En un escenario global crecientemente polarizado, Asia comienza a proyectar una nueva cohesión frente a la política contenciosa de Washington. La reciente cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en Tianjin fue un símbolo contundente de esta tendencia: a salvo de las tensiones, Xi Jinping reunió a líderes como Putin, Modi y Erdogan, junto a decenas de mandatarios asiáticos, en lo que marcó un hito diplomático de proyección euroasiática.
El bloque que emerge —conformado por miembros activos de la OCS, el ámbito ampliado de los BRICS, y la Asociación ASEAN— no solo busca consolidar su fuerza demográfica y económica (43 % de la población mundial y 23 % del PIB global), sino también articular alternativas al orden liberal liderado por EE.UU.
Instrumentos como la Iniciativa Franja y Ruta, el RCEP —el mayor acuerdo de libre comercio mundial— y la creciente influencia del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura sirven de columna vertebral a esta ambición regional.
La estrategia conjunta es clara: apostar por el multilateralismo pragmático, fortalecer redes comerciales, tecnológicas e infraestructurales, y reducir la dependencia estadounidense. Lo que en Occidente se percibe como “alianzas dispersas”, en Pekín se interpreta como un reequilibrio del poder global en favor de una Asia unida y autónoma.