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Tus resultados actuales en cada área de tu vida son reflejos de tu identidad, es decir, de tus creencias acerca de ti, de cómo eres, de lo que eres capaz, y de lo que mereces. Qué tan en forma estás, qué tanto dinero ganas, y qué tipo de relación de pareja tienes, son algunos indicadores que pueden darte una idea muy clara y precisa acerca de tu identidad. Y la manera en que puedes mejorar en cada una de estas áreas es mejorando la calidad de tus creencias acerca de ti. Pero esto no se hace de un día para otro. Necesitas acumular nuevas evidencias, hasta que tu mente subconsciente decida creerse una nueva verdad. Rodéate de personas que te eleven tu autoestima, busca ejemplos de gente similar a ti, pero que ha logrado cosas que tú quieres lograr, y conviértete en un estudiante en el área que deseas mejorar.
Para superar cualquier reto difícil o alcanzar cualquier meta grande en tu vida, lo primero que necesitas es creer que lo puedes hacer. Y mucha gente subestima este primer paso, pero debes saber que lo que crees que eres capaz de lograr es exactamente lo que vas a terminar logrando. Ni más, ni menos. Esto es porque si estás un escalón por debajo, tienes la confianza de dar el paso, porque sabes que eres capaz; pero si has llegado a estar un escalón por encima de lo que te consideras capaz, tu mente inconsciente va a buscar la manera de sabotear tu crecimiento para que tus resultados estén acorde con tu identidad. Por eso, si te has dado cuenta de que has estado saboteando tu crecimiento, debes iniciar el proceso de cambiar tu creencia, a través de buscar evidencias que demuestren que sí eres capaz de superar tu circunstancia actual.
Una de las principales cualidades que llevan al éxito y a la felicidad es la capacidad de poner acción inmediata. Sólo ponte a pensar en todos los asuntos por resolver que tienes actualmente en tu vida personal y en tu vida profesional, que han estado ahí por días, semanas, meses, o años, y que todavía no los has resuelto por descuido, o por pereza, o por miedo, o por cualquier otra razón. ¿Tienes idea de la cantidad de energía mental que gastas diariamente volviendo a recordar cada uno de esos pequeños problemas en distintos momentos del día? ¿Sabes lo que estás drenando con cada uno de esos pensamientos innecesarios? Lo más importante para tu crecimiento: tu fuerza de voluntad, que hubieras podido usar más inteligentemente. Te recomiendo que tengas esta regla: cada vez que un mismo problema te moleste por tercera vez, haz lo que tengas que hacer para resolverlo de inmediato.
¿Cuál es la forma más rápida y efectiva de lograr una meta? Haciendo que esa meta sea imprescindible, es decir, quitándote por completo la opción de no alcanzarla. Piénsalo, ¿Cuándo es que haces que las cosas sucedan? Cuando el dolor de que no sucedan es más grande que el placer de evitar el esfuerzo. Y cuando el placer del premio es más grande que el dolor del esfuerzo. Por eso, si realmente quieres lograr un objetivo importante, colócate intencionalmente en una posición en la que el dolor de no hacerlo sea insoportable, y en la que el placer de hacerlo sea extraordinario. Y para esto no tienes que asumir grandes riesgos. Más bien, prepárate castigos incómodos y desagradables para cuando no cumplas con tu deber, y premios agradables y placenteros para cuando sí cumplas con tu deber. Tu cerebro está diseñado para huirle al dolor, y para perseguir el placer. Aprovecha esta cualidad.
📈 Si has tenido la intención por mucho tiempo de elevar tu productividad personal, lograr más cosas en menos tiempo, y así acercarte más rápido a tus metas, y sientes que estás nadando contra la corriente, que tus avances no están correspondiendo con tus esfuerzos, te propongo que hagamos un experimento juntos, que creo que puede darte exactamente lo que estás necesitando para alcanzar el punto de inflexión que has estado deseando. ¿Estás listo? Pues aquí vamos.
Me hace gracia, y a la vez me apena, la manera en que mucha gente se siente víctima indefensa frente a lo que cree que son sus atributos y sus circunstancias. Muchos me dicen “me encantaría ser como tú”, refiriéndose a algo como “estar más en forma”, o “ganar más dinero”, o “ser independiente profesionalmente”, o “tener una familia feliz y armoniosa”, o “ser más productivo”, o “ser más feliz”. Entonces le hago la pregunta “¿Qué te lo impide?”, en otras palabras “¿Cuál es tu excusa?”. Y me responde lo típico: “Es que no tengo el tiempo”, o “la disciplina”, o “la suerte”, o “la oportunidad”, o “la valentía”, o “el carácter”. Y esto es lo único que yo escucho: “Es que no me da la gana”. Porque si realmente fuera importante para ti, podrías invocar cualquiera de esas cualidades en un instante. Tu problema no es falta de condiciones, sino falta de deseo.
¿Te has puesto a pensar en cuántas etiquetas has venido cargando desde tu niñez? Verás, la gente que te rodea en tus años de infancia (en especial tus padres) tienen una gran influencia en la creencia que terminas fijando en tu mente acerca de quién eres, y de las cualidades que te definen. Es decir, que si escuchaste a tus padres constantemente referirse a ti como un niño tímido, o desobediente, o travieso, o inútil, o haragán, o malo en matemáticas, esas etiquetas se quedan contigo a nivel subconsciente, y tu mente permanece haciendo todo lo que está a su alcance para que tus acciones correspondan con la creencia que ha sido impregnada en ti, acerca de ti. ¿Qué puedes hacer entonces? Date cuenta de que no necesariamente eres quien siempre has creído que eres. Y que muchas de tus limitaciones que nunca has cuestionado, no son más que una ilusión.
Dime la verdad. ¿Amas a la gente o detestas a la gente? Y si no estás seguro, déjame decirte cómo puedes identificar fácilmente que tipo de persona eres? Puedes hacerlo prestando atención a tu diálogo interno a lo largo de un día común. ¿Qué tipo de cosas dices en tu mente cada vez que interactúas de alguna forma con alguien? ¿Predominan atributos positivos o negativos? ¿En general, cuando estás en un lugar público, sientes que la gente te agrega valor, o te estorba? Si te has dado cuenta de que vives teniendo momentos desagradables por desconocidos que ni siquiera saben que te están causando ese malestar, practica cambiar tu diálogo interno hacia uno más positivo. Utiliza un pensamiento ancla como “Soy paciente”, o “Me agradas”, o “Dios te bendiga” para recordarte en cada interacción directa o indirecta que siempre puedes optar por ver de una forma más positiva a la gente, y así sentir mejores emociones.
Hace algunos años acostumbraba a ver muchos juegos de baloncesto de la NBA. Y es obvio que los más emocionantes se dan en las finales, especialmente cuando el marcador está empatado en los últimos minutos de un partido decisivo para los dos equipos finalistas. Y en los últimos segundos, cuando un balón encestado puede marcar la diferencia entre ganar y perder, es cuando puedes ver el verdadero carácter, la valentía y el liderazgo de los jugadores. Puedes ver claramente que hay algunos que no quieren el tiro final, pues la presión, el riesgo y la responsabilidad les queda grande. Mientras que hay otros que sí quieren el tiro final, porque confían plenamente en su habilidad para llevar a su equipo a la victoria. Y ninguno de los dos está mal. Lo importante es ser consciente tanto de tu carácter como de tu habilidad, y de esa forma poder hacer equipo con gente que te complemente.
¿Qué sientes hacia quienes consideras malas personas? ¿Ira, frustración, impotencia? ¿Quisieras poder darles de su propia medicina? ¿Que sufran tanto como hacen sufrir a otros? ¿Pero qué tal si nos diéramos la oportunidad de sentir compasión por ellas? Piensa en lo peor de lo peor: asesinos, violadores, pedófilos, terroristas… ¿Sabías que muchos de ellos darían lo que sea por no ser como son? ¿Tienes idea del sufrimiento y la impotencia que ellos sienten? Detente por un momento a pensar en una cualidad, necesidad, hábito o deseo que detestas acerca de ti, que nadie más conoce, y que has estado intentando cambiar por años, y no has podido. Entender que todos tenemos nuestro lado oscuro te ayudará a sentir compasión por quienes parecen no merecerla. Esto no significa hacerse amigos, ni absolver sus actos, sino ser más sensible a la presencia de esta dura realidad, y agradecido por no haberte tocado a ti vivirla.
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