El evangelista nos hace saber que los apóstoles no entendieron a quién se refería. Más tarde, Juan, meditando lo sucedido, lo comprendió. Por eso añade un comentario que Jesús dijo (13, 18): Tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado” (Sal 41, 10; cfr. Sal 55, 14) (cfr. Ibídem, p. 85).
Qué tristeza da la traición de un hermano, de un amigo, de un esposo... Cuanto duele si es de nuestra sangre, y todavía es más incomprensible si lo has elegido tú como confidente.
Jesús tomó sobre sus hombros la traición de todos los tiempos, también la del nuestro. Pues en la actualidad, a principios del siglo XXI, estamos viviendo momentos difíciles en los que miembros de la Jerarquía están siendo condenados por la justicia.
En un avión que le llevaba a Lisboa y ante los periodistas que le acompañaban, el Papa Benedicto XVI declaró que los pecados de la Iglesia “hoy los vemos de un modo realmente terrible”. Decía que “la mayor persecución de la Iglesia no viene de enemigos de fuera, nace del pecado de la Iglesia”.