Despertar a la fascinante realidad de los sentidos
en un instante de sosiego,
en la quietud del frágil pensamiento leal a un sueño,
en la brevedad del murmullo
que se sabe ausente y huérfano de una mirada;
despertar a la mano amiga
serenando su temblor –hijo de la inquietud-
que no entiende de miserias, pobrezas y abandonos;
despertar al son de los niños
que juegan en la libertad de su inocencia
manoseando con su dulzura los tiempos imborrables.
La trascendencia de lo importante
niega el grito de lo miserable,
el enfermizo poder del fatuo
perdido en su cosmos de inmundicia;
en la trascendencia de lo importante
se siente la humildad del que pide,
la miseria del que da,
la opulencia del que nada tiene
y la injusticia vestida con el oropel del despotismo.
Despertar a lo trascendente
negando el grito y el desprecio,
saludando a la luna desde el desvelo
que dejó una despedida;
despertar una vez más frente al espejo de la soledad
para vernos y sentirnos vivos
en la maravillosa desnudez de lo que somos;
despertar a los caminos con la fuerza de los alientos,
con la verdad aprehendida en el alma,
con la ilusión intacta…
jugueteando con las sombras y la muerte.
Despertar a la vida
envolviéndose en el manto de lo mágico y bello
dejando para el viento las palabras del alma,
despertar a la vida para que las sombras y las dudas
queden aquietadas en el sereno mar
que recorre nuestra emoción
buscando ese cantil de vida eterna.
¡Despertar, despertar!,
… a todos los días por llegar,
… a todas las horas por vivir.
Jpellicer2019