La foto que me ha llamado la atención está tomada al borde del Mediterráneo, en una terraza. Un columpio sencillo, una tablita atada con unas cuerdas, cuelga de la rama de un pino. El pino, retorcido en el tronco, se abre en una copa desordenada de tantos vientos. Ahora no sopla ni el del norte, ni el de levante, ni el del sur. Y el árbol dibuja una sombra elegante en la azotea, y el arullo de una tortola llama a su compañera, y un cormorán cruza muy cerca con su flecha de luto, y lejos se oye el rumor de unas niñas que cantan jugando a la goma, y un jazmin cercano que no está retratado llena el aire de una seducción dulce, elegante y en lucha con un galán de noche, y el olor tramposo de la resina y el infantil de la labanda, y la luz es brillante pero solo lo justo, lo justo para que las cosas sean nuevas, como el primer día, como la primera mañana del primer día, la luz en la chumbera y en sus grandes orejas, la luz en la camisa blanca tendida, la luz, la luz, y el azul de la...