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Si llevas tiempo intentando comer mejor, probablemente hayas recibido decenas de consejos contradictorios. Que si debes eliminar los carbohidratos por completo, que si el desayuno es obligatorio o si está sobrevalorado, que si comer de noche te hace engordar, que si es mejor ayunar por las mañanas, que el pan es malo, la leche es perjudicial, el azúcar es veneno… La lista es interminable. Te dicen que tienes que comer cinco veces al día y, al minuto siguiente, que lo mejor es comer solo dos.
El verdadero problema de todos estos consejos no es solo que sean altamente discutibles; es que logran que alimentarse de forma saludable sea muchísimo más complicado de lo que realmente es. En mi experiencia, comer sano no responde a un alimento concreto que decidas consumir o desterrar de tu despensa, sino más bien a tu alimentación evaluada a nivel global.
Hoy quiero explicarte por qué no existen alimentos buenos o malos y cómo la obsesión por señalar ingredientes individuales nos está impidiendo ver el panorama completo.
Vivimos en un entorno de abundancia alimentaria. Sin embargo, en lugar de entender esto como una ventaja, muchos gurús de las redes sociales te lo pintan como un escenario terrorífico. Te aseguran que la industria alimentaria quiere enfermarte y que existe una especie de conspiración para perjudicar tu salud a base de ultraprocesados.
La realidad es que la nutrición no funciona analizando un producto de forma aislada. No hay alimentos buenos o malos por sí mismos: existen dietas que te aportan los nutrientes que necesitas y dietas que no lo hacen.
Obviamente, si basas tu día a día exclusivamente en galletas y chocolates, será sumamente difícil aportar a tu organismo las vitaminas y minerales que requiere y, al mismo tiempo, será facilísimo que consumas más calorías de las que tu cuerpo gasta. Pero la responsabilidad real de esa situación no es de la galleta; es del planteamiento general de tu dieta.
Para entender cómo influye el contexto global, podemos analizar el famoso experimento del profesor Mark Houb, quien llevó a cabo lo que se conoció como la «dieta de los Twinkies». Durante un tiempo, este hombre se alimentó únicamente de estos conocidos bollos ultraprocesados. El resultado inmediato fue que consiguió perder peso corporal debido a que, a pesar de la pésima calidad de su fuente de alimento, logró generar un déficit calórico.
Sin embargo, lo verdaderamente sorprendente no fue la pérdida de peso, sino que sus analíticas de salud mejoraron notablemente. Sus marcadores físicos, como el perfil lipídico y la proteína C-reactiva, experimentaron una mejoría rotunda.
¿Cómo es posible estar clínicamente más sano comiendo solo bollos que llevando una dieta teóricamente variada? La explicación es sencilla: la mayoría de estos marcadores de salud responden directamente a tu estado físico y a la reducción del sobrepeso, no a si consumes un producto concreto o no. Al eliminar el exceso de grasa, sus parámetros mejoraron.
Esto no significa que debas alimentarte a base de bollería, sino que demuestra que lo verdaderamente crucial es que tu cuerpo reciba lo que necesita y gestione correctamente su balance energético.
Me resulta frustrante ver a influencers, gurús e incluso a profesionales de la nutrición lanzar mensajes basados en el miedo: «no comas pan», «no consumas brócoli porque tiene antinutrientes», «el agua actual no hidrata», o «elimina la sal por completo porque te subirá la tensión». Este tipo de afirmaciones, lejos de educar, lo único que consiguen es confundir y paralizar a las personas.
Hace poco analizaba un vídeo titulado «3 Alimentos que nunca consumo como nutricionista». En él, se desaconsejaban tres opciones argumentando que eran «potencialmente cancerígenas». Uno de los señalados era el edulcorante aspartamo, respaldándose en que está catalogado en el Grupo 2B de la escala de la Organización Mundial de la Salud.
Lo que este tipo de discursos alarmistas omiten es el contexto real de las herramientas de medición:
El miedo infundado no soluciona los problemas de las personas. Si alguien padece un fuerte sobrepeso y le apetece disfrutar de un refresco cero calorías para hacer más llevadero su proceso, decirle que eso es malo y que es dañino solo sirve para poner otra piedra en el camino.
Hace unas semanas compartía un análisis sobre por qué considero que vivimos en la mejor época de la historia para perder peso y cuidar la salud, precisamente por la enorme variedad de opciones que tenemos a nuestro alcance.
El peligro de escuchar listas de «alimentos prohibidos» es puramente psicológico. Cuando te repiten constantemente que un alimento es dañino y que no debes tocarlo, automáticamente te apetece más, sobre todo si es un producto diseñado para ser altamente palatable (es decir, muy sabroso).
Nadie va a pasar el resto de su vida sin volver a probar sus alimentos favoritos. Por eso, los mensajes basados en el terror solo conducen a dos escenarios posibles:
En lugar de pretender que vivimos en el Paleolítico o en una época donde no existen los caprichos alimenticios, yo prefiero aceptar el mundo actual y diseñar una estrategia inteligente. Es totalmente viable disfrutar de tus comidas favoritas de forma controlada y, al mismo tiempo, mantener una composición física óptima, sin diabetes, sin colesterol elevado y con digestiones excelentes.
Para construir esta estrategia es imprescindible dejar atrás la mentalidad errónea de los extremos. La clave reside en aprender a evaluar tu nutrición mediante datos reales y no mediante el pánico.
Por esta razón, considero muy útil utilizar el planificador nutricional que cuenta con un panel completo de nutrientes. Al registrar lo que consumes, puedes comprobar de forma objetiva si estás cubriendo tus requerimientos mínimos de:
Cuando configuras una alimentación que cumple rigurosamente con estas necesidades biológicas, descubres por ti mismo que ningún ingrediente aislado tiene el poder de destruir tu salud. Te invito a dejar de seguir los dogmas radicales de internet, a medir objetivamente lo que tu cuerpo necesita y a empezar a disfrutar de una relación completamente sana y libre de temores con la comida.
Origen
By Luis Carballo4.5
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Si llevas tiempo intentando comer mejor, probablemente hayas recibido decenas de consejos contradictorios. Que si debes eliminar los carbohidratos por completo, que si el desayuno es obligatorio o si está sobrevalorado, que si comer de noche te hace engordar, que si es mejor ayunar por las mañanas, que el pan es malo, la leche es perjudicial, el azúcar es veneno… La lista es interminable. Te dicen que tienes que comer cinco veces al día y, al minuto siguiente, que lo mejor es comer solo dos.
El verdadero problema de todos estos consejos no es solo que sean altamente discutibles; es que logran que alimentarse de forma saludable sea muchísimo más complicado de lo que realmente es. En mi experiencia, comer sano no responde a un alimento concreto que decidas consumir o desterrar de tu despensa, sino más bien a tu alimentación evaluada a nivel global.
Hoy quiero explicarte por qué no existen alimentos buenos o malos y cómo la obsesión por señalar ingredientes individuales nos está impidiendo ver el panorama completo.
Vivimos en un entorno de abundancia alimentaria. Sin embargo, en lugar de entender esto como una ventaja, muchos gurús de las redes sociales te lo pintan como un escenario terrorífico. Te aseguran que la industria alimentaria quiere enfermarte y que existe una especie de conspiración para perjudicar tu salud a base de ultraprocesados.
La realidad es que la nutrición no funciona analizando un producto de forma aislada. No hay alimentos buenos o malos por sí mismos: existen dietas que te aportan los nutrientes que necesitas y dietas que no lo hacen.
Obviamente, si basas tu día a día exclusivamente en galletas y chocolates, será sumamente difícil aportar a tu organismo las vitaminas y minerales que requiere y, al mismo tiempo, será facilísimo que consumas más calorías de las que tu cuerpo gasta. Pero la responsabilidad real de esa situación no es de la galleta; es del planteamiento general de tu dieta.
Para entender cómo influye el contexto global, podemos analizar el famoso experimento del profesor Mark Houb, quien llevó a cabo lo que se conoció como la «dieta de los Twinkies». Durante un tiempo, este hombre se alimentó únicamente de estos conocidos bollos ultraprocesados. El resultado inmediato fue que consiguió perder peso corporal debido a que, a pesar de la pésima calidad de su fuente de alimento, logró generar un déficit calórico.
Sin embargo, lo verdaderamente sorprendente no fue la pérdida de peso, sino que sus analíticas de salud mejoraron notablemente. Sus marcadores físicos, como el perfil lipídico y la proteína C-reactiva, experimentaron una mejoría rotunda.
¿Cómo es posible estar clínicamente más sano comiendo solo bollos que llevando una dieta teóricamente variada? La explicación es sencilla: la mayoría de estos marcadores de salud responden directamente a tu estado físico y a la reducción del sobrepeso, no a si consumes un producto concreto o no. Al eliminar el exceso de grasa, sus parámetros mejoraron.
Esto no significa que debas alimentarte a base de bollería, sino que demuestra que lo verdaderamente crucial es que tu cuerpo reciba lo que necesita y gestione correctamente su balance energético.
Me resulta frustrante ver a influencers, gurús e incluso a profesionales de la nutrición lanzar mensajes basados en el miedo: «no comas pan», «no consumas brócoli porque tiene antinutrientes», «el agua actual no hidrata», o «elimina la sal por completo porque te subirá la tensión». Este tipo de afirmaciones, lejos de educar, lo único que consiguen es confundir y paralizar a las personas.
Hace poco analizaba un vídeo titulado «3 Alimentos que nunca consumo como nutricionista». En él, se desaconsejaban tres opciones argumentando que eran «potencialmente cancerígenas». Uno de los señalados era el edulcorante aspartamo, respaldándose en que está catalogado en el Grupo 2B de la escala de la Organización Mundial de la Salud.
Lo que este tipo de discursos alarmistas omiten es el contexto real de las herramientas de medición:
El miedo infundado no soluciona los problemas de las personas. Si alguien padece un fuerte sobrepeso y le apetece disfrutar de un refresco cero calorías para hacer más llevadero su proceso, decirle que eso es malo y que es dañino solo sirve para poner otra piedra en el camino.
Hace unas semanas compartía un análisis sobre por qué considero que vivimos en la mejor época de la historia para perder peso y cuidar la salud, precisamente por la enorme variedad de opciones que tenemos a nuestro alcance.
El peligro de escuchar listas de «alimentos prohibidos» es puramente psicológico. Cuando te repiten constantemente que un alimento es dañino y que no debes tocarlo, automáticamente te apetece más, sobre todo si es un producto diseñado para ser altamente palatable (es decir, muy sabroso).
Nadie va a pasar el resto de su vida sin volver a probar sus alimentos favoritos. Por eso, los mensajes basados en el terror solo conducen a dos escenarios posibles:
En lugar de pretender que vivimos en el Paleolítico o en una época donde no existen los caprichos alimenticios, yo prefiero aceptar el mundo actual y diseñar una estrategia inteligente. Es totalmente viable disfrutar de tus comidas favoritas de forma controlada y, al mismo tiempo, mantener una composición física óptima, sin diabetes, sin colesterol elevado y con digestiones excelentes.
Para construir esta estrategia es imprescindible dejar atrás la mentalidad errónea de los extremos. La clave reside en aprender a evaluar tu nutrición mediante datos reales y no mediante el pánico.
Por esta razón, considero muy útil utilizar el planificador nutricional que cuenta con un panel completo de nutrientes. Al registrar lo que consumes, puedes comprobar de forma objetiva si estás cubriendo tus requerimientos mínimos de:
Cuando configuras una alimentación que cumple rigurosamente con estas necesidades biológicas, descubres por ti mismo que ningún ingrediente aislado tiene el poder de destruir tu salud. Te invito a dejar de seguir los dogmas radicales de internet, a medir objetivamente lo que tu cuerpo necesita y a empezar a disfrutar de una relación completamente sana y libre de temores con la comida.
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