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Habia una vez tres pescadores que se preparaban para salir a pescar. Desde las primeras horas de la mañana se habían reunido en el pequeño puerto del pueblo. Como todas las mananas los tres amigos se reunieron junto a su bote de pesca y después de montar sus aparejos y preparar el bote se embarcaron en su velero y rápidamente se dirigieron hacia la inmensidad del mar.
Despues de remar un rato y abrir las velas, su velero se encamino a la zona de pesca donde usualmente se dedicaban a lanzar las redes de pesca. Por horas estuvieron faenando esperando que la mar les trajera los pescados que podrían salir a vender en el puerto.
A mediodía cuando el sol se les hacia mas insoportable, uno de los amigos que se encontraba recogiendo las redes observo que entre la red había un objeto parecido a una botella. Llamando a los otros dos amigos para que le ayudaran a recoger la red, se acerco con sus manos y la recogió.
La botella que se encontraba tapada por un corcho dejaba ver que en su interior había un pedazo de papel y después de quitar el corcho extrajeron el papel que tenia un mensaje escrito a mano.
Las palabras escritas en dicho papel los dejaron sin habla. El mensaje decía
Socorro. Estoy aquí. El océano me arrojo a una isla desierta. Estoy en la orilla y espero ayuda. Dense prisa. Estoy aquí.
Los hombres que pese a que llevaban muchos años saliendo a pescar diariamente nunca se habían encontrado una botella con un mensaje, se sintieron inicialmente confundidos y comenzaron a discutir que hacer .
La primera idea que les surgió es que era necesario salir a ayudar a ese pobre hombre. Como buenos hombres de mar comprendían claramente la encrucijada en que se encontraba el autor de la nota y sintieron una urgencia visceral de socorrer lo antes posible a ese pobre hombre.
Lo primero que hicieron fue revisar los mapas de navegación, tratando de determinar las posibles islas donde se pudiera encontrar el naufrago y rápidamente se dieron cuenta que no había ninguna isla cercana registrada en los mapas.
De pronto y después de cavilar un rato, uno de los pescadores dijo
No tiene fecha. Seguramente ya es demasiado tarde. La botella pudo haber flotado mucho tiempo.
El segundo de los pescadores se apresuro a decir
Y tampoco esta indicado el lugar. Ni siquiera se sabe en que océano fue tirada la botella con la carta
El tercero de los marineros los miro con tristeza y les dijo… Ni demasiado tarde ni demasiado lejos. Ese no es el problema. La isla “aquí” puede estar en todos partes y no sabemos en que lado de la isla estará el hombre. Y tampoco sabemos si es hombre o mujer.
Entre ellos se miraron y con los segundos el ambiente se iba volviendo más y más incomodo y un silencio profundo cayo sobre ellos y toda la embarcación.
De pronto el primero, un hombre viejo y curtido por los años de navegar y pescar, tomo la botella en sus manos y metiendo de nuevo el papel en su botella y tapándolo de nuevo con el corcho dijo
Las verdades generales tienen ese problema. Nunca sirven para resolver nada.
Y con un movimiento de su brazo de pescador lanzo de nuevo la botella al mar
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Habia una vez un granjero que se llamaba tobias. Tobias era un cultivador de calabazas y todo los años recogia las calabazas que sembraba para ir a venderlas al mercado antes de Halloween porque muchos niños las llevaban para hacer linternas que ponían en la noche de halloween
Tobias cuidaba con mucho cariño sus calabazas y todos los días salía a limpiarlas y si las calabaza necesitaban agua las regaba. Tobias veía como sus calabazas crecían y crecían en su huerto que quedaba al lado de su casa en la pradera y junto a un gran bosque.
Un día tobias se levanto y como todas las mananas después de desayunar salió al campo de calabazas y para su sorpresa vio como todas las calabazas se habían desaparecido.
Tobias salió corriendo hasta la mitad del campo de calabazas y vio que efectivamente no había ninguna calabaza. Asombrado busco debajo de la tierra para ver si ellas se habían escondido por el frio de la noche y no pudo encontrar ni una sola de ellas.
De pronto oyo una voz que venia del bosque que se encontraba al lado del campo de calabazas
La voz le dijo
Tobias. Se que estas buscando tus calabazas. Yo soy el el gran calabacín y me he robado tus calabazas y nunca las podrás encontrar Jajaja
Tobias que era muy valiente se dirigió hacia el bosque decidido a encontrar sus calabazas para llevarlas al mercado ya que muchos niños del pueblo las estaban esperando.
Cuando llego al borde de bosque vio como había unas hojas de calabaza que se habían caído cuando el gran calabacín se estaba llevando sus calabazas. Con gran resolución decidió seguir el rastro de hojas bosque adentro
De pronto después de recorrer algunos metros en el bosque oscuro vió como había una gran agujero y alrededor de dicho agujero había una gran cantidad de hojas de calabaza y comprendió que la gran calabaza se había llevado las calabaza por ese agujero y tomando unas lianas que encontró cerca, las amarro a un árbol y luego haciendo una antorcha con unos pedazos de ramas de árbol secas comenzó a bajar por el oscuro agujero.
Despues de interminables minutos llego al fondo del agujero y vio había un túnel debajo del bosque. Como tobias no le tenia miedo a nada comenzó a recorrer el túnel ayudado por su antorcha.
Despues de algunos minutos llego al final del túnel y encontró una puerta de metal que tenia una figura de un ser con cuerpo de hombre pero con cabeza de calabaza. Y en la puerta se leia un mensaje que decía. No molestar
No molestar….penso Tobias, Pues claro que yo voy a molestar… Si me robaron mis calabazas yo vengo a recuperarlas.
Y con toda su fuerza empujo la puerta hasta que esta empezó a abrirse y por la endidura que se abrió se asomo y vio que había una gran caverna y que en el centro de ella había un gran trono y que sobre el trono estaba el ser que estaba pintado en la puerta. Y a su alrededor cientos de calabazas que se movían.
De pronto Tobias oyo una voz que venia de la caverna… Quien esta ahí. Quien se ha atrevido a irrumpir en mi templo.
Y Tobias que no le tenia miedo a nada, empujo la puerta y de un salto se metió en la cueva que se encontraba iluminada por decenas de luces que provenían de las calabazas y vio como cada una de esas luces era una linterna como las que hacen los niños con las calabazas para Halloween. Pero estas linternas calabazas estaba vivas y todas se volteron a mirar a Tobias con sus caras amenazantes.
Pero Tobias no tenia miedo y con voz decidida dijo.
Soy yo Tobias y vengo a reclamar mis calabazas. Porque las he cuidado mucho durante todo el año y sin ellas los niños del pueblo no po
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Había una vez una doncella china llamada Ch´iennian. Ella era la hija del señor Chang Yi, funcionario de Hunan. Tenía un primo llamado Wang Chu, que era un joven inteligente y apuesto. Habían crecido juntos y, como el señor Chang Yi quería mucho al muchacho, dijo que lo aceptaría de yerno. Ambos escucharon la promesa, y como estaban siempre juntos, el amor aumentó día a día. Ya no eran niños y llegaron a tener relaciones íntimas. Desgraciadamente, el padre no lo advirtió. Un día un joven funcionario le pidió la mano de su hija y el señor Chang Yi , olvidando su antigua promesa, consintió.
Ch´ienniang, debiendo elegir entre el amor y el respeto que le debía a su padre, estuvo a punto de morir de pena, y el joven estaba tan despechado que decidió abandonar el país para no ver a su novia casada con otro. Inventó un pretexto y le comunicó a su tío que debía marchar a la capital. Como el tío no logró disuadirlo, le dio dinero, regalos, y le ofreció una fiesta de despedida. Wang Chu, desesperado, pasó cavilando todo el tiempo de la fiesta, diciéndose que era mejor partir y no empeñarse en un amor imposible.
Wang Chu se embarcó una tarde y había navegado unas millas cuando cayó la noche. Le dijo al marinero que amarrara la embarcación y que descansaran, pero por más que se esforzó no pudo conciliar el sueño. Hacia la medianoche, oyó pasos que se acercaban. Se incorporó y preguntó:
-¿Quién anda ahí, a estas horas de la noche?
-Soy yo, soy Ch´ienniang.
Sorprendido y feliz, Wang Chu la hizo entrar a la embarcación. Ella le dijo que el padre había sido injusto con él y que no podía resignarse a la separación. También ella había temido que Wang Chu, en su desesperación, se viera arrastrado al suicidio. Por eso había desafiado la cólera de los padres y la reprobación de la gente y había venido para seguirlo a donde fuera. Ambos, muy dichosos, prosiguieron el viaje a Szechuen.
Pasaron cinco años de felicidad y ella le dio dos hijos. Pero no llegaban noticias de la familia y Ch´ienniang pensaba cada vez más en su padre. Ésta era la única nube en su felicidad. Ignoraba si sus padres vivían o no, y una noche le confió a Wang Chu su pena.
-Eres una buena hija -dijo él- ya han pasado cinco años y se les debe de haber pasado el enojo. Volvamos a casa.
Ch´ienniang se regocijó y se aprestaron a regresar con los niños.
Cuando la embarcación llegó a la ciudad natal, Wang Chu le dijo a Ch´ienniang.
-No sabemos cómo encontraremos a tus padres. Déjame ir antes a averiguarlo.
Al divisar la casa, sintió que el corazón le latía. Wang Chu vio a su suegro, se arrodilló, hizo una reverencia y pidió perdón. Chang Yi lo miró asombrado y le dijo:
-¿De qué hablas? Hace cinco años Ch´ienniang está en cama y sin conciencia. No se ha levantado una sola vez.
-No comprendo -dijo Wang Chu- ella está perfectamente sana y nos espera a bordo.
Chang Yi no sabía qué pensar y mandó dos doncellas a ver a Ch´ienniang.
La encontraron sentada en la embarcación bien ataviada y contenta. Maravillada, las doncellas volvieron y aumentó el asombro de Chang Yi.
Entretanto, la enferma había oído las noticias y parecía haberse curado: sus ojos brillaban con una nueva luz. Abandonó el lecho y se vistió ante el espejo. Sonriendo y sin decir una palabra, se dirigió a la embarcación.
La que estaba a bordo iba hacia la casa: se encontraron en la orilla. Se abrazaron y los dos cuerpos se confundieron y sólo quedó una Ch´ienniang, joven y bella como siempre. Sus padres se regocijaron, pero ordenaron a los sirvientes que guardaran silencio, para evitar comentarios.
Por más de cuarenta años, Wang Chu y Ch´ienniang vivieron juntos y fueron felices.
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Habia una vez país muy remoto, en plena Selva, en que se presentó hace muchos años un tiempo malo en el que el Camaleón, a quien le había dado por la política, entró en un estado de total desconcierto, pues los otros animales, asesorados por la Zorra, se habían enterado de sus artimañas y empezaron a contrarrestarlas llevando día y noche en los bolsillos juegos de diversos vidrios de colores para combatir su ambigüedad e hipocresía, de manera que cuando él estaba morado y por cualquier circunstancia del momento necesitaba volverse, digamos, azul, sacaban rápidamente un cristal rojo a través del cual lo veían, y para ellos continuaba siendo el mismo Camaleón morado, aunque se condujera como Camaleón azul; y cuando estaba rojo y por motivaciones especiales se volvía anaranjado, usaban el cristal correspondiente y lo seguían viendo tal cual.
Esto sólo en cuanto a los colores primarios, pues el método se generalizó tanto que con el tiempo no había ya quien no llevara consigo un equipo completo de cristales para aquellos casos en que el mañoso se tornaba simplemente grisáceo, o verdiazul, o de cualquier color más o menos indefinido, para dar el cual eran necesarias tres, cuatro o cinco superposiciones de cristales.
Pero lo bueno fue que el Camaleón, considerando que todos eran de su condición, adoptó también el sistema.
Entonces era cosa de verlos a todos en las calles sacando y alternando cristales a medida que cambiaban de colores, según el clima político o las opiniones políticas prevalecientes ese día de la semana o a esa hora del día o de la noche.
Como es fácil comprender, esto se convirtió en una especie de peligrosa confusión de las lenguas; pero pronto los más listos se dieron cuenta de que aquello sería la ruina general si no se reglamentaba de alguna manera, a menos de que todos estuvieran dispuestos a ser cegados y perdidos definitivamente por los dioses, y restablecieron el orden.
Además de lo estatuido por el Reglamento que se redactó con ese fin, el derecho consuetudinario fijó por su parte reglas de refinada urbanidad, según las cuales, si alguno carecía de un vidrio de determinado color urgente para disfrazarse o para descubrir el verdadero color de alguien, podía recurrir inclusive a sus propios enemigos para que se lo prestaran, de acuerdo con su necesidad del momento, como sucedía entre las naciones más civilizadas.
Sólo el León que por entonces era el Presidente de la Selva se reía de unos y de otros, aunque a veces socarronamente jugaba también un poco a lo suyo, por divertirse.
De esa época viene el dicho de que
todo Camaleón es según el color
del cristal con que se mira.
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Habia una vez un hombre que era conocido como un personaje estrambótico en el pueblo y aunque todos lo llamaban juancho nadie conocía realmente su nombre ni su procedencia . El hombre siempre se metía en problemas pero igualmente siempre salía de ellos de manera ingeniosa.
Juancho sola vender burros en el mercado y entre todos era sabido que juancho era el que vendía los burros a menor precio. Cuando alquien necesitaba un burro para alguna jornada, siempre esperaban que Juancho se apareciera por la plaza de mercado con un burro y siempre sabían que el precio que pedía sería menor al precio de cualquier otro burro vendido por cualquier mercader.
Un dia se le acerco un rico mercader, que también se se dedicaba a la compra y venta de burros y de manera solapada le monto conversación a Juancho tratando de conocer el secreto de los precios tan baratos de los burros que el venda
Hombre Juancho. Yo realmente lo admiro mucho a usted. Usted debe ser una persona muy inteligente y sagaz, porque como usted sabe yo vendo burros como usted y siempre trato de ofrecerlos al menor precio posible.
Tengo a mi servicio muchos esclavos que obligan a los campesinos a darme el forraje gratis y mis esclavos son los que cuidan a los animales sin que les pague nada en retribución.
Cuando una burra se enferma, llamo al veterinario y usualmente le pago una miseria porque se que soy su mejor cliente y que no me puede perder como cliente. Así que como podrás ver hombre juancho yo tengo un negocio donde los costos de producción son muy bajos y aun así no puedo igualar ni remotamente los precios de tus burros.
Contame como lo haces
Juancho que sabia por donde iba el agua al molino y le dijo
Hombre Don eladio, la razón es muy simple
Mientras que usted se dedica a robar a los que le sirven y a los que le proveen el forraje para alimentar a los burros…. yo me dedico a robarle los burros a usted y a otros.
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Había una vez un monarca que siempre consideraba que las conversaciones con su ministro favorito era su mejor momento del día. El monarca rodeado de miles de guardias y cientos de asesores siempre esperaba el momento en que su amigo el ministro llegara para discutir los pormenores de su reino.
Un día el monarca y el ministro se encontraban en la sala dorada del trono cuando el ministro haciendo los posible por llevar un tema religioso a la mente de su monarca le dijo.
Su majestad, sabe usted que dentro de nuestra religión la evolución espiritual esta ligada a la practica de la repetición del un mantra y que dentro de las altas esferas religiosas la definición de un mantra es posiblemente el mayor paso que ser alguno pueda tener.
Ciertamente, dijo el monarca y se que es deber de todo ser humano encontrar el mantra que lo transporte a los mal altos estados espirituales. Pero siempre he tenido una pregunta que no se como resolver.
Siendo yo el soberano absoluto de mis tierras y habiéndoseme otorgado los mas altos dones y poderes sobre la faz de la tierra, porque el mantra que yo debo usar debe ser entregado a mi por un mentor. Porque no puedo yo elegir mi propio mantra, que proviniendo de mi tendría el mismo poder que otro mantra asignado a mi por alguien mas.
El ministro que conocía al rey y su afán de ser protagonista de todo lo que acontecía en el reino, identifico en el soberano un deseo de subvertir el orden religioso establecido en deseo de ser el mismo el líder religioso, le contesto
No, su majestad. El mantra que proporciona el guru es más poderoso que cualquier otro mantra que su majestad pueda elaborar.
El rey un poco molesto al sentir que el ministro ponía en duda su capacidad y su voluntad le reprocho duramente
Sinceramente, no veo en absoluto ninguna razón de ser para ello y un mantra emitido por mi será tan poderoso como el mantra que viene de un guru de la corte.
El ministro miro seriamente al rey y con voz altisonante para que se escuchara en toda las sala del trono dijo
Guardias detengan a su majestad
La guardia real no se movio un solo centímetro y permaneció como si nada hubiera sucedido.
El rey en cambio se levanto de su trono indignado al ver el atrevimiento de su fiel ministro y con su majestuosa voz dijo
Guardias. Detengan a este homre y llévenlo a los calabozos
El Jefe de la guardi inmediatamente ordeno a sus hombre a prender al ministro y cuando este iba a ser retirado de la sala
Dijo.
Señor te has dado cuenta. Todo en la vida se puede enunciar igual por diferentes personas pero solamente es efectivo lo que procede de la persona adecuada.
Y dicen que el rey comprendio el mensaje y nunca dudo de nuevo de su ministro o los jerarcas religiosos.
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Había una vez un tal lazaro velez. Este Lazaro se incorporó en su tumba, se despojó lentamente de su sudario, abandonó el camposanto y empezó a caminar en dirección a su casa. A medida que iba siendo reconocido, los vecinos se acercaban a abrazarlo, le daban ropas para que cubriera su desnudez, lo felicitaban, le palmeaban la espalda huesuda.
Sin embargo, a medida que la voz se fue corriendo, la bienvenida ya no fue tan cálida. Un hombre que había ocupado su vacante en la sucursal de Correos le increpó duramente: «Tu regreso no me alegra. Vas a reclamar tu puesto y quizá te lo den. O sea que yo me quedaré en la calle. Recuerda que en mi casa tengo cinco bocas para alimentar. Prefiero que te vayas».
La viuda de Lázaro Vélez, que, pasado un tiempo prudencial, se había vuelto a casar, le incriminó:
«¿Y ahora qué? ¿Acaso pretendes que me condenen por bígama? Si quieres que sea feliz, desaparece de mi vida, por favor».
Un sobrino, que en su momento había heredado sus cuatro vacas y sus seis ovejas, le reprochó airado: «No pretenderás que te devuelva lo que ahora es legalmente mío. Vete, viejo, y no molestes más».
Lázaro Vélez resolvió no seguir avanzando. Más bien comenzó a retroceder, y a medida que desandaba el camino se iba despojando de las ropas que al principio le habían brindado.
Por fin, un viejo amigo que lo reconoció y no le reprochó nada (quizá porque nada tenía) se acercó a preguntarle: «Y ahora, ¿a dónde irás?» Y Lázaro Vélez respondió: «A recuperar mi sudario».
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El señor César era muy rutinario.
Todos los domingos por la mañana se levantaba tarde, daba vueltas por casa en pijama y a las once se afeitaba, dejando abierta la puerta del baño.
Aquel era el momento esperado por su hijo Francisco, que tenía solo seis años, pero manifestaba ya una inclinación por la medicina y la cirugía. Francisco tomaba el paquete de algodón hidrófilo, la botellita de alcohol desnaturalizado, el sobre de los esparadrapos, entraba al baño y se sentaba en el taburete a esperar.
-¿Qué hay? -pregunta el señor César, enjabonándose la cara.
Los otros días de la semana se afeitaba con la máquina eléctrica, pero el domingo usaba todavía el jabón y las cuchillas. Francisco se torcía en el pequeño asiento, serio, sin responder.
-¿Entonces?
-Bien -decía Francisco- puede ser que tú te cortes. Entonces yo te curaré.
-Ya -decía el señor César.
-Pero no te cortes a propósito como el domingo pasado -decía Francisco severamente-, a propósito no vale.
-De acuerdo -decía el señor César.
Pero cortarse sin hacerlo aposta no lo lograba. Intentaba equivocarse sin quererlo, pero es difícil y casi imposible. Hacía de todo para estar distraído, pero no podía. Finalmente, aquí o allá, el corte llegaba y Francisco podía entrar en acción. Secaba el hilo de sangre, desinfectaba, pegaba el esparadrapo. Así cada domingo el señor César regalaba un hilo de sangre a su hijo, y Francisco estaba convencido de ser útil a su distraído padre.
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Había una vez un estudiante de universidad llamado Henry. Aquella noche Henry se encontraba estudiando y mirando el reloj noto que este marcaba las 2 de la mañana y desesperado se rindió ante lo evidente. Cuanto más estudiaba Geometría, menos la comprendía. Aterrorizado cerro el libro y vio lo inevitable. Seguramente perdería el examen de la mañana siguiente y habiendo perdido los anteriores 2 exámenes perdería la materia para el semestre y seguramente lo echarían de la universidad.
Todo indicaba que solamente un milagro podría salvarlo. Súbitamente la idea del milagro llego a su mente y levantando su cabeza de su mesa de estudio pensó. Un milagro, porque no?. Desde niño se había interesado por la magia y por años había leído todo tipo de libros sobre magia blanca y magia negra. Recordaba que en uno de sus libros había claras instrucciones de cómo invocar a los demonios y someterlos a sus voluntad.
Henry aun tenia ese libro en su biblioteca y decidió probar. Su futuro universitario dependía de poder ejecutar este conjuro mágico y si bien nunca había probado algo así, pues estaba dispuesto a hacerlo ahora. Era ahora o nunca
Bajo de la estantería de su biblioteca el libro de magia negra y comenzó a pasar las hojas hasta encontrar el capitulo de conjuros para invocar los demonios y obligarlos a hacer lo que el quisiera.
El conjuro tenia algunos sencillos pasos y después de leerlos se dijo a si mismo
Realmente lo puedo hacer. Tengo que decir estas formulas mágicas mientras me encuentre dentro de un pentágono dibujado con tiza blanca en el suelo, cuando llegue el demonio no podrá hacerme nada porque no podrá cruzar el pentágono protector y yo tendré el poder de obligarlo a que durante la noche me explique paso a paso los elementos que necesito para el examen de mañana. No puede ser más simple.
Acto seguido, Henry despego la sala de los muebles corriéndolos todos contra las paredes de su dormitorio y luego tomando una tiza de color blanco dibujo el pentágono protector y parándose en el centro de él repitió con vos solemne el conjuro que invocaba al demonio.
Cuando el demonio, un ser horrible con cachos y cola y una boca que destilaba una especie de saliva sanguilorienta, se presentó ante el con ademanes amenazantes (ya que a los demonios no les gusta ser invocados a la tierra) , Henry sintió que aquel demonio lo miraba con ansias de devorarlo pero igualmente se sentía protegido por estar en el centro de la figura trazada con tiza blanca.
Y respirando profundamente le dijo al demonio
Te he invocado para que durante toda la noche me sirvas de tutor en mi estudio para el examen de mañana ya que realmente soy un inútil en geometría.
- y a quien se los dices - replicó el demonio mientras burlonamente se devoraba a Henry después de haber cruzado uno de los seis lados del supuesto pentágono que el idiota había dibujado en su habitacion.
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Había una vez un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
—No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
—Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
—Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
—Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
—¿Y por qué es un tonto?
—Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
—No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
—Véndame una libra de carne —y en el momento que se la están cortando, agrega—: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:
—Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.
Entonces la vieja responde:
—Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
—¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
—¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
—Sin embargo —dice uno—, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
—Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
—Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
—Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
—Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
—Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
—Yo sí soy muy macho —grita uno—. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
—Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
—Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa
—y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clam
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