Has de mirar este mundo como lo miran las águilas
de puntillas a volcanes, de rodillas por la tierra.
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Ser el domador de sueños el traductor de las nubes
para que no se te duerman las manos ni la mirada
cuando acaricias los valles cuando acaricias las aguas.
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Has de arrancarte del rostro el réquiem que te enmudece,
guardarte de las noticias que se te suben al hombro
y que te amargan las tardes, resolver lo prometido
y no caer en picado cuando caen en estos días
las auroras, la honradez, la verdad, y la hidalguía
con la que vienes al mundo, con la que miras la vida,
con la que caes al fondo y se te mueren los mares
allá en la lejanía.
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Has de guardarte en la mano los timbres a los que tocas,
los que te abrieron un día,
los que guardan en la boca los secretos que confiesas.
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Los ecos de las montañas se meten en esas cuevas
de donde nunca se escapan,
las cuevas del corazón entre las cuevas del alma.
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Aún se me duele tu muerte, es el frío quien te habla,
antes trepaba la sangre que manaba de montañas,
hoy me como tinieblas, sin razón, sin esperanza,
con el blanco de los cielos, lo negro de la desgracia,
con las espumas del aire, la ternura en las ventanas.
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Las palmeras de mi tierra hacen sombra a las palabras
que me nacen de los labios,
enarbolan carne y hueso incendiándome las aguas
que se nacen en mis ojos, que se duermen en mi entraña
golpeándome en el viento,
trayéndome en los nudillos al amor por mi Canarias.
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Chema Muñoz©