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The St. Paul Center's daily scripture reflections from the Mass for Monday of the Fifth Week of Lent by Dr. Scott Hahn.
Lenten Weekday / Isidore of Seville, Bishop, Doctor First Reading: Daniel 13: 1-9, 15-17, 19-30, 33-62 or Daniel 13:: 41c-62Learn more about the Mass at www.stpaulcenter.com
Lecturas:
Isaías 43,16-21
Salmo 126,1-6
Filipenses 3,8-14
Juan 8,1-11
Esta cuaresma, la Liturgia nos ha mostrado al Dios del Éxodo. Un Dios poderoso y lleno de gracia que, absolutamente fiel a su Alianza, ha hecho “grandes cosas” por su pueblo, como señala el salmo de hoy.
Pero, como nos dice Isaías en la primera lectura de hoy, las “cosas del pasado” son nada comparadas con ese “algo nuevo” que Dios hará en el futuro.
La primera lectura y el salmo de este día miran hacia atrás, hacia las maravillosas proezas del Éxodo. Ambos ven en el Éxodo un patrón y una profecía para el futuro, cuando Dios restaurará la suerte de su pueblo, caído en el pecado. Pero las lecturas de hoy apuntan más adelante, a un Éxodo todavía más grande, cuando Dios reunirá a las tribus exiliadas de Israel, que han sido dispersadas a los cuatro vientos, a los confines de la tierra.
El nuevo Éxodo, aquel que Israel aguardaba con esperanza, ha llegado en la muerte y resurrección de Jesús. Como la mujer adúltera del Evangelio, todos han sido disculpados por la compasión del Señor.
Todos han escuchado sus palabras de perdón, su llamado urgente al arrepentimiento, su invitación a dejar el pecado. Cristo ha tomado posesión de cada uno de nosotros y nos ha reclamado como hijos del Padre celestial, como lo ha hecho con Pablo según la epístola de hoy.
En la Iglesia, Dios ha formado un pueblo para anunciar sus alabanzas, según predijo Isaías. Y como el profeta prometió, ha dado a su “pueblo escogido” aguas vivas para beber en medio del desierto del mundo (cfr. Jn 7,37-39).
Pero nuestro Dios es siempre un Dios del futuro, no del pasado. Por ello debemos vivir con corazones confiados, olvidando lo que hemos dejado atrás y lanzándonos hacia lo que está adelante, como nos dice San Pablo.
Su salvación es el poder en el presente, “el poder de Su resurrección.”
Vivimos esperando un Éxodo mayor y último, perseguiendo “la meta, el premio de la llamada de Dios hacia arriba”, luchando con fe para alcanzar la última cosa nueva que promete Dios, “la resurrección de los muertos.”
Readings:
Isaiah 43:16–21
Psalm 126:1–6
Philippians 3:8–14
John 8:1–11
The Liturgy this Lent has shown us the God of the Exodus. He is a mighty and gracious God, Who out of faithfulness to His covenant has done “great things” for His people, as today’s Psalm puts it.
But the “things of long ago,” Isaiah tells us in today’s First Reading, are nothing compared to the “something new” that He will do in the future.
Today’s First Reading and Psalm look back to the marvelous deeds of the Exodus. Both see in the Exodus a pattern and prophecy of the future, when God will restore the fortunes of His people fallen in sin. The readings today look forward to a still greater Exodus, when God will gather in the exiled tribes of Israel that had been scattered to the four winds, the ends of the earth.
The new Exodus that Israel waited and hoped for has come in the death and resurrection of Jesus. Like the adulterous woman in today’s Gospel, all have been spared by the Lord’s compassion. All have heard His words of forgiveness, His urging to repentance, to be sinners no more. Like Paul in today’s Epistle, Christ has taken possession of every one, claimed each as a child of our heavenly Father.
In the Church, God has formed a people for Himself to announce His praise, just as Isaiah said He would. And as Isaiah promised, He has given His “chosen people” living waters to drink in the desert wastelands of the world (see John 7:37–39).
But our God is ever a God of the future, not of the past. We are to live with hopeful hearts, “forgetting what lies behind but straining forward to what lies ahead,” as Paul tells us. His salvation, Paul says, is power in the present, “the power of His resurrection.”
We are to live awaiting a still greater and final Exodus, pursuing “the goal, the prize of God’s upward calling,” striving in faith to attain the last new thing God promises—“the resurrection of the dead.”
The St. Paul Center's daily scripture reflections from the Mass for Saturday of the Fourth Week of Lent by Mr. Clement Harrold.
Lenten Weekday / Francis of Paola, Hermit First Reading: Jeremiah 11: 18-20Learn more about the Mass at www.stpaulcenter.com
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The St. Paul Center's daily scripture reflections from the Mass for Thursday of the Fourth Week of Lent by Dr. James Merrick.
Lenten Weekday First Reading: Exodus 32: 7-14Learn more about the Mass at www.stpaulcenter.com
The St. Paul Center's daily scripture reflections from the Mass for Wednesday of the Fourth Week of Lent by Dr. John Bergsma.
Lenten Weekday First Reading: Isaiah 49: 8-15Learn more about the Mass at www.stpaulcenter.com
The St. Paul Center's daily scripture reflections from the Mass for Tuesday of the Fourth Week of Lent by Mr. Rob Corzine.
Lenten Weekday First Reading: Ezekiel 47: 1-9, 12Learn more about the Mass at www.stpaulcenter.com
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Lecturas:
Josué 5,9–12
Salmo 34,2–7
2 Corintios 5,17–21
Lucas 15,1–3, 11–32
En la primera lectura de este día, Dios perdona el “reproche” de las generaciones que murmuraron contra Él después del Éxodo. En el umbral de la tierra prometida Israel, con un corazón limpio, puede ya celebrar la Pascua, la fiesta del hijo primogénito de Dios (cfr. Jos 5,6-7; Ex 4,22; 12,12-13).
La reconciliación se encuentra también en el corazón de la historia que Jesús narra en el Evangelio de hoy. La parábola del hijo pródigo es la historia de Israel y de la raza humana. Pero es también la historia de todo creyente.
En el Bautismo renacemos como hijos de Dios, somos hechos una “nueva creatura”, como Pablo puntualiza en la epístola de hoy. Pero cuando pecamos somos como el hijo pródigo: abandonamos la casa de nuestro Padre y despilfarramos nuestra herencia intentando vivir lejos de Él.
Perdidos en el pecado, nos separamos de la gracia de filiación que en el bautismo fue derramada sobre nosotros. Todavía es posible que recapacitemos y tomemos el camino de regreso al Padre, como el hijo pródigo.
Pero sólo Él puede quitar el reproche y restaurar la filiación divina que hemos rechazado. Sólo él puede liberarnos de la esclavitud del pecado que, como al hijo pródigo, nos hace ver a Dios no como a un Padre, sino como un amo al que servimos como esclavos. Dios no quiere esclavos, sino hijos.
Como el padre en el Evangelio de hoy, Dios quiere llamar “hijo mío” a cada uno de nosotros, para compartirnos su vida y decirnos: “todo lo mío es tuyo”.
Las anhelantes y compasivas palabras del Padre siguen viniendo a nosotros, sus hijos pródigos, en el sacramento de la penitencia.A esto, en parte, se refiere este día Pablo cuando habla del “ministerio de la reconciliación”, confiado por Jesús a sus apóstoles y a la Iglesia.
Reconciliados como Israel, ocupamos nuestro lugar en la mesa de la Eucaristía, banquete de bienvenida que el Padre ofrece a sus hijos perdidos, nueva Pascua que celebramos de este lado del cielo. En Ella saboreamos la bondad de Dios, como cantamos en el salmo de hoy, regocijándonos porque, habiendo estado muertos, hemos vuelto de nuevo a la vida.
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