El misterio de la conciencia humana según Antonio Damasio e Ignacio Morgado
El misterio de saber de dónde surge la conciencia humana sigue siendo un tema debatido en los últimos lanzamientos literarios.
Según Antonio Damasio, ésta nace de un cuerpo vivo, que se siente a sí mismo, antes de cualquier pensamiento elaborado.
No surge de la capa superior de la corteza cerebral sino de estructuras más antiguas.
Las encargadas de regular la vida.
Estas estructuras generan sensaciones homeostáticas: hambre, sed, bienestar, dolor o alivio.
Estas sensaciones funcionan como centinelas que vigilan y alertan del estado de organismo.
Y lo impulsan a actuar para preservar la vida.
Antes que las ideas, tenemos la percepción íntima del propio cuerpo en funcionamiento, el ‘cómo estoy’.
A partir de ese mapa interno, según Damasio, brotó el germen de la conciencia.
La conciencia puede entenderse como un subproducto de la vida autorregulada.
Es una forma evolucionada de integrar las señales internas y externas para mantener la integridad del organismo.
Sin sistema nervioso no hay sentimientos y sin sentimientos no hay conciencia.
Eso es lo que separa a las bacterias y a las plantas de los animales.
En los animales complejos estos mecanismos se combinan y aparece la memoria, el lenguaje o el razonamiento.
Configurando la rica conciencia.
Para Damasio la conciencia no flota, se fabrica dentro del cuerpo y gracias a él.
Sin embargo, opina que podrían existir conciencias artificiales.
Pero muy distintas a la humana.
Ya que estarían ancladas en procesos no biológicos y sin nuestra dimensión social y afectiva.
Por lo tanto la conciencia humana no se podrá descargar como tal en una nube de un servidor.
Esto sería como copiar la receta en vez de tener el plato de comida, razona.
En resumen, Damasio propone que la conciencia procede del sentir.
De la manera en cómo el organismo se vigila a sí mismo para sobrevivir.
Todo empieza por el verbo sentir.
Hay otras teorías, como la del panpsiquismo, que argumentan que la conciencia está en toda la naturaleza.
En la piedra y en la materia.
Otro investigador que aborda esta compleja cuestión es el neurocientífico Ignacio Morgado.
Tiene claro que la principal preocupación de la neurociencia han de ser las enfermedades cerebrales como el alzhéimer o el párkinson.
Hace más de un siglo que Ramón y Cajal estableció las bases para entender algo de cómo funciona el cerebro.
Pero todavía no sabemos curar las enfermedades neurológicas.
Para averiguar qué es la conciencia hace falta un equipo multidisciplinar.
No es sólo cosa de neuro científicos.
Se tiene que abordar desde todos los campos, con la intervención de: un ingeniero en IA, un experto en investigación animal, un estadístico, un físico y otros muchos especialistas.
El cerebro es muy complejo, con sus 86.000 millones de neuronas interconectadas.
Según Ignacio, a lo mejor nunca llegamos a saber qué es la conciencia del todo.
Y mientras tanto seguimos con ciertas ideas sobrenaturales que nos ayudan a soportar mejor la idea de la muerte, el dolor o la enfermedad.
Al igual que Damasio, afirma que funcionamos más por las emociones que por la razón.
Si sólo razonásemos, seríamos más vulnerables.
Sin embargo, hay emociones, como el miedo, que pueden condicionarnos.
Lo peor no es morirnos, sino el sufrimiento.
Sufrimos porque somos seres emocionales y tenemos consciencia, asegura.
Vivimos en un mundo creado por las ilusiones que nos hace ver nuestro cerebro de todo el espectro de la realidad.
Ahí fuera hay materia, energía, moléculas…
Nuestro cerebro percibe el impacto de esa energía, a través de los sentidos, y crea la percepción de la luz, los colores, los olores y los sabores.
Cada persona tiene su propia conciencia, suya y subjetiva.
De nuevo, Ignacio apuesta por la teoría de la integración funcional.
Una teoría que propone que la consciencia surge espontáneamente de los sistemas complejos.
Así que si consiguiéramos crear un sistema artificial tan complejo como el cerebro… podría tener un tipo especial de conciencia.
Sería muy complicado saber si una máquina es consciente y si debería tener derechos.
Y también sería difícil discernir si se ha habría vuelto autoconsciente.
Como vemos, una vez más, el mercado editorial se ha volcado en la cuestión de la conciencia humana.
Un tema que se enfoca desde la neurociencia, la filosofía, la física y hasta desde la metafísica.
Frente a su visión biológica y emergente aparece la teoría de la conciencia no local.
Según la cual, la conciencia no se genera solo en el cerebro.
Sino que existe como una propiedad fundamental del universo.
En este planteamiento, el cerebro actuaría como un receptor.
Como una radio que sintoniza una señal.
Luego, para el panpsiquismo, toda la materia poseería algún grado de conciencia.
Desde una partícula subatómica hasta una galaxia.
La conciencia siempre habría estado ahí.
Y otros enfoques nos hablan de la supraconciencia.
Una conciencia superior que trasciende a las personas.
En este modelo, la muerte no es el final de la conciencia sino que ‘el yo individual’ se disuelve en una conciencia mayor.
En síntesis, para la neurociencia actual, la conciencia sigue necesitando un soporte biológico.
Los daños cerebrales destruyen aspectos concretos del ‘yo’.
La conciencia define quiénes somos.
Por qué sufrimos, amamos, tememos a la muerte…
Y por qué creamos el arte, la religión, la ciencia o la cultura.
Entender la conciencia es fundamental para tratar las enfermedades mentales.
Para entender los trastornos de identidad.
Y hasta para definir el futuro de la inteligencia artificial.
Si una máquina llegase a ser consciente cambiaría nuestro propio concepto de persona.
La ética, el derecho y hasta la civilización.
Nada de lo que vemos, existe tal cual lo percibimos.
Todo llega filtrado por el cerebro.
La conciencia reconstruye el mundo que observamos.
Aún no sabemos cómo surge ni lo que es en realidad.
No sabemos si somos algo más que biología o no.
O si la muerte es el punto y final o un punto y seguido.
Por eso la conciencia es uno de los mayores misterios de la ciencia.
Y también el más humano.