Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

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  • 70. Juan Sin Miedo (Infantil)

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    Érase un padre que tenía dos hijos, el mayor de los cuales era listo y despierto, muy despabilado y capaz de salir con bien de todas las cosas. El menor, en cambio, era un verdadero zoquete, incapaz de comprender ni aprender nada, y cuando la gente lo veía, no podía por menos de exclamar: «¡Este sí que va a ser la cruz de su padre!». Para todas las faenas había que acudir al mayor; no obstante, cuando se trataba de salir, ya anochecido, a buscar alguna cosa, y había que pasar por las cercanías del cementerio o de otro lugar tenebroso y lúgubre, el mozo solía resistirse:

    –No, padre, no puedo ir. ¡Me da mucho miedo!

    Pues, en efecto, era miedoso.

    En las veladas, cuando, reunidos todos en torno a la lumbre, alguien contaba uno de esos cuentos que ponen carne de gallina, los oyentes solían exclamar: «¡Oh, qué miedo!». El hijo menor, sentado en un rincón, escuchaba aquellas exclamaciones sin acertar a comprender su significado.

    –Siempre están diciendo: «¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!». Pues yo no lo tengo. Debe ser alguna habilidad de la que yo no entiendo nada.

     

    A Juan no le daban miedo las tormentas, ni los ruidos extraños, ni escuchar cuentos de monstruos en la cama. El miedo no existía para él. A medida que iba creciendo, cada vez tenía más curiosidad sobre qué era sentir miedo porque él nunca había tenido esa sensación.

     

    Un buen día le dijo su padre:

    Un buen día le dijo su padre:

    –Oye, tú, del rincón: Ya eres mayor y robusto. Es hora de que aprendas también alguna cosa con que ganarte el pan. Mira cómo tu hermano se esfuerza; en cambio, contigo todo es inútil, como si machacaras hierro frío.

    –Tienes razón, padre –respondió el muchacho–. Yo también tengo ganas de aprender algo. Si no te parece mal, me gustaría aprender a tener miedo; de esto no sé ni pizca.

    El mayor se echó a reír al escuchar aquellas palabras, y pensó para sí: «¡Santo Dios, y qué bobo es mi hermano! En su vida saldrá de él nada bueno. Pronto se ve por dónde tira cada uno». El padre se limitó a suspirar y a responderle:

    –Día vendrá en que sepas lo que es el miedo, pero con esto no vas a ganarte el sustento. A los pocos días tuvieron la visita del sacristán. Le contó el padre su apuro, cómo su hijo menor era un inútil; ni sabía nada, ni era capaz de aprender nada.

    –Sólo le diré que una vez que le pregunté cómo pensaba ganarse la vida, me dijo que quería aprender a tener miedo.

    –Si no es más que eso –repuso el sacristán–, puede aprenderlo en mi casa. Deje que venga conmigo. Yo se lo desbastaré de tal forma, que no habrá más que ver.

    Se avino el padre, pensando: «Le servirá para despabilarse». Así, pues, se lo llevó consigo y le señaló la tarea de tocar las campanas. A los dos o tres días lo despertó hacia medianoche y lo mandó subir al campanario a tocar la campana. «Vas a aprender lo que es el miedo», pensó el hombre mientras se retiraba sigilosamente. Estando el muchacho en la torre, al volverse para coger la cuerda de la campana vio una forma blanca que permanecía inmóvil en la escalera, frente al hueco del muro. –¿Quién está ahí? –gritó el mozo. Pero la figura no se movió ni respondió.

    –Contesta –insistió el muchacho– o lárgate; nada tienes que hacer aquí a medianoche–. Pero el sacristán seguía inmóvil, para que el otro lo tomase por un fantasma.

    El chico le gritó por segunda vez:

    –¿Qué buscas ahí? Habla si eres persona cabal, o te arrojaré escaleras abajo. El sacristán pensó: «No llegará a tanto», y continuó impertérrito, como una estatua de piedra. Por tercera vez le advirtió el muchacho, y viendo que sus palabras no surtían efecto, arremetió contra el espectro y de un empujón lo echó escaleras abajo, con tal fuerza que, mal de su grado, saltó de una vez diez escalones y fue a desplomarse contra una esquina, donde quedó maltrecho. El mozo, terminado el toque de campana, volvió a su cuarto, se acostó sin decir palabra y se quedó dormid

    16 min
  • 69. Vudú

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    Había una vez una pareja que andaba en problemas matrimoniales

     

    La esposa del señor Decker acababa de regresar de un viaje a Haití —viaje que había realizado sola—, para que las cosas se calmasen un poco antes de abordar la cuestión del divorcio.

    De nada sirvió. Ni él ni ella se calmaron en lo más mínimo. En realidad, descubrieron que todavía se odiaban más cordialmente que antes.

    —La mitad —dijo la señora Decker con firmeza—. No me conformaré con nada que no sea la mitad del capital, más la mitad de los bienes.

    —¡No digas sandeces! —rezongó el señor Decker.

    —¿Sandeces? Podría quedarme con todo, ¿sabes? Y muy fácilmente, pues mientras me hallaba en Haití me dediqué a estudiar vudú.

    —¡Tonterías! —dijo el señor Decker.

    —No lo son. Y tendrías que agradecer que yo sea una mujer de buenos sentimientos, pues podría matarte muy fácilmente si lo deseara. Entonces me quedaría con todo el dinero y todos los bienes, sin temor alguno a las consecuencias de mi acción. Una muerte realizada por medio del vudú no puede distinguirse de una muerte causada por un ataque al corazón.

    —¡Imbecilidades! —exclamó el señor Decker.

    —¿Eso crees? Mira, tengo cera y una aguja de sombrero. Dame un mechón de tu cabello o un trocito de uña, no necesito más, y te lo demostraré.

    —¡Falsedades! —dijo el señor Decker, despectivo.

    —Entonces, ¿por qué tienes miedo que lo pruebe? —dijo la señora Decker—. Como yo sé que es efectivo, te voy a hacer una proposición. Si no te mueres, te concederé el divorcio y no reclamaré absolutamente nada. Si te mueres, toda la fortuna pasará a mis manos en forma automática.

    —¡Trato hecho! —exclamó el señor Decker—. Ve a buscar la cera y la aguja —luego se miró las uñas—. Las tengo muy cortas. Te daré un mechón de cabellos.

    Cuando él regresó con unas hebras de cabello en la tapa de un tubo de aspirina, la señora Decker ya había comenzado a ablandar la cera. Enseguida pegó los cabellos sobre ella y la modeló, dándole la tosca apariencia de un ser humano.

    —Lo lamentarás —dijo, clavando la aguja en el pecho de la figura de cera.

    El señor Decker quedó verdaderamente sorprendido, pero su gozo fue muy superior. Él no creía en el vudú, pero como era un hombre precavido prefirió no arriesgarse.

    Además, siempre le había irritado que su esposa limpiase con tan poca frecuencia el cepillo de ella para el cabello.

    4 min
  • 68. La leyenda del Silbón (Adultos)

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    Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo vivía por los llanos un joven que apodaban Silbón, porque se la pasaba silbando mientras caminaba. Era un joven consentido y caprichoso al extremo, acostumbrado desde niño a ser complacido en todo. Pasaba su vida, de cantina en cantina desperdiciando su tiempo.

    Cierto día cuando se encontraba en casa de sus padres, al sentarse a la mesa para almorzar, se llenó de rabia y enfureció al ver que le servían alimentos que a él no le gustaban. En un acto de desprecio y con arrogancia extrema, lanzó la comida al piso diciendo: “Lo que yo quiero comer, es Asaduras (vísceras) de venado”; se levantó de la mesa y salió de la casa lleno de ira, a calmar su rabia con licor en la cantina del pueblo.

    Su padre que era un hombre noble y complaciente, preparo su escopeta y el cuchillo de caza y partió a la selva a buscar el dichoso venado para contentar a su rebelde hijo. Pero a pesar de su destreza y conocimientos en la caza, le fue imposible capturar al preciado animal. Después de varias horas y al caer la noche el padre decide que por ese día era suficiente y emprendió el regreso a casa. 

    Mientras tanto, el joven silbón que llevaba varias horas bebiendo y totalmente alicorado, decide irse para su casa. En el camino de regreso se encontró con su padre, que regresaba de la cacería fallida, quien trato de explicarle porque no había podido cazar al venado que tanto quería. 

    Sin oír razones y en medio de su borrachera, silbón golpeo brutalmente a su padre; cuando este cayó al suelo, tomo el rifle de cacería y de un disparo lo mato. Inmediatamente después tomo el cuchillo de caza y hábilmente le saco las entrañas a su padre, las empaco en un pedazo de la camisa y se fue para su casa. 

    Al llegar a casa sus abuelos y hermanos lo recibieron y él le paso las asaduras a la abuela, quien le pregunto de donde las había sacado. A lo que él sin ningún arrepentimiento le contestó: “Son de mi padre, ese fracasado no fue capaz de conseguirme las asaduras de venado que quería, así que yo tomé las de él, ja ja ja”

     

    El abuelo y sus hermanos ante tan aterradora noticia, se llenaron de rabia y lo ataron a un árbol, donde en reprimenda por sus malévolos actos, lo azotaron con un mandador repetidamente, paso seguido el abuelo puso sal y ají picante en sus heridas para que se retorciera de dolor. 

    Su abuela después de soltarlo, lo maldijo diciendo: “maldito eres, para toda la eternidad”, luego le azuzó el perro "tureco" (perro demoniaco) que hasta el fin del mundo lo persigue y le muerde los talones.

    Silbón después de ser repudiado por su familia, regreso al lugar donde había acabado con la vida de su padre y en un saco sucio recogió los huesos, que los animales del bosque se habían encargado de limpiar. Los hecho al hombro y se perdió para siempre en el bosque, seguido por el perro tureco para convertirse en leyenda.

     

    Dicen los viejos de aquellos pueblos que durante las noches de luna nueva, aquellas noches donde la oscuridad se apodera de los pueblos y los campos se oye salir de los montes una melodía, un silbido triste como de un alma en pena que recorre el pueblo buscando donde descansar. Y dicen que se ha visto un ser con un saco a cuestas y un perro mordiéndole los pies y que este ser escoge una cas y descargando el saco cuenta uno a uno los huesos mientras silba una tonada triste. Dicen los viejos que . Si las personas lo escuchan no pasa nada, pero si no hay quien pueda escucharlo en esa casa , entonces un miembro de la familia muere al amanecer.

    6 min
  • 67. Helena

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    Desde el día en que

    conocí a Helena

    puedo hablar con los

    animales y las cosas.

    Claro que ellos sólo

    entienden el helenañol,

    ya que de lo único que saben

    y comprenden

    es del amor que siento por

    ella.

    Mi perro me ha dado muchos

    consejos,

    lo mismo ha hecho una mesa

    antigua

    y una jarra de porcelana

    y un libro de cuentos

    y una navaja suiza

    y un ratón blanco

    y un balón número cinco

    y un disco de Manzanero y

    otro de Diana Ross.

    Desde ayer no sé qué hacer

    con un dolor que siento

    en lo que debe ser el alma,

    porque cuando le pregunté a

    la jaula

    si Helena me querría para

    siempre,

    no dijo nada,

    permaneció en silencio

    largo rato,

    hasta que de manera extraña

    abrió su puerta

    y dejó escapar al ruiseñor.

    2 min
  • 66. El bambu y la piedra (infantil)

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    Había  una vez, un dios que estaba pensando en crear al hombre. Hasta ese momento solamente había creado las plantas  y las cosas y decidió consultar a dos de sus últimas creaciones. El bambu y la piedra. 

     

    El bambu y la piedra se encontraban junto a un lago y el dios se les aproximó y les pregunto 

     

    Si yo fuera a crear un ser que sea el regente de todo lo que existe. Un ser que este destinado a estar en este mundo y que haga uso de todo lo que he creado, como creen ustedes que debe ser y vivir este ser que quiero llamarlo hombre

     

    La piedra se quedo quieta y pensativa (como toda piedra) y dijo 

     

    Yo creo que la vida de ese ser debe ser como la mia. Ese ser debe ser duro y fuerte y debe aguantar el paso del tiempo. Ese ser debe ser capaz de resistir las inclemencias del tiempo y nunca morir. Debe ser un ser inmortal para que perdure por los siglos y los siglos. 

     

    El bambu que estaba oyendo lo que la piedra decía, dijo

    Yo creo que por el contrario debe ser como la mia. 

     

    Nooo dijo la piedra. Mirate a ti mismo. Yo como piedra no me inclino ante el furor del viento ni ante el azote de la lluvia. Ni el agua, ni el calor, ni el frio pueden hacerme daño. Tu vida es futil ya que puedes morir en cualquier momento. Para mi no hay enfermedades ni preocupaciones. Así debe ser la vida de ese ser llamado hombre.

    El bambu dijo

     

    Es cierto que yo muero. Pero no muero del todo porque me repito en mis hijos. Mira alrededor de este lago, todos y cada uno de los que vivimos aquí somos hijos de un bambu original. Cuando yo sea adulto tendré bambusitos y mis hijos tendrán sus propios hijos bambu y así por la eternidad. Además nuestro creador me hizo flexible para adaptarme a las tormentas y los vientos y no quebrarme, así podre sobrevivir los momentos difíciles

     

    Y cuentan que la piedra no supo que decir y desde ese tiempo las piedras permanecen en silencio tratando de pensar que responderle al bambu. Mientras tanto el bambu que sirvió de ejemplo para la creación del hombre crece y se multiplica y hace música y canta cuando las tormentas lo azotan

    Así talcual como el hombre.

    4 min
  • 65. La pata de la Grulla

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    había una vez un tiempo en que los hombres no sabían que las aves se podían comer. En esa época los hombres solamente comían vegetales y animales que tuvieran cuatro patas. Los hombres veian que las aves volaban y algunas veces se posaban en la tierra pero siempre tenían la idea que su carne debía saber terrible. 

    Un día un hombre que había salido a cazar en las praderas de la tierra que hoy conocemos como Birmania se perdió y después de recorrer un tiempo se encontró una gallina silvestre. La gallina  que claramente tenia dos patas era un ave y el hombre recordó que dichos animales no se podían comer y obviamente cazar. 

     

    Sin embargo, después de estar varios días deambulando por el bosque perdido, el hombre en su desesperación por el hambre encontró que la única oportunidad que tenía de seguir vivo era cazando o comiendo aquel animal. Con su flecha mato la gallina y haciendo un fuego en el bosque cocino el animal, luego se la comió y encontró que tenía un gran sabor. 

    Siguio caminando después de aquel suculento banquete y al salir del bosque pudo regresar a su aldea y allí le conto a todos que había tenido que comerse un ave y que tenían un gran sabor. Y a partir de ese momento los hombres salieron a cazar aves. 

     

    La noticia llego a la grulla y ella que era un ave enorme sabía que a partir de ese momento los hombres tratarían de cazarla. Así que un día la grulla  se encontraba cazando pequeñas lagartijas y ranas en un campo vecino, las ranas  cuando veían a la grulla venir salían corriendo y esta salía corriendo detrás de ellas con sus bellas y largas patas. Pues ese día un cazador estaba por allí cerca y vio como la grulla corría por el campo detrás de las ranas y vio la oportunidad de hacerse con un bello ejemplar para la comida. 

     

    Acercándose lentamente por entre el pastizal, llego a estar a solo metros de la grulla y cuando preparaba el arco para disparar la mortal fecha, la grulla lo oyó y del susto subió una pata y la escondió y empezó a cantar

    Soy la grulla zancuda, la de la pata larga quien me tome en sus brazos morirá antes del alba.

    El hombre que vio que el animal tenia solamente una pata y que le advertia de que moriría si lo cazaba, se asusto mucho y se retiro. 

     

    El ave que se dio cuenta que había engañado al cazador con la estratagema de esconder una pata voló de nuevo y se perdió en el bosque. 

    Llegando al bosque se reunió con las otras grulla y les conto lo que había sucedido y entre ellas tomaron la decisión que para evitar que las cazaran siempre esconderían una pata 

     

    Y cuentan los que cuentan que desde esa época las grullas esconden una pata cuando sienten que hay un hombre cerca. 

    5 min
  • 64. Dos jóvenes y un beso

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    Había  una vez una muchacha y un joven. Estaban sentados en una piedra, en una punta de tierra que se adentraba en el mar, y las olas golpeaban hasta tocar sus pies. Estaban sentados, callados, cada uno en sus pensamientos, y viendo como se ponia el sol  

    Él pensó que tenía muchas ganas de besarla. Su boca parecía hecha para eso. Había visto chicas más hermosas y, en realidad, estaba enamorado de otra, pero no creía poder besarla nunca, ya que era un ideal y una estrella, y “a las estrellas uno no puede desear poseerlas”. Ella pensó que querría que él la besara, porque entonces tendría una oportunidad de enojarse con él y mostrarle lo mucho que lo despreciaba. Se levantaría, levantando las faldas y ajustándolas en torno a sí; lo miraría con una mirada cargada de helada burla y se iría, derecha y sin prisas innecesarias. Pero para que no pudiera adivinar lo que pensaba, dijo en voz baja, muy lentamente:

    -¿Cree usted en otra vida después de esta?

    Él pensó que sería más fácil besarla si contestaba que sí. Pero no recordaba bien cómo había respondido en otra oportunidad a la misma pregunta y tuvo miedo de contradecirse. Por eso la miró profundamente a los ojos y dijo:

    -Hay momentos en que creo que sí.

    Esa respuesta agradó a la chica enormemente y pensó: “De todas maneras, me gusta su pelo y también la frente. Es una lástima que la nariz sea tan fea y que no tenga una posición. Es solo un estudiante”. Con un novio como ese no la envidiarían sus amigas.

    Él pensó. “Ahora, decididamente, puedo besarla”. Pero tenía mucho miedo; no había besado antes a ninguna joven de buena familia, y se preguntaba si sería peligroso. Su padre dormía, tumbado en una hamaca, no muy lejos de allí, y era el alcalde de la ciudad.

    Ella pensó: “¿Será quizá mejor que le dé un bofetón cuando me bese?”. Y pensó de nuevo: “¿Por qué no me besa, es que soy tan fea y desagradable?”

    Y se inclinó sobre el agua para mirarse reflejada, pero su retrato se rompió en las olas que salpicaban.

    Pensó a continuación: “Me pregunto qué sentiré cuando me bese”. En realidad, la habían besado una sola vez, un teniente, después de un baile en el hotel de la ciudad. Pero olía muy mal, a cigarros y a ponche, y ella se había sentido un poco halagada de que la hubiera besado, ya que era un teniente, pero, por otra parte, ese beso no había sido gran cosa. Y, además, lo odiaba, porque después del beso ni le había propuesto matrimonio ni había vuelto a mirarla.

    Mientras estaban allí sentados, cada uno en sus pensamientos, el sol se puso y oscureció.

    Y él pensó: “Ya que está todavía sentada a mi lado y el sol se ha ido, quizá no tenga nada en contra de que la bese”.

    Y lentamente le pasó un brazo sobre los hombros.

    Eso ella no lo había previsto. Había creído que la besaría sin más preámbulos y que entonces ella le daría una bofetada y se iría como una princesa. Ahora no sabía qué hacer; quería enfadarse con él, pero no quería perder la oportunidad de ser besada. Por eso se quedó sentada completamente quieta.

    Entonces él la besó.

    Era mucho más extraño de lo que ella había pensado; sintió que se quedaba pálida y sin fuerzas, y que se había olvidado totalmente de darle un bofetón, y de que no era nada más que un estudiante.

    Pero él pensó en un pasaje del libro de un médico muy religioso, llamado La especie femenina, en donde decía: “Pero cuidado con dejar que el abrazo matrimonial se supedite al dominio de las pasiones”. Y pensó que debía ser muy difícil cuidarse si un solo beso podía ya hacer tanto.

    Cuando salió la luna, estaban todavía sentados besándose.

    Ella le susurró al oído:

    -Te amé desde el primer momento en que te vi.

    Y él respondió:

    -Para mí no ha habido otra en el mundo como tú

    7 min
  • 63. No busques más tu cuaderno de Geografía

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    No busques mas tu cuaderno de geografía.
    Yo lo saqué de tu morral.
    No quisiste ir a matiné conmigo,
    el domingo pasado.
    Mis amigos me contaron
    que estabas en compañía de Bermúdez,
    el grandote que practica la lucha libre.
    Me contaron que estabas muy linda,

    y que te reias a cada rato

    No busques mas tu cuaderno de geografía.
    Ahora que está lloviendo,
    asómate a la ventana,
    y verás pasar ochenta barquitos de papel.
    No busques mas tu cuaderno de geografía.

    2 min
  • 62. El beso

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    Habia una vez un hombre llamado Alejandro Magno. Aquel hombre nacido de noble cuna en Macedonio estaba destinado a ser un gran guerrero y un gran estadista. Su padre el Rey Filipo II lo encomendó a uno de los mas famosos Griegos de la época para su formación Intelectual. Este tutor llamado Arístoteles y considerado uno de los mayores filósofos de la historia se hizo cargo de su pupilo a muy temprana edad y cuentan que siempre lo acompaño en sus años de conquista y aventura. 

     

    Alejandro se vio muy joven siendo coronado rey, cuando su padre fue asesinado y rápidamente se dedico a ampliar sus dominios mediante guerras con sus vecinos. Se cuenta que su carácter se manifestó cuando enfrentado a el nudo gordiano en su campaña contra los persas, decidió cortarlo en vez de tratar de desatarlo y prosiguió su camino. 

     

    Pues cuentan que Alejandro llegó a un reino remoto y allí fue recibido por la corte y entre ellas la esposa del rey que se enamoró locamente del joven Alejandro. Alejandro que tenía en mente sus conquistas y sus batallas rechazo a la reina y ella despechada y humillada juro vengarse del orgulloso y vanidoso Rey Macedonio.

     

    La reina  una mujer astuta  y cruel tuvo una  hija y vio en ella la oportunidad de vengarse de aquel hombre que la había rechazado. Desde niña la alimentaba poco a poco con cianuro hasta que los labios de la niña se volvieron un arma letal. Bella como su madre la joven poseía en sus labios el destino de quien se acercara a ella. Un solo beso de sus boca llevaría a una muerte inevitable. 

     

    La madre reina espero hasta que la niña tuvo edad suficiente para enviarla a que conociera al gran Alejandro que se encontraba por esos días en la india. Su madre la había formado  en el arte de la seducción y aleccionada para que cuando el gran Alejandro la besara sus labios saboreara el fatídico veneno y rápidamente muriera. 

     

    La joven, tal y como estaba planeado llego a la corte de Alejandro el grande y con sus dotes seductoras consiguió llegar hasta la presencia del mas grande rey de esos tiempos. Maravillada se encontró frente a un hombre en sus treinta con la gracia y seguridad de alguien que había conquistado el mundo conocido y sabedor de su propia grandeza. 

     

    La joven se sintió inmediatamente atraída hacia aquel adonis griego y se acerco a él haciendo gala de todas sus dotes de mujer grácil y bella. Alejandro cuando la vio llegar junto a el enloqueció de deseos por poseerla y sin pensarlo se abalanzó hacia ella. 

     

    Aristoteles que se encontraba por aquellos días acompañando a su discípulo vio como su protegido perdía la compostura y anteponiéndose en su camino lo alejo de aquella mujer antes que la tocara. 

     

    Alejandro con altives recriminó a su maestro ordenándole que nunca más se atreviera a interrumpirlo en sus deseos, pero Aristoteles le explico que los dioses le habían advertido en sueños que una mujer sería la portadora de el veneno por el cual moriría.

     

    Aristoteles decidió poner a prueba a aquella mujer y convocando uno de los guardias de palacio, le pidio que trajera a la mujer frente a ellos. El guardia trajo la bella joven y aristoteles le ordeno que la besara,  a lo que el guardia obedeció con una sonrisa en su cara y con la misma sonrisa murió inmediatamente victima del veneno que la mujer poseía entre sus labios.

     

    Alejandro palidecio al ver la escena y dándose vuelta se alejo con su maestro siguiéndolo

     

    Aristoteles se acerco a felicitarlo por contener el deseo de besar a la mujer y así salvar su vida

     

    Alejandro miro directamente a su maestro y le dijo

     

    No la he besado porque sus labios estuvieran llenos de veneno sino porque otro hombre bebió antes de esa copa. 

    6 min
  • 61. El traidor

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    Habia una vez un maestro que se reunía con todos sus discípulos un jueves por la noche en lo que luego se llamaría la última cena. El maestro que tenía un especial afecto por todos y cada uno de sus cercanos seguidores y amigos se sentía un poco triste porque sabía que aquella era la última oportunidad que los vería a todos reunidos. 

     

    Una vez les habían servido la comida y el vino el maestro los miro a todos una última vez tratando de grabar sus expresiones mientras comían con el. 

     

    De pronto uno de sus discípulos le dijo.

     

    Todos te aman oh Maestro.

     

    Y el maestro respondió con una mirada dulce y una voz grave. 

     

    Todos No. Todos no. Conozco a alguien entre ustedes que esta carcomido por la envidia y ciertamente a la primera oportunidad que se le presente me venderá por treinta monedas. Pero se que el esta destinado a entregarme a los romanos. 

     

    Los discípulos se miraron entre sí incrédulos por lo que acababan de oir y uno de ellos levantando la voz dijo. 

     

    Maestro yo se a quien aludes. Y te dire que el también me hablo mal de ti cuando hacíamos el camino de galilea a jerusalen. 

     

    Otro de los discípulos al oir esto, se atrevió igualmente y levantándose de la mesa dijo. 

     

    A mi también me lo ha dicho, cuando estábamos repartiendo los panes y los peces me hablo mal de ti con envidia. 

     

     

     

    Y otro se levanto y dijo que le había hablado mal cuando curaba los ciegos y otro dijo que  cuando había resucitado a lazaro le había hablado mal con ciega ira y envidia. 

    Despues el resto de los apósteles excepto uno que se quedo cayado y sentado en la mesa se manifestaron contando como uno de ellos le había hablado mal de el maestro. 

    El primero que había denunciado al traidor que hablaba mal del maestro dijo. 

    Todos estamos en contra de este comportamiento y para probarte que solo uno de nosotros es un traidor, todos gritaremos el nombre de quien nos ha hablado mal de ti al unísono. 

    Así que a la cuenta de tres, decid el nombre de este que ha traicionado la confianza del maestro

    Y a la cuenta de tres. Todos y cada uno de ellos, excepto el que se permaneció callado y sentado grito el nombre de quien había hablado mal del maestro

    Y las paredes de aquel recinto temblaron cuando oyeron como los 11 discípulos gritaban a voz tendida el nombre de once discípulos diferentes. Uno diferente por cada uno de los discipulos. 

    Mientras el hombre que nunca se levanto de su silla y que permaneció cayado cavilando en sus decisiones y sus percepciones sobre el maestro y los discipulos, finalmente se levanto de su silla y, libre de remordimientos, Salió a la calle en dirección a la guarnición romana mas cercana donde poder consumar su traición. 

    5 min

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