ser mimados. El pezón se filtra entre los dedos y presiona… yo grito, siento un espasmo, duele, pero el dolor me excita.
    — ¿Te gusta zorra?
    Entonces Marcos que está en frente da un manotazo a uno de mis senos y grito de dolor, luego vuelve a golpearlo; una, dos, tres veces… hace daño, pero me gusta, podría acostumbrarme, creo que ya me he acostumbrado. Me pone. ¿A caso soy masoquista?
    El desconocido me guía y me empuja con brusquedad sobre la cama. En la habitación hay dos camas; son individuales y estrechas. Caigo de forma transversal y la cabeza y las piernas quedan fuera. Marcos se sitúa a un lado y el desconocido al otro. Estoy tumbada, expectante y excitada, por momentos el cuerpo se llena de ganas de ellos.
    En la penumbra de la habitación veo al desconocido sobre mí, se quita los pantalones y una enorme erección recubierta de venas se alza sobre mi cabeza. Al otro lado de la cama Marcos abre mis piernas, noto como lo hace, pero no lo veo, lo único que alcanzó a ver es la enorme polla del desconocido alzándose como un bastón sobre la cara.
    — ¡Ah!
    Los dedos de Marcos se cuelan entre las piernas y acarician mi sexo… se hunden y se impregnan de los cálidos jugos que no dejan de emanar. Mi cuerpo se retuerce y arquea de gusto. De repente, siento una fuerte palmada sobre el clítoris y grito. El otro, el desconocido, comienza entonces a pasearme su polla por la cara y me da una bofetada…
    — ¿Te gusta verdad?
    No contesto, el vuelve a darme otra bofetada y pregunta de nuevo…
    — ¿A qué te gusta?
    —Sí, me gusta mucho —contesto con la respiración entrecortada.
    Tengo la cara dolorida y la siento como si tuviera una bolsa de agua caliente sobre ella
    Comienza entonces a pajearse; su mano sujeta aquel mango grueso y rosado e inicia un lento bombeo. Está tan cerca de mi rostro que puedo apreciar el calor que emana. No sé bien que tengo que hacer. Alzo la mano y sujeto los testículos… los presiono, en un principio despacio, luego voy aumentando la intensidad. El desconocido gruñe y golpea con la mano abierta un pecho, después el otro; yo grito y presiono con más fuerza aquellas bolas.
    Los senos están doloridos, pero me gusta. Los pezones reactivos reaccionan a sus manotazos endureciéndose.
    — ¿Así te gusta verdad? —mientras habla el desconocido vuelve a golpear uno de los pechos y jadeo.
    — ¡Ah!
    — ¡Contesta! ¿Te gusta así?
    —Sí, me gusta. No pares por favor…
    Ahora es Marcos el que levanta mis caderas y acomoda bajo el culo varios almohadones para situarme a la altura de su erección. El culo se levanta y el cuerpo se arquea. El vuelve a darme un manotazo en el clítoris y gritó. Siento la sensibilidad de mi sexo a flor de piel, tengo calor y noto como palpita de deseo. Apoyo los pies sobre la cama y el empuja las rodillas para dejarme completamente abierta.
    —Te vamos a follar como nadie te ha follado.
    Yo respiro profundamente y espero su acometida. Tiemblo de deseo. Noto como se acomoda en mi entrada y lanza una estocada que se clava certera; su rigidez llena cada uno de mis espacios y grito a la vez que mis manos presionan el escroto del desconocido. Marcos vuelve a embestirme de nuevo, pero en esta ocasión mi grito es acallado por una polla gruesa que ha entrado sin pedir permiso en mi boca.
    —Cómetela entera.
    Quiero gemir, pero no soy capaz, su erección llena mi cavidad por completo y ahora solo puedo concentrarme en mamarla. Tengo que ayudarme con una mano para poder hacerlo. Siento la suave textura de aquel miembro y su sabor salado. Cada vez que entra llega hasta la campanilla, corta el aire y me viene una arcada.
    Marcos comienza a moverse más rápido, sus embestidas se vuelven más secas, más potentes, más y más posesivas, cada vez que me penetra, sus caderas chocan contra las ingles y el empuje llega hasta el útero. Se escucha el chasquido de los cuerpos al colisionar, mis gemidos ahogados, los gruñidos de los dos hombres.
    — ¿Así te gusta que te follen?
    Pero yo no puedo hablar, mi boca está llena de carne...
    Entonces, mientras percute mi coño sin piedad, Marcos presiona el ombligo y vuelve a preguntar.
    — ¿Así te gusta?
    Pero mi boca sigue llena de su dureza y no puedo hablar.
    Entonces el desconocido extrae la polla de la boca y vuelve a darme una bofetada…
    —Te está haciendo una pregunta, contesta…
    —Sí, me gusta mucho. No pares. Por favor.
    En ese momento, Marcos se detiene con toda su polla ensartada en mí y empuja el estómago; lo presiona más, más, más fuerte… siento la presión hundiéndose en mi ombligo y de nuevo comienza a follarme; noto como entra y me llena por completo, siento el roce de sus acometidas al deslizarse entre las paredes de mi vagina y ahora sí, puedo gemir, y lo hago como si fuera una perrita en celo.
    Yo paseo la lengua por los testículos del desconocido que siguen sobre mí, después, recorro la extensión de su erección y noto la textura sedosa, su calidez, el relieve impregnado de venas que sobresalen. El desconocido jadea, gruñe, tensa su cuerpo y vuelve a dar varias bofetadas a uno de mis senos que ya está enrojecido.
    Al otro lado de la cama Marcos se detiene y deja de follarme el coño, al momento, siento el síndrome de abstinencia que deja su polla al salir. Empuja y flexiona mis piernas para dejarme más expuesta si cabe. Ahora es la otra apertura la que se encuentra a su altura. Sitúa el glande en la entrada y lo acomoda esparciendo fluidos alrededor del ano. Mi estrecha apertura virgen palpita por lo que está a punto de sentir. Tengo miedo, pero lo deseo, quiero que su acometida me rompa el culo, quiero llenarme de él.
    Esta vez sí, mi boca emite un grito desgarrador cuando se sumerge. Las paredes del ano se resisten, pero su empuje es mucho mayor; se abre paso con determinación y lanzo un grito desgarrador. Es la primera vez que me sodomizan y la presión es brutal. Una vez dentro, se detiene, y mientras estoy ensartada, golpea el clítoris con los dedos y me descompongo de gusto. Intento volver a gritar, pero ahora es el otro el que vuelve a meterme la polla en la boca, y una vez más, los gemidos son acallados…
    —Cómetela toda zorra… —no entiendo porque sus palabras hirientes y sucias me excitan, pero lo hacen…
    Marcos pasa sus manos por debajo de los muslos y levanta las piernas para colocarlas encima de sus hombros. Se agarra fuerte a los muslos y empuja; siento una punzada de dolor, pero mi corazón alocado busca llenarse de él, quiero sentir su rigidez y que llene mis espacios. Estoy dispuesta a pagar la penitencia con tal de sentir su néctar inundando todas mis oquedades.
    La respiración del desconocido es cada vez más acelerada, noto como su cuerpo se tensa por momentos, la velocidad a la que mamo su miembro comienza a no ser suficiente. Su polla entra en mi boca. Me amoldo a ella y la cubro con mis labios. La succiono y acaricio su hinchado glande carmesí que palpita como si tuviera vida propia.
    —Que culito más duro tienes… es una delicia follarlo…
    Parece detenerse, pero solo es una pausa para embestir con más fuerza. Mi pequeño espacio se abre para él; conquista mi templo con su potente virilidad. Mi piel tiene hambre y sed de su dominio. Él se sumerge, ambos se sumergen. Una punzada de excitación me invade, llena mis infiernos y da rienda suelta a todos mis demonios.
    El desconocido jadea, agarra con fuerza mi cabeza y lanza un gruñido acompañado de un espasmo que tensa su cuerpo como si fuera la cuerda de una guitarra; al momento, noto el sabor salado de su cálida miel llenándome la boca. Tras el primer chorro, sale de mí y lanza un segundo y un tercero sobre la cara, siento como su cálida leche se derrama por mi rostro como riachuelos.
    Marcos comienza a lanzarse contra mí con furia, sus embates son ahora terribles. Mientras me folla el culo, introduce el dedo pulgar en la vagina y el resto se posan sobre el centro de mi deseo… los dedos presionan un clítoris demasiado sensible y lanzo varios gemidos que salen de lo más profundo de si ser.
    —Te siento, te siento, te siento… —estoy llamando a las puertas del paraíso y no soy capaz de decir otra cosa.
    Los cuerpos comienzan a fundirse. El placer me desangra y se fusiona con su placer. Ya no soy consciente de nada, las señales del triple orgasmo aparecen: ano, vagina, clítoris… Una y otra vez, él me empala, y yo lo recibo, hasta que por fin grita al sentir el clímax, y se deja ir para hundirse por última vez en mí. Siento su néctar cálido llenar el ano y derramarse cuando extrae su polla. Su goce arranca el mío, siento que llego y empiezo a jadear. El extremo placer comienza su viaje, se multiplica, mi cuerpo se arquea, se estira… Las vibraciones se transmiten hasta la última terminación nerviosa. Entonces, él presiona con su dedo pulgar el punto G, y exploto; me retuerzo, grito, las manos se aferran a lo primero que agarro. Siento varios espasmos, y como ríos de sensaciones viajan por todo el cuerpo.
    Después de la locura mi cuerpo queda inerte y jadeando sobre la cama; estoy dolorida, desmadejada e impregnada con su semen viscoso. Cierro los ojos e intento recuperarme. Es el momento en el que el remordimiento viene a mi encuentro. He empezado a pensar de forma coherente, solo ahora puedo ser razonable. Me doy cuenta del peligro al que he estado expuesta y abro los ojos angustiada… en la habitación no queda nadie, ellos han desaparecido de la misma manera que llegaron. Me pregunto si todo ha sido un sueño o realmente ha pasado. A veces, deseamos que los sueños se hagan realidad… pero en otras ocasiones anhelamos que la realidad haya sido tan solo un sueño. ¿Qué estoy sintiendo yo ahora? ¿Qué desearía que hubiera sido? Ni yo misma lo sé…
    Fin…
    13 min
  • Soy tu vecina cachonda y quiero que te corras conmigo.
    Este relato comienza con una tarea tan rutinaria como pasear al perro. Estaba yo paseando a mi perro en un descampado próximo a mi casa y un día me encontré con una mujer que estaba paseando a sus dos perros también en el mismo descampado. No pude evitar fijarme en ella, debía tener unos 36 o 37 años, era rubia, guapita, no tenía una cara de las que encandila a todo el que pasa y genera muchas envidias, pero era guapa. De cuerpo tampoco era despampanante, pechos y cintura normales, pero en algo que sí que destacaba era en su trasero. Su trasero era precioso, muchas mujeres a su edad han perdido el trasero que tenían a los 25 años, pero ella parecía conservarlo, bastante llamativo incluso para un chaval de 24 años, yo. Y unas piernas también bastante bien conservadas. Se notaba que debía salir a correr o ir al gimnasio a menudo, no para estar musculada, sino para conservar su línea.
    Mi primer contacto con ella fue puramente visual. Durante semanas me la fui encontrando algunos días, no era a diario, pero solía fijarme en lo bien que estaba físicamente, estoy acostumbrado a encontrarme a mujeres que a su edad no están tan bien como ella, seguramente por falta de ejercicio. De vez en cuando nos saludábamos, pero apenas hablábamos.
    Cuando me la cruzaba yo solía fijarme en ella más de lo que es natural observar a una persona que conoces de vista. Sé que ella se percató de ello, yo no me cortaba en mirarla aunque ella mirase directamente hacia donde yo estaba. Al principio no parecía sentirse muy cómoda con mis miradas, pero con el tiempo se notaba que le gustaba que yo me fijara en ella, incluso ha habido ocasiones en las que he pensado si vestía con ropa más ceñida para mí, pero bueno, siempre pensé que eran paranoias mías.
    Sin embargo, un día, aquél saludo cortés que solíamos dedicarnos acabó en una conversación que se alargó en el tiempo. Comenzamos hablando de nuestros perros, algo típico cuando dos personas que tienen perro y lo están paseando comienzan a hablar; pero la conversación derivó en lo bonito que era uno de sus perros.
    - Pues es muy mono Chiqui -el perro- casi tanto como su dueña.
    - Uy, uy ¿pero qué dices, niño? ¿Yo que voy a ser mona?
    - Eres preciosa y estás estupenda.
    - Qué adulador eres tú, ¿eres el típico chavalín al que le gustan mayores?
    - ¿Mayores? Si eres muy joven todavía, estás muy lejos de ser mayor.
    - Ya quisiera yo. Pero he notado cómo me miras ¿te crees que no me doy cuenta?
    - A mí no me importa que me vean observando a una escultura como tú.
    - Sí que debo gustarte, no te cortas un pelo, vas a matar. Pues que sepas, niño, que estoy casada.
    - Nadie es perfecto. Ah, por cierto, soy Alejandro, que no nos hemos presentado.
    - Yo Laura.
    - Bonito nombre.
    - Gracias, también lo es el tuyo.
    - Gracias. ¿Entonces no tengo ninguna oportunidad?
    - A ver, he dicho que estoy casada, no que sea esclava de mi marido, y tú no serás Brad Pitt, pero tienes tu encanto.
    - ¿Qué quiere decir que no eres esclava de tu marido? ¿Sois una pareja liberal?
    - No, pero si él no me satisface como es debido, me busco a quien lo haga. Mi marido es un hombre que está muy ocupado con su trabajo
    - Ok. ¿Entonces te apetece que quedemos y juguemos?
    - Jajaja, qué mono.
    - ¿Qué pasa? ¿Qué he dicho?
    - Nada. No me has conquistado y ya quieres probarme...
    - Es que ese culito tan perfecto que tienes me encanta, me derrito con él. Y esos ojos claros... En fin, que estás buenísima y te daba aquí mismo.
    - ¡Alto! Romeo, alto.
    - Perdona, creo que habla la testosterona por mí -en ese momento la agarré del brazo y froté mi mano en él.- Si me permites, te voy a dar dos besos.
    - ¿Aquí? ¿Ahora? -miró alrededor y pareció que no vio a ningún conocido- bueno, pero en la mejilla.
    - De acuerdo -me acerqué más a ella rodeándola con mi brazo por la espalda y le di un beso en la mejilla, pero en el segundo busqué su boca.
    - ¡Oye! -y me hizo la cobra.
    - ¿Por qué no quieres solo un piquito?
    - ¿Tú has visto dónde estamos? Podrían vernos, demasiado raro es que me beses en la mejilla como para que, además, me beses en la boca.- Me quedé pensando un momento.
    - Bueno ¿qué te parece que vaya a dejar a mi perro a mi casa y me acerque a la tuya? O puedes venir a la mía, ahora mismo no habrá nadie.
    - De acuerdo, acércate a mi casa, pero no te creas que ya me has conquistado.
    - No se me ocurriría.
    Me dijo dónde vivía exactamente y rápidamente fui a dejar a mi perro a mi casa y me dirigí la suya, vivía realmente cerca de la mía, apenas a tres calles en un barrio no muy amplio. Cuando me abrió la puerta observé que se había cambiado, ya no vestía como cuando estaba paseando a sus perros, en ese momento iba con una bata con encajes que parecía de seda, bastante sexy, no sabía si debajo iba completamente desnuda o llevaba ropa interior. Me quedé sorprendido y, al mismo tiempo, intrigado ¿estaría desnuda? Pasé besándola directamente en los labios y enseguida noté que buscaba mi lengua, así que accedí. El beso duró casi un minuto y yo busqué cada centímetro de su cuerpo con mis manos, especialmente su hermoso trasero.
    - Creía que todavía tenía que conquistarte.- Dije yo.
    - Bueno, no te pienses que con un beso ya me tienes ganada.
    - ¡Qué lástima! Por cierto, besas realmente bien- nos fuimos a sentar al sofá mientras la sujetaba por la cintura, una vez sentados busqué hacerle caricias continuamente en su cara, cuello, su torso y sus muslos.
    - Gracias, tú tampoco besas mal, creía que serías menos habilidoso con la lengua. Como lo seas también en otros labios... -dijo esto y acabó llevándose su dedo índice a sus labios en un gesto travieso.
    - Quizás deberíamos comprobarlo ¿no crees? -en ese momento, sin que ella pudiera contestarme, comencé a besarle el cuello al tiempo que una de mis manos buscaba delicadamente uno de sus pechos, dejé un momento de besarle para hacerle una pregunta- ¿llevas algo debajo?
    - Compruébalo tú mismo.- Con esa respuesta automáticamente mis manos fueron a buscar el nudo que ataba su sensual bata; aunque podía ya notar sus pezones debajo de esa fina tela, al descubrir sus senos pude ver perfectamente que estaban desnudos, al ver aquellos lindos pezones rodeados de una fina areola me lancé directamente a probarlos con mi boca, ella dio un respingo y me puso una de sus manos en mi cabeza para acompañar mi movimiento.
    A pesar de que sus pechos estaban desnudos, su sexo estaba cubierto por un tanga blanco de lencería fina muy sexy. Tras probar ambos pezones fui bajando poco a poco hasta llegar al interior de sus muslos, aquello estaba muy caliente y cuando fui a frotar ligeramente su coño por encima de su tanga noté que estaba ligeramente húmedo, ella parecía estar pasándoselo bastante bien conmigo.
    Al ir Laura a quitárselo, le pedí si podía hacerlo mostrándome su culazo mientras se bajaba su tanga. Ella accedió y aquella imagen me puso a mil, así que me saqué mi polla rápidamente y ella rápidamente se la introdujo en la boca.
    - Joder, qué bien la chupas, como sigas así me corro en nada.
    - ¡No! No te corras, que yo también quiero diversión.
    Tras un par de minutos probando ella el sabor de mi aparato nos cambiamos el rol. Ante mí tenía un coño que, aunque no estaba recién depilado, se notaba que no hacía ni una semana que lo hizo, pero eso no me importaba, tenía el coño de una mujarrona de unos 12 años más que yo a milímetros de mi boca, aquello era máximo para mí, pocas veces te encuentras la oportunidad de tener sexo con una mujer atractiva 12 años mayor que tú.
    Succioné y lamí aquél tesoro durante varios minutos, pero tenía yo mi polla palpitando y en su máximo esplendor, yo creo que ya no cabía más sangre en su interior, así que me decidí y le penetré. No sé todavía cómo no salió humo de allí, tanto mi polla como su coño estaban calentísimos. Afortunadamente ella había lubricado suficiente y no costó mucho penetrarla.
    - ¡OH, SÍ! ¡¡QUÉ BIEEEEN!! Eso es ¡FÓLLAME!
    - ¿Te gusta mi polla? Pues toma polla.
    - Aaaah, sí, sigue.
    Estuve unos segundos siguiendo un ritmo rápido, pero tuve que frenarme porque sabía que no iba a aguantar mucho así, así que la estuve follando tranquilamente hasta que ella quiso cambiar de postura, como el sofá era un poco incómodo nos fuimos a su cuarto y allí me tumbó sobre la cama cara arriba y ella se colocó sobre mí, se insertó mi rabo entre sus piernas y comenzó a cabalgarme. Mientras tanto, yo agarré firmemente su espléndido culo, parecía que me estuviera follando a una chica de, como mucho, 20 años, por aquél formidable trasero, pero con la experiencia de una mujer hecha y derecha, de hecho ella me follaba a mí mejor que yo a ella.
    Enseguida tuve que frenarla porque veía que me venía.
    - Para, para, para... Que me corro.
    - Pues córrete
    - ¡NO! Antes tengo que follarte desde atrás.
    Inmediatamente la agarré de la cintura, la puse a cuatro patas y volví a introducir mi pene en su vagina. Empecé poco a poco, pero al tener a la vista su trasero me vine arriba y aceleré el ritmo, en apenas un minuto llegué al orgasmo, así que en cuanto noté que iba a salir todo mi semen saqué mi polla y rocié aquel trasero con mi leche.
    - Buaaaah, qué envidia le tengo a tu marido.
    - ¿Envidia de qué? Si en el último mes solo lo hemos hecho una vez.
    - Menudo estúpido. Yo no permitiría que este hermoso culo pasara hambre.
    - Bueno, tú habrás terminado, pero yo...
    - Oh, perdona. Limpiamos este pequeño desastre que he hecho y enseguida te ayudo acabar.
    Fui al baño a por un poco de papel higiénico, le limpié los restos de mi leche y comencé tranquilamente a comerle, de nuevo, su coño. No me creía capaz en un principio, pero no tardé en recuperar mi erección y me decidí a volver a penetrarla, aquello resultó más brutal de lo que pensaba después de haberla penetrado anteriormente. En apenas cinco o seis embestidas ella comenzó a temblar, su vagina se llenó de fluidos y sus gemidos crecieron tanto en intensidad como en cantidad, ya se había corrido, así que saqué mi polla de ahí. Ella, para corresponderme, se introdujo mi pene en su boca y cuando me iba a correr le avisé. El poco semen que me quedaba lo eché esta vez sobre sus pechos
    13 min
  • Mi hermanastra y su mejor amiga MELANIE me ofrecen sus coños TRIO.
    Mi tia siempre alquilaba un apartamento en la playa, pero esta vez alquiló una parcelita con piscina. Como siempre, estabamos, mi tia, mi cuñado, mi hermana y yo. Iba con ellos desde que me divorcié. Yo tenía 50 años por aquel entonces. Ese verano, mi hija se vino con nosotros y trajo a su amiga, con permiso de mi tia. Yo no sabia nada, y cuando fui a recogerla a casa de mi ex, me llevé la grata sorpresa.
    La chica era casi tan alta como yo, un poco rellenita, por lo que lucia un buen culo y unas deliciosa tetas que querían escapar del escote. Ya no era la niñita timida que recordaba. Me dio dos besos en cada mejilla y se sentaron en el asiento trasero del coche. Por el camino, ellas iban riéndose y hablando de sus cosas, mientras yo miraba con disimulo el escote de la chica, por el retrovisor. Llegamos a la parcela y después de los saludos metieron las maletas en la habitación.
    Salieron con los bikinis, y mis sospechas eran ciertas, VAYA PAR DE MELONES tenía la chica, para su edad, y su culo no digamos. Mi polla queria salir de mi bañador tipo boxer. Ella pareció darse cuenta y empezó a coquetear. Con movimientos sutiles.
    Antes de entrar en la piscina, sin tiempo a reaccionar, la chica, se puso detras de mi, y pegando sus tetas a mi espalda, sintiendo su pezones a traves de la tela del bikini, se subió a caballo, y así entramos en la piscina, ante las risas de mi hija.
    Entre juegos, intentaba tocar algo de sus encantos, con el disimulo, sin pasarme de la taya, aunque a ella parecía gustarle y cada vez se acercaba más a mi. En uno de los juegos, metió su mano por mi bañador y me agarró la polla. Yo no supe como reaccionar, ante la sorpresa. Por suerte estábamos solos, pues mi hija estaba en el baño y los demás dentro de la casa.
    Me hizo sentar en el primer escalón y bajandome el bañador comenzó a pasar su mano por mi polla, recorriendola desde los huevos hasta el glande. Despues le dio un beso al glande, y lamío todo el tallo hasta los huevos, y al subir se la metió en la boca y sentí un escalofrio cundo sus labios comenzaron a bajar y subir por mi polla. Como mamaba, se veía que no era la primera polla que se metia en la boca. Me me corrí, soltando unos tras chorros de leche, que la chiquilla tragó. Casi vomita, pero pudo aguantar.
    16 min
  • Que buena terapia la que me da la psicóloga.
    Dice mi padre que los ebrios, los niños y los locos, siempre dicen la verdad: no soy una niña y no estoy loca, pero si quizás un poco pasada de copas.
    Y quiero escribir lo que siento ahora mismo. Nadie me lo puede prohibir. ¡Me da la puta gana!
    Perdonen la ortografía un poquito, las letras parecen volar un poco.
    Ahí voy. Déjenme organizar bien las ideas. Voy a apoyarme en la barandilla del puente, denme solo un segundo.
    Ya, ya ahora sí. Lo más probable es que le envíe esto a Samuel para que lo corrija.
    Miren queridos lectores:
    Desde que tengo uso de razón la perdición del ser humano es sentir amor hacia algo o alguien, por qué paradójicamente siempre pierde eso que anhela o ama.
    ¡Al carajo el amor y al carajo los sentimientos! ¿Dé que vale volver a entregarse?—lo que soy yo, damas, señoritas y caballeros, oh sí, también señoritos—¡jamás en mi existencia terrenal me entrego a alguien! Eso es una pérdida total de tiempo. Es subastar en el mercado tu corazón al mejor postor o postora.
    En el noviazgo todo está bien, salidas, puro sexo, amor del bueno, ¿luego que viene? La ruptura y las frases asquerosas de autocompasión. Si por casualidad o desgracia eres casado o casada, te ocurrirá lo mismo que a Shakira: "No fue culpa tuya ni fue culpa mía, fue culpa de la monotonía". Un divorcio tenaz, dónde los papeles van y vienen, tienes que dividir tu vida igual que los bienes y....uffff si tienes o tuviste hijos con esa persona, la situación se complica bastante. ¡Bienvenid@ al mundo de los papás divorciados!
    Todos quieren sentirse amados al final del día. Yo quisiera tener alguien con quién despertar cada mañana. Pero no la tengo. O quizás si, del otro lado de una pantalla y ese es el maldito problema. Que la estoy extrañando, la estoy necesitando en demasía y...—solo es mi jodida y hermosa amiga—. ¡Yo me cago en mi vida una y otra vez!
    No conduzcas así.
    No puedes beber hasta que estés mejor.
    No puedes desvelarte, necesitas descansar...
    Y yo ¡qué te necesito a ti! ¿Qué me hago? Nada, absolutamente nada. Yo nunca tengo opción. Cuando de amor se trata.
    Siento algo diferente, hacia ella. Es algo que no puedo explicar con palabras. Son más bien sensaciones. ¿Qué sentirás tu por mi?—siento que hay cosas que no me dices—. Nunca llegaré a ser alguien para ti, más allá de la chiquilla impertinente, y eso no es justo, por qué para mí—eres mi todo—. La que me hace levantarme con una sonrisa día tras día.
    Si me alejo: te pierdo.
    Si me quedo: muero.
    No me dejas muchas opciones princesa.
    No soy buena para las despedidas así que no me verás llorar ni nada por el estilo, no soy de esas.
    Te veré en cada pensamiento y te sentiré en cada suspiro.
    18 min
  • Instrucciones para que te masturbes.
    No falta ni un solo día a clases, la he observado en detalle, no se me ha escapado ni uno solo, ella es cerrada, habla muy poco, apenas se acercó a mi e hicimos amistad una tarde de febrero rindiendo algunos exámenes finales... Lo que más me encantó de ella es que no era una chica ruidosa, ni del tipo "chica dura", me encantan las mujeres sencillas que te allanan el camino de la seducción, y que no juegan al típico juego del desinterés para engancharte, ella es así, pero le cuesta muchísimo demostrar lo que quiere o siente.
    No sé si alguno de ustedes haya podido experimentar la sensación hermosa de que alguien con su voz te aliviane la mente, te tranquilice, te hipnotice, te relaje...
    Por mucho tiempo no supe cómo romper el hielo, lo que si era real es que como amigas todo iba perfecto, yo conocía su condición social (baja) pero haciéndome la tonta siempre le ayudaba y aunque yo no nado en dinero podía brindarle mí ayuda en lo que necesitara, Todo por verla feliz con esa sonrisa bonita
    Una tarde decidimos ir a tomar algo hasta un parque que estaba al frente de mi facultad, ella me cuenta sus problemas familiares, y comienza a llorar, entonces yo la abrazo y le acarició la mejilla y le digo: aquí estoy yo para lo que necesites a lo que ella me responde: Gracias, eres una gran amiga soy muy feliz de haberte conocido
    Y la palabra AMIGA siempre resonaba en mí mente como un balde de agua fría... ¿Porqué será que no logra captar lo que siento?...
    Ella está soltera, y ya se le han acercado un par de chicos y lo he tenido que presenciar aceptando que cualquier bobo la toque o la mire, porque eso soy desgraciadamente, su amiga.
    Una noche le propuse salir, ella aceptó, vino a mi casa a buscar alguna ropa que le quede bien, yo se la prestaría
    Esa tarde yo me estaba bañando y suena la puerta
    - Quien es?
    - Soy Geo está Fernanda?
    - Soy yo! Pasa!
    yo estaba envuelta en un toallón y ni pensaba ponerme ropa encima, quería que ella me viera desnuda
    - Ay amiga! Justo te veo así! Me dice mientras se tapa los ojos
    - No seas tímida quieres ! Esto no es nada que no hayas visto antes
    - ssssi... pppero... Estás desnuda ponte un poco de ropa por favor
    - y obedecí a medias lo único que hice fue tapar mis partes con un conjunto de ropa interior rojo a lo que ella me dice
    - Que sexy te ves con eso, quien será el afortunado que te vea así?
    - Nadie, nadie, que soltera estoy mejor!
    - iré a secar el piso del baño, ya vengo, ve preparando lo que usarás antes de bañarte
    Termino de limpiar yo seguía con ese conjunto puesto malintencionadamente 😏 salgo del baño y tocó la puerta de mí habitación y le digo: Geo ya estás lista?
    A lo que ella me dice:
    Entra !
    Y la veo semidesnuda, sus tetas pequeñas su cuerpo esbelto, su piel morena solo tenía un short puesto
    - hmmm amiga, no sé qué me pondré arriba me dice mordiéndose el labio inferior
    - primero ponte este sostén, le dije y en ese momento no pude más y le bese el cuello
    - amiga qué haces !
    - te deseo y lo sabes, no te hagas
    - amiga no entiendo que te pasa
    - me pasa de todo cuando estoy contigo
    Le dije y comencé a tocar sus pezones que ya estaban erectos
    Le mordí la oreja y le dije:
    - me detendría pero tu cuerpo te delata
    - esto es raro para mí pero si quiero, si quiero....
    - Ya no saldremos, la fiesta la tendremos aquí
    Entonces la beso me quito la parte de arriba del conjunto y nos magreamos yo me deslizó por su cuerpo con besos y le empiezo a lamer su pussy con el short puesto, ella se desata el pelo y empieza a gritar y a pedir más completamente excitada
    - ves que rápido te decides ? Le digo
    La arrojo a la cama le baje el short desesperadamente, ella llevaba puesta una tanguita negra que me encantaba como hacía juego con su cuerpo small size,y, con tanto desespero la rompí con los dientes,
    Le empiezo a comer el clítoris y en pocos minutos se vino y mí lengua se quedó jugueteando en su hoyito absorbiendo sus fluidos, le temblaban las piernas y decía mí nombre en cada orgasmo
    Ella fue mí pasiva toda la noche, le até las manos, la hice agachar en mí escritorio ella estaba de espaldas, entonces le meto un juguete vaginal
    Y empiezo a decirle cosas muy sucias
    - eres mía, siempre lo fuiste y lo serás
    le digo mientras le agarro el pelo
    - si, si siempre lo soy y lo seré soy tu bebé ! Metelo más adentro ahhhhh
    - eso, así... Gritame hoy eres mí prisionera, pero ahora tu vas a obedecer, come de aquí
    La desato, la hago arrodillarse y que me coma el coño, la sigo sosteniendo del pelo, me vengo como nunca en la vida
    En ese instante hago menguar mí lascivia y empiezo a tratarla con ternura y a besarla de nuevo acostadas las dos, le digo:
    -De ahora en más vuelves a llamarme amiga
    Y tendremos sexo en ese mismo instante donde a mí me plazca
    - mmm entonces te seguiré diciendo amiga, esto me encantó
    espero repetir
    15 min
  • Me encanta montar verga y apretarla con mi coño apretado.
    La música volaba desde una atracción a otra mezclándose hasta convertirse en un barullo de sonidos apenas reconocibles. Desde las tómbolas donde se gritaban, con voz amplificada por los altavoces, los prometidos premios que nadie se llevaría a casa, hasta la sirena con la que acababa y se iniciaba cada viaje en los coches de choque, pasando por la risa atronadora del tren de la bruja, cada atracción trataba de atraer a los despistados jóvenes y niños que pasábamos por allí. Todos aquellos chirriantes y estridentes sonidos se enredaban entre los empalagosos aromas de las manzanas de caramelo o los grasientos bocadillos de calamares y chorizo de los puestos improvisados por asociaciones de barrio y partidos políticos. No había necesidad de comprar nada para paladear la mezcla de los diferentes sabores incrustándose en el cielo de la boca.
    Cerca de la medianoche, mis amigos y yo habíamos cogido unos cuantos vasos de litro de calimocho, a los que llamábamos mini, en una de las casetas y los bebíamos tumbados en el césped que se extendía junto al instituto entre bromas y risas. A pesar de estar algo apartados de la calle principal del parque, en busca del precario nivel de intimidad que ofrecía la distancia de las farolas, veíamos desfilar a la gente que acudía a la feria sin cesar. La música de los coches de choque se confundía con la del chiringuito más cercano, obligándonos a hablar algo más alto de lo habitual, pero aquello no hacía más que acelerar la cadencia de nuestras chanzas, que fluían al mismo ritmo que aumentaba la ligereza con la que los minis se deslizaban de una mano a otra.
    Los vapores del alcohol pronto nos convertirían en seres de risa fácil y respuestas rápidas que no siempre resultarían coherentes. El calor propio de aquellas noches de estío iría desapareciendo de la misma manera que nuestras inhibiciones. Y pugnaríamos por ver quien decía la guasa más grande sin importarnos a quien de nosotros fuese dirigida la burla, conocedores por encima de todo de la amistad que nos unía. Un puñetazo calculado para hacer el daño justo o un coscorrón inocente solucionaban cualquier disputa. Y si dos de nosotros se revolcaban por el suelo no era más que para medirse en un combate de fuerza, sin intención de humillar o dañar al contrario.
    La rivalidad era algo más impetuosa en cuanto a las chicas se trataba, sin perder, eso sí, ni un ápice de inocente honradez. No siempre el más fuerte o quien más rápido desenfundaba la sinhueso tenía más éxito con las muchachas del barrio. Otros factores, como el físico o un determinado rasgo de carácter, entraban en juego en este arte en el que también competíamos sin quererlo y en el que tan pocos éxitos cosechábamos. Los reiterados rechazos de las chicas que nos rodeaban y nuestros ineficaces e inexpertos acercamientos a ellas, daban como resultado un apoyo mutuo e inquebrantable ante los constantes fracasos.
    Era en este último arte en el que menos cómodo me encontraba, aunque paradójicamente todos me tenían como uno de los más exitosos de la pandilla a la hora de las conquistas sobre el sexo opuesto. Lo cierto era que apenas había tenido un par de escarceos pasajeros con un par de compañeras de instituto antes de salir con Laura. Ella había sido mi relación más duradera, pero había terminado unos meses atrás debido, casi con total seguridad, a mi inmadurez. El duelo por aquella ruptura apenas se extendió unos cuantos días, mi inconsciencia juvenil así lo disponía. Ya habría tiempo para encontrar otras chicas a las que dedicar el tiempo. Llegaba el turno de disfrutar con mis amigos o al menos eso era lo que quería creer. La realidad era que desde que rompí con Laura no había encontrado a ninguna otra chica receptiva a mis disimulados encantos. Y lo peor era que ni siquiera había estado cerca de encontrarla. Cierto es que tampoco lo había buscado con ahínco, ya aparecerá, me decía intentando engañar a mis desatadas hormonas juveniles que me pedían a gritos y sin descanso que me acercara a cualquier joven que estuviese a mi alcance o incluso fuera de él.
    En el instituto solía fijarme en algunas compañeras sin atreverme a dar el paso adelante, intuyendo que sería infructuoso. En los bares y discotecas que frecuentaba con el resto de la pandilla, las chicas no nos hacían demasiado caso y aunque a veces creía cruzar alguna mirada prometedora con alguna de ellas, nunca terminaba de animarme a la hora de llamar su atención. Me encontraba en un callejón sin salida que empezaba a hacerse demasiado oscuro y estrecho y en el que no atisbaba ninguna luz que me indicase el camino de salida. Procuraba llevarlo lo mejor posible y disfrutar de los amigos y la fiesta. Desde luego, aquella noche era lo que pretendía hacer.
    La noche seguía su curso y el ambiente festivo no decaía. Grupos de chicos y chicas de diferentes edades se esparcían a nuestro alrededor, sembrando aquel trozo de gente de risas y voces festivas. La gente del barrio iba y venía en un fluir que no cesaba, algunos conocidos se sentaban con nosotros unos instantes y después de saludar volvían con su grupo de amigos. En uno de estos grupos que iban y venían llegó Marta, una de mis compañeras de clase. Había repetido curso y no solía dirigirnos la palabra más allá de lo imprescindible. La mayor parte de su grupo de amigos había dejado el instituto y era con ellos con quienes se acercaba hacia nuestro trozo de hierba. Hablaban y reían con gran estruendo, siendo ella una de las que más alentaban al grupo, como solía ser su costumbre. Su carácter jovial, ya de por si desinhibido, se mostraba en todo su esplendor, sin duda por la cantidad de alcohol ingerido. Iba regalando bromas y vaciles a unos y otros, fueran o no conocidos, hasta que llegó hasta donde estábamos nosotros.
    - ¡Hey! - Exclamó en un tono de voz demasiado alto. - Aquí están los pardillos de mi clase.
    Coronó la frase con una fuerte risotada y sin esperar nuestra respuesta continuó dirigiéndose a nuestro grupo.
    - ¿Dónde habéis dejado a las chicas de clase?
    - Te han visto venir y se han ido – Dijo alguien desde el otro lado del grupo provocando nuestras risas.
    Marta acompaño nuestras carcajadas con las suyas.
    - ¡Anda ya! No os quieren ver ni en pintura. - Añadió sonriendo.
    Con otra fuerte risa hizo amago de continuar su camino pero se detuvo para dirigirse a uno de sus amigos con intención de que la escuchásemos.
    - Estos no me valen para quitarme el calentón – Su risa y la de su amigo se esparcieron sobre nosotros.
    - No tienen pinta ni de haber catado pelo– Corroboró su amigo siguiendo la broma y añadiendo más leña al fuego.
    - Con las ganas de follar que tengo – Añadió ella con una exagerada socarronería.
    Sus amigos se rieron mientras nosotros pasábamos a ignorarla pero antes de que reanudase la marcha para salir de la pradera de césped donde nos encontrábamos volvió a dirigirse a nosotros.
    - ¡Vosotros! - Gritó con fingida fanfarronería y provocando la risa de sus amigos - ¿Alguno quiere hacerme un favor? Tengo ganas de echar un polvo.
    Acto seguido se dio la vuelta y se marcharon atendiendo tan solo a sus risas y sin escuchar que uno de nosotros había respondido de forma afirmativa. Sin saber porqué y sin mucha convicción, la palabra “yo” había salido de mis labios casi de forma involuntaria. Me arrepentí casi en el mismo instante de pronunciarla y suspiré aliviado cuando vi a Marta darse la vuelta y a mis amigos reírse de lo que pensaron era una inocente ocurrencia más de aquella noche de fiestas y a la que no dieron ninguna importancia. Sin embargo, yo sí se la di, quizás más de lo que debía. Durante un rato me abstraje de las voces y risas de mis compañeros sin poder quitarme a Marta de la cabeza. Apenas me había fijado en su ropa o su figura, pero me di cuenta de que recordaba a la perfección su risa espontánea y contagiosa, algo exagerada, y sus dientes blancos y pequeños, relucientes en la oscuridad de la noche. Me pregunté porque había contestado y no supe obtener una respuesta cierta, aunque quizás la más obvia era que le hubiese hecho aquel favor que pedía sin dudarlo. Como cualquiera de mis compañeros, me dije. Pero no, Marta no era una de esas chicas a las que todos deseábamos en la distancia y que veíamos inalcanzables. Marta era una chica de las que denominábamos del montón, suplía sus carencias en cuanto al físico con una personalidad divertida y carismática, no exenta de cierto aire introvertido que me resultaba encantador. A menudo, sus bromas lanzadas con cierto descaro, escondían un toque de pudor que hacía que se le sonrojaran las mejillas, dándole a su tez morena un atractivo que en ese momento juzgué irresistible. Nunca antes me había parado a pensar en ella de esa manera, pero resultó que Marta era a mis ojos mucho más de lo que pensaba.
    - ¡Eh! - Grito Javi sacándome de mis cavilaciones - ¿Vamos a por unos minis o qué? Que estás en babia.
    - Sí, sí – Titubeé volviendo a la realidad – Vamos si queréis.
    Nos levantamos y fuimos a por más calimocho, que no sería el último de la noche. La fiesta continuó hasta la madrugada y no volví a pensar en Marta hasta que llegué a casa. Una vez tumbado en la cama, los ecos de su risa se colaron en mi cabeza y me pregunté si su pregunta había ido en serio o solo era uno más de sus vaciles. En caso de no ser esto último, ¿quién habría sido el afortunado? Imaginé que habría sido alguno de sus amigos o quizás había encontrado a cualquier otro afortunado, no le resultaría difícil. De nada servía pensar en ello, no podía saberlo y, además, yo nunca sería el escogido. Me convencí de que solo debía haber sido una de sus bromas soeces con las que solía divertirse y el sueño me venció tan rápido como terminó el fin de semana. Las fiestas habían concluido y el lunes había que volver a clase.
    La semana fue pasando a su velocidad habitual, como un relámpago. Casi sin darme cuenta el viernes se plantó ante mis narices y el ambiente de algarabía y diversión contenida previo al fin de semana se podía sentir en el aula. Sonreíamos y gritábamos más, nos gastábamos más bromas y a los profesores les resulta más difícil contenernos que el resto de los días. Estábamos deseando salir de aquella prisión vespertina. A la hora del recreo y antes de comernos el habitual bocadillo en el patio, quise ir al baño antes de volver a clase. Los del patio solían estar llenos así que decidí ir a los del piso de arriba, que a esa hora estarían más tranquilos. Recorría el pasillo vacío cuando me encontré a Marta al doblar una esquina. Me lanzó una de sus medias sonrisas socarronas antes de saludarme con una de sus bromas.
    - ¿Qué, un apretón?
    - No te creas – Contesté intentando aparentar serenidad – Pero tu sabrás, que de ahí vendrás.
    Recibió mi réplica divertida antes de contestar.
    - No te creas tu tampoco. Vengo de clase de la Piños, quería que me subiera la nota y al final me la ha bajado la muy capulla - Se quejó.
    - Joder, que putada. - Dije con sinceridad – La tía esta es lo peor.
    - ¡Bah! - Exclamó haciendo un gesto con la mano para restarle importancia. - Estoy acostumbrada. Mientras me apruebe me da igual.
    - Ya, eso sí – Respondí algo intimidado sin saber que más decir.
    - Bueno tío, vete al baño a ver si te lo vas a hacer encima – Río mientras hacía amago de continuar su camino.
    Me reí e hice lo mismo cuando de nuevo escuché su voz a mi espalda.
    - ¡Oye! - Titubeó mientras yo me daba la vuelta para mirarla y mientras clavaba sus oscuros ojos en los míos. - ¿Lo del sábado iba en serio?
    - ¿Lo del sábado? - Pregunté confundido
    - Sí, no te hagas el tonto, te escuché. - Respondió ella con demasiado ímpetu.
    Tragué saliva recordando el momento al que se refería. Durante toda la semana había estado más atento que nunca a sus movimientos. Sin que ella notase nada, o eso pensaba, me había fijado en algunos detalles que antes me habían pasado desapercibidos. Observaba su pelo negro bailando sinuoso sobre sus hombros o sus manos inquietas de dedos finos jugando con un boli mientras se mordía el labio inferior. Apenas había podido fijarme en sus ojos negros, pues su miraba me turbaba hasta extremos que no comprendía. La observaba caminar por los pasillos, ligera, como si no pisase el suelo. Su grácil figura parecía hecha para pasar inadvertida y quizás así fuese para el resto, pero no para mí. Aquel cuerpo delgado que ocultaba sus escasas curvas bajo un aspecto a propósito desaliñado, había pasado a llamar mi atención sin habérselo propuesto. Durante esa semana no había salido de mi cabeza, envuelto en una especie de obsesión que, pensé, no iba a ninguna parte y que estaba dispuesto a aniquilar. Sin embargo, allí estaba ella, haciendo saltar por los aires todas mis intenciones en un solo segundo, preguntándome si me acordaba de lo ocurrido el sábado. ¿Qué si me acordaba? No pensaba en otra cosa.
    - ¿Y qué es lo que escuchaste? - Pregunté a la defensiva tratando de mostrarme tranquilo.
    - Vale, tío – Respondió dejando asomar de nuevo su encantadora sonrisa antes de girarse amenazando con irse – Te iba a hacer una propuesta, pero si no quieres no pasa nada.
    - Espera – Mi instinto respondió por mi antes de que terminase de darse la vuelta, pero no supe que más añadir.
    - ¿Y bien? - Dijo ella sin dejar de sonreír ante mi azorado silencio. - ¿Contestaste tu o no?
    - Sí – Dije bajando la mirada – Supongo que fui yo.
    - ¿Supones? - Preguntó con un bufido
    - Sí – Dije rascándome la cabeza – Supongo que sé a lo que te refieres.
    - Claro que lo sabes, pareces tonto pero no lo eres – Dijo riendo – Entonces ¿sigues respondiendo que sí?
    - Supongo que sí – Respondí sin pensarlo.
    Bufo mientras me cogía de la mano para arrastrarme a través del pasillo.
    - Eres un panoli, ven conmigo.
    - ¿A dónde vamos? - Pregunté con demasiada inocencia.
    - Ahora lo verás – Respondió con indiferencia.- Quiero quitarme la mala hostia que me ha dejado la Piños y creo que me puedes ayudar.
    Caminé detrás de ella sin soltar su mano durante el breve tiempo que tardamos en llegar hasta el final del pasillo y que a mi me pareció una eternidad. Por el camino, a excepción de dos o tres personas, las aulas estaban vacías y fuimos dejándolas atrás una a una hasta que nos detuvimos frente a la última puerta. El tacto de su piel era tan suave y cálido que decidí no querer desprenderme nunca de su huesuda mano, sin embargo, mi deseo no se cumplió y me soltó antes de acercarse a la puerta.
    - ¿Qué haces? - Pregunté con una mezcla de alarma e intriga.
    Sin contestarme comenzó a agitar el pomo de la puerta mientras hurgaba con algo en la cerradura. Aquella puerta siempre había estado cerrada con llave y lo cierto es que nunca me había preguntado que es lo que habría tras ella. Siempre habíamos supuesto que sería una especie de almacén o cuarto para guardar trastos, sin darle más vueltas. En apenas unos segundos Marta me miró triunfante mientras me indicaba con un gesto de la cabeza que la siguiese. Vacilé unos instantes y miré hacia el pasillo para comprobar que no había nadie observando. A continuación, la seguí con rapidez hacia dentro del aula cerrando la puerta detrás de mi.
    A primera vista, más que un aula aquello parecía un trastero. Las persianas de las ventanas del fondo estaban cerradas a cal y canto y toda la luz que iluminaba la estancia procedía de los pocos fluorescentes que aún funcionaban y que Marta había activado pulsando el interruptor al entrar. Una luz apagada bañaba de sombras varios pupitres apilados casi hasta el techo y que ocupaban el espacio de tres de las paredes. En el centro del aula se apiñaban de forma caótica unas decenas de sillas unas sobre otras. Parecían estar en un precario equilibrio y me detuve temiendo que pudiesen desmoronarse en cualquier momento si rozaba algo que no debía. Algunas de las mesas y sillas estaban cubiertas por grandes trapos que alguna vez, hace mucho tiempo, habían sido blancos, pero que ahora añadían un tono grisáceo al cuarto. Me giré al ver a Marta dirigirse hacia la única pared donde no había pupitres apilados y siguiendo el único camino por el que era posible moverse. Pegada a esa pared, donde había tres ventanas como en el resto de aulas, varias mesas de las que usaban los profesores descansaban una junta a otra acumulando polvo. Se sentó sobre una de ellas y vi sus dientes nevados asomando entre la penumbra.
    – Ven – Me llamó imperiosa sin alzar demasiado la voz – Vamos, no te quedes ahí.
    Obedecí sin pensármelo y me senté junto a ella con todo el cuidado de que fui capaz para no tirar nada.
    – ¿Ya habías estado aquí antes? – Pregunté a pesar de conocer la respuesta.
    – Claro. – Sonrió divertida. – Aquí puedo hacer pellas sin que nadie me moleste.
    No supe que contestar y observé el trozo de una pizarra que asomaba detrás de unas sillas mientras masticaba el polvo que había en el ambiente. Por un momento había olvidado las palabras de Marta antes de entrar allí pero me vinieron de golpe a la cabeza al sentir su mano posándose en mi muslo. Observé como se deslizaba hacia mi rodilla para después volver a ascender casi hasta mi ingle.
    – ¿Qué pasa, te molesta? - Su voz sonó inquieta entre aquellas cuatro paredes.
    – No – Respondí demasiado seco y girándome para mirarla.
    Sonreía con picardía, mostrándome aquella dentadura perfecta no del todo alineada pero que parecía sacada de un anuncio de dentífrico por su radiante color blanco. Sus mofletes comenzaban a colorearse y algo vibro en mi interior. Coloqué mi mano sobre la suya justo en el momento en que sus labios se posaban sobre los míos. Me besó con más delicadeza de la que le hubiese supuesto, al menos al principio. Apenas tardamos unos segundos en acomodar la postura para quedar frente a frente. Con ambas manos sobre mi nuca me atrajo hacia ella y comenzó a besarme, entonces sí, con pasión, hundiendo su lengua en mi boca. Una lengua fina y puntiaguda que jugueteaba con la mía improvisando una danza jamás bailada.
    Aquella postura no era muy cómoda, así que optó por levantarse para colocarse frente a mí. Su estatura, algo menor que la mía, favorecía que nuestros besos quedasen a la misma altura mientras yo permanecía sentado sobre la mesa. Mientras ella sujetaba mi cara con las manos comencé a recorrer su cintura con las mías. Apenas unos segundos después llegué hasta sus pechos y los acaricié con delicadeza, temiendo propasarme. Su reacción me invitó a continuar y durante un instante mantuve mis manos sobre aquellas dos pequeñas montañas picudas que apenas sobresalían de su cuerpo. Las volví a bajar a través de su talle antes de llegar a su trasero. No había demasiado donde agarrar, pero al tacto era algo más prominente de lo que se intuía por encima de su ropa. Lo apreté con ambas manos, sobándolo a mi antojo y la atraje ligeramente hacia mi sin dejar de besarla ni un solo instante. Al hacerlo sus labios dejaron escapar un suspiro y viajaron por mi mejilla hasta mi oreja para después deslizarse hacia mi cuello. Me estremecí con el contacto y sentí como lo chupaba con fruición, haciendo rodar su lengua hasta mi clavícula.
    - Quítate la camiseta – Dijo con voz queda irguiéndose mientras ella hacía lo propio.
    Obedecí y de inmediato sus manos cálidas se posaron sobre mi pecho desnudo. Contemplé su pequeño sujetador de color negro que no llegaba a rellenarse del todo con su busto. Dos pequeños puntos sobresalían bajo la tela justo en el centro de cada pecho. Mi entrepierna vibró contenta y lo hizo más aún cuando con un hábil movimiento desabrochó su sostén y lo dejó caer al suelo. Sus pechos se alzaron ante mi ojos en todo su esplendor. Dos colinas perfectas coronadas cada una de ellas por una aureola oscura y un pequeño pezón erizado en el que apetecía plantar una bandera. Me relamí sin poder dejar de mirarlos y como si hubiese adivinado mis intenciones atrajo mi cabeza hacia su pecho colocando sus manos en mi nuca.
    Mis labios y mi nariz quedaron encajados en su leve canalillo y aspire su delicioso olor juvenil. Una mezcla de lavanda con lilas salteado de gotas de sudor. Empezaba a hacer bastante calor en aquel cuarto. Cuando me permitió moverme dirigí mi cabeza hacia la izquierda y saboree lo que antes solo podía oler. Hice jugar a mi lengua con su pezón y sentí como se estremecía. Para que no tuviese envidia, me giré hacia el seno derecho y lo traté con la misma delicadeza con que había tratado al otro. Mis manos, que aún no habían entrado en acción consiguieron vencer su parálisis temporal y acariciaron su cintura desnuda hasta que llegaron a sus pechos. La piel tersa y delicada de aquellas dos pequeñas lomas me impidió, en un primer instante, estrujarlas como deseaba, por temor a estropearlas. Las acaricié con deleite y las sentí tan duras entre mis dedos que me animé a apretarlas con cuidado, atento a su reacción.
    Marta suspiraba con las manos en mi nuca, cautivada con la visión de mis labios y mis manos jugando con sus preciosas tetas. Pero quería más. Me apartó casi con brusquedad y volvió a besarme con pasión. Eché de menos el exiguo refugio de su busto, pero me consolé con rapidez con el calor de sus labios carnosos. A continuación, sus manos descendieron raudas desde mi torso hasta mi entrepierna, donde encontraron un duro bulto deseoso de escapar de los pantalones vaqueros. Lo frotó con decisión con la palma de la mano antes de delinearlo con los dedos.
    - Levanta – Me apremió con un tono risueño y un brillo juguetón en los ojos.
    Lo hice sin articular palabra, agarrado a su ceñida cintura. Sin dejar de mirarme a los ojos, no perdió ni un solo instante en desabrochar los botones de mi pantalón, con una destreza que anunciaba a las claras su experiencia en estas lides. Con una sonrisa los bajó hasta mis tobillos con algo de ayuda por mi parte. Mi verga abultaba mis calzoncillos y Marta se lanzó a por ella con ambas manos mientras mordisqueaba el lóbulo de mi oreja izquierda. Me estremecí, más con el tibio contacto de sus pezones en mi pecho que con el juego de su lengua en mi oído. Apenas unos segundos después, mis calzoncillos hacían compañía a mis pantalones y Marta posaba sus rodillas en el suelo con la punta de mi enhiesta verga entre los labios.
    Rodeó mi glande con la lengua antes de introducirlo en la boca y arrancarme un gemido de placer intenso. Lo chupo con deleite a ritmo lento pero sin pausa. Posé mis manos sobre mi cabeza y tomó aquel gesto como una indicación para tragarse mi polla por completo. Ahogué un grito en la garganta recordando donde estábamos y sentí como mi boca se secaba cuando un hilo de saliva cayó entre mis pies justo después de que Marta se sacase mi falo de la boca. A continuación, volvió a la tarea, esta vez no solo tragando mi capullo, sino todo el mástil de mi verga una y otra vez en un ritmo ascendente que a punto estuvo de llevarme al clímax.
    Como si lo hubiese adivinado se detuvo y se puso de pie sin soltar mi erecta y brillante asta. La acarició mientras me besaba con tanta pasión que creí que iba a caerme sobre las mesas. Estrujé sus pechos con fuerza y me soltó sonriendo, agarró mi cabeza con ambas manos y volvió a apretarla contra su canalillo. Su intenso olor se deslizó a través de mis fosas nasales, golpeando mi cerebro y haciendo palpitar mi sexo. Chupé sus pezones como si de un caramelo se tratasen y ella rió divertida aflojando la presa que hacía sobre mi nuca. Se apartó para mirarme sin dejar de sonreír. Permanecía completamente desnudo y extasiado y por un momento temí que aquello acabase allí mismo, que solo se hubiese tratado de un broma, apareciese alguien desde detrás de una mesa o una silla y tuviese que salir corriendo, avergonzado y con el rabo entre las piernas, nunca mejor dicho. Pero aquel funesto pensamiento solo duró un instante, el que tardó Marta en darme la siguiente orden.
    - Túmbate ahí encima – Dijo señalando las mesas a mi espalda.
    Las miré inseguro pero me senté sobre ellas y me recosté incómodo, soltando los pantalones y los calzoncillos de mis tobillos. Mientras tanto, Marta se había quitado los vaqueros y las bragas con celeridad y se disponía a subirse a las mesas conmigo. La madera crujió y por un momento temí que no aguantase el peso, aunque la delgadez de ambos era bastante patente en el punto en el que nos encontrábamos. No sé de donde ni en que momento había sacado un preservativo pero en cuanto estuvo a mi lado me lo colocó con más habilidad de la que lo hubiese hecho yo y, antes de subirse a horcajadas sobre mí, empujó mi pecho hasta que mi espalda chocó contra la mesa. La miré anonadado, sin creerme aún lo que estaba a punto de ocurrir. Observé los rasgos afilados de su rostro y su estrecha mandíbula, que mantenía su boca entreabierta, como deseosa de gritar. Permanecía concentrada, con la vista fija en mi cara, que debía ser la de un estúpido, pensé. Las mejillas de color carmesí sobre su tez morena me recordaron al color de un melocotón maduro.
    Marta se sentó sobre mi pubis hundiendo mi polla en su húmedo sexo con facilidad y dejando escapar un suave gemido. Agarré sus caderas en el mismo instante en el que comenzaba a moverse. Su cuerpo se deslizaba sobre el mío de delante hacia atrás con un leve movimiento de cadera. Su ritmo fue aumentando hasta que optó por cambiar de dirección. Dejó caer su torso sobre mí para besarme y esta vez sus caderas comenzaron a elevarse y a bajar a un ritmo casi frenético. Mi polla salía de su sexo para volver a hundirse en él por completo en cada uno de sus vaivenes. Apenas podía aguantar aquel gozo y tuve que concentrarme para no correrme tras varios de sus embates. Ella, completamente excitada volvió a erguirse sin dejar de moverse. Observé su boca entreabierta y sus mejillas sonrojadas en las que se reflejaba un creciente placer. Alargué las manos hasta sus pechos y los envolví con mis dedos. Embelesado ante la visión de aquella fuerza de la naturaleza desatada que no cesaba de moverse sobre mí, apenas podía contener los suspiros dentro de mi boca. Marta arqueó la espalda arrebatada por el placer, impidiéndome alcanzar sus senos. Deslicé las manos por su perfilado abdomen hasta posarlas de nuevo en sus caderas y acompasar su balanceo. Con las manos apoyadas en mis hombros y la espalda flexionada hacia detrás sus movimientos se hicieron más intensos. En lugar de cabalgarme a la manera en que antes lo estaba haciendo, optó por volver a la primera elección de galope. Aquello le permitía rozar su clítoris contra mi pubis y al mismo tiempo alojar toda mi verga en su húmedo coño. Su rostro, cada vez más sofocado, mostraba el abismo al que estaba a punto de precipitarse. Su cuerpo brillaba por el sudor y sus pechos parecían haberse hinchado como si se preparasen para la inminente descarga de energía que estaba a punto de suceder. Tras una vacilante sucesión de pausas y casi de golpe, se encorvó ligeramente hacia delante y hundió su barbilla sobre su pecho. Varios gemidos se ahogaron en su glotis mientras sus piernas temblaban sobrecogidas por tan sublime placer. Me apretó con fuerza y sentí las sacudidas de su sexo aprisionando el mío en un prologando y exhausto orgasmo lleno de ímpetu.
    Cuando sus músculos comenzaron a relajarse y reanudó su trote, caí en la cuenta de que me había concentrado tanto en contemplar su gozo que había olvidado el mío. Como si soltase un cerrojo, le di rienda suelta y agarré sus pechos, duros como piedras. Ella volvió a volcarse sobre mí pegando sus labios a mi oído. Su respiración entrecortada se clavó en el centro de mi deseo como un dardo en una diana. Apenas un segundo después y sin que ella dejase de moverse una explosión de placer se extendió desde mi entrepierna a todos los rincones de mi cuerpo. Cerré los ojos y me abandoné a ella mientras me corría tratando de no gritar. Cuando por fin volví en mi y solté la presa que mis dientes habían hecho en mi labio inferior, encontré a Marta sonriendo, erguida sobre mi, ejerciendo aún un ligero movimiento de caderas con el que trataba de atrapar los últimos restos de aquel climax. Sus dientes blancos enmarcados por unas mejillas totalmente rojas sobre su piel morena le daban una belleza de difícil explicación. Volcó su cuerpo sobre el mío para besarme mientras me acariciaba la mejilla con la mano con una delicadeza que momentos antes me habría parecido impropia. Acaricié su espalda delineando su sobresaliente espina dorsal con los dedos. La suavidad de su piel me sobrecogía tanto como el brillo con el que me miraban sus ojos.
    Sin embargo, no me dio tiempo a más antes de que Marta abandonase su montura, retirando mi verga de su chorreante sexo con precaución. Abandonó las mesas con agilidad y comenzó a vestirse sin decir nada. Quizás esperaba que fuese yo el que hablase, pero me había quedado sin palabras. Permanecí sobre la mesa unos segundos hasta que me obsequió con una mirada severa, como si me apresurara para moverme. Me levanté y, después de quitarme el condón, me dispuse a vestirme. Me puse el pantalón todo lo rápido que pude y casi sin mirar a Marta, con cierta vergüenza por lo que acababa de ocurrir. Cuando lo hube hecho ella ya había terminado y sus ojos oscuros me miraban divertidos. En su rostro aún podía verse cierto sofoco, cuya procedencia nadie que no hubiese estado en ese cuarto podría haber adivinado.
    – Venga panoli – Me dijo en un tono de voz bajo tratando de esconder cierta dulzura con una sonrisa socarrona. – Tenemos que irnos. Y no hagas ruido.
    – Sí, sí. Ya voy – Respondí agobiado y recogiendo mi camiseta del suelo para ponérmela.
    Regresamos hasta la puerta del aula tratando de no tirar nada, como si no hubiésemos hecho ya suficiente jaleo, pensé.
    – Espero que nadie nos haya escuchado. - Dije casi por decir algo.
    – Tranquilo, todos estaban en el patio – Contestó confiada. Y añadió sonriendo. – Además, has estado muy modosito.
    – Mira quien habla – Repliqué sin mucha decisión.
    Se le escapó una risa fuerte y se tapó la mano con la boca en un gesto que se me antojó cautivador.
    – Vamos, anda. – Dijo mientras agarraba el pomo de la puerta – La próxima vez te vas a enterar.
    Iba a responder cuando abrió la puerta y salió rauda al pasillo, obligándome a hacer lo mismo. Así que habría próxima vez, pensé. Aquello era todo lo que necesitaba saber. La sirena del final del recreo ya había sonado unos minutos antes y solo unos pocos rezagados circulaban por el pasillo en dirección a sus clases. La miré embobado mientras nos dirigíamos hacia nuestra aula, se había quitado la mala hostia, no había duda. Antes de entrar en el aula caí en la cuenta de que no me había comido el bocadillo del recreo. No importaba, había tenido un almuerzo mucho mejor.
    5 min
  • Me follo a mi hermanastra a cambio de hacer los deberes de la casa.
    Durante lo que restó de dia me preguntaba si lo que sucedió fue real, lo tenia que ser, mi polla estaba mojada, pero Lara se comportó como si nada hubiera pasado, con mis padre y su madre delante, y sin ellos.
    Como si acabara de conocerme y no de follarme.
    Durante la cena tuve que responder a la tipica bateria de preguntas sobre mi vida, nada que no pudiera aguantar, Carmen que era mi madrastra cocinaba muy bien, esa noche llevaba un pijama estilo mono que le apretaba su figura, haciendo especial hincapie en sus pechos. Mi hermanastra tampoco es que estuviera mal, llevaba un pijama de Disney anchito con unos pantalones que le marcaban su precioso culo.
    Tras la cena vimos un poco la tele y me fui a dormir, el resto se quedaron en el comedor, me tumbé y cuando estaba ya dormido, noto como la manta se abre y alguien se tumba a mi lado.
    -¿Que haces? -Alcanzo a decir mientras me abaza y apoya su cabeza en mi pecho debajo de mi brazo
    -Shh calla.
    Su mano sobre mi pecho deslizandose, mi mano abrazandola, sus pechos sobre mi costado, mi excitacion subiendo por momentos.
    -¿Que haces aqui? - Repito.
    -Quiero descansar, quiero relajarme. -Su mano baja hasta mi duro paquete. - Veo que tu no te vas a relajar.
    -¿Cómo quieres que me relaje? Te metes en mi cama, despues de lo que ha pasado esta tarde, y estando buenisima como lo estas...
    -¿Piensas que estoy buenisima? No será para tanto. - Su mano se mete bajo mi pantalon y coge mi polla, empieza a menearla arriba y abajo. - Pero con esto asi no vamos a poder descansar, yo estoy muy cansada para follar hermanito, si quieres te puedo hacer otra paja...
    -Lo mancharé todo. -Digo y despues de manera sutil me sale decir. - A no ser...
    -¿Me vasa obligar a chupartela y tragarme todo tu semen?
    -No quieres que me relaje y dormir tranquilos - Me arriesgo a decir.
    -Solo por esta vez, y no quiero que me toques. - Antes de darme cuenta noto la calida boca de Lara sobre la punta de mi polla, mientras que con la otra empieza a masturbarme fuertemente sin parar.
    -Dios, si que tienes ganas de que me corra, pero si de verdad quieres que me corra ya lameme la punta mientras la meneas así.
    Dicho y hecho, sin rechistar mi hermanita se puso a pasar su lengua mientras me masturbaba fuertemente.
    -Dios me corro! - Me corrí en su boca, noté como pasaba su lengua por mi polla y cerraba el pantalón.
    -A dormir hermanito.
    Me quedé frito en menos de 5 minutos, y al despertar ella estaba en su cama durmiendo.
    ¿Seguro que todo esto estaba ocurriendo?
    12 min
  • Esposa swinger, confesiones.
    Nos habíamos tomado unos días de vacaciones. Estábamos aburridos y se nos ocurrió la idea. Asistir a un local liberal. Un club swinger.
    No nos resultaba nuevo. A veces acudíamos algún fin de semana, pero nuestra participación se limitaba a tocar y dejarnos tocar, aunque a mi, lo que más me excitaba era ver en primera persona cómo tocaban a mi mujer, cómo le acariciaban los pechos y alguna mano llegaba a su sexo.
    Aquel día no había apenas gente. Aunque para nosotros era un día vacacional, coincidía con un domingo, lo que hacía que hubiera poco público en el local. Aún así, nos pareció acogedor y decidimos tomar una copa.
    Las pocas personas que había se encontraban en el bar. La parte interior, donde se encontraba la piscina y el resto de instalaciones eróticas estaba totalmente vacío, lo que nos producía una cierta desazón.
    A pesar del escaso público decidimos pedir una taquilla. Nos quitamos la ropa y nos pusimos unas toallas para dirigirnos a la piscina.
    Estábamos solos pero el ambiente era perfecto. El agua caliente permitía poder tocarnos y acariciar nuestros cuerpos desnudos.
    Apenas llevábamos unos minutos cuando un chico joven entró en la sala y se dirigió al jacuzzi. Se colocó alejado de nosotros aunque sin dejar de mirarnos. En realidad no creo que me mirase a mi, si no a mi esposa, que a pesar de haber pasado de los cuarenta, sus pechos siguen causando sensación ya que además de grande, se mantienen firmes.
    A los pocos segundos, se acercó a donde estábamos, situándose al lado de Clara, mi mujer. Vi como su mano se dirigía a su pecho. Comenzó a acariciar su pecho. Noté que se puso tensa, incluso se puso de pie. Pensé que estaba incómoda con la situación, pero enseguida noté como sus pezones se erizaron. Rara vez la veía así, sólo cuando se excitaba mucho, por lo que supe que estaba bien. Ella comenzó a tocarme, y supuse que hacía lo mismo con él.
    Cuando acudíamos a estos locales, los dos participábamos. Tocábamos a otras personas y dejábamos que nos tocasen, con el único propósito de hacer el amor como locos cuando volvíamos a casa. Aquella era una situación distinta, sólo estábamos David, como así nos dijo que se llamaba, Clara y yo.
    El joven siguió con su pecho, yo tenía en mi mano el otro. Ella se levantó ligeramente para dejarlo fuera del agua para que él pudiera besarlo, lamerlo e introducirlo en su boca. Yo le imité e hice lo mismo. Era una de mis fantasías. Comer en conjunto con otro hombre los pechos a mi esposa.
    Me aparté y me situé a su espalda, sentándola sobre mi. Me sentía excitado, y ella podía percibir mi miembro que se apoyaba en sus nalgas. Separó sus piernas y las situó alrededor de las mías, dejando su sexo abierto.
    Mi mano izquierda se dirigía de su estómago a su pecho, donde David no paraba de lamerlos y besarlos. Mi mano derecha tocaba sus cachetes, y cuando bajaba un poco más, me encontraba con la mano del otro hombre, que la mantenía entre sus piernas, sabiendo que su dedo estaba dentro de ella.
    Me gustaba la situación y se lo dije a mi mujer. David intentaba besar sus labios pero ella se escabullía, supongo que por timidez al encontrarme yo en la piscina, aunque me habría gustado verlo.
    Los tocamientos por parte del joven se hacían cada vez más evidentes, a la vez que era más notable la excitación de Clara, que se estaba poniendo, como podría decirse vulgarmente, “a mil”.
    Ella se separó de mi, se dirigió hacia él, que seguía buscando con su boca la de mi esposa de manera inútil, y se tenía que conformar con besar sus mejillas, sus hombros y cuando éstos sobresalían del agua, los pechos.
    Vi como ella comenzó a masturbarle. Contemplaba el movimiento de su mano, que a veces chapoteaba y parecía que el agua hervía. El vaiven de los brazos de David daban fe cuando tocaban el sexo de Clara.
    Imaginaba la mano que llegaba a su clítoris, pasaba sus dedos por sus labios y al final sus dedos se introducían dentro, mientras que ella le hacía una paja con toda las consecuencias.
    Estuvieron unos instantes. Yo me había quedado apartado contemplando el espectáculo entre mi mujer y un joven a quien no había visto jamás. Cuando Clara me miró, imagino que se sintió mal por haberme dejado al margen del espectáculo, aunque yo estaba disfrutando al máximo.
    Fue entonces cuando mi esposa decidió parar y se vino a mi lado. El muchacho lo respetó y se quedó apartado, a unos metros de nosotros, pero a la suficiente distancia para poder mantener una conversación intrascendente, y de esta forma crear un ambiente más acogedor. Fue ahí cuando nos dijo su nombre.
    No había más gente en la sala por lo que decidimos salir. Lo hizo Clara primero, después yo, siguiéndome David. Nos pusimos los tres las toallas, casi en penumbra, ya que los bordes del jacuzzi apenas estaban iluminados.
    Yo me había quedado con ganas de más. Decidimos volver a la barra. David tomó la delantera. Cuando estábamos más o menos en el centro, donde una luz iluminaba un diván, fue cuando me decidí a dar un paso más.
    David¡¡¡¡ Has visto lo guapa que es mi mujer? – Dije mientras soltaba su toalla y la dejaba completamente desnuda ante sus ojos.
    Ya lo creo. Es fantástica, y sus tetas son estupendas. Eres afortunado. Además, tengo que decir que encantan los coños depilados. – Dijo acercándose a ella y volviendo a darle un beso suave en su pezón y a rozar la raja de su sexo.
    Clara se ruborizó. No esperaba esa reacción mía. Siempre habíamos marcado los límites y no pasábamos de unos tocamientos, pero yo estaba a punto de explotar, y ver a mi mujer con otro hombre, y saber que ella se sentía cómoda me daba alas para seguir con mi fantasía.
    Mientras él seguía a lo suyo, yo continuaba apretado a su espalda. Fue cuando la susurré al oído para que supiera mi actitud en ese momento.
    Cariño. Puedes hacer lo que quieras. Estoy muy caliente. No hay límites, sólo los que pongas tú. De momento puedes empezar por besarle. Sé que lo estás deseando.
    En el mismo pasillo, David volvió a besar sus mejillas, sólo que un movimiento de mi esposa hizo que sus labios se encontraran. De los labios pasaron a las lenguas que se juntaban de forma descarada ante mi.
    Llevo su mano a su pecho. Yo acariciaba su cintura y de vez en cuando mis manos se iban hacia adelante. Llevé mi dedo a su vagina para comprobar su temperatura y excitación y salió completamente mojado. Lo estaba disfrutado.
    Vamos al sofá. Estaremos más cómodos. – Dije esperando sobre todo que Clara aceptase.
    No dijo nada, pero se dirigió hacia donde había dicho. Estaba claro que íbamos a saltarnos los límites, lo que no sabía era hasta donde seria capaz de llegar. Clara es una mujer tímida, y lo de ir a locales liberales era algo nuevo para nosotros.
    Ella se tumbó, y nosotros hicimos lo propio. Uno a cada lado y ella en medio. De nuevo David comenzó a acariciar y besar sus pechos. Yo preferí dirigirme a su cara y besar sus labios.
    Te quiero. – Le dije. – Y quiero que sepas que estoy muy excitado. Nunca te he visto tan liberada y me gusta.
    No respondió. Se limitó a besarme y a gemir, sin duda por las incursiones hacia su sexo que ya empezaba a realizar David. Me besaba de forma lenta, y mirando a sus ojos podía observar que se sentía bien.
    El joven no sabía hasta donde podía llegar. En realidad yo tampoco conocía los límites a los que mi esposa estaría dispuesta. Él se incorporó y comenzó a besar su cuerpo, bajando desde los pechos a su estómago, de ahí a su vientre hasta llegar a sus piernas, e inmiscuirse entre ellas.
    Vi como separaba sus piernas completamente. Me incorporé para ver como la lengua de David acariciaba el sexo de mi esposa. Mi pene estaba tan erecto que me dolía. Ella lo notó y se dirigió a él para introducirlo en la boca.
    No le costó trabajo que un chorro enorme de semen cayera sobre su rostro. Me apresuré a limpiarla y a seguir con el espectáculo.
    Mientras, el joven no dejaba de resfregar su lengua en la vagina de Clara. La notaba más excitada que nunca hasta que vi que se estremecía mientras que el joven aferraba las manos a sus caderas para hacer aún más profundo el roce en su sexo.
    Tras unos gritos que se debieron oír hasta en el bar, a pesar de estar a bastantes metros, Clara se detuvo. Había tenido un orgasmo enorme. Sin embargo, David no había llegado aún y aunque a petición de ella se detuvo, no tardó mucho en volver a acariciarla.
    Sus pechos fueron de nuevo acariciados y comenzó a besar sus labios y a meter su lengua en el mismo lugar en el que yo me había corrido minutos antes.
    El espectáculo entre ellos hizo que me recuperase de nuevo. Estaba ya excitado. Ella tocaba y acariciaba el miembro del joven. El estaba situado de rodillas para facilitar los tocamientos de mi esposa.
    Clara se giró y me miró a la cara. La conocía muy bien. Veinte años juntos permiten conocer bien a tu pareja. Sabía que quería dar un paso más y yo estaba encantado que sucediese.
    Me lo estoy pasando muy bien. Es la mejor experiencia sexual de mi vida. Tienes vía libre. Puedes chupársela, puedes follar, puedes............. hacer todo lo que quieras.
    Seguía con las piernas abiertas, permitiendo que David le siguiera tocando. Al escuchar mi respuesta, giró su cabeza hacia él y se incorporó para alcanzar su miembro con la boca.
    Aquello hizo que provocase un mayor morbo. Llevé su mano a mi miembro y a la vez que realizaba la felación a David, a mi me masturbaba mientras yo pellizcaba con cariño sus pezones que se mantenían firmes y muy duros.
    Ella se separó de él y volvió la cara hacia mi. Pensé que me iba a realizar una felación por lo lo que le entregué mi pene. Le dio varias chupadas pero me echó el brazo por el cuello y me llevó hacia su cara. La besé, pero quería preguntarme algo.
    Cariño. Quiero que me folle. Puedo hacerlo? – Me preguntó temeroso de mi respuesta.
    Mi excitación y morbo era tal que no podía negarme. Siempre había deseado ver a mi mujer con otro hombre aunque jamás pensé que se atrevería, al menos delante de mi.
    Cielo, te he dicho que no hay límites. Sólo los que tú pongas y si te apetece hacerlo quiero que sepas que a mi me encantaría verlo. Siempre lo he deseado y sabes que hemos fantaseado con ello.
    Gracias¡¡¡¡¡¡¡¡¡
    De vuelvo volvió a girarse y ahora fue a él quien agarró. Lo hizo por el pecho y su boca fue a su oído para decirle la palabra que liberaba todo.
    Fóllame¡¡¡¡
    El chico no tuvo inconveniente. Supongo que lo estaba esperando y deseando. Se levantó y volvió pocos segundos después con un preservativo. Lo abrió y se lo colocó. Yo aproveché a besar a Clara que seguía igual o más caliente que antes.
    El joven me miró, como pidiéndome permiso a lo que respondí con un gesto manual indicando que iniciase el acto.
    Decidí apartarme y colocarme de tal forma que pudiera ver todo el espectáculo. David tomó a Clara por los muslos, los separó y ayudándose de su mano introdujo su verga en el sexo de mi mujer.
    Había visto esa escena muchas veces en películas porno, pero jamás en directo y mucho menos siendo la protagonista mi esposa.
    Clara cerró sus ojos y se dejó llevar mientras que el joven empezó con entradas y salidas suaves. Poco a poco se fue incrementando el ritmo. De nuevo me dirigí hacia el extremo del diván, donde se situaba la cabeza de mi mujer y llevé su mano a mi miembro.
    Lo manejaba perfectamente. Sus pajas eran perfectas. Ahora David ya se movía como loco hasta que en una de las embestidas se quedó clavado en el interior de Clara. Mi esposa había follado con otro, y yo había cumplido mi fantasía.
    David nos dijo que saliésemos al bar ya que pretendía invitarnos a una copa. No obstante, antes de salir, le pedí que nos dejara unos momentos solos.
    El joven salió de la sala, ya con su toalla puesta. Clara me miraba sonriente y yo seguía excitado.
    Quiero follarte yo ahora¡¡¡
    Estaba esperando que me lo pidieras. No me apetece esperar a llegar al hotel.
    Sin dudarlo me coloqué encima de ella. Estaba muy lubricada por lo que ni tan siquiera tuve que dirigir mi miembro con la mano. Se introdujo solo, sin ayuda.
    Comencé a moverme y de nuevo Clara comenzó a gemir. Me levantaba un poco para poder observar su cuerpo que antes había disfrutado otro hombre.
    Ella se corrió enseguida, apenas me costó unas pocas embestidas ya que David había realizado gran parte del trabajo. Yo la miraba y recordaba lo que había visto, por lo que no me costó demasiado que su sexo se llenase de mi semen.
    Antes de salir al bar nos dimos una ducha rápida y nos vestimos. David estaba allí y como nos prometió nos invitó a una copa.
    Los días siguientes a aquel acontecimiento fueron de un furor sexual increíble. Hacíamos el amor varias veces al día y recordábamos todo lo que había pasado aquella noche. Yo incluso, a pesar de tener una vida sexual muy activa con ella, necesitaba masturbarme de vez en cuando, pensando en las situaciones que viví aquel día.
    Una semana después, Clara me propuso que deberíamos repetir una experiencia similar, sólo que ahora deseaba que el trío fuera con otra mujer. Quería compensarme por lo que había disfrutado aquella noche.
    Por supuesto que la complacería, pero sin duda alguna, nada podría compensar aquella noche, en el que disfruté del sexo más que en toda mi vida.
    12 min

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