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Hace un año, un equipo internacional de astrónomos descubrió una 'enana blanca' a solo 90 años luz de distancia de la Tierra. Dicho así, no parece que sea una gran noticia, pero es que esta enana blanca en concreto tenía algo muy especial. Las enanas blancas son auténticos 'cadáveres estelares', lo que queda de lo que una vez fue una estrella brillante tras liberarse violentamente de sus capas externas. Estrellas muertas, extremadamente densas y pequeñas que ya no fusionan materia en sus núcleos, pero que siguen ardiendo durante miles de millones de años como las ascuas en una chimenea, cada vez más frías hasta que se apagan por completo.
Acabamos de desviar un asteroide, cada vez conocemos mejor las tormentas solares y sabemos también que, por fortuna, en los próximos siglos ninguna estrella estallará como supernova tan cerca de la Tierra como para hacernos daño. Pero las amenazas espaciales se multiplican, y ahora un equipo de científicos acaba de identificar otra, en forma de oleada masiva de radiación y que al parecer no tiene nada que ver con el Sol. De hecho, su origen es desconocido.
Nadie nunca había visto algo parecido: un agujero negro expulsando fragmentos de una estrella tres años después de haberla devorado. El misterioso evento, clasificado como AT2018hyz, comenzó en 2018, cuando un equipo internacional de científicos observó cómo el agujero negro, situado en una galaxia a 665 millones de años luz de la Tierra, atrapaba una estrella en su poderoso campo gravitatorio, y la destrozaba por completo antes de engullirla.
Pero tres años después, en 2021, un radiotelescopio en Nuevo México captó una señal que indicaba algo totalmente inesperado: el agujero negro había empezado a expulsar trozos de la estrella triturada. Y lo hacía además a la increíble velocidad de 150.000 km por segundo, es decir, a la mitad de la velocidad de la luz.
Los científicos llevan años intentando, sin éxito, encontrar en el Universo partículas de materia oscura, ese 'otro tipo' de materia que resulta invisible para nuestros instrumentos porque no emite ninguna clase de radiación. Sin embargo, sabemos que sí interacciona con la materia 'normal', o bariónica, (esa de la que están hechos todos los planetas, estrellas y galaxias) a través de la gravedad.
Un equipo de investigadores de la Universidad de Michigan ha descubierto que los pocos supervivientes del impacto del asteroide que acabó con el reinado de los dinosaurios tuvieron que lidiar después con otra catástrofe global: un monstruoso tsunami que generó olas de más de 1,5 km de altura, con efectos devastadores que se hicieron notar en toda la Tierra.
El mundo vio con expectación cómo la nave espacial DART (siglas de Double Asteroid Redirection Test) de la NASA se estrellaba intencionalmente el pasado lunes 26 de septiembre contra Dimorphos, la pequeña luna del sistema de dos asteroides.
La primera misión de defensa planetaria fue todo un éxito. O, al menos, cumplió su objetivo de hacer diana contra un objetivo comparable a intentar alcanzar un mosquito a 70 kilómetros de distancia.
Un equipo internacional de investigadores acaba de revelar en la revista 'Nature' una serie de características nunca observadas hasta ahora en los FRBs, los misteriosos estallidos rápidos de radio que nos llegan del espacio profundo. El hallazgo, que contradice la explicación actual sobre el origen de estas extrañas señales de radio, desmonta lo que creíamos saber sobre ellas y ahonda aún más, si cabe, su misterio.
A sólo 1.500 años luz de nuestro planeta, un tiro de piedra en la escala de las distancias cósmicas, un equipo de astrónomos podría haber descubierto el agujero negro más cercano a la Tierra. Se llama Gaia BH1 y su masa se ha estimado en diez veces la del Sol.
El cambio de un único aminoácido en una única proteína, la TKTL1, podría haber dado a los humanos modernos una decisiva ventaja sobre sus contemporáneos, los neandertales, al permitir la formación de un mayor número de neuronas en el neocórtex cerebral.
Las galaxias más grandes que podemos ver han dejado de fabricar estrellas, y los astrónomos están intentando averiguar por qué. Ahora, pueden haber encontrado una explicación.
Hace seis mil millones de años, dos galaxias entraron en colisión y sus fuerzas combinadas lanzaron una poderosa corriente de gas a cientos de miles de años luz de distancia. Y esa característica inusual, según acaba de explicar en The Astrophysical Journal Letters un equipo internacional de investigadores, proporciona una posible explicación al misterio de por qué precisamente las mayores galaxias parecen estar muriendo, dejando de formar estrellas.
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