El Señor se encarnó para poder sufrir por nosotros. Porque Dios no podía sufrir, a menos que se hiciese hombre.
Hemos comprobado el amor que el Señor nos tiene: nada más hay que mirar sus manos y sus pies para emocionarse.
Por nuestro amor sufrió esas tremendas heridas, y muchas humillaciones.
El día de la Ascensión (cfr. Hch. 1, 1-11) llegó Jesús a la Gloria y recibió todo el agradecimiento desbordante, que hasta entonces había estado conteniendo el Cielo.