El acceso al recién estrenado campo de Khazer está blindado por las fuerzas de seguridad. Los peshmerga kurdos registran uno por uno a los hombres que huyen de Mosul.
No quieren yihadistas infiltrados en este campo situado a 20 kilómetros de la capital de Nínive. Kurdos y chiítas miran con recelo a aquellos iraquíes que decidieron quedarse en el califato, pero que dos años después huyen a causa de la ofensiva para recuperar Mosul.
Por Mikel Ayestarán desde el campo de desplazados de Khazer, Irak
La ONU advirtió del riesgo de éxodo masivo de población según la guerra se fuera aproximando al centro de la ciudad. El frente este ya se sitúa a apenas 5 km y más de 10.000 personas han podido huir hasta ahora.
En Khazer, las máquinas trabajan sin descanso para intentar hacer el lugar habitable y se levantan enormes hongos de polvo. Hay 6.000 tiendas, una para cada familia. La vista se pierde en este horizonte de carpas de plástico convertidas en hogares temporales.
La ONGs estudian la situación. Rusgar Obed es responsable de la Barzani Charity Foundation (BCF), la más importante del Kurdistán.“Lo primero es la seguridad, esperamos a que los agentes terminen el registro de cada persona que llega al campo. Es muy importante este paso. Después les recibimos, anotamos sus nombres en una lista, les mostramos la tienda que corresponde a cada familia y les damos agua. También intentaremos darles al menos una comida caliente al día”, explica Obed.
A Abdurahman Mohsen Walid, agricultor de 45 años le ha correspondido la tienda 44 A. Aquí empieza una nueva vida junto a su mujer y siete hijos. "Ojalá llegue pronto la victoria final. Yo creo que Daesh está derrotado después de estos días de combates. Esperamos de verdad que otras potencias extranjeras no acudan ahora a su rescate. No queremos organizaciones terroristas, somos todos iraquíes y nos amamos entre nosotros", nos dice.
Mientras habla, le cae el sudor por la frente. Las tiendas son hornos durante el día y frigoríficos por la noche. La primera ayuda que les han dado son productos y enseres para la higiene personal. También reciben colchones que les dan en un almacén cerca del acceso principal, después deben arrastrar su carga hasta cada tienda.
Shamshady Samoud fuma un cigarrillo tras otro. Ahora puede disfrutar de un placer prohibido en el califato. Aspira con fuerza cada uno y sonríe al expulsar el humo a la sombra de una gran cisterna de agua. "Desde que hemos venido lo único que hemos recibido es agua, nada de comida, ni siquiera té. Llevo dos días sin poder tomarme un té, solo agua y más agua, pero no me importa", explica entre calada y calada.
La vida es dura en el campo, pero los últimos años de califato y los últimos días de combates y bajo las bombas eclipsan a todo lo demás. Dabas Ubed es un soldado jubilado del antiguo Ejército de Sadam Husein que arrastra sus colchones y se detiene un instante a tomar aire.
"En los últimos días estaban muy ocupados con los combates y los bombardeos y apenas nos prestaban atención. Nosotros estábamos metidos en las casas, encerrados a la espera de que todo acabara para poder escapar", explica el militar retirado.
Hay generaciones enteras de iraquíes que sólo conocen la guerra. La guerra con Irán, las dos guerras del Golfo, la irrupción de Al Qaeda, el Estado Islámico… más de tres décadas de conflicto en conflicto y la población no ve el momento de vivir en paz. Habrá que esperar, al menos, hasta la toma de Mosul.