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Patañjali los enumeró hace casi dos mil años y, aunque nuestra vida haya cambiado mucho, los obstáculos siguen resultando sorprendentemente familiares:
Un obstáculo al mes: qué es, cómo se reconoce cuando aparece en tu esterilla y qué hacer con él cuando lo tienes delante.
Para tus clases
Un encuentro mensual en directo sobre lo que pasa de verdad en una clase.
Aprendiste anatomía, filosofía y doscientas posturas. Lo que no te enseñó nadie fue qué hacer el martes a las ocho cuando en la sala tienes alumnos con necesidades completamente distintas y, al terminar, uno te cuenta algo que te hace replantearte cómo tienes que enseñarle.
Cada mes partimos de una situación real. Yo abro poniendo algunas ideas sobre la mesa y lo desarrollamos entre todos, desde la experiencia y las distintas maneras de enseñar. Y muchos de los temas de los siguientes encuentros saldrán de las propias dudas y situaciones que vayáis proponiendo vosotros.
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Hola, sadhakas. Hoy quiero hablaros de algo que seguramente nos ha preocupado a todos alguna vez, tanto cuando empezamos a practicar Yoga como cuando llevamos mucho tiempo, porque sigue pasando. ¿Y qué es lo que nos preocupa? La flexibilidad y la movilidad articular.
Y de hecho hay una frase que siempre se escucha mucho, ¿no? «Yo no puedo hacer Yoga porque no tengo mucha flexibilidad» o «tengo muy poca flexibilidad». Y lo curioso es que muchas personas lo dicen casi como si estuvieran confesando un defecto. Como si primero hubiese que conseguir un cuerpo flexible y después, ya cuando lo tenemos, es cuando estamos preparados y pudiésemos empezar a practicar Yoga.
Pero fijaos que precisamente podemos empezar desde ahí, o podemos seguir desde ahí, o podemos practicar desde ahí. Desde esas piernas que hoy no se estiran tanto, desde esa dificultad para levantar los brazos (lo he visto bastante esto, ojo, en Urdhva Hastasana), o desde unas caderas que nos hacen buscar tres mantas para poder sentarnos en Svastikasana cómodamente. Es un punto de partida perfectamente válido. De hecho, es el único punto de partida real que tenemos: nuestro cuerpo tal como está hoy.
Así que, en este episodio vamos a ver tres cosas:
Te dejaré los enlaces a las secuencias en la descripción para que puedas verlas.
Bueno, vamos a ir con el tema que nos ocupa hoy. ¿Qué queremos o qué estamos buscando con ese ser más flexible? Porque claro, uno piensa en flexibilidad y enseguida aparece la imagen de alguien haciendo una flexión hacia adelante, colocando las manos en el suelo o poniéndose el pie detrás de la oreja. Y eso está bien, todo eso tiene que ver con la amplitud de nuestros movimientos. Pero yo creo que hay una cuestión anterior que merece la pena estudiar: ¿para qué queremos esa amplitud y qué somos capaces de hacer con ella?
Un ejemplo sencillo. Piensa en Supta Padangusthasana. Estamos tumbados en el suelo. Es una postura que puede que conozcas. Si no, estamos tumbados boca arriba, elevamos una pierna y podemos utilizar, por ejemplo, un cinturón para ayudarnos a mantenerla extendida. Bueno, en esta situación el suelo nos sostiene. Tenemos una referencia muy clara para la espalda, para la pelvis. Y podemos observar qué está pasando en la parte posterior, en los isquiotibiales de la pierna que está arriba. También en el ajuste de la pierna de abajo; a veces la apoyamos en una pared también, el pie.
Vale, pero cambiamos a Utthita Hasta Padangusthasana. Es decir, pensamos en elevar esa misma pierna, pero estando de pie, sin apoyarnos en nada. La cosa cambia bastante, porque ya no necesitamos únicamente que determinados tejidos permitan ese recorrido, sino que ahora tenemos que organizar el equilibrio, estabilizar la pelvis y controlar la pierna que se queda abajo mientras se mueve, porque quizá el equilibrio se nos va. Entonces, la amplitud de movimiento puede ser parecida, pero lo que nuestro cuerpo tiene que hacer es diferente. Prueba Supta Padangusthasana, luego Utthita Hasta Padangusthasana. Pruébalo, porque es súper fácil de reconocer qué está pasando aquí.
Entonces aparece una distinción interesante. Cuando hablamos de flexibilidad, generalmente nos referimos a la capacidad de los tejidos para permitir un determinado estiramiento. Cuando hablamos de movilidad articular, nos interesa también cómo se mueve una articulación y qué control tenemos sobre ese movimiento. No son mundos separados, se relacionan constantemente, pero distinguirlos nos ayuda a comprender por qué una persona puede tener bastante amplitud en una postura y, sin embargo, encuentra muchas dificultades cuando tiene que realizar un movimiento de una forma quizá más activa.
He visto a gente que, por ejemplo, en Svastikasana, podían hacer Svastikasana en el suelo, directamente en el suelo, sin mantas, sin ladrillos, sin apoyos, y tener la columna completamente estirada (esto lo he visto y me ha dejado loco), y luego la pierna de adelante en Utthita Trikonasana no podían girarla. ¿Qué pasa? Si puede hacer Svastikasana, la musculatura accesoria de la cadera está estirada. Pero, ¿qué pasa? ¿Por qué en Utthita Trikonasana no hace el giro? ¿Realmente no estaba estirada? ¿Falta esa movilidad articular?
O sea que, fijaos, ocurre mucho durante la práctica. Intentamos elevar los brazos para subirlos un poco más y levantamos las costillas, arqueamos la zona lumbar o tensamos el cuello. Entonces, la cuestión no es que cualquiera de esos movimientos sea necesariamente incorrecto o que esté pasando algo, sino si somos conscientes de qué está pasando, qué estamos haciendo y qué tenemos que trabajar y corregir, por decirlo de alguna manera. No es «corregir» la palabra exacta, o «hacer diferente», o «mejorar».
Porque a lo mejor queremos estudiar la movilidad de los hombros, pero una parte importante del movimiento, como os digo, la estamos consiguiendo a través de ese arqueo de la columna. Y eso por sí mismo no es un problema, el cuerpo está funcionando como un conjunto, pero si queremos comprender cómo estamos moviéndonos, necesitamos aprender a distinguir unas acciones de las otras. Y ahí a lo mejor lo que falta es estiramiento de la zona pectoral u otra cosa, porque pueden ser varias cosas. Simplemente es por ver, distinguir qué estamos haciendo, qué está pasando con esas acciones.
A mí me gusta mucho trabajar desde ahí, desde esa capacidad de observar qué se mueve, qué permanece estable, dónde aparece el esfuerzo y qué ocurre cuando cambiamos un pequeño detalle. Porque mejorar nuestra práctica no siempre significa llegar más lejos. Ojo, a veces significa hacer exactamente el mismo movimiento, pero comprendiéndolo mejor, para saber cómo poco a poco ir ganando ese rango, si es que lo queremos ganar.
A mí siempre… Yo, sabéis que siempre me refiero a las posturas básicas. A veces asociamos avanzar en Yoga con ir incorporando asanas cada vez más complejas. Primero hacemos una postura sencilla, luego otra más difícil, luego otra más complicada. Y parece que volver a algo básico fuese retroceder.
Pero yo me he encontrado dando talleres presenciales a gente de un nivel avanzado, y luego íbamos a Vrksasana y ahí la cosa no estaba tan clara de que fuésemos ahí unos practicantes avanzados. Y no es «ala, pues vamos a pillar y vamos a ponernos la etiqueta de no avanzados». No, no es eso. Sino que se trata de: oye, hago Vrksasana y ¿qué pasa? ¿Puedo hacerla? ¿Puedo mantener el equilibrio? ¿Puedo colocar la pierna, porque gira la pierna realmente? ¿Puedo estirar los brazos? Esta postura es un básico.
Entonces, oye, venga, la hacemos. Y en vez de preocuparnos por el equilibrio o por mantener incluso la forma, vamos a ver cómo distribuimos el peso en el pie de abajo. ¿Qué pasa con la pelvis cuando elevas la pierna? ¿Qué pasa con tu mandíbula cuando estiras los brazos por encima de la cabeza? ¿Qué pasa con la respiración? Es decir, que de repente una asana que conocemos desde hace años, que parece como que es una postura de principiantes, nos da un montón de información.
Y esa es una de las cosas que a mí más me gustan de la práctica: que no necesitamos continuamente cambiar de postura, cambiar de asana para seguir aprendiendo, porque podemos profundizar muchísimo en unas pocas acciones. Y con el ejemplo de Vrksasana, cuando la hacemos de verdad y estiramos los brazos por encima de la cabeza, hay algo en la garganta… Cuando está pasiva (vientre, garganta, ojos, cerebro), pasa algo en esa zona de la garganta. Descúbrelo. Venga, no te digo más. Descúbrelo.
Y bueno, además aquí los soportes tienen un papel fundamental. Una silla, un cinturón, unas mantas. Todo eso puede ayudarnos a comprender mejor un movimiento. Quiero insistir en esto, porque a veces parece que los soportes se utilizan solo como ayudas para las personas que todavía no pueden hacer una postura de verdad. Pero utilizar un soporte no significa necesariamente que estemos haciendo una versión inferior del asana. A lo mejor estamos haciendo una versión más profunda del asana.
Por ejemplo, si sujetamos la pierna con el cinturón en Supta Padangusthasana, lo que decíamos antes. O incluso si la cogemos con un cinturón y, la pierna de abajo, la que está en el suelo, apoyamos el pie en una pared. Podemos dedicar más atención a la posición de la pelvis, al recorrido de la articulación de la cadera, a la estabilidad de la pierna de abajo, que va a ser la misma pierna que luego tengamos arriba en Sirsasana. Entonces, en esa postura que parece «menor», entre comillas, estamos entrenando Pincha Mayurasana, por ejemplo, Sirsasana, Sarvangasana.
Entonces, ¿qué opción es mejor? Bueno, pues depende de lo que estemos intentando estudiar. Y eso es precisamente lo interesante, que no se trata de utilizar siempre más soportes ni de intentar eliminarlos. Se trata de comprender para qué los estamos utilizando.
Os voy a dejar una secuencia para llevar todo esto al antideslizante. La voy a dejar enlazada: es una secuencia con 16 asanas que es para trabajar la flexibilidad, la estabilidad y la fuerza. Me gusta especialmente porque nos permite comprender que estas tres cualidades están relacionadas. No trabajamos la flexibilidad por un lado, la estabilidad por otro y la fuerza como si fuesen compartimentos completamente separados, sino que todas participan, aunque unas acciones pongan más énfasis en una de las cualidades que en otra.
Por ejemplo, en esta secuencia (no te la voy a detallar completa), pero empieza con Ujjayi en movimiento. Empezamos luego con preparativas a Vrksasana con silla, Gomukhasana, Parsva Svastikasana. Luego, más adelante, volvemos al trabajo de pie, incorporamos otras acciones. Entonces vamos viendo y nos vamos haciendo preguntas: ¿tenemos más facilidad para encontrar apoyo? ¿Reconozco mejor cómo se mueve la cadera? ¿Puedo sostenerme sin realizar esfuerzos? Entonces ahí ya tenemos una investigación muy interesante que va muy poco a poco avanzando.
Y te digo, no hace falta… Incluso, ya sabéis que defiendo una secuencia como tal, pero para lo que nos ocupa, que no necesites completar las 16 posturas en una sola sesión. Puedes seleccionar unas pocas, repetirlas a modo de observación, a modo de estudio, como un laboratorio de estudio. A veces una persona hace una secuencia diferente cada día y tiene la sensación de que está practicando muchísimo, pero apenas dispone de tiempo para reconocer qué está pasando en su cuerpo.
Entonces, bueno, luego, por ejemplo, las caderas. Vamos a detenernos un momento en las caderas, porque también creo que son un ejemplo perfecto. Cuando alguien quiere mejorar la movilidad de sus caderas, muchas veces piensa en abrir más las piernas, bajar más hacia el suelo dependiendo de la postura que estemos haciendo, o conseguir ciertas posturas sentadas, como en el ejemplo que os decía de Svastikasana sin soportes y con la columna completamente estirada.
Bueno, podemos empezar estudiando cosas más sencillas. ¿Cómo nos sentamos? ¿Qué sucede con la pelvis al cambiar la posición de las piernas? En todas mis clases, si empezamos en Svastikasana con un cruce de piernas, luego cambiamos el cruce de las piernas, es decir, la pierna que normalmente queda por fuera luego la dejamos por dentro, y ahí pasan cosas. ¿Y cómo se relacionan las caderas con las rodillas, y estas con la columna?
Por ejemplo, piensa en Gomukhasana. Dependiendo también de la altura del soporte que tengamos, de la colocación de los pies o la posición de las rodillas, la experiencia va a cambiar completamente. Una postura muy, muy guay, Gomukhasana. Hay personas que intentan reproducir como la foto del libro en una postura, y para conseguirlo a veces terminan soportando molestias importantes en rodillas, perdiendo completamente la organización de su pelvis.
Entonces, ¿qué estamos intentando conseguir? Porque si nuestro objetivo es estudiar determinadas acciones de la cadera, pero terminamos torciendo una rodilla para que se parezca a la de la foto, y además perdemos el tercer Yoga Sutra de Patanjali, pues nada. Entonces, oye, podemos elevar el asiento, el soporte, el ladrillo, las mantas, modificar un poquito la colocación de las piernas o utilizar una preparativa previa. Y desde ahí seguimos trabajando.
Esto conecta con algo que hemos hablado muchas veces, que es cómo no practicar contra nosotros mismos. La práctica tiene que ayudar a desarrollar sensibilidad, no simplemente a tolerar incomodidad. Y conviene también distinguir esa sensación de estiramiento, ese dolor dulce, el esfuerzo de mantener una postura estable, y el dolor que nos está indicando que debemos parar, modificar o detener lo que estamos haciendo.
Entonces, también os voy a dejar enlazada otra secuencia, incluso un episodio donde analizo una secuencia para la flexibilidad de caderas. Aquí analizo la secuencia enfocada a cómo aumentar flexibilidad y movilidad, pero, lo que decía antes, también la potencia de la estructura muscular.
Y si ya tienes experiencia, te dejo otra secuencia más. Es una secuencia de 30 asanas, también enfocada a desarrollar flexibilidad, potencia y fuerza, un poquito más exigente. Incorpora asanas y preparativas que requieren un poquito más de experiencia, incluye algunas invertidas. Bueno, podemos trabajar también… Fíjate que comenzamos con preparativas como Virabhadrasana I, Supta Padangusthasana I y II. Vamos trabajando diferentes acciones de las piernas, de las caderas. Luego ya Garudasana, Gomukhasana, ¿vale? Luego incluimos el trabajo de hombros, de cintura escapular.
Y ahí podemos observar algo que es fundamental: que el cuerpo no trabaja por piezas independientes, y lo vamos juntando todo. La posición de las piernas modifica la pelvis, la pelvis influye en la columna y la manera en la que utilizamos la columna cambia nuestra experiencia, como decíamos antes, por ejemplo, de mover los brazos, de qué pasa en los hombros. Por eso, aunque nos interese especialmente ganar movilidad en una articulación determinada, tenemos que comprender cómo se relaciona con el resto del cuerpo.
Pero no en una teoría de estas de… «tienes que entender…». No, no. O sea, lo entendemos en las secuencias. Y ya os digo: oye, ¿quieres utilizar esas secuencias como un laboratorio pequeñito? Venga, te coges unas cuantas posturas y las estudias en profundidad. Insisto, prefiero una secuencia completa, pero a veces estudiar y decir «pero yo hoy voy a estar con dos cosas, con tres cosas» también es muy útil. Bueno, pues sí, utilizarla. Utilizarla a nuestro antojo o para lo que nos va a venir bien.
Y bueno, llegados a este punto, antes de terminar, recuperamos la idea con la que hemos comenzado. Decíamos que muchas personas creen que necesitan ser más flexibles para hacer mejor Yoga. Y yo creo que, después de todo esto que hemos comentado, podemos como darle la vuelta a esa idea. Precisamente practicamos para conocer mejor nuestro cuerpo, para desarrollar nuestras capacidades y para aprender a relacionarnos de otra manera con nuestras posibilidades y con nuestras limitaciones.
Fijaos que justamente estamos trabajando este mes en el Curso ese obstáculo de cuando el cuerpo no acompaña, o enfermedad, que lo llama Patanjali. Bueno, esto es muy amplio, de hecho son tres audios de unos 20 minutos más unas láminas, ¿vale? O sea, no lo puedo resumir aquí, pero es eso, es desde: oye, ¿desde dónde partimos? Oye, que nuestro cuerpo cambia. No tenemos exactamente la misma movilidad todas las mañanas, por ejemplo. Tampoco mantenemos necesariamente las mismas capacidades a lo largo de los años o de los días, ¿no? Que hay días que nos movemos con más facilidad, otros en los que necesitamos más tiempo, más preparación, una práctica diferente. Y esto es lo que nos dice Patanjali. Y aprender a reconocerlo también forma parte del Yoga.
La flexibilidad y la movilidad son cualidades maravillosas que podemos cultivar, pero que no necesitan convertirse en esa competición con nuestro propio cuerpo. Yo creo que esa es una de las cosas más valiosas que podemos aprender. Y al volver una y otra vez a las posturas básicas, yo creo que nos clarifican mucho y al final podemos llegar a ese tercer Yoga Sutra de Patanjali que tanto nos interesa.
Nada más. Espero que tengas más salud, que estés cerca de las personas que amas, que eso es lo más importante de todo, y que te encuentres seguro y en paz. Nos vemos en CállateyhazYoga.com. Namaste.
– – – – –
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La entrada Cómo ganar flexibilidad y movilidad en Yoga aparece primero en CallateyhazYoga.
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Aprendiste anatomía, filosofía y doscientas posturas. Lo que no te enseñó nadie fue qué hacer el martes a las ocho cuando en la sala tienes alumnos con necesidades completamente distintas y, al terminar, uno te cuenta algo que te hace replantearte cómo tienes que enseñarle.
Cada mes partimos de una situación real. Yo abro poniendo algunas ideas sobre la mesa y lo desarrollamos entre todos, desde la experiencia y las distintas maneras de enseñar. Y muchos de los temas de los siguientes encuentros saldrán de las propias dudas y situaciones que vayáis proponiendo vosotros.
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Hola, sadhakas, ¿qué tal? Hay cosas que ninguna formación de profesores de Yoga puede enseñarte. Y no porque la formación sea mala, sino porque hay cosas que obedecen al propio sentido de dar clases y más clases, de ver a alumnos y a muchísimos alumnos.
Ya os digo, no es porque las formaciones sean malas, porque nos enseñan anatomía, biomecánica, a veces incluso secuenciación, filosofía, pranayama. Puedes aprender cómo construir una clase, cómo explicar una postura, cuáles son las principales contraindicaciones y todo esto te va a ayudar muchísimo.
Pero luego llega un día en que tienes a los alumnos delante y ahí empieza otra cosa. Ahí empieza el oficio de enseñar Yoga. Porque una cosa es saber Yoga y otra, muy distinta, es enseñar Yoga a personas reales. Es decir, lo que está más allá de una buena secuenciación. Que, si bien es crucial para hacer una buena clase de Yoga, hay muchos factores, que veremos ahora, que intervienen en ese dar clase.
Así que, en este episodio vamos a ver:
Bueno, siguiendo con lo que nos ocupa, decíamos, oye, el alumno ideal. Veréis, cuando estudiamos, casi siempre trabajamos con una especie de alumno imaginario. Una persona que entiende lo que dices, que puede hacer más o menos lo que propones en la clase, que llega a tiempo, que te escucha al 100%, que no tiene una prótesis de cadera o dos hernias o una lesión de hombro. Y además, bueno, a lo mejor hoy ha dormido tres horas. Pero ese alumno, practicante, ese alumno a veces no existe.
En una clase real tienes a una persona que lleva 10 años practicando junto a otra que empezó la semana pasada. Esto suena a algunos, ¿verdad? Una quiere que le corrijas constantemente y otra no quiere que la toques. Una necesita hacer menos, otra piensa que siempre debería hacer más. Y quizá tú hayas preparado una clase maravillosa, una secuencia perfectamente construida, y a los 10 minutos te das cuenta de que esa no es la clase que necesita el grupo que tienes delante.
Eso no aparece en un examen de profesor, pero probablemente sea una de las cosas más importantes que aprendemos al enseñar. Y esto lo vamos forjando poco a poco, porque enseñar no solo consiste en transmitir aquello que sabemos, consiste en aprender a mirar qué está ocurriendo delante de nosotros y qué está pasando con nuestros alumnos.
Imagina que un alumno llega y te dice: tengo una hernia lumbar, ¿qué puedo hacer? Esto es muy, muy típico. Bueno, pues nosotros, oye, hemos estudiado anatomía, biomecánica, ¿no? El Curso de Yoga, por eso os propongo tantas cosas, y hay que saberlo. Pero claro, luego llegan algunas preguntas un poco más difíciles. ¿Hasta dónde llega mi trabajo como profesor de Yoga?
Porque una cosa es saber qué puede hacer, que sea más apropiado, qué secuencia, qué asana. Pero otra cosa es convertirnos, sin darnos cuenta, en un médico, en un fisio, en un rehabilitador, además en medio de la clase. Esto sucede muchísimo cuando empezamos a enseñar. Y es normal, queremos ayudar. El alumno confía en nosotros. Y además nosotros tenemos que estar por el alumno. No estoy diciendo que no. Lo que estoy diciendo es, esto es lo que pasa. Que el alumno nos pregunta.
Y tenemos que aprender algo que no siempre resulta cómodo. Saberte también cuando no sabemos, por ejemplo. O cuando aquello que sabemos no es suficiente para esa clase porque necesita una clase especial, una clase terapéutica. No puede estar en ese grupo.
Entonces, bueno, pues a veces enseñar bien significa dar modificaciones. A veces significa quitar una postura. A veces significa decir: oye, antes de hacer esto conmigo, prefiero que lo consultes con tu médico que está llevando tu caso y lo sabe bien. Eso también es enseñar Yoga. No porque sepamos menos, precisamente porque hemos aprendido a reconocer nuestros límites.
Y luego viene la otra pregunta que viene unida con esto, es: oye, ¿cómo modifico la clase para que la pueda seguir? ¿Le doy indicaciones antes y que las vaya haciendo? ¿Le voy corrigiendo mientras doy la clase? Porque no vamos a dejar tirado ese alumno.
Y luego están las clases que simplemente como que no salen como esperabas. Esto nos pasa a todos. Hemos preparado algo sobre el papel, la secuencia. Funciona perfectamente. Empezamos a dar la clase, pero notamos que el grupo no entra, no entiende una transición, la energía cae, hay una explicación que normalmente funciona, hoy no funciona. Puede ser verano, invierno, puede caer calor, frío, de repente ese día ha llovido más.
Entonces, ahí tenemos dos opciones: aferrarnos a la clase que habíamos preparado, esto lo hace mucha gente, es como esto manda y ya está, o enseñar la clase que está ocurriendo. A mí esta diferencia me parece enorme.
Cuando empezamos a enseñar, muchas veces como que estamos pendientes de nosotros, de lo que hemos hecho. De qué hacer, qué digo ahora, qué postura viene después. Me quedan 20 minutos o 30. Me he olvidado de la secuencia. Y es normal. Pero con los años debería ocurrir un cambio. O sea, poco a poco como dejar de mirarnos tanto a nosotros mismos y empezar a mirar más a quienes tenemos delante.
Y entonces las preguntas cambian. Entonces ya no es: ¿estoy enseñando bien mi clase?, sino: ¿qué está necesitando mi clase ahora? ¿Qué están necesitando mis alumnos ahora? Y esto ya es oficio, enseñar Yoga.
Hay otra cosa que también aprendemos enseñando. No todo lo que vemos necesita una corrección. Esto cuesta muchísimo, especialmente cuando acabamos de estudiar mucho, que vemos un pie, una rodilla, una pelvis, una mano, un brazo, lo que sea, ¿no? Y tenemos ganas de arreglarlo todo, porque sabemos cosas. Pero que algo pueda corregirse no significa necesariamente que deba corregirse ahora.
Una persona puede estar intentando entender una postura nueva, por ejemplo, y nosotros le damos cinco instrucciones a la vez. El pie, la rodilla, la pelvis, la cintura escapular, el cuello, y quizá todo es correcto, pero el alumno a veces como que se puede aturullar.
Entonces, oye, una de nuestras habilidades tiene que ser, esto no tiene un nombre espectacular, pero tiene que ser elegir, decidir qué hacer, qué postura voy a hacer, cómo es mi grupo en este momento. ¿Qué merece la pena decir ahora con este grupo de alumnos que tengo delante? ¿Qué puede esperar para más adelante? ¿Qué instrucción va a cambiar realmente la experiencia de todas estas personas que tengo? Incluso, fijaos, ¿qué puedo dejar que esa persona o esas personas, qué puedo dejar que lo descubran por sí mismos?
Porque enseñar más no significa siempre decir más. A veces el profesor que más sabe es precisamente el que decide hablar menos. O el que en un momento dado se va al lateral de la sala, mira a todos sus alumnos y ve qué es lo concreto que tiene que decir. No las 100.000 instrucciones que todos nos sabemos después de la formación, sino que tengo que decir solo una cosa en este instante de la clase.
Y luego, claro, tu manera de enseñar también aparece. Durante un tiempo, fijaos que aquí puede ocurrir algo que hay para gente que es incómodo. Yo no creo que sea tan poco incómodo, pero bueno, durante un tiempo enseñamos como nos han enseñado nuestros profesores. Yo creo que está muy bien modelar a nuestro profesor. Utilizamos las frases de nuestros profesores, sus maneras de explicar, incluso de movernos por la sala, sus secuencias, incluso sus bromas, y es completamente normal. Yo creo que es positivo, porque necesitamos apoyarnos en algo y sobre todo en algo que vemos que funciona.
Pero poco a poco empieza una parte muy importante de nuestro trabajo y es encontrar nuestra propia voz como profesores. Esto no significa intentar ser como originales. No se trata de inventar un Yoga distinto para que nadie, o sea, o que nadie haya hecho, ¿no? Significa que aquello que ya sabemos, ¿vale?, aquello que hemos aprendido, que haya pasado lo suficientemente por nosotros mismos y por ver a los alumnos, lo que decía hace un momento, ¿vale?, para que ya no necesites repetirlo exactamente como a ti te lo he…
Entonces, también quizá descubres que explicas muy bien partes de la anatomía o de la biomecánica, que sabes crear un buen ambiente especialmente tranquilo o activo, o que eres bueno viendo las correcciones de una persona para darle una alternativa, o que tienes una manera de conectar filosofía y práctica que ayuda a tus alumnos.
Y es todo esto que es muy bueno, no se decide en una tarde. Se va descubriendo cómo, enseñando clase tras clase, metiendo la pata, corrigiendo, pensando mucho cuando te vas a tu casa, es decir, cómo ha calado esta instrucción, esta manera de explicar, esta manera de hacer, de moverme, escuchando, intentando encontrar de corazón tu propia voz, porque es lo más útil que puedes tener en una clase y va a ser útil para ti, pero también para tus alumnos.
Entonces eso pasa por la reflexión tras las clases. Tomas notas después de la secuencia. Has llevado la secuencia en un cuaderno, en una hoja o donde sea o en el móvil o donde sea y luego tomas notas. ¿Ha pasado esto en la clase? Esto se ha entendido muy bien. Perfecto, me lo anoto. Esto no se ha entendido nada bien. Hay que corregirlo. O ha sido solo con este grupo de alumnos. Lo puedo intentar en el siguiente grupo, pero ya ahí voy con voy a ver qué pasa. Y ahí vamos encontrando nuestra propia voz.
Y luego también, vamos terminando, hay un oficio fuera del antideslizante, incluso fuera de la clase. Toda esa parte de enseñar Yoga que rara vez imaginamos cuando decidimos hacernos profesores. Como por ejemplo: ¿qué hacer cuando un alumno falta continuamente? ¿Cuánto cobras? ¿Qué haces cuando alguien llega tarde? ¿Qué relación estableces con tus alumnos fuera de la clase? ¿Qué haces cuando una persona empieza a depender demasiado de ti? ¿Qué compartes de tu vida privada? ¿Qué no compartes de tu vida privada? ¿Cómo consigues vivir de enseñar sin convertir cada decisión en un conflicto, si es que lo hubiese? Que no digo que lo hay, pero hay gente que lo tiene entre espiritualidad y dinero.
Pues todo eso forma parte del oficio de enseñar. No está separado del Yoga, porque también ahí aparecen nuestros límites, nuestros miedos, nuestra necesidad de agradar, nuestro miedo a perder los alumnos, nuestra dificultad para decir que no, incluso, como os decía, nuestra relación con espiritualidad/dinero. Y muchas veces enseñar Yoga termina convirtiéndose en un lugar extraordinario para observarnos nosotros mismos con respecto a todo esto.
Así que yo creo que el profesor también practica con todo esto, incluso cuando enseña. Yo creo que esta es una de las ideas que más me interesa de todo. Cuando damos clase no dejamos de ser sadhakas para convertirnos en profesores. Nuestra práctica continúa. Solo cambia el lugar en el que está ocurriendo.
Practicas cuando una clase no sale y te enfadas contigo mismo. Practicas cuando un alumno te plantea algo para lo que no tiene respuesta y eres capaz de decir: pues mira, no lo sé, tengo que consultar con mis profesores. Practicas también cuando alguien no sigue exactamente tus instrucciones y no necesitas demostrar tú que tienes razón. Practica cuando ves a 30 personas distintas y eres capaz de aceptar que quizá no existe la clase perfecta para ellas, pero vas a intentar hacer la mejor.
Y ahí empieza realmente el oficio. No cuando sabemos todas las respuestas, sino cuando hemos aprendido a estar presentes frente a todas esas preguntas que nos aparecen.
Por eso enseñar se aprende enseñando. Creo que hay una parte de ser profesores de Yoga que no podemos aprender antes de empezar a enseñar. Hay que vivirla. Y ojo, que podemos y debemos prepararnos muchísimo. Debemos hacerlo. Pero después necesitamos muchas horas de clase, muchas personas, muchas situaciones, errores, conversaciones, dudas. Porque el oficio de enseñar Yoga se construye exactamente ahí, en ese espacio, entre todo lo que pues he estudiado y la persona o las personas que tenemos delante.
Y cuanto más tiempo enseño, menos creo que ser buen profesor consista simplemente en tener una respuesta preparada para todo. Cada vez me parece más importante el saber mirar, el saber escuchar y el saber qué necesita la clase, los seres humanos que tengo delante. Porque esto se trata no de mí, no de mi ego como profesor, sino que nosotros tenemos que quitarnos de la ecuación, sino que se trata de los seres humanos que vienen a tomar clase con nosotros.
Entonces, bueno, pues no termina nunca, ¿no? Y por eso también es una práctica, el enseñar Yoga es una práctica para siempre.
Como os decía, oye, por eso este año he preparado el oficio de enseñar Yoga, que es un recorrido para aprender a resolver estas situaciones que casi siempre vivimos solos. Cada mes lo que vamos a hacer dentro de Yātrā, este camino de aprendizaje en CallateyhazYoga.com, cada mes vamos a partir de una situación real, un problema, una pregunta, una situación real que pasa en las clases y lo vamos a trabajar entre todos desde la experiencia y las distintas maneras de enseñar. Incluso vais a poder proponer vosotros los temas. Lo vamos a hacer no para encontrar una única forma correcta de hacerlo, sino para aprender a tomar mejores decisiones como profesores y compartir con los demás.
Nos vamos a ver una vez al mes, como os digo, partiendo de una situación real. Oye, pues como lo que os decía, un alumno con una patología, ¿qué puedo hacer? Un grupo en el que cada persona tiene un nivel diferente. Una clase que no sale como esperaba, dudas sobre precios, cancelaciones, cómo vivir de enseñar y, lo más importante, lo que os decía, cómo encontrar nuestra propia voz como profesor. Fijaos que la mitad de los temas no tienen nada que ver con las posturas y, sin embargo, son los que más pesan cuando damos una clase.
Así que nada. Bueno, como os digo, este recorrido va a estar disponible para los apuntados antes del 15 de octubre, porque luego lo vamos a hacer esta temporada y luego lo vamos a eliminar de la plataforma, no se va a quedar ahí como un contenido eterno. Y si entras antes del 15 de octubre vas a tener acceso a estos nueve obstáculos de Patanjali, al oficio de enseñar Yoga y tendrás acceso a todo el material de la plataforma. Te dejo el enlace abajo; si no, entras en CallateyhazYoga.com antes del 15 de octubre y tendrás acceso a todo.
Espero que tengas más salud, que estés cerca de las personas que amas, que esto es lo más importante de la vida, y que te encuentres seguro y en paz. Namaste.
– – – – –
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Curso de Yoga
La entrada El oficio de enseñar Yoga: lo que ninguna formación te enseña aparece primero en CallateyhazYoga.
Sādhakas, hoy abro las inscripciones de Yātrā, el nuevo recorrido que vamos a hacer esta temporada dentro de CállateyhazYoga.com.
Yātrā significa peregrinaje. Viaje.
Durante estos meses vamos a recorrer dos caminos nuevos: uno para nuestra práctica y otro para quienes enseñamos Yoga.
Y las inscripciones estarán abiertas solamente del 1 al 15 de octubre.
El primero de estos caminos son los nueve obstáculos de Patañjali.
Patañjali habla de nueve obstáculos que aparecen en el camino del practicante. No porque estés haciendo algo mal. No porque hayas perdido tu práctica. Sino porque forman parte del propio camino.
La enfermedad, la duda, la falta de energía, la falta de constancia…
Y vamos a dedicar cada mes a uno de ellos.
Vamos a intentar reconocerlo, entender qué ocurre cuando aparece y, sobre todo, ver qué podemos hacer cuando lo tenemos delante.
Y esto no se va a quedar solamente en un vídeo hablando de filosofía.
Las clases, las prácticas, los directos y el calendario de Yātrā van a ir acompañando ese trabajo durante todo el mes.
Es decir, Patañjali nos va a dar el mapa, pero nosotros vamos a intentar llevar ese mapa a nuestra esterilla y a nuestra vida.
Y hay un segundo camino.
El oficio de enseñar Yoga.
Esto está pensado especialmente para quienes sois profesores o estáis empezando a enseñar.
Una vez al mes vamos a encontrarnos para hablar de algo que pocas veces aparece en una formación: lo que ocurre cuando pasamos de practicar Yoga a enseñarlo.
Partiremos de una situación real, una pregunta o un problema que aparece dando clase y lo desarrollaremos entre todos desde la experiencia.
Cosas como hasta dónde llega el profesor con alumnos con patologías, cómo sostener una clase en la que nadie va al mismo ritmo, cómo vivir de dar clase con las cancelaciones y los meses flojos, o qué hacemos con nuestra inseguridad cuando una clase no sale.
No para encontrar la manera correcta de enseñar Yoga, sino para conocer distintas formas de afrontar una misma situación y tener cada vez más herramientas como profesores.
Y hay algo importante en todo esto.
Estos dos recorridos no van a quedarse después guardados en una biblioteca para que cualquiera pueda verlos dentro de un año.
Los vamos a recorrer juntos durante estos meses.
Tanto los nueve obstáculos de Patañjali como El oficio de enseñar Yoga estarán disponibles únicamente durante esta temporada y para quienes hayan entrado antes del 15 de octubre.
Y, por supuesto, todo esto se suma a lo que ya hay dentro del Curso de Yoga para Gente Normal.
Después de todos estos años tenemos más de 600 clases, cursos de biomecánica, anatomía, secuenciación, Ayurveda, Yoga terapéutico, prácticas en directo, tutorías, Samadhi, el Campus…
Material hay muchísimo.
Y precisamente por eso, lo que quiero ahora es que todo esto tenga dirección.
Que no sea simplemente entrar y elegir una clase entre cientos, sino tener un camino que recorrer durante la temporada.
Eso es Yātrā.
No quiero convertir este vídeo en una lista interminable de todo lo que hay dentro.
Si quieres ver exactamente todo el material, cómo funciona y cuáles son los nuevos precios, lo tienes todo explicado en callateyhazyoga.com.
Las inscripciones están abiertas hasta el 15 de octubre, y los dos caminos solo los recorreremos esta temporada.
Si quieres hacer este camino con nosotros, nos vemos dentro.
Un abrazo, querido Sādhaka.
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Avanza con un método ameno y preciso
Curso de Yoga
La entrada Esto es YĀTRĀ: un nuevo camino de Yoga aparece primero en CallateyhazYoga.
Creo que si estás viendo esto u oyéndolo, estás dentro del camino espiritual, podríamos llamarlo, o el camino de la mejora personal. Por eso siempre os digo hola, Sādhaka. Sādhaka es aquel que tiene una sādhana, que tiene una práctica, que tiene como un viaje espiritual.
Luego está Yātrā, que es el peregrinaje, el peregrinaje con un sentido precisamente espiritual, si lo queremos llamar así, o que va más allá de lo que tenemos delante.
Y fijaos que hay un montón de caminos para alcanzar lo que no tiene nombre, para alcanzar eso que el ser humano lleva siempre, lleva desde el principio queriendo alcanzar.
Yo creo que todos tenemos esa sensación de que, uno, hay algo en nuestro interior, y dos, que ese algo en nuestro interior tiene que ver con algo más profundo y más grande de lo que solamente vemos. Y aquí entran los caminos, lo que hacemos en ese peregrinaje espiritual. Y aquí estamos en un ambiente de Yoga, por eso lo de Sādhakas.
Yo creo que a casi todos nos han presentado el Yoga casi como un temario, ¿no? Ocho peldaños. Subes uno, luego el siguiente y arriba del todo está la meta. Se entiende, porque es una forma ordenada de contarlo y para estudiarlo además tiene su utilidad.
Pero cuando esa imagen se instala en la práctica tiene un efecto secundario, porque te pone a mirar hacia arriba todo el rato. Y cuando miras hacia arriba todo el rato, lo que tienes debajo, lo que pasa hoy, si estás en el Yoga la āsana de hoy, la respiración de hoy, lo que sea de hoy, parece solo un escalón que hay que dejar atrás cuanto antes.
Y claro, ahí aparecen dos trampas. La primera es sentir que nunca llegas. Sentir que nunca llegas, que siempre hay un peldaño más. E incluso dentro de una práctica de āsana, una postura más difícil. O dentro de esos ocho pasos del Yoga de Patañjali, un estado más sutil al que aspirar.
Y luego hay otra trampa más silenciosa: es creer que ya has pasado por algo. Eso ya lo hice, eso ya lo sé. Como si la base fuera una casilla que se marca y se olvida.
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En el episodio de la semana pasada hablábamos de los nueve obstáculos de Patañjali, cómo superarlos. Y de hecho, estos ocho pasos del Yoga de Patañjali son un poco ese recorrido de cómo pasar esos nueve obstáculos.
Pero fijaos que que encasillemos cosas nos tiene que servir simplemente para lo que decíamos el otro día, ¿no? Ver un mapa. Más que hay nueve obstáculos, hay ocho pasos, tenemos que hacer esto, tenemos que recorrerlo, porque ahí es cuando te encasillas y te estalla la cabeza, porque nunca vas a llegar.
Yo me lo tomo un poco más de: oye, ¿cómo bajo esto a tierra? Oye, los nueve obstáculos, ¿no? Oye, pues es verdad que esto se presenta a veces en mi vida. Bueno, Patañjali además me dice que recite OM, que no sé qué, que haga silencio. Luego me presenta esos ocho pasos del Yoga, Yama, Niyama, Āsana, todo lo que conocemos.
Pero lo podríamos ver un poco más como parte de nuestro Yātrā, de nuestro peregrinaje, como Sādhakas, como alguien que tiene una práctica espiritual. Vamos a llamarlo espiritual. Está muy manida la palabra, pero entendedme como aquello que hacemos como dando sentido a ese ser interior que decíamos al principio.
Entonces, el imaginárnoslo todo como una escalera, yo creo que nos pone más frenos que si nos lo imaginamos como ese peregrinaje, como ese camino.
Porque un peregrinaje yo creo que funciona al revés que una escalera. El peregrino, de hecho, no siempre busca un sitio que no conoce. Muchas veces hace el mismo camino que ya hizo el año pasado o el anterior. Y pasas por las mismas piedras, los mismos pueblos. Y aun así, cada vez es un sitio distinto.
Porque claro, volvemos al mismo sitio, pero, aunque suene un poco manido, somos nosotros los que no somos exactamente los mismos. Y esto es lo más interesante, es lo más bonito. Llegar a un punto y decir: oye, esto está bien, esto lo sé manejar. O: oye, no tengo herramientas aún para manejar esto, no sé cómo hacer esta parte del camino. Y puede pasar.
Y yo creo que el camino, vuelvo a decir que estamos en un ambiente de Yoga, el camino empieza cuando entramos en una postura. Quizá empieza un poco antes, antes de cómo entramos en la postura. Y siempre os digo lo mismo: el Yoga empieza en cómo tratamos a los demás, en cómo nos tratamos a nosotros mismos, en la forma en que nos hablamos cuando algo no nos sale, en si somos honestos con nosotros mismos sobre la verdad de lo que está pasando en la vida o está pasando en una postura.
Lo interesante es que esto, yo creo, no se queda en la puerta cuando empiezas a practicar. Es lo que digo, que entra contigo. Entonces, al final, la forma en la que te relacionas con el mundo es la forma en la que te relacionas con esa postura, con ese prāṇāyāma, con ese yama y niyama. Si en tu vida vas empujando, pues vas a empujar en la postura. Si te cuesta ser sincero con los demás, te va a costar reconocer dónde estás forzando, qué no está pasando, qué no está saliendo.
Por eso yo creo que en este primer tramo hay que ver que volvemos constantemente a una práctica determinada, a lo que se nos pone delante una y otra vez. Es como el primer tramo del camino.
Y a partir de ahí, oye, que se nos pone por delante una y otra vez, y a partir de ahí pasa algo que no se puede forzar, y es que tenemos que permitir, parece que me estoy poniendo un poco abstracto, pero permitir que ese ser interior vaya haciéndose con el camino, que vaya tomando sentido aquello a lo que nos enfrentamos, si es una postura o si es una parte de la vida.
Fijaos que Patañjali nos dice silencio, o pratyāhāra, recoge los sentidos hacia el interior, dhāraṇā, dhyāna, para llegar al samādhi. El samādhi no nos importa como un objetivo, sino como un reconocimiento de ese ser interior que se funde con el ser o con el sí mismo absoluto.
Entonces vamos reconociendo esto y vamos haciendo nuestro camino. Ya os digo, no como un paso de ahora uno, luego otro, luego otro, sino como parte de nuestro peregrinaje, parte de nuestro camino, que, oye, pues como decía antes, un par de veces o tres ya, estamos en un ambiente de Yoga y bueno, pues tenemos ahí esos ocho pasos de Patañjali.
Yo creo que no hace falta ponerle nombre a nada, ya dice el Tao: el Tao verdadero no puede nombrarse. Porque si sientes eso dentro de ti, si lo has sentido alguna vez, sabes de lo que hablo, y no necesitas encerrarlo en ninguna parte.
Y fíjate que el camino no solo se recorre una vez, porque no es, y en el Yoga no es, primero dedícate unos años al cuerpo, luego a la respiración, y si eres muy bueno al final, luego viene no sé qué. No, no, yo te hablo de que en una sola práctica, en una sola sesión, podamos pasar por todo el camino.
¿Cómo llegamos al antideslizante con esos yamas y niyamas? ¿Cómo nos colocamos? Āsana. ¿Cómo es la calidad de nuestra respiración? Prāṇāyāma, aunque ya sé que el prāṇāyāma es mucho más. ¿Cómo nos recogemos? ¿Qué sentido le queremos dar a nuestra práctica? ¿Cómo sostenemos la atención? Pratyāhāra, dhāraṇā, dhyāna. Y luego lo que siempre nos dice el profesor, ¿no? Tāḍāsana y Śavāsana. O sea, ¿cómo sostenemos todo ese instante cuando está pasando algo en la postura? En un no esfuerzo.
Entonces yo creo que esa es la parte más interesante. ¿Cómo podemos llevar eso a nuestra práctica de dos horas de hoy o a nuestra práctica de diez minutos de hoy?
Y la práctica dentro de un año va a pasar por los mismos sitios, pero nuestra hondura, nuestra altura va a ser diferente. O sea, no es un círculo cerrado, es más bien como una espiral. Pasamos por el mismo punto, pero cada vez quizá nosotros estamos como más dentro. Más dentro.
En una postura pasa, ¿no? O sea, te imaginas en Utthita Trikoṇāsana, por ejemplo. Bueno, pues el primer año estás como más en no caerte, en los pies, en buscar la línea. Luego ya empiezas a estirar los costados, a buscar ese giro que hay que hacer hacia arriba. Y luego quizá nos enseña cómo sostenernos en la vida.
Pero fíjate que yo creo que con la actitud correcta, aunque estemos en una fase muy incipiente de nuestra práctica, podemos decir: oye, hay una parte en la que interviene el cuerpo, en la que me caigo, no sé qué, lo que tú quieras, pero hay una parte como Sādhaka, que aunque sea una postura que no te sale, que te estás enfrentando por primera vez a ella o que llevas un mes practicando, puedes decir: ok, el cuerpo va por este lado, lo asumo, tiene que hacerse porque tenemos átomos. Esto no se trata de ajustar los átomos, pero que por dentro vaya siendo una experiencia enriquecedora para nuestro sí mismo interior.
Lo que siempre decimos: ¿cuánto amor puedo desarrollar estirando ese isquiotibial? Y esto no es una frase, esto es una experiencia. Si pensamos que es una frase, siempre lo vamos a ver como una frase. Ah, sí, sí, cuánto amor, es muy bonito. No, no, no. Se puede vivir, se puede experimentar. Totalmente, al 100 %.
Como os digo, que no sea un escalón de ahora el cuerpo, ahora no sé qué, ahora esa postura, ahora la otra, sino que sea un peregrinaje. Entonces, es como: doy una vuelta, doy otra vuelta. Lo avanzado no está arriba, sino que está más adentro. Y voy, en cada vuelta, voy metiéndome más hacia adentro.
Y esa frustración del principio, la de dar vueltas a lo mismo, cambia. Es como que cambia de color y ya no es una señal de que te has estancado, sino una señal de que estás en el camino.
Esta palabra, Yātrā, a mí me gusta mucho. Es una palabra en sánscrito que ya se menciona en la Bhagavad Gītā. Y habla de ese peregrinaje, ese movimiento espiritual, ese peregrinaje interior.
Que fijaos que tiene una paradoja, porque caminamos para acercarnos a algo que nunca estuvo lejos. Es lo que dicen en el budismo, por ejemplo, de que ya eres el Buda, solo que como que el objetivo con el que miras está sucio. O lo que decía Wayne Dyer: tú y la divinidad nunca habéis estado separados, solamente que ese vínculo nunca se ha roto, sino que está como un poco corroído.
Y esto es igual, ¿no? Nuestro Yātrā como Sādhakas: tenemos que darnos cuenta de que lo estamos haciendo hacia el interior, hacia algo que ya está adentro. Ya está dentro.
Entonces a veces pasamos años aprendiendo a habitar un cuerpo en el que hemos vivido siempre, u observando una mente que nunca ha dejado de funcionar. Entonces quizá todo este camino sea necesario precisamente para reconocer lo cercano que está aquello que parece difícil de ver.
Por eso os digo que esos ocho pasos, ocho miembros, ocho aṅgas, ocho ramas, como lo queráis ver, del Yoga de Patañjali, ese Aṣṭāṅga Yoga, a mí me parece más interesante como mapa de un viaje de peregrino que como una lista de contenidos o como una escalera que conquistar. Empieza con nuestra relación en el mundo y poco a poco nos lleva adentro. O sea, del cuerpo a la respiración, los sentidos, la atención, la mente y al sí mismo interior.
Ya dice el tercer Yoga Sūtra de Patañjali: entonces el que ve mora en su propio y auténtico esplendor. Sé que repito esta frase muchas veces, pero para que deje de ser una frase, para que sea un peregrinaje, una experiencia de verdad.
Este año en CállateyhazYoga, en el Curso de Yoga para Gente Normal, introducimos este Yātrā. Voy a abrir inscripciones del 1 al 15 de octubre. Estarán abiertas las inscripciones para el que quiera apuntarse al Curso y recorrer este Yātrā con nosotros.
Vamos a tener evidentemente el contenido de toda la plataforma, y este año, fijaos, vamos a hacer dos cosas: una más enfocada a alumnos, pero que es para todo el mundo, y otra más enfocada a profesores, aunque también está para todo el mundo. Que además va a estar este año y luego, vamos a estar tan centrados que no es un material que vaya a dejar en la plataforma. Luego lo voy a retirar. Si te interesa este camino de peregrinaje, este Yātrā, vente con nosotros.
Va a durar de octubre a julio, y los profesores tendremos un espacio para ver, un espacio en el que vamos a hacer encuentros en directo. Ya os contaré mejor, pero vamos a hacer encuentros, nos vamos a ver, vamos a plantear un tema de los que pasan en clase de verdad: oye, yo me enfrento a esto como profesor. De hecho, van a ser temas abiertos, que vamos a poder todos decir: oye, el mes que viene tocamos este tema y el otro este. O sea, cosas reales que nos pasan en las clases.
Y el otro va a ser más como alumnos, pero para todos: ¿cómo vamos avanzando en esos nueve obstáculos de Patañjali que decíamos el otro día? Vamos a tener una postura y una manera de practicar planteada cada mes, que vamos a ver con vídeos exclusivos, con audios exclusivos. Incluso las clases en directo, la tutoría, va a estar todo enfocado a cómo superamos este obstáculo.
Pero bueno, si no, si no te apuntas al Curso, plantéate este camino de peregrinaje hacia el interior, como os decía, no como un paso tras otro. Que en cada práctica, aunque sea corta, veas que puedes recorrer el camino, ese Yātrā, ese camino, ese peregrinaje interior. Y que en cada práctica, aunque sea cortita, veamos que está toda la profundidad de la que estamos hechos.
Como digo, del 1 al 15 de octubre abro inscripciones. Si te apetece, ven. Si no te apetece, plantéate así el camino este año, a ver qué pasa, a ver qué sucede.
Espero que tengas más salud, que estés cerca de las personas que amas y que te encuentres seguro y en paz. Lo deseo de corazón.
Namasté.
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Hola Sādhakas, ¿qué tal?
Cuando hablamos de los Yoga Sūtras de Patañjali solemos imaginar un texto muy elevado. Frases cortas, misteriosas, sobre la mente, la consciencia, los poderes del yogui, el Samādhi… Es algo que parece que queda muy lejos, algo que se estudia pero que luego, oye, ¿cómo lo llevamos un martes por la tarde a nuestro antideslizante?
No obstante, fijaos que hay muchos momentos de los pādas, de los sūtras, en los que Patañjali lo baja muy a tierra y deja de hablar de la meta como algo abstracto. Nos habla del camino, del terreno, del camino firme que nosotros pisamos y por el que vamos a ir.
Y de hecho hay un momento en el que me parece que hace algo muy honesto, y es que nos avisa de que algo puede salir mal. Nos avisa de que hay, concretamente, nueve cosas con nombre propio que se van a cruzar en nuestra práctica. No en la de algunos practicantes, sino en la de todos.
O sea, que hace dos mil años Patañjali ya sabía que nos vamos a enfrentar con un montón de cosas que él engloba en nueve. Nueve obstáculos que nos vamos a encontrar todos.
Entonces, en este episodio vamos a ver por qué Patañjali describe estos obstáculos como un mapa del camino y no como fallos personales. Esto es muy interesante. Luego vamos a ver los nueve obstáculos, y los vamos a agrupar en tres zonas para que podamos reconocer en cuál estamos ahora mismo. Y vamos a ver también qué propone Patañjali para atravesar estos obstáculos, porque además lo que propone es muy sencillo.
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Antes de entrar en la lista quiero pararme un momento, porque me parece importante conocerla. Muchas veces vivimos el Yoga como una suma de cosas sueltas. Hoy hago posturas, mañana me siento a meditar, pasado respiro un rato, hago un rato de silencio. Y ojo, que esto está muy bien, porque la práctica se compone de estos pequeños momentos. Pero no podemos dejarlo en momentos aislados.
¿Qué pasa cuando conocemos realmente textos como este, como los Yoga Sūtras de Patañjali? Que entendemos en qué contexto nos movemos como yogis y yoginis, como practicantes. Entendemos que no solo hacemos Āsanas, silencio, meditación, sino que vamos caminando sobre un terreno.
Un terreno que tiene subidas, que tiene tramos llanos, que tiene zonas donde se resbala. Y que todo lo que hacemos en el antideslizante forma parte de un mismo camino.
Yo creo que esto es lo que le da sentido de conjunto a todo, y cambia algo muy importante: cuando llega un tramo difícil, y todos nos enfrentamos a algún tramo difícil, ya no sentimos que algo se ha roto, sino que sentimos que seguimos en el camino, que seguimos en el recorrido.
Fijaos, en el sūtra 30 del primer pāda, del primer capítulo, Patañjali hace esa lista de los nueve obstáculos. Los llama antarāyas: lo que se interpone, lo que se mete en medio del camino.
Pero fijaos que no los define como defectos, no los define como debilidades, sino que los define como citta vikṣepa, o sea, dispersiones de la mente. Formas en las que la mente se desparrama, deja de estar donde queremos nosotros que esté.
Es como… pensad en un mapa de montaña. Un buen mapa no solo marca la cima: marca también dónde el sendero se estrecha, dónde hay unas piedras sueltas, dónde suele haber niebla. Es como cuando vas por la carretera y ves “peligro de niebla” y dices, pero si hace un sol. Ya, pero el que ha hecho el camino antes sabe que en algunos momentos, en algunas horas, en algunos meses del año, ahí puede haber una niebla de las jorobadas.
Y eso no significa que la ruta sea mala. Significa simplemente que alguien la ha recorrido antes y nos lo cuenta. Entonces, saber que ahí viene un paso difícil no lo hace desaparecer, pero cambia por completo cómo llegamos a él. Ya no pensamos “me he perdido”, sino que pensamos “ah, este es el tramo”.
A mí es como me gusta leer esta lista, este recorrido. Y, como os decía, para mí este mapa tiene tres zonas. No es el orden en el que Patañjali los enumera, pero os lo voy a poner de una forma de mirarlos juntos y reconocer con más facilidad dónde estamos nosotros.
Los tres obstáculos de la zona 1 son los que nos frenan antes de empezar la práctica. Antes de desplegar el antideslizante, por ejemplo.
El primer obstáculo es vyādhi, que es la enfermedad. Yo creo que es el más honesto de todos: Patañjali nos pide que no practiquemos como si el cuerpo no existiera. Nos dice, oye, hazte consciente de que un dolor, una lesión, un resfriado pueden cambiar la práctica, y a veces lo que tenemos que hacer es adaptar esa práctica.
O sea, podemos hablar de conciencia, de meditación, de Samādhi, de las grandes experiencias del Yoga, pero ojo, Patañjali nos dice: practicamos desde un cuerpo. Y si ese cuerpo duele, enferma, pierde energía, necesita recuperarse, eso va a condicionar en cierta medida nuestro camino.
Porque a veces tenemos una imagen de la práctica en la que parece que deberíamos estar por encima de todo eso, y Patañjali empieza diciendo justamente lo contrario. No. Dice: el cuerpo importa, la enfermedad puede convertirse en un obstáculo. Y habrá momentos en los que la práctica, y cuando hablo de práctica no hablo de Āsana, hablo de los ocho pasos del Yoga de Patañjali, tendrá que adaptarse a esa realidad, no luchar contra ella.
Luego está el segundo obstáculo, que es styāna, la apatía, esa languidez mental. Esos días en los que el antideslizante está ahí, a dos pasos, pero como que no encontramos ganas.
Aquí estamos más cerca de la apatía, del embotamiento, de una especie de pesadez de la mente. El momento en el que piensas: sé lo que tendría que hacer, incluso quiero hacerlo, pero parece que por dentro no hay movimiento. Estás como tamásico. No hay impulso. La mente está como detenida.
Y luego está el tercer obstáculo de esta zona, que es ālasya, la pesadez, la pereza. Yo creo que aquí está el matiz: si styāna está como en la mente, ālasya está más como en el cuerpo. Depende también de los comentaristas de los Yoga Sūtras, pero está más en el cuerpo, esa sensación de estar hechos de plomo.
Hay una diferencia entre no poder, no tener claridad, descuidarse o sencillamente no querer el esfuerzo que algo requiere. Porque practicar requiere cierto esfuerzo, sentarte a meditar requiere cierto esfuerzo. No es siempre un esfuerzo enorme, pero es suficiente como para tener que vencer esa tendencia que tenemos a escoger lo más fácil, lo cómodo, lo inmediato, ese estado tamásico.
Estos tres obstáculos de esta primera zona tienen algo en común, y es que nos paran en la puerta. Y casi siempre se atraviesan igual: no esperando a tener ganas, sino empezando con algo tan pequeñito que no pese. Cinco minutos, una postura, tumbarse un rato en Śavāsana, hacer un poquito de silencio consciente.
Ya sabéis que siempre os propongo esto: ¿cómo vencer esa pereza? Empieza con micro hábitos. Porque la energía muchas veces no viene antes de practicar, viene practicando. Si estamos así, nos ponemos cinco minutos y a ver qué pasa. No significa ir en contra de nosotros mismos, sino aprender a distinguir qué está ocurriendo. Yo creo que por eso es tan importante saber movernos en las etapas del camino.
La segunda zona es la de cuando ya estamos en la práctica pero algo nos va sacando del sendero.
Saṃśaya es la duda. ¿Lo estaré haciendo bien? ¿Servirá esto de algo? ¿No será mejor otro estilo? ¿Otro profesor? ¿Otra aplicación? La duda es traicionera porque parece inteligencia, parece que estamos siendo críticos, y a veces es así, pero muchas veces es solo una forma elegante de no comprometernos con nada.
Y ya os digo que la duda no es mala por sí misma, porque la duda nos lleva también a investigar, a preguntar, a no creernos cualquier cosa. El problema aparece cuando la duda no abre una investigación, sino que nos impide sostener una dirección el tiempo suficiente.
Vamos con el quinto, que es pramāda, el descuido. El descuido es como practicar con el piloto automático, hacer las posturas pensando en la lista de la compra, no estar centrados en la práctica, recitar los mantras de manera automática sin sentir la vibración.
Este obstáculo es más sutil porque externamente la práctica existe, seguimos haciendo las cosas, pero hemos dejado de estar con la atención puesta en ella.
El sexto es avirati, que es la dispersión hacia los placeres de los sentidos. Y no es que Patañjali no quisiera disfrutar de la vida, ni mucho menos, sino que es la tendencia a que cualquier estímulo sea más apetecible: la serie, el plan, el scroll infinito.
Fijaos, está virati, que tiene que ver con retirarse, con separarse de todo eso, con cesar esa actividad. Y avirati es la dificultad para hacerlo. Patañjali no conocía las redes sociales ni el scroll infinito, pero conocía perfectamente la mente que no deja de ir detrás de algo, de lo que fuese en su época. Y esa mente tiene muchas dificultades para quedarse quieta.
Estos tres obstáculos no nos frenan en la puerta como los de antes: nos dejan entrar, pero nos van desviando poco a poco. Y aquí no nos ayuda tanto la fuerza de voluntad, sino que lo que nos ayuda es tener una dirección. Tener un sentido. Saber qué vamos a practicar hoy, por qué lo vamos a practicar, hacia dónde vamos.
Yo siempre os hablo de eso, como practicantes y como profesores: sentido y dirección. Porque si no, alimentamos ahí esa duda. Estos obstáculos nos despistan.
La última zona son los tres obstáculos que aparecen cuando ya llevamos un tiempo practicando. Es la más sutil, es la del practicante ya con experiencia.
El primero es bhrāntidarśana, la percepción errónea. Es decir, creer que estamos haciendo algo que no estamos haciendo. Este es delicado, porque si estás enfermo sabes que estás enfermo, y si tienes dudas puedes reconocer que estás dudando. Pero cuando es la visión la equivocada, muchas veces precisamente no sé lo que no sé. No sé que estoy equivocado.
Puedo interpretar una experiencia de una determinada manera, pensar que he comprendido algo, creer que voy en una dirección cuando quizá estoy yendo en otra. Y aquí esto exige mucha reflexión, discernimiento, tiempo, contraste y humildad.
Yo siempre en Cállate y Haz Yoga os propongo un montón de herramientas. Evidentemente hay un 90 o 95 % de Yoga, pero hay un 5 % de desarrollo interno, desarrollo personal o como lo queramos llamar, con otras herramientas. Incluso en el Curso de Yoga tenemos un curso de PNL, tenemos un curso de budismo. ¿Por qué? Porque son cosas que nos hacen de contraste, que nos dan otros puntos de vista, otras maneras de mirar y de mirarnos. Si actuamos con humildad y podemos contrastar e investigar otros caminos, podemos ver dónde estamos nosotros.
El segundo obstáculo de esta zona es alabdhabhūmikatva: no encontrar un terreno firme. No encontrar nuestra tierra, no saber cuál es el lugar sólido en la práctica, no saber desde dónde apoyarnos.
Patañjali reconoce explícitamente que podemos hacer un camino pero, durante un tiempo, no obtener aquello que esperábamos. Ya sabéis, esas épocas en las que parece que no avanzamos en lo que quiera que estamos haciendo. Porque Patañjali sabía que no todo es progreso inmediato, que no toda la práctica produce enseguida una experiencia clara, que no da resultados visibles, y eso puede convertirse en un obstáculo porque empezamos a preguntarnos si merece la pena seguir.
Y luego está el noveno, el último obstáculo, que es anavasthitatva: no permanecer en el terreno alcanzado. Es decir, que llegas por fin a ese suelo firme, pero se nos mueve. Tenemos una etapa preciosa de práctica, pero se nos escurre entre los dedos.
Y eso también forma parte del mapa, eso también lo sabía Patañjali. ¿Por qué? Porque el camino no es una escalera en la que subimos un peldaño y ese peldaño ya queda conquistado para siempre. A veces llegamos, a veces permanecemos, a veces no.
Fijaos que estos dos últimos obstáculos nos hablan de estabilidad: de encontrar suelo, de encontrar tierra, de quedarnos en él. Y eso no depende de cuántas horas practiquemos, sino de cómo está construida la práctica, de ese sentido y esa dirección. Yo creo que esto es lo más valioso de todo: saber desde dónde estamos construyendo esa práctica.
Vamos a finalizar ya con ese remedio que nos da Patañjali. Tenemos estos nueve obstáculos y, en el sūtra siguiente, en el 31, Patañjali añade algo que a mí me parece de lo más fino de todo el texto. Antes del remedio dice: vamos a aclarar una cosa. Estos obstáculos no vienen solos, vienen acompañados.
Vienen acompañados por duḥkha, que es el sufrimiento. Por daurmanasya, que literalmente sería algo así como la mente mala: el desánimo, la mente que se va a la oscuridad. Luego habla también, y esto igual también depende de comentaristas, de la inquietud de los miembros: el cuerpo que no encuentra quietud, que se mueve, que tiembla, esa sensación corporal en la que no estás bien. Y luego nos habla de la respiración, inhalación y exhalación alteradas.
O sea, que empieza en lo emocional pero acaba en el cuerpo. Y esto quizá lo vemos muy claro en el antideslizante, porque ahí ya sabemos que algo está pasando, que estamos rayásicos o que estamos inquietos, que hoy tenemos un día negro. Bueno, pues es esta oscuridad en la que nos encontramos todos.
Ahora sí, Patañjali en el sūtra 32 dice que hay un remedio, hay un principio. Aquí hay comentaristas que no se ponen de acuerdo. Vyāsa, por ejemplo, que es el primer gran comentarista de los Yoga Sūtras, lo lee como fijar la mente en un único objeto.
Otros comentaristas, otras traducciones, y esto a mí es lo más bonito, lo leen como que la devoción a la divinidad y la repetición del OM hacen desaparecer los obstáculos. Si tienes problemas con la divinidad externa, la divinidad interna. Y el OM, con la vibración interna.
O sea, que Patañjali nos dice que hay un remedio para acabar con todos estos obstáculos y con los compañeros de los obstáculos: fijar nuestra mente en el OM. Repetir el OM, el mantra OM, que hace desaparecer todo esto.
Hay comentaristas que lo interpretan como comprometerse con un camino, dejar de picotear de aquí para allá. También puede ser. Pero para verlo claro también hay que volver un poco atrás, al sūtra 14, donde Patañjali explica cuándo la práctica se asienta de verdad: durante mucho tiempo, sin interrupción y con devoción. Y mucho tiempo no habla de semanas, habla de años. Sin interrupción es volver a la práctica siempre. Y la devoción es cariño, es respeto con lo que estamos haciendo.
Entonces, yo creo que esa integración en el OM, en la divinidad, es lo que Patañjali nos dice: mira, déjate de historias, céntrate en el OM como representación de lo divino en ti, y esos obstáculos van a desaparecer.
Fijaos que hace dos vídeos os hablaba de las microdosis de OM. Esas microdosis de OM que obedecen a esta parte del camino en la que Patañjali nos dice que el camino se hace mucho mejor con el OM.
Y precisamente por eso, dejadme que os cuente algo. Esta temporada he decidido que dentro del Curso de Yoga para Gente Normal vamos a recorrer este mapa. Le hemos llamado Yātrā. Yātrā es el peregrinaje, el camino del practicante de Yoga. Y vamos a seguir ese camino.
Voy a abrir inscripciones durante unos días, ya sabéis que ahora solo abro dos veces al año para estar muy centrado con los alumnos. Y este año no quiero que los nueve obstáculos sean simplemente otro sūtra que estudiamos un día, subrayamos en un libro y dejamos atrás, sino que quiero que nos acompañen en todo el curso.
Cada mes vamos a coger uno de estos obstáculos y vamos a detenernos en él. Vamos a tener un vídeo específico para comprenderlo con calma, audios específicos, y vamos a hacer las clases en directo de forma que giren también alrededor de ese obstáculo y de cómo podemos practicarlo desde Āsana y Prāṇāyāma. Vamos a escoger una postura que nos permita explorar corporalmente alguna de estas cosas de las que estamos hablando.
Y poco a poco vamos a recorrer los nueve. Uno cada mes, sin prisa. Incluso le vamos a dedicar la tutoría del mes a ese obstáculo, para poder vivir de verdad la transformación.
Si te interesa esto, es algo que vamos a hacer esta temporada en CállateyhazYoga.com y luego va a desaparecer. Siempre he dejado el material para siempre, pero este año vamos a hacer un par de cosas, y ya os anunciaré una cosa muy chula que vamos a hacer para profesores, que va a estar disponible esta temporada. ¿Por qué? Porque si no, vamos a hacer lo que dice Patañjali: vamos a dejar ahí la mente dispersa y lo vamos a ir dejando pensando “bueno, ya lo haré algún día”.
Así que esta temporada nos vamos a centrar en los obstáculos. Si os interesa, os anunciaré la apertura de estas inscripciones en la newsletter y también por aquí.
Antes de despedirnos, tres ideas súper rápidas.
La primera: los obstáculos no son fallos personales, son tramos conocidos del camino que Patañjali ya nos dejó marcados en el mapa. Es decir, que si hoy estás en uno de ellos no significa que el Yoga no sea para ti, significa que estás caminando.
La segunda: cambian según el momento. Unos nos frenan en la puerta, otros nos desvían, otros aparecen cuando ya llevamos tiempo. Reconocer en qué zona estamos ya es empezar a atravesar los obstáculos.
Y la tercera: el remedio a veces no es más fuerza de voluntad, es un camino sostenido, volviendo, con cariño, con respeto, escuchándonos, recitando.
Y cuando miramos la práctica así, como un terreno que recorremos, se va mucha presión y se hace el camino mucho, mucho más amigable.
Espero que tengas más salud, que estés cerca de las personas que amas, y que te encuentres seguro y en paz.
Nos vemos en CállateyhazYoga.com.
Namasté.
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Hola, Sādhakas, ¿qué tal?
Hace unas semanas, cuando estuvimos viendo en el episodio Medio Uttānāsana, ¿os acordáis?, os dejé una cosa pendiente. Hablamos de cómo, si entramos en una postura poco a poco, aplicamos una tensión razonable y esperamos, los tejidos pueden ir admitiendo algo más de longitud. Y os dije: esto tiene mucho que ver con la fascia, pero vamos a dejarlo para otro día porque merece un episodio entero.
Bueno, pues hoy es ese día, ha llegado ese día. Y quiero empezar por una situación que yo creo que todos hemos vivido alguna vez. Nos duele la lumbar y trabajamos la lumbar, nos molesta el cuello y buscamos posturas para el cuello, o nos duelen las rodillas y la atención se va directamente a la rodilla.
Es normal, ¿no? Pues si me duele aquí, miro aquí. Pero fijaos que una de las cosas más interesantes que aprendemos cuando estudiamos biomecánica, anatomía y fascia es que el lugar donde aparece el dolor no tiene por qué ser necesariamente el único lugar donde tengamos que mirar.
Y tampoco quiero irme al otro extremo y decir ahora que si te duele la espalda el problema está siempre en el pie, o que todo viene de una cadena fascial secreta que tenemos que descubrir. Esto es mucho más complejo. Pero lo que quiero proponeros hoy es algo bastante más útil: ampliar, o aprender a ampliar, la mirada, y colar la fascia en este capítulo.
Así que vamos a ver tres cosas. Primero, ¿qué es realmente la fascia? Y ¿por qué deberíamos imaginarnos los músculos no como piezas aisladas y completamente independientes, sino como algo global? Luego lo vamos a ver en detalle.
Segundo, ¿por qué una restricción, una forma de movernos o una mala distribución de las cargas en una zona puede terminar obligando a otras estructuras a participar de otra manera en el movimiento?
Y lo tercero que vamos a ver es, yo creo que es lo que más nos interesa, cómo cambia esto nuestra forma de mirar y de practicar las posturas de Yoga, las asanas de Yoga. Porque esto va de fascia, pero va de fascia, de biomecánica y de Yoga.
Antes de nada, como siempre, callateyhazyoga.com/comienza. Ahí tenéis la newsletter. Estoy compartiendo un montón de cosas que no comparto en ningún otro lado. Fijaos, esta semana pasada he mandado un audio sobre cómo practicar cuando algo nos bloquea, y además he añadido una clase de 20 minutos que estaba como perfectamente diseñada para cambiar nuestro día. ¿Sabes ese día que no estás? Bueno, pues lo he compartido por ahí. Ahí os podéis apuntar a la newsletter y os mando todo esto, aparte de que también algunas veces os mando reflexiones y demás.
Vamos a continuar. Fijaos, la fascia. Vamos a ponernos un poco en situación, porque cuando estudiamos anatomía necesitamos separar, ¿no? Esto es el cuádriceps, estos son los isquiotibiales, aquí está el gemelo, aquí está por el otro lado el dorsal ancho. Esto está genial, esto está fenomenal, porque si no separamos las estructuras sería imposible estudiar el cuerpo. Pero el problema aparece cuando creemos que el cuerpo funciona exactamente igual que el dibujo del atlas de anatomía.
¿Por qué no funciona así? Los músculos no están metidos cada uno en su bolsita haciendo su trabajo sin hablar con nadie. Tenemos tejido conectivo alrededor de los músculos, dentro de ellos, entre los grupos musculares, alrededor de los órganos y relacionando unas estructuras con otras. A todo este sistema lo englobamos cuando hablamos de la fascia, o de las fascias.
A mí siempre me ha gustado una imagen muy sencilla, que es pensar en una especie de mono, de traje que recorre el cuerpo. No porque exista literalmente ese mono debajo de la piel, sino porque nos ayuda sobre todo a entender que hay una continuidad. Y yo creo que esto es lo más importante de hoy.
Cuando una estructura genera tensión, esa tensión no tiene por qué quedarse exactamente dentro de los límites que hemos pintado en rojo en el atlas de anatomía. ¿Por qué? Pues porque puede transmitirse hacia tejidos vecinos, en mayor o menor medida. Y ahí empezamos a dejar de pensar en músculos aislados y empezamos a pensar en un conjunto miofascial. De hecho, os he hablado un montón de veces del conjunto miofascial de la cabeza y de otras estructuras.
Fijaos en algo muy sencillo. Si hacemos un Uttānāsana, esta flexión hacia adelante —por ponerlo muy fácil y que todo el mundo lo entienda—, estamos de pie, con los pies juntos, y desde las caderas nos inclinamos hacia adelante como para tocar los pies con las manos. Tiene mucha más miga Uttānāsana, ya lo sé, pero bueno, esa flexión hacia adelante.
Entonces, si la haces, dime: ¿dónde termina exactamente lo que se está estirando? ¿En los isquiotibiales? ¿Detrás de las rodillas? ¿Abajo, en los gemelos? ¿En los sóleos? ¿En la fascia plantar? ¿En la espalda?
Dependiendo de la persona, de cómo entra en la postura, de sus restricciones y de muchas más cosas, la sensación puede aparecer en sitios muy diferentes. Incluso podemos cambiar esa sensación modificando ligeramente una parte del cuerpo o cómo entramos en la postura: separando las piernas, flexionando un poco las rodillas, por ejemplo, o moviendo ligeramente la pelvis.
Entonces ahí cambiamos cosas —deja caer más la cabeza, por ejemplo— y observamos qué ocurre, porque la postura aparentemente sigue siendo Uttānāsana, pero la distribución de las tensiones cambia. Y esto es muy interesante, porque a veces hablamos de estirar los isquiotibiales como si hiciésemos clic sobre ellos con el ratón. Clic, estirar los isquiotibiales, y todo lo demás permaneciera igual. Y no, porque el cuerpo entero se está organizando para hacer esa acción y para realizar la postura.
Así que, como digo, aquí aparecen las famosas cadenas fasciales. Seguramente hayáis visto alguna vez imágenes donde aparece una línea que empieza en la planta del pie, continúa por el tendón de Aquiles, los gemelos, los isquiotibiales y sigue hacia arriba. Bueno, pues es la conocida como línea posterior superficial.
Ya hablamos de ella también hace unos meses, cuando os conté lo que me había pasado a mí con las rodillas y cómo terminamos mirando la fascia de los pies. Las cadenas son muy interesantes porque hacen visible algo que de otra manera cuesta imaginar: que hay continuidades entre estructuras que nosotros solemos estudiar por separado.
Ahora bien, aquí quiero hacer una pequeña parada, porque también se dicen auténticas barbaridades cuando hablamos de la fascia. Que exista una continuidad anatómica no significa automáticamente que podamos decir: «¿Te duele el cuello? Por la fascia plantar». «¿Te duele la lumbar? Por los gemelos». O «te libero este punto del pie y te arreglo el hombro». Es dar un salto demasiado grande, que muchas veces se da así.
Pero hay que verlo poco a poco. Tenemos evidencias anatómicas de diferentes continuidades miofasciales, y sabemos que existe transmisión de fuerzas entre tejidos. Pero una cosa es que exista relación y otra muy diferente que podamos convertirla en una explicación automática de un dolor concreto, ¿vale? Porque esto habría que estudiarlo más. Así que, para mí, las cadenas miofasciales o fasciales son mucho más interesantes si las utilizamos como un mapa para hacernos preguntas y no solo como una respuesta para todo.
Y bueno, aquí llegamos a un punto del que yo hablo siempre en las clases: las compensaciones. Si imaginamos una zona del cuerpo con poca movilidad, el cuerpo no dice «ah, vale, pues esto no lo movemos». No: el cuerpo busca otra manera.
Si la cadera no ofrece suficiente movimiento, pues quizá aparezca más movimiento en la pelvis, o en la lumbar, o en la otra cadera. Si el pie distribuye mal las cargas, la rodilla puede tener que adaptarse. Y si una parte de la columna se mueve poco, pues otra puede moverse más.
No significa que compensar sea malo per se, porque compensamos todo el rato, realmente. Nuestro cuerpo es buenísimo encontrando soluciones. El problema puede aparecer cuando una determinada estrategia se convierte prácticamente en la única estrategia que tenemos. Porque entonces una zona termina haciendo una y otra vez algo que debería estar un poco más repartido. ¿Y qué pasa? Pues que un día el cuerpo protesta.
Por eso me gusta tanto una pregunta: ¿dónde estoy intentando moverme y dónde está ocurriendo realmente el movimiento? Porque fijaos que ya cambia completamente nuestra manera de mirar un asana.
Vamos a poner un ejemplo que hemos trabajado muchísimo: el dolor lumbar. ¿Te duele la lumbar? Por supuesto que hay que mirar la lumbar. Pero, claro, yo también quiero saber qué están haciendo tus piernas. Quiero saber qué están haciendo tus caderas, cómo se mueve tu pelvis, qué pasa con la caja torácica, cómo arrancas esa flexión hacia adelante. Por ejemplo, desde las ingles frontales —he hablado mucho sobre el espacio orgánico de las ingles frontales—. ¿Por qué? Porque quizá la lumbar está participando muchísimo cada vez que el cuerpo necesita movimiento.
Hace poco vimos precisamente el dolor lumbar que puede relacionarse con las piernas. De hecho, creo que hay dos episodios casi seguidos en los que estuve hablando de esto. Si los isquiotibiales ofrecen mucha resistencia durante la flexión de cadera, el cuerpo tendrá que organizarse, o reorganizarse, de alguna manera para seguir bajando. Y quizás aparece un movimiento extra en la columna.
¿Significa eso que los isquiotibiales son la causa de todos los dolores lumbares? No. Pero significa que si solo miramos donde duele podemos estar perdiéndonos una parte importante de la película. Fijaos que este es exactamente el cambio de mirada del que estamos hablando hoy: no buscar un culpable, sino buscar relaciones. Y fijaos cómo lo vamos llevando del aspecto más anatómico de la fascia a la parte más orgánica de la práctica y de nuestras posturas.
Ya os dije que esto lo viví hace unos meses. Empecé a tener un dolor en las rodillas. No había golpe, no había una lesión concreta que yo pudiera identificar, no había hecho nada especialmente raro. Pero claro, miraba las rodillas, los cuádriceps, los isquiotibiales, toda la musculatura accesoria de la rodilla, qué estaba haciendo con las posturas.
Pero luego, con la ayuda de mi osteópata, empezamos a trabajar los pies, y dijimos: oye, aquí hay un punto exacto. Había un punto en cada pie de restricción de la fascia plantar. Yo no me había dado cuenta, porque no tenía el dolor típico de la fascia plantar. Y ahí sí, la cosa cambió.
¿Qué relación puede haber entre lo que ocurre abajo y lo que estoy sintiendo arriba? Pues esto. De hecho, en este vídeo vimos dos posibilidades: la continuidad de la cadena posterior y la compensación mecánica.
Voy a seguir. ¿Qué puede pasar? Que cambie el apoyo del pie. Entonces cambia la forma de caminar. Y si cambia la forma de caminar, cambia cómo carga, o cómo recibe la carga, la rodilla. Y ahí ya ni siquiera necesitamos pensar en una gran cadena que recorre todo el cuerpo. Simplemente necesitamos entender que una modificación, por lo que sea, en una parte, altera la organización del conjunto. Que, volviendo a lo de mi pie, pues fue lo que pasó: algo cambió ahí en el pie y el dolor se fue a las rodillas.
Porque las posturas de Yoga son como un laboratorio para observar todo esto. Vamos a volver a ese Medio Uttānāsana —me encanta Medio Uttānāsana; ya le dediqué un vídeo entero y os dije por qué me gusta tanto: como liberación mecánica, pero también como laboratorio—.
Entonces, Medio Uttānāsana, por decirlo claro: imaginaos que estamos delante de una pared, con las piernas separadas a la anchura de las caderas; nos inclinamos hacia adelante y ponemos las palmas de las manos en la pared, en un ángulo de 90 grados entre tronco y piernas. Vale, ahí estamos alargando la columna.
Pero para que esa columna pueda alargarse están pasando muchas cosas. El apoyo de los pies, correcto. El sostén de las piernas. La pelvis, que empieza a irse hacia atrás —fijaos que normalmente la instrucción es «nalgas al cielo» o «nalgas al techo», pero de primeras es la pelvis, o las caderas, hacia atrás—. Luego las caderas tienen que permitir la flexión. Y desde la cumbre de la cabeza hacia la pared que tenemos delante se produce un estiramiento axial.
Fijaos: si las caderas van atrás, la cumbre de la cabeza va hacia delante y se produce ese estiramiento axial, la caja torácica está participando. Los hombros y los brazos también pueden modificar la postura dependiendo de cómo coloquemos las manos. De hecho, siempre hay un básico: que te duelen los hombros y separamos las manos.
Entonces fijaos que ya no es tan interesante —o no solo interesante— el «tengo la espalda recta», sino que me interesa mucho más el ¿cómo estoy construyendo la postura? ¿Estoy permitiendo que las estructuras, que la fascia, se liberen?
Porque esta pregunta nos devuelve muchas cosas —o muchas más de las que trabajamos únicamente en la biomecánica aplicada al Yoga—. ¿Cuáles? Los apoyos, crear espacio, las diagonales, los planos de movimiento, esas relaciones articulares. Y aquí añadimos la capa de la fascia. Nos recuerda que esa postura no solo está ocurriendo en un músculo ni en una articulación, sino que está ocurriendo en el cuerpo entero. En la fascia entera.
Entonces, en Medio Uttānāsana, cuando notamos rigidez o tirantez, a veces nos metemos en el aspecto más rajásico de la postura. Aquí mezclo incluso las gunas —he hablado mucho de las gunas, os dejaré enlazado un vídeo en el que hablo de ellas—.
Aquí puedes aprender más de las Gunas y su relación con las Asanas
Porque, claro, nos metemos en un aspecto más rajásico y ¿qué hacemos? ¿Notamos tirantez en el Medio Uttānāsana? Pues tira más. ¿Notas muchísimo los isquiotibiales? Pues venga, estira los isquiotibiales. ¿Notas la lumbar? Venga, una postura que tire de la lumbar a tope; que nos coja alguien haciendo Adho Mukha Śvanāsana y nos tire por detrás con el cinturón. Y quizás sí. Y quizás sí. Pero no necesariamente.
Porque la sensación de tensión no nos dice automáticamente qué necesita ese tejido concreto. Por eso, dentro de una postura, podemos investigar. En Uttānāsana, venga: flexionamos ligeramente las rodillas y observamos. Cambia el reparto de pesos del pie —el ajuste del pie— y observa. Permite que la pelvis se mueva; observa. Quédate un poco más de tiempo sin intentar bajar más, y observa.
Os decía en Medio Uttānāsana: no os pongáis ni el crono. El crono tiene que ser esa fascia liberándose. Esa fascia liberándose. Fijaos lo que dejamos pendiente —la fascia— en aquel episodio del Medio Uttānāsana.
Estos tejidos tienen propiedades viscoelásticas. Dicho de una manera sencilla: no responden igual a una tensión brusca e intensa que a una tensión razonablemente mantenida durante un tiempo. Por eso muchas veces os digo que tenemos que crear las condiciones de la postura y permitir que pase el tiempo. Espera. Permite que se estire. Permite que el cuerpo vaya respondiendo. Porque esto es anatómico: la fascia, ante una tensión brusca e intensa, se queda rígida; si la mantienes durante un tiempo, cede.
De hecho, a veces vas a notar ese instante en el que, sin haber empujado más, solo permitiendo que se vaya estirando, se va creando espacio, como que cede. Y esto es mucho más interesante que tirar a la fuerza con algo rajásico. Fijaos ahí cómo pasamos de lo rajásico a lo sáttvico.
Así que, si tuviera que quedarme con una idea para nuestra práctica, sería esta: una postura no ocurre solo en un sitio. En Virabhadrasana II no está trabajando solo la rodilla que baja. Duele lo de delante, duele la rodilla que baja, el cuádriceps que se carga… pero la postura está en el pie de atrás, está en el ajuste de la pierna de atrás, está en la vertical de la columna, está en la línea horizontal de los brazos, en el descenso de los omóplatos. Porque, si todo se está organizando, la postura se va a ir dando más.
Entonces tenemos que ampliar nuestro plano, ampliar nuestras miras. La próxima vez que aparezca una molestia o una tensión muy localizada durante la práctica, amplía ese plano. Si notas la lumbar, mira también la pelvis, las caderas, las piernas. Si notas mucho el cuello, mira la caja torácica, los omóplatos, los hombros, qué está pasando con los brazos. Y si una rodilla está recibiendo demasiado, mira el pie y la cadera.
Ya os digo: no porque el origen tenga obligatoriamente que estar allí. No estamos diagnosticando nada, sino que nos metemos en el laboratorio y vemos cómo está participando todo. Y si, por supuesto, parece un dolor importante, una lesión… oye, pues vamos a que nos miren —que fue lo que hice yo—. No lograba dar con la causa: el cuádriceps, el isquiotibial, la rodilla, la cadera, no sé qué… Bueno, pues si necesitamos ayuda, necesitamos ayuda, y no pasa nada.
Así que, resumiendo, condensando esto en tres ideas.
La primera: la fascia nos ayuda a entender que el cuerpo no funciona como una colección de músculos y huesos sueltos e independientes, sino que hay una continuidad entre los tejidos y las fuerzas, y estas pueden transmitirse entre estructuras.
La segunda: que algo duela en un lugar no significa automáticamente que todo el problema empiece y termine allí. Esa zona puede estar adaptándose o participando en una estrategia que implica también otras partes del cuerpo. Aunque tampoco tiene que ser la otra punta.
Y la tercera: que llevemos todo esto a la práctica. Cuando algo llame tu atención en una postura, amplía la mirada, amplía el rango de la mirada. Observa qué hacen los apoyos, las articulaciones cercanas, y mira el resto de la postura antes de lanzarte simplemente a seguir estirando la lumbar, como decíamos antes.
Yo creo que practicar con criterio no consiste en más, más, más y más, sino en ser detallista con la práctica. Lo de «escuchar al cuerpo» está muy manido, y a veces parece que no significa nada —cuando se repite tanto una cosa, pierde el valor—. Pero, en vez de «escuchar al cuerpo», si quieres lo dejamos en ampliar la mirada. Y, sobre todo, permite que se estire, permite que se dé. Con la fascia esto pasa todo el rato: permite que se estire, ya que tiene esa característica de que ante una fuerza intensa no reacciona —o reacciona más rígida—, y en cambio sí reacciona cuando permitimos que se estire, cuando dejamos que todo vaya actuando por sí mismo. Pues eso: permite que se vaya estirando.
Espero que os hayan servido estas aclaraciones básicas sobre la fascia y cómo actúa en la biomecánica del Yoga. Ya sabéis que estamos haciendo una serie de episodios sobre la biomecánica y el Yoga. Y ahora, ya que hemos visto ejes, planos, movimientos y la fascia, nos vamos a meter en cosas más concretas de la biomecánica de ciertas partes del cuerpo, ya aplicadas a nuestra práctica del Yoga. Pero creo que teníamos que tener este marco de referencia, porque es desde aquí desde donde practicamos, y saber todas estas cosas amplía nuestra mirada.
Espero que tengas más salud, que estés cerca de las personas que amas y que te encuentres seguro y en paz. Nos vemos en CállateyhazYoga.com.
Namasté.
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Om Namo Narayana, querido Sādhaka.
Hay muchas maneras de medir una práctica de Yoga. Cuánto tiempo has practicado. Hasta dónde has llegado en una postura. Si hoy has podido hacer algo que ayer no podías. O incluso qué piensa de ti la persona que te está enseñando.
Y quizá uno de los aprendizajes más importantes de practicar durante mucho tiempo sea precisamente este: dejar de medir constantemente nuestra práctica desde fuera.
Porque no siempre una práctica más larga es una práctica mejor. No siempre llegar más lejos significa profundizar. Y no siempre hacer lo que espera tu profesor significa estar escuchando lo que necesitas.
Hoy quiero mirar tres de esas medidas. El tiempo que dura la práctica. Hasta dónde llegamos dentro de una postura. Y la mirada de quien nos enseña.
Las tres parecen decirnos si lo estamos haciendo bien. Y las tres, curiosamente, nos alejan un poco de lo único que puede decírnoslo de verdad.
Casi todo lo que voy a contarte hoy nació antes en las Cartas de práctica que escribo cada semana por email. Y lo que comparto ahí no suelo compartirlo en ningún otro sitio. Tienes el enlace aquí debajo.
Hay días en los que pensar en practicar durante una hora parece demasiado. No tienes tiempo. No tienes energía. O simplemente no te apetece.
Y entonces aparece una idea bastante peligrosa: si no voy a practicar mucho, mejor no practico. Como si quince o veinte minutos no contaran. Como si extender la esterilla solo tuviera sentido cuando podemos hacer todo lo que habíamos imaginado.
Fíjate en lo que está pasando ahí. Estamos midiendo la práctica con un reloj. Y decidiendo si merece la pena antes incluso de haber empezado.
Pero la práctica mínima también cuenta. Y a veces cuenta muchísimo.
Quizá esos veinte minutos no transformen tu cuerpo de un día para otro. Pero pueden cambiar cómo terminas el día. Pueden devolverte a la respiración. Mover una zona que llevaba horas quieta. O simplemente recordarte que ese lugar sigue ahí.
No necesitas recuperar mañana lo que no hiciste hoy. Ni compensar. Ni castigarte porque esta semana hayas practicado menos.
Puedes hacer algo pequeño. Veinte minutos de Āsanas. Un rato de movilidad. Sentarte en silencio. Leer unas páginas despacio.
Hay prácticas largas que apenas nos tocan. Y prácticas pequeñas que llegan exactamente donde tenían que llegar.
Quizá lo importante no sea cuánto haces cada vez. Sino seguir presentándote.
Y esta necesidad de medir también aparece dentro de las posturas.
Entramos. Ajustamos el cuerpo. Encontramos una dirección. Y cuando ya está todo más o menos colocado… seguimos empujando. Seguimos tirando. Seguimos intentando llegar un poco más lejos. Como si dejar de hacer significara dejar de practicar.
Pero quizá no necesites seguir estirando. Quizá necesites permitir que se estire.
La diferencia parece pequeña. Pero cambia bastante la forma de practicar.
Primero haces lo necesario. Organizas. Ajustas. Das una dirección. Y después… escuchas.
El cuerpo necesita tiempo. Tiempo para entender lo que le propones. Tiempo para soltar una resistencia. Tiempo para que la respiración entre en lugares en los que al principio apenas encontraba espacio.
No todo consiste en conquistar una amplitud mayor. También consiste en reconocer cuándo debemos actuar… y cuándo debemos dejar de interferir.
Ajusta lo necesario. Da una dirección. Y después escucha.
Aprender a escucharnos también se practica.
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Y existe otra medida todavía más difícil de reconocer. La mirada de quien nos enseña.
A veces permanecemos unos segundos más en una postura para que el profesor vea que podemos. Aguantamos una posición que queremos dejar porque sentimos que salir antes significaría haber fallado. Buscamos una pequeña aprobación.
Y casi sin darnos cuenta dejamos de escuchar nuestra práctica para empezar a escuchar lo que imaginamos que esperan de nosotros.
La disciplina es importante. La exigencia también. Un buen profesor puede llevarte a lugares a los que quizá tú no habrías llegado solo. Puede ayudarte a atravesar una resistencia. Puede mostrarte posibilidades que todavía no conocías.
Pero hay una diferencia entre eso… y dejar de escucharte.
Tu profesor puede orientarte. Corregirte. Exigirte.
Prashant Iyengar dice que los tiempos que marca el profesor en una clase están bien, pero que habrá momentos en los que solamente tú puedes decidir si sales antes de una postura o te quedas en ella unos segundos más. Porque solo tú estás dentro de tu cuerpo.
No confundas disciplina con anulación. No confundas exigencia con sumisión.
Escucha a tu profesor. Pero no practiques para conseguir su aprobación.
El Yoga no debería alejarte de ti para acercarte a quien te enseña. Debería ayudarte a volver a ti.
Y quizá ahí se encuentren estas tres cosas. No medir la práctica solamente por su duración. No medir una postura solamente por hasta dónde llegamos. No medirnos por la aprobación de quien nos enseña.
El reloj, la forma de la postura y la mirada del profesor pueden darnos información. Pero ninguno de ellos puede sustituir nuestra capacidad de escuchar.
Porque una Sādhana termina siendo algo bastante íntimo.
Podemos practicar de maneras muy diferentes. Con profesores distintos. Con cuerpos distintos. Con dudas distintas.
Pero todos conocemos ese gesto. Volver. A la esterilla. A la respiración. Al cuerpo. A nosotros mismos.
Quizá aprender a practicar tenga mucho que ver con eso. Con necesitar cada vez menos medidas externas para saber dónde estamos. Y con aprender, poco a poco, a escuchar mejor.
Y si algo de esto te ha resonado, quiero decirte de dónde sale. Sale de las Cartas de práctica que escribo cada semana por email. No son más contenido para acumular. Son esta misma conversación, un poco más despacio. Y lo que escribo ahí no suele salir a ningún otro lado.
Además, durante estas semanas voy a ir contando por ahí lo que empieza en octubre en CállateyhazYoga. Lo contaré primero allí. Tienes el enlace debajo.
Espero que tengas más salud, que estés cerca de las personas que amas, y que te encuentres seguro y en paz.
Namasté.
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Para centrarte en lo que te importa
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Om Namo Narayana, querido Sādhaka. En su libro Meditación y Mantras, Swami Vishnu Devananda dice: «Un mantra es una energía mística encerrada en una estructura de sonido». Así comienza su libro, en el que nos propone un viaje completo a través de la meditación, el silencio y los mantras, y de cómo impacta toda esta práctica en nuestro día a día, en nuestro cerebro, en nuestro cuerpo emocional.
Fijaos que creo que en muchas ocasiones buscamos transformaciones profundas y rápidas, lo cual es una contradicción. No digo que todos seamos así, pero creo que a veces sucede.
Hay mucha gente que se me acerca y me habla de cómo su vida cambió un día que tuvo una experiencia con algo concreto. Puede ser un curso de un fin de semana, una sustancia, cosas muy concretas. Dicen que hubo un cambio muy grande, pero luego en el día a día no existe tal cambio. Es como si fuesen luces de colores. Esos destellos son muy bonitos, pero ¿esa práctica que has hecho ese día, ese fin de semana, ha perdurado en ti?
Porque fijaos que normalmente, cuando hay un cambio duradero, real, nos damos cuenta después. Al tiempo, a los meses, a las semanas, a los años, nos damos cuenta de que fue aquello lo que nos cambió. Incluso la gente que tiene experiencias cercanas a la muerte —un evento tan trascendente en la vida de alguien— dice que los cambios reales los ve pasado el tiempo.
Hay veces que me parece que me hablan de una luz en el cielo, de colores muy brillantes. «He visto unos fuegos artificiales, era muy brillante, fue espectacular, fue muy bonito.» Pero luego tienes electricidad en casa. Eso es lo realmente importante, y creo que las experiencias que de verdad nos transforman lo hacen poco a poco.
Tú puedes ver fuegos artificiales, pero si alguien va a tu casa y quiere agua fría, vas a la nevera y se la das. Si no ve bien en la noche, enciendes la luz y entonces ve. Y fíjate que ni siquiera vas a hablar de ello: no vas a hablar de la luz que tienes en casa, pero la tienes de fondo. No es el fuego artificial, sino esa electricidad en el fondo de tu casa, la que realmente sirve.
Por eso, personalmente, desconfío de las luces de colores. Si me apunto a un curso y me prometen algo muy revelador, si conozco a alguien, si voy a una formación… desconfío de las luces de colores y confío en aquello que va dejando huella poco a poco. Eso que un día te das cuenta de que realmente ha provocado un cambio en ti. Y no te autoengañas: el cambio es tan profundo que lo sientes.
Fijaos que estamos rodeados de microdosis de un montón de cosas. Microdosis de noticias, de problemas, de cosas que nos cuentan, de la alimentación… de un montón. Son como microdosis.
El silencio es muy poderoso, la meditación es muy poderosa y provoca cambios muy duraderos en nosotros. La práctica sincera y sencilla de āsana también tiene ese potencial si no te pierdes en historias externas. Y, tal como nos habla Swami Vishnu en su libro, la recitación de mantras es muy, muy poderosa.
Hay una práctica que sigo desde hace tiempo y que quería recomendarte: esa microdosis, pero esa microdosis que realmente va haciendo cambios en nosotros. Una microdosis de OM. Una microdosis de silencio.
Hay un montón de mantras. En este libro hay muchos; en Meditación y Mantras hay mantras del shivaísmo, y yo tengo bastantes libros de mantras. Hay quien dice que tienes que seguir los mantras de un linaje, que no puedes mezclar… Bueno, yo te propongo, por ponerlo muy sencillo, que hagas microdosis de OM.
Coges un crono —el móvil, el crono de la nevera, de la cocina, lo que sea— y te pones cinco minutos. Te sientas donde sea; la idea es ir como inoculándotelo. Aunque no sea muy ortodoxo (de hecho, casi mejor que no lo sea), te pones el crono, te sientas, haces dos o tres respiraciones y, con los ojos abiertos o cerrados, con las palmas juntas o separadas o como te dé la gana, empiezas a recitar OM, intentando sentirlo, notarlo, profundizar en ello.
Vas respirando lentamente y vas recitando tu OM, tu OM, tu OM. Tres, cuatro, cinco minutos. Cinco minutos está bien. De hecho, vas a descubrir que los cinco minutos pasan volando: «¿ya han pasado cinco minutos?».
Puedes hacer una hora, claro, pero mi propuesta es esta: igual que tenemos interrupciones de un montón de cosas —redes sociales, noticias, de todo—, inocúlate a ti mismo esos cinco minutos, tres minutos, y repártelos en tu día. Puedes hacerlo una vez al día. Puedes hacerlo dos o tres veces. La idea es ir metiendo esos pequeños espacios en tu día.
¿Qué provoca esto? Cambios duraderos, cambios profundos. Lo vas a ver. Pueden ser solo cinco minutos de silencio. No digo meditación, digo silencio. Primero está el silencio, luego la concentración y luego la meditación. Donde te sientas cómodo va a estar bien.
Los más Hindúes
Y los budistas:
Te sientas, pones un crono, respiras con calma. Puedes ir enlazándolos, pero si te ahogas, haces uno, respiras, haces otro, respiras.
Póntelo fácil, póntelo como se lo pondrías a tu mejor amigo. Y fácil no quiere decir que lo hagas de cualquier manera, pero sí que te lo hagas fácil. Me siento aquí, donde sea, me pongo un crono, y no me obligo a recitarlo sin parar de respirar ni a respirar sin parar de recitar. Póntelo como te lo pondría la divinidad. Haz que vibre en ti, nota las vibraciones en la corteza cerebral, nota las vibraciones en tu interior. Pero no te castigues: eso es una idiotez, son inventos del ser humano. Quiérete, ámate mientras recitas el OM.
Elige tu mantra. No te digo tibetanos o de Yoga: hay un montón de mantras. Y si no te quieres romper mucho la cabeza, OM. Recita OM, deja que suene, deja que vibre, no te asfixies. Deja que suene lo que suene en ti.
Y después del crono, ya está. Si quieres, se lo dedicas a todos los seres sintientes, o te lo quedas para ti, lo dejas en tu interior un momento, un par de respiraciones más en silencio. Ya está. ¿Cuánto dura esta práctica? Cinco minutos. Tres minutos. De verdad, te recomiendo que no sea mucho más, y vas a ver esos cambios duraderos.
No son luces de colores. No es la promesa de que mañana vas a alcanzar el nirvana o la iluminación. Y un día vas a decir: «ostras, ¿esto cambia de verdad?». No necesitas ni hablar de ello. Será la electricidad que hay de fondo: cuando tú o alguien necesite agua fría, tendrás agua fría en la nevera; cuando no veas, encenderás una luz. Estará tan integrado en ti que simplemente será parte de ti.
Microdosis de OM. Nos vemos en el siguiente vídeo, nos vemos en callateyhazyoga.com. Namasté.
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Seguimos con la serie de biomecánica aplicada al Yoga. Y hoy quiero empezar con una pregunta.
¿Cuántas veces te han dado una indicación en clase —«rota el muslo hacia dentro», «abre la cadera», «lleva el hombro a una rotación externa»— y has asentido sin tener ni idea de qué te estaban pidiendo exactamente?
A todos nos ha pasado. Y no es porque no prestemos atención. Es porque nos falta el mapa. Nos falta una referencia desde la que entender qué significa cada uno de esos movimientos.
Pues hoy vamos a construir ese mapa. Y para hacerlo vamos a usar una vieja conocida: Tāḍāsana. Pero no te preocupes, que no vengo a repetirte lo importante que es la postura de la montaña, que eso ya lo hemos hablado muchas veces. Hoy la vamos a usar de otra manera. La vamos a convertir en nuestro campo de operaciones: el sitio desde el que vamos a entender cómo se mueve tu cuerpo entero.
Vamos a empezar por una historia que a mí me parece preciosa.
Cuando los anatomistas empezaron a estudiar el cuerpo, se encontraron con un problema muy práctico. Necesitaban una forma de describir dónde está cada cosa. Porque si yo digo «el brazo está levantado», ¿levantado respecto a qué? Si digo «la palma mira hacia delante», ¿desde qué posición?
Así que hicieron algo muy práctico: se pusieron de acuerdo en una postura de referencia. Una sola. Un punto de partida común, una convención, desde la que describir todo lo demás. La llamaron la posición anatómica.
Y esa posición es, más o menos, así: de pie, el cuerpo erguido, la mirada al frente, los brazos a los lados y las palmas de las manos abiertas hacia delante. No es que ese sea el estado «natural» del cuerpo ni una postura de reposo; es simplemente el punto cero que acordaron para poder decir «esto está por delante, esto por detrás, esto gira hacia dentro» y que todo el mundo se entienda.
¿Y sabes a qué se parece muchísimo esa posición? A Tāḍāsana.
No es exactamente igual —en la posición anatómica las palmas van más abiertas hacia delante—, pero se parece bastante. Y eso nos viene de maravilla, porque significa que ya tienes en el cuerpo una postura que puede funcionar como tu referencia.
Ojo, no digo que los anatomistas se inspiraran en el Yoga ni nada por el estilo. Son dos cosas que nacen por caminos distintos y con propósitos distintos. Lo que digo es que, para lo que nos interesa a nosotros hoy, Tāḍāsana nos sirve igual de bien como punto de partida. Porque en el Yoga también es, de hecho, un punto de partida: es la postura desde la que crecemos hacia arriba, desde la que encontramos los pies, la línea de las piernas, la pelvis, la columna, la coronilla. La postura donde nos organizamos antes de movernos.
Así que quédate con esta idea: para hoy, Tāḍāsana es nuestro punto cero. Nuestro campo de operaciones. Y todo lo que hagamos a partir de ahí lo vamos a poder entender como un movimiento que parte de ese punto.
Vale. Ya tenemos el campo de operaciones. Ahora, ¿hacia dónde nos podemos mover desde él?
Y aquí hay algo que ayuda mucho, porque ordena una barbaridad. Para estudiar el movimiento, en biomecánica lo organizamos en tres grandes planos. Tres. Y aunque el cuerpo real casi siempre mezcla varios a la vez, entender estos tres por separado te da un marco para saber de qué estás hablando.
Si estás de pie, puedes probarlo conmigo.
El primero: hacia delante y hacia atrás. Piensa en una flexión hacia delante, en la que te doblas para acercarte a los pies. O al revés, en una pequeña extensión hacia atrás, abriendo el pecho. Adelante y atrás. A este se le llama plano sagital.
El segundo: hacia los lados. Inclínate hacia la derecha, como una media luna, y luego hacia la izquierda. No te vas hacia delante ni hacia atrás, te vas hacia el lateral. A este se le llama plano frontal.
Y el tercero: el giro. Quédate mirando al frente y gira el tronco hacia un lado, como cuando haces una torsión. No te doblas, no te inclinas: rotas sobre tu propio eje. A este se le llama plano transversal.
Y ya está. Adelante-atrás, lado a lado, y giro. Sagital, frontal y transversal. Esos son los tres planos en los que estudiamos el movimiento. Los nombres técnicos no hace falta que te los aprendas de memoria; te los digo para que, si algún día los oyes o los lees, sepas de qué van. Lo que quiero que te lleves es el marco: cuando miras una postura de Yoga, por complicada que parezca, puedes preguntarte en qué plano —o en qué combinación de planos— está trabajando.
Y te propongo algo para esta semana, sin más agenda que conocerte un poco mejor: en tu práctica, fíjate en cómo se siente tu cuerpo en cada uno de los tres planos. Cómo te sientes al flexionar hacia delante y atrás, al inclinarte a los lados, al girar. No para diagnosticar nada ni para etiquetarte, sino simplemente para empezar a observar tu movimiento con un poco más de detalle. A veces, solo con prestar atención a esto, ya notas cosas de tu cuerpo en las que nunca te habías fijado.
Ahora que tenemos el mapa y los tres planos, quiero que volvamos a una de esas frustraciones de las que hablábamos en el primer episodio: las indicaciones del profesor que suenan a otro idioma.
«Rota el muslo hacia dentro». «Lleva el hombro hacia una rotación externa». «Abre la cadera». ¿Cuántas veces has oído algo así y has asentido sin tener ni idea de qué te estaban pidiendo exactamente?
Pues fíjate lo que pasa ahora que tenemos el mapa.
Cuando el profesor te dice «rota el muslo hacia dentro», te está pidiendo un giro. Un movimiento en ese tercer plano del que hablábamos, el del giro, pero aplicado a una sola pierna: que la hagas girar sobre su propio eje, llevando la parte de delante del muslo un poco hacia el centro. No te pide que flexiones, no te pide que inclines. Te pide que gires esa pieza concreta.
Y cuando entiendes eso, la instrucción deja de ser una fórmula mágica que repites sin más, y pasa a ser algo que puedes sentir. Sabes qué estás buscando.
Pero aquí quiero pararme, porque hay un ejemplo que enseña justo lo contrario, y me parece todavía más útil. Piensa en una indicación que habrás oído mil veces: «abre la cadera».
¿Qué es exactamente «abrir la cadera»? Pues depende. En una postura puede significar separar la pierna hacia el lado. En otra, girar el muslo hacia fuera. En otra, llevar el fémur hacia atrás. Son acciones distintas, en planos distintos, y todas se dicen igual: «abre la cadera».
Por eso a veces una misma indicación nos confunde a medio mundo. No es que estemos espesos: es que la frase es ambigua. Y aquí es donde tener el mapa te cambia la posición. Porque ya no se trata solo de obedecer, sino de poder preguntarte —o preguntarle al profesor—: vale, «abrir la cadera» aquí, en esta postura concreta, ¿qué acción es? ¿Separo, giro, llevo hacia atrás? Tener el mapa te da precisión, y la precisión es la que hace que dejes de moverte a ciegas.
Ahora bien, no quiero venderte que todo en el Yoga se reduce a estos tres planos, porque no es verdad. Muchas indicaciones no van de moverte hacia ningún sitio, sino de otra cosa: sostener, estabilizar, alargar, distribuir el peso, activar una zona. Eso es otro territorio, y lo iremos viendo más adelante en la serie cuando hablemos de la musculatura. Los planos explican el movimiento, la dirección en la que te desplazas. Pero hay mucho en una postura que no es desplazarte, sino sostenerte.
Y quiero cerrar con un recurso que a mí me sirve mucho, y que es más una forma de plantearse la práctica que una regla.
Va a pasar. Vas a estar en una postura complicada y te vas a perder. No vas a saber dónde poner el peso, hacia dónde llevar la cadera, qué está fallando. Y en ese momento, en lugar de forzar y forzar intentando arreglarlo desde el caos, a mí me funciona hacer justo lo contrario: volver al mapa.
Vuelve a Tāḍāsana, aunque sea mentalmente. Recupera la referencia: dónde están los pies, cómo se organiza la columna, dónde está el punto neutro. Y desde ahí, vuelve a construir la postura.
Porque el mapa no es solo el sitio del que partes. Es también el sitio al que siempre puedes regresar cuando te pierdes.
Vamos a recoger lo de hoy en tres ideas.
La primera: para lo que nos interesa, Tāḍāsana funciona como tu punto cero, tu campo de operaciones, la referencia desde la que mirar todo lo demás.
La segunda: el movimiento lo estudiamos en tres grandes planos —adelante y atrás, a los lados, y girando—, y ese marco te ayuda a entender en qué se está moviendo una postura y a leer mejor las indicaciones de clase.
Y la tercera: cuando te pierdas en una postura, en lugar de forzar, prueba a volver al mapa y reconstruir desde ahí.
En el próximo episodio vamos a bajar un nivel más y a meternos con las articulaciones: por qué unas se mueven mucho y otras poco, por qué algunas se lesionan más que otras, y qué podemos hacer al respecto.
Todo esto está desarrollado en profundidad en el curso de Biomecánica aplicada al Yoga, que Raúl Trella imparte dentro del Curso de Yoga para Gente Normal.
Espero que tengas más salud. Que estés cerca de las personas que amas. Que te encuentres seguro y en paz.
Nos vemos en CállateyhazYoga.com.
Namasté.
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La entrada Biomecánica y Yoga #2: el mapa que ordena todos tus movimientos aparece primero en CallateyhazYoga.
Hola, Sādhakas, ¿qué tal? Os voy a confesar una cosa que me está pasando últimamente. Llevo semanas recetándoles la misma postura a mis amigos. Y ojo, a amigos que no hacen Yoga: uno con la espalda cargada de estar todo el día sentado, otra con las piernas hechas polvo de trabajar de pie… Y a todos les digo lo mismo: haz esto un par de minutos al día y ya me cuentas. Esa postura es medio Uttānāsana.
Pero, a la vez, también se la estoy recomendando a practicantes con dolor lumbar, con fascitis plantar —ya hablamos de la fascitis en otro vídeo— o que quieren retomar poco a poco una práctica que tienen algo olvidada. Porque, como vamos a ver, medio Uttānāsana no solo es interesante desde el punto de vista mecánico. También puede serlo desde el punto de vista energético y como una forma de redescubrir la práctica y el Yoga.
Porque de eso va este episodio: de por qué medio Uttānāsana no debería ser solamente una postura por la que pasas, sino una postura en la que merece la pena quedarse.
Vamos a centrarnos en tres zonas donde esta postura trabaja de maravilla: las piernas, la lumbar y los costados. También hablaremos, aunque sea de refilón, de los pies y del cuello. Y os adelanto una idea bonita que iremos desarrollando: como la postura toca esas tres zonas, podemos hacerla desde cada una de ellas. Podemos entrar desde las piernas, desde la lumbar o desde los costados. La postura exterior será prácticamente la misma, pero cambiará el lugar desde el que la habitamos.
Y antes de meternos en faena: este tipo de mirada a las posturas —el porqué de las cosas y no solamente el cómo— es justo lo que comparto cada semana en la newsletter. Es gratis, sin ruido, y es donde mejor se cuece todo esto. Si todavía no estáis, podéis apuntaros en callateyhazyoga.com/comienza y nos leemos allí. Y ahora sí, a la esterilla.
Lo primero que tenemos que entender es que medio Uttānāsana no es simplemente un Uttānāsana incompleto. No hacemos la mitad porque no podamos llegar a la postura completa. Tiene una organización y una intención propias.
En medio Uttānāsana se produce una oposición muy interesante. Por un lado, las piernas y la pelvis se dirigen hacia atrás y hacia abajo. Por otro, la columna, el esternón y la coronilla se proyectan hacia delante. Es como si el cuerpo creciese simultáneamente en dos direcciones. Para que eso ocurra necesitamos tres cosas: una base activa en las piernas, una flexión real de las caderas y una columna que pueda alargarse sin ponerse rígida.
Y aquí aparece uno de los primeros problemas. Muchas veces creemos que estamos haciendo medio Uttānāsana porque levantamos mucho el pecho, la cabeza y la mirada. Pero al levantar la cabeza podemos terminar comprimiendo la nuca y acentuando innecesariamente la curva lumbar. Y eso no significa que la columna se esté alargando. La postura no consiste en mirar al frente a toda costa. Consiste en crear longitud.
Por eso vamos a hacerla con la mirada hacia el suelo. La nuca continúa la línea de la columna y la coronilla se proyecta hacia delante. Lo importante no es hasta dónde levantas el tronco, sino desde dónde lo estás haciendo.
Vamos a empezar por las piernas. Cuando hacemos medio Uttānāsana con las rodillas extendidas, los isquiotibiales reciben un estiramiento. Pero no todos los músculos de las piernas hacen lo mismo. Los cuádriceps, por ejemplo, no se están estirando: están trabajando para sostener la extensión de las rodillas y organizar la parte anterior de los muslos.
Los pies mantienen el contacto con el suelo. Y aquí me interesa que conservemos algo de Tāḍāsana. Sentimos el talón interno y el externo, la base del dedo gordo y la base del dedo pequeño. El pie está despierto, pero no está agarrotado. Desde la base del dedo gordo y el talón interno podemos sentir también una línea de sostén que recorre la cara interna de la pierna. No estamos simplemente apoyando los pies. Estamos construyendo la postura desde ellos.
También participan los gemelos y los sóleos, aunque no se estiran exactamente de la misma forma. Con las rodillas extendidas y el talón bien apoyado, la tensión suele sentirse con más claridad en los gemelos. Si flexionamos ligeramente las rodillas y permitimos algo de movimiento en el tobillo sin levantar los talones, podemos dirigir más el trabajo hacia el sóleo. Esto nos permite relacionar medio Uttānāsana con la fascitis plantar: no porque esta postura cure por sí sola una fascitis, sino porque nos permite trabajar dos elementos que pueden ser importantes, la movilidad de la musculatura posterior de la pierna y la organización del apoyo del pie. Ya hablamos con más profundidad de la fascitis plantar en otro vídeo.
Y después están los isquiotibiales, que van cediendo mientras la pelvis se inclina sobre las cabezas de los fémures. Si queréis enfocar la postura hacia las piernas, la imagen es esta: llevad los huesos de las nalgas, los isquiones, hacia el techo. Al elevar los isquiones, la pelvis se inclina realmente sobre los fémures y aumenta el estiramiento en la parte posterior de las piernas. Sin bloquear las rodillas. Sin aplastar la zona lumbar. Sin tirar violentamente.
Los pies construyen la base. Los cuádriceps organizan la parte anterior. Los isquiones ascienden. Y los isquiotibiales reciben el estiramiento. Este es el primer modo de habitar medio Uttānāsana: hacerla desde las piernas.
Vamos a ver ahora qué pasa con la lumbar, con la zona sin costillas y con los costados. Cuando hablo de la lumbar, me gusta diferenciar dos aspectos. Por detrás tenemos una zona muscular: los erectores de la columna, el multífido, el cuadrado lumbar y las diferentes capas de la fascia toracolumbar. El cuadrado lumbar, por ejemplo, establece una relación directa entre la pelvis, la última costilla y las vértebras lumbares.
Y, por delante, tenemos una zona más orgánica, más visceral y con una mayor capacidad de adaptación. No tenemos delante una estructura ósea equivalente a la caja torácica. Por eso el abdomen tiene que poder cambiar de forma, moverse con la respiración y modificar sus presiones. Y de esta pasividad os hablo muchas veces cuando tratamos el dolor lumbar. Porque no siempre necesitamos sujetar más la zona. A veces ya estamos sujetándonos demasiado.
Para hacer medio Uttānāsana desde la lumbar podemos flexionar ligeramente las rodillas, llevar la pelvis hacia atrás y dejar el vientre pasivo. No completamente abandonado, sino libre de una contracción innecesaria. Entonces buscamos alejar la pelvis de las últimas costillas. No queremos hundir la zona lumbar ni llevarla a una flexión máxima. Queremos darle longitud. Ese es el segundo lugar desde el que podemos hacer la postura: la lumbar.
Y después tenemos los costados propiamente dichos: toda la línea que va desde las axilas hasta las caderas. Cuando las manos están apoyadas y la pelvis se dirige hacia atrás, aparece una línea de alargamiento que va desde las manos hasta los laterales del tronco y desde ahí hasta la pelvis. La indicación es muy sencilla: alejad las axilas de las caderas. Las manos se proyectan en una dirección. La pelvis se aleja en la contraria. Y entre las dos aparece espacio alrededor de las costillas y en los laterales del tronco. Este es el tercer lugar desde el que podemos habitar medio Uttānāsana: los costados.
Si existe una escoliosis, esta posición puede ayudarnos además a observar asimetrías. Podemos sentir que un costado se alarga fácilmente mientras que el otro ofrece más resistencia, que una parte de la caja torácica se mueve menos o que distribuimos el peso de manera diferente entre las dos piernas. Medio Uttānāsana no va a corregir por sí sola una escoliosis. Pero sí puede ofrecernos referencias muy claras para observarla, respirar dentro de esas asimetrías y adaptar el trabajo a cada cuerpo.
Y aquí quiero deciros algo importante sobre cómo hacer la postura. Es especialmente útil permitir que se mueva y que se estire poco a poco. No tenemos que inmovilizar el cuerpo para construir una fotografía perfecta. Podemos flexionar ligeramente una rodilla, desplazar un poco la pelvis, buscar más longitud en un costado y después en el otro. Permitimos que el conjunto miofascial vaya adaptándose y admita progresivamente algo más de longitud. Si lo hacéis de forma pausada y observada, podéis notar ese momento en el que la postura permite un poco más. No lo forzáis. Lo esperáis.
Y os dejo el gancho para otro día, porque voy a dedicarle un episodio entero a la fascia. La fascia tiene un comportamiento viscoelástico y responde de manera diferente dependiendo del tiempo y de la intensidad con la que aplicamos la tensión. Dicho de forma sencilla: si entramos bruscamente y tiramos con demasiada fuerza, los tejidos ofrecen más resistencia. Si aplicamos una tensión razonable, permanecemos y damos tiempo, esa resistencia puede disminuir y el tejido puede admitir algo más de longitud. Por eso no conquistamos la postura: creamos las condiciones y esperamos. Pero de todo esto hablaremos con tranquilidad en otro episodio.
Y una vez que hemos creado espacio en las piernas, en la lumbar y en los costados, utilizamos la respiración para reunirlo todo. Aquí quiero ser preciso, porque a veces se dicen cosas que no son del todo exactas. En ocasiones escuchamos que una postura «estira el diafragma». Pero el diafragma no se estira en medio Uttānāsana como se estiran los isquiotibiales. Lo que sí puede cambiar es la manera en la que percibimos y distribuimos la respiración.
Cuando el abdomen, la pelvis y la caja torácica se organizan de otra forma, podemos notar mejor el movimiento de las costillas posteriores y laterales. Podemos dirigir la atención hacia la espalda. Podemos sentir cómo la inhalación crea espacio entre las costillas y cómo la exhalación permite soltar tensiones innecesarias. Y esto es especialmente interesante porque muchas personas respiran casi exclusivamente hacia la parte anterior y superior del pecho. En medio Uttānāsana, sobre todo cuando está bien apoyado, la espalda se convierte en un lugar muy claro para observar la respiración.
No tenéis que inflarla a la fuerza. No tenéis que introducir una enorme cantidad de aire. Simplemente podéis permanecer cinco, seis u ocho respiraciones sintiendo cómo el tronco se expande en más direcciones. Podéis sentir las costillas posteriores, los dos costados, la zona situada entre las últimas costillas y la pelvis. Y si el apoyo es cómodo y la exhalación se vuelve un poco más larga, la postura puede adquirir además una cualidad de calma. No porque medio Uttānāsana pulse mágicamente un botón del sistema nervioso, sino porque habéis reducido parte del esfuerzo, tenéis un apoyo estable, respiráis sin prisa y dejáis de pedirle al cuerpo que llegue a alguna parte.
La respiración no es un cuarto lugar anatómico desde el que practicar medio Uttānāsana. Es lo que permite comunicar los tres lugares anteriores. La respiración recorre las piernas, la lumbar y los costados y empieza a convertirlos en una única experiencia.
Al principio hemos separado la postura en partes: primero las piernas, después la lumbar, después los costados. Pero no lo hacemos para fragmentar el cuerpo, sino para ampliar nuestra capacidad de percibirlo. Cuando empezamos a conocer cada una de esas acciones, poco a poco podemos hacer medio Uttānāsana como un solo elemento.
Los pies sostienen. Las piernas ascienden. La pelvis se aleja. La columna crece. Los costados se abren. La nuca continúa la dirección de la espalda. Y la respiración se mueve dentro de todo ello. Entonces la postura deja de ser una colección de ajustes. Ya no pensamos constantemente en el pie, la rodilla, el isquión, la axila o la coronilla. Todo empieza a suceder a la vez.
Nuestra consciencia se amplía y la postura adquiere también una dimensión energética. No hace falta entender lo energético como algo misterioso. Podemos percibirlo como una dirección interna: la base desciende, la columna se alarga, la respiración se expande y la atención deja de estar dispersa.
Y de esto va también el Yoga. Comenzamos observando una parte concreta del cuerpo, pero esa observación puede conducirnos hacia algo mucho más global. Cuando dejamos de hacer constantemente y aprendemos a permanecer, el observador empieza a hacerse más claro. Podemos relacionarlo con el tercer Yoga Sūtra de Patañjali: Tadā draṣṭuḥ svarūpe’vasthānam. Entonces, el observador descansa en su propia naturaleza.
Evidentemente, permanecer ocho respiraciones en medio Uttānāsana no nos lleva automáticamente a realizar el estado que describe Patañjali. Pero el gesto interior sí está ahí: reducimos el ruido, dejamos de atravesar la experiencia para llegar a la siguiente y permanecemos el tiempo suficiente para observar. Una postura muy sencilla puede convertirse así en una pequeña puerta hacia el sí mismo interior.
Lo bueno de medio Uttānāsana es que podemos practicarla de manera aislada durante un par de minutos. Podemos utilizarla para comenzar una práctica cuando llevamos tiempo sin subirnos a la esterilla. Podemos introducirla entre posturas de pie. O podemos recuperarla dentro de una secuencia como una transición consciente: un lugar para alargarnos, descansar, respirar, tomar consciencia y recolocarnos antes de continuar. Podemos hacerla desde las piernas, desde la lumbar o desde los costados. Y, poco a poco, permitir que todo eso se reúna en una sola postura.
Así que la próxima vez que aparezca medio Uttānāsana en tu práctica, intenta no atravesarla inmediatamente. Quédate un poco más. Quizá descubras que esa postura que utilizabas para llegar a otra era precisamente el lugar en el que necesitabas permanecer.
Y si te interesa este tipo de mirada sobre la práctica —comprender el porqué de las cosas y no solamente repetirlas—, puedes apuntarte gratuitamente a la newsletter en callateyhazyoga.com/comienza.
Espero que tengas más salud. Que estés cerca de las personas que amas. Que te encuentres seguro y en paz. Nos vemos en callateyhazyoga.com. Namasté.
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