LA VOZ QUE FUERA UN DIA. 1
A veces se temblaban los suelos y las piernas
más por miedo a los cielos engañados de aquellos
que engañaron la historia convenida,
no quisieron dejar esa recién nacida
que vino del amor traído allende de universos.
Magnates Alejandrinos ocultaron verdades
para no dar las riendas a Dioses y verdades
que se nacieron solas, sin apoyo a prebendas,
no dar la realidad por temor a perder las riquezas
de los que obedecieran las leyes de los hombres
temiendo los inciertos castigos que nos prometían
de infiernos y de azufre y de un imposible cielo al no abrazar sus leyes.
Escondieron lealtades, apócrifos, verdades,
sesgando las palabras que fueron en principio,
cerrándole los parpados a los ojos de Dios,
ocultando a los hombres el mensaje primero.
Se nos van los denarios si hacemos saberse que todo es un regalo,
que la muerte no existe, que volvemos constantes
hasta llegar a ser en pureza y semblante,
que somos como Dios en semblanza e imagen.
El temor a lo oscuro, a no ser seres puros si no es de nuestra mano,
de creer y cumplir lo que se nos conviene, creando ese temor
a los que gobernamos nuestras leyes divinas,
sabiéndonos los autores de aquellas enseñanzas que trajera un judío.
Se creó esa empresa y el temor por bandera,
entre tanto te venden la gloria por parcelas
quedándose para ellos todas las recolectas
mientras hablan de amor, de humildad,
de quimeras que se nacieron antes de que nacieran
ellos con báculos y mitras, oraciones absurdas
repetidas mil veces sin razón y sin vida
como los papagayos, cuando para hablar con Dios
solo es necesario usar el corazón.
Se entiende por amor el contacto de la carne contra carne,
de un señor y un amo, de dar sin recibir recibiendo el que tiene
y dando el que se cree en el deber de pagarles un precio,
o de un vaso de vino brindando por aquellos
que sienten el amor como una propiedad, como una heredad,
como esa posesión donada por la historia
sin conocer la historia ni oasis en desiertos.
Mientras la luna está en ese cuarto menguante
con blanco de sudario, durmiendo a pierna suelta,
esperando tan solo un nuevo amanecer.
Huele a nardos y sándalo y perfumes lejanos,
se oyen los tambores de vidas de otros mundos
y quedan como en piedra los cantos, las liturgias
que no sirven de nada, se aguarda esperando
un nuevo amanecer cuando vuelva a tener
el hombre conciencia de inocente, instinto de un cachorro de hiena
o de león, cuando sean alimañas ya adultas por esos subterráneos
madurando maldades que hagan pagar al hombre
el mal con que se duerme y el mal con que despierta.
Un puñado de noches en los miles de siglos
intentando poner de pie erguida el alma
y dejar arrastrar por riscos y montañas
la sombra de una Atlántida escondida u oculta
en los fondos del mar, prisionera infinita
entre el dolor cautivo de un tiempo ya perdido
por requiebros dormidos al calor de los sueños.
Chema Muñoz ©