Siguiendo la zigzagueante narración de Hans Hotter, nos situamos ahora en su niñez y rememoramos sus primeros recuerdos escuchando en primer término, ahora por un infante, el aria Mein gläubiges Herze de la cantata nº 68 de Bach. Y abrimos el túnel del tiempo sonoro para que se nos presenten dos voces a las que el joven artista admiraba especialmente: los bajos-barítonos Anton Van Rooy, uno de los primeros grandes Wotan de Bayreuth, y Fritz Feinhals, que tan buenos consejos le dio; cantan, respectivamente, con un sonido lógicamente pobre, los minutos postreros de La walkiria y un fragmento del aria de las lilas de Maestos cantores. Luego es el propio Hotter quien entra en acción con el lied Der Döppelgänger de Schubert, una de las señas de identidad de Ars canendi, y el diálogo entre el Sprecher y Tamino (Leopold Simoneau) de La flauta mágica de Mozart. Hotter recuerda después a Erich Kleiber y se escucha una Danza beethoveniana dirigida por el maestro a la Filarmónica de Berlín. Hotter habla de la juventud con la que dieron sus primeros pasos cantantes como Anja Silja, Alfred Jerger –que tendrá gran presencia en capítulo posterior-, y Astrid Varnay, que interpretan, respectivamente, fragmentos de El Holandés errante (Balada de Senta), de con Arabella de Strauss (junto a Viorica Ursuleac) y La walkiria.