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Las novelas, las series y las redes sociales nos invitan al individualismo, la competencia, la culpa, la heterosexualidad obligatoria y el sacrificio. La literatura, el arte y otras formas de convivencia tienen una oportunidad de pausar la repetición de esa sensibilidad, desprivatizando las emociones y recuperando a los sujetos, los cuerpos y los relatos menospreciados por el capital y el Estado interiorizados.
El dolor, el resentimiento y la indignación son puntos de partida para una crítica profunda del mundo. Lejos de alejarnos y tapar los oídos ante las experiencias de dolor ajeno, como promueve la pulsión punitiva de las redes sociales, hace falta acercarnos, escuchar, dejar de ver la anécdota como una herida individual y conectar las injusticias con una estructura grande y vieja.
El mundo tomó mucho tiempo y trabajo para llega a ser lo que es hoy. Tal vez tome la misma acumulación de trabajo y tiempo cambiarlo. El asombro es lo que nos permitiría ver cómo es que llegamos a ser quienes somos, cómo el mundo tomó esta forma cerrada y, por lo tanto, cómo podría abrirse y dejar de ser lo que es ahora. Las emociones juegan un papel crucial en ese digestión del pasado hacia el futuro.
El confort es como un sillón demasiado cómodo. Se amolda a nuestro cuerpo y nos acomodamos a él hasta perder la conciencia de nuestros límites. El privilegio y las normas interiorizadas son iguales. Las seguimos reproduciendo porque es difícil notar dónde termina uno y dónde empieza el mundo. Para dejar de castigarnos y competir entre nosotros tenemos que explorar los bordes.
El amor también se alimenta del fracaso. Entre menos nos quieran más nos enberrinchamos en conseguirlo. Si no nos volvemos capaces de articular lo que nos hace falta seguiremos idealizando líderes que no nos van a devolver el tiempo y energía que invertimos en ellos. El amor a la autoridad es un amor eternamente pospuesto. Entre menos llega lo que esperamos, lo deseamos con más intensidad.
El amor es uno de los afectos centrales de la sociedad. Cada vez más, los grupos fascistas se presentan bajo la bandera del amor. La ambivalencia amor y odio permite que los sectores más rancios y policiacos se muestren como personas de buenos sentimientos. El amor y la obediencia que exigen a sus hijes, hace que los infantes sean capaces de convertirse en adultos que siguen líderes y respetan la ley. Escuchamos Vulpes Vulpes
Mucha gente idealiza México exigiéndole una pureza que nunca ha tenido ni tendrá. La vergüenza del México Copión lo que hace es demostrar que unos, y no otros, podrían alcanzar una "pureza" nacional. Se olvida que no todo lo que responde a otros territorios se hace pasiva y acríticamente, también existe una globalización desde abajo que logra resignificar lo que podría parecer ajeno.
la vergüenza es el costo afectivo de romper las normas. los espacios que se consideran más radicales también someten a sus ideales a les participantes a través de la vergüenza, pero ni el orgullo ni la vergüenza son afectos que nos hagan más capaces ni más libres. tenemos que sentirlos pero no estacionarnos en ellos si queremos construir vínculos nuevos.
la vergüenza tiene que ver con algo que está mal, algo que duele, pero no se la atribuimos a los demás, ni es temporal, sino que está adentro de nosotros definitivamente. intensifica la relación que tenemos con nosotros mismos: te tienes que expulsar a ti mismo de ti, te encierras y te das la espalda. Tiene que ver con la huída, las adicciones, ponernos en riesgo y unas ganas locas de desaparecer por estar expuestos sin estar listos. escuchamos a los Van Van, Anthony Braxton
La repugnancia tiene que ver con ser afectado por lo que queríamos rechazar, está relacionada con la presencia del cuerpo de otros en el nuestro. Hablamos de comida, caca y el mundo al revés: las visceras por fuera y la piel por dentro. Lo que nos da asco nos hace mirar o acercarnos precisamente porque queríamos hacer lo contrario. Escuchamos The Cry.
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